Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde el caserío de Ifonche seguimos el conocido sendero que atraviesa el Barranco del Infierno en dirección al mirador de Boca del Paso y posterior bajada al pueblo de Adeje. Antes de llegar a esos destinos, a la altura del Aserradero, donde un par de construcciones alejadas entre sí, destartaladas e invadidas por la vegetación nos hacen imaginar tiempos pretéritos, desviándonos hacia Teresme mediante tramo bien señalizado, subiendo a lo alto de una lomada mediante senda que posteriormente se transforma en pista forestal de uso agrícola. El pinar, junto a terrazas agrícolas de vides, higueras y almendros, y algún pequeño embalse nos acompañan en este trayecto.

Hacia la cumbre, por encima del extenso pinar, se divisan las cimas insulares de la Corona Forestal, como Montaña Colorada, Montaña de Las Lajas, El Sombrerito y Roques del Almendro, las cuales rozan o superan los 2.000 m.s.n.m.

Al llegar a Teresme, el pinar se abre y deja ver extensos huertos, actualmente abandonados, colindantes a una vieja, solitaria y parcialmente derruida casa, que parece un mudo y olvidado testigo del paso del tiempo en este lugar tan aislado.

Seguimos subiendo, de nuevo mediante una pista de tierra acercándonos a la Loma de Teresme; al poco tiempo encontramos una tubería rojiza de diámetro destacado, siguiendo al principio paralelo a ella mientras la pista sube y baja durante unos pocos metros, luego atravesamos la tubería, la inclinación de la pista aumenta y llegamos a la unión con la pista que baja desde El Retamar. Seguimos esa pista hacia la derecha y pasamos cerca de la Montaña de Teresme, distinguible por su cima alargada e inclinada hacia el oeste, y poblada de escobones y pinos canarios.

El trazado sigue siendo pendiente, dirigiéndonos ahora hacia la falda oeste de Montaña Colorada, que resalta incluso desde la distancia por sus laderas volcánicas de lapilli de matiz ocre, rojizo y marrón, entre maduros pinares que han sufrido los efectos recurrentes de incendios forestales.

Poco más arriba una pista secundaria señalizada, de menor inclinación, abandona el trazado principal, ladeando por la Montaña Colorada mientras las completas panorámicas de la zona suroeste insular reconforta el esfuerzo: ya contemplamos la Montaña de Las Lajas bastante cerca, al otro lado de la cabecera del Barranco del Infierno, y en las cumbres asoman los Roques del Almendro y El Sombrerito coronando el pinar por el que hemos transitado; ladera bajo la mirada se desliza a través de la colorida piconera de la Montaña Colorada y en las medianías, más allá del inmenso pinar que vamos dejando atrás, sobresalen los escarpes del Macizo de Adeje, como el Roque del Conde, el Roque de Los Brezos y la Pica de Imoque, y como telón de fondo la urbanizada costa suroeste de la isla.

Desde Montaña Colorada ya solo queda el último tramo hasta Las Lajas, siguiendo un sendero que atraviesa el Barranco del Infierno, sigue el cauce y da un rodeo por el tramo alto del tajo, antes de ir a parar a otra pista de tierra que después de unos minutos finaliza en la zona recreativa de Las Lajas, después de algo más de 17 kilómetros de recorrido desde el inicio.

Si no se quiere volver a Ifonche por el mismo recorrido de subida se puede descender en dirección a Vilaflor, bajando por la fachada oeste de la Montaña de Las Lajas, atravesando después el Barranco del Cuervo, llegado cerca del campo de fútbol de Vilaflor, para luego continuar bajando hasta Ifonche siguiendo un tramo del GR 131.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La Montaña de Tejina, de 1.048 metros de altura, en el municipio de Guía de Isora, en el oeste de Tenerife, es una unidad geomorfológica destacada de interés geológico, al tiempo que un elemento particularizado del paisaje.

Bastante cerca de La Montaña de Tejina, el Barranco de Erques limita con el término municipal de Adeje y contiene un paisaje abrupto de interés geomorfológico, que discurre por las laderas oeste de la isla como una profunda hendidura de gran desarrollo longitudinal, desde la cumbre de la isla ( la cabecera se encuentra en Boca Tauce, en el sector suroeste del parque nacional de Las Cañadas del Teide) hasta la costa, por lo que en este barranco encontramos todos los pisos de vegetación que se pueden encontrar en la vertiente sur de la isla.

Se puede ascender a la Montaña de Tejina partiendo del pueblo de Vera de Erques, atravesando un par de poco profundos barrancos, siguiendo un sendero ancho, bien marcado y delimitado por muros de piedra, entre almendros, higueras y pinos dispersos y durante poco menos de 3 km.

Se llega a Las Fuentes y luego se sube sin dificultad por su arista oriental a la cercana y alargada cima de la loma.

Desde la atalaya, donde existe una pequeña ermita, se divisa toda la costa y medianías del suroeste de Tenerife, desde la Punta de La Rasca en el extremo sur de la isla, hasta los escarpes del Macizo de Teno.

Destaca la vertical cara norte de la montaña, la cual se hunde abruptamente en el Barranco de Guaría, así como los cortados laterales de este tajo en la vertiente opuesta. La cumbre de la loma puede ser recorrida hacia el oeste, manteniendo la altura y siguiendo paralelo a muretes de piedra, hasta cerca del borde occidental de la montaña, donde existe un vértice geodésico.

Una vez volvemos a Las Fuentes, desde este caserío se puede continuar el pateo en dirección noroeste, cruzando el también espectacular Barranco de Guaría, hacia el Choro, el Jaral y Chirche.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El recorrido comienza en el mirador que hay por encima del Pinalito, cerca de la torre de incendios de La Vica, siguiendo la carretera que une Vilaflor con Boca Tauce.

Seguimos unos metros por asfalto subiendo hasta que en una curva y a la derecha de la calzada, vemos una pista de tierra en desuso que se adentra en el pinar de Vilaflor. Al poco la pista da paso a un sendero poco marcado que continua subiendo paralelamente a un tubería fina de agua, que a su vez discurre junto a una destartalada y vieja acequia. Aunque el sendero está poco transitado hay mojones esporádicos que indican la subida a seguir y no hay ningún problema de caminar campo a través entre los pinos y sobre un suelo frecuentemente tapizado de lajas.

