Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Este recorrido senderista comienza en el fondo del Barranco de Las Angustias, el desagüe natural de la Caldera de Taburiente. Al principio, más que un barranco parece un valle, debido a la distancia existente entre sus empinadas vertientes laterales que permiten ver al fondo una parte de las altas crestas insulares.

Por aquí se divisan fincas de aguacates, puentes, tubos y un pozo de agua abandonado, signos de un uso intensivo humano con el denominador común del agua protagonista a lo largo de este barranco y de toda la caldera.

Precisamente poco después de empezar a subir por el cauce del valle aparece el agua corriendo libremente, aún en poca cantidad, líquido elemento sobrante que no es aprovechado para los cultivos del Valle de Aridane y que acaba infiltrándose en el pedregoso cauce repleto de cantos rodados.

Por este tramo pueden verse granadillos, sabinas, guaydiles, vinagreras, verodes, tabaibas, cardones, mato riscos, bejeques rojos (Aeonium nobile), un endemismo palmero de gruesas hojas anaranjadas y vistosas flores rojizas entre los meses de mayo y julio… mientras la alpispa con su reclamo alegre entretiene nuestra marcha y su cola larga y su pecho amarillo hacen inconfundible a este pájaro de los arroyos.

En el cauce se observan multitud de diques, cada uno fruto de una erupción, que nos dan idea de la intensa actividad volcánica de la zona en el pasado. Entre los diques hay fragmentos blanquecinos de rocas similares a los granitos, que se supone han sido fragmentadas y separadas por las continuas erupciones.

También existen rocas de color verdoso de origen submarino, como las lavas almohadilladas, recordando a un enorme panal de abejas con celdas redondeadas, formadas por el avance de una colada de lava bajo el mar y al contacto con el agua se irían enfriando y alterándose su composición química; otras formaciones verdes distintas son los aglomerados o conglomerados tipo brechas, que proceden de los bordes de las chimeneas volcánicas, en las cuales el magma, al romper las paredes por las que sube, arrastra fragmentos de roca que no llegan a fundirse y sirve de cemento al resto de rocas desplazadas cuando salen al exterior.

A medida que vamos ascendiendo, las paredes del tajo, que van perfilando los límites de la gran depresión calderiforme en la que nos adentraremos, van aumentando de altura: a un lado se alza el Pico Bejenado, cuya cima no puede verse desde las entrañas del cañón; al otro, tampoco se ven pero sabemos que están ahí arriba, rozando o superando los 2.000 m. de altura, los altivos hitos de Hoya Grande, Somada Alta y el Roque Palmero, formando parte del grandioso cresterío que culmina en la cumbre insular del Roque de Los Muchachos (2.426 m.s.n.m.)

Al llegar a Dos Aguas, nace el Barranco de Las Angustias, formado por la confluencia de los barrancos de Taburiente (el más caudaloso) y el del Almendro Amargo, cuyos cauces divergen aguas arriba. Allí existe un tomadero de agua y el inicio de un canal capaz de transportar 2.5 m3/sg por lo que gran parte del agua es canalizada, utilizada y regulada, desde tiempos históricos, por el Heredamiento de las Haciendas de Argual y Tazacorte.

En Dos Aguas hay que atravesar el barranco para seguir el itinerario que discurre próximo al cauce, cruzándolo de vez en cuando para sortear pequeños saltos en el cauce. A partir de ahora el agua, libre, pura y cristalina se despeña por doquier en multitud de cascadas y riachuelos, cincelando incansablemente el sustrato basáltico, creando y recreando un laberinto de barrancos y manteniendo vivo el paisaje en una suerte de eterna juventud.

Lo que actualmente es o que es, un descomunal anfiteatro de unos 8 km. de diámetro con desniveles cercanos a los 2.000 metros, hace millones de años era una montaña de 3.000 o 4.000 m. de altitud; desmantelamiento es la palabra clave en esta caldera de erosión, originada por desplome y desplazamiento de materiales desde la cabecera de los numerosos barrancos interiores, los cuales se despliegan y abren en abanico aguas arriba.

Poco más arriba, siguiendo el Barranco del Almendro Amargo, entramos en el parque nacional de La Caldera de Taburiente, punto en el que nos encontramos otra división de cauces, bajo la esbelta silueta del Roque Idafe: el Barranco del Almendro Amargo diverge del de Rivanceras (o del Limonero), el cual porta un modesto caudal de aguas ferruginosas, lo que confiere un matiz naranja a las rocas que baña y en la pared de la famosa Cascada de Colores, en el cauce del Barranco de Rivanceras y localizada a poca distancia del cruce de barrancos anterior. Subiendo por el cauce de Rivanceras, a unos 10 minutos, se encuentra dicha cascada, un pequeño salto de apariencia artificial que debe su nombre al musgo que tapiza el muro y a los tintes naranjas de las aguas ferruginosas.

Mientras afrontamos la dura cuesta de El Reventón, elevándonos sobre el cauce del Barranco del Almendro Amargo, a nuestra derecha vamos poniéndonos al nivel altitudinal del Roque Idafe, pintoresco roque que muestra la fuerte erosión que ha tenido lugar en los materiales circundantes. Este pitón era todo un símbolo para los Benahoritas, los pobladores precoloniales de la isla, los cuales, entre otros actos ceremoniales y religiosos, le ofrecían en su base las asaduras de los animales que consumían para que la gran roca no se desplomara sobre ellos. Tanausú, el Mencey de Aceró, tenía por aquí su morada y defendió valientemente su menceyato ante los conquistadores castellanos.

El aspecto del Roque Idafe va variando según subimos por El Reventón, desde un imponente monolito cuando estamos a sus pies hasta parecer un dedo alzado que sobresale de la lomada del Barranco del Almendro Amargo, mientras al fondo vamos apreciando la poderosa y vertical vertiente que se desploma desde la cumbre del Pico Bejenado (1.854 m.s.n.m.) hasta el fondo de la caldera.

Jaras y escobones forman el cortejo botánico que acompaña al omnipresente pinar canario.

Con numerosos manantiales, el caudal de la Caldera de Taburiente es considerable, aunque en épocas recientes se supone que ha ido descendiendo desde la década de los años 70 del siglo pasado; algunas estimaciones dan una cifra de 300 l/sg después de períodos lluviosos, aunque en término medio apenas supera los 100 l/sg.

Después de superar la cuesta de El Reventón aparece ante nosotros el Barranco de Taburiente portando un considerable caudal de agua despeñándose en cascadas a través de los saltos del angosto y profundo tajo, aunque no tan hondo como el del Almendro Amargo que dejamos atrás.

Barranco arriba se observa una gran mancha de color verde intenso entre el pinar circundante. Es una zona de nacientes conocida como Verduras del Mato, donde la vegetación ocupa casi el 100% del suelo y la diversidad botánica es mayor que en lugares próximos

Una parte del agua que vemos correr libremente por el Barranco de Taburiente proviene de los nacientes del Barranco de las Verduras de Alfonso, situado en la cabecera de este mismo tajo, bajo los imponentes murallones que bordean el parque nacional. A esos nacientes pensamos llegar en esta ruta.

La zona de acampada de la caldera se encuentra ya cerca, sobre el gran pedregal que yace en el fondo, producto del arrastre de cantos rodados arrastrados por las escorrentías hacia esta zona, que diría que es la única llanura existente dentro del parque. De ahí el nombre simbólico de la Playa de Taburiente que tiene el enclave. El subsuelo impermeable deja suficientes huecos para que el agua se filtre en la confluencia entre los barrancos de Cantos de Turugumay y el de Verduras de Alfonso, apareciendo después junto a la sauceda donde los depósitos son más finos.

Antes de llegar a esa zona pasamos por el Llano del Capadero, terreno cultivado hasta épocas recientes. Ahora son los tagasastes, tajinastes y alguna vieja higuera los que se han adueñado del lugar.

Finalmente el camino desciende a la Playa de Taburiente, entre el centro de servicios del parque nacional y el Roque de la Brevera Macha, como muchos otros invadidos de multitud de bejeques, sobre todo de la especie Aeonium palmense, el cual muestra su máximo apogeo en otoño e invierno cuando el agua hincha sus hojas carnosas.

Alrededor del arroyo permanente que serpentea por la Playa de Taburiente, un bosquete de sauces canarios, árbol con elevados requerimientos hídricos, encuentra un oasis vital, mientras una vez más la mirada permanece cautiva bajo el dominio de los estilizados roques, como el Roque del Huso y el Roque Salvaje, y como telón de fondo, las verticales paredes que delimitan el anfiteatro de las caldera por su sector norte.

El Roque del Huso aflora poco más arriba como un espigado montículo, adornado con viejos pinos canarios en lo más alto, lo que hace pensar una vez más que para este árbol no hay territorio prohibido por muy quebrado y escarpado que éste sea.

