SANGUINO (I)

8 junio, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El sanguino (Rhamnus glandulosa) pertenece a la familia de las ramnáceas y es un árbol pequeño de hasta 10 metros de altura.

Las hojas son alternas, simples, de color verde intenso, de forma ovadas con bordes aserrados, presentando glándulas pequeñas y prominentes en las axilas de los nervios.

La corteza es de color pardo oscuro, algo rojiza, con grietas verticales casi blancas. Cuando el árbol es adulto, de estas grietas mana algo de savia, que se vuelve rojiza, dando así nombre a esta especie.

Los frutos son una drupa globosa pequeña de hasta 5 mm. de diámetro, carnosos, de color rojo oscuro o negro brillante cuando maduran.

Las flores son pequeñas, de color amarillento, dispuestas en racimos axilares.

Este árbol habita en los bosques de laurisilva, en zonas degradadas o inferiores del mismo, donde puede ser localmente abundante, también en el fayal-brezal y en el pinar mixto hasta los 1.000 metros de altura sobre el nivel del mar, distribuyéndose con mayor o menor abundancia por todas las islas canarias. Se reproduce fácilmente por semillas.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Existen varias opciones para subir al Volcán del Pico Viejo o Chaorra desde diferentes puntos del parque nacional de las Cañadas del Teide. Los tres senderos existentes tienen su grado de dificultad debido al desnivel acumulado que supera los 1.000 m. (pudiendo llegar a los 1.700 si se decide coronar El Teide por dichas rutas) desde el inicio, y por otro lado, a la pendiente en algunos tramos del terreno (también remontando piconeras donde se entierra y desliza el calzado), especialmente en el sendero que pasa por Las Narices del Teide.

Posiblemente se trate de la montaña más dura de subir desde su base, en Tenerife, aunque sea 600 metros más baja que El Teide, cuya ruta de ascenso desde Montaña Blanca además permite repartir esfuerzos en dos jornadas debido a la existencia del refugio de Altavista donde pernoctar, cosa que no es posible en las rutas de Pico Viejo.

A pesar de la dureza, sobre todo en las rutas del Calderón y en las de las Narices del Teide, siempre resulta atractiva para el montañero experimentado por estar menos masificado que en el pateo clásico de su vecino El Teide.

1) Sendero del Calderón

Este camino parte del mirador de Las Narices del Teide, junto a la carretera de Chío a Las Cañadas. Primeramente la senda transcurre paralela a la carretera en dirección a Chío, con algún descenso suave, atravesando una de las dos coladas de lava originadas por la erupción de las Narices del Teide en el año 1798, y entre los últimos pinos que habitan a más de 2.000 m. de altura y retamas que intentan colonizar ese áspero y caótico malpaís que nos rodea.

Poco más adelante, ya entre pinar, hay que desviarse a la derecha para comenzar el ascenso al Pico Viejo en una bifurcación, ya que si seguimos de frente podemos llegar al Volcán Samara, en pleno campo minado de volcanes de lo que constituye la Dorsal Volcánica del Noroeste de Tenerife o Dorsal de Abeque.

Al desviarnos la senda sube de manera continua aun que llevadera, por ahora. La vereda, bien marcada, gana altura entre diferentes matices de color marrón, como si fuera un desierto de lapilli, lunático, siniestro, aparentemente ajeno a la vida, desolado e inhóspito incluso para las retamas, pero mostrando una belleza y pureza primigenia transmitida por la fuerza interna y rejuvenecedora del planeta.

Más arriba, tras unas revueltas del camino se llega al borde de la Depresión del Calderón, un profundo y sorprendente socavón de paredes verticales, destacando entre tantas ondulaciones que pueblan la vertiente occidental del Pico Viejo. A partir de aquí aumenta la inclinación del sendero hasta llegar al mismo borde del cráter del Pico Viejo y también la inestabilidad del sustrato de picón dificulta el ascenso.

Como contrapunto al esfuerzo fatigoso percibimos como la dorsal volcánica de Abeque queda a nuestro pies, extendiéndose hasta las puertas del Macizo de Teno, del cual sobresalen las lomas hermanadas de Bolico y Erjos, adivinándose incluso los roques de La Fortaleza de Masca, el Risco Blanco y Guergue.

