Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En el Monumento Natural de Los Órganos aflora una de las zonas más antiguas de la isla de La Gomera (a la isla colombina se le supone una antigüedad de unos 12 millones de años y en los últimos 2 millones de años no se han registrado erupciones volcánicas en ella), con el primitivo complejo basal sobre el cual se construyó todo el edificio subaéreo. Se trata pues de un punto de gran interés geológico por su singularidad e importancia científica.

Sobresale además en el municipio de Vallehermoso el elemento natural de los acantilados de Los Órganos, de gran belleza paisajística, que constituye para la isla una estampa clásica de este sector costero.

Otras zonas importantes desde el punto de vista ambiental y paisajístico del noroeste de La Gomera son el Barranco de Vallehermoso, y sus ramales, como el Barranco de Los Guanches, en cuyas laderas se desarrolla el sabinar más extenso de Canarias, y también la escarpada costa norte y noroeste que se extiende desde Tamargada hasta el saliente de Bejira, pasando por los acantilados bajo la Punta de Alcalá, Cumbre de Chijeré y el propio Risco de Los Órganos, cobijando en toda la zona palmerales, sabinares, y también caseríos impregnados de aislamiento, tipismo y nostalgia, como es el caso de Arguamul.

Ruta de las Cumbres de Chijeré:

Esta es la zona situada más al norte de La Gomera, y posiblemente también la más aislada y despoblada. El sendero comienza en San Pedro, cerca de Vallehermoso. Asciende, penetrando rápidamente en el Barranco de Los Guanches, que como otros barrancos laterales dan forma y convergen en el amplio valle que domina el norte de la isla. 

Destaca en el recorrido el extenso sabinar que reviste las laderas del barranco formando un bosque abierto, no sólo de este barranco, sino también en buena parte del valle, desde las laderas de Tamargada hasta las propias de Chijeré y Arguamul. Sin duda es el sabinar más extenso de Canarias. En las crestas del valle se entremezcla y da paso al fayal-brezal, que forma una masa verde y tupida que, por ejemplo, tapiza la morra de Teselinde, montaña que se encuentra sobre la cabecera del barranco que vamos siguiendo.

Viejas y sumamente dispersas casas de piedra adornan las vertiginosas laderas, que se asocian con las esbeltas palmeras y las terrazas abandonadas para formar una imagen bucólica y remota, propia de otro tiempo, eterna e imperturbable; la senda es un viaje atrás en el tiempo, en estos rincones el tiempo se ha detenido, parece que nada ha cambiado ni va a cambiar por mucho que corran las agujas del reloj.

Llegamos a la parte alta. Por una pista de tierra se puede continuar hasta la Punta de Alcalá, donde las sensaciones del caminante alcanzan su plenitud. Vertiginosas laderas tras un vuelo vertical y libre nos transportan imaginariamente hasta el extremo norte de la isla, hundiéndose ésta irremediablemente en el océano. Desde aquí puede apreciase la gran amplitud del valle de Vallehermoso y las lomadas y roques repartidos por su interior. Donde estamos es un lugar de vientos, soledad, aislamiento supremo y por supuesto de sabinas, algunas de las cuales presenta el característico abatimiento impuesto por la persistencia del dios eolo. Regresando por la pista, a poca distancia de la Ermita de Coromoto, un corto sendero se desvía de la pista, transcurriendo paralelo a ella. Este tramo permite disfrutar de las vistas al otro lado del valle, de las vertientes que se desploman sobre la zona de Arguamul y Los Órganos, y que hacen volar los sentidos libremente hasta el encuentro con el mar. El verdor de estas cumbres se suma a la continua caída, a la alargada arista que sucumbe en el saliente marino de la Punta Bejira, distanciado mediante un abrupto y empinado litoral del destacado escarpe costero que guarda Los Órganos, paisaje que conjuntado con el azul marino forman en la retina una imagen repleta de colorido y contrastes, digna de un recuerdo eterno y altivo.

El camino finaliza en la otra ermita construida en estas cimas, la de Santa Clara, cerca de la verde y aplanada elevación de Teselinde.

Ruta de Arguamul:

Este es el lugar del noroeste isleño donde las lomadas y barranqueras pobladas de sabinares y palmerales y de olvidados y nostálgicos caseríos nos hacen viajar muchas décadas atrás.

Este recorrido transcurre en su totalidad por pista de tierra con algunos tramos recientemente asfaltados. La pista se toma en la Degollada de Epina, desviándonos de la carretera que une Vallehermoso con Epina.

La sabina coloniza estos pobres sustratos, formando sabinares extensos, uniformes y dispersos. En esta isla se hallan los mayores sabinares de Canarias, y una fiel muestra de ello son los que pueblan estas laderas y las del interior del Valle de Vallehermoso, abarcando de manera más o menos generalizada la parte noroeste de La Gomera, desde Tamargada hasta las laderas de Alojera.

Es territorio de sabinas, que al alcanzar las cimas montañosas, dan paso a los brezos, y cerca de la costa se acompañan de palmerales. En este recorrido, el primer palmeral que encontramos es el de Tazo. Puede decirse que en esta isla, cada pueblo, por pequeño que sea, está inmerso en un palmeral que en este caso le da más vida que las pocas personas que lo habitan.

Si seguimos andando, el último resquicio humano que hallamos es Arguamul, en un lugar donde parece que el tiempo se ha detenido para siempre; se percibe la tranquilidad que brota del silencio, del rumor del mar, de las casas abandonadas y diseminadas a lo largo y ancho de las laderas que caen abruptamente en la inmensidad del océano y de las calas recónditas.

En este lugar del confín gomero, se encuentran los Riscos de Los Órganos, a los que no se puede acceder por tierra. Al menos nos contentamos con ver desde la distancia los escarpes que se elevan del mar y que cobijan a esas peculiares formaciones geológicas. Ladera arriba, la Cumbre de Chijeré corona este bucólico paraje cuyas laderas me recuerdan a la costa norte de Anaga.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El saúco (Sambucus nigra ssp. palmensis) es un endemismo canario perteneciente a la familia de las caprifoliáceas. Es un arbusto o árbol pequeño y caducifolio, de hasta 5 metros de altura y de follaje denso. Tiene troncos y ramas débiles que se arquean con facilidad. La corteza es pardo-grisácea y algo agrietada.