Remontando el inmenso pedregal de la Playa de Taburiente aparece hacia la izquierda el Barranco de los cantos de Turugumay, encajonado tajo que se derrumba desde las proximidades del Roque de Los Muchachos y seguimos avanzando hasta encontrarnos con el repecho del Lomo de La Juraga, elevándonos sobre el cauce del angosto y profundo Barranco de Las Verduras de Alfonso, que como todos demás tajos que confluyen en el de Taburiente y en el del Almendro Amargo surgen de los verticales farallones, espigones, fugas y gargantas que confinan el paisaje interior de la caldera, relieve vertical que se alza hasta atrapar las nubes, brumas que a su vez esconden las altivas cimas sobre un velo de intimidad y misterio, como si el manto nuboso separara este mundo terrenal de las deidades basálticas que coronan la isla.

El sonido del agua fluyendo barranco abajo nos sigue acompañando y nos recuerda que los nacientes de las Verduras de Alfonso cada vez están más cerca, a la vez que el sendero sube entre robustos pinos y terrenos algo inestables.

En el entorno de los nacientes resaltan rocas descarnadas próximas a pequeños pinares que forman manchas verdes vistas desde la distancia y en medio de la verticalidad imperante, colgados en el risco y por encima del nivel habitual del pinar; uno de ellos es el Pinar de Mantigua.

Por fin llegamos a las Verduras de Alfonso, en la cabecera del barranco homónimo, después de una dilatada subida desde el fondo del Barranco de Las Angustias, lugar donde además de unos nacientes naturales de imposible acceso, se halla una de las galerías de mayor caudal del parque nacional, con unos máximos que rondan los 50 litros/sg. Sorprende la cantidad de agua que mana de un entorno más bien árido como es el pinar.

Se puede seguir subiendo, remontando mediante revueltas lo que nos queda del Lomo de La Juraga, una de las laderas del Barranco de las Verduras, con el fin de contemplar el paisaje interior de la caldera desde lo más alto posible en esta ruta, alcanzando la arista del lomo y a su vez la divisoria con el siguiente barranco, el Barranco de Los Guanches. En realidad la senda continúa hasta La Cumbrecita, transitando cercano a la base de los imponentes murallones que se alzan hasta las cumbres de la caldera, subiendo otras laderas como Lomo Cumplido y Lomo del Escuchadero que dividen otras tantas vertiginosas barranqueras como los barrancos de Altaguna y de La Piedra Majorera. Debido a lo peligroso y aéreo del tramo (recuerdo que existen cadenas para agarrarse en pasos estrechos, literalmente colgados del abismo) y a derrumbamientos el resto de la vereda hasta La Cumbrecita se encuentra actualmente clausurada.

Desde lo más alto de la ruta la mirada se recrea en el impresionante paisaje y hace olvidar la dureza del pateo. Los barrancos nombrados anteriormente trazan sombreadas hendiduras en el inmenso pinar hasta confluir en el embudo del Barranco de Las Angustias. Sobre nuestras cabezas las nubes juegan a ocultarse entre los farallones, gargantas, fugas, roques y diques de caprichosas formas, originando un mundo vertical de indómitos paredones que majestuosamente se elevan por encima de los 2.000 m. y que parecen confinar no solo las nubes y el aire que respiramos, sino también nuestros pensamientos y emociones. Fue el momento clímax de la jornada, no solo por la altura alcanzada dentro de este descomunal mordisco en el corazón de la isla, sino también por lo que este paisaje logra trasmitir a través de la persistencia y paciencia de la naturaleza para crear arte. Ante nosotros una geología salvaje, brutal, descarnada, desgarrada y convulsa que consigue colmarnos con todo lo contrario: serenidad y paz interior y espiritual.

La naturaleza como espontaneidad gratuita y gratificante, como maestra de sensibilidades, regalo para los sentidos, terapia del alma y expansión del horizonte vital del montañero que se afana por divisarla y disfrutarla desde variados ángulos.

El sendero sigue su trazado en pos de El Escuchadero y La Cumbrecita, topónimos que distingo con la mirada, casi a nuestra altura pero aún distantes, aunque aquí nos sentimos felices con el panorama contemplado.

 

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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Al tratarse de un territorio primitivo desde el punto de vista geológico, el norte palmero es tierra de profundos y largos barrancos que forman una sucesión de cañones y agrietan esta vertiente desde las altivas cumbres insulares de más de 2.000 m. hasta la acantilada costa discurriendo paralelos y sin tregua uno tras otro.

De esta manera y siguiendo un recorrido de oeste a este por el norte de la isla bonita tenemos los barrancos de La Luz, nada más salir de Santo Domingo de Garafía, seguido por el de Juan Adalid, el de La Magdalena, los cuales son de escasa entidad vertical con respecto a los que encontramos más a oriente.

Los verdaderamente impresionantes son los barrancos de Fagundo, de los Hombres, de Franceses y el de Gallegos, que presentan su aspecto más impresionante y profundo en sus respectivos tramos bajos y medios al poder contemplar sus verticales farallones laterales con menos vegetación.

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En el reducido espacio disponible que queda en las lomadas o divisorias, entre barranco y barranco, los lugareños se las han ingeniado para aprovecharlo al máximo, construyendo y agrupando casas que dan nombre a poblados perdidos y aislados como Don Pedro, El Tablado y Franceses, y abancalando el terreno para huertos agrícolas de subsistencia, formando un repetitivo, ancestral y bucólico panorama; una simbiosis entrañable entre hombre y territorio, sin más elementos extraños y artificiales que domestiquen estos tajos.

Como barrancos de largo recorrido que son, albergan una riqueza botánica y faunística que comprende desde el cardonal-tabaibal en la costa hasta el de alta montaña en sus cabeceras, pasando por bosquetes termófilos de longevos dragos, frondosa laurisilva y pinar canario.

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En estos espectaculares barrancos de la Reserva Natural Especial de Guelguén (que protege el tramo medio y bajo de los mismos) se refugia una muestra excelente de la laurisilva palmera, y en sus acantilados costeros se localiza posiblemente el mejor ejemplo de hábitat rupícola de la isla. En ambos pisos bioclimáticos se puede encontrar un amplio elenco de componentes endémicos de la flora, con muchas especies protegidas y unas pocas amenazadas. La entomofauna es considerablemente rica y diversa, y entre la avifauna sobresalen varias especies amenazadas que tienen en este lugar una zona de nidificación de vital importancia para su pervivencia. En conjunto, la reserva alberga un interés natural y paisajístico sobresaliente representativo de la típica orografía accidentada del norte de La Palma. Además desempeña un papel importante en la protección de los suelos y recarga del acuífero.

CUMBRE VIEJA (LA PALMA)

28 enero, 2017

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Texto de Salvador González Escovar.

15697576_1359493277449687_8210759309260522770_nAdemás de la famosa Ruta de Los Volcanes existen otros pateos por la Dorsal montañosa de Cumbre Vieja, tanto por su vertiente oriental como por la occidental.

Uno de ellos (PR LP 16) es el que comienza en Mazo, pueblo de las medianías de la fachada oriental de ese macizo volcánico.

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Ascendemos en primer lugar por asfalto y pistas de tierra, pasando por el lado sur de la Montaña de Las Toscas, entre zonas de pastos para el ganado vacuno y de cultivo como vides y manzanos, aprovechando la escasa pendiente del terreno que existe antes de entrar en el bosque existente a mayor altura.

Al seguir subiendo aumenta el desnivel cuando nos aproximamos al destacable y redondeado Roque Niquiomo, vistoso promontorio que parece un islote rocoso ya en medio del bosque, formado por monteverde de fayal-brezal, laureles, acebiños y follaos.

La primera sorpresa la encontramos al pie del citado peñón, en forma de una profunda, oscura, ancha e imponente sima, con una gran cueva en el fondo, que se hunde bajo el ramaje y lianas del bosque.

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Seguimos subiendo y aunque estamos en las inmediaciones del Niquiomo, no lo conseguimos ver de cerca, permaneciendo oculto detrás de la frondosa arboleda. Más arriba el sendero da paso a una pista de tierra y pasamos por el Llano de Las Moscas, donde hay una construcción que asemeja un campamento; ahora la pendiente suaviza y el bosque se abre, apareciendo también codesos, escobones, jaras, rosalitos, poleos y los primeros pinos, bosque que nos acompaña a partir de aquí hasta coronar las cimas de Cumbre Vieja.

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La larga pista de tierra nos conduce hasta la base del Roque Nambroque (1.921 m.s.n.m.), una de las cimas más elevadas de este campo volcánico y ligeramente desplazado a oriente de la crestería de Cumbre Vieja. Finalmente un sendero (SL VM 125) pasa bajo la pared oriental del roque, vertical y gris fachada que resalta en el entorno volcánico que caracteriza las cimas de esta alargada dorsal volcánica que se eleva entre el centro y el sur de la isla. Ese sendero se dirige hacia el norte y comunica poco después con la Ruta de Los Volcanes tras atravesar una piconera marrón a un nivel prácticamente constante.

