Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Arbusto de hasta 1.5 m. de alto, con hojas trifoliadas, de forma aovada, y flores con cáliz glabro y estípulas libres y pecioladas, de color rosado o violáceas muy vistosas, floreciendo normalmente en junio y fructificando en agosto, produciendo bastante semillas con un alto grado de germinación, al menos en cultivo. No ocurre lo mismo en las poblaciones naturales debido a diversos factores.

 

Endemismo tinerfeño limitado a los barrancos adyacentes de la Ladera de Güímar y a los del Macizo de Teno, habitando entre los 300 y 700 m. de altitud sobre el nivel del mar, y con un área de distribución muy localizada y una población muy reducida en cuanto al número de ejemplares.

 

Vive en el piso bioclimático termocanario, en relictos de bosquetes termófilos y transición al fayal-brezal, y esporádicamente en comunidades rupícolas o cornisas inaccesibles de barrancos, lo que hace que estén más protegidas, pero con menor posibilidad de desarrollo y propagación.

 

Entre las amenazas se citan el ataque de herbívoros u otros animales, posibles talas, derrubios, etc.

Texto y fotos de Salvador González

Esta especie de tabaiba es un arbusto de hasta 2 metros de alto, de crecimiento rápido y vistosa, con tallos de color marrón claro y muy ramificado.

Hojas agrupadas en el extremo de las ramas, deciduas casi en su totalidad. Las hojas tienen forma estrechamente lanceolada y borde entero.

Inflorescencias dispuestas a modo de umbelas, numerosas y llamativas por su coloración amarilla-verdosa y las brácteas florales muy grandes, fusionadas por lo menos en la mitad de su longitud, iniciando su floración a finales del invierno y fructificando en verano.

Frutos en forma de cápsula dura, de color marrón claro o amarillentas con semillas abundantes de fácil germinación.

Es una tabaiba endémica de La Gomera y Tenerife, rara en su ambiente natural, habitando preferentemente dentro del sector septentrional de La Gomera, entre los 500 y 800 metros de altura, y en Tenerife en La Ladera de Güímar, y en los macizos de Anaga y Teno, creciendo en matorrales ligados a áreas marginales de la laurisilva y en las transiciones a bosques termófilos de acebuches y espineros y siempre en orientaciones frescas.

Al tratarse de una especie poco apetecible para el ganado y por su adaptación a situaciones degradadas sobrevive sin aparente dificultad dentro de su área de distribución, no observándose disminución en las poblaciones conocidas, aunque éstas no presenten gran cantidad de individuos.

 

RISCO DE TENO. TENERIFE

13 marzo, 2017


Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde la carretera que se dirige desde Buenavista a la Punta de Teno, a la altura de unos embalses circulares junto a la calzada, sube el Camino del Risco, en dirección a Los Bailaderos o Teno Alto.

Siguiendo el tramo bajo del Barranco de Bujamé y uno de sus ramales, el Barranco del Aderno, la senda gana rápidamente altura transitando entre las agrestes, vertiginosas, salvajes y desgarradas laderas rocosas del Risco de Teno, repletas de diques y oscuras cuevas que la erosión nos va mostrando tras millones de años de incesante desmantelamiento.

Algunas barranqueras de corto, pero empinado recorrido, como los barrancos del Aderno, de Cabocos, del Monte y de Chagüigo surgen de las tierras altas, encontrándose parcialmente revestidos de monteverde en dicha parte superior a la cual nos dirigimos. El inclinado sendero se encuentra empedrado hasta ascender al borde del precipicio, pues era utilizado desde la antigüedad como vía de comunicación entre la Meseta o Altiplanicie de Teno y la plataforma costera conocida como Isla Baja.

A pesar de los agrestes riscos multitud de plantas encuentran refugio en los alrededores del sendero, como vinagreras, verodes, balos, cardones, cornicales, tabaibas amargas, tabaibas mejoreras, tasaigos, matos riscos, cardoncillos, duraznillos, jazmines, guaydiles, tajinastes, jocamos, magarzas, flores de mayo, leñas buenas, morgallones, cerrajas, corazoncillos, siemprevivas, malvas de risco, bicácaros, algaritofes, granadillos, mosqueras, bejeques, amargosas…algunas de ellas especies botánicas no precisamente rupícolas.

La erosión durante millones de años ha esculpido cuevas naturales, desgastado coladas, escorias y diques que componen un decorado geológico que muestra su historia evolutiva.

La zona que abarca esta ruta presenta aspectos apropiados para el cuidado del ganado, como son los pastos de Teno Alto y la despensa veraniega que representa el monteverde que yace bajo el Pico Baracán. La proximidad del mar, a su vez fuente de recursos alimenticios, la existencia del agua, que aunque en caudales pobres se esparcía por la comarca en decenas de manantiales. Y por último la presencia de refugios naturales hace del lugar un enclave ideal para el desarrollo pastoril que, por su aislamiento secular, ha pervivido hasta nuestros días, junto a otras costumbres ancestrales como enterramientos, ritos funerarios, transporte de difuntos a lomos de bestias y de los vecinos por estos salvajes escarpes, todo ello como parte de una cultura que parecía anclada, secuestrada por el accidentado relieve y detenida en el tiempo hasta hace pocas décadas.

