PALO BLANCO I

3 agosto, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El Palo blanco (Picconia excelsa) es un árbol de corteza blanquecina de hasta 10 metros de altura

Tiene las hojas opuestas, simples, enteras, obovadas o lanceoladas, glabras y coriáceas, bordes revolutos y de color verde oscuro.

Flores hermafroditas de color blanco pálido, pequeñas y agrupadas en racimos terminales.

El fruto es una drupa ovoide negra en la madurez de hasta 2 cm. de longitud.

Este árbol es un endemismo macaronésico que normalmente forma parte de los bosques de laurisilva, localmente dominante en las zonas inferiores del monteverde, apareciendo también en el fayal-brezal y en el pinar mixto. Pertenece a la familia de las Oleáceas, su reproducción resulta sencilla y en Canarias se distribuye por todas las islas a excepción de Lanzarote.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El Jocamo es un arbusto muy ramificado de hasta 2 metros de alto, con los tallos cuadragulados, hojas de forma lanceolada a ovada, muy vellosas por el envés, con los bordes crenados, serrados o subenteros.

 

Flores axilares dispuestas en racimos de 1 a 4 flores, corola bilabiada de color rosado a rojo, con el labio superior muy corto y bífido, y el inferior casi entero o trilobulado. Estambres largos, sobresaliendo de la corola.

 

Forma parte de las comunidades termófilas de las islas centrales y occidentales, especialmente en las vertientes oeste y suroeste de las mismas.

 

Endemismo canario-maderense: en Madeira se encuentra la subspecie típica (Teucrium heterophyllum subsp. heterophyllum), mientras que en Canarias existen dos subespecies (T. heterophyllum subsp. hierrense, en El Hierro y T. heterophyllum subsp. brevipilosum en Gran Canaria, Tenerife, La Gomera y La Palma).

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El almácigo (Pistacia atlantica) es un árbol perteneciente a la familia de las anacardiáceas que también se encuentra presente en África y Europa meridional.

El tronco es robusto, con la corteza rugosa de color gris oscuro que se cuartea con los años, pudiendo alcanzar hasta los 15 metros de altura.

Los ejemplares adultos presentan una copa amplia, muy ramificada, tupida y de forma semiesférica característica.

Las hojas son compuestas imparipinnanadas (número impar de foliolos, lo que lo diferencia del otro pariente existente en Canarias, el lentisco), de color verde tierno cuando son jóvenes, oscureciéndose y curvándose al envejecer. Los foliolos tienen borde entero, con 4 o 5 pares de foliolos, y uno terminal en la punta, por cada hoja, hoja que puede alcanzar una longitud de unos 12 cm. en conjunto. Es un árbol caducifolio, y junto al sauce canario son los únicos árboles, no introducidos por el hombre en las islas, que pierden las hojas en otoño.

Flores dioicas. Las flores masculinas dispuestas en racimos colgantes en las ramas, numerosas, y de color crema-rojizo. Las femeninas formando racimos axilares densos.

Los árboles femeninos dan frutos duros, rojos en la madurez, de forma ligeramente apepinada, de entre 4 y 6 mm. de tamaño, y cada uno de ellos contiene una semilla, que suele germinar fácilmente ayudada por la acción dispersora de las aves.

El almácigo forma parte de los bosques termófilos de las islas, principalmente entre los 300 y 600 metros de altura sobre el nivel del mar, más habitual en las vertientes norte, noreste y noroeste. Mucho más esporádica en las fachadas orientadas al sur de las islas, donde se refugia en laderas de barrancos y riscos inaccesibles.

Se distribuye por Fuerteventura, Gran Canaria, Tenerife, La Gomera y La Palma.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El saúco (Sambucus nigra ssp. palmensis) es un endemismo canario perteneciente a la familia de las caprifoliáceas. Es un arbusto o árbol pequeño y caducifolio, de hasta 5 metros de altura y de follaje denso. Tiene troncos y ramas débiles que se arquean con facilidad. La corteza es pardo-grisácea y algo agrietada.

 

Las hojas son compuestas, imparipinnadas (número impar de foliolos), con 3 o 4 pares de foliolos laterales y un foliolo terminal más grande. Los bordes de los foliolos son dentados o aserrados. El envés es velloso. En conjunto, la hoja puede medir más de 25 cm. de largo, mientras cada hojuela tiene entre 5 y 7 cm. de largo.

 

Inflorescencias umbeliformes de unos 10 cm. de diámetro, blancas, olorosas, aplanadas o abombadas, racemosas, muy conspicuas, recordando a las flores del follao, y cada flor que forma parte de la inflorescencia es pequeña.

 

Los frutos son pequeños, subglobosos, de unos 6 mm. de diámetro, poco vistosos, de color negro-parduzco en la madurez.

 

El saúco es una especie extremadamente rara. Se estima que una veintena de ejemplares en estado silvestre se reparten por tres islas y con escasas evidencias de propagación natural. Su emplazamiento natural es muy local y relegado a los sectores más húmedos, umbríos y selectos de la laurisilva, que junto a su escasa capacidad de reproducción sexual hace que se encuentre en peligro de extinción en las cuatro islas donde habita, Gran Canaria, La Palma, Tenerife y La Gomera.

 

Su dispersión es aparentemente ornitócora y progresa por acodos naturales; en viveros ha sido propagado por estacas ya que su reproducción sexual es muy limitada pues dispone de una proporción muy limitada de semillas fértiles.