Mucho más cerca, en la falda suroccidental de este gran volcán que cansinamente vamos coronando, sendas lenguas de oscuro malpaís o de lava solidificada se desparraman, la mayor de ellas en dirección a Boca Tauce y abarcando todo el espacio existente entre los Roques del Cedro y las Narices del Teide, que son las auténticas bocas eruptivas, montículos y cráteres que originaron ese siniestro y sepultador paisaje, y localizadas a media ladera en la vertiente occidental del Pico Viejo. Este camino no pasa junto a ella pero se percibe y se siente su presencia desde la distancia.

Cerca del borde del cráter del Pico Viejo, dejando caer la mirada por la ladera, podemos ver el interior de uno de esos 4 o 5 oscuros cráteres que forman la agrupación volcánica en la ladera del Volcán Chaorra.

Después de la subida final que se hace larga se llega al límite del cráter del Pico Viejo, a unos 3.000 m. de altitud. El hoyo es realmente gigantesco, de unos 800 metros de diámetro, irregular, con paredes infranqueables y prácticamente verticales, salvo por su borde oriental, por el que parece posible penetrar en el cráter y llegar a una planicie bastante extensa y que no es la parte más honda del mismo. La zona más profunda se ubica bajo el borde occidental, y por supuesto rodeada por flancos más espectaculares. Sin duda se trata de uno de los cráteres más descomunales e imponentes de Canarias.

El sendero continúa en dirección al Teide, bordeando el gran cráter por el lado sur, lo que permite contemplar toda la vertiente sur del Pico Viejo que emerge del Llano de Ucanca y de la vecindad de los lejanos Roques de García. Así mismo la mirada se detiene en la gran longitud del anfiteatro que encierra por el sur la caldera de Las Cañadas, recordando cada uno de los puntos culminantes de oeste a este, como El Sombrerito, el Roque del Almendro, el Sombrero de Chasna, las Cumbres de Ucanca, Guajara, Pasajirón y el Roque de La Grieta, atalayas cuyas alturas ya hemos superado con creces al transitar por el borde de este volcán.

El punto más elevado del Pico Viejo se halla en un montículo sobre el borde oriental del cráter, a 3.134 m.s.n.m., lugar desde donde volver a contemplar la inmensidad y desolación del hoyo a nuestros pies, así como todo el perímetro del cráter.

Me gusta subir montañas solitarias, salvajes y elevadas, allí donde saborear el aire leve que envuelve las cumbres, esos dos elementos naturales que hacen levitar mi insignificante existencia sobre este paisaje encantador y virgen, donde percibir la magia del momento clímax de la jornada, donde sentirse afortunado y libre en medio de esta naturaleza primigenia, pura y salvaje que nos rodea, donde escuchar el silencio únicamente roto por el viento acariciando el rostro y las rocas, y en definitiva donde dejarse llevar por los pensamientos y emociones que vuelan tan lejos y profundo como la mirada.

De espaldas al cráter solo supera nuestra altura la parte terminal de El Teide, los últimos 600 metros de desnivel con respecto al techo de España.

Entre Pico Viejo y la ascensión final al Teide existe una suave vaguada pumítica atravesada por el camino. Tierra de volcanes, tierra de contrastes, cuanto más cerca mejor, pues lo siguiente que encontramos resulta absolutamente antagónico a ese terreno pálido, fácilmente transitable y suavemente ondulado al que es fácil acostumbrarse; de repente el sendero parece perderse entre las negras, brillantes, ásperas y vivas rocas volcánicas que forman otro malpaís que se extiende hasta La Rambleta, bajo El Pilón terminal de El Teide. Ahora se trata de ir buscando y siguiendo los mojones de piedra que se confunden con el caótico y siniestro sustrato volcánico, para avanzar por esta lengua de lava petrificada. El cono terminal del Teide que tenemos delante y cada vez más cerca, con sus lisas y empinadas laderas de color marrón oscuro, contrasta sobre este hostil y áspero medio por el que avanzamos, sintiéndonos insignificantes e intrusos en este entorno que parece recién chamuscado en el horno planetario, recién vomitado por las entrañas del Teide donde moraba Guayota, el espíritu maligno al que temían los guanches. Estando en lugares como éste ciertamente no hay que recurrir a seres sobrenaturales ni espíritus para sentir admiración e incluso veneración por esta montaña y por la furia interna de un planeta vivo.

