Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El edificio estratovolcánico de El Teide se ha ido construyendo durante los últimos 100.000 años tras sucesivas erupciones que han ido apilando material volcánico de diversa índole y capa tras capa hasta alcanzar la altura actual de 3.718 m.s.n.m., como si el gran volcán fuera una catedral geológica que nos muestra las diferentes etapas de su existencia.

La parte terminal de El Pilón, el punto más elevado del Teide, se formó durante una fase volcánica ocurrida hace unos 1.000 años. Sin embargo, al magma presente en las profundidades de la corteza terrestre cada vez le resulta más difícil alcanzar esa altura, y es difícil que la montaña continúe creciendo en altitud, más teniendo en cuenta la implacable erosión que siempre trabaja en sentido contrario, por lo que en caso de producirse futuras erupciones en la zona, sería habitual que tuvieran lugar en los flancos o en los conos adventicios o satélites del volcán, como de hecho puede apreciarse desde épocas pasadas en las Narices del Teide, en la fachada occidental del Pico Viejo, en Montaña Blanca, en la Montaña Abejera o en el Pico Cabras. De igual manera diferentes tipos de erupciones han tenido lugar durante su dilatada historia, como las explosivas de Montaña Blanca, hasta el derrame de lavas viscosas como las del Pico Cabras, del Tabonal Negro o del Valle de las Piedras Arrancadas, pasando por las más oscuras, brillantes y ricas en obsidiana propias de las Narices del Teide.

Esa diversa naturaleza volcánica origina una textura sobre la superficie caracterizado por malpaíses, fruto de lavas viscosas que se quiebran con el empuje de la lava y se amontonan en lugares de poca pendiente; túneles, cuevas y lavas cordadas superficiales, fruto de lavas más fluidas y, finalmente llanuras de piedra pómez, producto de erupciones de carácter explosivo que dispersan material ligero a distancia, y con la ayuda de agentes erosivos como lluvias torrenciales a lo largo del tiempo, generalmente se depositan al pie de roques y de la pared sur del Circo de Las Cañadas. Esos diferentes fenómenos volcánicos conllevan vistosos contrastes cromáticos en el lunático y aparentemente primigenio y desolado entorno volcánico que nos rodea.

El sendero de La Fortaleza avanza desde El Portillo en dirección noroeste, pasando por pequeñas vaguadas pumíticas de las que afloran ariscos roquedos de tonalidad marrón oscuro, resaltando sobre el pálido entorno.

El límite superior del pinar que reviste de un tupido y frondoso verdor el Valle de La Orotava lo tenemos cerca, y parece mantenido a raya por este paisaje lunático a medida que nos acercamos al Cabezón, el vértice del gran escalón de la Ladera de Tigaiga, esa uniforme arista que desde la costa norte insular asciende hasta las cumbres tinerfeñas.

El Roque de La Fortaleza se encuentra cercano, elevado verticalmente sobre la Cañada de Los Guancheros, una gran planicie pumítica originada por el arrastre mediante escorrentías y lluvias de ese ligero material volcánico, desde las inmediaciones de Montaña Blanca hasta la barrera física que forma el citado roque.

Un corto ascenso desde la Cañada de Los Guancheros nos conduce a la degollada existente entre El Cabezón y el Roque de La Fortaleza, y desde ahí seguimos subiendo ligeramente por la vertiente norte del roque, de perfil más suave que la vertical y cortada pared sur, divisando en el camino una parte de los extensos pinares del norte de la isla, desde la Dorsal de Pedro Gil, a oriente hasta los de Icod a occidente.

Finalmente la senda gira al sur y acomete de forma decidida el tramo final a la cumbre de La Fortaleza, donde nos sorprende la relativa abundancia de cedros canarios (Juniperus cedrus), tal vez el lugar de Las Cañadas donde más ejemplares existen de manera natural, y además observando plantas jóvenes de ese austero, longevo y escaso árbol.

Desde el mismo borde que señala la cumbre de La Fortaleza se disfrutan de unas visiones espectaculares del Teide, casi a tiro de piedra, con su cara noreste y parte de la grandiosa e imponente fachada norte destacando sobre el resto de la vertiente norte de la isla, alzándose sobre los extensos y tupidos pinares de La Guancha e Icod

Los límites del gran volcán, desde la Montaña Abejera hasta La Fortaleza, parecen marcar una frontera nítida entre el extenso pinar del sector norte de la Corona Forestal de Tenerife y el matorral subalpino de alta montaña que domina el interior del espacio de las Cañadas del Teide.