Al llegar al borde del precipicio nos encontramos restos de un posible tagoror cuya forma recuerda a una era, mientras la verticalidad del tramo anterior da paso a un relieve dominado por suaves lomas y algunas pinceladas de cárcavas erosionadas y de color ocre en el terreno, paisaje de aspecto un tanto desértico a pesar de la altura a la que estamos y de acercarnos al monteverde formado por bosquetes y manchones de fayal-brezal. Entramos en el altiplano de Teno, entorno que parece antagónico al que me viene a la cabeza al pronunciar ese topónimo de cuatro letras; esto es, un mundo vertical formado por profundos barrancos, despiadadas fugas y abismales acantilados marinos. En el Macizo de Teno hay espacio para todo, de ahí su grandeza y contrastes. Desde ese lugar a modo de mirador queda poca distancia hasta llegar al núcleo de Teno Alto, se ensancha la senda a seguir y disminuye su inclinación.

Desviándonos de la ruta a seguir podemos recorrer la arista cimera del Risco de Teno para tener una grandiosa, nueva y espectacular perspectiva de la Isla Baja y del empinado tramo que hemos recorrido hasta aquí desde la plataforma costera, y además recorriendo con la mirada todo el litoral norte de Tenerife hasta la Sierra de Anaga, pasando por el Roque de Garachico, Acantilados de Interián, Tierra del Trigo, la comarca de Daute, etc.

Nuevamente, andando por uno de los filos de Teno se percibe con intensidad la personalidad del paisaje: precipicios verticales que se desploman sobre el océano o sobre la plataforma costera, que detienen la respiración, que intimidan y que a la vez entusiasman al dispararse la adrenalina, fugas por donde enfocar la mirada al abismo y en definitiva bordes de un risco que parecen la lanzadera perfecta para las sensaciones, sentidos y pensamientos, volando éstos tan lejos y profundo como la mirada.

Al llegar al borde del acantilado sobre la humanizada plataforma costera de Buenavista, viramos al oeste y atravesamos el Barranco de Ajoque por donde forma una suave vaguada en el terreno, antes de que el tajo se enfile vertiginosamente al mar al igual que tantos otros de corto pero vertical trazado.

Se puede seguir transitando por el límite de la Meseta de Teno en dirección al Barranco de Itóbal, intentando caminar lo más próximo posible al borde del acantilado marino, permaneciendo sobre los desfiladeros, avistando desde lo alto algún tramo de la sinuosa y estrecha carretera que se dirige a la Punta de Teno, la cual me sirve de referencia humana y pienso en la dificultad para construirla a través del risco, a la vez que se escucha el rumor marino y el viento remontando las fugas como sinfonías de fondo al silencio que brota de estos brutales farallones, en uno de los rincones isleños más salvajes y aislados, en un lugar en el que no solo divaga y vuela la mirada sino todo aquello que me hace ser, sentir y pensar.

En los barrancos y acantilados de Teno el relieve parece adoptar la máxima expresión de vértigo y verticalidad, haciéndose notar, como si no quisiera surcar sin pena ni gloria la piel planetaria, como si se rebelara o resistiera a sucumbir y ser tragado por el océano de una manera plácida.

En estos confines insulares mi particular horizonte de sucesos se reduce a una frontera nítida y cercana, más allá de la cual impera el abismo y el azul intenso y apacible del océano que inunda las retinas. Las sensaciones que transmiten el vacío espacial y el salvaje relieve se mezclan con la serenidad que emana del mar, la cual sosiega mis extasiados y abrumados sentidos.

Y así, en el borde de uno de los tantos desfiladeros de este macizo saboreamos la mágica esencia de Teno: acantilados y mar; agua y barrancos; viento, bruma, aislamiento y silencio. Una isla dentro de otra. Un mundo aparte. Un lugar de otro tiempo. La propia Tierra en caída libre.

 

 

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El Alto del Baracán (1.000 m.s.n.m.) destaca en la cabecera del Barranco de Los Carrizales, separando el humanizado Valle de El Palmar de aquel, y a la vez forma una frontera natural entre la zona más húmeda y la más seca del Macizo de Teno, al retener en la vertiente norte de esta cresta las brumas cargadas de humedad de los dominantes vientos alisios.

Es un un tramo senderista fácil y corto ascender al Pico Baracán desde el mirador del Carrizal, situado en la estrecha y sinuosa carretera de montaña que une Buenavista con Masca, disfrutando, mientras ladeamos por la cresta, de buenas vistas del Barranco del Carrizal, del Valle del Palmar, ambos desde lo alto, de las Cumbres del Carrizal que se dilatan hasta las montañas de Erjos y Bolico, las cuales limitan todo este escarpado espacio, y de una parte del esplendoroso y verde Monte del Agua que invade la vertiente norte del macizo.

