Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Estas montañas que rondan los 2.500 m.s.n.m. se elevan en la parte central del dilatado anfiteatro que bordea la Caldera de Las Cañadas del Teide por su sector suroeste, sur y sureste, separando ese parque nacional de los extensos pinares de la zona sur de la Corona Forestal, pertenecientes a los términos municipales de Guía de Isora, Adeje, Vilaflor, Granadilla de Abona, Arico y Fasnia.

El sendero PR TF 86 permite acceder desde el área recreativa de El Contador (1.352 m. de altitud), en el pinar de Arico, hasta el parador de turismo de las Cañadas del Teide, recorriendo una distancia de unos 15 km. (solo ida), aunque también se puede alargar el trayecto e ir desde más abajo, partiendo del casco urbano de la Villa de Arico, pero la zona más interesante paisajísticamente hablando se encuentra entre los dos puntos antes citados.

Partiendo de la zona recreativa, la senda perfectamente señalizada y delimitada con piedras a ambos lados durante todo el recorrido, asciende hacia la Chapa del Contador hasta alcanzar el topónimo conocido por El Cuchillo. La zona de El Contador va quedando abajo y más hacia el este contemplamos la extensa y aplanada Montaña de Los Albarderos mientras al oeste se divisa otra porción de las medianías y costa del sureste de Tenerife, abarcando la mirada hasta la Montaña Roja.

A continuación el camino bordea por la izquierda el vistoso y cónico resalte de El Peñón y pocos metros después, en los Llanos del Peñón encontramos cerca del sendero un antiguo horno de brea, testigo de los aprovechamientos forestales de estos pinares en el siglo XVII.

A poca distancia, tras un breve desvío se encuentra la vieja casa forestal de El Contador, con el atractivo añadido de ser un excelente mirador del sureste insular.

Retrocediendo (aunque también se puede continuar un tramo por la pista de tierra general de Arico, la que une El Contador con Izaña, hasta encontrar un posterior cruce señalizado antes de llegar a la zona de acampada Fuente del Llano) hasta el cruce donde se indicaba la localización cercana del horno de brea, el sendero sigue subiendo hasta cruzar la pista general de Arico (hacia la izquierda, oeste, la pista se dirige al Barranco del Río y hacia la derecha a Izaña) y continuando por la senda en dirección noroeste volvemos a cruzar la pista en tres ocasiones más, hasta alcanzar la Morra del Hueso Caballo, donde otro desvío permite acceder a la cercana zona de acampada de Fuente del Llano. Si no nos desviamos continuamos por la Cuesta de Las Cabras en dirección a Los Riscos, unos verticales y agrietados paredones que sobresalen del pinar que todo lo invade, cruzando después el poco profundo Barranco de La Grieta y posteriormente ascendiendo paralelo a él, hasta llegar al Callao Tornero de Los Riscos. A partir de este lugar la senda se encamina hacia el suroeste, ascendiendo hacia la extensa lomada que corona Los Riscos, llegando después de una larga subida a la parte elevada de esta especie de altiplano conocido como los Llanos de Los Riscos y las Chozas Viejas, que fueron durante un pasado no muy lejano un importante paradero pastoril. La presencia de arcaicos y semiderruidos refugios pastoriles de forma circular y construidos a base de amontonamientos de piedras así lo atestigua; también destacan imponentes y longevos ejemplares de pino canario, algunos de los cuales presentan una importante oquedad en sus gruesos troncos para la obtención de resina.

Este lugar parece la frontera natural entre el pinar con jaras, escobones, jaguarzos, etc… que se torna escaso a mayor altura, y la vegetación subalpina de alta montaña canaria dominada por el retamar-codesar acompañado de rosalitos, alhelís, margaritas del Teide, chaorras del Teide, tajinastes rojos, malpicas, hierbas pajoneras, flores de malpaís, tonáticas… Además el lugar resulta sumamente aislado, mágico y salvaje, con unas extensas panorámicas, sobre todo hacia el este, apreciando como el Barranco de La Grieta bordea la base de esta lomada de Los Riscos; Los Riscos, un lugar entrañable y difícilmente olvidable, donde impera el silencio, la soledad, el sosiego y la paz a la sombra o rodeados por los enormes pinos que hacen que el inmenso y maduro pinar de Arico se despida de nosotros de la mejor manera posible, en nuestro periplo que continúa rumbo a las ya cercanas cumbres insulares.

