Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Además del camino clásico que sube al Roque del Conde existe otro menos frecuentado que salva la arista norte de la montaña desde la Degollada de Los Frailitos.

 

El recorrido comienza en el barrio aronero de Vento y atraviesa el Barranco del Rey, linde natural entre los municipios de Arona y Adeje, sube a la Degollada de Los Frailitos, situada entre la Loma de Suárez y la arista norte del Roque del Conde, desde donde se contempla una espectacular panorámica del abrupto Macizo de Adeje, uno de los más antiguos de la isla, con las montañas del Roque de Los Brezos y la Pica de Imoque destacando en lo alto, al otro lado del Roque del Conde o Ichasagua, por cuya arista norte existe una vereda que sube a la cima de la montaña, aunque a simple vista parezca que no hay espacio por ahí para que discurra un camino; incluso en el ascenso nos encontramos alguna era abandonada entre tabaibas, cardones, etc, viejo testigo del trillado de los cereales que antiguamente se cultivaban en los bancales, invadidos actualmente por la flora autóctona y que aún pueden observarse en la vertiente oriental del Roque del Conde, la ladera menos abrupta de la montaña

 

Un resalte vertical en la parte alta de Ichasagua obliga a la senda a rodear su base por la parte oriental y poco más arriba alcanzar la planicie, ligeramente inclinada hacia el norte que forma la cumbre de esta panorámica atalaya sureña que ronda los 1.000 m.s.n.m.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En el sur de Tenerife, concretamente en el término municipal de San Miguel de Abona, el cono volcánico de Montaña Amarilla constituye un elemento geomorfológico de evidente singularidad, formando parte, como estribación más meridional, de un conjunto paisajístico de volcanes alineados del sur de la isla. Además, su origen freatomagmático, originado por la interacción entre el magma y el mar, junto a la presencia de una duna fósil en su base, le confiere un notable interés científico.

 

Los constituyentes volcánicos del monumento son principalmente traquibasaltos de la Serie III. Sin embargo, en el sector oriental del cono, hay materiales del mismo periodo pero de naturaleza basáltica derivados de otros volcanes próximos. La cercanía del mar, aparte de inducir erupciones de tipo explosivo en el momento de su génesis, ha provocado una fuerte erosión, desmantelando el edificio parcialmente. El constante proceso erosivo ha dejado al descubierto importantes estratos piroclásticos de un llamativo matiz ocre y una característica duna fósil en la base de la estructura.

 

La vegetación es escasa en el lugar. Tan sólo destaca, de algún modo, la abundante muestra de tabaibas dulces (Euphorbia balsamifera) existentes. Ya con carácter menos representativo se encuentran especies vegetales que ocupan las zonas más afectadas por la acción de las mareas. Entre ellas cabe citar un endemismo como es la piña de mar (Atractylis preauxiana) y la lechuga de mar (Astydamia latifolia), cuyas hojas fueron pieza fundamental en la dieta de antiguos marineros ya que facilitaba la digestión y contenía un elevado porcentaje de vitamina C. Finalmente también hay presencia de ejemplares de salado (Schizogyne serícea).

 

Análogamente a como ocurre con la vegetación, este ecosistema no presenta una abundante representación faunística. No obstante, en estos términos, habría que destacar especialmente la presencia de cernícalos (Falco tinnunculus). También habitan otras dos especies de aves como las currucas tomilleras (Sylvia conspicillata orbitalis) o las palomas bravías (Columba livia)

 

La montaña puede ser pateada con facilidad, tanto bordeando su línea litoral (con marea baja) pasando por la duna fósil y bajo los coloridos y verticales estratos, como ascendiendo y recorriendo el borde del desfigurado y ensanchado cráter.

RISCO DE TENO. TENERIFE

13 marzo, 2017


Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde la carretera que se dirige desde Buenavista a la Punta de Teno, a la altura de unos embalses circulares junto a la calzada, sube el Camino del Risco, en dirección a Los Bailaderos o Teno Alto.

Siguiendo el tramo bajo del Barranco de Bujamé y uno de sus ramales, el Barranco del Aderno, la senda gana rápidamente altura transitando entre las agrestes, vertiginosas, salvajes y desgarradas laderas rocosas del Risco de Teno, repletas de diques y oscuras cuevas que la erosión nos va mostrando tras millones de años de incesante desmantelamiento.