Nos vamos alejando de la carretera entre este pinar extenso, abierto y maduro, donde se aprecian viejos pinos resineros junto a refugios pastoriles levantados a base de amontonamientos de piedras y de base circular.

Nos podemos asomar al borde de un cortado para tener una buena panorámica del pinar de Vilaflor por la zona de Agua Agria, mientras a poca distancia unos estriados precipicios bajo el Sombrero de Chasna rompen la monotonía del pinar, al igual que ocurre con el escarpe del Roque del Encaje, bajo las Cumbres de Ucanca, aflorando en el horizonte de esta masa forestal.

Algunos repechos aceleran el ritmo cardiaco antes de llegar a la confluencia con el camino principal que viene desde cerca de Las Lajas.

Una vez en él seguimos subiendo, encaminándonos a la ladera suroeste del Sombrero de Chasna, montaña de inconfundible silueta, por su cima plana y amplia, a modo de fortaleza, de verticales paredes, sobre todo la cara sur, donde siguen arraigando los pinos y algún que otro cedro.

El Sombrero de Chasna se eleva ligeramente y desplazado hacia el sur del borde del Filo de Las Cañadas, y para ascender a su cumbre solo hay que desviarse algo de la ruta a seguir por el filo, resultando extasiante contemplar la inmensidad del pinar de Vilaflor, y bajo él, el resto de la vertiente sur de la isla que se desparrama hasta la lejana costa. Se distinguen la Montaña de Las Lajas, el Macizo de Adeje y la Montaña Roja del Médano, entre otros, con la inolvidable sensación de que nada escapa a la vista desde casi 2.500 m. de altitud sobre el nivel del mar.

Si seguimos subiendo un poco más llegamos al borde del Anfiteatro o Circo de Las Cañadas, donde al placer visual percibido anteriormente se le suma el grandioso espectáculo de contemplar la Caldera de Las Cañadas del Teide desde lo alto, dejando deslizar los sentidos libre y abruptamente hasta el fondo de la misma, unos 400 metros más abajo, como si la corteza terrestre se abriera súbitamente a través de vertiginosas laderas que parecen cortadas a hachazos, y en realidad son fruto de un deslizamiento masivo y erosivo. Esta inmensa caldera es en sí misma una tierra de contrastes, un regalo para la vista y para el alma, con sus diferentes matices cromáticos volcánicos, desde las pálidas y serenas cañadas o llanos de piedra pomez, como El Llano de Ucanca, hasta las siniestras, oscuras, sepultadoras y desgarradoras coladas de lava petrificadas como la de la Narices del Teide, vomitada desde el flanco oeste del Pico Viejo y que alcanza hasta Boca Tauce.

El altivo complejo Teide-Pico Viejo corona este mundo relativamente joven, a la vez primigenio, y aparentemente virgen, formando el destacable altar insular, por encima de las nubes y que parece transportarnos por encima del mundo terrenal. Andar por el filo de este anfiteatro no tiene precio, mientras el aire leve de las cumbres acaricia tu rostro y hace flotar la insignificante existencia humana sobre tan vasto territorio, a la vez que sientes como los pensamientos y sensaciones vuelan tan lejos como la vista.

Las Cumbres de Ucanca forman una cresta con borde más bien plano, comprendido entre el Sombrero de Chasna y la Degollada de Ucanca, razón por la cual a esta parte se le conoce como el Llano de Las Mesas.

Al encontrarnos a mayor altura, el domo cilíndrico del Sombrero de Chasna no reluce tanto como visto desde abajo, y ahora la vista se extiende más hacia oriente y occidente a través del filo, disfrutando de una buena vista de la cara occidental de la Montaña Guajara hacia el este, y de los Roques del Almendro, El Sombrerito y los Roques del Cedro hacia occidente, éstos últimos de alturas más discretas y los que cierran este alargado circo por el oeste, más allá del desagüe natural de Boca Tauce.

Una vez situados en el filo del sector occidental del Anfiteatro de Las Cañadas se puede continuar caminando hacia el este sin apenas salvar desnivel hasta llegar a Degollada de Ucanca, pasando por la extensa y llana cima de Las Mesas. Desde la citada degollada, donde existe un cruce de 4 caminos posibles, podemos bajar en dirección sur adentrándonos en el Valle de Ucanca hasta la zona de Madre del Agua y el Paisaje Lunar, o descender hacia el norte a la Cañada Blanca y al parador de turismo, o también continuar hacia el este subiendo a la Montaña Guajara por su vertiente occidental

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

 

Desde el mirador-aparcamiento junto a la Montaña Samara, a unos 1.700 m.s.n.m., el camino a seguir asciende sostenidamente pasando cerca de la ladera sur del Volcán de La Botija en dirección a la Montaña Reventada, la cual se encuentra a una altura superior que los volcanes anteriores, en la parte alta de la Dorsal de Abeque y bajo la imponente fachada oeste del Pico Viejo.

La dorsal volcánica de Abeque o del noroeste de Tenerife es un inmenso campo volcánico que se extiende desde la cabecera del Valle de Santiago del Teide, en las cercanías del Macizo de Teno, hasta la base de la vertiente occidental del estratovolcán Teide-Pico Viejo. Son muchos los volcanes que forman la particular Ruta de Los Volcanes de Tenerife, desde el Volcán Bilma, en la parte baja de la Dorsal de Abeque, hasta la Montaña Reventada, pasando por la Montaña del Estrecho, Montaña de La Cruz, Volcán Chinyero (la última erupción volcánica acontecida en la isla en el año 1909), Montaña de Los Poleos, Montaña Samara, Volcán de La Botija y Montaña de la Cruz de Tea, configurando un paisaje que alterna elementos volcánicos entre los que destacan malpaíses, escorias y vetustos conos, acompañados del pinar canario.

