Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Este recorrido senderista comienza en el fondo del Barranco de Las Angustias, el desagüe natural de la Caldera de Taburiente. Al principio, más que un barranco parece un valle, debido a la distancia existente entre sus empinadas vertientes laterales que permiten ver al fondo una parte de las altas crestas insulares.

Por aquí se divisan fincas de aguacates, puentes, tubos y un pozo de agua abandonado, signos de un uso intensivo humano con el denominador común del agua protagonista a lo largo de este barranco y de toda la caldera.

Precisamente poco después de empezar a subir por el cauce del valle aparece el agua corriendo libremente, aún en poca cantidad, líquido elemento sobrante que no es aprovechado para los cultivos del Valle de Aridane y que acaba infiltrándose en el pedregoso cauce repleto de cantos rodados.

Por este tramo pueden verse granadillos, sabinas, guaydiles, vinagreras, verodes, tabaibas, cardones, mato riscos, bejeques rojos (Aeonium nobile), un endemismo palmero de gruesas hojas anaranjadas y vistosas flores rojizas entre los meses de mayo y julio… mientras la alpispa con su reclamo alegre entretiene nuestra marcha y su cola larga y su pecho amarillo hacen inconfundible a este pájaro de los arroyos.

En el cauce se observan multitud de diques, cada uno fruto de una erupción, que nos dan idea de la intensa actividad volcánica de la zona en el pasado. Entre los diques hay fragmentos blanquecinos de rocas similares a los granitos, que se supone han sido fragmentadas y separadas por las continuas erupciones.

También existen rocas de color verdoso de origen submarino, como las lavas almohadilladas, recordando a un enorme panal de abejas con celdas redondeadas, formadas por el avance de una colada de lava bajo el mar y al contacto con el agua se irían enfriando y alterándose su composición química; otras formaciones verdes distintas son los aglomerados o conglomerados tipo brechas, que proceden de los bordes de las chimeneas volcánicas, en las cuales el magma, al romper las paredes por las que sube, arrastra fragmentos de roca que no llegan a fundirse y sirve de cemento al resto de rocas desplazadas cuando salen al exterior.

A medida que vamos ascendiendo, las paredes del tajo, que van perfilando los límites de la gran depresión calderiforme en la que nos adentraremos, van aumentando de altura: a un lado se alza el Pico Bejenado, cuya cima no puede verse desde las entrañas del cañón; al otro, tampoco se ven pero sabemos que están ahí arriba, rozando o superando los 2.000 m. de altura, los altivos hitos de Hoya Grande, Somada Alta y el Roque Palmero, formando parte del grandioso cresterío que culmina en la cumbre insular del Roque de Los Muchachos (2.426 m.s.n.m.)

Al llegar a Dos Aguas, nace el Barranco de Las Angustias, formado por la confluencia de los barrancos de Taburiente (el más caudaloso) y el del Almendro Amargo, cuyos cauces divergen aguas arriba. Allí existe un tomadero de agua y el inicio de un canal capaz de transportar 2.5 m3/sg por lo que gran parte del agua es canalizada, utilizada y regulada, desde tiempos históricos, por el Heredamiento de las Haciendas de Argual y Tazacorte.

En Dos Aguas hay que atravesar el barranco para seguir el itinerario que discurre próximo al cauce, cruzándolo de vez en cuando para sortear pequeños saltos en el cauce. A partir de ahora el agua, libre, pura y cristalina se despeña por doquier en multitud de cascadas y riachuelos, cincelando incansablemente el sustrato basáltico, creando y recreando un laberinto de barrancos y manteniendo vivo el paisaje en una suerte de eterna juventud.

Lo que actualmente es o que es, un descomunal anfiteatro de unos 8 km. de diámetro con desniveles cercanos a los 2.000 metros, hace millones de años era una montaña de 3.000 o 4.000 m. de altitud; desmantelamiento es la palabra clave en esta caldera de erosión, originada por desplome y desplazamiento de materiales desde la cabecera de los numerosos barrancos interiores, los cuales se despliegan y abren en abanico aguas arriba.