Algunas barranqueras de corto, pero empinado recorrido, como los barrancos del Aderno, de Cabocos, del Monte y de Chagüigo surgen de las tierras altas, encontrándose parcialmente revestidos de monteverde en dicha parte superior a la cual nos dirigimos. El inclinado sendero se encuentra empedrado hasta ascender al borde del precipicio, pues era utilizado desde la antigüedad como vía de comunicación entre la Meseta o Altiplanicie de Teno y la plataforma costera conocida como Isla Baja.

A pesar de los agrestes riscos multitud de plantas encuentran refugio en los alrededores del sendero, como vinagreras, verodes, balos, cardones, cornicales, tabaibas amargas, tabaibas mejoreras, tasaigos, matos riscos, cardoncillos, duraznillos, jazmines, guaydiles, tajinastes, jocamos, magarzas, flores de mayo, leñas buenas, morgallones, cerrajas, corazoncillos, siemprevivas, malvas de risco, bicácaros, algaritofes, granadillos, mosqueras, bejeques, amargosas…algunas de ellas especies botánicas no precisamente rupícolas.

La erosión durante millones de años ha esculpido cuevas naturales, desgastado coladas, escorias y diques que componen un decorado geológico que muestra su historia evolutiva.

La zona que abarca esta ruta presenta aspectos apropiados para el cuidado del ganado, como son los pastos de Teno Alto y la despensa veraniega que representa el monteverde que yace bajo el Pico Baracán. La proximidad del mar, a su vez fuente de recursos alimenticios, la existencia del agua, que aunque en caudales pobres se esparcía por la comarca en decenas de manantiales. Y por último la presencia de refugios naturales hace del lugar un enclave ideal para el desarrollo pastoril que, por su aislamiento secular, ha pervivido hasta nuestros días, junto a otras costumbres ancestrales como enterramientos, ritos funerarios, transporte de difuntos a lomos de bestias y de los vecinos por estos salvajes escarpes, todo ello como parte de una cultura que parecía anclada, secuestrada por el accidentado relieve y detenida en el tiempo hasta hace pocas décadas.

Al llegar al borde del precipicio nos encontramos restos de un posible tagoror cuya forma recuerda a una era, mientras la verticalidad del tramo anterior da paso a un relieve dominado por suaves lomas y algunas pinceladas de cárcavas erosionadas y de color ocre en el terreno, paisaje de aspecto un tanto desértico a pesar de la altura a la que estamos y de acercarnos al monteverde formado por bosquetes y manchones de fayal-brezal. Entramos en el altiplano de Teno, entorno que parece antagónico al que me viene a la cabeza al pronunciar ese topónimo de cuatro letras; esto es, un mundo vertical formado por profundos barrancos, despiadadas fugas y abismales acantilados marinos. En el Macizo de Teno hay espacio para todo, de ahí su grandeza y contrastes. Desde ese lugar a modo de mirador queda poca distancia hasta llegar al núcleo de Teno Alto, se ensancha la senda a seguir y disminuye su inclinación.

Desviándonos de la ruta a seguir podemos recorrer la arista cimera del Risco de Teno para tener una grandiosa, nueva y espectacular perspectiva de la Isla Baja y del empinado tramo que hemos recorrido hasta aquí desde la plataforma costera, y además recorriendo con la mirada todo el litoral norte de Tenerife hasta la Sierra de Anaga, pasando por el Roque de Garachico, Acantilados de Interián, Tierra del Trigo, la comarca de Daute, etc.

Nuevamente, andando por uno de los filos de Teno se percibe con intensidad la personalidad del paisaje: precipicios verticales que se desploman sobre el océano o sobre la plataforma costera, que detienen la respiración, que intimidan y que a la vez entusiasman al dispararse la adrenalina, fugas por donde enfocar la mirada al abismo y en definitiva bordes de un risco que parecen la lanzadera perfecta para las sensaciones, sentidos y pensamientos, volando éstos tan lejos y profundo como la mirada.