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Otro sendero (PR LP 15) comienza más al sur, en Tigalate, a unos 700 m. de altura sobre el nivel del mar y también en la vertiente oriental de Cumbre Vieja. En este caso se atraviesa la dorsal volcánica de este a oeste, haciendo cumbre en el Collado de Las Deseadas y bajando por la fachada occidental de la isla hasta llegar a Jedey.

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El camino se muestra al principio bastante ancho y delimitado por muros de piedra, lo que hace recordar a un camino real utilizado antiguamente en la trashumancia del ganado. Al comienzo de la subida el pinar se acompaña de algún que otro brezo y helecho, lo que denota que, a pesar de encontrarnos bastante al sur, existe cierta influencia del húmedo alisio por estar en la vertiente oriental de la isla, que es barrida frecuentemente por el mar de nubes.

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Después de una desviación a la izquierda y continuando entre muros de piedra, dicho sendero muere en una pista de tierra que también viene de Tigalate y que ya no abandonamos hasta alcanzar el punto más elevado de la travesía. La pista es bastante larga, lo bueno de esto es que la pendiente es más suave, en comparación con la inclinación del primer tramo a través del camino real.

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En algún recodo de la citada pista se abre una una ventana a través del pinar canario, ofreciéndonos vistas de parte de la vertiente subida y de la cada vez más lejana costa, mientras que mirando hacia las cumbres se adivinan las laderas, bastante desnudas de vegetación y de diversos matices cromáticos, de los conos volcánicos a los que paulatinamente nos aproximamos.

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Antes de llegar al Collado de Las Deseadas, en la divisoria de ambas vertientes oriental y occidental de Cumbre Vieja, el mundo volcánico que ya tenemos cerca nos da la definitiva bienvenida con el Malpaís de La Malforada, un río de lava petrificada y marrón oscuro que constituye un paréntesis en el verde del pinar, colada originada por la erupción del cercano Volcán Duraznero en el año 1949 y esparcida por esta ladera oriental en dirección al litoral.

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Tras el último repecho en la pista estamos en el Llano de Las Brujas, una planicie de picón, apenas unos metros por debajo del Collado de Las Deseadas, localizado al pie de la base sur del Volcán de La Deseada, la montaña más elevada de Cumbre Vieja con 1.949 m.s.n.m. En el collado homónimo enlazamos con la Ruta de Los Volcanes (una parte del GR 131), la senda que atraviesa longitudinalmente la Dorsal de Cumbre Vieja.

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Antes de descender por el lado oeste de Cumbre Vieja merece la pena subir al cercano Volcán de La Deseada para contemplar desde el punto más alto de esta hilera volcánico el inmenso panorama que se despliega en todas direcciones: extensos pinares invaden ambas inclinadas vertientes insulares que colapsan en el lejano océano, y donde no hay pinares es porque el lunático y oscuro terreno volcánico dominado por siniestros malpaíses, desoladas piconeras y desfigurados conos volcánicos los borró del mapa.

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Alargando la mirada hacia el norte, el anfiteatro de la Caldera de Taburiente dibuja un incomparable telón de fondo del más cercano campo volcánico en el que sobresalen algunos puntos elevados como los volcanes del Birigoyo, Nambroque, Hoyo Negro y Duraznero.

Hacia el sur la hilera volcánica pierde altura detrás del Pico del Cabrito y del oscuro Volcán del Charco, cuya erupción del año 1712 formó una extensa piconera esparcida por la vertiente occidental de Cumbre Vieja.

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Comparado con el aspecto siniestro y ennegrecido que presentan la mayoría de los volcanes citados anteriormente, el Volcán de La Deseada, de tonalidad más pálida, asemeja un cono plácidamente adormecido, y cuyo perímetro puede ser fácilmente recorrido, ofreciendo de esta manera apoteósicos y extasiantes panoramas 360º a la redonda alrededor del cráter, visiones que no se cambian por nada en la experiencia montañera por muy dilatada que ésta sea.

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Retornamos al sendero PR LP 15 que cruza Cumbre Vieja de lado a lado. El Volcán del Charco se encuentra asentado ligeramente sobre la fachada occidental de esta hilera volcánica, pasando el sendero próximo a él. Sobre sus lisas y oscuras laderas de picón apenas se aventuran unos pocos pinos solitarios, mudos testigos de la gran porción del pinar sepultada por la colada de lava que se extendió ladera abajo y creando un paisaje genuinamente desolado y lunático. Mirando hacia el interior del cráter se adivina el tormento que debió suponer para la corteza terrestre la erupción del Volcán del Charco hace unos 300 años.

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Desde el Collado de Las Deseadas, como se ha indicado, desciende la senda hacia la vertiente oeste; al poco tiempo desemboca en otra pista de tierra que continua bajando describiendo alargados zig-zags sobre el terreno, que hacen disminuir la pendiente del recorrido y que ya ha sido invadido por la inmensidad del pinar. El bosque apenas permite dejar escapar la mirada más allá de él, teniendo únicamente en los recodos del trayecto esporádicas panorámicas de la vertiente oeste de Cumbre Vieja, donde agrestes coladas de lava petrificadas y malpaíses entrecortan el extenso pinar, mientras nos alejamos paulatinamente de las cimas volcánicas que hemos cruzado y que parecen ajenas a la vida vegetal porque el bosque no las consigue colonizar.

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La pista recorrida se une con la pista general que une Fuencaliente con El Paso, siguiendo un pequeño tramo por ella en dirección norte, para luego abandonarla y seguir bajando, atravesando una pequeña colada lávica que nos conduce a otra pista que llanea hacia el norte, tramo en el que el pinar convive con cultivos de vides, manzanos, higueras, almendros y castaños en estado semisalvaje.

Más adelante el cartel indicativo nos desvía por un camino que desciende atravesando algunos barranquillos, avistando al poco tiempo el vistoso Volcán Tajuya, hacia el norte, para al final de la larga bajada, tenerlo sobre nuestras cabezas.

Enormes bloques de basalto destacan en su cima y parecen mantener un inestable equilibrio sobre el borde exterior del cráter, coronando la ladera de lapilli que tenemos encima.

El final del sendero se une a una pista asfaltada que nos termina de bajar, paralelamente y junto a otro malpaís, hasta la localidad de Jedey, a unos 700 m. de altitud.

 

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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El volcán de La Deseada es el punto más elevado de la Dorsal de Cumbre Vieja, con una altura de 1.949 m.s.n.m. Esta alargada hilera volcánica constituye la espina dorsal que divide ambas vertientes de la zona meridional de la isla, entre el refugio de El Pilar y el faro de Fuencaliente.

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El pateo empieza en la zona recreativa y de acampada de El Pilar, comenzando a subir por la ladera norte del Pico Birigoyo, entre la frondosidad del pinar mixto (acompañado de escobones, jaras, codesos, brezos, fayas, laureles y follaos), arboleda tupida que disimula el matiz volcánico del terreno en el que nos encontramos. Al ganar altura el pinar se va haciendo más seco y abierto, mientras la vista se va poniendo a tono con las panorámicas que dejan escapar los pinos hacia las cumbres de la Caldera de Taburiente y también hacia la parte alta del Valle de El Paso, en la zona occidental insular.

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Poco más arriba, llega un momento en que el pinar se abre completamente, quedando por debajo del sendero seguido (GR 131), el cual ahora llanea y baja ligeramente, bajo la oscura, empinada y desolada cara norte del Pico Birigoyo, que es una extensa piconera lunática que se eleva hasta este primer volcán importante, de algo más de 1.800 m. de altura, de la Ruta de Los Volcanes.

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Antes de abandonar esta ladera del volcán, nos recreamos con el espectacular panorama hacia Cumbre Nueva, que por su altura modesta que no llega a los 1.500 m., parece un puente de unión entre la Cumbre Vieja y la arista del Valle del Riachuelo, la que culmina en el saliente de Punta de Los Roques, y a partir de él seguimos recorriendo con la mirada las cumbres que bordean el circo de las cumbres de la Caldera de Taburiente, situadas detrás del primer eslabón montañoso del Pico Bejenado, limitando por el sur dicha depresión.

Después de una leve bajada contorneando el Birigoyo, el camino se ensancha, retorna la cuesta arriba y volvemos al dominio del pinar canario que oculta la mirada, pero no por mucho tiempo.

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Poco después de pasar un puente de madera, las retinas vuelven a estar de enhorabuena, no solo se dominan visualmente la vertiente oeste de la isla, y hacia el norte el anfiteatro perimetral de la caldera, sino también se va adivinando la caída de esta sucesión volcánica hacia oriente, a la vez que las sensaciones pasan tan rápido como las nubes que remontan la hilera de Cumbre Nueva cientos de metros por debajo de nuestra privilegiada situación.