Las montañas del Roque de La Grieta y Pasajirón ya se observan en lo más alto, separadas entre sí por una leve vaguada o collado.

El sendero asciende ahora por el Topo del Veno, manteniendo a la derecha la Montaña del Palo, en el último repecho antes de llegar a la primera cumbre de la jornada, El Roque de La Grieta, superando la ladera sur de esa primera montaña ascendida. A poca distancia de la cumbre el sendero PR TF 86 se une a la ruta del Filo (sendero nº 8 del parque nacional) pero aprovechando que la cima del Roque de La Grieta está cerca seguimos subiendo hasta el punto más alto del pateo.

Al contrario que la cumbre de Pasajirón, por la que más adelante transita el sendero del Filo, la cima del Roque de La Grieta (2.573 m.s.n.m., habiendo superado un desnivel de unos 1.200 m. desde El Contador) resulta más esquiva, por lo que en los metros finales hay que trepar los resaltes y rocas empotradas en las paredes cimeras, y haciendo honor a su nombre el roque presenta alguna que otra brecha rocosa en su cima.

Momento cumbre de la jornada montañera, en uno de los bordes de este majestuoso y grandioso anfiteatro de forma arqueada que se hunde a nuestros pies, percibiendo la libertad que proporciona la cima de una montaña solitaria como ésta, libertad y soledad que vuela al son de la brisa que acaricia estos roques y de paso mi rostro, respirando el aire ligero y leve de las alturas, aquel que hace flotar mi insignificante existencia plácidamente sobre el vasto territorio lunático y desolado que se extiende hacia el norte, este y oeste, unos 500 metros debajo nuestro, espacio que porta mis pensamientos tan lejos como viaja la mirada y el que me hace divagar sobre tan mágico y entrañable espacio volcánico vomitado por las entrañas del planeta

A mis pies, bajo el abismo de la pared norte, se extiende un entorno lunático, un mundo mineral, virgen, descarnado, desolado y violento, como si el infierno estuviera cerca, espacial y temporalmente, sensación percibida desde aquí arriba, pero por momentos y paradójicamente, diría que me encuentro a las puertas del cielo. Sin embargo, esa aparente violencia consigue trasmitirme todo lo contrario, paz y serenidad.

Las cañadas del Montón de Trigo, la de La Camellita y la de La Grieta yacen en el fondo de la depresión, a un paso de los desolados malpaíses que se extienden hasta la base del Teide, siendo dos de las siete planicies repartidas por la base de este mágico y cautivador circo de paredes verticales.

En este mundo mineral con vida propia en la que resulta difícilmente imaginable cualquier otra forma vital, la primavera normalmente alumbra tardía a estas alturas, pero cuando llega lo hace con todo su esplendor. La belleza del paisaje enmarca la explosión y variedad cromática de las flores de muchas plantas endémicas del lugar, desde el azul o violeta de los alhelís, los tajinastes picantes, las tonáticas, hasta el rojo de los tajinastes rojos, pasando por el amarillo de los codesos, hierbas pajoneras y turgaytes, el blanco o rosado de las retamas, las margaritas del Teide y de las salvias del Teide. Un colorido y un regalo de la propia vida, no solo para el observador sino para perpetuar la existencia de las plantas, pero que parece desproporcionado debido a su belleza, en este entorno tan rudo y duro para cualquier forma de existencia animal o vegetal.

Desde el Roque de La Grieta hacia el este, el Filo de Las Cañadas pierde altura y espectacularidad, la cual se despide con el puntiagudo roque del Topo de La Grieta, formando detrás de él una pared más uniforme y menos vistosa con suaves lomas que abarcan hasta las inmediaciones de la Montaña Cerrilar, cerca del límite oriental del circo, donde da paso a la cabecera del Valle de La Orotava y a las postreras cumbres de Izaña.

Bajamos y regresamos al camino del Filo, continuando en dirección oeste hacia la segunda cumbre de la ruta, la Montaña Pasajirón; para ello ladeamos por la fachada sur del Roque de La Grieta hasta la degollada que lo separa de Pasajirón, y luego el último ascenso de la travesía nos conduce a la cima de esa montaña, de cumbre más bien plana y menos abrupta que la del Roque de La Grieta, rondando también los 2.500 m. de altura, y por tanto con un desnivel medio de unos 500 m. con respecto al fondo de la depresión calderiforme.