Al llegar al borde del acantilado sobre la humanizada plataforma costera de Buenavista, viramos al oeste y atravesamos el Barranco de Ajoque por donde forma una suave vaguada en el terreno, antes de que el tajo se enfile vertiginosamente al mar al igual que tantos otros de corto pero vertical trazado.

Se puede seguir transitando por el límite de la Meseta de Teno en dirección al Barranco de Itóbal, intentando caminar lo más próximo posible al borde del acantilado marino, permaneciendo sobre los desfiladeros, avistando desde lo alto algún tramo de la sinuosa y estrecha carretera que se dirige a la Punta de Teno, la cual me sirve de referencia humana y pienso en la dificultad para construirla a través del risco, a la vez que se escucha el rumor marino y el viento remontando las fugas como sinfonías de fondo al silencio que brota de estos brutales farallones, en uno de los rincones isleños más salvajes y aislados, en un lugar en el que no solo divaga y vuela la mirada sino todo aquello que me hace ser, sentir y pensar.

En los barrancos y acantilados de Teno el relieve parece adoptar la máxima expresión de vértigo y verticalidad, haciéndose notar, como si no quisiera surcar sin pena ni gloria la piel planetaria, como si se rebelara o resistiera a sucumbir y ser tragado por el océano de una manera plácida.

En estos confines insulares mi particular horizonte de sucesos se reduce a una frontera nítida y cercana, más allá de la cual impera el abismo y el azul intenso y apacible del océano que inunda las retinas. Las sensaciones que transmiten el vacío espacial y el salvaje relieve se mezclan con la serenidad que emana del mar, la cual sosiega mis extasiados y abrumados sentidos.

Y así, en el borde de uno de los tantos desfiladeros de este macizo saboreamos la mágica esencia de Teno: acantilados y mar; agua y barrancos; viento, bruma, aislamiento y silencio. Una isla dentro de otra. Un mundo aparte. Un lugar de otro tiempo. La propia Tierra en caída libre.

 

 

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El Alto del Baracán (1.000 m.s.n.m.) destaca en la cabecera del Barranco de Los Carrizales, separando el humanizado Valle de El Palmar de aquel, y a la vez forma una frontera natural entre la zona más húmeda y la más seca del Macizo de Teno, al retener en la vertiente norte de esta cresta las brumas cargadas de humedad de los dominantes vientos alisios.

Es un un tramo senderista fácil y corto ascender al Pico Baracán desde el mirador del Carrizal, situado en la estrecha y sinuosa carretera de montaña que une Buenavista con Masca, disfrutando, mientras ladeamos por la cresta, de buenas vistas del Barranco del Carrizal, del Valle del Palmar, ambos desde lo alto, de las Cumbres del Carrizal que se dilatan hasta las montañas de Erjos y Bolico, las cuales limitan todo este escarpado espacio, y de una parte del esplendoroso y verde Monte del Agua que invade la vertiente norte del macizo.

Ante nosotros se eleva el piramidal Baracán, siendo el punto culminante de la vertiente norte del Barranco de Los Carrizales. En el lado norte de la crestería, el fayal-brezal, achaparrado por la persistencia del viento, invade la ladera que converge en el Valle de El Palmar. Más allá de ese valle y extendiéndose en altura sobre la cabecera del mismo aparece el continuo manto verde de laurisilva que tapiza el Monte del Agua. A la vez, el contraste que se observa entre la vegetación que se desarrolla en las laderas norte y sur de la Montaña Baracán es notable

Una vez en la cima, la mirada se extiende por la verde vertiente norte del Pico Baracán, distinguiendo Teno Alto, Los Bailaderos, y en la costa, parte de la Isla Baja. Mirando hacia el sur y más allá de la profunda grieta que se hunde a nuestros pies del Barranco de Los Carrizales, se divisa la sucesión de crestas y tajos que se alternan para configurar este accidentado relieve del Macizo de Teno. Entre los escarpes destaca la peculiar silueta de la Fortaleza de Teno y detrás el Puntal de Guergue. Entre ambas atalayas la corteza terrestre se hunde en el Barranco de Masca, aunque desde el Baracán no se perciben las sobrecogedoras dimensiones verticales de ese y otros cañones vecinos.