 

El saúco tiene interés medicinal como curativo de eczemas, mientras su porte y floración le confieren interés para jardinería de zonas húmedas.

 

FAYA (MORRELLA FAYA)

26 mayo, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La faya o haya (Morrella faya) es un endemismo macaronésico que además habita en algunas zonas del oeste de la Península Ibérica.

Este árbol pequeño puede alcanzar los 10 metros de altura. Pertenece a la familia de las miricáceas. El tronco es retorcido y presenta la corteza rugosa, de color parduzco.

Tiene una ramificación densa y follaje de tonos oscuros. Las hojas están dispuestas de manera alterna, de forma oblanceolada, de entre 4 y 12 cm. de largo, base cuneiforme (forma de cuña), bordes algo revolutos, ondulados y aserrados irregularmente, y de color verde mate y coriáceas (correoso) al tacto.

Flores dioicas, floración abundante en amentos ramificados y alargados, las masculinas de color amarillento. Las flores femeninas son menos visibles al estar escondidas bajo las hojas, agrupándose de forma menos apretada que las masculinas.

Frutos globosos en forma de drupa, de color rojizo a negro al madurar, conocidos como “creces”, con una superficie carnosa, áspera y cerosa. Estos frutos de algo más de 5 mm. de diámetro son comestibles.

 

Es una especie muy abundante en el monteverde o laurisilva, desde los 500 hasta los 1.600 m.s.n.m., alcanzando su climax en el fayal-brezal, junto al brezo, formando masas forestales monótonas, también en los bosques de laurisilva degradados, y menos frecuente en el pinar mixto y barrancos húmedos fuera de hábitat potencial.

Se distribuye por todas las islas canarias, siendo muy rara en Fuerteventura y Lanzarote.

Un pariente de la faya es la faya herreña (Myrica rivas-martinezii), arbolillo muy raro, considerado como el árbol más raro de Canarias, que se diferencia de la faya común en que tiene las hojas espatuladas y los bordes menos aserrados que su pariente próximo.

 

Se conocen poblaciones residuales en La Palma, La Gomera y El Hierro, habitando entre los 400 y 800 m.s.n.m.

 

También es un árbol dioico (ejemplares masculinos y femeninos por separado), de hasta 8 metros de alto, muy ramificado, con las últimas ramificaciones dispuestas a modo de umbela, con hojas pequeñas y espatuladas, aunque las hojas jóvenes son de forma aovada.

La población más abundante de las tres conocidas se encuentra en El Hierro, correspondiendo a formaciones climácicas de fayal-brezal en estado óptimo, en situación de contacto con pinares potenciales dentro del Parque Rural de Frontera.

Los escasos ejemplares de La Gomera y La Palma, se localizan, respectivamente, en la zona de preparque del Parque Nacional de Garajonay, y dentro del Parque Natural de Las Nieves.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Hierba perenne, leñosa y muy ramificada desde la base, de hasta 1.5 m. de alto.

Hojas opuestas, pubescentes, de forma oblongo-lanceolada, obtusas y los bordes toscamente dentados.

Inflorescencias erectas, frecuentemente ramificadas por la base, de color azul-morado, a veces blanca, con el lóbulo medio del labio inferior más largo que los laterales.

Habita en la zona subalpina de Las Cañadas del Teide, entre los 2.000 y 2.500 m.s.n.m., y también en las Cumbres de la Caldera de Taburiente.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Este recorrido senderista comienza en el fondo del Barranco de Las Angustias, el desagüe natural de la Caldera de Taburiente. Al principio, más que un barranco parece un valle, debido a la distancia existente entre sus empinadas vertientes laterales que permiten ver al fondo una parte de las altas crestas insulares.

Por aquí se divisan fincas de aguacates, puentes, tubos y un pozo de agua abandonado, signos de un uso intensivo humano con el denominador común del agua protagonista a lo largo de este barranco y de toda la caldera.

Precisamente poco después de empezar a subir por el cauce del valle aparece el agua corriendo libremente, aún en poca cantidad, líquido elemento sobrante que no es aprovechado para los cultivos del Valle de Aridane y que acaba infiltrándose en el pedregoso cauce repleto de cantos rodados.

Por este tramo pueden verse granadillos, sabinas, guaydiles, vinagreras, verodes, tabaibas, cardones, mato riscos, bejeques rojos (Aeonium nobile), un endemismo palmero de gruesas hojas anaranjadas y vistosas flores rojizas entre los meses de mayo y julio… mientras la alpispa con su reclamo alegre entretiene nuestra marcha y su cola larga y su pecho amarillo hacen inconfundible a este pájaro de los arroyos.

En el cauce se observan multitud de diques, cada uno fruto de una erupción, que nos dan idea de la intensa actividad volcánica de la zona en el pasado. Entre los diques hay fragmentos blanquecinos de rocas similares a los granitos, que se supone han sido fragmentadas y separadas por las continuas erupciones.

También existen rocas de color verdoso de origen submarino, como las lavas almohadilladas, recordando a un enorme panal de abejas con celdas redondeadas, formadas por el avance de una colada de lava bajo el mar y al contacto con el agua se irían enfriando y alterándose su composición química; otras formaciones verdes distintas son los aglomerados o conglomerados tipo brechas, que proceden de los bordes de las chimeneas volcánicas, en las cuales el magma, al romper las paredes por las que sube, arrastra fragmentos de roca que no llegan a fundirse y sirve de cemento al resto de rocas desplazadas cuando salen al exterior.