Poco más arriba, siguiendo el Barranco del Almendro Amargo, entramos en el parque nacional de La Caldera de Taburiente, punto en el que nos encontramos otra división de cauces, bajo la esbelta silueta del Roque Idafe: el Barranco del Almendro Amargo diverge del de Rivanceras (o del Limonero), el cual porta un modesto caudal de aguas ferruginosas, lo que confiere un matiz naranja a las rocas que baña y en la pared de la famosa Cascada de Colores, en el cauce del Barranco de Rivanceras y localizada a poca distancia del cruce de barrancos anterior. Subiendo por el cauce de Rivanceras, a unos 10 minutos, se encuentra dicha cascada, un pequeño salto de apariencia artificial que debe su nombre al musgo que tapiza el muro y a los tintes naranjas de las aguas ferruginosas.

Mientras afrontamos la dura cuesta de El Reventón, elevándonos sobre el cauce del Barranco del Almendro Amargo, a nuestra derecha vamos poniéndonos al nivel altitudinal del Roque Idafe, pintoresco roque que muestra la fuerte erosión que ha tenido lugar en los materiales circundantes. Este pitón era todo un símbolo para los Benahoritas, los pobladores precoloniales de la isla, los cuales, entre otros actos ceremoniales y religiosos, le ofrecían en su base las asaduras de los animales que consumían para que la gran roca no se desplomara sobre ellos. Tanausú, el Mencey de Aceró, tenía por aquí su morada y defendió valientemente su menceyato ante los conquistadores castellanos.

El aspecto del Roque Idafe va variando según subimos por El Reventón, desde un imponente monolito cuando estamos a sus pies hasta parecer un dedo alzado que sobresale de la lomada del Barranco del Almendro Amargo, mientras al fondo vamos apreciando la poderosa y vertical vertiente que se desploma desde la cumbre del Pico Bejenado (1.854 m.s.n.m.) hasta el fondo de la caldera.

Jaras y escobones forman el cortejo botánico que acompaña al omnipresente pinar canario.

Con numerosos manantiales, el caudal de la Caldera de Taburiente es considerable, aunque en épocas recientes se supone que ha ido descendiendo desde la década de los años 70 del siglo pasado; algunas estimaciones dan una cifra de 300 l/sg después de períodos lluviosos, aunque en término medio apenas supera los 100 l/sg.

Después de superar la cuesta de El Reventón aparece ante nosotros el Barranco de Taburiente portando un considerable caudal de agua despeñándose en cascadas a través de los saltos del angosto y profundo tajo, aunque no tan hondo como el del Almendro Amargo que dejamos atrás.

Barranco arriba se observa una gran mancha de color verde intenso entre el pinar circundante. Es una zona de nacientes conocida como Verduras del Mato, donde la vegetación ocupa casi el 100% del suelo y la diversidad botánica es mayor que en lugares próximos

Una parte del agua que vemos correr libremente por el Barranco de Taburiente proviene de los nacientes del Barranco de las Verduras de Alfonso, situado en la cabecera de este mismo tajo, bajo los imponentes murallones que bordean el parque nacional. A esos nacientes pensamos llegar en esta ruta.

La zona de acampada de la caldera se encuentra ya cerca, sobre el gran pedregal que yace en el fondo, producto del arrastre de cantos rodados arrastrados por las escorrentías hacia esta zona, que diría que es la única llanura existente dentro del parque. De ahí el nombre simbólico de la Playa de Taburiente que tiene el enclave. El subsuelo impermeable deja suficientes huecos para que el agua se filtre en la confluencia entre los barrancos de Cantos de Turugumay y el de Verduras de Alfonso, apareciendo después junto a la sauceda donde los depósitos son más finos.

Antes de llegar a esa zona pasamos por el Llano del Capadero, terreno cultivado hasta épocas recientes. Ahora son los tagasastes, tajinastes y alguna vieja higuera los que se han adueñado del lugar.

Finalmente el camino desciende a la Playa de Taburiente, entre el centro de servicios del parque nacional y el Roque de la Brevera Macha, como muchos otros invadidos de multitud de bejeques, sobre todo de la especie Aeonium palmense, el cual muestra su máximo apogeo en otoño e invierno cuando el agua hincha sus hojas carnosas.

