Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Camino del Risco de Tibataje:

Este sendero “off road” (no aparece señalizado ni indicado en la red de caminos de El Hierro) parte del mirador de Jinama, a 1.250 metros de altitud. Una pista de tierra nos acerca al Alto de Izique y nos conduce al inicio de la vereda que avanza justo por el filo del imponente Risco de Tibataje, espectacular paredón que alcanza los 1.100 metros de desplome, continuo, libre y duradero, hasta encontrar la plataforma costera del fondo del valle, a la vez que se alarga y disminuye de altura conforme se acerca a la Punta de Salmor.

Es una bendición para los sentidos y para la experiencia senderista que exista una vereda que recorra el borde de este precipicio superlativo, de este tremendo “hachazo” en el territorio insular dado por la Diosa Naturaleza, y que al andar por el borde de este murallón rocoso hace sentirme libre y dichoso como un pájaro.

Al otro lado del abismo, muros de piedra de media altura, algunos de los cuales hay que atravesar para no vernos obstaculizados por los brezos y fayas existentes en el borde del abismo, forman cuadrículas en el terreno que delimitan la zona de pastos del ganado en la amplia Meseta de Nisdafe. Al caminar entre la hierba, por estas fechas algo seca, que sirve de sustento a vacas, ovejas y burros, multitud de saltamontes y cigarrones brincan de aquí para allá.

El sendero desciende continuamente, pasando en un primer momento por el Alto de Izique, sobre la misma Fuga de Gorreta, mientras hay que asomarse bastante para encontrar el fondo del abismo y me pregunto cómo todo este universo vertical no se derrumba repentinamente bajo su propio peso. No lo hace súbitamente pero sí poco a poco, ya que pueden observarse grietas en el terreno junto al borde del precipicio, como si estuvieran esperando a la temporada de lluvias o a un agente desencadenante del derrumbe.

En la vida del senderista nada es comparable a sentirse flotar en el vacío, abismo que también vacía la mente para posteriormente rellenarla de una sensación nirvánica y repleta de éxtasis existencial. Me siento a las puertas del paraíso con los pies sobre la tierra.

Pese a la verticalidad del escalón de Tibataje, brezos y plantas rupícolas revisten la ladera que poco a poco se adentra en el mar, para finalmente desaparecer junto a los Roques de Salmor. Este camino se une al camino de La Peña, que comienza poco más arriba del mirador del mismo nombre, el cual desciende hasta la costa atravesando el risco y finalizando en el Pozo de Los Padrones, en la carretera que va de Las Puntas a Frontera. Ese trayecto es un camino empedrado, mejor indicado y, hasta hace no mucho tiempo, más transitado que el que va por el alto del Risco de Tibataje, aunque actualmente este tramo se encuentra cerrado al uso público por peligro de desprendimientos.

Si se regresa al mirador de Jinama por donde mismo hemos venido el gozo de la excursión es doble, porque aunque el sendero sea el mismo, los matices de luces y contraluces según avanza el día cambian. El tramo de mayor pendiente es el Camino de La Peña.

Después de esta ruta y la del Risco de Las Playas, me llevo la imagen de que para lo pequeña que es la isla, los precipicios que alberga tanto en el sur como en el norte resultan desproporcionadamente enormes.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En la vertiente sureste de El Hierro existe un espectacular acantilado de forma semicircular de unos 5 km. de longitud, abierta al océano, y que se desploma desde una altura de algo más de 1 Km sobre la costa de Las Playas.

Los acantilados herreños, tanto los que dan a la vertiente norte como a la sur de la isla, parecen descomunales en relación a la reducida superficie insular.

Camino de Las Playas:

El sendero, en buen estado, que asciende desde la costa, abandonando la carretera que se dirige al parador de turismo, para alcanzar el mirador de Isora, lo hace por las inmediaciones del fugaz Barranco del Abra, mientras vamos contemplando como tajinastes, vinagreras, tabaibas y bejeques se aferran a estas descarnadas y verticales laderas, además de pinos canarios y sabinas, éstas de forma aislada. Estos árboles se retuercen austeramente en los hostiles roquedos, sobre los que ningún otro árbol puede vivir, desafiando al abismo, perviviendo a medio camino entre el mar y un cielo que se ve surcado por bandadas de cuervos.

Algunas barranqueras y gargantas de vértigo surgen de los cortados cimeros que separan el Risco de Las Playas del resto de la isla, aumentando la sensación de paisaje salvaje, virgen, inexpugnable y sobrecogedor, y finalmente desaparecen al acumular derrubios en el pedregoso litoral, antes de ocultarse definitivamente bajo el mar.

Al finalizar la empinada subida al mirador de Isora, el sendero continúa por terreno más favorable hacia Isora. Antes de llegar al pueblo, un desvío nos encamina a circundar el borde del acantilado, volviendo a ganar altura siguiendo pistas asfaltadas, para finalmente encontrarnos de nuevo en el filo del anfiteatro a la altura de Montaña Bermeja, cerca de la parte central del precipicio, atalaya que ofrece unas perspectivas de ensueño, donde la extasiante mirada vuelve a convertirse en el mayor placer de esta vida, vistas que se desploman sobre la profunda depresión abierta al mar y que se hunde a nuestros pies.

Siguiendo el margen del murallón por una pista de tierra se llega en poco tiempo al punto de inicio (muy próximo al mirador de Las Playas) de la esta larga ruta que prácticamente ha rodeado todo este acantilado por su base y por su borde cimero, atractivo risco producto de la erosión que ha socavado una parte de la superficie insular.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El espacio protegido del Monumento Natural de Las Playas constituye una unidad geomorfológica representativa de uno de los procesos característicos de la geología insular y alberga una magnífica estructura escarpada de gran valor paisajístico y escénico.

El Risco de Las Playas, o también llamado de Los Herreños, forma un gran arco que supera los 1.000 metros de desnivel, en el punto más elevado, con respecto a la reducida plataforma costera sobre la que se precipita vertiginosamente, abarcando una longitud de unos 5 kms. entre la Punta de Bonanza, más allá del roque de idéntico nombre, y la Punta de Miguel.

Comprende además de la espectacularidad del paisaje, una buena muestra de hábitats rupícolas en buen estado de conservación y con una alta diversidad florística, donde no faltan especies endémicas amenazadas como la margarita (Argyranthemum sventenii) y el taginaste (Echium hierrense).

Vereda del Risco:

Este sendero era utilizado para labores de trueque entre diferentes poblaciones y recolección de pinocha.

Desde Las Casas (El Pinar), una estrecha senda bien marcada desciende rápidamente y en continuos zig-zags a través de las empinadas laderas del Risco de Las Playas hasta la proximidad de la Playa (de callados) de Cardones, contemplando en todo momento esta gran caldera abierta al mar que parece una convulsión geológica elevada desde las remotas profundidades oceánicas.

El pinar corona las altas crestas de estos impresionantes cortados, y estos árboles van desapareciendo según descendemos, a medida que dispersas sabinas aparecen ancladas a un inestable sustrato, alargado precipicio que visto desde cierta distancia debe parecer la huella de un gigantesco mordisco en la corteza de esta isla, territorio que de hecho ha sido reducido y transformado por grandes deslizamientos en masa que han originado descomunales farallones en relación a la superficie insular.