En esta ocasión la nieve añade un plus de belleza y contraste al desolado, lunático y primigenio entorno volcánico, pero a la vez dificulta la marcha a través de las pendientes parcialmente nevadas, en especial aquellas situadas a mayor altitud por donde discurre el sendero.

Todos estos conos volcánicos presentan unas laderas desoladas, lisas y oscuras, pero además en la Montaña Reventada se observa la lengua de lava solidificada que brotó del cráter, abriendo el volcán por el flanco occidental y que avanzó cientos de metros ladera abajo formando una caótica barranquera de rocas y malpaís en el terreno.

Un pino junto al volcán forma una imagen en la retina que vale más que mil palabras, como si fuera una solitaria bandera que simboliza la conquista de la vida y de paso originando un profundo contraste entre la existencia y la desolación volcánica reinante.

El sendero se aproxima al cráter y luego se aleja en dirección a Cuevas Negras, un lugar donde encontramos, además de los omnipresentes y oscuros campos de escorias y malpaíses, otros componentes volcánicos como lavas cordadas, caletones, bombas volcánicas de curiosas formas, cuevas (valladas), arcos y túneles volcánicos.

Calificativos como lunático, virgen, primigenio, yermo, baldío, desolado, mineral y siniestro resultan apropiados para describir el entorno en el que nos encontramos. Parece que estamos transitando por otro planeta y nos sentimos alienígenas o seres extraños en este mundo que inunda los sentidos con una belleza desnuda y áspera. Vamos caminando por este joven sustrato, a escala temporal geológica recién nacido de las entrañas de La Tierra, bajo la espectacular y grandiosa mole del Pico Viejo que apenas le deja protagonismo al Pico del Teide, el cual solo en determinados puntos de la ruta y sutilmente asoma detrás.

Después de pasar por Cuevas Negras seguimos por el sendero nº 38, a medida que por aquí las retamas, codesos, rosalitos, fistuleras, margaritas, alhelís y demás plantas típicas de la vegetación de alta montaña canaria van colonizando este vasto territorio, descendiendo y llegando poco después al cruce con el sendero nº 9, camino que nos conduce al mirador de Las Narices del Teide.

Desde ese lugar un sendero un tanto perdido gana altura en dirección directa al Pico Viejo, al principio suavemente por terreno pedregoso, y más adelante por terreno corredizo y bastante inclinado de lapilli, bordeando uno de los primeros y oscuros conos volcánicos de las Narices del Teide que nos encontramos en el ascenso; hay que dejar atrás estas bocas eruptivas abiertas durante el año 1798 en la fachada occidental del Pico Viejo hasta alcanzar el sendero más claro pero igualmente empinado que sigue subiendo hasta alcanzar el borde del cráter de ese gran volcán.

Pero antes de seguir subiendo nos tomamos un respiro en la parte más elevada de esta sucesión volcánica de Las Narices del Teide, esparcida por el flanco occidental del Pico Viejo, divisando los diferentes conos y hoyos que salpican esta lunática, chamuscada y desolada ladera.

La altura ganada hace que el paisaje a nuestros pies haga olvidar el esfuerzo de la subida hasta aquí, contemplando la parte occidental del Anfiteatro de Las Cañadas, como los Roques del Cedro, la Montaña Gangarro, El Sombrerito y el Roque del Almendro, entre otros, sobre los extensos malpaíses vomitados por estas bocas eruptivas donde nos ubicamos, coladas de lava que vistas desde arriba nos parecen desproporcionadamente enormes con respecto a los volcanes que las originaron, pensando que tal vez el Pico Viejo debería tener una altura o volumen mayor antes de 1798 debido al proceso del vaciado magmático que aflora a la superficie durante la erupción; una de las 2 coladas de lava que surgió de este lugar se esparció hasta Boca Tauce y la otra, de menor extensión, se dirigió por la vertiente oeste. Precisamente bajo dicha vertiente contemplamos el gran pinar de Guía de Isora junto al campo saturado de volcanes de la Dorsal de Abeque, formando la continuidad volcánica bajo el grandioso estratovolcán que remontamos, divisando la cadena volcánica que se prolonga hasta las inmediaciones del Macizo de Teno, la cual domina el paisaje de gran parte del noroeste insular.

Nos queda la segunda parte de otra buena subida hasta el borde oeste del cráter del Pico Viejo y además bastante inclinada avanzando a medias entre rocas y zonas de lapilli.

En la falda suroccidental de este gran volcán que cansinamente vamos coronando, sendas lenguas de oscuro malpaís o de lava solidificada se desparraman, la mayor de ellas en dirección a Boca Tauce y abarcando todo el espacio existente entre los Roques del Cedro y las Narices del Teide, que son las auténticas bocas eruptivas, montículos y cráteres que originaron ese siniestro y sepultador paisaje, y localizadas a media ladera en la vertiente occidental del Pico Viejo. Este camino no pasa junto a ellas pero se percibe y se siente su presencia desde la distancia.

Cerca del borde del cráter del Pico Viejo, dejando caer la mirada por la ladera, podemos ver el interior de uno de esos 4 o 5 oscuros cráteres que forman la agrupación volcánica en la ladera del Volcán Chaorra.

Después de la subida final que se hace larga, se llega al límite del cráter del Pico Viejo, a unos 3.000 m. de altitud. Al llegar al límite del socavón cumbrero nos encontramos sobre la parte más profunda del cráter, de aspecto caótico con grandes rocas desperdigadas por el fondo. El fondo de la porción oriental del hoyo es más llano y se encuentra bajo el punto más elevado del Pico Viejo, a 3.134 m.s.n.m. El hoyo es realmente gigantesco, de unos 800 metros de diámetro, irregular, con paredes infranqueables y prácticamente verticales, salvo por su borde oriental, por el que parece posible penetrar en el cráter y llegar a una planicie bastante extensa y que no es la parte más honda del mismo. La zona más profunda se ubica bajo el borde occidental, y por supuesto rodeada por flancos más espectaculares. Sin duda se trata de uno de los cráteres más descomunales e imponentes de Canarias.