Desde la cumbre de Pasajirón el horizonte visual se extiende nuevamente en todas direcciones, y con ella los pensamientos y sensaciones, topándose nuestra mirada con cumbres más elevadas como el complejo Teide-Pico Viejo, Guajara o el Roque de La Grieta, el cual hemos dejado atrás, mientras al sur de la cima la panorámica se desploma con menor sensación de abismo, encontrando el nacimiento del otro ramal del Barranco del Río, que agrieta una parte del pinar de Arico, y sirviéndonos de guía visual para alcanzar la lejana costa y medianías del sureste insular si la claridad del día acompaña.

Al encontrarnos elevados sobre la caldera de Las Cañadas, las retinas vuelven a deleitarse con el salvaje entorno volcánico, apreciando los diferentes matices cromáticos de las sepultadoras lenguas de lava, siniestros y oscuros malpaíses como el Tabonal Negro, desparramado sobre otras coladas más antiguas y que destaca especialmente al surgir del entorno pumítico y pálido que reviste Montaña Blanca, junto al Valle de Las Piedras Arrancadas, más al este, malpaíses que contrastan visualmente con esas pálidas y serenas cañadas pumíticas repartidas a lo largo de la base de la pared de Las Cañadas.

La extensa pared norte del circo es la huella de un deslizamiento en masa de una gran cumbre insular acontecido hace millones de años. Posteriormente, desde hace unos 100.000 años otras sucesivas erupciones volcánicas elevaron el estratovolcán Teide-Pico Viejo hasta alcanzar la altura actual de 3.718 m.s.n.m.

Después de ascender a Pasajirón por su lado oriental descendemos por el oeste hacia la Degollada de Guajara. Ese collado se encuentra entre Pasajirón y Guajara, lugar donde surge un gran tajo que arruga la corteza terrestre y serpentea hacia el sureste insular, el Barranco del Río, delimitando los municipios de Granadilla de Abona y Arico. Barrancos como éste parecen tener vida propia: nacen, se ahondan, se ramifican, hieren la piel planetaria en su dilatado y retorcido discurrir, y finalmente mueren plácida o violentamente en su encuentro con el mar. Son las cicatrices abiertas en la piel de La Tierra. El paisaje no sería lo mismo sin ellos, ejerciendo en mí una atracción especial, aparte de constituir un refugio vital para determinadas especies botánicas amenazadas.

Desde la Degollada de Guajara descendemos al fondo de la caldera siguiendo el tramo utilizado en el ancestral Camino de Chasna que comunicaba antiguamente el norte con el sur de la isla para fines no precisamente montañeros sino más bien comerciales y trashumantes.

Una vez abajo seguimos la pista prácticamente llana de la Siete Cañadas hasta llegar al parador de turismo.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Planta rupícola colgante o rastrera, de base leñosa. Hojuelas lineares, de 10 a 18 mm. de largo con pelos sedosos y de color verde pálido.

Floración abundante de color rojo encendido, con arista de pico largo y pétalos alados.

Es un endemismo tinerfeño muy raro, localizado y puntual en zonas concretas de los pinares del sur y norte de la isla, entre los 1.500 y 2.000 m.s.n.m.

Se creyó extinta en su medio natural hasta que en 1951 Ceballos y Ortuño recogen una cita de Santa Úrsula. Anteriormente solo se conocía en el Barranco de Tamadaya (Arico) y en La Florida (La Orotava), aunque más recientemente se han encontrado nuevos ejemplares en el pinar de Vilaflor y en el Barranco del Río.

La planta se encuentra cultivada en muchos jardines como tapizante ornamental.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Arbusto de hasta 1,5 m. de alto, muy ramificado desde la base.

Hojas enteras, de forma linear-lanceoladas, toscamente dentadas y pegajosas al tacto y de color verde claro.

Capítulos florales solitarios, de forma cónica, de donde surgen flósculos de color amarillo pálido o crema, todo ello en el extremo de largas, numerosas y erectas espigas. Brácteas involucrales sin apéndice, bordes fimbriados. Florece entre julio y agosto, fructificando en septiembre.

Fruto en forma de cerda esférica marrón que contiene multitud de diminutas semillas que se dispersan por el viento.