A medida que vamos ascendiendo, las paredes del tajo, que van perfilando los límites de la gran depresión calderiforme en la que nos adentraremos, van aumentando de altura: a un lado se alza el Pico Bejenado, cuya cima no puede verse desde las entrañas del cañón; al otro, tampoco se ven pero sabemos que están ahí arriba, rozando o superando los 2.000 m. de altura, los altivos hitos de Hoya Grande, Somada Alta y el Roque Palmero, formando parte del grandioso cresterío que culmina en la cumbre insular del Roque de Los Muchachos (2.426 m.s.n.m.)

Al llegar a Dos Aguas, nace el Barranco de Las Angustias, formado por la confluencia de los barrancos de Taburiente (el más caudaloso) y el del Almendro Amargo, cuyos cauces divergen aguas arriba. Allí existe un tomadero de agua y el inicio de un canal capaz de transportar 2.5 m3/sg por lo que gran parte del agua es canalizada, utilizada y regulada, desde tiempos históricos, por el Heredamiento de las Haciendas de Argual y Tazacorte.

En Dos Aguas hay que atravesar el barranco para seguir el itinerario que discurre próximo al cauce, cruzándolo de vez en cuando para sortear pequeños saltos en el cauce. A partir de ahora el agua, libre, pura y cristalina se despeña por doquier en multitud de cascadas y riachuelos, cincelando incansablemente el sustrato basáltico, creando y recreando un laberinto de barrancos y manteniendo vivo el paisaje en una suerte de eterna juventud.

Lo que actualmente es o que es, un descomunal anfiteatro de unos 8 km. de diámetro con desniveles cercanos a los 2.000 metros, hace millones de años era una montaña de 3.000 o 4.000 m. de altitud; desmantelamiento es la palabra clave en esta caldera de erosión, originada por desplome y desplazamiento de materiales desde la cabecera de los numerosos barrancos interiores, los cuales se despliegan y abren en abanico aguas arriba.

Poco más arriba, siguiendo el Barranco del Almendro Amargo, entramos en el parque nacional de La Caldera de Taburiente, punto en el que nos encontramos otra división de cauces, bajo la esbelta silueta del Roque Idafe: el Barranco del Almendro Amargo diverge del de Rivanceras (o del Limonero), el cual porta un modesto caudal de aguas ferruginosas, lo que confiere un matiz naranja a las rocas que baña y en la pared de la famosa Cascada de Colores, en el cauce del Barranco de Rivanceras y localizada a poca distancia del cruce de barrancos anterior. Subiendo por el cauce de Rivanceras, a unos 10 minutos, se encuentra dicha cascada, un pequeño salto de apariencia artificial que debe su nombre al musgo que tapiza el muro y a los tintes naranjas de las aguas ferruginosas.

Mientras afrontamos la dura cuesta de El Reventón, elevándonos sobre el cauce del Barranco del Almendro Amargo, a nuestra derecha vamos poniéndonos al nivel altitudinal del Roque Idafe, pintoresco roque que muestra la fuerte erosión que ha tenido lugar en los materiales circundantes. Este pitón era todo un símbolo para los Benahoritas, los pobladores precoloniales de la isla, los cuales, entre otros actos ceremoniales y religiosos, le ofrecían en su base las asaduras de los animales que consumían para que la gran roca no se desplomara sobre ellos. Tanausú, el Mencey de Aceró, tenía por aquí su morada y defendió valientemente su menceyato ante los conquistadores castellanos.

El aspecto del Roque Idafe va variando según subimos por El Reventón, desde un imponente monolito cuando estamos a sus pies hasta parecer un dedo alzado que sobresale de la lomada del Barranco del Almendro Amargo, mientras al fondo vamos apreciando la poderosa y vertical vertiente que se desploma desde la cumbre del Pico Bejenado (1.854 m.s.n.m.) hasta el fondo de la caldera.

Jaras y escobones forman el cortejo botánico que acompaña al omnipresente pinar canario.

Con numerosos manantiales, el caudal de la Caldera de Taburiente es considerable, aunque en épocas recientes se supone que ha ido descendiendo desde la década de los años 70 del siglo pasado; algunas estimaciones dan una cifra de 300 l/sg después de períodos lluviosos, aunque en término medio apenas supera los 100 l/sg.

Después de superar la cuesta de El Reventón aparece ante nosotros el Barranco de Taburiente portando un considerable caudal de agua despeñándose en cascadas a través de los saltos del angosto y profundo tajo, aunque no tan hondo como el del Almendro Amargo que dejamos atrás.

Barranco arriba se observa una gran mancha de color verde intenso entre el pinar circundante. Es una zona de nacientes conocida como Verduras del Mato, donde la vegetación ocupa casi el 100% del suelo y la diversidad botánica es mayor que en lugares próximos

Una parte del agua que vemos correr libremente por el Barranco de Taburiente proviene de los nacientes del Barranco de las Verduras de Alfonso, situado en la cabecera de este mismo tajo, bajo los imponentes murallones que bordean el parque nacional. A esos nacientes pensamos llegar en esta ruta.