El Roque de La Fortaleza presenta un borde alargado en sentido este-oeste que puede ser recorrido íntegramente sin mayor dificultad.

Sin montañas entre medias entre el mar y la cumbre del volcán, desde la costa hasta el Pico del Teide, la panorámica de la fachada norte de la isla en permanente caída nos hace imaginar la magnitud del colosal desplome masivo que debió de originar los valles de La Orotava y de Icod.

Mirando hacia oriente se adivina el relieve de la parte más occidental de la cara norte de la península de Anaga, y hacia el oeste distinguimos algunos escarpes del Macizo de Teno como sus puntos culminantes de Erjos y Bolico.

Los volcanes satélites de Abejera y Pico Cabras se asientan de manera casi testimonial en la base de la cara norte del Teide, y más cerca nuestra mirada se desploma unos 200 metros en vertical sobre la planicie de la Cañada de Los Guancheros para terminar de cerrar una panorámica amplia, extasiante y estratégica se mire donde se mire.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde el caserío de Ifonche seguimos el conocido sendero que atraviesa el Barranco del Infierno en dirección al mirador de Boca del Paso y posterior bajada al pueblo de Adeje. Antes de llegar a esos destinos, a la altura del Aserradero, donde un par de construcciones alejadas entre sí, destartaladas e invadidas por la vegetación nos hacen imaginar tiempos pretéritos, desviándonos hacia Teresme mediante tramo bien señalizado, subiendo a lo alto de una lomada mediante senda que posteriormente se transforma en pista forestal de uso agrícola. El pinar, junto a terrazas agrícolas de vides, higueras y almendros, y algún pequeño embalse nos acompañan en este trayecto.

Hacia la cumbre, por encima del extenso pinar, se divisan las cimas insulares de la Corona Forestal, como Montaña Colorada, Montaña de Las Lajas, El Sombrerito y Roques del Almendro, las cuales rozan o superan los 2.000 m.s.n.m.

Al llegar a Teresme, el pinar se abre y deja ver extensos huertos, actualmente abandonados, colindantes a una vieja, solitaria y parcialmente derruida casa, que parece un mudo y olvidado testigo del paso del tiempo en este lugar tan aislado.

Seguimos subiendo, de nuevo mediante una pista de tierra acercándonos a la Loma de Teresme; al poco tiempo encontramos una tubería rojiza de diámetro destacado, siguiendo al principio paralelo a ella mientras la pista sube y baja durante unos pocos metros, luego atravesamos la tubería, la inclinación de la pista aumenta y llegamos a la unión con la pista que baja desde El Retamar. Seguimos esa pista hacia la derecha y pasamos cerca de la Montaña de Teresme, distinguible por su cima alargada e inclinada hacia el oeste, y poblada de escobones y pinos canarios.

El trazado sigue siendo pendiente, dirigiéndonos ahora hacia la falda oeste de Montaña Colorada, que resalta incluso desde la distancia por sus laderas volcánicas de lapilli de matiz ocre, rojizo y marrón, entre maduros pinares que han sufrido los efectos recurrentes de incendios forestales.

Poco más arriba una pista secundaria señalizada, de menor inclinación, abandona el trazado principal, ladeando por la Montaña Colorada mientras las completas panorámicas de la zona suroeste insular reconforta el esfuerzo: ya contemplamos la Montaña de Las Lajas bastante cerca, al otro lado de la cabecera del Barranco del Infierno, y en las cumbres asoman los Roques del Almendro y El Sombrerito coronando el pinar por el que hemos transitado; ladera bajo la mirada se desliza a través de la colorida piconera de la Montaña Colorada y en las medianías, más allá del inmenso pinar que vamos dejando atrás, sobresalen los escarpes del Macizo de Adeje, como el Roque del Conde, el Roque de Los Brezos y la Pica de Imoque, y como telón de fondo la urbanizada costa suroeste de la isla.

Desde Montaña Colorada ya solo queda el último tramo hasta Las Lajas, siguiendo un sendero que atraviesa el Barranco del Infierno, sigue el cauce y da un rodeo por el tramo alto del tajo, antes de ir a parar a otra pista de tierra que después de unos minutos finaliza en la zona recreativa de Las Lajas, después de algo más de 17 kilómetros de recorrido desde el inicio.