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El paisaje se torna definitivamente lunático; escorias, cenizas volcánicas, cráteres y desolados montículos de picón se reparten a lo largo de la cresta por la que transita el polvoriento sendero. Los pinares que hasta mediados del siglo pasado poblaban estas cumbres pasaron a mejor vida borrados del mapa por la sepultadora y a la vez rejuvenecedora fuerza interna del planeta, y actualmente y de manera aislada intentan recolonizar el medio del que bruscamente fueron eliminados. El Matorral de alta montaña ocupa su espacio y se afana en sobrevivir en el sustrato de escorias y lapilli, formado principalmente por rosalitos, tajinastes, corazoncillos, escobones, codesos, poleos, alhelíes y fistuleras.

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El siguiente hito montañoso importante es el Roque Nambroque, de 1.921 m.s.n.m., ligeramente desplazado hacia el este de la divisoria volcánica. Los pilares basálticos de la cima se desploman por su parte oriental y destacan en el entorno volcánico, cual islote rocoso de otra época geológica que perdura en el tiempo resistiendo las envestidas eruptivas posteriores.

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Desviándonos del camino principal, una corta y señalizada senda nos conduce a la cumbre del Nambroque, mostrándonos desde allí majestuosas vistas de la vertiente oriental de La Palma, comprendidas entre la zona capitalina y la del municipio de Mazo, y a su vez como desde la costa esta extensa ladera con poblaciones y bosques se eleva de forma continuada hasta alcanzar este vértice geodésico y la cadena volcánica que vamos dejando atrás.

Alargando la vista hacia el norte, el Pico Birigoyo, al que ya hemos superado en altura, es distinguible por su silueta cónica, y más allá el Bejenado y el cresterío de la Caldera de Taburiente forma un fondo paisajístico incomparable a este mágico y encantador relieve.

Mirando hacia el sur del Pico Nambroque ya distinguimos nuestro destino de La Deseada y el Pico del Cabrito, aunque antes pasaremos por otros volcanes impactantes.

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Nos sentimos afortunados de disfrutar de este magnífico paisaje en todas direcciones, en el que predominan las laderas inundadas de pinares y volcanes que esparcieron sus lenguas de lava vertiente abajo, pintando las laderas de matices ocres, marrones, rojizos y gris oscuro. Estamos en el tramo más espectacular y elevado de la Ruta de Los Volcanes, el situado entre el Pico Birigoyo y La Deseada.

Junto al Roque Nambroque nos sorprende la presencia de una vertical sima volcánica, comparativamente bastante profunda con respecto al reducido diámetro del agujero.

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Retornando al GR 131 el sendero prosigue su particular sube y baja a lo largo de esta altiva hilera minada de volcanes que en días despejados nos enseña vistas de ensueño sobre ambas vertientes de la isla. Después de una leve bajada, un caótico y gran socavón abre repentinamente la corteza volcánica, sacudiendo también nuestros sentidos: es el cráter del Hoyo Negro (1.870 m.), dejando ver su enorme boca eruptiva, el camino que debió seguir la lava ladera abajo y haciéndonos imaginar el espectáculo pirotécnico de la erupción acontecida en el año 1949. Aparecen bordes estratificados y plegados de pálida tonalidad formados por piedra pómez compactada, recortados verticalmente formando azarosos e inestables entrantes y salientes sobre el hoyo que parecen que se van a desplomar en cualquier momento. Las grandes piedras amontonadas en el fondo y el aspecto siniestro y desfigurado del cráter hacen pensar en una fase explosiva de este volcán, algo poco frecuente en el vulcanismo canario, caracterizado por erupciones tranquilas de tipo estromboliano.

Todos estos cráteres de Cumbre Vieja son hoyos negros pero éste es sin duda el más espectacular. Ni un pino se adentra en sus dominios. Terreno prohibido y vedado a la vida, al menos vegetal.

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Seguimos hacia el sur y a poca distancia aparece otro volcán que también erupcionó en el año 1949, el Volcán Duraznero, abierto al este por donde se abrió camino la colada lávica siguiendo una estrecha zanja que alcanzó la costa oriental de la isla. En su fondo más bien llano puede observarse los restos de un lago de lava a modo de un gran y oscuro malpaís. Sorprende la presencia de pinos en el interior de algunos de estos volcanes, formando un bello contraste cromático entre el verde y las negras y lisas laderas interiores de los conos, que a su vez resaltan sobre el caótico, siniestro y agrietado fondo formado por bloques de lava solidificada del Duraznero. Los pinos intentan recolonizar el terreno que hasta mediados del siglo pasado les perteneció. La vida se abre paso paulatina e irremediablemente en medio de la desolación volcánica.

Entre el Volcán Duraznero y el de La Deseada se esconde otro volcán que parece no haber reventado aún, pues no se observa lengua de lava derramada por las inmediaciones, y además conserva la forma típica de un cono volcánico, al igual que ocurre con el destino final de este pateo, el Volcán de La Deseada.

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Para subir al borde del volcán tenemos que superar una larga, polvorienta y desolada piconera que hace acelerar el ritmo cardiaco y la respiración. Una vez arriba podemos bordear totalmente el cráter de este volcán, lo que nos permite disfrutar del desplome de ambas vertientes insulares desde los 1950 m. de altura, situados en el punto álgido de la Ruta de Los Volcanes y de Cumbre Vieja, constituyendo un excelente vértice geodésico con incomparables panorámicas 360º a la redonda.

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Desde el borde sur de La deseada divisamos los volcanes que continúan su periplo hacia la zona meridional de la isla y que sucesivamente van perdiendo altura, como el negro Volcán del Charco (erupción de 1712) y El Cabrito, y lenguas de oscura lava solidificada se desparraman hacia el oeste vomitadas por el Volcán del Charco, rompiendo la continuidad del pinar, bosque que si no fuera por esas oscuras coladas, rodearía completamente el volcán sobre el que nos encontramos.

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Bordeando el cono de La Deseada, contemplamos como las empinadas laderas repletas de pinares se derrumban hacia el mar, y donde no hay pinares es porque los ríos de lava, cuyos testigos actuales son los negros malpaíses, y los volcanes a media ladera los borraron del mapa, como ocurre en el extenso malpaís de La Malforada, testigo actual de un río de lava que avanzó por la vertiente oriental, bajo el Volcán del Duraznero.

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Hacia el norte todavía se contemplan parte del circo cumbrero de la Caldera de Taburiente y su arista oeste marcando el desagüe a través del Barranco de Las Angustias, cerca del Valle de Aridane. Ese panorama de fondo unido al primer plano de esta hilera volcánica que hemos dejado atrás es un paisaje que inunda las retinas y pensamientos de inolvidables sensaciones. La naturaleza se muestra en este periplo volcánico viva y creativa, tanto desde el punto de vista animal y vegetal, como geológico, y esa vitalidad se transmite al montañero.

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El Volcán de La Deseada, un sugerente y apropiado topónimo para la montaña más elevada de esta alargada cadena volcánica, en eso pensamos al permanecer un rato en el altivo vértice del espinazo montañoso que en sucesivos episodios eruptivos ha levantado este lunático relieve en la zona meridional de La Palma. En canarias hay muchos volcanes pero pocos ofrecen estas impresionantes panorámicas y además por partida doble, al elevarse todo este complejo edificio volcánico vertiginosamente, tanto en la vertiente occidental como en la oriental, desde la lejana pero visible costa.

 

LOS ANDENES DE TABURIENTE (II)

23 noviembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

14963253_1290892970976385_1377136611803270692_nPor encima de los 2.200 m. de altitud en las cumbres de la isla bonita se encuentran los morros que coronan el anfiteatro de la Caldera de Taburiente, repartidos a lo largo de su perímetro con forma de herradura y de 20 km de longitud.

De oeste a este y en sentido de las agujas del reloj, la primera cumbre importante es el Roque Palmero, de 2.310 m.s.n.m., elevado sobre el espigón que se desploma en el impresionante y triangular Risco Liso, formando un descomunal paredón que se hunde en los pinares de la caldera.

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Avanzando hacia el norte, tras el Roque Palmero, la Degollada de Las Palomas sostiene casi verticalmente el Barranco de Las Bombas de Agua, una angosta garganta dirigida al abismo, por donde resbala la mirada, y ésta arrastra los pensamientos y emociones, tras 1.500 m. de caída libre, en este tajo desplomado y suspendido a partir de la degollada, cobijado entre verticales paredes laterales cuyas bases se encuentran y esconden en las entrañas de la depresión calderiforme.

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Antes de llegar a la cumbre insular del Roque de Los Muchachos, de 2.426 m.s.n.m., otras elevaciones que sobresalen de la crestería son el Roque Chico y el Morro de La Cresta, y justo antes del punto más alto del anfiteatro, otro tajo vertiginoso recorta el espacio, y con él el aliento; de nuevo entre paredones de ensueño que guardan otro pasadizo al vacío, la Garganta del Hoyo Verde hunde la corteza terrestre y todo lo que acontece en ella hacia el fondo de la caldera.