La zona de acampada de la caldera se encuentra ya cerca, sobre el gran pedregal que yace en el fondo, producto del arrastre de cantos rodados arrastrados por las escorrentías hacia esta zona, que diría que es la única llanura existente dentro del parque. De ahí el nombre simbólico de la Playa de Taburiente que tiene el enclave. El subsuelo impermeable deja suficientes huecos para que el agua se filtre en la confluencia entre los barrancos de Cantos de Turugumay y el de Verduras de Alfonso, apareciendo después junto a la sauceda donde los depósitos son más finos.

Antes de llegar a esa zona pasamos por el Llano del Capadero, terreno cultivado hasta épocas recientes. Ahora son los tagasastes, tajinastes y alguna vieja higuera los que se han adueñado del lugar.

Finalmente el camino desciende a la Playa de Taburiente, entre el centro de servicios del parque nacional y el Roque de la Brevera Macha, como muchos otros invadidos de multitud de bejeques, sobre todo de la especie Aeonium palmense, el cual muestra su máximo apogeo en otoño e invierno cuando el agua hincha sus hojas carnosas.

Alrededor del arroyo permanente que serpentea por la Playa de Taburiente, un bosquete de sauces canarios, árbol con elevados requerimientos hídricos, encuentra un oasis vital, mientras una vez más la mirada permanece cautiva bajo el dominio de los estilizados roques, como el Roque del Huso y el Roque Salvaje, y como telón de fondo, las verticales paredes que delimitan el anfiteatro de las caldera por su sector norte.

El Roque del Huso aflora poco más arriba como un espigado montículo, adornado con viejos pinos canarios en lo más alto, lo que hace pensar una vez más que para este árbol no hay territorio prohibido por muy quebrado y escarpado que éste sea.

Remontando el inmenso pedregal de la Playa de Taburiente aparece hacia la izquierda el Barranco de los cantos de Turugumay, encajonado tajo que se derrumba desde las proximidades del Roque de Los Muchachos y seguimos avanzando hasta encontrarnos con el repecho del Lomo de La Juraga, elevándonos sobre el cauce del angosto y profundo Barranco de Las Verduras de Alfonso, que como todos demás tajos que confluyen en el de Taburiente y en el del Almendro Amargo surgen de los verticales farallones, espigones, fugas y gargantas que confinan el paisaje interior de la caldera, relieve vertical que se alza hasta atrapar las nubes, brumas que a su vez esconden las altivas cimas sobre un velo de intimidad y misterio, como si el manto nuboso separara este mundo terrenal de las deidades basálticas que coronan la isla.

El sonido del agua fluyendo barranco abajo nos sigue acompañando y nos recuerda que los nacientes de las Verduras de Alfonso cada vez están más cerca, a la vez que el sendero sube entre robustos pinos y terrenos algo inestables.

En el entorno de los nacientes resaltan rocas descarnadas próximas a pequeños pinares que forman manchas verdes vistas desde la distancia y en medio de la verticalidad imperante, colgados en el risco y por encima del nivel habitual del pinar; uno de ellos es el Pinar de Mantigua.

Por fin llegamos a las Verduras de Alfonso, en la cabecera del barranco homónimo, después de una dilatada subida desde el fondo del Barranco de Las Angustias, lugar donde además de unos nacientes naturales de imposible acceso, se halla una de las galerías de mayor caudal del parque nacional, con unos máximos que rondan los 50 litros/sg. Sorprende la cantidad de agua que mana de un entorno más bien árido como es el pinar.

Se puede seguir subiendo, remontando mediante revueltas lo que nos queda del Lomo de La Juraga, una de las laderas del Barranco de las Verduras, con el fin de contemplar el paisaje interior de la caldera desde lo más alto posible en esta ruta, alcanzando la arista del lomo y a su vez la divisoria con el siguiente barranco, el Barranco de Los Guanches. En realidad la senda continúa hasta La Cumbrecita, transitando cercano a la base de los imponentes murallones que se alzan hasta las cumbres de la caldera, subiendo otras laderas como Lomo Cumplido y Lomo del Escuchadero que dividen otras tantas vertiginosas barranqueras como los barrancos de Altaguna y de La Piedra Majorera. Debido a lo peligroso y aéreo del tramo (recuerdo que existen cadenas para agarrarse en pasos estrechos, literalmente colgados del abismo) y a derrumbamientos el resto de la vereda hasta La Cumbrecita se encuentra actualmente clausurada.

Desde lo más alto de la ruta la mirada se recrea en el impresionante paisaje y hace olvidar la dureza del pateo. Los barrancos nombrados anteriormente trazan sombreadas hendiduras en el inmenso pinar hasta confluir en el embudo del Barranco de Las Angustias. Sobre nuestras cabezas las nubes juegan a ocultarse entre los farallones, gargantas, fugas, roques y diques de caprichosas formas, originando un mundo vertical de indómitos paredones que majestuosamente se elevan por encima de los 2.000 m. y que parecen confinar no solo las nubes y el aire que respiramos, sino también nuestros pensamientos y emociones. Fue el momento clímax de la jornada, no solo por la altura alcanzada dentro de este descomunal mordisco en el corazón de la isla, sino también por lo que este paisaje logra trasmitir a través de la persistencia y paciencia de la naturaleza para crear arte. Ante nosotros una geología salvaje, brutal, descarnada, desgarrada y convulsa que consigue colmarnos con todo lo contrario: serenidad y paz interior y espiritual.

La naturaleza como espontaneidad gratuita y gratificante, como maestra de sensibilidades, regalo para los sentidos, terapia del alma y expansión del horizonte vital del montañero que se afana por divisarla y disfrutarla desde variados ángulos.