Si no se quiere volver a Ifonche por el mismo recorrido de subida se puede descender en dirección a Vilaflor, bajando por la fachada oeste de la Montaña de Las Lajas, atravesando después el Barranco del Cuervo, llegado cerca del campo de fútbol de Vilaflor, para luego continuar bajando hasta Ifonche siguiendo un tramo del GR 131.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El recorrido comienza en el mirador que hay por encima del Pinalito, cerca de la torre de incendios de La Vica, siguiendo la carretera que une Vilaflor con Boca Tauce.

Seguimos unos metros por asfalto subiendo hasta que en una curva y a la derecha de la calzada, vemos una pista de tierra en desuso que se adentra en el pinar de Vilaflor. Al poco la pista da paso a un sendero poco marcado que continua subiendo paralelamente a un tubería fina de agua, que a su vez discurre junto a una destartalada y vieja acequia. Aunque el sendero está poco transitado hay mojones esporádicos que indican la subida a seguir y no hay ningún problema de caminar campo a través entre los pinos y sobre un suelo frecuentemente tapizado de lajas.

Nos vamos alejando de la carretera entre este pinar extenso, abierto y maduro, donde se aprecian viejos pinos resineros junto a refugios pastoriles levantados a base de amontonamientos de piedras y de base circular.

Nos podemos asomar al borde de un cortado para tener una buena panorámica del pinar de Vilaflor por la zona de Agua Agria, mientras a poca distancia unos estriados precipicios bajo el Sombrero de Chasna rompen la monotonía del pinar, al igual que ocurre con el escarpe del Roque del Encaje, bajo las Cumbres de Ucanca, aflorando en el horizonte de esta masa forestal.

Algunos repechos aceleran el ritmo cardiaco antes de llegar a la confluencia con el camino principal que viene desde cerca de Las Lajas.

Una vez en él seguimos subiendo, encaminándonos a la ladera suroeste del Sombrero de Chasna, montaña de inconfundible silueta, por su cima plana y amplia, a modo de fortaleza, de verticales paredes, sobre todo la cara sur, donde siguen arraigando los pinos y algún que otro cedro.

El Sombrero de Chasna se eleva ligeramente y desplazado hacia el sur del borde del Filo de Las Cañadas, y para ascender a su cumbre solo hay que desviarse algo de la ruta a seguir por el filo, resultando extasiante contemplar la inmensidad del pinar de Vilaflor, y bajo él, el resto de la vertiente sur de la isla que se desparrama hasta la lejana costa. Se distinguen la Montaña de Las Lajas, el Macizo de Adeje y la Montaña Roja del Médano, entre otros, con la inolvidable sensación de que nada escapa a la vista desde casi 2.500 m. de altitud sobre el nivel del mar.

Si seguimos subiendo un poco más llegamos al borde del Anfiteatro o Circo de Las Cañadas, donde al placer visual percibido anteriormente se le suma el grandioso espectáculo de contemplar la Caldera de Las Cañadas del Teide desde lo alto, dejando deslizar los sentidos libre y abruptamente hasta el fondo de la misma, unos 400 metros más abajo, como si la corteza terrestre se abriera súbitamente a través de vertiginosas laderas que parecen cortadas a hachazos, y en realidad son fruto de un deslizamiento masivo y erosivo. Esta inmensa caldera es en sí misma una tierra de contrastes, un regalo para la vista y para el alma, con sus diferentes matices cromáticos volcánicos, desde las pálidas y serenas cañadas o llanos de piedra pomez, como El Llano de Ucanca, hasta las siniestras, oscuras, sepultadoras y desgarradoras coladas de lava petrificadas como la de la Narices del Teide, vomitada desde el flanco oeste del Pico Viejo y que alcanza hasta Boca Tauce.

El altivo complejo Teide-Pico Viejo corona este mundo relativamente joven, a la vez primigenio, y aparentemente virgen, formando el destacable altar insular, por encima de las nubes y que parece transportarnos por encima del mundo terrenal. Andar por el filo de este anfiteatro no tiene precio, mientras el aire leve de las cumbres acaricia tu rostro y hace flotar la insignificante existencia humana sobre tan vasto territorio, a la vez que sientes como los pensamientos y sensaciones vuelan tan lejos como la vista.

Las Cumbres de Ucanca forman una cresta con borde más bien plano, comprendido entre el Sombrero de Chasna y la Degollada de Ucanca, razón por la cual a esta parte se le conoce como el Llano de Las Mesas.