Al fondo y a nuestras espaldas de este descomunal malpaís por el que vamos subiendo divisamos el cráter del Pico Viejo, cada vez más lejos y más abajo. Más allá de él, si hay buena visibilidad se avistan parte del sur y oeste insular y las islas de La Gomera, El Hierro y La Palma

El recorrido finaliza en La Rambleta, a unos 3.500 m.s.n.m., junto a la caseta y a la estación terminal del nefasto teleférico con sus torretas, un conjunto extraño en este paisaje casi primigenio, virgen y salvaje, que afean el paisaje y desnaturalizan una montaña que hasta parece despojada de la altivez que indican los mapas. No me gusta que el ser humano domestique montañas de esta manera ya que pierden su esencia y magia; además esas instalaciones promueven el turismo masivo, convirtiendo el símbolo montañoso del parque nacional y de la isla en una especie de parque de atracciones invadido por turistas. El turismo masivo debería ser incompatible en un parque nacional y más en la cumbre principal del espacio protegido. Menos mal que quedan cimas solitarias en otros lugares del parque nacional, como en el Pico Viejo o a lo largo de las crestas del Anfiteatro de Las Cañadas, rincones donde si te encuentras a alguien son montañeros.

2) Sendero de Los Regatones Negros:

Esta ruta de ascenso al Pico Viejo comienza en el aparcamiento de los Roques de García. Al principio la senda se encuentra perfectamente indicada y clara, coincidiendo con el corto recorrido que rodea a esos pintorescos y estilizados roques. Justo cuando dicho camino empieza el tramo de vuelta, cerca de los Roques Blancos, a la derecha aparece una vereda delimitada a ambos lados con piedras y trancurriendo en un primer momento sobre aplastadas grietas volcánicas.

Poco a poco, y a medida que vamos subiendo por la vertiente suroriental del Pico Viejo, no excesivamente inclinada, la ruta a seguir se va difuminando debiendo prestar atención a los mojones de piedras que localizados a cierta distancia.

La mayor dificultad del pateo reside en atravesar las sucesivas lenguas de lava negra y solidificada que sobresalen del entorno, y a las piedras sueltas que inistabilizan el terreno, provocando que éste se deslice y con él nuestros pasos y haciéndonos resbalar. Estos oscuros y siniestros malpaíses que surgen de la fachada suroccidental del Teide no permite ni que las retamas ni codesos proliferen; son como unos ríos de desolación en medio de un entorno ya de por sí bastante áspero, hostil y lunático.

Tras un dilatado ascenso atravesando agrestes malpaíses, y finalmente terrenos pálidos y pumíticos que destacan enormemente entre la negra vecindad, se alcanza el borde sur del cráter del Pico Viejo, previo cruce con la senda que supera la vertiente oeste de la montaña hasta el mismo lugar.

Al encontrarnos en el borde del cráter, que más bien parece una caldera o un gran socavón por sus dimensiones, buscamos una vez más el punto más elevado, a 3.134 m. de altura sobre el nivel del mar.

No importan las veces que subamos a la cumbre, las sensaciones vuelven a ser únicas, disfrutando de un paisaje en todas direcciones que parece que existe para poder soñar despierto: la vista domina una gran porción del suroeste insular, mientras al sur la parte occidental del Anfiteatro o Filo de Las Cañadas forma un escalón que separa la caldera de Las Cañadas del Teide de los pinares de la Corona Forestal. A oriente, la parte más elevada del Teide nos supera en altura por unos 600 metros, alternando sus laderas entre los oscuros malpaíses y los claros terrenos pumíticos, formando un vivo y contrastado colorido que satura las encantadas retinas.

Como se ha dicho antes, este camino se une al explicado anteriormente, poco más abajo del borde sur del cráter y se puede continuar por el sendero común hasta La Rambleta, a 3.500 m.s.n.m.