El sendero continúa en dirección al Teide, bordeando el gran cráter por el lado sur, lo que permite contemplar toda la vertiente sur del Pico Viejo que emerge del Llano de Ucanca y de la vecindad de los lejanos Roques de García. Así mismo la mirada se detiene en la gran longitud del anfiteatro que encierra por el sur la caldera de Las Cañadas, recordando cada uno de los puntos culminantes de oeste a este, como El Sombrerito, el Roque del Almendro, el Sombrero de Chasna, las Cumbres de Ucanca, Guajara, Pasajirón y el Roque de La Grieta, atalayas cuyas alturas ya hemos superado con creces al transitar por el borde de este volcán.

El punto más elevado del Pico Viejo se halla en un montículo sobre el borde oriental del cráter, a 3.134 m.s.n.m., lugar desde donde volver a contemplar la inmensidad y desolación del hoyo a nuestros pies, así como todo el perímetro del cráter.

Me gusta subir montañas solitarias, salvajes y elevadas, allí donde saborear el aire leve que envuelve las cumbres, esos dos elementos naturales que hacen levitar mi insignificante existencia sobre este paisaje encantador y virgen, donde percibir la magia del momento clímax de la jornada, donde sentirse afortunado y libre en medio de esta naturaleza primigenia, pura y salvaje que nos rodea, donde escuchar el silencio únicamente roto por el viento acariciando el rostro y las rocas, y en definitiva donde dejarse llevar por los pensamientos y emociones que vuelan tan lejos y profundo como la mirada. De espaldas al cráter solo supera nuestra altura la parte terminal de El Teide, los últimos 600 metros de desnivel con respecto al techo de España.

Entre Pico Viejo y la ascensión final al Teide existe una suave vaguada pumítica atravesada por el camino. Tierra de volcanes, tierra de contrastes, cuanto más cerca mejor, pues lo siguiente que encontramos resulta absolutamente antagónico a ese terreno pálido, fácilmente transitable y suavemente ondulado al que es fácil acostumbrarse; de repente el sendero parece perderse entre las negras, brillantes, ásperas y vivas rocas volcánicas que forman otro malpaís que se extiende hasta La Rambleta, bajo El Pilón terminal de El Teide. Ahora se trata de ir buscando y siguiendo los mojones de piedra que se confunden con el caótico y siniestro sustrato volcánico, para avanzar por esta lengua de lava petrificada. El cono terminal del Teide que tenemos delante y cada vez más cerca, con sus lisas y empinadas laderas de color marrón oscuro, contrasta sobre este hostil y áspero medio por el que avanzamos, sintiéndonos insignificantes e intrusos en este entorno que parece recién chamuscado en el horno interno planetario, recién vomitado por las entrañas del Teide donde moraba Guayota, el espíritu maligno al que temían los guanches. Estando en lugares como éste, ciertamente no hay que recurrir a seres sobrenaturales ni espíritus para sentir admiración e incluso veneración por esta montaña y por la furia interna de un planeta vivo.

Al fondo y a nuestras espaldas de este descomunal malpaís por el que vamos subiendo divisamos el cráter del Pico Viejo, cada vez más lejos y más abajo. Más allá de él, si hay buena visibilidad se avistan parte del sur y oeste insular y las islas de La Gomera, El Hierro y La Palma.

El recorrido pasa por La Rambleta, a unos 3.500 m.s.n.m., junto a la caseta y a la estación terminal del nefasto teleférico con sus torretas, un conjunto extraño en este paisaje casi primigenio, virgen y salvaje, que afean el paisaje y desnaturalizan una montaña que hasta parece despojada de la altivez que indican los mapas. No me gusta que el ser humano domestique montañas de esta manera ya que pierden su esencia y magia; además esas instalaciones promueven el turismo masivo, convirtiendo el símbolo montañoso del parque nacional y de la isla en una especie de parque de atracciones invadido por turistas. El turismo masivo debería ser incompatible en un parque nacional y más en la cumbre principal del espacio protegido. Menos mal que quedan cimas solitarias en otros lugares del parque nacional, como en el Pico Viejo o a lo largo de las crestas del Anfiteatro de Las Cañadas, rincones donde si te encuentras a alguien son montañeros.

Si disponemos del permiso pertinente para transitar por el sendero “Telesforo Bravo” que sube al empinado cono terminal (El Pilón) del Teide, podemos ir al punto más elevado de España y de toda la región macaronésica, con 3.718 m.s.n.m., habiendo superado un desnivel de 2.000 metros desde el ya lejano comienzo en la Montaña Samara.

A partir de aquí nos espera el largo descenso por la ladera suroriental del Teide pasando por la Cueva del Hielo y el refugio de Altavista hasta llegar a la cima aplanada de Montaña Blanca, a partir de donde seguimos la cansina y monótona pista descendente por terreno pumítico hasta su base en la carretera de Las Cañadas.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde el mirador-aparcamiento junto a la Montaña Samara, a unos 1.700 m.s.n.m., el camino a seguir asciende sostenidamente pasando cerca de la ladera sur del Volcán de La Botija en dirección a la Montaña Reventada, la cual se encuentra a una altura superior que los volcanes anteriores, en la parte alta de la Dorsal de Abeque y bajo la imponente fachada oeste del Pico Viejo.

La dorsal volcánica de Abeque o del noroeste de Tenerife es un inmenso campo volcánico que se extiende desde la cabecera del Valle de Santiago del Teide, en las cercanías del Macizo de Teno, hasta la base de la vertiente occidental del estratovolcán Teide-Pico Viejo. Son muchos los volcanes que forman la particular Ruta de Los Volcanes de Tenerife, desde el Volcán Bilma, en la parte baja de la Dorsal de Abeque, hasta la Montaña Reventada, pasando por la Montaña del Estrecho, Montaña de La Cruz, Volcán Chinyero (la última erupción volcánica acontecida en la isla en el año 1909), Montaña de Los Poleos, Montaña Samara, Volcán de La Botija y Montaña de la Cruz de Tea, configurando un paisaje que alterna elementos volcánicos entre los que destacan malpaíses, escorias y vetustos conos, acompañados del pinar canario.