Al encontrarnos a mayor altura, el domo cilíndrico del Sombrero de Chasna no reluce tanto como visto desde abajo, y ahora la vista se extiende más hacia oriente y occidente a través del filo, disfrutando de una buena vista de la cara occidental de la Montaña Guajara hacia el este, y de los Roques del Almendro, El Sombrerito y los Roques del Cedro hacia occidente, éstos últimos de alturas más discretas y los que cierran este alargado circo por el oeste, más allá del desagüe natural de Boca Tauce.

Una vez situados en el filo del sector occidental del Anfiteatro de Las Cañadas se puede continuar caminando hacia el este sin apenas salvar desnivel hasta llegar a Degollada de Ucanca, pasando por la extensa y llana cima de Las Mesas. Desde la citada degollada, donde existe un cruce de 4 caminos posibles, podemos bajar en dirección sur adentrándonos en el Valle de Ucanca hasta la zona de Madre del Agua y el Paisaje Lunar, o descender hacia el norte a la Cañada Blanca y al parador de turismo, o también continuar hacia el este subiendo a la Montaña Guajara por su vertiente occidental

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

 

Desde el mirador-aparcamiento junto a la Montaña Samara, a unos 1.700 m.s.n.m., el camino a seguir asciende sostenidamente pasando cerca de la ladera sur del Volcán de La Botija en dirección a la Montaña Reventada, la cual se encuentra a una altura superior que los volcanes anteriores, en la parte alta de la Dorsal de Abeque y bajo la imponente fachada oeste del Pico Viejo.

La dorsal volcánica de Abeque o del noroeste de Tenerife es un inmenso campo volcánico que se extiende desde la cabecera del Valle de Santiago del Teide, en las cercanías del Macizo de Teno, hasta la base de la vertiente occidental del estratovolcán Teide-Pico Viejo. Son muchos los volcanes que forman la particular Ruta de Los Volcanes de Tenerife, desde el Volcán Bilma, en la parte baja de la Dorsal de Abeque, hasta la Montaña Reventada, pasando por la Montaña del Estrecho, Montaña de La Cruz, Volcán Chinyero (la última erupción volcánica acontecida en la isla en el año 1909), Montaña de Los Poleos, Montaña Samara, Volcán de La Botija y Montaña de la Cruz de Tea, configurando un paisaje que alterna elementos volcánicos entre los que destacan malpaíses, escorias y vetustos conos, acompañados del pinar canario.

En esta ocasión la nieve añade un plus de belleza y contraste al desolado, lunático y primigenio entorno volcánico, pero a la vez dificulta la marcha a través de las pendientes parcialmente nevadas, en especial aquellas situadas a mayor altitud por donde discurre el sendero.

Todos estos conos volcánicos presentan unas laderas desoladas, lisas y oscuras, pero además en la Montaña Reventada se observa la lengua de lava solidificada que brotó del cráter, abriendo el volcán por el flanco occidental y que avanzó cientos de metros ladera abajo formando una caótica barranquera de rocas y malpaís en el terreno.

Un pino junto al volcán forma una imagen en la retina que vale más que mil palabras, como si fuera una solitaria bandera que simboliza la conquista de la vida y de paso originando un profundo contraste entre la existencia y la desolación volcánica reinante.

El sendero se aproxima al cráter y luego se aleja en dirección a Cuevas Negras, un lugar donde encontramos, además de los omnipresentes y oscuros campos de escorias y malpaíses, otros componentes volcánicos como lavas cordadas, caletones, bombas volcánicas de curiosas formas, cuevas (valladas), arcos y túneles volcánicos.

Calificativos como lunático, virgen, primigenio, yermo, baldío, desolado, mineral y siniestro resultan apropiados para describir el entorno en el que nos encontramos. Parece que estamos transitando por otro planeta y nos sentimos alienígenas o seres extraños en este mundo que inunda los sentidos con una belleza desnuda y áspera. Vamos caminando por este joven sustrato, a escala temporal geológica recién nacido de las entrañas de La Tierra, bajo la espectacular y grandiosa mole del Pico Viejo que apenas le deja protagonismo al Pico del Teide, el cual solo en determinados puntos de la ruta y sutilmente asoma detrás.

Después de pasar por Cuevas Negras seguimos por el sendero nº 38, a medida que por aquí las retamas, codesos, rosalitos, fistuleras, margaritas, alhelís y demás plantas típicas de la vegetación de alta montaña canaria van colonizando este vasto territorio, descendiendo y llegando poco después al cruce con el sendero nº 9, camino que nos conduce al mirador de Las Narices del Teide.