3) Camino de Las Narices del Teide:

Este sendero empieza en la zona de Chafarí, cerca de Boca Tauce, la entrada suroeste del parque nacional. A la izquierda de la carretera a dicho punto comienza una pista de tierra que poco más adelante avanza sobre unas curiosas “costras volcánicas”, una especie de plataforma rocosa que son el techo de unas aplastadas y agrietadas cavidades volcánicas presentes en el subsuelo. La pista avanza sin ganar excesiva altura cruzando la vaguada de Chafarí, atravesada por el Barranco de La Arena, el cual seguimos, por ahora cerca del inmenso malpaís del Llano de La Santidad, y en dirección a la Montaña de Los Chircheros, un vetusto cono volcánico que nos sirve de referencia y que sobresale en la falda suroeste del Pico Viejo.

Después de pasar junto a ese cono nos encaminamos hacia las negras bocas eruptivas de Las Narices del Teide, por lo que sabemos que más pronto que tarde el camino se complicará y se empinará: en efecto, al llegar a la base de una de ellas vemos como una vereda gana altura decididamente en medio de la gran piconera oscura que nos queda por delante; con paciencia, retrocediendo un paso por cada dos que se dan hacia arriba, sintiendo como el calzado se entierra y resbala a través del polvoriento lapilli o picón, subimos cansina y fatigosamente hasta llegar al borde de uno de esos cráteres secundarios del gran volcán que coronaremos una vez más.

Nos tomamos un respiro en la parte más elevada de esta sucesión volcánica de Las Narices del Teide, esparcida por el flanco occidental del Pico Viejo, divisando los diferentes conos y hoyos que salpican esta lunática, chamuscada y desolada ladera.

La altura ganada hace que el paisaje a nuestros pies haga olvidar el esfuerzo de la subida hasta aquí, contemplando la parte occidental del Anfiteatro de Las Cañadas, como los Roques del Cedro, la Montaña Gangarro, El Sombrerito y el Roque del Almendro, entre otros, sobre los extensos malpaíses vomitados por estas bocas eruptivas donde nos ubicamos, coladas de lava que vistas desde arriba nos parecen desproporcionadamente enormes con respecto a los volcanes que las originaron, pensando que tal vez el Pico Viejo debería tener una altura o volumen mayor antes de 1798 debido al proceso del vaciado magmático que aflora a la superficie durante la erupción; una de las 2 coladas de lava que surgió de este lugar se esparció hasta Boca Tauce y la otra, de menor extensión, se dirigió por la vertiente oeste. Precisamente bajo dicha vertiente contemplamos el gran pinar de Guía de Isora junto al campo saturado de volcanes de la Dorsal de Abeque, formando la continuidad volcánica bajo el grandioso estratovolcán que remontamos, divisando la cadena volcánica que se prolonga hasta las inmediaciones del Macizo de Teno, la cual domina el paisaje de gran parte del noroeste insular.

Nos queda la segunda parte de otra buena subida hasta el borde oeste del cráter del Pico Viejo y además bastante inclinada avanzando a medias entre rocas y zonas de lapilli.

Al llegar al borde del socavón cumbrero nos encontramos sobre la parte más profunda del cráter, de aspecto caótico con grandes rocas desperdigadas por el fondo. El fondo de la porción oriental del hoyo es más llano y se encuentra bajo el punto más elevado del Pico Viejo, a 3.134 m.s.n.m.

Este camino se une cerca del borde, primero al que viene subiendo por la Depresión del Calderón, y más adelante al de los Regatones Negros.

 

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Este es uno de los pateos más espectaculares del norte de Tenerife, debido a las maravillosas vistas desde lo alto del Valle de La Orotava, de la vertiginosa vertiente norte de la Cordillera Dorsal de Pedro Gil, culminando la extasiante panorámica en el Teide, más allá de la uniforme Ladera de Tigaiga.

Esta vereda forma parte del sendero de Gran Recorrido GR 131, que enlaza el sur con el norte de la isla.