Ante nosotros se eleva el piramidal Baracán, siendo el punto culminante de la vertiente norte del Barranco de Los Carrizales. En el lado norte de la crestería, el fayal-brezal, achaparrado por la persistencia del viento, invade la ladera que converge en el Valle de El Palmar. Más allá de ese valle y extendiéndose en altura sobre la cabecera del mismo aparece el continuo manto verde de laurisilva que tapiza el Monte del Agua. A la vez, el contraste que se observa entre la vegetación que se desarrolla en las laderas norte y sur de la Montaña Baracán es notable

Una vez en la cima, la mirada se extiende por la verde vertiente norte del Pico Baracán, distinguiendo Teno Alto, Los Bailaderos, y en la costa, parte de la Isla Baja. Mirando hacia el sur y más allá de la profunda grieta que se hunde a nuestros pies del Barranco de Los Carrizales, se divisa la sucesión de crestas y tajos que se alternan para configurar este accidentado relieve del Macizo de Teno. Entre los escarpes destaca la peculiar silueta de la Fortaleza de Teno y detrás el Puntal de Guergue. Entre ambas atalayas la corteza terrestre se hunde en el Barranco de Masca, aunque desde el Baracán no se perciben las sobrecogedoras dimensiones verticales de ese y otros cañones vecinos.

Limitando todo este espacio, cobijando los cinco grandes tajos que parecen romper la continuidad espacial del sector suroeste del macizo, se alzan los escarpes de Bolico y El Tarucho, que a su vez son las cimas de las que brotan algunos de esos barrancos enfocados rápidamente al mar como el de Masca.

En días claros, detrás del Monte del Agua, de las montañas de Bolico y de Erjos, emerge el complejo volcánico Teide-Pico Viejo coronando la isla y formando un sugerente contraste entre esta zona geológicamente longeva y el vulcanismo más reciente del gran estratovolcán.

Volvemos al cercano desvío que nos condujo a la cima del Baracán y seguimos la ruta en dirección al caserío de Teno Alto, abandonando definitivamente el borde del Barranco de Los Carrizales y atravesando algún bosquete de brezos. Al llegar a un embalse hay que seguir descendiendo siguiendo pistas de tierra hasta llegar al pequeño núcleo de Teno Alto.

El paisaje ha cambiado: sigue siendo seco pero ahora las suaves lomas sustituyen al vertical relieve de la primera parte del pateo, de hecho la zona que rodea Teno Alto y Los Bailaderos se le conoce como La Meseta o Altiplano de Teno, lugar nostálgico, bucólico, semidesértico, poblado de viviendas dispersas y abandonados bancales de cultivo, una planicie adornada de erosionadas lomas que tarde o temprano, al acercarnos al mar, vuelve a dar paso a imponentes y bestiales fugas, gargantas y barranqueras que vuelan sobre el océano o sobre las plataformas costera de Teno, la de la Isla Baja y la de Punta de Teno.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

16602784_1400797343319280_3378879631001931034_nEste pateo comienza en el caserío de Los Carrizales, dentro del barranco homónimo, en la parte más baja del poblado. Primero hay  que ascender por la vertiente norte del tajo  hacia la Cruz del Carrizal, punto ubicado en la divisoria con el Barranco de Taburco,  luego cruzar éste y el vecino por el  norte, el de Los Regatones, ambos menos profundos y espectaculares que los cinco grandes cañones que quiebran el sector suroeste del Macizo de Teno, el espacio comprendido entre el Barranco Seco y el de Los Carrizales.

 

16711497_1400793239986357_7234068014188467669_nEn el recorrido encontramos plantas representativas de estos barrancos como tabaibas, tabaibas majoreras, cardones, cardoncillos, bejeques, verodes, tajinastes aguinajos, tasaigos, retamas, gamonas, magarzas, jaguarzos, cornicales, balos, guaydiles, alguna sabina aislada, y refugiada en los paredones como en los de la Degollada Fonchineja, la amenazada amargosa.

16708610_1400798073319207_4664915292628532038_n Resultan interesantes las panorámicas del Macizo de Teno que van quedando atrás según caminamos, destacando los morros de Bolico y Erjos en lo más alto del macizo, además de parte del verde Monte del Agua, las Cumbres del Carrizal, laderas del Pico Baracán y la apretada sucesión de las crestas de Abache, La Fortaleza, Guergue e Illaga, las cuales guardan, respectivamente, los colosales barrancos de Los Carrizales, Juan López, Masca y del Natero.