Desde ese lugar un sendero un tanto perdido gana altura en dirección directa al Pico Viejo, al principio suavemente por terreno pedregoso, y más adelante por terreno corredizo y bastante inclinado de lapilli, bordeando uno de los primeros y oscuros conos volcánicos de las Narices del Teide que nos encontramos en el ascenso; hay que dejar atrás estas bocas eruptivas abiertas durante el año 1798 en la fachada occidental del Pico Viejo hasta alcanzar el sendero más claro pero igualmente empinado que sigue subiendo hasta alcanzar el borde del cráter de ese gran volcán.

Pero antes de seguir subiendo nos tomamos un respiro en la parte más elevada de esta sucesión volcánica de Las Narices del Teide, esparcida por el flanco occidental del Pico Viejo, divisando los diferentes conos y hoyos que salpican esta lunática, chamuscada y desolada ladera.

La altura ganada hace que el paisaje a nuestros pies haga olvidar el esfuerzo de la subida hasta aquí, contemplando la parte occidental del Anfiteatro de Las Cañadas, como los Roques del Cedro, la Montaña Gangarro, El Sombrerito y el Roque del Almendro, entre otros, sobre los extensos malpaíses vomitados por estas bocas eruptivas donde nos ubicamos, coladas de lava que vistas desde arriba nos parecen desproporcionadamente enormes con respecto a los volcanes que las originaron, pensando que tal vez el Pico Viejo debería tener una altura o volumen mayor antes de 1798 debido al proceso del vaciado magmático que aflora a la superficie durante la erupción; una de las 2 coladas de lava que surgió de este lugar se esparció hasta Boca Tauce y la otra, de menor extensión, se dirigió por la vertiente oeste. Precisamente bajo dicha vertiente contemplamos el gran pinar de Guía de Isora junto al campo saturado de volcanes de la Dorsal de Abeque, formando la continuidad volcánica bajo el grandioso estratovolcán que remontamos, divisando la cadena volcánica que se prolonga hasta las inmediaciones del Macizo de Teno, la cual domina el paisaje de gran parte del noroeste insular.

Nos queda la segunda parte de otra buena subida hasta el borde oeste del cráter del Pico Viejo y además bastante inclinada avanzando a medias entre rocas y zonas de lapilli.

En la falda suroccidental de este gran volcán que cansinamente vamos coronando, sendas lenguas de oscuro malpaís o de lava solidificada se desparraman, la mayor de ellas en dirección a Boca Tauce y abarcando todo el espacio existente entre los Roques del Cedro y las Narices del Teide, que son las auténticas bocas eruptivas, montículos y cráteres que originaron ese siniestro y sepultador paisaje, y localizadas a media ladera en la vertiente occidental del Pico Viejo. Este camino no pasa junto a ellas pero se percibe y se siente su presencia desde la distancia.

Cerca del borde del cráter del Pico Viejo, dejando caer la mirada por la ladera, podemos ver el interior de uno de esos 4 o 5 oscuros cráteres que forman la agrupación volcánica en la ladera del Volcán Chaorra.

Después de la subida final que se hace larga, se llega al límite del cráter del Pico Viejo, a unos 3.000 m. de altitud. Al llegar al límite del socavón cumbrero nos encontramos sobre la parte más profunda del cráter, de aspecto caótico con grandes rocas desperdigadas por el fondo. El fondo de la porción oriental del hoyo es más llano y se encuentra bajo el punto más elevado del Pico Viejo, a 3.134 m.s.n.m. El hoyo es realmente gigantesco, de unos 800 metros de diámetro, irregular, con paredes infranqueables y prácticamente verticales, salvo por su borde oriental, por el que parece posible penetrar en el cráter y llegar a una planicie bastante extensa y que no es la parte más honda del mismo. La zona más profunda se ubica bajo el borde occidental, y por supuesto rodeada por flancos más espectaculares. Sin duda se trata de uno de los cráteres más descomunales e imponentes de Canarias.

El sendero continúa en dirección al Teide, bordeando el gran cráter por el lado sur, lo que permite contemplar toda la vertiente sur del Pico Viejo que emerge del Llano de Ucanca y de la vecindad de los lejanos Roques de García. Así mismo la mirada se detiene en la gran longitud del anfiteatro que encierra por el sur la caldera de Las Cañadas, recordando cada uno de los puntos culminantes de oeste a este, como El Sombrerito, el Roque del Almendro, el Sombrero de Chasna, las Cumbres de Ucanca, Guajara, Pasajirón y el Roque de La Grieta, atalayas cuyas alturas ya hemos superado con creces al transitar por el borde de este volcán.