 

El recorrido comienza en la zona recreativa de La Caldera, por encima de Aguamansa, en pleno Valle de La Orotava. Al principio hay que seguir las indicaciones del peregrino “Camino a Candelaria”, por lo que hay que ascender en dirección a la Montaña de La Crucita, situada en lo alto de Dorsal de Pedro Gil. Por supuesto en este pateo no hay que ganar esa considerable altura que separa el norte del sur de la isla, sino desviarse a la izquierda mediante el cartel que indica a “la Casa del Topo”, después de subir por un espeso bosque de pinar mixto con brezos, fayas, follaos… “adornado” con eucaliptos dispersos.

 

 

Después del desvío, nos adentramos en la auténtica y espectacular zona risquera que nos acompañará hasta el final y que vertiginosamente se derrumban por la vertiente norte de la Dorsal de Pedro Gil, pasando por encima de los estriados Riscos de Los Órganos, ganando altura paulatinamente, pero de manera más sosegada que la primera subida decidida del pateo. Según avanzamos por el sendero, en algunos tramos esculpido en la roca, vamos atravesando progresivamente los enfilados, angostos y vertiginosos barrancos como el del Pasito Malo (algunos pasos del sendero caen sobre el abismo existiendo cables de seguridad enclavados en la pared), del Guanchijo, de Jilargo, de Las Madroñeras, de las Madres del Agua y del Infierno, siendo este el último y el más vistoso de todo el tramo, hundido entre el Lomo del Topo y el Lomo de La Resbala, cerca de la parte alta de la Ladera de Santa Úrsula, prominente escalón montañoso que cierra el Valle de La Orotava por oriente. Los Roques Blancos son unos distintivos riscos que afloran en medio del pinar, cerca del final de este inovidable sendero, tramo que finaliza en la pista forestal que sube por la Ladera de Santa Úrsula, la cual comunica con la carretera dorsal de La Esperanza a Izaña a la altura de la Montaña de Joco.

 

 

Entre barranco y barranco, convulsos y espigados riscos hacen elevar la mirada al cielo, como la agrupación formada por los Roques Guanchijo, del Goliete y Jilargo, mientras el amesetado Lomo del Topo queda más adelante y a menor altura del sendero, entre el Barranco de las Madres del Agua y el Barranco del Infierno.

 

 

Los grandiosos y verticales farallones cobijan una variada flora rupícola, como bejeques, bejequillos, cerrajas, chaorras, coles de risco, flores de mayo, moralitos, morgallones, patas de gallo, zanahorias silvestres, bencomias,… además de otras propias del pinar como corazoncillos, poleos, tajinastes, escobones, jaras, retamas y codesos.

 

 

Foto y textos: Salvador González Escovar

11800238_974285505970468_5449955340940396437_nEsta ruta comienza en el barrio de San Pedro, dentro del Valle de Agaete, de la que impresiona su vertiente sur, formando una imponente pared basáltica que se eleva vertiginosamente hasta el encuentro con el pinar de Tamadaba.  Desde esa localidad parte el conocido y tradicional “Camino de La Rama” que asciende hacia Tamadaba.

Mientras la vista se recrea en los puntiagudos, verticales e impresionantes escarpes rocosos que recortan el cielo o las nubes que frecuentemente barren la parte alta del macizo, vamos ascendiendo sobre el fondo del valle y en primer lugar a la Montaña Bisbique, situada a media ladera del barranco, formando un saliente en la misma y donde hay una era.

A partir de esa loma que ofrece buenas vistas de la costa noroeste insular y del fondo del Valle de Agaete, la senda se acerca a las laderas de Guayedra, en la parte occidental de Tamadaba que se derrumba sobre el mar. Una vez en la arista que nos une a esa salvaje vertiente de Guayedra y más allá de esa ladera, el inconfundible Roque Faneque forma el saliente montañoso más occidental y destacable del macizo, en un marco incomparable que hace volar los sentidos y pensamientos.