Alrededor del arroyo permanente que serpentea por la Playa de Taburiente, un bosquete de sauces canarios, árbol con elevados requerimientos hídricos, encuentra un oasis vital, mientras una vez más la mirada permanece cautiva bajo el dominio de los estilizados roques, como el Roque del Huso y el Roque Salvaje, y como telón de fondo, las verticales paredes que delimitan el anfiteatro de las caldera por su sector norte.

El Roque del Huso aflora poco más arriba como un espigado montículo, adornado con viejos pinos canarios en lo más alto, lo que hace pensar una vez más que para este árbol no hay territorio prohibido por muy quebrado y escarpado que éste sea.

Remontando el inmenso pedregal de la Playa de Taburiente aparece hacia la izquierda el Barranco de los cantos de Turugumay, encajonado tajo que se derrumba desde las proximidades del Roque de Los Muchachos y seguimos avanzando hasta encontrarnos con el repecho del Lomo de La Juraga, elevándonos sobre el cauce del angosto y profundo Barranco de Las Verduras de Alfonso, que como todos demás tajos que confluyen en el de Taburiente y en el del Almendro Amargo surgen de los verticales farallones, espigones, fugas y gargantas que confinan el paisaje interior de la caldera, relieve vertical que se alza hasta atrapar las nubes, brumas que a su vez esconden las altivas cimas sobre un velo de intimidad y misterio, como si el manto nuboso separara este mundo terrenal de las deidades basálticas que coronan la isla.

El sonido del agua fluyendo barranco abajo nos sigue acompañando y nos recuerda que los nacientes de las Verduras de Alfonso cada vez están más cerca, a la vez que el sendero sube entre robustos pinos y terrenos algo inestables.

En el entorno de los nacientes resaltan rocas descarnadas próximas a pequeños pinares que forman manchas verdes vistas desde la distancia y en medio de la verticalidad imperante, colgados en el risco y por encima del nivel habitual del pinar; uno de ellos es el Pinar de Mantigua.

Por fin llegamos a las Verduras de Alfonso, en la cabecera del barranco homónimo, después de una dilatada subida desde el fondo del Barranco de Las Angustias, lugar donde además de unos nacientes naturales de imposible acceso, se halla una de las galerías de mayor caudal del parque nacional, con unos máximos que rondan los 50 litros/sg. Sorprende la cantidad de agua que mana de un entorno más bien árido como es el pinar.

Se puede seguir subiendo, remontando mediante revueltas lo que nos queda del Lomo de La Juraga, una de las laderas del Barranco de las Verduras, con el fin de contemplar el paisaje interior de la caldera desde lo más alto posible en esta ruta, alcanzando la arista del lomo y a su vez la divisoria con el siguiente barranco, el Barranco de Los Guanches. En realidad la senda continúa hasta La Cumbrecita, transitando cercano a la base de los imponentes murallones que se alzan hasta las cumbres de la caldera, subiendo otras laderas como Lomo Cumplido y Lomo del Escuchadero que dividen otras tantas vertiginosas barranqueras como los barrancos de Altaguna y de La Piedra Majorera. Debido a lo peligroso y aéreo del tramo (recuerdo que existen cadenas para agarrarse en pasos estrechos, literalmente colgados del abismo) y a derrumbamientos el resto de la vereda hasta La Cumbrecita se encuentra actualmente clausurada.

Desde lo más alto de la ruta la mirada se recrea en el impresionante paisaje y hace olvidar la dureza del pateo. Los barrancos nombrados anteriormente trazan sombreadas hendiduras en el inmenso pinar hasta confluir en el embudo del Barranco de Las Angustias. Sobre nuestras cabezas las nubes juegan a ocultarse entre los farallones, gargantas, fugas, roques y diques de caprichosas formas, originando un mundo vertical de indómitos paredones que majestuosamente se elevan por encima de los 2.000 m. y que parecen confinar no solo las nubes y el aire que respiramos, sino también nuestros pensamientos y emociones. Fue el momento clímax de la jornada, no solo por la altura alcanzada dentro de este descomunal mordisco en el corazón de la isla, sino también por lo que este paisaje logra trasmitir a través de la persistencia y paciencia de la naturaleza para crear arte. Ante nosotros una geología salvaje, brutal, descarnada, desgarrada y convulsa que consigue colmarnos con todo lo contrario: serenidad y paz interior y espiritual.