 

Las hojas son compuestas, imparipinnadas (número impar de foliolos), con 3 o 4 pares de foliolos laterales y un foliolo terminal más grande. Los bordes de los foliolos son dentados o aserrados. El envés es velloso. En conjunto, la hoja puede medir más de 25 cm. de largo, mientras cada hojuela tiene entre 5 y 7 cm. de largo.

 

Inflorescencias umbeliformes de unos 10 cm. de diámetro, blancas, olorosas, aplanadas o abombadas, racemosas, muy conspicuas, recordando a las flores del follao, y cada flor que forma parte de la inflorescencia es pequeña.

 

Los frutos son pequeños, subglobosos, de unos 6 mm. de diámetro, poco vistosos, de color negro-parduzco en la madurez.

 

El saúco es una especie extremadamente rara. Se estima que una veintena de ejemplares en estado silvestre se reparten por tres islas y con escasas evidencias de propagación natural. Su emplazamiento natural es muy local y relegado a los sectores más húmedos, umbríos y selectos de la laurisilva, que junto a su escasa capacidad de reproducción sexual hace que se encuentre en peligro de extinción en las cuatro islas donde habita, Gran Canaria, La Palma, Tenerife y La Gomera.

 

Su dispersión es aparentemente ornitócora y progresa por acodos naturales; en viveros ha sido propagado por estacas ya que su reproducción sexual es muy limitada pues dispone de una proporción muy limitada de semillas fértiles.

 

El saúco tiene interés medicinal como curativo de eczemas, mientras su porte y floración le confieren interés para jardinería de zonas húmedas.

 

FAYA (MORRELLA FAYA)

26 mayo, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La faya o haya (Morrella faya) es un endemismo macaronésico que además habita en algunas zonas del oeste de la Península Ibérica.

Este árbol pequeño puede alcanzar los 10 metros de altura. Pertenece a la familia de las miricáceas. El tronco es retorcido y presenta la corteza rugosa, de color parduzco.

Tiene una ramificación densa y follaje de tonos oscuros. Las hojas están dispuestas de manera alterna, de forma oblanceolada, de entre 4 y 12 cm. de largo, base cuneiforme (forma de cuña), bordes algo revolutos, ondulados y aserrados irregularmente, y de color verde mate y coriáceas (correoso) al tacto.

Flores dioicas, floración abundante en amentos ramificados y alargados, las masculinas de color amarillento. Las flores femeninas son menos visibles al estar escondidas bajo las hojas, agrupándose de forma menos apretada que las masculinas.

Frutos globosos en forma de drupa, de color rojizo a negro al madurar, conocidos como “creces”, con una superficie carnosa, áspera y cerosa. Estos frutos de algo más de 5 mm. de diámetro son comestibles.

 

Es una especie muy abundante en el monteverde o laurisilva, desde los 500 hasta los 1.600 m.s.n.m., alcanzando su climax en el fayal-brezal, junto al brezo, formando masas forestales monótonas, también en los bosques de laurisilva degradados, y menos frecuente en el pinar mixto y barrancos húmedos fuera de hábitat potencial.

Se distribuye por todas las islas canarias, siendo muy rara en Fuerteventura y Lanzarote.

Un pariente de la faya es la faya herreña (Myrica rivas-martinezii), arbolillo muy raro, considerado como el árbol más raro de Canarias, que se diferencia de la faya común en que tiene las hojas espatuladas y los bordes menos aserrados que su pariente próximo.

 

Se conocen poblaciones residuales en La Palma, La Gomera y El Hierro, habitando entre los 400 y 800 m.s.n.m.

 

También es un árbol dioico (ejemplares masculinos y femeninos por separado), de hasta 8 metros de alto, muy ramificado, con las últimas ramificaciones dispuestas a modo de umbela, con hojas pequeñas y espatuladas, aunque las hojas jóvenes son de forma aovada.

La población más abundante de las tres conocidas se encuentra en El Hierro, correspondiendo a formaciones climácicas de fayal-brezal en estado óptimo, en situación de contacto con pinares potenciales dentro del Parque Rural de Frontera.

Los escasos ejemplares de La Gomera y La Palma, se localizan, respectivamente, en la zona de preparque del Parque Nacional de Garajonay, y dentro del Parque Natural de Las Nieves.

 

BENCHIJIGUA (LA GOMERA)

24 mayo, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El hábitat rupícola formado por abruptos y verticales paredones encuentra en la Reserva Natural Integral de Benchijigua una óptima representación, limitando enforma de herradura la amplia cabecera del Barranco de Santiago. En este espacio protegido reside una alta concentración de especies botánicas endémicas y amenazadas, muchas de las cuales están protegidas, como una especie de chahorra (Sideritis marmorea), el taginaste azul gomero (Echium acanthocarpum) o una especie de siempreviva (Limonium redivivum).

Por otro lado, los acantilados y el pitón basáltico de Agando, una antigua chimenea volcánica que emerge en la cabecera del largo y amplio Valle de Santiago, son elementos geomorfológicos representativos, singularizados del paisaje y de elevado interés científico y estético.

Existen varias rutas senderistas como la que une el Roque Agando con el caserío de Benchijigua, en el fondo del Valle de Santiago:

La senda desciende de forma pronunciada desde lo alto de la divisoria entre el Barranco de La Laja y el de Santiago, al lado del Roque de Agando, entre paredes invadidas de pinos canarios, árboles que también nos acompañan durante el primer tramo de la bajada, además de escobones, margaritas, chaorras y tajinastes gomeros.