En esta ocasión la nieve añade un plus de belleza y contraste al desolado, lunático y primigenio entorno volcánico, pero a la vez dificulta la marcha a través de las pendientes parcialmente nevadas, en especial aquellas situadas a mayor altitud por donde discurre el sendero.

Todos estos conos volcánicos presentan unas laderas desoladas, lisas y oscuras, pero además en la Montaña Reventada se observa la lengua de lava solidificada que brotó del cráter, abriendo el volcán por el flanco occidental y que avanzó cientos de metros ladera abajo formando una caótica barranquera de rocas y malpaís en el terreno.

Un pino junto al volcán forma una imagen en la retina que vale más que mil palabras, como si fuera una solitaria bandera que simboliza la conquista de la vida y de paso originando un profundo contraste entre la existencia y la desolación volcánica reinante.

El sendero se aproxima al cráter y luego se aleja en dirección a Cuevas Negras, un lugar donde encontramos, además de los omnipresentes y oscuros campos de escorias y malpaíses, otros componentes volcánicos como lavas cordadas, caletones, bombas volcánicas de curiosas formas, cuevas (valladas), arcos y túneles volcánicos.

Calificativos como lunático, virgen, primigenio, yermo, baldío, desolado, mineral y siniestro resultan apropiados para describir el entorno en el que nos encontramos. Parece que estamos transitando por otro planeta y nos sentimos alienígenas o seres extraños en este mundo que inunda los sentidos con una belleza desnuda y áspera. Vamos caminando por este joven sustrato, a escala temporal geológica recién nacido de las entrañas de La Tierra, bajo la espectacular y grandiosa mole del Pico Viejo que apenas le deja protagonismo al Pico del Teide, el cual solo en determinados puntos de la ruta y sutilmente asoma detrás.

Después de pasar por Cuevas Negras seguimos por el sendero nº 38, a medida que por aquí las retamas, codesos, rosalitos, fistuleras, margaritas, alhelís y demás plantas típicas de la vegetación de alta montaña canaria van colonizando este vasto territorio, descendiendo y llegando poco después al cruce con el sendero nº 9, camino que nos conduce al mirador de Las Narices del Teide.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La Montaña de Ayosa forma uno de los promontorios más elevados de la Cordillera Dorsal de Tenerife (prescindiendo de la zona de Izaña), superando ligeramente los 2.000 metros de altitud

Al situarse en el espinazo montañoso que divide las vertientes sur y norte de la isla, las panorámicas que ofrece su cima son colosales en los 360º a la redonda.

Una corta vereda surge de la carretera que va de La Esperanza a Las Cañadas, poco antes del punto kilométrico 28 y del mirador de Ayosa, y asciende levemente hasta la cima, en medio del tupido pinar. En la rocosa cima sorprende la presencia de unas antenas repetidoras, unas casetas e incluso un pequeño aerogenerador.

Las vistas al interior de Caldera de Pedro Gil, al volcán de Arafo que lo alberga, a la Montaña de La Crucita y a los Riscos de Cho-Marcial, justo en frente, son espectaculares con desniveles de más de 700 metros con respecto al fondo de esa grandiosa depresión de la Caldera de Pedro Gil. Sobre los vistosos Roques de Cho-Marcial se eleva la zona de Izaña, en el punto álgido de la Ladera de Guímar, formando un escalón montañoso que se alza desde la costa hasta las cumbres insulares.

Hacia el este, la Cordillera Dorsal de Pedro Gil continúa perdiendo altura progresivamente, cerrando el Valle de Güímar mediante la Ladera de Araya que de manera uniforme desciende casi hasta la costa.

Más allá de Izaña, el volcán Teide preside toda esta cadena montañosa, amén de los valles de La Orotava y de Güímar.

Desde la cima de Ayosa, el estrecho sendero sigue su marcha descendiendo por la cara noroeste de la loma, llegando de nuevo a la carretera, unos 100 m. antes del Refugio de Ayosa. Volviendo al punto de partida por el mismo camino ( si no se quiere volver por asfalto), al poco del comienzo otro corto ramal nos alcanza al borde de una morra desprovista de pinos, formando unos vertiginosos cortados sobre el pinar y deleitándonos también con amplias vistas de ensueño sobre el Valle de Güímar, y si el día está claro divisando las islas de Gran Canaria y la Palma en sentidos opuestos.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde Temisas subimos y cruzamos el barranco de idéntico nombre, divisando en este tramo y al ganar una cierta altura, las paredes del Macizo de Amurga y las montañas que rodean Tunte y la cabecera del Valle de Tirajana, como el Morro de la Cruz Grande, montañas que alegran y extienden la mirada en un horizonte más lejano.

Seguidamente continuamos avanzando en dirección norte cruzando también el Barranco de La Capellanía, llegando poco después al borde sur del Barranco de Guayadeque. El Barranco de Guayadeque es el más profundo de los tres tajos contemplados en esta ruta, naciendo en la cumbre insular, cerca de la Caldera de Los Marteles.

Algunas casas cueva, con evidentes signos de habitabilidad reciente, aparecen cerca del borde y en las laderas sumándose a las existentes en el fondo del Barranco de Guayadeque.

Luego ascendemos un poco siguiendo ese límite del tajo hasta llegar al Pinillo de Temisas, un pino seco y aislado, dominando el paisaje con buenas vistas de la zona sureste insular, con El Roque Aguayro destacando en el relieve, y que se contempla desde muchos puntos de este pateo.

Posteriormente bajamos hasta el cauce del Barranco de La Capellanía, aguas abajo llamado Barranco Hondo, dejando atrás más casas cueva, alguna era y algún pozo, encaminándonos a través de este surco en el relieve donde al final de la bajada, cerca de la carretera, un palmeral reverdece el cauce del tajo.

Seguimos un buen trecho por su lecho para enlazar con el camino que comunica Agüimes con Temisas, cerrando así el circuito senderista, después de visitar las Cuevas de La Audiencia.