La naturaleza como espontaneidad gratuita y gratificante, como maestra de sensibilidades, regalo para los sentidos, terapia del alma y expansión del horizonte vital del montañero que se afana por divisarla y disfrutarla desde variados ángulos.

El sendero sigue su trazado en pos de El Escuchadero y La Cumbrecita, topónimos que distingo con la mirada, casi a nuestra altura pero aún distantes, aunque aquí nos sentimos felices con el panorama contemplado.

 

LOS ANDENES DE TABURIENTE (II)

23 noviembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

14963253_1290892970976385_1377136611803270692_nPor encima de los 2.200 m. de altitud en las cumbres de la isla bonita se encuentran los morros que coronan el anfiteatro de la Caldera de Taburiente, repartidos a lo largo de su perímetro con forma de herradura y de 20 km de longitud.

De oeste a este y en sentido de las agujas del reloj, la primera cumbre importante es el Roque Palmero, de 2.310 m.s.n.m., elevado sobre el espigón que se desploma en el impresionante y triangular Risco Liso, formando un descomunal paredón que se hunde en los pinares de la caldera.

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Avanzando hacia el norte, tras el Roque Palmero, la Degollada de Las Palomas sostiene casi verticalmente el Barranco de Las Bombas de Agua, una angosta garganta dirigida al abismo, por donde resbala la mirada, y ésta arrastra los pensamientos y emociones, tras 1.500 m. de caída libre, en este tajo desplomado y suspendido a partir de la degollada, cobijado entre verticales paredes laterales cuyas bases se encuentran y esconden en las entrañas de la depresión calderiforme.

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Antes de llegar a la cumbre insular del Roque de Los Muchachos, de 2.426 m.s.n.m., otras elevaciones que sobresalen de la crestería son el Roque Chico y el Morro de La Cresta, y justo antes del punto más alto del anfiteatro, otro tajo vertiginoso recorta el espacio, y con él el aliento; de nuevo entre paredones de ensueño que guardan otro pasadizo al vacío, la Garganta del Hoyo Verde hunde la corteza terrestre y todo lo que acontece en ella hacia el fondo de la caldera.

Me siento adicto a andar sobre desfiladeros y así sentir el abismo a mis pies, y en este caso a dejar desplomar la mirada y el resto de sentidos a través de estos colosales farallones basálticos, fugas y barranqueras, repartidas por estos precipicios interiores que parecen guardar celosamente los lejanos escarpes y riachuelos que florecen en el lejano fondo.

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Este anfiteatro, durante el tiempo que transitamos por él siguiendo el sendero de Gran Recorrido GR 131 o Ruta del Bastón, constituye el escenario de los sueños, el altar geológico, el palco presidencial de esta inigualable majestad geomorfológica suprema y de aspecto imperturbable y eterno que es la Caldera de Taburiente, la antítesis de lo efímero, humano y superfluo de la vida mundana y rutinaria, donde el sentido de la vista alcanza su plenitud, percibiendo el éxtasis existencial que me trasmite este paisaje y que hace sentirme vivo, respirando el aire leve de las cumbres, sintiendo la insignificancia de la existencia humana, escuchando el rumor de la brisa que acaricia estas altivas lomas, dejando que los pensamientos y emociones vaguen y floten sobre el abismo, y en definitiva que la mente se vacíe y se vuelva a rellenar con lo mucho que me muestra esta obra de arte natural y espontánea creada por las fuerzas interiores y erosivas del planeta.

Siguiendo con el periplo por la crestería en sentido horario, otra barranquera abierta al abismo es la que da lugar al Barranco de Cantos de Turugumay, donde las sensaciones comentadas anteriormente vuelven a repetirse.