Limitando todo este espacio, cobijando los cinco grandes tajos que parecen romper la continuidad espacial del sector suroeste del macizo, se alzan los escarpes de Bolico y El Tarucho, que a su vez son las cimas de las que brotan algunos de esos barrancos enfocados rápidamente al mar como el de Masca.

En días claros, detrás del Monte del Agua, de las montañas de Bolico y de Erjos, emerge el complejo volcánico Teide-Pico Viejo coronando la isla y formando un sugerente contraste entre esta zona geológicamente longeva y el vulcanismo más reciente del gran estratovolcán.

Volvemos al cercano desvío que nos condujo a la cima del Baracán y seguimos la ruta en dirección al caserío de Teno Alto, abandonando definitivamente el borde del Barranco de Los Carrizales y atravesando algún bosquete de brezos. Al llegar a un embalse hay que seguir descendiendo siguiendo pistas de tierra hasta llegar al pequeño núcleo de Teno Alto.

El paisaje ha cambiado: sigue siendo seco pero ahora las suaves lomas sustituyen al vertical relieve de la primera parte del pateo, de hecho la zona que rodea Teno Alto y Los Bailaderos se le conoce como La Meseta o Altiplano de Teno, lugar nostálgico, bucólico, semidesértico, poblado de viviendas dispersas y abandonados bancales de cultivo, una planicie adornada de erosionadas lomas que tarde o temprano, al acercarnos al mar, vuelve a dar paso a imponentes y bestiales fugas, gargantas y barranqueras que vuelan sobre el océano o sobre las plataformas costera de Teno, la de la Isla Baja y la de Punta de Teno.

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Texto de Salvador González Escovar.

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Este es uno de los pateos más espectaculares del norte de Tenerife, debido a las maravillosas vistas desde lo alto del Valle de La Orotava, de la vertiginosa vertiente norte de la Cordillera Dorsal de Pedro Gil, culminando la extasiante panorámica en el Teide, más allá de la uniforme Ladera de Tigaiga.

Esta vereda forma parte del sendero de Gran Recorrido GR 131, que enlaza el sur con el norte de la isla.

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El recorrido comienza en la zona recreativa de La Caldera, por encima de Aguamansa, en pleno Valle de La Orotava. Al principio hay que seguir las indicaciones del peregrino “Camino a Candelaria”, por lo que hay que ascender en dirección a la Montaña de La Crucita, situada en lo alto de Dorsal de Pedro Gil. Por supuesto en este pateo no hay que ganar esa considerable altura que separa el norte del sur de la isla, sino desviarse a la izquierda mediante el cartel que indica a “la Casa del Topo”, después de subir por un espeso bosque de pinar mixto con brezos, fayas, follaos… “adornado” con eucaliptos dispersos.

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Después del desvío, nos adentramos en la auténtica y espectacular zona risquera que nos acompañará hasta el final y que vertiginosamente se derrumban por la vertiente norte de la Dorsal de Pedro Gil, pasando por encima de los estriados Riscos de Los Órganos, ganando altura paulatinamente, pero de manera más sosegada que la primera subida decidida del pateo. Según avanzamos por el sendero, en algunos tramos esculpido en la roca, vamos atravesando progresivamente los enfilados, angostos y vertiginosos barrancos como el del Pasito Malo (algunos pasos del sendero caen sobre el abismo existiendo cables de seguridad enclavados en la pared), del Guanchijo, de Jilargo, de Las Madroñeras, de las Madres del Agua y del Infierno, siendo este el último y el más vistoso de todo el tramo, hundido entre el Lomo del Topo y el Lomo de La Resbala, cerca de la parte alta de la Ladera de Santa Úrsula, prominente escalón montañoso que cierra el Valle de La Orotava por oriente. Los Roques Blancos son unos distintivos riscos que afloran en medio del pinar, cerca del final de este inolvidable sendero, tramo que finaliza en la pista forestal que sube por la Ladera de Santa Úrsula, la cual comunica con la carretera dorsal de La Esperanza a Izaña a la altura de la Montaña de Joco.

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Entre barranco y barranco, convulsos y espigados riscos hacen elevar la mirada al cielo, como la agrupación formada por los Roques Guanchijo, del Goliete y Jilargo, mientras el amesetado Lomo del Topo queda más adelante y a menor altura del sendero, entre el Barranco de las Madres del Agua y el Barranco del Infierno.