Esta cuevas se encuadran en un poblado arqueológico situado muy cerca de Temisas, también llamado de Risco Pintado, formadas por cuevas labradas artificialmente empleadas para distintas funciones: dormitorio, cocina, silos, granero, hornos, tagoror, etc. El topónimo responde a la denominación popular dada a la estructura de piedras localizadas en la base del Risco Pintado que algunos autores consideran que es un tagoror.

Están muy estudiadas las hipótesis que el tagoror era un lugar de reunión de los aborígenes canarios donde los ancianos sabios y jefes de la tribu se convocaban para tomar decisiones que les afectaban, con el objeto de impartir justicia sobre las cuestiones que se planteaban, en cuyo espacio se daba audiencia a las distintas partes para exponer sus opiniones a favor y en contra que una vez oídas daban lugar al debate y resolución.

La estructura de piedras tiene unas dimensiones son de 5,60 por 3,60 metros, conformando un recinto ovoide con cuatro gradas arqueadas, que se asemeja al modelo de tagoror existentes en otros lugares de la isla.

El conjunto de cuevas son artificiales labradas en la toba, presentando numerosos recovecos y agujeros interiores, aunque también se aprovechan algunas cavidades naturales que son retocadas, de diversos tamaños y morfologías que incluyen graneros -como las Cuevas del Pósito- y hornos. Uno de los hallazgos más significativos de los localizados en estas cuevas es la gran abundancia de tejidos elaborados sobre fibras vegetales.

Se trata de un poblado de cuevas, con una complejidad semejante a la de otros conjuntos, localizándose cuevas de diversos tamaños y morfologías, a las que, pueden atribuirse diferentes funciones (dormitorio, cocina, etc.)

Además de las cavidades hay otros elementos que articulan el espacio como pasos, escaleras, túneles, etc. y constituyen también obras artificiales. En la función doméstica de algunos espacios se encuentran alacenas, hornacinas, silos, etc., estimándose que algunas cavidades han sido consideradas como zonas de trabajo especializado, especialmente la posible existencia de un taller dedicado a las manufacturas de las fibras vegetales, precisamente por la importante cantidad de vestigios confeccionados con esta materia prima y los útiles necesarios para tales tareas.

El espacio dedicado al almacenaje, conocido con ese castellano arcaico de Cuevas del Pósito ya referido, pone de relevancia el cuidado que caracteriza la ejecución de los espacios para garantizar la conservación y seguridad de los productos que allí se guardarían destinados al consumo humano.

A la construcción en piedra de la que se entiende es un horno alfarero, el único superviviente de una serie que quedó destruido con la construcción de la carretera en 1939, se le asocia una ingente cantidad de fragmentos cerámicos y cenizas.

Por último, están el número elevado de cuevas naturales y artificiales destinadas al enterramiento de carácter colectivo que se encuentra en el extremo sur del poblado y que fueron intensamente expoliadas a principios del siglo XX. Fueron catalogadas arqueológicamente en la primera investigación como Cuevas de la Desarrapada, topónimo que fue dado erróneamente en posteriores inventarios a otros conjuntos. Este lugar también es conocido con el topónimo de La Caldereta.

El conjunto arquitectónico ha proporcionado abundante material arqueológico, gran parte depositado en el Museo Canario, y su estado de conservación es regular con un grado de fragilidad alto por la proximidad de los núcleos de población y carreteras, siendo de notable interés científico patrimonial.

El amplio pasillo que en la actualidad constituye el acceso más fácil para las Cuevas del Pósito es una apertura reciente. La zona de entrada originaria es posible observarla en la segunda oquedad descrita, correspondiendo a un estrecho paso con escalones labrados.

Muy cerca de este lugar, en los últimos meses de 2012 cuando se realizaban obras de acondicionamiento de la carretera de acceso a Temisas, bajo los riscos se han descubierto nuevas cuevas que quedaron selladas por antiguo desprendimiento de rocas, por lo que han permanecido prácticamente en su estado primitivo. En su interior se han encontrado muelas de moler, morteros de piedra, útiles de madera y fragmentos de esteras vegetales, acompañados por restos de trigo y cebada.

En los análisis microscópicos de los granos y las espigas recuperadas en estas cuevas se ha observado que presentan marcas de corte con útiles de piedra, lo que permite argumentar que se trata del espacio donde los aborígenes procesaban el cereal antes de su depósito en los silos que pudieran estar situados en otros niveles superiores, o en las mencionadas Cuevas del Pósito.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde las proximidades de la zona central de la isla discurren hacia el sur varios barrancos de gran interés geomorfológico y de belleza paisajística, como el de Los Vicentes, de Chamoriscán, de La Data y de Ayagaures, barrancos que en la cabecera del pinar se abren en abanico formando una gran cuenca bajo los morros de la Cruz Grande, del Guirre, del Guanil, de Las Vacas, Montaña de Las Tórtolas y Morro del Hierba Huerto.

El pinar de las cabeceras de los barrancos, acompañado de jaras, escobones, mostazas, bejeques, corazoncillos, tomillos, magarzas, inciensos, tajinastes, mato riscos…, constituye un hábitat en buen estado de conservación con buenas poblaciones avícolas, por lo que se ha incluido en la red de espacios protegidos como zona de especial protección para las aves, con la presencia regular del pico picapinos, cernícalo, ratonero, cuervo, herrerillo…

Otro tanto podría decirse de algunos cardonales y tabaibales cercanos a la costa, y determinados hábitats acuáticos. Por todo el espacio se distribuyen especies amenazadas de la fauna y la flora, y elementos de interés científico.

Este recorrido senderista con principio y fin en el pueblo de San Bartolomé de Tirajana recorre el tramo alto del pinar de Pilancones, divisando además durante la ruta otros espacios naturales cercamos como los espectaculares Riscos de Tirajana, destacando entre ellos el Risco Blanco, dentro de la amplia pared basáltica donde culminan las cumbres insulares, y hacia el sur de la isla, el Macizo de Amurga cerrando el Barranco de Fataga.