Me siento adicto a andar sobre desfiladeros y así sentir el abismo a mis pies, y en este caso a dejar desplomar la mirada y el resto de sentidos a través de estos colosales farallones basálticos, fugas y barranqueras, repartidas por estos precipicios interiores que parecen guardar celosamente los lejanos escarpes y riachuelos que florecen en el lejano fondo.

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Este anfiteatro, durante el tiempo que transitamos por él siguiendo el sendero de Gran Recorrido GR 131 o Ruta del Bastón, constituye el escenario de los sueños, el altar geológico, el palco presidencial de esta inigualable majestad geomorfológica suprema y de aspecto imperturbable y eterno que es la Caldera de Taburiente, la antítesis de lo efímero, humano y superfluo de la vida mundana y rutinaria, donde el sentido de la vista alcanza su plenitud, percibiendo el éxtasis existencial que me trasmite este paisaje y que hace sentirme vivo, respirando el aire leve de las cumbres, sintiendo la insignificancia de la existencia humana, escuchando el rumor de la brisa que acaricia estas altivas lomas, dejando que los pensamientos y emociones vaguen y floten sobre el abismo, y en definitiva que la mente se vacíe y se vuelva a rellenar con lo mucho que me muestra esta obra de arte natural y espontánea creada por las fuerzas interiores y erosivas del planeta.

Siguiendo con el periplo por la crestería en sentido horario, otra barranquera abierta al abismo es la que da lugar al Barranco de Cantos de Turugumay, donde las sensaciones comentadas anteriormente vuelven a repetirse.

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Más adelante, tras haber dejado atrás el mirador de Los Andenes, el esbelto dique de la Pared de Roberto (tan estilizado que parece levantado por el hombre) y picones rojizo-violáceos, otros morros reseñables son el Pico de La Cruz, de 2.351 m.s.n.m., también gran mirador no solo de la profundidad de la caldera sino de una parte del noreste de la isla, al elevarse sobre la cabecera del Barranco de Los Tilos. Desde allí arriba parece que nos encontramos en la parte central de este poderoso circo y la mirada se enfila directamente al mar a través del embudo que forma el desagüe del Barranco de Las Angustias, abierto 1.500 m. más abajo en la parte más baja de la caldera. La vista al interior de la depresión queda parcialmente oculta por un potente espigón, uno de tantos repartidos por todo el desfiladero, escondiendo a su vez angostas y vertiginosas gargantas como los barrancos del Diablo, del Ataúd, de Los Guanches y el de Altaguna.

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Desde el borde cumbrero se despliegan hacia el interior de la caldera crestas recortadas y afiladas como dientes de sierra, de vivas formas y agrestes perfiles, manteniendo su esbelta silueta a pesar de la erosión y de la gravedad reinantes, hiriendo el mar de nubes atrapado en la caldera, y de paso al aire, las retinas y hasta el alma de quien las observa. Crestas que se pierden en abismo buscando el fondo de la depresión, ocultando tajos sostenidos desde este mágico anfiteatro, por donde se enfilan, una vez tras otra, y sin encontrar destino ni respuesta final los fugaces sueños del montañero.

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Entre el Pico de La Cruz y el de Piedrallana (2.321 m.s.n.m.) atravesamos pequeños morretes rocosos y hacia el interior del parque nacional, a pocos metros de la cumbre un área de piroclastos de vivos colores amarillo-rojizos llama nuestra atención y lugar donde se encuentra la fuente de Juan Diego. Junto a dicha fuente se adentra un espigón que acaba en un un impresionante acantilado de 500 m. sobre los nacientes existentes en el Barranco de Las Verduras de Alfonso.

El espigón de Piedrallana separa los barrancos de Altaguna y el de Los Guanches, siendo esta cima importante desde el punto de vista etnográfico debido a la presencia de restos arqueológicos de los antiguos pobladores palmeros, los benahoaríes.

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En toda esta ruta montañera el codesar invade el terreno, apareciendo de forma localizada otras especies botánicas interesantes y endémicas de estas cumbres como la violeta de La Palma, el alhelí, la chaorra, la margarita, el rosalito, la tonática, la crespa, el retamón, el tajinaste rosado y el tajinaste azul genciano. Contados, retorcidos y viejos cedros arraigan penosamente y de manera inverosímil en riscos y diques acompañados de los prostreros y dispersos pinos canarios.

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La última cumbre de este alargado circo que supera los 2.200 m. de altura es el Pico de La Nieve (2.239 m.s.n.m.), llamado así porque es el único que se divisa nevado desde la capital insular. Al igual que en el Pico de La Cruz, la mágica soledad que debe tener toda cumbre se ve alterada con la presencia de placas solares y un repetidor de telecomunicaciones.

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Así son las cumbres de los Andenes de Taburiente, culminando el imperio de la verticalidad y por ende de los sentidos, coronando este inmenso, impresionante y grandioso hachazo en la corteza terrestre y en el corazón de la isla bonita, donde la arquitectura geológica se torna arte espontáneo, sin que la Madre Naturaleza se lo proponga; a escala humana, paisaje perpetuo, originado por las fuerzas antagónicas, constructivas y destructivas, del planeta, que parecen haber encontrado el equilibrio perfecto para crear esta grandiosa obra artística.

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Son muchas las panorámicas disfrutadas desde lo alto de este mágico circo, y además desde diferentes rincones y perspectivas, y en todos ellos los sentidos y pensamientos escapan de mi cuerpo, vagando libres y dichosos, mientras una sensación nirvánica de admiración y veneración a este colosal relieve se apodera de mi efímera existencia.

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Texto y fotos Salvador González Escovar.

La parte más espectacular del sendero de Gran Recorrido GR 131 palmero recorre el perímetro de cumbres de la Caldera de Taburiente, con alturas que superan los 2.000 m., regalándonos sobrecogedoras panorámicas del interior de esa gran depresión, contemplada desde las alturas.

El recorrido puede comenzar en el inicio de la pista al Pico de La Nieve, junto a la carretera que sube al Roque de Los Muchachos desde la capital insular.

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Debido a la altura ganada mediante asfalto, el tramo de subida a esa primera cima es corto, primero mediante pista de tierra y la última parte ya enlazando con el GR 131. Al llegar a la cumbre del Pico de La Nieve, de 2.239 m.s.n.m., la mirada se extiende en todas direcciones, no solo hacia la vertiente oriental como hasta ahora, sino también y de manera desproporcionadamente vertical hacia el interior de la caldera, mientras al sur el circo montañoso que a partir de ahora transitaremos en sentido contrario pierde altura en la Degollada del Río, que es la cabecera del gran barranco homónimo, situada entre nosotros y el puntal rocoso de Punta de Los Roques, la primera cima importante del anfiteatro que bordea la caldera.

A veces suele formarse mar de nubes en el interior de la caldera mientras en el exterior está despejado, dándole un toque de suavidad a las escarpadas y sobrecogedoras paredes que se esfuman en el manto nuboso, ocultando el abismo y escondiendo las entrañas de este formidable hachazo en la corteza terrestre.

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Los riscos que limitan la caldera son prácticamente verticales, recortados, salvajes, imponentes y me pregunto cómo algunos pinos y cedros llegan a conquistar este territorio en apariencia prohibido. Al interaccionar con estos desfiladeros del silencio, la bruma difumina sus siluetas, haciéndolas flotar sobre ellas.

El manto nuboso es como un mar de algodón cuyo parsimonioso movimiento sosiega los sentidos, ocultando, resaltando y embelleciendo el accidentado relieve. La bruma hace de este lugar una especie de abismo sin fondo, lejano, secreto, incierto, y a través de estos paredones sobre los que transito, imagino como las palabras, exclamaciones, suspiros, miradas, sensaciones, pensamientos y todas las cosas mundanas se precipitan vertiginosamente sin encontrar respuesta ni destino final.

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Dejado atrás el Pico de La Nieve, al otro lado del abismo de la caldera, vamos encontrando otras cabeceras de barrancos como el del Carmen y el de Nogales según avanzamos hacia el norte, apreciando desde estas alturas el monteverde que tapiza sus tramos medios, bastante por debajo de la franja del pinar que casi alcanza estas cimas.

La siguiente loma importante en la crestería de la caldera es el morro de Piedrallana, de 2.321 m.s.n.m., aunque el camino no pasa exactamente por su cima sino que la bordea por el exterior.

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Seguimos transitando por este escenario de los sueños, diría que incluso nirvánico, donde la mirada adquiere su máxima plenitud, y finalmente el sentido de la vista se transforma en emociones más profundas al excitar las neuronas cerebrales. Nos sentimos afortunados porque caminamos sobre las nubes, elevados sobre el vacío impuesto por la incesante erosión en masa que origina recortados espigones, nacientes de estas crestas y que a su vez ocultan vertiginosas barranqueras y fugas según se precipitan en el interior de la caldera. Agujas rocosas y potentes diques, que rayan los paredones basálticos y parecen erráticas sendas a ninguna parte a través de ellos, resisten el desmantelamiento erosivo de esta auténtica convulsión geológica, que paradójicamente al entrarme por los ojos consigue trasmitirme todo lo contrario, paz espiritual y serenidad emocional.