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Los grandiosos y verticales farallones cobijan una variada flora rupícola, como bejeques, bejequillos, cerrajas, chaorras, coles de risco, flores de mayo, moralitos, morgallones, patas de gallo, zanahorias silvestres, bencomias,… además de otras propias del pinar como corazoncillos, poleos, tajinastes, escobones, jaras, retamas y codesos.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Este tramo del sendero de Gran Recorrido (GR 131) discurre entre El Portillo, en Las Cañadas del Teide y la zona recreativa de la Caldera de Aguamansa, dentro del Valle de La Orotava.

 

10403410_755885867810434_6548583132787422761_nAl principio, desde el cruce de carreteras de El Portillo, el camino desciende junto a la falda oeste de la Montaña de Guamaso, siguiendo paralelo a un barranquillo que nos separa de esa montaña. El GR 131 se cruza con el corto sendero nº 14 del parque nacional, el cual rodea la Montaña de Guamaso, con posibilidad de un ascenso fácil a su cima, disfrutándose de esa manera de buenas vistas del Valle de La Orotava, de las cumbres de Izaña, de la Ladera de Tigaiga, de la Cordillera Dorsal de Pedro Gil, y de por supuesto, el Teide, formando un impresionante panorama visual 360º a la redonda.

 

10420165_755886724477015_8899731965528364857_nSiguiendo el GR 131, pronto nos adentramos en el denso pinar, que nos acompañará hasta el final del recorrido senderista, cruzando (bajo ella) la carretera de La Orotava a Las Cañadas poco más abajo y descendiendo por los inmensos pinares (a medida que descendemos el pinar se enriquece con otras especies de porte arbustivo como brezos y fayas, formando el pinar mixto) que tapizan el valle, mientras cruzamos multitud de pistas forestales que forman una auténtica red dentro del valle, hasta el punto final de la Caldera de Aguamansa.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Este tramo del sendero de Gran Recorrido de Tenerife comprende la zona de Las Cañadas del Teide. El camino original atraviesa la zona de las Siete Cañadas, después de bajar de la Degollada de Guajara, que era el final clásico del tramo anterior (Vilaflor-Cumbres de Ucanca).

10247376_1029342650464753_6179403347228898083_nLa pista de las Siete Cañadas une la Cañada del Montón de Trigo con la villa de El Portillo, pasando sucesivamente por las cañadas de La Camellita, de La Grieta, de La Angostura, de Las Pilas y de Diego Hernández, en un paisaje en el que se alternan estas planicies pumíticas con los montículos terminales de caóticos malpaíses que avanzaron desde la base del Teide, como son los inmensos campos lávicos del Tabonal Negro y del Valle de Las Piedras Arrancadas.

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Una alternativa a este recorrido senderista que resulta mucho más aérea y panorámica consiste en transitar por la cresta del Circo de Las Cañadas (ruta del Filo), o próxima a ella cuando el sendero se aleje algo del filo, pudiendo ascender sin excesiva dificultad a las Montañas de Guajara (máxima altura del anfiteatro con 2.715 m.s.n.m., subiendo desde la Degollada de Ucanca y pasando por los andenes de la pared norte, luego bajando por su vertiente oriental hacia la Degollada de Guajara), seguidamente Pasajirón, igualmente de oeste a este, y el Roque de La Grieta (si se desea subir a él hay que abandonar momentáneamente el sendero y ascender campo a través hasta su cercana y rocosa cima), como elevaciones más representativas, coincidiendo con la parte más elevada y espectacular del Circo de Las Cañadas, divisando no solo la caldera de Las Cañadas desde lo alto, junto al complejo Teide-Pico Viejo desde ángulos que van variando según avanzamos, sino también los extensos pinares, medianías, costa y barrancos de la vertiente sureste de la isla, todo ello con unas vistas de ensueño 360º a la redonda y percibiendo el aire leve de las cumbres, aquel que hace flotar la insignificante existencia humana sobre la grandiosidad de este territorio volcánico y de belleza primigenia.