 

16665166_1400794053319609_1492018862745198945_oLa Degollada Fonchineja aparece en el borde del altiplano de Teno, una vez atravesado el Barranco de Los Regatones, bajo su vertiente norte, por lo que hay que descender algo hasta llegar al borde de las vastas mesetas de Teno Alto, que a partir de ahora, y hasta el barrio de Los Bailaderos, sustituyen a los profundos cañones que dominaban el territorio que dejamos atrás: desaparecen los profundos cañones del sector suroeste de Teno, pero no el acantilado en estado puro sobre el mar que supone un hachazo brutal en estas tierras y de paso en nuestros sentidos y sensaciones. Estas suaves ondulaciones que caracterizan a Teno Alto dan paso repentinamente, al dirigirnos al mar, a vertiginosas fugas colgadas de estas alturas que rondan los 600 metros, a través de las cuales la mirada vuela libre y directamente al mar. Y es que también en esta parte del Macizo de Teno, tarde o temprano, el intimidatorio abismo irrumpe bruscamente para hermanar tierra y océano, en un desplome casi vertical de cientos de metros y formando una discontinuidad o vacío espacial que igualmente se trasmite a la propia existencia y experiencia del caminante.

 

16684068_1400797419985939_6242079715337161184_nDesde el mismo borde del acantilado, en uno de los márgenes de la vaguada vertiginosa e imponente que forma la cabecera de esta garganta de cortísimo pero vigoroso recorrido, la mirada, el resto de los sentidos y los pensamientos son atenazados por el precipicio que busca el rompiente marino, e incluso se adivinan las rocas bajo el agua con un matiz verdoso-azulado que se extiende a lo largo de la abrupta línea costera hasta las proximidades del alargado saliente de Punta de Teno y el faro que señala uno de los confines insulares.

 

16602566_1400794323319582_434073428303283895_nSiguiendo con el recorrido después de deleitarnos un rato con la convulsión geológica vertical bajo la Degollada Fonchineja, podemos seguir en dirección al poblado de Teno Alto mediante una pista de tierra que atraviesa la zona de Las Mesetas y Matoso. Sin llegar a ese caserío, nos desviamos de nuevo hacia el borde del acantilado, para volver a recrearnos con las vistas de otro empinado y también de corto recorrido barranco, el de Los Poleos, que nos acerca visualmente aún más a la Punta de Teno.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En el sector suroeste del macizo de Teno se eleva en rampa la pequeña plataforma amesetada de Abache, entre los profundos barrancos de Los Carrizales y de Juan López, uno a cada lado de esta espectacular e impresionante cresta divisoria.

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Es precisamente a lo largo de esta divisoria de aguas por donde los carrizaleros construyeron una obra de titanes, el camino de herradura, empedrado en algunos tramos, con paredes de piedra, y que desde las viviendas cercanas, salva los riscos de Abache que se derrumban a pico sobre los impresionantes tajos que rodean la zona. Es un sendero con historia porque conduce a una ensanchada vaguada y abancalada, antiguamente cultivada de cereales, justo antes de que esta gran cresta se desplome sobre el océano. Alguna vieja casa semiderruida y construida con piedra seca junto a una era así lo atestiguan.

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La Cresta de Abache es similar a otras elevaciones o crestas (en lenguaje local, Achadas) del suroeste de macizo, tales como La Fortaleza, Guergue y Guama. Las suaves pendientes de algunos lugares de estas lomas permiten un buen abancalamiento de tierras para cultivos de secano de cereales y legumbres que desapareció cuando surgió la crisis de la agricultura de medianías. Todas estas Achadas poseen, además de una similar inclinación hacia el mar, antes de precipitarse en el acantilado marino, una pequeña depresión o vaguada en la parte central que surge de la parte más elevada de cada cresta, y más o menos definida y que finalmente muere en un brusco y gigantesco corte que forma cada acantilado marino de unos 400 metros sobre el mar.

Al suroeste del Carrizal Bajo destacan dos picachos: el más cercano, con una cruz en su cima, es el Morro de la Silleta, más al sur el Morro de La Sombra (antiguamente presentaba la función de reloj solar).

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La ruta empieza el recorrido en la descarnada carretera que baja a Los Carrizales, justo en la primera curva a la derecha. Al principio discurre por la falda del Roque, espigada catedral geológica, formada por varias torres con terminaciones cónicas y recubierto de líquenes de matiz anaranjado, y elevada en la misma divisoria entre el Barranco de Juan López y el de Los Carrizales.

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Luego continua su leve ascenso por camino parcialmente empedrado y ancho acercándonos al peñasco de los Catorce Reales que debe su nombre al valor de una excepcional cosecha de orchilla que se recogió en sus paredes a finales del siglo XIX, donde había que encaramarse con dificultad con rudimentarias cuerdas para la recolección del preciado liquen para elaboración de los tintes de la época.

La senda continua acercándose al acantilado marino y a la vaguada donde perduran viejos bancales invadidos por retamas, tabaibas, cardones, bejeques, mato riscos, etc., teniendo a la vista permanentemente el Barranco de Los Carrizales a vista de pájaro, que imperturbable busca camino al mar entre colosales paredones, recios diques que parecen rectas e imaginarias sendas a ninguna parte atravesando despiadadas fugas, y cuevas y recovecos en los espigados roques que se resisten a sucumbir ante la pertinaz erosión. Estos barrancos parecen un entorno petrificado en el tiempo donde la erosión muestra el esqueleto o la espina dorsal inexpugnable desde el principio de los tiempos.