El punto más elevado del Pico Viejo se halla en un montículo sobre el borde oriental del cráter, a 3.134 m.s.n.m., lugar desde donde volver a contemplar la inmensidad y desolación del hoyo a nuestros pies, así como todo el perímetro del cráter.

Me gusta subir montañas solitarias, salvajes y elevadas, allí donde saborear el aire leve que envuelve las cumbres, esos dos elementos naturales que hacen levitar mi insignificante existencia sobre este paisaje encantador y virgen, donde percibir la magia del momento clímax de la jornada, donde sentirse afortunado y libre en medio de esta naturaleza primigenia, pura y salvaje que nos rodea, donde escuchar el silencio únicamente roto por el viento acariciando el rostro y las rocas, y en definitiva donde dejarse llevar por los pensamientos y emociones que vuelan tan lejos y profundo como la mirada. De espaldas al cráter solo supera nuestra altura la parte terminal de El Teide, los últimos 600 metros de desnivel con respecto al techo de España.

Entre Pico Viejo y la ascensión final al Teide existe una suave vaguada pumítica atravesada por el camino. Tierra de volcanes, tierra de contrastes, cuanto más cerca mejor, pues lo siguiente que encontramos resulta absolutamente antagónico a ese terreno pálido, fácilmente transitable y suavemente ondulado al que es fácil acostumbrarse; de repente el sendero parece perderse entre las negras, brillantes, ásperas y vivas rocas volcánicas que forman otro malpaís que se extiende hasta La Rambleta, bajo El Pilón terminal de El Teide. Ahora se trata de ir buscando y siguiendo los mojones de piedra que se confunden con el caótico y siniestro sustrato volcánico, para avanzar por esta lengua de lava petrificada. El cono terminal del Teide que tenemos delante y cada vez más cerca, con sus lisas y empinadas laderas de color marrón oscuro, contrasta sobre este hostil y áspero medio por el que avanzamos, sintiéndonos insignificantes e intrusos en este entorno que parece recién chamuscado en el horno interno planetario, recién vomitado por las entrañas del Teide donde moraba Guayota, el espíritu maligno al que temían los guanches. Estando en lugares como éste, ciertamente no hay que recurrir a seres sobrenaturales ni espíritus para sentir admiración e incluso veneración por esta montaña y por la furia interna de un planeta vivo.

Al fondo y a nuestras espaldas de este descomunal malpaís por el que vamos subiendo divisamos el cráter del Pico Viejo, cada vez más lejos y más abajo. Más allá de él, si hay buena visibilidad se avistan parte del sur y oeste insular y las islas de La Gomera, El Hierro y La Palma.

El recorrido pasa por La Rambleta, a unos 3.500 m.s.n.m., junto a la caseta y a la estación terminal del nefasto teleférico con sus torretas, un conjunto extraño en este paisaje casi primigenio, virgen y salvaje, que afean el paisaje y desnaturalizan una montaña que hasta parece despojada de la altivez que indican los mapas. No me gusta que el ser humano domestique montañas de esta manera ya que pierden su esencia y magia; además esas instalaciones promueven el turismo masivo, convirtiendo el símbolo montañoso del parque nacional y de la isla en una especie de parque de atracciones invadido por turistas. El turismo masivo debería ser incompatible en un parque nacional y más en la cumbre principal del espacio protegido. Menos mal que quedan cimas solitarias en otros lugares del parque nacional, como en el Pico Viejo o a lo largo de las crestas del Anfiteatro de Las Cañadas, rincones donde si te encuentras a alguien son montañeros.

Si disponemos del permiso pertinente para transitar por el sendero “Telesforo Bravo” que sube al empinado cono terminal (El Pilón) del Teide, podemos ir al punto más elevado de España y de toda la región macaronésica, con 3.718 m.s.n.m., habiendo superado un desnivel de 2.000 metros desde el ya lejano comienzo en la Montaña Samara.