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A partir de la falda sur del Roque de La Grieta, el sendero, posteriormente convertido en pista de tierra, bajo algo de altura, al igual que lo hace el cresterío que paulatinamente muestra una ladera sur menos abrupta, con lo que nos podemos seguir asomando al interior de Las Cañadas en diversos puntos panorámicos como por ejemplo en la Mesa del Obispo, en el Risco de La Papelera y en el Risco Verde ya que la pista recorre un terreno más llano y monótono que en la parte central del anfiteatro, dejada atrás al principio de esta caminata.

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La pista que recorre este extenso altiplano se encamina finalmente hacia el Llano de Maja, otra cañada o planicie pumítica, localizada entre las suaves lomas de las Montañas Cerrillar a un lado y las de La Piedras y Colorada al otro. Atravesando dicha cañada nos dirigimos nuevamente al borde del circo, ahora por su sector más oriental, y ya con menor desnivel con respecto al fondo de la caldera, descendiendo a la Cañada de Diego Hernández, bastante cerca del Portillo de La Villa, punto final de este altivo y panorámico tramo

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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Desde Vilaflor, a casi 1.500 metros de altura, el sendero de Gran Recorrido tinerfeño prosigue su avance hacia las cumbres insulares. Un poco por encima del pueblo, se adentra en los extensos pinares chasneros a través de la conocida pista de tierra de Madre del Agua, pero sin llegar al citado campamento, un desvío señalizado permite acortar camino mediante una senda que en primer lugar nos conduce al pintoresco Paisaje Lunar, donde unas vistosas y pálidas agujas pumíticas, producto de la erosión llevada a cabo por los agentes atmosféricos, contrasta con el pinar y los roquedos circundantes.

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Seguimos ascendiendo por la vertiente sur de la volcánica Montaña de Las Arenas, aumentando la inclinación del sendero para llegar a una zona mucho más abierta y volcánica por donde la subida parece interminable y muy cansina, dejando la loma antes citada al oeste, la cual se eleva bajo la vertiente sur de la Montaña Guajara y a la cual nos acercamos. No hay que subirla sino flanquearla por el este en dirección a la Degollada de Guajara, lugar en el que nace un gran barranco que arruga y serpentea hasta la costa sureste de la isla, el Barranco del Río, y divisoria natural entre los municipios de Arico y Granadilla de Abona.

Desde la Degollada de Guajara ya se divisa la plenitud de la Caldera de las Cañadas del Teide y el alargado anfiteatro que la rodea por el sur, entre la Montaña del Cedro al oeste y la Montaña Cerrillar a oriente.

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Una alternativa no menos espectacular a este tramo desde Vilaflor es ascender a la redondeada Montaña de Las Lajas desde el campo de fútbol del pueblo, siempre por senda entre pinar maduro, lo que permite, además de transitar por caminos menos frecuentados, apreciar el atractivo etnográfico al pasar junto a viejos refugios pastoriles y pinos resineros, distinguibles por la oquedad en el tronco y de los cuales se obtenía resina como combustible antiguamente.

Se atraviesa el Barranco del Cuervo antes de la subida inclinada a la Montaña de Las Lajas, la cual ofrece unas vistas de ensueño de la costa y medianías del suroeste de Tenerife, con los roques del Macizo de Adeje resaltando ladera abajo, y el inmenso pinar que hemos dejado atrás.

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Desde la zona recreativa de Las Lajas no queda más remedio que continuar un pequeño tramo por carretera en dirección a Vilaflor, hasta llegar a un refugio junto a la calzada y un camino que seguimos, subiendo hacia el Sombrero de Chasna, una amesetada loma a las puertas de las cumbres del Anfiteatro de Las Cañadas. Resulta fácil su coronación, quedando todo el sur insular a nuestros pies. Retomando el sendero, llegamos por fin al borde del Circo de Las Cañadas, divisando la espectacular Caldera de Las Cañadas que se desploma vertiginosamente desde aquí arriba, en una panorámica que abarca desde los Roques del Cedro al oeste hasta la cima de Guajara al este, la cota máxima de este espectacular, empinado y erosionado arco montañoso. Todo lo que hasta ahora era ascenso continuado y más o menos llevadero entre pinares, retamares y codesares se desploma casi de golpe y de forma abrupta hacia la vertiente norte en una brutal caída de unos 400 metros de desnivel por término medio, reteniendo el aliento ante la grandeza del paisaje y haciendo liberar la adrenalina acumulada de forma repentina.