Esta especie de cabezón habita entre los 1.700 y 2.200 m.s.n.m., siendo endémica de las cumbres de Tenerife, en Las Cañadas del Teide, Cumbres de Vilaflor y de Güímar, habitando zonas de derrubios, escorias, grietas de acantilados y en suelos pumíticos compactados, siendo localmente abundante en algunos de los lugares citados anteriormente y entrando en contacto con el pinar en determinadas zonas.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Arbusto de hasta 50 cm., muy ramificado desde la base, con hojas lineares o lanceoladas, algodonosas por ambas caras y bordes con espinas.

Inflorescencias en largos pedúnculos de hasta 50 cm., con entre 3 y 6 capítulos amarillentos de 1 cm. de diámetro cada uno. Florece entre julio y septiembre.

La malpica es un endemismo local de Las Cañadas del Teide, creciendo sobre terrenos pumíticos, zona de derrubios, grietas de rocas basálticas y lava, entre los 1.700 y 2.100 m. de altitud. También aparece en la parte superior de los pinares de Arico y Vilaflor, formando parte del sotobosque del mismo.

La especie se encuentra bien representada en la cumbre insular, especialmente en lo alto de la vertiente sur, donde forma amplios rodales, aunque antiguamente se encontraba amenazada por el sobrepastoreo en la zona  y por la presencia de los muflones.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Arbusto pequeño perenne, de tallo hirsuto muy ramificado, con ramas suculentas, largas, gruesas, muy vellosas y blancas por debajo de las rosetas foliares.

Hojas arrosetadas en el extremo de las ramas, y grandes con glándulas lineares y evidentes, bordes rojizos y crispados, irregularmente ciliados.

Flores normalmente mayores que en otras especies del mismo género, de color amarillo dorado, muy vistosas y abundantes, sobresaliendo del resto de la planta. Florece en mayo-junio, fructificando en verano y al igual que otras especies del mismo género, sus pequeños frutos capsulares de color marrón proporcionan multitud de diminutas semillas, reproduciéndose también por esquejes.

Puede hibridarse con el Aeonium spathulatum.

Es una especie exclusiva de Tenerife, con una distribución dispersa, geográfica y altitudinalmente, por la vertiente sur de la isla, desde los 200 hasta los 2.400 m.s.n.m., entre los que se encuentra la Ladera de Güímar y barrancos aledaños, pinares de Guía de Isora, de Vilaflor y paredes del Circo de Las Cañadas del Teide, siempre desarrollándose en ambientes rupícolas, lo que en cierto modo garantiza su relativamente buen estado de conservación

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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Desde Vilaflor, a casi 1.500 metros de altura, el sendero de Gran Recorrido tinerfeño prosigue su avance hacia las cumbres insulares. Un poco por encima del pueblo, se adentra en los extensos pinares chasneros a través de la conocida pista de tierra de Madre del Agua, pero sin llegar al citado campamento, un desvío señalizado permite acortar camino mediante una senda que en primer lugar nos conduce al pintoresco Paisaje Lunar, donde unas vistosas y pálidas agujas pumíticas, producto de la erosión llevada a cabo por los agentes atmosféricos, contrasta con el pinar y los roquedos circundantes.

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Seguimos ascendiendo por la vertiente sur de la volcánica Montaña de Las Arenas, aumentando la inclinación del sendero para llegar a una zona mucho más abierta y volcánica por donde la subida parece interminable y muy cansina, dejando la loma antes citada al oeste, la cual se eleva bajo la vertiente sur de la Montaña Guajara y a la cual nos acercamos. No hay que subirla sino flanquearla por el este en dirección a la Degollada de Guajara, lugar en el que nace un gran barranco que arruga y serpentea hasta la costa sureste de la isla, el Barranco del Río, y divisoria natural entre los municipios de Arico y Granadilla de Abona.

Desde la Degollada de Guajara ya se divisa la plenitud de la Caldera de las Cañadas del Teide y el alargado anfiteatro que la rodea por el sur, entre la Montaña del Cedro al oeste y la Montaña Cerrillar a oriente.

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Una alternativa no menos espectacular a este tramo desde Vilaflor es ascender a la redondeada Montaña de Las Lajas desde el campo de fútbol del pueblo, siempre por senda entre pinar maduro, lo que permite, además de transitar por caminos menos frecuentados, apreciar el atractivo etnográfico al pasar junto a viejos refugios pastoriles y pinos resineros, distinguibles por la oquedad en el tronco y de los cuales se obtenía resina como combustible antiguamente.