Más abajo este bosque se abre y los pinos se van entremezclando con las esbeltas palmeras canarias, configurando un genuino entorno gomero formado por roques, paredones laterales que limitan la cabecera del Barranco de Santiago y extensos palmerales, recordándonos que estamos en una isla surcada por profundos tajos que surgen desde las cumbres insulares, tajos que albergan extensos palmerales; y es que barrancos y palmerales parecen formar una unidad indivisible en la isla colombina. Cerca de la ermita de San Juan y de las casas típicas canarias que se agrupan en el bucólico y entrañable caserío de Benchijigua, el paisaje resulta sumamente atractivo. Parece un oasis de palmeras flanqueado por escarpadas paredes laterales, las cuales encierran el Valle de Santiago y se encuentran separadas a una considerable distancia la una de la otra. Dando un vistazo atrás, el Roque Agando domina en lo alto con su atrevida y espigada silueta, formando un fondo incomparable sobre las palmeras que hemos dejado atrás y de paso un lugar donde guardar los más profundos sentimientos senderistas y nostálgicos. Pocos valles gomeros pueden presumir de este mágico, genuino, encantador, entrañable y señorial marco paisajístico que muestra la armonía entre el hombre y la naturaleza, ya que a pesar de encontrarse ésta parcialmente humanizada, la ocupación humana no corrompe la admirable belleza natural, sino que más bien se suma a ella

Desde el conjunto de casas (algunas dedicadas a turismo rural) que se agrupan en Benchijigua se puede continuar bajando por el fondo del Barranco de Santiago hasta el siguiente caserío de Lo del Gato, y aún más abajo hasta Pastrana, donde comienza el asalto que nos conduce a Playa Santiago, en la costa sur de la isla.

Desde las casas de Benchijigua, otra opción es salir del Barranco de Santiago por Las Toscas siguiendo una larga pista forestal que nos saca por la vertiente oriental, ruta que permite apreciar la amplitud del valle y de su cabecera.

Otra posibilidad es abandonar el barranco por la vertiente occidental del tajo, ascendiendo a la cresta que lo divide del vecino Barranco de Guarimiar, a la altura de las casas abandonadas de Lasadoy, con posibilidad de luego ir a Imada o seguir subiendo recorriendo un camino que nos devuelve a las cumbres insulares cercanas a Tajaqué, en la parte más elevada de la cabecera del Barranco de Santiago, completando de esta manera un inolvidable circuito montañero con maravillosas, completas y extasiantes panorámicas.

Desde las cumbres de Tajaqué un corto y nuevo sendero nos conduce al mirador del Morro de Agando, atravesando la carretera de la cumbre mediante una pasarela a modo de puente sobre la calzada, mirador que nos ofrece aún más espectaculares panorámicas sobre los roques de Agando, La Zarcita, Carmona y Ojila, grisáceos y basálticos pitones que afloran del extenso manto verde del bosque de Garajonay que los rodea, y de los Barrancos de Santiago y de La Laja profundizándose y alargándose en diferentes direcciones.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Este impresionante barranco surge del bosque de Garajonay en el sector suroccidental del parque nacional y es uno de los tres que desembocan en el de Valle Gran Rey aguas abajo. 

El Barranco del Agua adquiere su verdadera personalidad en un lugar situado entre los pueblos de El Cercado y Las Hayas. El salto existente en el lecho del barranco por debajo de El Cercado es sobrecogedor, divide el tajo en dos mundos antagónicos, como si fuera un punto de discontinuidad espacial en la faz de este planeta y en el propio barranco: por encima de dicha caída, el barranco se disfraza de suave y verde vaguada invadida por la vegetación; por debajo de ese brutal y vertical desplome de cientos de metros, dirigido al centro de La Tierra, el barranco parece que fue abierto a hachazos o producto de un desplome masivo súbito. Pensándolo bien, el susodicho salto debe tener un nombre que por más que busco en el mapa no lo encuentro

 

Si empezamos a caminar en El Cercado, podemos descender hasta el fondo del valle de Valle Gran Rey por la ladera sur de este descomunal tajo. A pesar de andar siempre con un ojo puesto en esa tremenda herida en la piel de La Tierra, que se abre al otro lado del camino, éste es bastante ancho, pues fue hecho para las bestias y además está empedrado, lo que nos hace ver su uso tradicional.

Algunas palmeras, formando pequeños grupos, piteras, sabinas y más arbustos se aferran a los verticales paredones que parecen advertirnos de la nota de vértigo que presenta aquí la vida mostrándonos las huellas de desprendimientos recientes. Parece mentira que por estas laderas existan caminos que comunican las poblaciones del fondo del valle con las de las alturas.

Al final, entre bellos y densos palmerales, el sendero llega al barrio de La Vizcaína, abandonamos los dominios de este barranco de corto pero intenso recorrido, y penetramos en la parte más baja, ensanchada, poblada y fértil del valle, donde los bancales han domesticado las verticales laderas del barranco para cultivos agrícolas, algunos de ellos actualmente abandonados.

Para volver a El Cercado, se puede subir por el camino del Lomo de la Laja, que comienza en el Retamal, a poca distancia de La Vizcaína, el cual asciende por la otra ladera del cañón. Nos dirigimos a ese lugar por asfalto.

La senda asciende de forma zigzagueante, empedrada y empinada, sobre todo al principio, y por supuesto, según se gana altura, las panorámicas del fondo del valle ganan en interés paisajístico, con la depresión enfocada al litoral y al océano, litoral flanqueado por sendas y empinadas vertientes, con los acantilados de Teguerguenche y La Mérica a cada lado, antes de que el Barranco de Valle Gran Rey muera plácidamente en el mar. Nos sentimos espectadores de excepción, como si estuviéramos cerca del palco presidencial que parece dominar este encantador paisaje en el que las dispersas y variadas infraestructuras humanas repartidas por el fondo quedan empequeñecidas frente a la magnitud vertical de las paredes del valle abierto a nuestros pies.

En la parte alta del barranco, mientras transitamos por el borde norte del Barranco del Agua, ya en suave subida en dirección a Las Hayas, se distingue el camino de bajada por la vertiente opuesta, y por supuesto, la vista se recrea en las entrañas de La Tierra siguiendo una angosta y larga fisura en el fondo del descomunal tajo, tapizada de una hilera frondosa y verde y, cómo no, en las fugas, cortados y andenes que dan forma a un impresionante imperio vertical que se adueña de este barranco de ensueño y de paso conquista nuestros sentidos y pensamientos.