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A partir de aquí se crestea hacia oriente pasando por las Cumbres de Ucanca y el Llano de Las Mesas hasta la Degollada del Riachuelo o de Ucanca, teniendo justo delante la vertiente oeste de la Montaña Guajara y al sur el Valle de Ucanca, por donde también se puede subir a esta degollada desde el Paisaje Lunar.

GR-131: IFONCHE-VILAFLOR

22 febrero, 2017

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

1530588_651136384952050_199142908_nEste tramo del sendero de Gran Recorrido (GR 131) comienza en el caserío de Ifonche mediante una pista asfaltada al principio, para continuar mediante un sendero bien marcado durante todo el trayecto en el que el pinar no nos abandona, transcurriendo gran parte de la caminata dentro del Paisaje Protegido de Ifonche, con una longitud total de 11 km y un desnivel neto de unos 500 metros positivos.

 

1525695_651136701618685_157908438_nAl comienzo de la senda, ésta sube por la divisoria comprendida entre el Barranco del Agua (al oeste) y el Barranco Seco (al este), en el cual destacan poco más arriba unos imponentes farallones que rompen súbitamente la monotonía del pinar y hunden el cauce del barranco en el abismo.

 

1530507_651136391618716_478415882_nPosteriormente se cruza el Barranco Seco y comienza un descenso seguido de un viraje hacia el este, atravesando viejas terrazas de cultivos abandonadas. Nos encaminamos al siguiente barranco que hay que cruzar, el Barranco del Cuervo o Guayero, éste mediante un puente de hormigón.

 

A partir de aquí comienza la subida más pronunciada de la ruta hasta las estribaciones de la Montaña Ciruelita, pasando por viejas eras y cerca de viejas casas de labranza, algunas restauradas.

 

1507842_651136488285373_631452737_nDesde el punto más alto de la caminata se disfrutan de buenas vistas del pueblo de Vilaflor, bajo la Montaña Ciruelita, y del que ya solo nos separa un último descenso hasta llegar al campo de fútbol, dejando gozar a la mirada también con los extensos pinares de la Corona Forestal en su vertiente sur y con las cumbres que culminan el pinar, como la Montaña de Las Lajas, los Roques del Almendro, el Sombrero de Chasna y la Montaña de Guajara.

GR-131: ARONA-IFONCHE

17 febrero, 2017

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Esta primera etapa del sendero de gran recorrido de Tenerife comienza en el pueblo sureño de Arona. Aunque el camino sigue una ruta específica existen alternativas para llegar al caserío de Ifonche en los altos del municipio de Adeje.

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El recorrido clásico atraviesa el Barranco del Rey, linde natural entre los municipios de Arona y Adeje, sube a la Degollada de Los Frailitos, situada entre la Loma de Suárez y la arista norte del Roque del Conde, desde donde se contempla una espectacular panorámica del abrupto Macizo de Adeje, uno de los más antiguos de la isla, para luego seguir ascendiendo hasta Ifonche, concretamente hasta la degollada ubicada entre el Roque de Los Brezos y la Pica de Imoque, ladeando por la vertiente suroeste de este puntiagudo y vistoso roque.

A lo largo del recorrido encontramos casas tradicionales de labranza, eras y bancales abandonados, mudos testigos del laboreo de estas secas y austeras tierras durante épocas pasadas.

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Otra alternativa para llegar a Ifonche es seguir el curso del Barranco del Rey sin cruzarlo, continuando más o menos próximos a su borde oriental, tramo que presenta el atractivo de apreciar el vertiginoso salto en el cauce del tajo que repentinamente profundiza y encajona el barranco poco antes de llegar a Ifonche, caída conocida como el Salto del Topo, en cuyo fondo existe una galería de agua de idéntico nombre.

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La cara oriental del Pico Imoque parece surgir desde las entrañas del Barranco del Rey hasta la picuda cumbre, o bien derrumbándose sobre el abismo y configurando un paisaje de una inusual magnitud vertical que detiene la marcha y satura las retinas.

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Desde Ifonche resulta sencillo escalar tanto la doble cima del Roque de Los Brezos como la cercana del Pico Imoque, aunque en este caso superando una trepada final por su cara norte.