Seguimos subiendo siguiendo la arista y entramos en el pinar de Tamadaba, pinar denso y relativamente joven que oculta las bellezas del paisaje. Una variante de este tramo permite, desde poco después de pasar por Montaña Bisbique, subir a la Presa de Los Ancones a través de un empinado trayecto por rocas, salvando una barranquera repleta de helechos y otras plantas rupícolas como el amenazado algafitón de Tamadaba, fuga que desciende desde la parte cimera de Tamadaba. Ya en pleno pinar de Tamadaba desciende la pendiente de las pistas y senderos que nos marcan la ruta a seguir, pudiendo transitar sobre los cortados que hasta las estribaciones de Faneque separan el pinar de las laderas semidesnudas de Guayedra, y llegando hasta la zona recreativa de los Llanos del Mimbre, enclavada casi en los bordes del continuo precipicio.

La vista a través de colosales fugas y vertiginosos y angostos barrancos como el Barranco Oscuro nos hacen flotar sobre el abismo en grado superlativo y cientos de metros sobre las tierras costeras de Tamadaba, en el mejor de los vuelos virtuales, sintiendo como el vacío trasmite sensaciones contrapuestas a la vez, como son la intimidación y la atracción.

Texto y foto: Salvador González Escovar

MONTAÑA DE GUAJARA

21 junio, 2015

Montaña de GuajaraLa montaña de Guajara, con sus 2.715 metros de altura sobre el nivel del mar, es el punto más elevado del Circo de Las Cañadas del Teide, anfiteatro que rodea el parque nacional por el sur. El pico se localiza en la parte central del circo montañoso, el cual presenta un perfil prácticamente vertical en la vertiente que se desploma en el fondo de la caldera de Las Cañadas, siendo más suave en la cara que se eleva sobre los extensos pinares de la vertiente sur de la isla.

Desde el parador de turismo se puede ascender a la cima de Guajara, pasando en un primer momento por las inmediaciones de la Cañada del Capricho, curiosas formaciones geológicas de matiz ocre que resaltan en el entorno puramente volcánico.

Posteriormente se asciende por la ladera norte del anfiteatro hasta la Degollada de Ucanca o del Riachuelo, que es una encrucijada de senderos que nos permiten tantas opciones como puntos cardinales existen en un mapa; elegimos el sendero que va hacia oriente subiendo por el lado oeste de la montaña, para luego transitar por uno de los andenes de la vertical y escarpada cara norte de Guajara. El sendero se eleva paulatinamente sobre y bajo las paredes verticales que parecen estrechar el cerco en dichos andenes localizados entre farallones.

Esta abrupta vertiente se reparte entre pared rocosa vertical y vertiginosas laderas formadas por amontonamientos de caóticos derrubios y desprendimientos, que alcanzan el cada vez más lejano fondo. La senda transita por el reducido espacio entre pared y pared, como si se tratara de vigorosos escalones unidos por angostos andenes que se elevan hasta la cumbre.

La panorámica desde la cumbre de Guajara permite extasiarse y es sublime, al encontrarnos en el punto más alto del continuo despeñadero de las laderas del anfiteatro, debido a la amplitud de miras desde Izaña hasta el Roque del Cedro, contemplando la desolada y primigenia tierra volcánica y el brutal contraste entre las apacibles y pálidas cañadas con las sepultadoras coladas de lava, inmortalizadas en oscuros y siniestros malpaíses como el Tabonal Negro y el Valle de Las Piedras Arrancadas, los cuales surgieron de las laderas de Montaña Blanca, en el flanco suroriental del Teide.

A nuestros pies tenemos un entorno lunático y caótico, como si el infierno estuviera cerca en el espacio y en el tiempo, pero esa sensación de violencia interna vomitada desde la morada de Guayota consigue trasmitirme todo lo contrario, paz y serenidad, como si los vestigios de la furia del destructivo y a la vez renovador interior terrestre me condujeran al paraíso terrenal.

Cada cañada o planicie de pálida piedra pómez tiene un nombre, y se reparten por la base del anfiteatro y por el vasto territorio comprendido entre los Roques del Cedro, al oeste y los de La Fortaleza, al este, divisando desde arriba algunas como la Cañada del Capricho, la de La Grieta, la del Montón de Trigo, la de La Camellita y la de La Mareta. La más extensa es el Llano de Ucanca, bajo las Cumbres de Ucanca, que une la base del anfiteatro con la del complejo Teide-Pico Viejo.