En el tramo final, atravesamos la parte alta del barranco, por encima y a poca distancia de unas palmeras que embellecen el cañón y del salto al abismo comentado al principio de la ruta, que no solo hace que el barranco deje una marcada huella en la corteza terrestre, sino también en las retinas y en la memoria del senderista.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El conjunto del Parque Rural de Valle Gran Rey representa un extraordinario paisaje armónico de tipo rural y gran belleza, donde la erosión ha modelado una peculiar orografía contrastada de fuertes pendientes y fértiles valles. Constituye una muestra viva de coexistencia de hombre y naturaleza en un territorio intensamente abancalado, entre palmeras y construcciones de arquitectura tradicional, de gran valor histórico y cultural.

En los acantilados más inaccesibles se concentra una rica biodiversidad endémica, con abundantes plantas raras y amenazadas, la mayor parte de las cuales están protegidas por la legislación vigente. Otro tanto ocurre con la ornitofauna, que se concentra sobre todo en los acantilados de Argaga y en el charco de Cieno, con especies protegidas de alto interés científico.

Los macizos de La Mérica y los acantilados que franquean Valle Gran Rey constituyen elementos geomorfológicos singulares y representativos.

Mención aparte merece el Lagarto Gigante de La Gomera (Gallotia bravoana) que es uno de los vertebrados más amenazados del Planeta, ya que en la actualidad sólo se conocen unos pocos individuos localizados en el Risco de la Mérica y sus alrededores.

El lagarto gigante de La Gomera es un Lacértido incluido en el género Gallotia, un grupo endémico de las Islas Canarias. Las especies de este género presentan características inusuales o raras en el continente como una dieta preferentemente herbívora, una dentición y un aparato digestivo especializados y cierta tendencia al gigantismo. También pueden emitir sonidos, una capacidad que comparten con las lagartijas ibero-magrebíes del género Psammodromus, con las que además están emparentadas.

El lagarto gigante de La Gomera se distingue a simple vista de otros lagartos gigantes canarios por el intenso blanco que presentan en la garganta y en la región peribucal los individuos adultos. La presencia de una escama extra entre las placas parietales es desconocida en otras especies de la familia. Su coloración dorsal es parda y en los laterales se suceden pequeñas manchas azules. Actualmente los individuos de mayor tamaño apenas sobrepasan los 55 cm de longitud total y 300 g de peso. Sin embargo, y como podrá comprobarse más adelante, podrían alcanzar tamaños muy superiores.

Existen caminatas interesantes dentro del espacio protegido:

Ruta del Barranco del Agua:

Este impresionante barranco surge del bosque de Garajonay. Sin embargo adquiere su verdadera personalidad en un lugar situado entre los pueblos de El Cercado y Las Hayas. El salto existente en el lecho del barranco es sobrecogedor, divide el barranco en dos mundos antagónicos, como si fuera un punto de discontinuidad espacial en la faz de este planeta y en el propio barranco: por encima de dicha caída, el barranco se disfraza de suave y verde vaguada; por debajo de ese brutal y vertical desplome de cientos de metros, dirigido al centro de La Tierra, el barranco parece que fue abierto a hachazos. Pensándolo bien, el susodicho salto debe tener un nombre que por más que busco no encuentro en el mapa.

Si empezamos a caminar en el primero de esos caseríos, podemos descender hasta el fondo del valle de Valle Gran Rey por la ladera sur de este descomunal tajo. A pesar de andar siempre con un ojo puesto en esa tremenda herida en la piel de La Tierra, que se abre al otro lado del camino, éste es bastante ancho, pues fue hecho para las bestias y además está empedrado, lo que nos hace ver su uso tradicional. Algunas palmeras, formando pequeños grupos, piteras, sabinas y más arbustos se aferran a los verticales paredones que parecen advertirnos de la nota de vértigo que presenta aquí la vida mostrándonos las huellas de desprendimientos recientes. Parece mentira que por estas laderas existan caminos que comunican las poblaciones del fondo del valle con las de las alturas.

Al final, entre bellos y densos palmerales, el sendero llega al barrio de La Vizcaína, abandonamos los dominios de este barranco de corto pero intenso recorrido, y penetramos en la parte más baja, ensanchada poblada y fértil del valle.

Para volver a El Cercado, se puede subir por el camino del Lomo de la Laja, que comienza en el Retamal, a poca distancia de La Vizcaína, el cual asciende por la otra ladera del cañón. Nos dirigimos a ese lugar por asfalto. La senda asciende de forma pronunciada, sobre todo al principio, y por supuesto, según se gana altura, las panorámicas del fondo del valle, y también del litoral y del océano flanqueados por sendas y empinadas vertientes, ganan en interés. Nos sentimos espectadores de excepción, cerca del palco presidencial que parece dominar este paisaje.

En la parte alta del barranco, se distingue el camino de bajada por la vertiente opuesta, y por supuesto, la vista se recrea en las entrañas de La Tierra, tapizada de una hilera frondosa y verde y, como no, en las fugas, cortados y andenes que dan forma a un impresionante imperio vertical que se adueña de este barranco de ensueño. En el tramo final, atravesamos la parte alta del barranco, por encima y a poca distancia del salto al abismo comentado al principio de la ruta, que no solo hace que el barranco deje una marcada huella en la corteza terrestre, sino también en las retinas y en la memoria del senderista

Ruta del Barranco de La Matanza:

También desde El Cercado se puede descender por un barranco aledaño al de El Agua, concretamente se trata por el vecino por el este de aquel que converge en Valle Gran Rey. El Barranco de La Matanza, en cuanto a la dimensión vertical nada tiene que ver con su gigantesco vecino de la excursión anterior, más bien, al principio del camino parece una simple barranquera que sigue la cresta sur del grandioso farallón que se abre sobre el fondo del valle. Lo más destacable de este barranquillo son los palmerales y almendros que se extienden por sus suaves laderas y también por el cercano fondo, donde además se forman posas de agua, en las que une puede bañarse. Otro atractivo de esta ruta es el mirador natural que existe al otro lado de este poco profundo barranco, en el punto de máxima cercanía al paredón que se desploma sobre el fondo del valle, teniendo otra interesante perspectiva de ese lugar habitado, encajonado por estos precipicios que cortan la respiración.