El sendero sigue su trazado en pos de El Escuchadero y La Cumbrecita, topónimos que distingo con la mirada, casi a nuestra altura pero aún distantes, aunque aquí nos sentimos felices con el panorama contemplado.

 

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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Al tratarse de un territorio primitivo desde el punto de vista geológico, el norte palmero es tierra de profundos y largos barrancos que forman una sucesión de cañones y agrietan esta vertiente desde las altivas cumbres insulares de más de 2.000 m. hasta la acantilada costa discurriendo paralelos y sin tregua uno tras otro.

De esta manera y siguiendo un recorrido de oeste a este por el norte de la isla bonita tenemos los barrancos de La Luz, nada más salir de Santo Domingo de Garafía, seguido por el de Juan Adalid, el de La Magdalena, los cuales son de escasa entidad vertical con respecto a los que encontramos más a oriente.

Los verdaderamente impresionantes son los barrancos de Fagundo, de los Hombres, de Franceses y el de Gallegos, que presentan su aspecto más impresionante y profundo en sus respectivos tramos bajos y medios al poder contemplar sus verticales farallones laterales con menos vegetación.

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En el reducido espacio disponible que queda en las lomadas o divisorias, entre barranco y barranco, los lugareños se las han ingeniado para aprovecharlo al máximo, construyendo y agrupando casas que dan nombre a poblados perdidos y aislados como Don Pedro, El Tablado y Franceses, y abancalando el terreno para huertos agrícolas de subsistencia, formando un repetitivo, ancestral y bucólico panorama; una simbiosis entrañable entre hombre y territorio, sin más elementos extraños y artificiales que domestiquen estos tajos.

Como barrancos de largo recorrido que son, albergan una riqueza botánica y faunística que comprende desde el cardonal-tabaibal en la costa hasta el de alta montaña en sus cabeceras, pasando por bosquetes termófilos de longevos dragos, frondosa laurisilva y pinar canario.

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En estos espectaculares barrancos de la Reserva Natural Especial de Guelguén (que protege el tramo medio y bajo de los mismos) se refugia una muestra excelente de la laurisilva palmera, y en sus acantilados costeros se localiza posiblemente el mejor ejemplo de hábitat rupícola de la isla. En ambos pisos bioclimáticos se puede encontrar un amplio elenco de componentes endémicos de la flora, con muchas especies protegidas y unas pocas amenazadas. La entomofauna es considerablemente rica y diversa, y entre la avifauna sobresalen varias especies amenazadas que tienen en este lugar una zona de nidificación de vital importancia para su pervivencia. En conjunto, la reserva alberga un interés natural y paisajístico sobresaliente representativo de la típica orografía accidentada del norte de La Palma. Además desempeña un papel importante en la protección de los suelos y recarga del acuífero.

CUMBRE VIEJA (LA PALMA)

28 enero, 2017

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Texto de Salvador González Escovar.

15697576_1359493277449687_8210759309260522770_nAdemás de la famosa Ruta de Los Volcanes existen otros pateos por la Dorsal montañosa de Cumbre Vieja, tanto por su vertiente oriental como por la occidental.

Uno de ellos (PR LP 16) es el que comienza en Mazo, pueblo de las medianías de la fachada oriental de ese macizo volcánico.

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Ascendemos en primer lugar por asfalto y pistas de tierra, pasando por el lado sur de la Montaña de Las Toscas, entre zonas de pastos para el ganado vacuno y de cultivo como vides y manzanos, aprovechando la escasa pendiente del terreno que existe antes de entrar en el bosque existente a mayor altura.

Al seguir subiendo aumenta el desnivel cuando nos aproximamos al destacable y redondeado Roque Niquiomo, vistoso promontorio que parece un islote rocoso ya en medio del bosque, formado por monteverde de fayal-brezal, laureles, acebiños y follaos.

La primera sorpresa la encontramos al pie del citado peñón, en forma de una profunda, oscura, ancha e imponente sima, con una gran cueva en el fondo, que se hunde bajo el ramaje y lianas del bosque.

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Seguimos subiendo y aunque estamos en las inmediaciones del Niquiomo, no lo conseguimos ver de cerca, permaneciendo oculto detrás de la frondosa arboleda. Más arriba el sendero da paso a una pista de tierra y pasamos por el Llano de Las Moscas, donde hay una construcción que asemeja un campamento; ahora la pendiente suaviza y el bosque se abre, apareciendo también codesos, escobones, jaras, rosalitos, poleos y los primeros pinos, bosque que nos acompaña a partir de aquí hasta coronar las cimas de Cumbre Vieja.

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La larga pista de tierra nos conduce hasta la base del Roque Nambroque (1.921 m.s.n.m.), una de las cimas más elevadas de este campo volcánico y ligeramente desplazado a oriente de la crestería de Cumbre Vieja. Finalmente un sendero (SL VM 125) pasa bajo la pared oriental del roque, vertical y gris fachada que resalta en el entorno volcánico que caracteriza las cimas de esta alargada dorsal volcánica que se eleva entre el centro y el sur de la isla. Ese sendero se dirige hacia el norte y comunica poco después con la Ruta de Los Volcanes tras atravesar una piconera marrón a un nivel prácticamente constante.