En la Somada de Juan López tenemos una primera panorámica del salvaje Barranco de Juan López, de su tramo medio, visión que más adelante se ve multiplicada al acercarnos a su desembocadura vista desde lo alto de las tierras de Abache.

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La Fortaleza de Teno, en lo alto de la vertiente opuesta del tajo de Juan López, muestra su destacada silueta a modo de una vieja y cuadrangular cabeza, emergiendo desde las mismas entrañas del barranco, en un paisaje vertical que entrecorta la respiración, pone los pelos de punta y me hace pensar en arrodillarme como signo de admiración y veneración paisajística que sosiega el espíritu, en una panorámica que vincula lo visual y existencial con lo emocional y nirvánico, sensación intensa que interrumpe el aliento, al igual que estos profundos cañones lo hacen con la corteza terrestre, percibiendo como los sentidos y pensamientos se desploman libremente a través de estos descomunales farallones.

Más allá de la Fortaleza, se adivina la terminación puntiaguda de Guergue, en lo alto de otra cresta o Achada, la que separa el Barranco de Masca del Barranco del Natero o del Sauce, en una secuencia de barrancos y crestas que parece no tener fin.

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Mirando al otro lado, más allá del Barranco de Los Carrizales, el Pico Baracán (1.000 m.s.n.m.) cierra por el norte la cabecera de este barranco. Desde esa elevación surge una línea de cresta denominada como Cumbres del Carrizal, que se alarga hasta las montañas de Erjos y Bolico (máxima elevación del macizo de Teno, 1.354 m.s.n.m.), pasando por el Tarucho, roque elevado sobre el caserío de Masca. Entre Bolico y el Alto de Illaga se ubica la vaguada cimera de la Degollada del Cherfe, que permite dilatar la mirada hasta los lejanos Pico Viejo y El Teide, como si este paisaje quebrado y abrupto se abriera al resto de la isla por el único lugar posible y nos concediera ese regalo extra por haber alcanzado este confín insular.

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La vertiente de La Fortaleza, al igual que ésta de Abache, que da al mar continúa su declive cada vez más pronunciado, hasta que irremediablemente encuentra el borde del acantilado marino. El precipicio sobre el mar cobija la desembocadura del Barranco de Juan López, a la vez que oculta parte de la costa suroeste de la isla en una extraordinaria visión panorámica que se prolonga hasta el extremo sur insular.

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Si se quiere más éxtasis visual, se puede atravesar la suave vaguada de la cresta de Abache en dirección al Barranco de Los Carrizales, acercándonos todo lo que la sensación de vértigo permita, al borde del acantilado, contemplando el saliente rocoso de la Punta de Teno, su faro, las crestas de los Barrancos de Taburco y de los Regatones (menos espectaculares que los 5 magníficos barrancos del suroeste de Teno), y por supuesto, la cercana playa (en Teno, todo lo que no es acantilado o barrancos se le llama playa) de Los Carrizales, vista desde su vertical, donde el abismo y la sensación de vacío físico, pero no emocional, se apodera de las sensaciones, sentidos y pensamientos, no solo en este punto terminal sino en cualquier lugar de esta altiva ruta en la que la dimensión vertical domina el paisaje y la vulnerable e insignificante vida senderista, percibiendo la magia de un mundo aparte, una isla dentro de otra y en definitiva la propia corteza terrestre en eterna caída libre.

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Texto y fotos Salvador González Escovar.

Este recorrido comienza en Los Silos, al noroeste de Tenerife. 

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Se asciende por medio de un camino de herradura a esa estribación montañosa, situada en la divisoria que separa el Barranco de Los Pasos del Valle de El Palmar, todo ello localizado en la vertiente norte de la región de Teno. El Barranco de Los Pasos lo vamos contemplando en su longitud según vamos ganando altura, y como otros tajos vecinos por el este, nace de la frondosidad del monteverde del Monte del Agua, profundizándose y abriéndose al avanzar hacia la plataforma costera, alcanzando su máximo encajonamiento antes de ella.

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Al llegar a la lomada, al otro lado, tenemos el amplio y humanizado Valle de El Palmar, con el Pico Baracán y parte del Risco de Teno destacando en el filo de la vertiente opuesta. Mirando hacia la costa norte de la isla se distinguen los cortados precipicios que dan nombre a los Acantilados de Interián, los cuales se desploman, como muchos otros por esta zona, sobre la plataforma costera que se extiende hasta Buenavista, paisaje dominado por núcleos urbanos y plataneras.

Continuando por la crestería del barranco, nos vamos adentrando en la laurisilva del Monte del Agua; un camino desciende a El Palmar. Nosotros seguimos hasta tomar la pista que atraviesa ese vergel.