Se puede llegar a la Ermita de Ntra. Sra. de Guadalupe, situada en la vertiente izquierda del barranco que venimos siguiendo, la cual se nos antoja bastante lejana de cualquier núcleo de población. Bajo ella, un sendero desciende al cauce del barranco, que a partir de ahora y hasta su desembocadura, a poca distancia del puerto de Valle Gran Rey, cambia de nombre, llamándose de Argaga, y además se profundiza entre palmerales que se encauzan por el fondo.

Si se quiere descender a Valle Gran Rey sin recorrer el Barranco de Argaga, también se puede cruzar el barranco a la altura de la ermita, alcanzar la degollada del Cerrillal, y descender con cuidado hasta el fondo del valle.

Ruta de Teguerguenche:

Desde Chelé, en el fondo de Valle Gran Rey, sube un camino hacia la degollada del cerrillal, situada en el borde de uno de los paredones del barranco. Pasado ese punto el camino se introduce en el Barranco de La Matanza, tajo que no es tan profundo como el vecino de donde venimos. Otro camino atraviesa el barranco y asciende por la ladera opuesta con las opciones de ir a El Cercado y a la Ermita de Guadalupe. Como en cualquier otro barranco gomero, no pueden faltar palmerales en las laderas y en el cauce y alguna que otra construcción de piedra, abandonada y semiderruida, que se mimetiza perfectamente con el paisaje. Es lo que queda de la existencia de las gentes de antaño, dura como el miedo en la que asentaba.

Sin abandonar la ladera del barranco de La Matanza, y dirigiéndonos hacia la costa se llega a otra degollada que nos vuelve a aproximar al grandioso tajo de Valle Gran Rey. Hacia la costa, el Barranco de La Matanza cambia de nombre y se profundiza sensiblemente, llamándose Barranco de Argaga. Nuestro destino se encuentra más cerca del mar, en la postrera elevación que separa en el tramo inferior los dos barrancos a izquierda y derecha, lugar conocido como Teguerguenche. Se asciende a ella resultando su cima una plataforma amplia y ligeramente inclinada hacia el mar. Para encontrar el borde de esta llanura que da al mar y que se precipita sobre la costa hay que continuar andando. Pero merece la pena asomarse al abismo, 500 metros sobre el mismo pueblo de Valle Gran Rey y sobre el fondo del valle. Parece que aquí alguien cortó la Tierra a hachazos. Son muchas ya las vistas sobre descomunales precipicios a lo largo y ancho de la geografía canaria, y la sensación de libertad, conquista y dominio vuelve a ser única. Asomarme a acantilados, que se desploman bien sobre el mar o sobre la plataforma costera, como es este caso, es una droga a la que no puedo renunciar. Se trata de pura adicción a estos lugares de vértigo sublime.

Desde esta privilegiada atalaya se divisa el trazado zigzagueante del camino que asciende del fondo del valle de Valle Gran Rey hacia La Mérica, senda que continua hasta Arure por el borde opuesto del tajo.

Al otro lado del Barranco de Valle Gran Rey, y un tanto escondida mirando desde arriba, se halla la Playa de Argaga, guardada por una larga cala que se prolonga hasta la Punta de Iguala y por acantilados no tan impresionantes y de menor altura que los que se derrumban desde Teguerguenche.

Otro camino sube por el fondo del Barranco de Argaga, y antes de llegar a la ermita de Guadalupe asciende en un marcado zig-zag directamente a las casas de Gerián, localizadas en el borde opuesto del Barranco de Argaga, a poca distancia de la ermita.

Ruta de La Mérica:

Un sendero recorre la cresta oeste del Barranco de Arure, transitando desde el Arure hasta Valle Gran Rey, pasando por la zona de La Mérica, un espectacular acantilado que se desploma sobre la desembocadura del tajo.

El pueblo y palmeral de Taguluche, rodeado por arriba, por el Lomo del Carretón; por el norte, por la recortada lomada de Tejeleche; por el sur, por el imponente Risco de Heredia, un desfiladero que parece detener el latido vital y con ello el paso del tiempo, y sobre el cual nos encontramos nada más salir de Arure en dirección a La Mérica.

Visto desde aquí arriba, Taguluche y su palmeral, parecen capturados en el espacio y en la eternidad mediante los salvajes riscos que los flaquean por todas partes menos por el mar. Al otro lado de ese espectacular panorama el Barranco de Arure excava esta parte de La Gomera, adueñándose del paisaje hasta confluir más abajo con el Barranco del Agua y el de Las Hayas y juntos originar el Barranco de Valle Gran Rey hasta la costa.

Manchas de pinar en las laderas y palmeras en el cauce tapizan el perfil del Barranco de Arure ya que allí donde el terreno permite la existencia de una mínima cantidad de suelo fértil, la vegetación no pierde la oportunidad de asentarse.

La parte más vistosa y profunda del Barranco de Arure comienza bajo el pueblo homónimo, profunda fisura en la corteza terrestre que se desploma sin contemplaciones hasta el recóndito fondo. Palmeras, pinos y bancales encuentran un resquicio para la vida, en un universo vertical donde imperan las fugas, las laderas rocosas y los desplomes de derrubios. Estrechos andenes y el cauce del cañón parecen los lugares adecuados para perpetuar la línea de la vida aguas abajo.

Un barranco es un oasis vital, donde se congrega diversa flora, que en otro caso se encontraría distanciados entre sí; no es raro ver tabaibas compartiendo el espacio limitado por estas arterias vivas con pinares, saucedas y manchones de monteverde, aprovechando estos últimos fuentes o nacientes de las paredes laterales.

Entre las sombras que se proyectan hacia el abismo, el fondo de estos tajos parece un “agujero negro” porque atraen la mirada, los pensamientos y todas las cosas hacia él.

Al otro lado del barranco descarnados y salvajes riscos se desploman directamente al océano a través de vertiginosas barranqueras, enfilando nuestra mirada en un vuelo fugaz y sublime, haciéndonos sentir buenas vibraciones.