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Otro sendero (PR LP 15) comienza más al sur, en Tigalate, a unos 700 m. de altura sobre el nivel del mar y también en la vertiente oriental de Cumbre Vieja. En este caso se atraviesa la dorsal volcánica de este a oeste, haciendo cumbre en el Collado de Las Deseadas y bajando por la fachada occidental de la isla hasta llegar a Jedey.

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El camino se muestra al principio bastante ancho y delimitado por muros de piedra, lo que hace recordar a un camino real utilizado antiguamente en la trashumancia del ganado. Al comienzo de la subida el pinar se acompaña de algún que otro brezo y helecho, lo que denota que, a pesar de encontrarnos bastante al sur, existe cierta influencia del húmedo alisio por estar en la vertiente oriental de la isla, que es barrida frecuentemente por el mar de nubes.

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Después de una desviación a la izquierda y continuando entre muros de piedra, dicho sendero muere en una pista de tierra que también viene de Tigalate y que ya no abandonamos hasta alcanzar el punto más elevado de la travesía. La pista es bastante larga, lo bueno de esto es que la pendiente es más suave, en comparación con la inclinación del primer tramo a través del camino real.

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En algún recodo de la citada pista se abre una una ventana a través del pinar canario, ofreciéndonos vistas de parte de la vertiente subida y de la cada vez más lejana costa, mientras que mirando hacia las cumbres se adivinan las laderas, bastante desnudas de vegetación y de diversos matices cromáticos, de los conos volcánicos a los que paulatinamente nos aproximamos.

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Antes de llegar al Collado de Las Deseadas, en la divisoria de ambas vertientes oriental y occidental de Cumbre Vieja, el mundo volcánico que ya tenemos cerca nos da la definitiva bienvenida con el Malpaís de La Malforada, un río de lava petrificada y marrón oscuro que constituye un paréntesis en el verde del pinar, colada originada por la erupción del cercano Volcán Duraznero en el año 1949 y esparcida por esta ladera oriental en dirección al litoral.

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Tras el último repecho en la pista estamos en el Llano de Las Brujas, una planicie de picón, apenas unos metros por debajo del Collado de Las Deseadas, localizado al pie de la base sur del Volcán de La Deseada, la montaña más elevada de Cumbre Vieja con 1.949 m.s.n.m. En el collado homónimo enlazamos con la Ruta de Los Volcanes (una parte del GR 131), la senda que atraviesa longitudinalmente la Dorsal de Cumbre Vieja.

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Antes de descender por el lado oeste de Cumbre Vieja merece la pena subir al cercano Volcán de La Deseada para contemplar desde el punto más alto de esta hilera volcánico el inmenso panorama que se despliega en todas direcciones: extensos pinares invaden ambas inclinadas vertientes insulares que colapsan en el lejano océano, y donde no hay pinares es porque el lunático y oscuro terreno volcánico dominado por siniestros malpaíses, desoladas piconeras y desfigurados conos volcánicos los borró del mapa.

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Alargando la mirada hacia el norte, el anfiteatro de la Caldera de Taburiente dibuja un incomparable telón de fondo del más cercano campo volcánico en el que sobresalen algunos puntos elevados como los volcanes del Birigoyo, Nambroque, Hoyo Negro y Duraznero.

Hacia el sur la hilera volcánica pierde altura detrás del Pico del Cabrito y del oscuro Volcán del Charco, cuya erupción del año 1712 formó una extensa piconera esparcida por la vertiente occidental de Cumbre Vieja.

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Comparado con el aspecto siniestro y ennegrecido que presentan la mayoría de los volcanes citados anteriormente, el Volcán de La Deseada, de tonalidad más pálida, asemeja un cono plácidamente adormecido, y cuyo perímetro puede ser fácilmente recorrido, ofreciendo de esta manera apoteósicos y extasiantes panoramas 360º a la redonda alrededor del cráter, visiones que no se cambian por nada en la experiencia montañera por muy dilatada que ésta sea.

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Retornamos al sendero PR LP 15 que cruza Cumbre Vieja de lado a lado. El Volcán del Charco se encuentra asentado ligeramente sobre la fachada occidental de esta hilera volcánica, pasando el sendero próximo a él. Sobre sus lisas y oscuras laderas de picón apenas se aventuran unos pocos pinos solitarios, mudos testigos de la gran porción del pinar sepultada por la colada de lava que se extendió ladera abajo y creando un paisaje genuinamente desolado y lunático. Mirando hacia el interior del cráter se adivina el tormento que debió suponer para la corteza terrestre la erupción del Volcán del Charco hace unos 300 años.

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Desde el Collado de Las Deseadas, como se ha indicado, desciende la senda hacia la vertiente oeste; al poco tiempo desemboca en otra pista de tierra que continua bajando describiendo alargados zig-zags sobre el terreno, que hacen disminuir la pendiente del recorrido y que ya ha sido invadido por la inmensidad del pinar. El bosque apenas permite dejar escapar la mirada más allá de él, teniendo únicamente en los recodos del trayecto esporádicas panorámicas de la vertiente oeste de Cumbre Vieja, donde agrestes coladas de lava petrificadas y malpaíses entrecortan el extenso pinar, mientras nos alejamos paulatinamente de las cimas volcánicas que hemos cruzado y que parecen ajenas a la vida vegetal porque el bosque no las consigue colonizar.