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Volvemos al punto de partida después de haber caminado un buen trecho por la citada pista, y luego bajando por Las Moradas, contemplando otro barranco que comparte cabecera con el anterior. Se trata del Barranco de Los Cochinos, el cual, divisado desde poco antes de llegar a las abandonadas casas de Las Moradas, se observa como se adentra hasta el mismo corazón del Monte del Agua, nutriéndose de barranquillos secundarios y extendiéndose en abanico en la frondosa cabecera.

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El barranco presenta su máximo encanto, encajonamiento y profundidad justo antes de unirse al de Cuevas Negras, bajo esas olvidadas construcciones de piedra y, hoy en día, tejados semiderruidos. Luego el sendero sigue bajando por el Barranco de Las Moradas hasta Los Silos, barranquillo que, en cuanto a su dimensión vertical, poco tiene que ver con sus vecinos contemplados durante esta ruta.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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Esta caminata empieza en El Molledo, barrio cercano a Santiago del Teide.

 

Los primeros metros de la ruta coinciden con el inicio de la excursión a la Montaña de Guama y la que recorre el Valle de Santiago por el fondo; en el cruce que separa las rutas tomamos el desvío de la derecha, indicando al Risco Blanco por Los Quemados. El sendero asciende levemente hasta la fuente y aljibe de Tenerguera, atravesando la vertiente sur de la Montaña Illaga, que es una de las fronteras naturales que se para el Macizo de Teno del resto de la isla.

 

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Al penetrar en este macizo hay que hablar irremediablemente de profundos y salvajes barrancos: los primeros que nos encontramos siguiendo la senda al Risco Blanco son el Barranco Seco (también conocido como el de la Junquera) y el del Natero ( o del Sauce), de los cuales es oportuno indicar que comparten cabecera (bajo la Montaña Illaga) y desembocadura en la misma playa, la de Barranco Seco, además de túneles, canalizaciones de agua y galerías del preciado elemento.

 

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El Risco Blanco, en su tiempo potente chimenea volcánica y compuesta de materiales basálticos más resistentes frente a la incesante erosión, se eleva sobre la cresta que separa ambos tajos, destacando por su pálido cromatismo y su fisionomía, en un mundo aparte donde la dimensión vertical acapara la mirada y la atención del senderista. 

Tras atravesar el tramo alto del Barranco Seco llegamos a Los Quemados, donde se respira el aire más bucólico y ancestral de Teno, con corrales de cabras, pequeñas extensiones de tierras de cultivo y muros y vetustas casas de piedra seca y tejados a una o dos aguas, todo ello en el mismo borde del siguiente y más profundo tajo en la corteza terrestre, el Barranco del Natero, que debe su nombre a alguna que otra galería en su abismal fondo, actualmente abandonada, pero presenciada desde Los Quemados. Las casas de Los Quemados fueron durante algún tiempo viviendas habituales de cabreros y constan de cuevas, dormitorios, alguna era, “goros” de cochinos y “graneles” para cereales y la hierba seca.

 

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El sendero desciende en dirección al Risco Blanco siguiendo la cresta compartida por ambos tajos, pudiendo seguir descendiendo, rodeando parcialmente el roque por la derecha hasta contemplarlo desde cerca de su base oeste, para lo cual se puede trepar sin apenas dificultad una muralla rocosa de idéntico cromatismo que el Risco Blanco, o bien continuar bajando por la cresta divisoria hasta la siguiente elevación conocida como El Cabezón. Sea como fuere, las vistas en todas direcciones merecen una prolongada parada y descanso antes de regresar: puede verse la triangular cumbre de Bolico, que es la altura máxima del macizo de Teno, encima de la cabecera de estos dos tajos, el escarpado puntal de Guergue en la vertiente opuesta del Barranco del Natero, el Teide y el Pico Viejo detrás del Risco Blanco, las islas más occidentales del archipiélago, la costa suroeste insular más allá de la recortada arista sur del Barranco Seco y que desciende hasta el mar desde la Loma de Guama, alguna que otra galería abandonada y canalizaciones que dejan su impronta blanquecina en las laderas de los impresionantes y profundos barrancos Seco y del Natero, cada uno a un lado, y por supuesto las abismales entrañas y el salvaje discurrir, desde el nacimiento de ambos tajos paralelos hasta su compartido ocaso en el océano.

 

11141760_934120689986950_1871385912653857031_nLas paredes de los tajos de Teno, repletas de diques, recovecos, cuevas y colosales fugas forman un atormentado y desgarrador paisaje, como si la corteza terrestre estuviera a punto de derrumbarse bajo su propio peso, en los dominios de una verticalidad superlativa, exagerada y extrema que origina en mis sentidos un estado de exaltación y excitación nirvánica y sobrenatural, tan duradera mientras se prolongue el pateo por estas Achadas o salvajes crestas de estos inolvidables barrancos.