Se atraviesa el Barranco del Cuervo antes de la subida inclinada a la Montaña de Las Lajas, la cual ofrece unas vistas de ensueño de la costa y medianías del suroeste de Tenerife, con los roques del Macizo de Adeje resaltando ladera abajo, y el inmenso pinar que hemos dejado atrás.

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Desde la zona recreativa de Las Lajas no queda más remedio que continuar un pequeño tramo por carretera en dirección a Vilaflor, hasta llegar a un refugio junto a la calzada y un camino que seguimos, subiendo hacia el Sombrero de Chasna, una amesetada loma a las puertas de las cumbres del Anfiteatro de Las Cañadas. Resulta fácil su coronación, quedando todo el sur insular a nuestros pies. Retomando el sendero, llegamos por fin al borde del Circo de Las Cañadas, divisando la espectacular Caldera de Las Cañadas que se desploma vertiginosamente desde aquí arriba, en una panorámica que abarca desde los Roques del Cedro al oeste hasta la cima de Guajara al este, la cota máxima de este espectacular, empinado y erosionado arco montañoso. Todo lo que hasta ahora era ascenso continuado y más o menos llevadero entre pinares, retamares y codesares se desploma casi de golpe y de forma abrupta hacia la vertiente norte en una brutal caída de unos 400 metros de desnivel por término medio, reteniendo el aliento ante la grandeza del paisaje y haciendo liberar la adrenalina acumulada de forma repentina.

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A partir de aquí se crestea hacia oriente pasando por las Cumbres de Ucanca y el Llano de Las Mesas hasta la Degollada del Riachuelo o de Ucanca, teniendo justo delante la vertiente oeste de la Montaña Guajara y al sur el Valle de Ucanca, por donde también se puede subir a esta degollada desde el Paisaje Lunar.

GR-131: IFONCHE-VILAFLOR

22 febrero, 2017

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

1530588_651136384952050_199142908_nEste tramo del sendero de Gran Recorrido (GR 131) comienza en el caserío de Ifonche mediante una pista asfaltada al principio, para continuar mediante un sendero bien marcado durante todo el trayecto en el que el pinar no nos abandona, transcurriendo gran parte de la caminata dentro del Paisaje Protegido de Ifonche, con una longitud total de 11 km y un desnivel neto de unos 500 metros positivos.

 

1525695_651136701618685_157908438_nAl comienzo de la senda, ésta sube por la divisoria comprendida entre el Barranco del Agua (al oeste) y el Barranco Seco (al este), en el cual destacan poco más arriba unos imponentes farallones que rompen súbitamente la monotonía del pinar y hunden el cauce del barranco en el abismo.

 

1530507_651136391618716_478415882_nPosteriormente se cruza el Barranco Seco y comienza un descenso seguido de un viraje hacia el este, atravesando viejas terrazas de cultivos abandonadas. Nos encaminamos al siguiente barranco que hay que cruzar, el Barranco del Cuervo o Guayero, éste mediante un puente de hormigón.

 

A partir de aquí comienza la subida más pronunciada de la ruta hasta las estribaciones de la Montaña Ciruelita, pasando por viejas eras y cerca de viejas casas de labranza, algunas restauradas.

 

1507842_651136488285373_631452737_nDesde el punto más alto de la caminata se disfrutan de buenas vistas del pueblo de Vilaflor, bajo la Montaña Ciruelita, y del que ya solo nos separa un último descenso hasta llegar al campo de fútbol, dejando gozar a la mirada también con los extensos pinares de la Corona Forestal en su vertiente sur y con las cumbres que culminan el pinar, como la Montaña de Las Lajas, los Roques del Almendro, el Sombrero de Chasna y la Montaña de Guajara.

12744755_1080208068711544_2742079613724295261_nTexto y fotos de Salvador González Escovar.

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Esta interesante caminata por el pinar de Vilaflor empieza junto al campo de fútbol de esa localidad, coincidiendo los primeros pasos con parte del sendero de Gran Recorrido que atraviesa la isla de sur a norte (GR131). Ascendemos primeramente entre huertas de papas hasta llegar a un gran estanque, punto a partir del cual ya no abandonamos el maduro pinar canario con sotobosque de jaras, chaorras, corazoncillos, margaritas, codesos, escobones…, el cual nos acompaña hasta el final de la subida.