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La pista recorrida se une con la pista general que une Fuencaliente con El Paso, siguiendo un pequeño tramo por ella en dirección norte, para luego abandonarla y seguir bajando, atravesando una pequeña colada lávica que nos conduce a otra pista que llanea hacia el norte, tramo en el que el pinar convive con cultivos de vides, manzanos, higueras, almendros y castaños en estado semisalvaje.

Más adelante el cartel indicativo nos desvía por un camino que desciende atravesando algunos barranquillos, avistando al poco tiempo el vistoso Volcán Tajuya, hacia el norte, para al final de la larga bajada, tenerlo sobre nuestras cabezas.

Enormes bloques de basalto destacan en su cima y parecen mantener un inestable equilibrio sobre el borde exterior del cráter, coronando la ladera de lapilli que tenemos encima.

El final del sendero se une a una pista asfaltada que nos termina de bajar, paralelamente y junto a otro malpaís, hasta la localidad de Jedey, a unos 700 m. de altitud.

 

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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El volcán de La Deseada es el punto más elevado de la Dorsal de Cumbre Vieja, con una altura de 1.949 m.s.n.m. Esta alargada hilera volcánica constituye la espina dorsal que divide ambas vertientes de la zona meridional de la isla, entre el refugio de El Pilar y el faro de Fuencaliente.

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El pateo empieza en la zona recreativa y de acampada de El Pilar, comenzando a subir por la ladera norte del Pico Birigoyo, entre la frondosidad del pinar mixto (acompañado de escobones, jaras, codesos, brezos, fayas, laureles y follaos), arboleda tupida que disimula el matiz volcánico del terreno en el que nos encontramos. Al ganar altura el pinar se va haciendo más seco y abierto, mientras la vista se va poniendo a tono con las panorámicas que dejan escapar los pinos hacia las cumbres de la Caldera de Taburiente y también hacia la parte alta del Valle de El Paso, en la zona occidental insular.

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Poco más arriba, llega un momento en que el pinar se abre completamente, quedando por debajo del sendero seguido (GR 131), el cual ahora llanea y baja ligeramente, bajo la oscura, empinada y desolada cara norte del Pico Birigoyo, que es una extensa piconera lunática que se eleva hasta este primer volcán importante, de algo más de 1.800 m. de altura, de la Ruta de Los Volcanes.

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Antes de abandonar esta ladera del volcán, nos recreamos con el espectacular panorama hacia Cumbre Nueva, que por su altura modesta que no llega a los 1.500 m., parece un puente de unión entre la Cumbre Vieja y la arista del Valle del Riachuelo, la que culmina en el saliente de Punta de Los Roques, y a partir de él seguimos recorriendo con la mirada las cumbres que bordean el circo de las cumbres de la Caldera de Taburiente, situadas detrás del primer eslabón montañoso del Pico Bejenado, limitando por el sur dicha depresión.

Después de una leve bajada contorneando el Birigoyo, el camino se ensancha, retorna la cuesta arriba y volvemos al dominio del pinar canario que oculta la mirada, pero no por mucho tiempo.

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Poco después de pasar un puente de madera, las retinas vuelven a estar de enhorabuena, no solo se dominan visualmente la vertiente oeste de la isla, y hacia el norte el anfiteatro perimetral de la caldera, sino también se va adivinando la caída de esta sucesión volcánica hacia oriente, a la vez que las sensaciones pasan tan rápido como las nubes que remontan la hilera de Cumbre Nueva cientos de metros por debajo de nuestra privilegiada situación.

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El paisaje se torna definitivamente lunático; escorias, cenizas volcánicas, cráteres y desolados montículos de picón se reparten a lo largo de la cresta por la que transita el polvoriento sendero. Los pinares que hasta mediados del siglo pasado poblaban estas cumbres pasaron a mejor vida borrados del mapa por la sepultadora y a la vez rejuvenecedora fuerza interna del planeta, y actualmente y de manera aislada intentan recolonizar el medio del que bruscamente fueron eliminados. El Matorral de alta montaña ocupa su espacio y se afana en sobrevivir en el sustrato de escorias y lapilli, formado principalmente por rosalitos, tajinastes, corazoncillos, escobones, codesos, poleos, alhelíes y fistuleras.

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El siguiente hito montañoso importante es el Roque Nambroque, de 1.921 m.s.n.m., ligeramente desplazado hacia el este de la divisoria volcánica. Los pilares basálticos de la cima se desploman por su parte oriental y destacan en el entorno volcánico, cual islote rocoso de otra época geológica que perdura en el tiempo resistiendo las envestidas eruptivas posteriores.

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Desviándonos del camino principal, una corta y señalizada senda nos conduce a la cumbre del Nambroque, mostrándonos desde allí majestuosas vistas de la vertiente oriental de La Palma, comprendidas entre la zona capitalina y la del municipio de Mazo, y a su vez como desde la costa esta extensa ladera con poblaciones y bosques se eleva de forma continuada hasta alcanzar este vértice geodésico y la cadena volcánica que vamos dejando atrás.

Alargando la vista hacia el norte, el Pico Birigoyo, al que ya hemos superado en altura, es distinguible por su silueta cónica, y más allá el Bejenado y el cresterío de la Caldera de Taburiente forma un fondo paisajístico incomparable a este mágico y encantador relieve.

Mirando hacia el sur del Pico Nambroque ya distinguimos nuestro destino de La Deseada y el Pico del Cabrito, aunque antes pasaremos por otros volcanes impactantes.