LA FORTALEZA DE TENO. TENERIFE

25 diciembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

11885210_997928206939531_1263913455261153766_nLa Fortaleza es un pintoresco y característico roque de forma cuadrangular, visto desde algunos ángulos, y que se eleva en la cresta divisoria entre los barrancos de Masca y de Juan López

El corto itinerario empieza en el Lomo del Luchadero, junto a la Cruz de Jilda, topónimo que nos recuerda que aquí existió un “terrero”, testimonio silencioso olvidado por la tradición oral, de aquellos desafíos de lucha canaria que vivieron los pobladores aborígenes.

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A lo largo del camino que transcurre próximo a la cresta y tendencia descendente, y casi siempre dentro de la vertiente del salvaje Barranco de Juan López y rodeando por el norte el Roque de La Fortaleza, impactan las panorámicas abismales a vista de pájaro sobre los profundos tajos colindantes, especialmente el de Juan López, que alberga dentro de él un ramal conocido como el Barranco del Retamar, uniéndose al cauce principal antes de la desembocadura en el mar.

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Otras sensaciones flotan en el ambiente, como sentir a cada paso las huellas que dejaron los lugareños hasta fechas recientes, en pos de eras, bancales, pajales, cazoletas y terrazas de cultivo de cereales, actualmente abandonadas, o apreciar el propio trazado del camino, en algunos tramos empedrado, o incluso indagando más atrás en la historia de esta tierra, apreciando la existencia de algunos grabados guanches relacionados con el culto solar y la fertilidad.

Las retamas blancas y las tabaibas majoreras cubren gran parte del paisaje abrupto, acompañadas de diversas plantas rupícolas como la amargosa y el bejeque de masca, vestigios botánicos exclusivos de este macizo y refugiados en estos impresionantes paredones que reducen el espacio vital y emocional del senderista.

El último y casi único repecho del sendero, ahora ancho y empedrado, nos conduce casi al borde del brutal acantilado marino que se desploma en el océano, divisando las playas de Juan López, primero, y del Barranco de Masca, después, desde medio kilómetro de altura. 

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Después de transitar junto a tantos riscos, paredones y abismo, resulta curioso que esta parte final de esta lomada divisoria sea ancha y plana, hecho que fue aprovechado en su momento para abancalar el terreno en sucesivas terrazas de cultivo separadas con muros de piedra seca. Tras atravesarla brevemente llegamos al borde del barranco vecino: las entrañas del Barranco de Masca con sus fugas, oscuras cuevas y diques, ocultas a la vista casi desde el inicio, se revelan de golpe como un auténtico shock visual en las retinas, para posteriormente quedar grabadas en la memoria como imborrables sensaciones trasmitidas por un entorno duro, esquelético, petrificado, convulso y geológicamente apolíptico y en caída libre.

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En lo alto de la pared opuesta del Barranco de Masca se alza el vistoso escarpe de Guergue, compitiendo en altura y belleza con La Fortaleza, contemplando ahora su cara menos conocida, y detrás de Guergue, ya fuera del Macizo de Teno y de la cabecera del Barranco de Masca, limitado por las cumbres de Bolico, El Tarucho y Cherfe, asoma el complejo volcánico del Teide-Pico Viejo.

GUERGUE. TENO (TENERIFE)

24 diciembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

12140565_1012082862190732_9179035265037303223_nEste camino semeja un puente colgante, cuyos tramos, sobre agudos riscos, se mantienen suspendidos sobre el abismo. A cada lado sendos barrancos se hunden unos 400 metros de desnivel. A cada paso nos recuerdan las convulsiones que durante millones de años han protagonizado la creación y desmoronamiento de estos paisajes. Fruto de esa erosión pertinaz son los variopintos diques, de grosor, gamas cromáticas, composición y longitudes variadas, entrecruzándose unos con otros, curvándose y finalmente desapareciendo, como si vistos desde lejos fueran trazas de sendas a ninguna parte a través de los verticales murallones.

En estos barrancos bestiales todo es producto de la erosión, interviniendo en esta apoteósica escultura geológica, además de los diques, las oscuras cuevas que parecen socavar los pilares de los tajos y las imponentes fugas por donde se precipitan, entre todas las partes cosas, los sentidos del senderista.

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El sendero de esta espectacular ruta transcurre por la cresta divisoria entre el Barranco de Masca y el del Natero ( o del Sauce). Nos encaminamos a coronar el puntal o bastión de Guergue, bastante distinguible desde lejos, altura máxima de esta cresta cortada a pico, sobre todo en la vertiente que se derrumba sobre el Barranco de Masca. Aunque resulte paradójico el hecho de encontrarnos entre precipicios, esta zona antiguamente era utilizada como tierras pastos y de cultivo de secano, como habas, arvejas y cereales, lo que explica el propio trazado del camino, la existencia de eras para moler grano, de semiderruidas casas de piedra, de bancales abandonados en la parte más ensanchada de la cresta y en la parte de la misma que mira al mar, antes de desplomarse en el acantilado marino.