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El sendero ofrece buenas panorámicas del suroeste de Tenerife, del Macizo de Adeje, del que destacan las montañas del roque del Conde, la Pica de Imoque,el Roque de Los Brezos y el Roque Abinque. Más cerca aparece la planicie de Trevejos, importante por su producción vinícola, a modo de llanura rodeada por los pequeños volcanes de Funes y Mohino.

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Durante el recorrido, algunos paneles nos informan de las peculiaridades de este pinar, flora y fauna asociada, historia geológica, así como de los antiguos usos por parte del hombre, presentando, por tanto, un interés etnográfico, como son los asentamientos estacionales o refugios pastoriles en forma de amontonamientos de piedras construidos bajo los pinos, de forma más o menos circular y de no demasiada altura. Otro uso destacable del pinar era el “sangrado” de los árboles más viejos para extraer resina que tenía diversas aplicaciones en aquella época, como por ejemplo combustible, aceite medicinal o para la obtención de aguarrás.

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Estos pinares abiertos y maduros permiten divisar el paisaje más allá del bosque, y además la desfigurada forma que van adquiriendo los pinos según envejecen rompe la monotonía de la típica forma cónica de los árboles jóvenes. También nos hacen reflexionar sobre los incendios forestales acontecidos al percatarnos de las negras y calcinadas cortezas de los ejemplares más longevos, y que felizmente no acabaron con ellos.

Antes de ascender a la amesetada Montaña de Las lajas por su ladera sur, se atraviesa el Barranco del Cuervo, un angosto y no demasiado profundo tajo que parece formar una discontinuidad en el pinar con sus cortados laterales.

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La subida final a la montaña es el tramo más inclinado y cansino de la ruta, sensaciones que paulatinamente se van olvidando al contemplar el espectacular y grandioso panorama que se desliza hacia el sureste, sur y suroeste insular, incluida la lejana costa, apreciando la inmensidad de estos pinares de la Corona Forestal que rodean las Cañadas del Teide por el sur. De hecho estamos cerca de las cimas que nos separan de ese parque nacional, distinguiendo los Roques del Almendro, El Sombrerito y el Sombrero de Chasna a lo largo de dicho cordal cimero, mientras ladera abajo salta a la vista el matiz volcánico de la Montaña Colorada, al otro lado de la cabecera del Barranco del Infierno, y elevada justo encima de la Loma de Teresme.

CAMINO DEL PINO ENANO

23 octubre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

14642048_1275460365852979_7399027992102252360_nEsta corta ruta senderista comienza junto al campo de fútbol de Vilaflor. El itinerario asciende a través de un tramo del sendero que comunica el pueblo con las cumbres del municipio, cuyo origen podría estar vinculado a la actividad pastoril de la población prehispánica, aunque también pueden observarse otros ramales utilizados por usos más recientes del territorio como la extracción de la pinocha con ayuda de bestias.

La senda bien definida y marcada asciende por un lomo donde abundan las lajas o piedras de mediano tamaño, de forma aplanada, color marrón claro y bordes recortados, utilizadas muchas veces para la construcción de goros o refugios pastoriles, pudiendo además observar algunos pinos resineros de gran tamaño, con una oquedad en su tronco para la extracción de la resina que sería utilizada como combustible hasta mediados del siglo pasado, uno de los aprovechamientos de este pinar, uno de los más maduros de la isla.

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Más arriba la senda enlaza con una vieja pista forestal o camino más ancho que muere en la carretera que sube a Las Cañadas del Teide, cruzándola y avanzando unos 100 metros por ella podemos seguir subiendo por otro sendero o la continuación del anterior hasta el Sombrero de Chasna, ya superando los 2.400 m.s.n.m. y en la bolconada espectacular sobre la Caldera de Las Cañadas del Teide, después de una larga subida por este pinar abierto y longevo.

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Antes de ese objetivo más ambicioso, y después de cruzar la carretera a la altura del Mirador sobre El Pinalito, observamos como algunos pinos, como el Pino Enano, crecen directamente sobre el duro sustrato rocoso y adquieren un porte más reducido, mientras la mirada goza a mayor distancia con unos fotogénicos, alargados, verticales y estriados riscos desplomándose bajo el Sombrero de Chasna, la mole amesetada que parece el altivo centinela del municipio de Vilaflor, y junto al inmenso pinar que nos envuelve, nos invitan a descansar en un lugar en el que la altura, el silencio y una atenta observación del paisaje nos recogerán en sensaciones inolvidables.