Viejos hornos y alguna era junto a una arcaica casona nos acompañan durante la parte final de este aéreo recorrido, antes de descender por la ladera oeste del barranco hasta la población costera de Valle Gran Rey, donde las plataneras parecen resistirse a dar paso definitivamente al turismo.

La amesetada Fortaleza de Chipude se distingue más allá de los dominios verticales del Barranco de Valle Gran Rey, mientras enfrente del Risco de La Mérica la también espectacular lomada de Teguerguenche rivaliza en altura con ese vistoso topónimo. Cauce arriba el cauce de Valle Gran Rey se divide en tres impresionantes y angostos tajos, sobre todo el Barranco del Agua, excavado bajo El Cercado.

La ladera occidental del Barranco de Arure forma el imponente acantilado de La Mérica sobre la costa occidental gomera. Al llegar casi al borde del precipicio marino el camino zigzaguea de manera bastante marcada y como se ha dicho antes desciende hasta el cauce del Barranco de Valle Gran Rey.

 

Texto y Salvador González Escovar.

El Alto de Garajonay es el punto más elevado de la isla colombina con 1.487 m.s.n.m. La altiplanicie central donde se ubica este privilegiado mirador natural alberga, al amparo del manto de nieblas del alisio, una singular y tupida selva, conocido como monteverde o laurisilva, cuyo verdor permanente contrasta con los paisajes secos de las zonas medias y bajas de la isla.

De esta altiplanicie ondulada surgen de forma radial profundos barrancos excavados por la erosión, que junto con los impresionantes paisajes de terrazas, levantadas para extender el espacio agrícola, modelan y dan carácter a la isla.

La laurisilva es un bosque formado por gran variedad de árboles de hoja perenne cuya existencia está ligada a una elevada humedad ambiental y edáfica y temperaturas suaves con escasas oscilaciones anuales. Estas condiciones meteorológicas se dan en la zona de brumas de las fachadas norte de las islas centrales y occidentales, entre los 700 y 1.200 m. de altura, debido a la condensación del vapor de agua que portan las masas de aire ascendentes al toparse con el accidentado relieve.

El entramado vegetal es una auténtica esponja viviente y captadora de agua que retiene la humedad de las nubes, favoreciendo la recarga de los acuíferos insulares y, por tanto, el aprovechamiento del agua para consumo humano.

La laurisilva es un bosque relíctico, un refugiado forestal y una muestra de los bosques subtropicales que poblaron el área mediterránea hace varios millones de años, durante el Terciario, y que posteriormente desaparecieron del continente como consecuencia de cambios climáticos que apenas afectaron a los archipiélagos macaronésicos. Otra característica importante de su flora es su endimicidad, ya que aunque el número total de especies de flora vascular ronda los 400, de las cuales unas 20 son árboles, es crucial la proporción de especies exclusivas de estos bosques que viven en Canarias y cuya distribución se limita a la laurisilva.

A pesar de su aparente monotonía, la laurisilva del parque nacional de Garajonay alberga varios tipos de bosques: en los valles más húmedos y protegidos orientados al norte, el bosque alcanza su máxima complejidad y exuberancia con la laurisilva de valle; a medida que ascendemos y en los lugares más expuestos se empobrece gradualmente, perdiendo las especies más exigentes en humedad, formado la laurisiva de ladera, dando paso en las orientaciones sur al fayal-brezal, formación boscosa en la que dominan principalmente dos especies de árboles como son la faya y el brezo, las cuales soportan un ambiente menos favorecido por las nieblas; por último, a lo largo de la línea o cresta de cumbres, en los lugares de paso de los vientos alisios, se encuentran los brezales de cumbre, caracterizados por la abundancia de musgos y líquenes que tapizan los árboles a modo de barbas con un aspecto fantasmagórico y también el suelo.

La laurisilva domina el paisaje de Garajonay, pero otros hábitats, como los ligados a arroyos y a las paredes rocosas y roques, testigos de viejos conductos y chimeneas volcánicas, enriquecen el paisaje y son importantes refugios de especies botánicas raras y amenazadas de extinción.

Para subir caminando al Alto de Garajonay atravesando buena parte del parque nacional se puede empezar en Hermigua, concretamente en la parte alta del alargado pueblo (El Convento). El camino asciende por uno de los ramales del Valle de Hermigua entre las postreras casas de la población y bancales de cultivo, pasando más adelante cerca de una presa alimentada con el agua que mana del bosque en el que penetraremos más arriba.

Luego la senda se inclina considerablemente mediante escalones de piedra para salvar el desnivel impuesto por la imponente caída que forma la cascada de El Chorro al precipitarse el arroyo de El Cedro a través de una grieta en el descomunal desfiladero que nos rodea por todas partes menos por dónde venimos.

El bosque propiamente dicho comienza en el borde del acantilado, que ofrece buenas vistas del valle dejado atrás, a las puertas del diseminado caserío de El Cedro.

Ahora la pendiente de subida suaviza y el monteverde se torna cada vez más umbrío, frondoso y mágico, avanzando durante un buen rato al lado del arroyo permanente de El Cedro, y con las ramas de los árboles entrelazadas entre sí, formando una enmarañada red vital, una esponja viviente que no solo atrapa la humedad ambiental sino también nuestros sentidos y pensamientos. No hay paisaje más allá del bosque, o tal vez el caos de ramas, musgos y líquenes filtrando la luz solar y la niebla, junto a los sonidos que nos envuelven y la hojarasca seca en el suelo, forman un paisaje y un horizonte vital en sí mismo.

Después de un alto en el camino junto a la coqueta ermita de Lourdes, nos acercamos a la zona de Las Mimbreras, donde se aprecia un claro ejemplo de la laurisilva de valle con orientación norte, la más biodiversa y exuberante en cuanto a especies forestales presentes, una de las modalidades o tipos de bosque de laurisilva que existe en el amplio abanico del monteverde canario.