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A lo largo del sendero, en algunos tramos bastante ancho y empedrado, lo que nos recuerda su viejo uso “para bestias”, las panorámicas estremecen la visión, ponen los pelos de punta y detienen el aliento al percibir el abismo de este imperio vertical de duro basalto. Pienso que actualmente es una bendición para los sentidos que a los antiguos masqueros se les haya ocurrido trazar un camino, evidentemente con otros fines más mundanos y funcionales, entre estos dos descomunales cañones, lo que sin duda permite disfrutar de las altivas e inigualables vistas de ambos surcos en la corteza terrestre y por partida doble.

Los brutales farrallones rocosos del Barranco de Masca apenas permiten adivinar la estrecha franja que marca el fondo del precipicio y la escapatoria al mar de este mundo en perpetua caída libre.

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El climax visual y emocional se alcanza en lo alto de Guergue, desde donde no solo se aprecia el sublime abismo a ambos lados sino que la mirada puede escapar más allá de este mundo aparte que configura el Macizo de Teno: en días despejados puede divisarse la costa suroeste insular y El Teide, amén de La Gomera. El altivo escarpe de Bolico destaca al mirar atrás, no en vano es la altura máxima del macizo, elevándose sobre la Degollada de Cherfe e Illaga. Al sur, el Risco Blanco destaca por su pálida tonalidad y por su puntiaguda silueta en la vertiente opuesta del Barranco del Natero, y aún más allá la Loma de Guama marca el límite sureño de este espacio dominado por la incansable sucesión de profundos tajos y espigados roques que juntos hacen que la dimensión vertical el paisaje sea la dominante.

Mirando al norte, parece que estamos cara a cara con el Roque de La Fortaleza, rivalizando en altura con él, mientras el colosal paredón que lo sustenta está horadado por multitud de oscuros recovecos que vaticina un desplome masivo o continuado en el tiempo.

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Desde lo alto de Guergue, el camino desciende de la misma forma que la cresta avanza hacia el mar en continuo y uniforme declive, todavía a bastante distancia de formar el acantilado marino. Además, a partir de aquí, esta divisoria se ensancha lo que permitía en la antigüedad el abancalamiento del terreno para usos agrícolas. El ensanchamiento de la cresta forma una vaguada que también se enfoca al océano en estas tierras altas y que puede ser atravesada sin dificultad aprovechando los bancales invadidos por retamas para contemplar ambos tajos desde los respectivos bordes.

Se puede contemplar desde las alturas las playas o desembocaduras de los Barrancos del Natero y de Masca, casi desde el borde del acantilado, prácticamente andando sin camino alguno, acercándonos al borde del acantilado lo que cada uno estime oportuno en cuanto a su seguridad y vértigo.

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A un lado de la ensanchada cresta aparece la playa de Barranco Seco, desde unas viejas casas de piedra donde se respira añoranza de otros tiempos. La desembocadura es compartida con la del Natero, que es el más largo de los que arrugan este sector del Macizo de Teno. Aguas arriba, ambos tajos divergen hasta sus nacimientos bajo la Degollada de Cherfe y la Montaña de Illaga.

Fuera del límite de esos barrancos que parecen recluirnos en el espacio y en el tiempo, también se contempla la población turística de Los Gigantes y gran parte de la costa suroeste de Tenerife.

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Si decidimos atravesar la vaguada que forma esta parte de la cresta podemos acercarnos al borde del Barranco de Masca y buscar en lo posible la vertical de su playa trepando y posteriormente bajando por un promontorio rocoso. El esfuerzo y el posible vértigo merece la pena, la panorámica sobre el mismo mar resulta de ensueño, varios cientos de metros sobre él, viajando la vista libre y verticalmente al encuentro con el océano y con su fondo no demasiado profundo cerca de la costa. Permanecemos literalmente suspendidos sobre el abismo, sintiendo la tensa paz que fluye del mar y de los colosales paredones del Barranco de Masca, una profunda herida abierta por el paso del tiempo y por los elementos, escuchando el rumor del mar y el abrumador silencio del tajo, según donde se enfoquen los sentidos, y sintiendo como la magia del abismo va recargando el espíritu de inolvidables sensaciones. Esta convulsión geológica a base contemplar barrancos y acantilados consigue trasmitirme todo lo contrario: paz y serenidad personal.

Estos acantilados son producto de la interacción entre el mar y los barrancos, entre la creación y la erosión, constituyendo una joya geológica, que se alarga desde los Acantilados de Los Gigantes hasta la Punta de Teno al divisar este magnífico espectáculo de entrantes y salientes.

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La erosión que ha originado estos estremecedores cañones no solo supone destrucción y desmantelamiento del territorio, también es un proceso creativo, las fuerzas geológicas aunque sean contrapuestas crean arte; incluso la muerte de un barranco al desembocar en el mar y originar estos espectaculares acantilados resulta creativo. Todo en la naturaleza es creativo y para disfrutar de este arte creativo solo hay que abrir los ojos, la mente y el espíritu.