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Más adelante, tras haber dejado atrás el mirador de Los Andenes, el esbelto dique de la Pared de Roberto (tan estilizado que parece levantado por el hombre) y picones rojizo-violáceos, otros morros reseñables son el Pico de La Cruz, de 2.351 m.s.n.m., también gran mirador no solo de la profundidad de la caldera sino de una parte del noreste de la isla, al elevarse sobre la cabecera del Barranco de Los Tilos. Desde allí arriba parece que nos encontramos en la parte central de este poderoso circo y la mirada se enfila directamente al mar a través del embudo que forma el desagüe del Barranco de Las Angustias, abierto 1.500 m. más abajo en la parte más baja de la caldera. La vista al interior de la depresión queda parcialmente oculta por un potente espigón, uno de tantos repartidos por todo el desfiladero, escondiendo a su vez angostas y vertiginosas gargantas como los barrancos del Diablo, del Ataúd, de Los Guanches y el de Altaguna.

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Desde el borde cumbrero se despliegan hacia el interior de la caldera crestas recortadas y afiladas como dientes de sierra, de vivas formas y agrestes perfiles, manteniendo su esbelta silueta a pesar de la erosión y de la gravedad reinantes, hiriendo el mar de nubes atrapado en la caldera, y de paso al aire, las retinas y hasta el alma de quien las observa. Crestas que se pierden en abismo buscando el fondo de la depresión, ocultando tajos sostenidos desde este mágico anfiteatro, por donde se enfilan, una vez tras otra, y sin encontrar destino ni respuesta final los fugaces sueños del montañero.

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Entre el Pico de La Cruz y el de Piedrallana (2.321 m.s.n.m.) atravesamos pequeños morretes rocosos y hacia el interior del parque nacional, a pocos metros de la cumbre un área de piroclastos de vivos colores amarillo-rojizos llama nuestra atención y lugar donde se encuentra la fuente de Juan Diego. Junto a dicha fuente se adentra un espigón que acaba en un un impresionante acantilado de 500 m. sobre los nacientes existentes en el Barranco de Las Verduras de Alfonso.

El espigón de Piedrallana separa los barrancos de Altaguna y el de Los Guanches, siendo esta cima importante desde el punto de vista etnográfico debido a la presencia de restos arqueológicos de los antiguos pobladores palmeros, los benahoaríes.

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En toda esta ruta montañera el codesar invade el terreno, apareciendo de forma localizada otras especies botánicas interesantes y endémicas de estas cumbres como la violeta de La Palma, el alhelí, la chaorra, la margarita, el rosalito, la tonática, la crespa, el retamón, el tajinaste rosado y el tajinaste azul genciano. Contados, retorcidos y viejos cedros arraigan penosamente y de manera inverosímil en riscos y diques acompañados de los prostreros y dispersos pinos canarios.

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La última cumbre de este alargado circo que supera los 2.200 m. de altura es el Pico de La Nieve (2.239 m.s.n.m.), llamado así porque es el único que se divisa nevado desde la capital insular. Al igual que en el Pico de La Cruz, la mágica soledad que debe tener toda cumbre se ve alterada con la presencia de placas solares y un repetidor de telecomunicaciones.

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Así son las cumbres de los Andenes de Taburiente, culminando el imperio de la verticalidad y por ende de los sentidos, coronando este inmenso, impresionante y grandioso hachazo en la corteza terrestre y en el corazón de la isla bonita, donde la arquitectura geológica se torna arte espontáneo, sin que la Madre Naturaleza se lo proponga; a escala humana, paisaje perpetuo, originado por las fuerzas antagónicas, constructivas y destructivas, del planeta, que parecen haber encontrado el equilibrio perfecto para crear esta grandiosa obra artística.

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Son muchas las panorámicas disfrutadas desde lo alto de este mágico circo, y además desde diferentes rincones y perspectivas, y en todos ellos los sentidos y pensamientos escapan de mi cuerpo, vagando libres y dichosos, mientras una sensación nirvánica de admiración y veneración a este colosal relieve se apodera de mi efímera existencia.

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Texto y fotos Salvador González Escovar.

La parte más espectacular del sendero de Gran Recorrido GR 131 palmero recorre el perímetro de cumbres de la Caldera de Taburiente, con alturas que superan los 2.000 m., regalándonos sobrecogedoras panorámicas del interior de esa gran depresión, contemplada desde las alturas.