En ese punto el camino seguido atraviesa la larga pista forestal que viene desde Mériga en dirección al mirador de El Bailadero (siguiendo el límite norte del parque y que discurre al principio por formaciones degradadas y un tanto humanizadas de monteverde) y sigue subiendo hacia El Contadero, atravesando las diferentes comunidades de laurisilva propias de las orientaciones norte del bosque de Garajonay.

En un momento dado el camino se aleja definitivamente del cauce y del arroyo que nos ha acompañado desde el inicio y el bosque se vuelve más seco, con un menor desarrollo de los árboles y por tanto menos sombrío, ganando protagonismo la presencia de brezos y fayas; vamos superando la altura de la zona de influencia directa del mar de nubes en el bosque, hecho que también parece repercutir en nuestro cansancio acumulado.

Al llegar a El Contadero atravesamos la carretera de la cumbre. Poco más arriba, si el día está despejado, la mirada, hasta ahora confinada en el interior del bosque, se relaja volando lejos y libre, divisando parte del bosque de Garajonay que hemos atravesado y dejado atrás, localizando visualmente algunas casas del poblado de El Cedro, perdidas en medio del bosque que forma una alfombra verde extendida hasta los pálidos roques de Agando y compañía, cuyas cimas sobresalen en la distancia.

Aún con más suerte panorámica se puede divisar Tenerife y su Teide, que parecen levitar sobre el brazo oceánico que nos separa de esa isla.

Seguimos subiendo hacia la cumbre insular y realmente ya poco queda de la frondosidad y pureza del bosque de Garajonay dejada atrás, pasando por zonas abiertas y degradadas, sobre todo después del gran incendio forestal del año 2012 que arrasó el 20% de la superficie del parque nacional, especialmente afectada fue la zona de fayal-brezal más elevada y orientada al sur, actualmente en fase de restauración y repoblación forestal.

Al poco tiempo llegamos al Alto de Garajonay, como cualquier cumbre un lugar ceremonial importante para los montañeros, al igual que antiguamente para los pobladores aborígenes de la isla que llevaban a cabo sacrificios de animales, rituales y ofrendas a sus divinidades.

Nuestra celebración al alcanzar la cima gomera es mucho más prosaica y mundana, recorriendo con la mirada los 360º a la redonda alrededor de esta atalaya y agradeciendo a la “divinidad” meteorológica que el día esté despejado hasta donde alcanza la vista, pudiendo disfrutar del paisaje isleño desde su punto más alto e identificar puntos singulares de su geografía, además de las siluetas de las islas de Tenerife, La Palma y El Hierro en la distancia y en diferentes puntos cardinales. Desde este lugar, bajo el verde manto de esta extensa altiplanicie, nacen los profundos barrancos que surcan radialmente el accidentado relieve gomero, aunque desde aquí arriba resultan poco apreciables.

La Fortaleza de Chipude es la montaña más destacable que se contempla desde el Alto de Garajonay, escondiendo el Barranco de Erque en una de sus laderas. Más al oeste, se divisa la seca cresta de La Mérica, ocultando el Barranco de Valle Gran Rey. Hacia el noroeste la verde loma de Teselinde y las cumbres de Chijeré hacen lo propio con el Barranco de Vallehermoso. Mirando al noreste la verde y escarpada lomada de Enchereda cobija el Valle de Hermigua y finalmente para cerrar el círculo panorámico las cimas de los roques de Agando y de La Zarcita dan una nota rocosa y grisácea en el manto verde dominante.

También se puede subir a la cumbre insular empezando en el Barranco de El Rejo, junto a la carretera de montaña que va de Hermigua a El Cedro, tajo que es otro ramal abierto en la cabecera del Valle de Hermigua, superando entonces la cresta divisoria con el ramal de El Chorro, y posteriormente descendiendo hasta El Cedro, donde se une al camino descrito, o bien una vez arriba en la divisoria, sin descender al caserío siguiendo la pista forestal que enlaza con ese mismo recorrido en las zona de Las Mimbreras.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Esta tabaiba exclusiva de la isla de La Gomera, descrita por Sventenius, es un endemismo gomero acantonado en el sector nororiental de la isla (Parque Natural de Majona, Riscos de Agulo), entre los 400 y 800 m. de altitud sobre el nivel del mar.

Se conocen 3 poblaciones con diferentes factores de amenaza, como pastoreo intensivo y proximidad al viario público.

Por ello es un arbusto raro de hasta dos metros de altura que cuenta con un número de efectivos reducido. Se considera un planta amenazada, incluida en la categoría de especies vulnerables.

Es un arbusto de hasta 2 m. de altura muy ramificado, con tallo y ramas muy oscuras y con brácteas y hojas terminales de color púrpura y llamativas, produciendo un látex lechoso e irritante. Los tallos son gruesos, de color marrón y marcados con las cicatrices que dejan las hojas al caer. 

Las hojas son linear-lanceoladas, sésiles, de color verde glauco a rojizo, caducas en la estación seca, dispuestas de forma alterna y agrupadas en rosetas terminales al final de los tallos.

Los ciatos (inflorescencias propias del género Euphorbia), son umbelas terminales, ramificadas, de color purpúreo-violáceo con nectarios de color verde-amarillento. Los ciatos se agrupan en estructuras umbeliformes compuestas que surgen del centro de las rosetas foliares. Los radios de estas estructuras umbeliformes son de color purpúreo-violáceo y tienen, en el punto en el que se ramifican, varias brácteas rojizas, normalmente 4, tantas como radios secundarios surgen de la ramificación, más largas que anchas, casi filiformes y caedizas. Las brácteas que acompañan al ciato son dos, de color purpúreo-violáceo, mucho más anchas que largos y están solapadas en parte de su base, formando una especie de cuenco que envuelve al ciato. Las cápsulas tricocas son glabras, de color verde-rojizo, marrón-rojizo o purpura dorado.

Florece en primavera y fructifica en verano en forma de cápsulas de color marrón-rojizo claro, reproduciéndose bastante bien por semillas.

Esta tabaiba se puede localizar en el noreste de La Gomera en los dominios del bosque termófilo, interviniendo en matorrales abiertos instalados en el área potencial de las comunidades arbóreo-arbustivas de sabinas, acebuches y espineros y en cotas medias de barrancos, ocupando también situaciones rupícolas.