Saliendo de la localidad de San Bartolomé de Tirajana rumbo a la Degollada de La Manzanilla, damos un vistazo atrás para contemplar el Risco Blanco y la espectacular pared que forman los Riscos de Tirajana, reconociendo además dentro de ellos las cumbres insulares como El Campanario, el Pico de Las Nieves, Roque de La Gorra y La Agujereada; nos dirigimos a la Degollada de La Manzanilla subiendo en un primer momento levemente con la mirada también puesta en las lomas que guardan el extenso y maduro Pinar de Pilancones que contemplaremos más adelante desde dentro de ese espacio.

A medida que nos acercamos a la Degollada de La Manzanilla y nos alejamos de los dominios del amplio Valle de Tirajana, avistamos otras zonas de la isla como el tramo alto del Barranco de Fataga y el Macizo de Amurga.

Tras pasar por la Fuente del Solapón el camino se estrecha y sube de forma más decidida hacia la Degollada de La Manzanilla, al otro lado de la cual se encuentra el extenso Pinar de Pilancones.

Al llegar a ella se tiene una buena perspectiva del Morro de Las Vacas, montaña invadida por el pinar, bosque que nos acompaña a partir de ahora hasta el final de la ruta.

Al otro lado de la Degollada de La Manzanilla disfrutamos de amplias panorámicas del Pinar de Pilancones, extenso y maduro pinar que también invade la cabecera de los barrancos donde sobresalen los morros de Las Vacas, Cruz Grande, Guainil, del Guirre y de Hierba Huerto, roques que forman un alargado límite cumbrero en torno a este espacio.

La Punta Manzanilla se encuentra cerca mirando hacia el sur pero seguimos en sentido contrario mediante una larga pista de tierra prácticamente llana que circunvala los entrantes y salientes existentes en la cabecera del Pinar de Pilancones, en dirección a la Degollada del Dinero, pasando bajo o cerca de algunos roques comentados anteriormente.

La mirada recorre este extenso pinar a lo largo y a lo ancho; en su interior la Montaña Negra es una gran mole que sobresale del fondo de la cuenca de Pilancones, dividiendo el discurrir de sendos barrancos que se abren en abanico en su tramo alto. En el borde occidental de la cabecera del Pinar de Pilancones el recortado Morro de Hierba Huerto culmina una larga arista. También se divisa la zona habitada de Las Tederas en el fondo del Barranco de Ayagaures, es uno de los flancos de la Montaña Negra.

Fuera de los límites de Pilancones, detrás de los roques cimeros, a lo lejos sobresalen las elevaciones del Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales como las Montañas de Alsándara y de Inagua, además de la mole de la Montaña de Tauro, e incluso la Pirámide de Adlobas más lejos, dentro del Macizo del Suroeste.

De esta manera vamos transitando por la parte alta del Pinar de Pilancones, teniendo siempre a la vista los barrancos y roques que arrugan este inmenso lugar y desde diferentes perspectivas.

Una vez que dejamos atrás el Pinar de Pilancones desde la Degollada del Dinero nos encaminamos durante un corto tramo hacia la Degollada de la Cruz Grande, contemplando delante nuestro los impresionantes Riscos de Tirajana y el Paso de La Plata; en dirección suroeste la mirada también se enfoca a través del Barranco de Chira encontrando al fondo la Montaña de Tauro.

Al llegar a la Degollada de la Cruz Grande abandonamos definitivamente la larga pista forestal seguida desde la Degollada de La Manzanilla y tomamos un tramo del Camino Real e importante vía de comunicación del Camino de La Plata, sendero empedrado que desciende hasta San Bartolomé de Tirajana. Durante el trayecto vamos disfrutando de las panorámicas con las que los Riscos de Tirajana nos obsequian, especialmente con el Risco Blanco, resaltando su pálido cromatismo, roque adosado desde la base del imponente murallón que se alza en la vertiente norte del Valle de Tirajana.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Esta ruta comienza junto a los Riscos de Chimirique, localizados frente a la Montaña del Aserrador, por cuya base circula el sendero al comienzo.

Mientras ganamos altura pasamos sobre el estilizado Roque Betancuria, mientras al fondo, el Barranco de Ayacata se perfila hacía el suroeste insular.

Mientras andamos una sucesión de crestas y barrancos ondula el relieve en dirección sur. Al fondo se distingue el recortado Morro de Hierba Huerto.

El sendero asciende en dirección al Roque Nublo al principio por el Barranco del Nublo, pero poco después de llegar a la altura de la pequeña presa de La Embocada se desvía a la izquierda, superando la ladera lateral mediante una vereda algo difuminada e invalida por el matorral, pero marcada regularmente con mojones de piedra.

El Risco del Laurel se eleva imponente al lado de la presa y es una gigantesca mole rocosa que atenaza la mirada. Y es que en general los petrificados Riscos de Ayacata constituyen un regalo visual y contemplativo.

Desde lo alto de la loma se divisan, además de los Riscos de Ayacata, las cumbres insulares como La Agujerada, el Pico de Las Nieves y El Campanario. La mirada también se entretiene en los barrancos de El Juncal y del Chorrillo, dentro de la Cuenca de Tejeda y separados por la prominente lomada de Timagada y El Toscón.

La Caldera de Tejeda se contempla desde las alturas, abarcando la panorámica buena parte de su perímetro, desde el Pico de Las Nieves hasta Moriscos, desde el Roque Nublo hasta el Barranco de La Aldea y muestra algunos barrancos interiores como el del Juncal, el del Chorrillo y el de Tejeda, separados por agrestes crestas como la del Roque Bentayga. Al fondo la Montaña Altavista y Tamadaba se aproximan al noroeste insular, y más allá del brazo oceánico que nos distancia de Tenerife, en días claros se distinguen las cumbres chicharreras como El Teide, la Montaña Guajara, Montaña Blanca y el Pico Viejo.

En un plano más cercano y mientras transitamos sobre la cabecera de los Barrancos del Juncal y del Chorrillo, divisamos como el Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales se extiende hacia el oeste de la isla, sobre la vertiente sur del Barranco del Juncal, y vamos avistando sus lomas características como el Morro de Pajonales, la Montaña Alsándara y la Montaña de Las Monjas.