A partir de aquí nos espera el largo descenso por la ladera suroriental del Teide pasando por la Cueva del Hielo y el refugio de Altavista hasta llegar a la cima aplanada de Montaña Blanca, a partir de donde seguimos la cansina y monótona pista descendente por terreno pumítico hasta su base en la carretera de Las Cañadas.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde el mirador-aparcamiento junto a la Montaña Samara, a unos 1.700 m.s.n.m., el camino a seguir asciende sostenidamente pasando cerca de la ladera sur del Volcán de La Botija en dirección a la Montaña Reventada, la cual se encuentra a una altura superior que los volcanes anteriores, en la parte alta de la Dorsal de Abeque y bajo la imponente fachada oeste del Pico Viejo.

La dorsal volcánica de Abeque o del noroeste de Tenerife es un inmenso campo volcánico que se extiende desde la cabecera del Valle de Santiago del Teide, en las cercanías del Macizo de Teno, hasta la base de la vertiente occidental del estratovolcán Teide-Pico Viejo. Son muchos los volcanes que forman la particular Ruta de Los Volcanes de Tenerife, desde el Volcán Bilma, en la parte baja de la Dorsal de Abeque, hasta la Montaña Reventada, pasando por la Montaña del Estrecho, Montaña de La Cruz, Volcán Chinyero (la última erupción volcánica acontecida en la isla en el año 1909), Montaña de Los Poleos, Montaña Samara, Volcán de La Botija y Montaña de la Cruz de Tea, configurando un paisaje que alterna elementos volcánicos entre los que destacan malpaíses, escorias y vetustos conos, acompañados del pinar canario.

En esta ocasión la nieve añade un plus de belleza y contraste al desolado, lunático y primigenio entorno volcánico, pero a la vez dificulta la marcha a través de las pendientes parcialmente nevadas, en especial aquellas situadas a mayor altitud por donde discurre el sendero.

Todos estos conos volcánicos presentan unas laderas desoladas, lisas y oscuras, pero además en la Montaña Reventada se observa la lengua de lava solidificada que brotó del cráter, abriendo el volcán por el flanco occidental y que avanzó cientos de metros ladera abajo formando una caótica barranquera de rocas y malpaís en el terreno.

Un pino junto al volcán forma una imagen en la retina que vale más que mil palabras, como si fuera una solitaria bandera que simboliza la conquista de la vida y de paso originando un profundo contraste entre la existencia y la desolación volcánica reinante.

El sendero se aproxima al cráter y luego se aleja en dirección a Cuevas Negras, un lugar donde encontramos, además de los omnipresentes y oscuros campos de escorias y malpaíses, otros componentes volcánicos como lavas cordadas, caletones, bombas volcánicas de curiosas formas, cuevas (valladas), arcos y túneles volcánicos.

Calificativos como lunático, virgen, primigenio, yermo, baldío, desolado, mineral y siniestro resultan apropiados para describir el entorno en el que nos encontramos. Parece que estamos transitando por otro planeta y nos sentimos alienígenas o seres extraños en este mundo que inunda los sentidos con una belleza desnuda y áspera. Vamos caminando por este joven sustrato, a escala temporal geológica recién nacido de las entrañas de La Tierra, bajo la espectacular y grandiosa mole del Pico Viejo que apenas le deja protagonismo al Pico del Teide, el cual solo en determinados puntos de la ruta y sutilmente asoma detrás.

Después de pasar por Cuevas Negras seguimos por el sendero nº 38, a medida que por aquí las retamas, codesos, rosalitos, fistuleras, margaritas, alhelís y demás plantas típicas de la vegetación de alta montaña canaria van colonizando este vasto territorio, descendiendo y llegando poco después al cruce con el sendero nº 9, camino que nos conduce al mirador de Las Narices del Teide.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El sendero nº 39 del parque nacional del Teide recorre la base de Montaña Blanca, alejándose y acercándose sucesivamente a la carretera que atraviesa el parque nacional y de paso apreciando extensas coladas de lava solidificada que alternan con lugares llanos y suavemente ondulados de jable o piedra pómez.

Para ello, transitamos entre las Minas de San José, una apacible y pálida zona pumítica que destaca entre los rugosos y caóticos malpaíses que surgen desde las laderas del gran estratovolcán que corona el parque nacional, y la Montaña Majúa, otra blanquecina loma, localizada frente a la base del teleférico del Teide.

El sendero señalizado y guiado mediante piedras en sus márgenes avanza sin salvar excesivo desnivel entre ambos puntos, ni a lo largo del recorrido, tan solo el impuesto por los malpaíses existentes, como el Valle de Las Piedras Arrancadas y el Tabonal Negro, ambos elevados sobre las vaguadas o pálidas planicies de piedra pómez, sepultando una parte del fondo de la inmensa caldera volcánica en su viscoso y lento avance durante las erupciones volcánicas.