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Siguiendo con este particular sube y baja cresteando el borde de la caldera y llegados al Pico de La Cruz, de 2.351 m.s.n.m., se contempla, mirando atrás, uno de esos grandes y recortados espigones que parece una gran espina dorsal que se curva hacia las entrañas de la depresión.

Un saliente rocoso redondeado permite asomarnos directamente al abismo mientras más de un kilómetro de desnivel más abajo, el Barranco de Las Angustias nos alinea con la desembocadura de este desagüe natural de la depresión, teniendo la sensación de encontrarnos justo en su cabecera. En dirección opuesta al abismo de la caldera, una vieja caseta de telecomunicaciones deja avistar la cabecera y el tramo alto del Barranco del Agua o de Los Tilos.

Desde estas cumbres suspendidas en el abismo, percibo como se vacían y resetean mis pensamientos, para al poco tiempo sentir como la experiencia montañera se rellena de sensaciones inolvidables.

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La cumbre del Roque de Los Muchachos se encuentra cada vez más cerca y cuando las nubes interiores se esfuman la profundidad de este inmenso cráter queda al descubierto, lo que me hace imaginar la magnitud de los procesos erosivos, ya que se piensa que La Palma en su más remota historia geológica también estuvo coronada por una gran montaña central, mientras me pregunto qué será de este paisaje dentro de unos cuantos millones de años.

La cordillera que rodea la Caldera de Taburiente tiene un perímetro aproximado de 20 kilómetros y un díámetro de 8 km., y mediante este sendero que es una bendición para los sentidos, vamos recorriendo su parte más elevada.

Un gran farallón se hunde bajo la cima insular del Roque de Los Muchachos, dejando ver una variedad cromática de almagres, marrones, grises y tonos violáceos que rivalizan con la verticalidad reinante a la hora de cautivar la mirada.

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Seguimos bordeando este anfiteatro perimetral y el siguiente hito importante es la Pared de Roberto, cerca del Mirador de Los Andenes, un prominente y fotogénico dique que rápidamente sucumbe ante el abismo bajo él.

Algunos cedros encaramados en el filo de los cortados o en las paredes muestran un aspecto retorcido, longevo, cadavérico. Parecen vigilantes del tiempo, del silencio y del olvido, sobreviviendo a las puertas del vacío, como si la existencia para ellos fuera algo intrascendente.

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Una última subida nos separa del Roque de Los Muchachos, sobre una gran mole en la crestería, entre los fugaces y verticales barrancos de Cantos de Turugumay y el de Hoyo Verde, los cuales enfilan nuestros sentidos vertiginosamente al interior de la caldera.

Desde la cima insular, 1.500 metros de caída libre sobre el mundo terrenal, o no tanto si hay nubes interiores, cuya horizontalidad contrasta con la verticalidad de los farallones que se desploman desde este auténtico paraíso terrenal. La suavidad del mar de nubes interior invade la intimidad de los paredones, y en un intento de borrar la profundidad reinante, acrecienta la sensación extremadamente salvaje y virgen de este inmenso socavón abierto en buena parte de la paleopalma.

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A lo largo del arco perimetral que forma es recorrido por la ruta de la Crestería destacan las vertiginosas gargantas ocultas y enfiladas hacia el abismo, localizadas entre los espigones que asemejan dientes de sierra que se dirigen al fondo. Desde el Roque de Los Muchachos, de 2.426 m.s.n.m., llego a contar hasta 11 espigones repartidos por todo este escenario geológicamente apocalíptico que percibo como me da fuerzas para seguir caminando, por ejemplo, completando el corto sendero del Espigón del Roque, uno de esos tantos balcones sobre el abismo que sutilmente se separa del borde exterior de la caldera, lo que permite una vez más dejar caer libremente la mirada a ambos lados del sendero hallando las vertiginosas gargantas de Hoyo Verde a la derecha y de Cantos de Turugumay a la izquierda, según avanzamos hacia el extremo del saliente.

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Cada morro que sobresale del anfiteatro que vamos recorriendo tiene un nombre, al igual que cada angosta garganta suspendida en el vacío. Los más destacables son el Roque Palmero, el más cercano, y al otro lado de la cumbre insular, el Pico de La Cruz, seguido de Piedrallana, del Pico de La Nieve y finalmente Punta de Los Roques, elevado en el otro extremos del circo perimetral, cerca de la vaguada de la Degollada del Río, por donde ocasionalmente desbordan las nubes desde la vertiente oriental hacia el interior de la caldera.

A partir del Roque de Los Muchachos el GR 131 pierde altura de manera continuada recorriendo la parte más occidental del borde de la caldera hasta el mirador de El Time, percibiendo en definitiva como en todo momento la magia vertical de un paisaje geológicamente vivo y aparentemente perpetuo se apodera de los pensamientos, sentidos y de la insignificante existencia humana.

 

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

14642392_1268847629847586_7162273135688320893_nEsta corta caminata comienza en Tijarafe, a unos 600 m. de altura, en la zona oeste de La Palma. El Barranco del Jorado se encuentra antes de llegar al pueblo, viniendo desde El Time, y el sendero bien trazado desciende al cauce desde la misma carretera, bajando por la ladera norte del tajo. Luego se sube por la otra vertiente hasta la ermita del Jesús y se desciende próximo al borde sur, divisándose su trazado desde los pinares situados por encima de Tijarafe hasta la desembocadura en la escarpada costa oeste insular, entre tabaibales, higueras, almendros, cultivos de aguacates, plataneras e invernaderos repartidos por ambos bordes del barranco.

 

14720611_1268847469847602_4516360289603637189_nPara descender a la pedregosa Playa del Jorado, después de haber bajado un tramo por el borde del barranco, alternando entre veredas, asfalto y pistas, hay que introducirse en él mediante una senda, aumentando la pendiente del camino hasta alcanzar la desembocadura.

 

Para volver al punto de partida por otro recorrido senderista distinto del de ida se puede subir hacia la cresta norte norte del barranco, siguiendo un sendero en marcado zig-zag y con fuerte inclinación que nos conduce al mismo borde. Luego suaviza la pendiente siguiendo una pista asfaltada que pasa entre invernaderos, cercana al límite norte del tajo, la cual nos devuelve al casco urbano de Tijarafe.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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Una serie de barrancos profundos surcan las empinadas y frondosas laderas, surgiendo cerca del límite de las crestas orientales de la Caldera de Taburiente y desembocando en la costa oriental de La Palma próximos a la capital insular.

En algunos de ellos, como los barrancos de La Madera o el de Juan Mayor, existen senderos que transitan por el fondo hasta un cierto punto o por las lomadas.

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De los 4 tajos mencionados, el de La Madera es el que se localiza más al norte, seguido en sentido sur por el Barranco del Río, el de Los Pájaros y finalmente el de Juan Mayor. Una forma de contemplar los dos últimos barrancos es empezar a caminar en Velhoco, un barrio de Santa Cruz de La Palma. Mediante una pista asfaltada se atraviesa huertos de aguacates, melocotones, naranjeros, viñas y demás frutales, se gana altura hasta llegar a un desvío a la derecha que indica el inicio del sendero, penetrando en el bosque de pinar mixto formado por pinos canarios, brezos, fayas, follaos, acebiños y laureles. El sendero, excavado en el terreno, está poco transitado e invadido por la pinocha adquiriendo una gran inclinación durante gran parte de la subida hasta el borde oriental del Valle del Riachuelo. Vamos ascendiendo entre sendos barrancos, el de Los Pájaros al norte y el de Juan Mayor al sur, denominándose esta divisoria por donde avanza la senda, el Lomo del Corchete

Más arriba, aproximándonos a la cabecera de ambos tajos que vamos siguiendo con la vista, el pinar se va haciendo más ralo y pobre, desprovisto del cortejo florístico de la laurisilva, sustituida por jaras y codesos, debido a que nos encontramos a una altura que supera el nivel medio del persistente mar de nubes que se adhiere a esta vertiente de la isla.

Después de una larga subida la senda se une a la ruta de gran recorrido GR 131 (que recorre toda la crestería de la Caldera de Taburiente y la Ruta de Los Volcanes) en un punto localizado entre el Pico Ovejas y el Pico Corralejo, ya en la arista oriental del Valle del Riachuelo. Esto permite divisar el otro lado de la isla desde lo alto, el Valle de El Paso, las crestas que rodean la Caldera de Taburiente, Cumbre Nueva y Cumbre Vieja.

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Continuando por el GR 131 se sigue por la arista hasta la Degollada del Río, donde surge el profundo y gran barranco homónimo que desemboca en la capital insular, pasando previamente por Punta de Los Roques, superando los 2.000 m.s.n.m., y apreciando el inmenso socavón en el corazón de la isla que supone la caldera con sus vertiginosas fugas, recortados espigones y despiadadas barranqueras y paredes que hacen parecer que todo este mundo basáltico esté a punto de desplomarse bajo su propio peso.