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Nos sentimos afortunados de disfrutar de este magnífico paisaje en todas direcciones, en el que predominan las laderas inundadas de pinares y volcanes que esparcieron sus lenguas de lava vertiente abajo, pintando las laderas de matices ocres, marrones, rojizos y gris oscuro. Estamos en el tramo más espectacular y elevado de la Ruta de Los Volcanes, el situado entre el Pico Birigoyo y La Deseada.

Junto al Roque Nambroque nos sorprende la presencia de una vertical sima volcánica, comparativamente bastante profunda con respecto al reducido diámetro del agujero.

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Retornando al GR 131 el sendero prosigue su particular sube y baja a lo largo de esta altiva hilera minada de volcanes que en días despejados nos enseña vistas de ensueño sobre ambas vertientes de la isla. Después de una leve bajada, un caótico y gran socavón abre repentinamente la corteza volcánica, sacudiendo también nuestros sentidos: es el cráter del Hoyo Negro (1.870 m.), dejando ver su enorme boca eruptiva, el camino que debió seguir la lava ladera abajo y haciéndonos imaginar el espectáculo pirotécnico de la erupción acontecida en el año 1949. Aparecen bordes estratificados y plegados de pálida tonalidad formados por piedra pómez compactada, recortados verticalmente formando azarosos e inestables entrantes y salientes sobre el hoyo que parecen que se van a desplomar en cualquier momento. Las grandes piedras amontonadas en el fondo y el aspecto siniestro y desfigurado del cráter hacen pensar en una fase explosiva de este volcán, algo poco frecuente en el vulcanismo canario, caracterizado por erupciones tranquilas de tipo estromboliano.

Todos estos cráteres de Cumbre Vieja son hoyos negros pero éste es sin duda el más espectacular. Ni un pino se adentra en sus dominios. Terreno prohibido y vedado a la vida, al menos vegetal.

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Seguimos hacia el sur y a poca distancia aparece otro volcán que también erupcionó en el año 1949, el Volcán Duraznero, abierto al este por donde se abrió camino la colada lávica siguiendo una estrecha zanja que alcanzó la costa oriental de la isla. En su fondo más bien llano puede observarse los restos de un lago de lava a modo de un gran y oscuro malpaís. Sorprende la presencia de pinos en el interior de algunos de estos volcanes, formando un bello contraste cromático entre el verde y las negras y lisas laderas interiores de los conos, que a su vez resaltan sobre el caótico, siniestro y agrietado fondo formado por bloques de lava solidificada del Duraznero. Los pinos intentan recolonizar el terreno que hasta mediados del siglo pasado les perteneció. La vida se abre paso paulatina e irremediablemente en medio de la desolación volcánica.

Entre el Volcán Duraznero y el de La Deseada se esconde otro volcán que parece no haber reventado aún, pues no se observa lengua de lava derramada por las inmediaciones, y además conserva la forma típica de un cono volcánico, al igual que ocurre con el destino final de este pateo, el Volcán de La Deseada.

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Para subir al borde del volcán tenemos que superar una larga, polvorienta y desolada piconera que hace acelerar el ritmo cardiaco y la respiración. Una vez arriba podemos bordear totalmente el cráter de este volcán, lo que nos permite disfrutar del desplome de ambas vertientes insulares desde los 1950 m. de altura, situados en el punto álgido de la Ruta de Los Volcanes y de Cumbre Vieja, constituyendo un excelente vértice geodésico con incomparables panorámicas 360º a la redonda.

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Desde el borde sur de La deseada divisamos los volcanes que continúan su periplo hacia la zona meridional de la isla y que sucesivamente van perdiendo altura, como el negro Volcán del Charco (erupción de 1712) y El Cabrito, y lenguas de oscura lava solidificada se desparraman hacia el oeste vomitadas por el Volcán del Charco, rompiendo la continuidad del pinar, bosque que si no fuera por esas oscuras coladas, rodearía completamente el volcán sobre el que nos encontramos.

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Bordeando el cono de La Deseada, contemplamos como las empinadas laderas repletas de pinares se derrumban hacia el mar, y donde no hay pinares es porque los ríos de lava, cuyos testigos actuales son los negros malpaíses, y los volcanes a media ladera los borraron del mapa, como ocurre en el extenso malpaís de La Malforada, testigo actual de un río de lava que avanzó por la vertiente oriental, bajo el Volcán del Duraznero.

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Hacia el norte todavía se contemplan parte del circo cumbrero de la Caldera de Taburiente y su arista oeste marcando el desagüe a través del Barranco de Las Angustias, cerca del Valle de Aridane. Ese panorama de fondo unido al primer plano de esta hilera volcánica que hemos dejado atrás es un paisaje que inunda las retinas y pensamientos de inolvidables sensaciones. La naturaleza se muestra en este periplo volcánico viva y creativa, tanto desde el punto de vista animal y vegetal, como geológico, y esa vitalidad se transmite al montañero.

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El Volcán de La Deseada, un sugerente y apropiado topónimo para la montaña más elevada de esta alargada cadena volcánica, en eso pensamos al permanecer un rato en el altivo vértice del espinazo montañoso que en sucesivos episodios eruptivos ha levantado este lunático relieve en la zona meridional de La Palma. En canarias hay muchos volcanes pero pocos ofrecen estas impresionantes panorámicas y además por partida doble, al elevarse todo este complejo edificio volcánico vertiginosamente, tanto en la vertiente occidental como en la oriental, desde la lejana pero visible costa.