A lo largo del pateo, y a medida que nos aproximamos a la base del Volcán del Teide vamos contemplando diferentes perspectivas del mismo y de Montaña Blanca, adosada al volcán por la fachada suroriental del estratovolcán, y de la que también brotaron oscuras y siniestras coladas de lava por su ladera sur, aunque esto parezca paradójico debido al matiz pálido dominante de Montaña Blanca, lo cual acrecienta el contraste cromático y los matices volcánicos.

En este vasto espacio, esculpido al son de los irregulares pulsos magmáticos que dejan escapar la fuerza interna del planeta, y en la actualidad, incluso sin erupciones ni movimientos tectónicos a la vista, el grandioso y, de momento, inerte mundo mineral al que dicha vitalidad planetaria dio lugar parece adquirir vida propia y empequeñecer la existencia animal y vegetal a las que sustenta.

Al otro lado del edificio volcánico un inmenso manto volcánico, engañosamente desolado y lunático se extiende hasta la escarpada pared del Anfiteatro de Las Cañadas, a lo largo de cuya base se reparten las famosas Siete Cañadas o planicies de piedra pómez, y roques como el Topo de La Grieta, La Grieta, Pasajirón y Guajara impiden que la mirada vuele más lejos. Ese gran circo limita la caldera de Las Cañadas por el sur, alargándose entre los Roques del Cedro, El Sombrerito y Roque del Almendro por el oeste y la Montaña Cerrillar por oriente, avistando su parte occidental a medida que nos acercamos al destino.

Después de unos 7 km. de recorrido y tras haber atravesado sucesivamente malpaíses y zonas pumíticas, bordeamos la Montaña Majúa por el este mediante una pista de tierra que nos conduce al aparcamiento situado frente a la base del teleférico.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El tajinaste picante (Echium auberianum) es una planta perenne de tronco corto y leñoso y tallo erecto. Las hojas se desarrollan en una roseta basal, de color verde pálido, variando su forma desde lineares a estrechamente oblanceoladas, y cubiertas por ambas caras de cerdas largas y amarillentas.

Inflorescencia laxa a menudo ramificada desde la roseta basal de hojas, de color azul-violeta y con los estambres de cada flor ligeramente más largos que la corola.

Es un endemismo botánico local de Las Cañadas del Teide que crece preferentemente en terrenos pumíticos y de escorias lávicas.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La magarza del Teide es un pequeño arbusto de forma achaparrada y de hasta medio metro de alto, muy ramificado desde la base.

Las hojas tienen forma oblonga, uni o bipinnatisectas, híspidas y de hasta 6 cm. de largo, con los peciolos largos y gruesos.

Inflorescencias corimbosas con unos 12 capítulos, de entre 7 y 15 mm. de largo cada uno. Lígulas blancas. Floración abundante cubriendo toda la planta.

Es un endemismo botánico local de la zona subalpina de las Cañadas del Teide, creciendo tanto en malpaíses pedregosos como en terrenos pumíticos.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La hierba pajonera (Descurainia bourgaena) es un arbusto pequeño de porte semiesférico, ramificado desde la base, leñoso y frondoso. Hojas inferiores densamente fasciculadas, binnaatisectas, con segmentos linari-lanceolados que generalmente están dentados en la punta.

Flores de color amarillo, dispuestas en racimos densos, erectos y alargados, sobresaliendo del resto de la planta, pétalos pedicelados. Semillas ligeramente aladas de color marrón.

Esta especie es un endemismo botánico de Las Cañadas del Teide, bastante abundante tanto en áreas rocosas como en terrenos pumíticos y zonas de escorias lávicas.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La retama del Teide es un arbusto muy ramificado y vigoroso, erecto, adquiriendo en ocasiones un porte achaparrado, con tallos gruesos y glaucos. Hojas trifoliadas y subsésiles, hojuelas lineares.

Flores blancas o rosadas, muy aromáticas, dispuestas en racimos densos que crecen por la parte superior de las ramas, y con pedúnculo corto.

Fruto en forma de legumbre negra, algo vellosa, conteniendo entre 4 y 6 semillas.

Especie representativa del matorral de alta montaña canaria, dominando las cumbres de Tenerife, y en menor medida, las de la Caldera de Taburiente en La Palma.