La primavera llega tardía a estas cumbres, pero cuando lo hace, reviste el paisaje con todo su esplendor. La belleza geológica se adorna con las flores violetas del alhelí y de la tonática, las flores amarillas del codeso, del turgayte, de la flor de malpaís, de la hierba pajonera y de la estornudera, las flores blancas o rosadas de la retama, el perejil de cumbre, de la chahorra y de la margarita, las flores rojas del tajinaste rojo y las flores malva claro del rosalito.

Se puede descender de la Montaña Guajara por su flanco oriental hasta la Degollada de Guajara, que es la cabecera de un gran barranco que agrieta la vertiente sur de Tenerife, el Barranco del Río, contemplando su recortado y vertiginoso tramo alto, que progresivamente se va invadiendo por el pinar canario conforme serpentea y se retuerce hacia las medianías, formando una cicatriz abierta en la corteza terrestre. Encontrarse en la cabecera de un tajo importante como éste siempre me resulta especial, ya que parece tener vida propia: nace, se ahonda, se ramifica y finalmente sucumbe violenta o apaciblemente en el océano. El paisaje insular no sería lo mismo sin ellos. El tajo se divide en dos ramales en el tramo alto rodeando cada uno de ellos la Montaña Pasajirón por el este y por el oeste.

Desde la degollada se puede seguir cresteando hacia el este por el Filo de Las Cañadas, subiendo los siguientes escarpes de Pasajirón y el Roque de La Grieta, recorriendo de esa manera la parte más elevada del Circo de Las Cañadas, aparte de Guajara, con alturas que superan los 2.500 metros en esas cotas elevadas.

También se puede descender a la pista de Las Siete Cañadas, retornando al punto de partida de la ruta, o el tramo más largo, bajar a la zona de pinares de Madre del Agua, descendiendo por la ladera sur de Guajara y el Volcán de Las Arenas, pasando también por las pintorescos y curiosos enclaves geológicas del Paisaje Lunar, testigo de la incesante erosión de los agentes atmosféricos sobre formaciones pumíticas.

Texto y foto de Jesús Salvador González Escovar

RETAMA PELUDA

28 mayo, 2015

RETAMA

Arbusto de hasta 2 metros de alto. Hojas compuestas, grandes, pecioladas y lanudas con pelos rizados; hojuelas anchamente lanceoladas a ovadas, obtusas, con nervios muy acentuados y los bordes revolutos hacia el envés.

 

Inflorescencias terminales densas con el cáliz campanulado y de color amarillo. Florece de febrero a abril.

 

Fruto en forma de legumbre vellosa grisácea y con una alta producción de semillas.

 

La retama peluda es un endemismo de la isla de Gran Canaria en estado crítico de conservación. Cuenta con 2 poblaciones con escaso número de individuos, una de ellas de un tamaño ínfimo, y en total no cubren una superficie superior a una hectárea.

 

Sus poblaciones potenciales se sitúan en comunidades rupícolas del margen superior del bosque termófilo, en zonas de dominios de acebuchales y lentiscos, en la región nordeste de la isla, viviendo entre los 550 y 700 metros de altitud.

 

Texto y foto de Salvador González Escovar

PALO BLANCO

4 noviembre, 2011

PALO BLANCOPalo blanco:

El Palo blanco (Picconia excelsa) es un árbol de corteza blanquecina de hasta 10 metros de altura.

Tiene las hojas opuestas, simples, enteras, obovadas o lanceoladas, glabras y coriáceas, bordes revolutos y de color verde oscuro.

Flores hermafroditas de color blanco pálido, pequeñas y agrupadas en racimos terminales.

El fruto es una drupa ovoide negra en la madurez.

Este árbol es un endemismo macaronésico que normalmente forma parte de los bosques de laurisilva, localmente dominante en las zonas inferiores del monteverde, apareciendo también en el fayal-brezal y en el pinar mixto. Pertenece a la familia de las Oleáceas, su reproducción resulta sencilla y en Canarias se distribuye por todas las islas a excepción de Lanzarote.

Texto y foto de Salvador González Escovar

¡Hola mundo!

25 agosto, 2011

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