Punta de Los Roques es el primer lugar notable de esta zona de la crestería de la caldera que ofrece espectaculares visiones de este profundo y gigantesco mordisco en la isla, al encontrarse encima de una de las entradas naturales al parque nacional, como es La Cumbrecita, 800 metros más abajo, deteniendo el acelerado aliento del montañero que corona estas cumbres, a la vez que origina exclamaciones y suspiros al contemplar la brutal y desproporcionada geología que se abre en el abismo bajo nuestros pies.

Visiones de puro vértigo, las que más me atraen, sobre desfiladeros que parece imposible perduren millones de años. Espigones afilados como dientes de sierra y duros diques sucumben hacia el interior de la caldera, permitiendo sobrevivir a contados pinos y cedros sobre el filo de la navaja. Vertiginosas gargantas que atrapan mis emociones, sensaciones y pensamientos, volando libres a través del vacío hacia lo más profundo de la depresión. En definitiva, un relieve apoteósico y extremo que estremece los sentidos, originando que el espíritu montañero vague y flote en una especie de nirvana existencial al que nos ha conducido este largo camino desde la zona baja de la isla.

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Desde Punta de Los Roques la senda desciende ligeramente hasta la Degollada del Río, final del periplo senderista, mientras la mirada se enfila a través del profundo tajo hasta la costa, entre extensos pinares y prominentes diques que resisten estoicamente la erosión. En cuanto al Barranco de La Madera, una forma de visitarlo por el cauce es mediante una pista de tierra que al principio asciende por él entre zonas de cultivo y casas dispersas, apareciendo al poco tiempo el pinar canario. Pronto destacan grandes paredones de basalto a ambos lados del, por el momento, relativamente ancho lecho del tajo. En esta ruta se pasan por tres galerías, lo que da idea de la riqueza del acuífero subterráneo en esta zona de la isla bonita. La pista da paso a un sendero al llegar a la primera galería que nos encontramos, mientras continua subiendo tirando levemente hacia la vertiente sur del barranco, y la vegetación se va enriqueciendo con pinos, brezos, fayas, barbusanos, mocanes, acebiños, laureles, paloblancos, follaos, madroños, viñátigos, castañeros, junto al dosel herbáceo y arbustivo acompañante formado por zarzaparrillas, capitanas, nomeolvides, malfuradas, bicácaros, gibalberas, escobones, codesos, jaras, bencomias, tajinastes, bejeques…, toda una explosión de diversidad botánica, mucho más que en el mismo piso bioclimático en el que no exista barranco. El sendero sigue una canalización ascendente de agua rumbo a la siguiente galería. Tras ella, la ruta sigue avanzando y cruza el cauce hacia la vertiente norte, alejándose, igual que antes, lo justo como para sentir un ligero vértigo al intentar encontrar el fondo con la mirada, surco en la corteza terrestre que se muestra cada vez más encajonado, oculto y profundo. Poco más arriba se llega al pie de un gran salto en el lecho del barranco, ya tan vertical que solo permite ver una franja angosta del cielo y fondo tan estrecho que parece que los paredones laterales se van a abrazar a la vuelta del siguiente recodo, lo que me trasmite una sensación de cautivadora captura entre verticales farallones en las que además, algunos osados pinos con sus raíces al aire mantienen un equilibrio tan austero como inverosímil.

En las proximidades de este salto gigantesco en el cauce del tajo se haya la tercera galería, que como las anteriores, presenta un aire de olvido y abandono que no logra borrar la sensación de dureza del trabajo que debe suponer alumbrar agua desde las entrañas del planeta.

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A partir de aquí el camino deja de avanzar cauce arriba, retornando aguas abajo por la vertiente sur del barranco, a una altura mayor que la del sendero de ida, lo que sin duda ofrece mejores vistas del cañón. Para ello hay que atravesar unos túneles por el interior de los cuales discurre el canal que viene de la última galería visitada. Los túneles tienen respiraderos, por los que admirar la belleza de los verticales farallones que se desploman desde una altura más que respetable sobre el cada vez más lejano fondo del tajo. Esto me hace recordar los túneles de los Nacientes de Marcos y Cordero en el Barranco de Los Tilos, aunque aquí falta el agua chorreando formando una cortina de agua a través de algunas ventanas o respiraderos.

Pasado los cortos pero sinuosos túneles, la senda continua llaneando junto al canal hasta llegar a la cresta sur del barranco, mientras el sol juega con el viento y las nubes recreando luces y sombras tan mágicas como efímeras y cambiantes en la salvaje intimidad del surco que vamos recorriendo, trasmitiendo sensaciones irrepetibles y casi permanentes en los recuerdos vitales del senderista.

El descenso al punto de partida, al Santuario de Las Nieves, comienza al llegar a la divisoria compartida con el siguiente tajo vecino por el sur, el Barranco del Río, el cual parece más abierto que el de La Madera.

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Son bastantes barrancos concentrados en poco espacio a esta altura de unos 500 m., todos ellos nacientes de las cumbres orientales de la isla y aproximándose según discurren hacia la costa en la que se localiza Santa Cruz de La Palma. Finalmente la vereda desciende ligeramente por la vertiente norte del Barranco del Río, para luego retornar a la arista divisoria con el Barranco de La Madera y seguir bajando hasta la misma iglesia de Las Nieves.

EL CAMINO REAL DE GALLEGOS

1 octubre, 2016

14440960_1253115228087493_1941659561744422176_nTexto y fotos de Salvador González Escovar.

El Camino Real de Gallegos, o la parte norte del GR 130 que circunvala toda la isla por la costa, transita por la zona más antigua desde el punto de vista geológico de La Palma, entre Garafía, al noroeste, y Barlovento, al noreste.

Al tratarse de un territorio primitivo el norte palmero es tierra de profundos y largos barrancos que agrietan esta vertiente desde las altivas cumbres de más de 2.000 m. hasta la escarpada costa, discurriendo paralelos unos tras otro.

14492406_1253114311420918_6964170480353956249_nNada más salir de Garafía, ya nos encontramos el primer tajo en el camino, el Barranco de La Luz, no tan profundo en esta parte como otros que encontramos más a oriente, pero sí con longevos y ramificados dragos enraizados en las verticales laderas del surco. El drago, mencey vegetal por excelencia, en solitario o formando bosquecillos, sobrevive en cualquier vericueto de estos barrancos, o también junto a viejas, deshabitadas y diseminadas casas que nos vamos encontrando por esta singular y desolada campiña.

El tiempo parece detenido para siempre entre tajos y caseríos perdidos. El paisaje forma en la retina una imagen serena, bucólica y nostálgica, como corresponde a un lugar en el que todo lo que existe nos parece de otra época.

14485090_1253115641420785_5300322675964264828_nA medida que nos acercamos levemente a la costa, la ruta por el norte salvaje y aislado nos conduce a un lugar con nombre, aunque eso sí, muy significativo y que le viene de perlas al silencio y a la soledad que impera en el lugar: El Mudo. Solo hay unas pocas casas olvidadas y tan alejadas entre sí que parece difícil que al poblado se le asigne un nombre. Viejas casonas, otras de nueva construcción, corrales, cabras, terreno aparentemente yermo y dragos solitarios o en pequeños grupos buscando cobijo en barranqueras parecen formar una unidad vital de lo que es el lugar habitado más recóndito de La Palma. Si uno quiere olvidarse del mundo El Mudo es un lugar perfecto para ello.

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Al poco tiempo se abre un nuevo barranco ante nosotros, el de Juan Adalid, también de escasa entidad comparado con otros que veremos después, verde por encima de la senda y seco aguas abajo. La piramidal Montaña Cerradera emerge prácticamente desde el fondo del tajo, sobresaliendo en la costa, próxima a la desembocadura y su posterior desplome en el mar forma el punto de La Palma situado más al norte.

Más adelante aparece otro caserío: Juan Adalid, perceptible desde la distancia debido a los aerogeneradores mientras el recorrido iba alternando entre pistas forestales y senderos que ocasionalmente se interrumpen por toscas cancelas que controlan el paso del ganado, principalmente caprino. El poblado sería uno más de esos perdidos caseríos por el norte palmero si no fuera porque sirve de emplazamiento productivo de energía eólica. El contraste entre las arcaicas viviendas, y justo al lado los aerogeneradores girando sin cesas, salta a la vista.

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El siguiente barranco es el de La Magdalena, en el que un dique en su ladera oriental rompe la verde monotonía del barranco, la cual va despareciendo aguas abajo al contemplar el avance del tajo hacia la costa. Estamos a no más de 300 o 400 m. de altura pero esta brecha en el territorio nos sorprende con una tupida vegetación propia del monteverde, como también enmarañado era el zarzal que casi escondía el camino al atravesar el barranco.

