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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

13438841_1178857145513302_6061515036954897881_nEl Camino de La Hidro, o también conocido como Ruta del Agua, empieza en el barrio de San Juan, por encima del pueblo de Güímar. En un primer momento se asciende hasta la vieja central hidroeléctrica que antiguamente suministraba electricidad a la villa. A partir de ahí, una pista de tierra sigue subiendo hasta que un sendero se desvía a la izquierda de la misma, el cual ya no abandonamos y zigzaguea siguiendo un canal entubado que viene de una galería perforada dentro del Barranco de Badajoz.

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La senda gana altura progresivamente, discurriendo por la lomada que divide el Barranco del Río del de Badajoz, aunque con tendencia casi siempre a subir por la vertiente del primero de ellos, lo que permite en determinados puntos de la cresta, tener vistas de ambos tajos desde lo alto. Esta es la ventaja de caminar por la cresta que separa dos barrancos, se tienen a la vista y se disfruta desde arriba de la profundidad y del discurrir de ambos.

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La pared oeste del legendario Barranco de Badajoz culmina en la arista de la Ladera de Güímar, formando un espectacular y grandioso despeñadero que visto de frente, se muestra imponente y vertiginoso en cuanto a su dimensión vertical, y con numerosas fugas y barranqueras laterales que desgarran dicha vertiente y que finalmente se hunden en el abismo del fondo del Barranco de Badajoz. Parece increíble que por esos grandiosos farallones se abrieran túneles, “ventanas” y se trazara un canal que portara el agua alumbrada por las galerías del tajo. Algunas de esas ventanas contemplamos de lejos mientras subimos por la lomada, distinguiéndolas si has pasado por ellas o sabes de antemano que por ahí están, pero insignificantes como alineadas manchitas negras en la inmensa pared basáltica en la que fueron abiertas al vacío como respiraderos de los túneles y para tirar escombros mientras se perforaban éstos por los que se adentra el canal.

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Igualmente desde esa divisoria, la zona más recóndita, retorcida, encajonada y salvaje del Barranco de Badajoz es visible, apreciando la escabrosa intimidad del surco, el cual atenaza no solo la volátil bruma, sino también los sentidos y pensamientos del observador, llegando a entender el motivo por el que el tajo ha estado envuelto desde épocas pasadas en un halo de leyenda y misterio.

Esta caminata también destaca por el bosquete de madroños que unido a brezos, mocanes, acebiños, fayas, paloblancos, sanguinos y laureles, forman un reducto de monteverde, raro de observar en la vertiente sur de la isla, mientras el sotobosque lo pueblan crestas de gallo, malfuradas, estornuderas, jazmines, granadillos, vinagreras, etc.

13516245_1178848762180807_3285515613020988409_nLas brumas del alisio suelen encajarse en estos barrancos y escarpes que presentan una ligera orientación hacia el este, manteniendo los requerimientos hídricos de este piso bioclimático. Este reducto da paso gradualmente al pinar puro a mayor altura, pinar con sotobosque de tajinastes, margaritas, jaras, cardos, jaguarzos, escobones, codesos, tomillos, julanes, rosalitos, etc, amén de la flora rupícola que crece en riscos verticales como bejeques, cruzadillas, matoriscos, bejequillos y cerrajas.

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Desde la parte alta de la cresta, antes de penetrar en el pinar más denso que tapiza la zona media-alta del Valle de Güímar, y bastante después de haber abandonado el trazado del canal, el panorama de ambos tajos vecinos buscando la plataforma costera del valle supone una brillante recompensa a la continuada y dura subida, como si la vista y el resto de sentidos se deslizaran por partida doble aprovechando el avance de los dos barrancos hacia la zona baja.

La altitud conseguida hace visibles los vistosos escarpes del los Riscos de Cho Marcial, más allá de la vertiente oriental del Barranco del Río, y todavía más lejos, la Ladera de Araya limita el valle de Güímar por oriente.

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La pena es el abandono y mal estado de conservación de este panorámico e interesante sendero, una vez que el canal seguido en la primera parte de la subida deriva de nuestra ruta. La vegetación en muchos tramos invade el recorrido, lo que dificulta nuestra andadura más que la subida en sí, siguiendo el trazado con la ayuda de muretes de piedra que ocasionalmente quedan al descubierto entre la maleza. Triste destino de esta senda condenada al olvido en unos de los rincones más espectaculares del sur de Tenerife.

Al encontrarnos próximos a las cabecera de los dos tajos seguidos, la mirada se enfila hasta la costa principalmente por el Barranco del Río, debido a que presenta un perfil más uniforme, mientras que el de Badajoz discurre de manera más atormentada bajo el imponente escalón montañoso de la Ladera de Güímar, esa marcada huella en el relieve insular de un antiguo deslizamiento masivo, ocurrido desde las Cumbres de Izaña hasta el mar.

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Ya dentro del pinar la mirada no puede escapar del bosque pero el camino se ensancha, se hace más llevadero y sigue subiendo hasta enlazar con la pista de tierra que viene de las Cumbres de Güímar, y siguiéndola hacia la izquierda, hacia el borde de La Ladera, pasamos sobre el nacimiento del Barranco de Badajoz, disfrutando de una estratégica e impresionante visión del Valle de Güímar, y más allá de él, hasta la península de Anaga, en el confín insular.