Diferencias con otras especies afines:

Se diferencia de E. lamarckii y E. berthelotii por varias características, como que E. bravoana está mucho menos ramificada, por sus tallos más gruesos, por las brácteas que acompañan al ciato más anchas que largas y que se solapan por la base, por las rosetas foliares mucho más grandes y por el color purpúreo-violáceo de todas las estructuras florales.

De E. bourgeauana se diferencia porque E. bravoana tiene rosetas de menor tamaño, por el color verde-glauco de sus hojas, por el color purpúreo-violáceo de todas las estructuras florales y sobre todo por las características de las brácteas que acompañan al ciato, que son de menor tamaño y están menos solapadas por la base, así como por las de las brácteas que están al final de los radios primarios, que son mucho más pequeñas, casi filiformes y caedizas.

De E. atropurpurea, su pariente más cercano, se diferencia porque E. atropurpurea tiene las hojas más anchas, por el color de las estructuras florales, por los radios secundario relativamente más cortos, así como por la forma de las brácteas que acompañan al ciato y por las características de las brácteas situadas al final de los radios primarios (casi filiformes en E. bravoana).

Información obtenida de Plantas de Mi Tierra y del Libro Rojo de Especies Vegetales de Canarias.

BREZO (I)

4 mayo, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El Brezo (Erica arborea) es un árbol de hasta 10 metros de altura. Pertenece a la familia de las ericáceas y también vive en África y Europa.

El tronco es retorcido, la corteza es de color marrón-rojizo, áspera al tacto y desprendible en tiras. Es un árbol muy ramificado y denso, con las ramitas blanquecinas, delgadas y pelosas.

Las hojas son verticiladas, lineares, de hasta 5 mm. de largo y revolutas, y de color verde oscuro, excepto los brotes nuevos, que presentan un color verde tierno.

Las flores son hermafroditas, pequeñas, con forma de campana, blancas, muy abundantes formando racimos densos y vistosos.

El fruto es una cápsula pequeña con lóbulos persistentes.

Es una especie muy abundante en el monteverde, distribuyéndose en altura desde los 200 hasta los 1.700 metros de altura sobre el nivel del mar. Es una especie ecológicamente agresiva porque ocupa bosques de laurisilva talados o degradados. En asociación con la faya da lugar a las formaciones de fayal-brezal típicas de la zona de transición entre los bosques de laurisilva y el pinar húmedo en las las laderas húmedas e influenciadas por los vientos alisios de las islas centrales y occidentales. Presente también en el pinar mixto y como elemento del sotobosque del pinar, desapareciendo a una mayor altitud que la faya en estas formaciones vegetales; esporádico en el sur y oeste de las islas que habita, donde se refugia en barrancos húmedos y sombríos.

Sus ramas se aprovechan para labores agrícolas en horquetas y varas, también para alimento del ganado, artesanía y algunas aplicaciones en medicina popular.

Está presente en todas las islas a excepción de Fuerteventura y Lanzarote.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El Paisaje Protegido de Orone en La Gomera se caracteriza por contener elementos de alta valoración estética y cultural. Conforma un paisaje armónico donde confluyen asentamientos de tipismo tradicional insertos en un paisaje rural con sectores de laderas profusamente abancaladas y palmerales. No faltan tampoco elementos geológicos singulares como los Roques de Los Cocos, Imada, Eretos y Teremoche.

En conjunto, el espacio protegido se articula en dos barrancos radiales y las cabeceras de otros tantos secundarios, que nacen en la zona central de la isla y avanzan hacia la costa sur y suroeste, como son el de Erque, el de La Negra y el de Guarimiar, los dos primeros conectados en su cabecera por una cuenca común.

Algunos senderos recorren el lugar, como el que parte de la Cumbre de Tajaqué, casi en el límite meridional del Parque Nacional de Garajonay. Al comienzo se desciende por una pista forestal inmersa en el fayal-brezal de cumbre, transcurriendo por el borde oeste de la amplia cabecera del Barranco de Santiago, delimitada por las verticales paredes de la Reserva Natural de Benchijigua. Más abajo, cuando seguimos bajando y abandonamos la pista, el Roque de Agando nos obsequia con una visión diferente, destacando entre el pinar, escobones, magarzas y tajinastes, el palmeral y las laderas que se precipitan hacia el ancho cauce del Barranco de Santiago. Entonces surge uno de los ramales del Barranco de Guarimiar, tajo que bastante más abajo se une al de Santiago.

Después de haber dejado atrás el desvío al pueblo de Imada, el camino prosigue hacia Lasadoy, donde la la belleza y la profundidad del paisaje, junto al conjunto de casas de piedra, abandonadas, semiderruidas e invadidas por la vegetación, atrapan los sentidos del caminante, formando una imagen que parece anclarnos en tiempos pasados.

Desde ese lugar, en la cresta que divide el Barranco de Guarimiar del de Santiago, se puede descender al fondo de este último, para llegar al caserío de Benchijigua, o bien continuar descendiendo hacia el fondo del Barranco de Guarimiar hasta la Ermita de Guarimiar, ubicada cerca de la confluencia de los dos barrancos, sendero que enlaza con el que baja por la otra vertiente del tajo de Guarimiar desde Imada.

Esta es la zona más espectacular del barranco, ya que un colosal salto lo hunde repentinamente en el abismo, en pos del cauce invisible desde esta cresta, desnivel acrecentado en la vertiente opuesta bajo la imponente pared que culmina en la Montaña de Los Cocos, la cual se eleva bastantes cientos de metros directamente sobre el fondo.


El pueblo de Imada se extiende por la parte alta del Barranco de Guarimiar, villa a la que nos dirigimos después de llevarnos en las retinas y en la memoria la fascinante esencia salvaje del tajo.

Se percibe que estamos en la isla de los barrancos y de los palmerales que revisten sus laderas, y de pueblos perdidos, como Imada, mientras la fascinante esencia salvaje del Barranco de Guarimiar invade los sentidos al hundir la mirada en sus encajonadas entrañas que parecen formar un precipicio sin fondo.