El recorrido puede comenzar en el inicio de la pista al Pico de La Nieve, junto a la carretera que sube al Roque de Los Muchachos desde la capital insular.

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Debido a la altura ganada mediante asfalto, el tramo de subida a esa primera cima es corto, primero mediante pista de tierra y la última parte ya enlazando con el GR 131. Al llegar a la cumbre del Pico de La Nieve, de 2.239 m.s.n.m., la mirada se extiende en todas direcciones, no solo hacia la vertiente oriental como hasta ahora, sino también y de manera desproporcionadamente vertical hacia el interior de la caldera, mientras al sur el circo montañoso que a partir de ahora transitaremos en sentido contrario pierde altura en la Degollada del Río, que es la cabecera del gran barranco homónimo, situada entre nosotros y el puntal rocoso de Punta de Los Roques, la primera cima importante del anfiteatro que bordea la caldera.

A veces suele formarse mar de nubes en el interior de la caldera mientras en el exterior está despejado, dándole un toque de suavidad a las escarpadas y sobrecogedoras paredes que se esfuman en el manto nuboso, ocultando el abismo y escondiendo las entrañas de este formidable hachazo en la corteza terrestre.

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Los riscos que limitan la caldera son prácticamente verticales, recortados, salvajes, imponentes y me pregunto cómo algunos pinos y cedros llegan a conquistar este territorio en apariencia prohibido. Al interaccionar con estos desfiladeros del silencio, la bruma difumina sus siluetas, haciéndolas flotar sobre ellas.

El manto nuboso es como un mar de algodón cuyo parsimonioso movimiento sosiega los sentidos, ocultando, resaltando y embelleciendo el accidentado relieve. La bruma hace de este lugar una especie de abismo sin fondo, lejano, secreto, incierto, y a través de estos paredones sobre los que transito, imagino como las palabras, exclamaciones, suspiros, miradas, sensaciones, pensamientos y todas las cosas mundanas se precipitan vertiginosamente sin encontrar respuesta ni destino final.

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Dejado atrás el Pico de La Nieve, al otro lado del abismo de la caldera, vamos encontrando otras cabeceras de barrancos como el del Carmen y el de Nogales según avanzamos hacia el norte, apreciando desde estas alturas el monteverde que tapiza sus tramos medios, bastante por debajo de la franja del pinar que casi alcanza estas cimas.

La siguiente loma importante en la crestería de la caldera es el morro de Piedrallana, de 2.321 m.s.n.m., aunque el camino no pasa exactamente por su cima sino que la bordea por el exterior.

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Seguimos transitando por este escenario de los sueños, diría que incluso nirvánico, donde la mirada adquiere su máxima plenitud, y finalmente el sentido de la vista se transforma en emociones más profundas al excitar las neuronas cerebrales. Nos sentimos afortunados porque caminamos sobre las nubes, elevados sobre el vacío impuesto por la incesante erosión en masa que origina recortados espigones, nacientes de estas crestas y que a su vez ocultan vertiginosas barranqueras y fugas según se precipitan en el interior de la caldera. Agujas rocosas y potentes diques, que rayan los paredones basálticos y parecen erráticas sendas a ninguna parte a través de ellos, resisten el desmantelamiento erosivo de esta auténtica convulsión geológica, que paradójicamente al entrarme por los ojos consigue trasmitirme todo lo contrario, paz espiritual y serenidad emocional.

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Siguiendo con este particular sube y baja cresteando el borde de la caldera y llegados al Pico de La Cruz, de 2.351 m.s.n.m., se contempla, mirando atrás, uno de esos grandes y recortados espigones que parece una gran espina dorsal que se curva hacia las entrañas de la depresión.

Un saliente rocoso redondeado permite asomarnos directamente al abismo mientras más de un kilómetro de desnivel más abajo, el Barranco de Las Angustias nos alinea con la desembocadura de este desagüe natural de la depresión, teniendo la sensación de encontrarnos justo en su cabecera. En dirección opuesta al abismo de la caldera, una vieja caseta de telecomunicaciones deja avistar la cabecera y el tramo alto del Barranco del Agua o de Los Tilos.