 

14433087_1253114974754185_1779577138885893247_nUna vez atravesado el tajo, el próximo caserío es Don Pedro. Vamos aprendiendo durante el pateo que en el reducido espacio disponible que queda en las lomadas o divisorias, entre barranco y barranco, los lugareños se las han ingeniado para aprovecharlo al máximo, construyendo y agrupando casas que dan nombre a poblados y abancalando el terreno para huertos agrícolas de subsistencia, formando un repetitivo panorama a lo largo de toda la ruta.

14199762_1229673717098311_3962733267572497061_nContinuando con nuestro periplo hacia oriente, justo al otro lado del poblado, el Barranco de Fagundo derrumba la corteza terrestre de manera colosal desde su borde occidental, es uno de esos tajos que cuando te asomas por primera o enésima vez a sus precipicios laterales te hace lanzar una exclamación y dar un paso atrás.

La vegetación reviste sus verticales vertientes poco más arriba, y así hasta su cumbrera cabecera, formando un manto verde que apenas disimula el atormentado discurrir de esta profunda abertura en la faz de La Tierra, impresiones que se repiten en los demás tajos que quedan por atravesar hasta Barlovento.

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El Barranco de Fagundo es uno de los grandes surcos que arrugan el norte insular, penetrando a partir de aquí en la zona más abrupta y salvaje del espacio protegido de Guelguén, la cual guarda la accidentada costa norte palmera así como el tramo medio y bajo de estas hondas depresiones en la corteza terrestre, por lo que en esta reserva tienen cabida tanto el cardonal-tabaibal como restos de bosques termófilos y de laurisilva.

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En su encuentro con el mar, a menudo traicionero, esto tajos forman vertiginosos acantilados, como ocurre en la Costa del Arrogante, un cabo adentrado en el mar junto a la playa que forma la desembocadura del tajo, y de paso otro topónimo apropiado para este despiadado y convulso relieve.

Descendemos por el borde oeste del tajo hacia el cauce por medio de una ladera vertical de roca desnuda por la que el camino empedrado se abre paso, mientras apreciamos como una lomada interna divide el pronunciado surco en dos ramales hasta poco antes de su desembocadura en el océano.

Sorprende la presencia de brezos aislados a tan poca distancia del mar; más extraño todavía resulta es ver algún barbusano en el cauce a escasos 200 metros de la playa, que si bien no es de la especies más exigentes de la laurisilva, sí suele estar ligada a las formaciones boscosas del monteverde. Estos barrancos deben ser bastantes húmedos en el subsuelo. Diría que el norte palmero es la zona del archipiélago canario donde el monteverde se encuentra más cerca de la costa, rondando los 300 m.s.n.m.

Se puede inspeccionar la desembocadura del barranco saliéndonos del camino; aparece algo de oscura arena entre rocas y más rocas, incluso puede uno bañarse aunque las corrientes marinas resultan peligrosas por lo que no hay que adentrarse en el mar.

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De Vuelta al sendero, en un valle todo lo que es bajado después tiene que ser subido, en nuestro caso hacia el límite oriental del Barranco de Fagundo, donde otro poblado parece vigilar todo lo que aquí abajo acontece, El Tablado, al que se llega después de superar un duro cuestalón que nos vuelve a hacer sudar, confluyendo en el asfalto por encima de El Tablado y a una altura tal que permite la espectacular panorámica del barranco cruzado, uno más en esta travesía.

Tras El Tablado, justo encima del farallón rocoso, emplazado entre dos colosales fisuras en la superficie terrestre que acrecientan la sensación de soledad, lejanía y aislamiento del lugar, la tierra vuelve a hundirse en el Barranco de Los Hombres, formando como se ha dicho anteriormente una sucesión de barrancos y crestas donde asoman caseríos, aislados del resto de la isla y uno con respecto a otro debido a estas descomunales arrugas en el territorio.

14470639_1253113591420990_7600416150554383298_nEl Barranco de Los Hombres es igual de profundo y espectacular que el de Fagundo, y al igual que éste se trata de dos tajos en uno con un espigón central no tan prominente como sus vertientes laterales y que sucumbe en el lecho poco antes de la desembocadura. También se observan cuevas repartidas por una de las laderas que forma esta divisoria interior, y que aparentemente han sido utilizadas por el hombre. Su tramo medio es mucho menos profundo, dominada por suaves y verdes lomas en el terreno, contrastando con el encajonamiento y profundidad del tramo costero.

14502762_1253116054754077_6915672339274224541_nDesde El Tablado se divisa Franceses, casi al mismo nivel que nosotros y, para no variar, también en lo alto de la vertiente opuesta del tajo que ahora debemos cruzar en este recorrido rompepiernas al son de esta sucesión interminable de barrancos.

Tajos y caseríos en sus lomadas, o donde el territorio lo permite, parecen formar una simbiosis indivisible, entrañable y repetitiva en el dilatado pateo y la voy a echar de menos cuando consigamos salir de la accidentada y aislada costa norte palmera. Los barrancos imponen su ley al hombre y no al revés y me alegro que así sea.
14224962_1229679003764449_5464421065401965742_nCerca de la desembocadura del Barranco de Los Hombres se encuentra la Fajana de Franceses, con unas pocas casas y huertas de plataneras en una pequeña plataforma costera. Desde el cauce del barranco volvemos a remontar otro demoledor cuestalón que hace que todo el líquido consumido sea transpirado, rumbo a Franceses.

El penúltimo barranco que nos queda por atravesar es el de Franceses, abierto entre Franceses y Gallegos, que al igual que el de Gallegos, el último, entre Gallegos y La Palmita, presentan una mayor profundidad en su tramo medio. Llegamos a avistar las cumbres insulares, a más de 2.000 m. de altura y algunos telescopios del Roque de Los Muchachos señalan la referencia del inicio de la empinada y extensa vertiente norte insular hasta la escarpada costa.

Al final del recorrido hemos atravesado 5 imponentes cañones de oeste a este en todo el norte palmero, y nos llevamos la sensación de que realmente son 5 porque no hay espacio material para más surcos en la corteza terrestre. la zona norte palmera dejará recuerdos tan marcados en nuestra memoria como profundas son las huellas de estos tajos en este territorio salvaje y accidentado. También recordaremos los bosquetes de dragos, como el de La Palmita, agregados a los caseríos y a pequeños huertos.

14517631_1253115894754093_8636472236035770544_nYa cerca del final en Barlovento, el mirador de La Tosca nos sirve para echar un vistazo atrás, como queriendo recordar cada paso dado entre barrancos, identificando cada poblado que hemos dejado atrás en esta dura travesía y apreciando el recortado golfo que traza la costa norte palmera sobre océano.

ROQUE NIQUIOMO

25 septiembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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El Roque Niquiomo es un islote rocoso que destaca en las verdes laderas del Municipio de Mazo, alzado a mitad de camino entre las medianías de la vertiente oriental de la isla y las cumbres de la dorsal volcánica de Cumbre Vieja.

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Desde las afueras del pueblo de Mazo seguimos una ruta en dirección sur hacia el barrio de La Sabina, paralelamente y por encima de la carretera que se dirige a Fuencalinte. Poco más allá de La Sabina comienza el ascenso siguiendo un recorrido que varía entre pistas de tierra, senderos amurados y otras veces estrechos, acercándonos primero a la suave loma de la Montaña Vinijore, a medida que vamos pasando por zonas parceladas de pastos para el ganado vacuno.

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Tras esa primera elevación montañosa aparece el vistoso y elevado Roque Niquiomo, que aunque está rodeado por el monteverde, incluso en la redondeada cima, las paredes que miran a oriente son tan escarpadas que las hace resaltar en el verde entorno.

Más arriba y justo en la base del domo nos sorprende una dehesa donde apaciblemente pacen las vacas, último rellano antes de afrontar la siguiente subida final al pitón, en la cual el camino se empina al subir por su ladera oriental mientras el bosque de laurisilva impide ver nuestro destino cercano.

Un lugar curioso bajo el Niquiomo es una gran sima y cueva en su fondo, un profundo hoyo que parece originarse desde la misma cumbre del Roque Niquiomo, siempre bajo la impenetrable bóveda arbórea que oculta el cielo.

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Al bordear la ladera del roque hacia el norte, el sendero suaviza su pendiente y afrontamos el último repecho al propio Niquiomo desde su lado noreste, mucho más corto que la ladera orientada al este por encontrarse este promontorio en mitad de la fachada oriental de la isla, la que se desliza continuamente desde las cumbres volcánicas de la dorsal de Cumbre Vieja.

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La cumbre del Roque Niquiomo es una atalaya relativamente plana que permite amplias, vistosas y estratégicas panorámicas de toda esta porción insular, desde los volcanes que se reparten por la crestería de la Cumbre Vieja hasta la costa y todo el verde Valle de Las Breñas, el cual se despliega desde la tupida dorsal o hilera de Cumbre Nueva, asomando detrás de ella algunos picos que encierran la Caldera de Taburiente, y por donde el pinar empieza a ganar enteros sobre el monteverde debido a la mayor altura de esas cumbres.