Los barrancos interiores de la Caldera de Tejeda convergen en el Valle de La Aldea, constituyendo la única escapatoria al mar de la grandiosa y espectacular depresión.

Después de contemplar y disfrutar de este espectáculo paisajístico seguimos avanzando, ahora en llano hacia el norte y al poco tiempo aparece el Arco del Aserrador o del Bentayga, anclado en uno de los bordes del descomunal precipicio, que siempre al andar por estos lugares, más pronto que tarde acaba por desplomarse sobre el abismo de la Caldera de Tejeda, arco que forma una ventana con temidas vistas al vacío, dirigidas hacia las entrañas de esa descomunal, desgarrada y petrificada depresión geológica.

Además, para aumentar la belleza del paraje ahora vemos como emerge la silueta del Roque Nublo y del Roque de La Fogalera, el cual es un puntal rocoso que forma un saliente cuya base se derrumba abruptamente en el vacío de la Caldera de Tejeda, como si fuera el extremo de un pedestal del cual sobresale el Nublo y su acompañante La Rana.

Si seguimos en dirección norte llegamos al borde de un risco y podemos atravesar con dificultad uno de sus andenes para enlazar este pateo con el conocido camino que asciende a la Plataforma del Nublo por el barranco homónimo desde El Aserrador, senda que al principio abandonamos para visitar el recóndito Arco del Bentayga.

PUNTA DE TENO (TENERIFE)

17 diciembre, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Empezando a caminar en el caserío de Teno Alto (Los Bailaderos) seguimos una pista asfaltada durante unos cientos de metros hasta el inicio de una pista de tierra que ya comienza a descender por estas tierras de la Meseta de Teno, una especie de altiplano un tanto desértico y de aspecto bucólico y aislado, pero donde se aprecia la existencia de zonas abancaladas abandonadas actualmente, vieja muestra de la importancia agrícola que tuvieron los cultivos de secano como los cereales y legumbres.

Si no conociéramos el Macizo de Teno, resultaría difícil imaginar que este altiplano suavemente ondulado y más bien monótono da lugar más abajo a los imponentes acantilados y farallones que rodean el macizo por todos los sectores que éste mira al océano o a las plataformas costeras adyacentes. Y es que desde este altiplano surgen las cortas pero vertiginosas barranqueras como el Barranco de Los Poleos, el Barranco de Las Güitas o la Degollada Fonchineja, los cuales suponen un salto al vacío del azul marino y al litoral desde alturas de varios cientos de metros, o profundas gargantas por donde enfilar la mirada al abismo; extasiante y cautivador contraste para los sentidos en una de las zonas geológicamente más antiguas de Tenerife.

Pronto comienza el sendero propiamente dicho, dejando atrás casas aisladas y corrales de cabras y de gallinas; el camino desciende paralelo a uno de los bordes del Barranco de Las Cuevas, barranco que aguas abajo se une al más profundo Barranco de Itóbal, muriendo éste no en el mar sino en la plataforma costera de Teno.

Cardones, verodes, tabaibas dulces, tabaibas mejoreras y demás plantas crasas, rupícolas y propias de la zona baja invaden los escarpes que nos van rodeando según descendemos.

Después de atravesar el cauce del tajo seguido y alejarnos de él, llegamos a un mirador natural, próximo al topónimo de Las Pareditas, y contemplamos dicha plataforma desde lo alto, parcialmente invadida por aerogeneradores e invernaderos, también el tramo bajo del Barranco de Itóbal y una porción del recorrido dejado atrás.

El trayecto que nos queda desciende de manera más notable en marcados zig-zags hasta la carretera que se dirige a Punta de Teno, por lo que para llegar al extremo noroeste de Tenerife hay que continuar por asfalto.

La porción de terreno junto al mar de suave pendiente, en el extremo noroccidental de la isla se conoce como Punta Teno. Es de formación más reciente que la Meseta de Teno, a mayor altura, y separada de aquella por vertiginosos barrancos de corto recorrido. Esta plataforma costera fue originada por las erupciones de los volcanes de El Vallado y La Sahorra, cuyas lavas bajaron por el Barranco de Las Cuevas desde La Meseta, ganando terreno al mar y creando esa especie de “isla baja”, al igual que en otros lugares del archipiélago. La plataforma dibuja una costa recortada, acantilada, de un par de decenas de metros de altura, abundando las caletas o entrantes, y los salientes o puntas, junto a grutas, arcos naturales o “bujeros”, charcos, etc.

Algunos restos fósiles de moluscos evidencian la existencia de antiguas playas elevadas sobre el nivel del mar actual, cuando el clima pasado era más cálido que el actual; además aparecen montones de conchas, como lapas, los famosos “concheros” que atestiguan el aprovechamiento humano de este molusco durante épocas pasadas.

El faro más occidental de Tenerife, situado en el saliente de Punta Teno o Punta La Aguja, se asienta sobre un volcán reciente desmantelado por la erosión marina. Al naciente, una serie de arcos, restos de antiguos conos, se suceden a lo largo de un tramo costero.

En esta porción costera, los mares bravos y “picados” o rizados, de barlovento contrastan con la apacible zona de calmas que suele extenderse por todo el suroeste insular, estando Punta Teno en uno de sus límites litorales, y que de manera regular, debido al régimen del alisio, forman una frontera marina más o menos nítida entre esos dos mares de comportamiento frecuentemente antagónico.

El espectáculo al sur de Punta Teno está en la corteza terrestre, ya que se elevan los colosales acantilados sobre el mar llano a sotavento, acantilados que son las desembocaduras de los profundos e impresionantes tajos que en una prolongada sucesión de entrantes y salientes, y sin tregua abarca todo el litoral existente entre Punta Teno y la lejana población de Los Gigantes. Así vamos adivinando las desembocaduras, del más cercano al más lejano, de los barrancos de Los Regatones, de Taburco, de Los Carrizales, de Juan López, de Masca y del Natero.