Desde estas cumbres suspendidas en el abismo, percibo como se vacían y resetean mis pensamientos, para al poco tiempo sentir como la experiencia montañera se rellena de sensaciones inolvidables.

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La cumbre del Roque de Los Muchachos se encuentra cada vez más cerca y cuando las nubes interiores se esfuman la profundidad de este inmenso cráter queda al descubierto, lo que me hace imaginar la magnitud de los procesos erosivos, ya que se piensa que La Palma en su más remota historia geológica también estuvo coronada por una gran montaña central, mientras me pregunto qué será de este paisaje dentro de unos cuantos millones de años.

La cordillera que rodea la Caldera de Taburiente tiene un perímetro aproximado de 20 kilómetros y un díámetro de 8 km., y mediante este sendero que es una bendición para los sentidos, vamos recorriendo su parte más elevada.

Un gran farallón se hunde bajo la cima insular del Roque de Los Muchachos, dejando ver una variedad cromática de almagres, marrones, grises y tonos violáceos que rivalizan con la verticalidad reinante a la hora de cautivar la mirada.

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Seguimos bordeando este anfiteatro perimetral y el siguiente hito importante es la Pared de Roberto, cerca del Mirador de Los Andenes, un prominente y fotogénico dique que rápidamente sucumbe ante el abismo bajo él.

Algunos cedros encaramados en el filo de los cortados o en las paredes muestran un aspecto retorcido, longevo, cadavérico. Parecen vigilantes del tiempo, del silencio y del olvido, sobreviviendo a las puertas del vacío, como si la existencia para ellos fuera algo intrascendente.

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Una última subida nos separa del Roque de Los Muchachos, sobre una gran mole en la crestería, entre los fugaces y verticales barrancos de Cantos de Turugumay y el de Hoyo Verde, los cuales enfilan nuestros sentidos vertiginosamente al interior de la caldera.

Desde la cima insular, 1.500 metros de caída libre sobre el mundo terrenal, o no tanto si hay nubes interiores, cuya horizontalidad contrasta con la verticalidad de los farallones que se desploman desde este auténtico paraíso terrenal. La suavidad del mar de nubes interior invade la intimidad de los paredones, y en un intento de borrar la profundidad reinante, acrecienta la sensación extremadamente salvaje y virgen de este inmenso socavón abierto en buena parte de la paleopalma.

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A lo largo del arco perimetral que forma es recorrido por la ruta de la Crestería destacan las vertiginosas gargantas ocultas y enfiladas hacia el abismo, localizadas entre los espigones que asemejan dientes de sierra que se dirigen al fondo. Desde el Roque de Los Muchachos, de 2.426 m.s.n.m., llego a contar hasta 11 espigones repartidos por todo este escenario geológicamente apocalíptico que percibo como me da fuerzas para seguir caminando, por ejemplo, completando el corto sendero del Espigón del Roque, uno de esos tantos balcones sobre el abismo que sutilmente se separa del borde exterior de la caldera, lo que permite una vez más dejar caer libremente la mirada a ambos lados del sendero hallando las vertiginosas gargantas de Hoyo Verde a la derecha y de Cantos de Turugumay a la izquierda, según avanzamos hacia el extremo del saliente.

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Cada morro que sobresale del anfiteatro que vamos recorriendo tiene un nombre, al igual que cada angosta garganta suspendida en el vacío. Los más destacables son el Roque Palmero, el más cercano, y al otro lado de la cumbre insular, el Pico de La Cruz, seguido de Piedrallana, del Pico de La Nieve y finalmente Punta de Los Roques, elevado en el otro extremos del circo perimetral, cerca de la vaguada de la Degollada del Río, por donde ocasionalmente desbordan las nubes desde la vertiente oriental hacia el interior de la caldera.

A partir del Roque de Los Muchachos el GR 131 pierde altura de manera continuada recorriendo la parte más occidental del borde de la caldera hasta el mirador de El Time, percibiendo en definitiva como en todo momento la magia vertical de un paisaje geológicamente vivo y aparentemente perpetuo se apodera de los pensamientos, sentidos y de la insignificante existencia humana.