Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El madroño canario (arbutus canariensis) pertenece a la familia de las ericáceas. Es un árbol que puede alcanzar los 8 metros de altura, aunque lo normal es de 3 a 4m.

Su ramificación es abierta dejando ver su singular tronco liso de color rojizo o anaranjado, recubierto con una delgada cutícula que se desprende a modo de escamas con facilidad en los ejemplares adultos.

Las hojas son lustrosas, de forma oblongo-lanceoladas, bordes dentados, coriáceas y largas.

Flores abundantes, vistosas, blanquecinas, verdosas o rosadas, con forma de campanas abombadas, olorosas dispuestas en racimos terminales y colgantes.

Los frutos, agrupados también en racimos colgantes, son bayas de hasta 4 cm. de diámetro, de color naranja al madurar, parecidas a pequeñas mandarinas, cubiertas de papilas, con multitud de minúsculas semillas; estos frutos son comestibles (se piensa que fueron aprovechados por los aborígenes canarios), pudiéndose emplear para la elaboración de mermeladas.

El madroño canario es un endemismo canario con parientes en Europa, que habita en las zonas más bajas, degradadas y soleadas de los bosques de laurisilva, siendo una especie poco frecuente, apareciendo localmente y preferiblemente en la zona de transición a los bosques termófilos, y también de manera ocasional en pinares húmedos, siempre entre los 700 y 1.500 metros de altura sobre el nivel del mar. Se distribuye por todas las islas excepto Fuerteventura y Lanzarote.

Anuncios

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Es un arbusto de porte elegante de hasta 2 metros de alto y con el tallo aserrado y las ramas delgadas. Las hojas son ovadas, ásperas, toscamente laciniadas o pinnatifidas con los lóbulos más o menos lineares y ásperos.

Inflorescencias erectas, paniculadas y blancas con los pétalos el doble de largos que el cáliz, florenciendo y fructificando entre abril y junio.

Frutos tetranervados.

Esta especie de col de risco es un endemismo tinerfeño limitado a los barrancos del Valle de Güímar, comprendidos entre Igueste de Candelaria y La Ladera de Güímar, entre los 400 y 800 m.s.n.m.y acompañada de otras especies como bejeques. Crece en acantilados basálticos algo sombríos y con cierta humedad, predominantemente orientados al norte. El área de distribución es bastante localizada, aunque dentro de ella es relativamente frecuente. Su carácter rupícola en lugares de difícil acceso contribuye a su conservación pese a lo cual está catalogada como especie vulnerable según la UICN.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Arbusto de hasta 1,5 m. de alto, muy ramificado desde la base.

Hojas enteras, de forma linear-lanceoladas, toscamente dentadas y pegajosas al tacto y de color verde claro.

Capítulos florales solitarios, de forma cónica, de donde surgen flósculos de color amarillo pálido o crema, todo ello en el extremo de largas, numerosas y erectas espigas. Brácteas involucrales sin apéndice, bordes fimbriados. Florece entre julio y agosto, fructificando en septiembre.

Fruto en forma de cerda esférica marrón que contiene multitud de diminutas semillas que se dispersan por el viento.

Esta especie de cabezón habita entre los 1.700 y 2.200 m.s.n.m., siendo endémica de las cumbres de Tenerife, en Las Cañadas del Teide, Cumbres de Vilaflor y de Güímar, habitando zonas de derrubios, escorias, grietas de acantilados y en suelos pumíticos compactados, siendo localmente abundante en algunos de los lugares citados anteriormente y entrando en contacto con el pinar en determinadas zonas.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Arbusto pequeño perenne, de tallo hirsuto muy ramificado, con ramas suculentas, largas, gruesas, muy vellosas y blancas por debajo de las rosetas foliares.

Hojas arrosetadas en el extremo de las ramas, y grandes con glándulas lineares y evidentes, bordes rojizos y crispados, irregularmente ciliados.

Flores normalmente mayores que en otras especies del mismo género, de color amarillo dorado, muy vistosas y abundantes, sobresaliendo del resto de la planta. Florece en mayo-junio, fructificando en verano y al igual que otras especies del mismo género, sus pequeños frutos capsulares de color marrón proporcionan multitud de diminutas semillas, reproduciéndose también por esquejes.

Puede hibridarse con el Aeonium spathulatum.

Es una especie exclusiva de Tenerife, con una distribución dispersa, geográfica y altitudinalmente, por la vertiente sur de la isla, desde los 200 hasta los 2.400 m.s.n.m., entre los que se encuentra la Ladera de Güímar y barrancos aledaños, pinares de Guía de Isora, de Vilaflor y paredes del Circo de Las Cañadas del Teide, siempre desarrollándose en ambientes rupícolas, lo que en cierto modo garantiza su relativamente buen estado de conservación

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

 

La Ladera de Güímar limita el valle homónimo por el sur, a modo de arista que desciende uniformemente desde las cumbres de Izaña hasta el mar, por lo que en ella podemos encontrar todos los pisos bioclimáticos de la isla, desde restos de bosquetes termófilos en su parte media-baja hasta vegetación de alta montaña en la cima, pasando por una franja de monteverde y otra más ancha de pinar canario, además de una variada flora rupícola que crece en las riscos y en los paredones verticales que enlazan súbitamente con el legendario y profundo Barranco de Badajoz. La ruta que nos ocupa transcurre por la zona media de la ladera, a una cota de unos 1.000 metros de altura sobre el nivel del mar aproximadamente, dentro por tanto de la franja del monteverde de la ladera.

El sendero de las Ventanas de Güímar parte de la pista de Anocheza. Es una pista ascendente que recorre la arista de la Ladera de Güímar y que comienza cerca del punto kilométrico 35 de la Carretera General del Sur, tras una curva a la derecha, después de pasar el Mirador de Don Martín.

Una vez que hemos llegado a Anocheza es recomendable dejar el coche lo más arriba posible porque la pista es bastante empinada y además asfaltada hasta poco antes del Pino de Tomás Cruz, junto al grupo de antenas de comunicaciones y una tanquilla repartidora de aguas. Comenzaremos a caminar justo donde termina el cemento y comienza la pista de tierra hacia arriba. Tras haber recorrido unos 20 minutos aproximadamente llegamos al pino de Tomás Cruz, seguiremos subiendo por la misma pista un poco más adelante hasta llegar a una hilera de cipreses y un desvío hacia la derecha que indica el inicio de la ruta junto al canal, actualmente en desuso y sin portar agua.

En unos 20 minutos desde el inicio del sendero llegaremos a una pala accidentada junto al canal y justo detrás de ella encontramos la entrada del primer túnel. A partir de aquí todo el sendero se realiza siguiendo el canal en un trazado horizontal manteniendo la cota, canal en algunos tramos derruido por derrumbamientos y que va alternando entre lugares abiertos y galerías, y pese al vértigo que puede sentirse en algunos tramos donde las ventanas de los túneles (no todos los túneles tienen respiraderos o ventanas al adentrarse bastante en la pared de la ladera, disminuyendo así el trazado del canal) se abren al abismo, el único peligro es no golpearse con los laterales y el techo de los mismos, siendo imprescindible llevar casco y frontal.

Las vistas que ofrecen estas ventanas abiertas en los paredones (para mantener la iluminación natural en lo posible, para ventilar los túneles y para tirar escombros a medida que se iba perforando la roca) y del canal en general, cuando éste transcurre fuera de ellos, son sencillamente espectaculares e imponentes, percibiendo la inmensa verticalidad de los descomunales farallones basálticos que unen y a la vez separan el fondo del Barranco de Badajoz con la cada vez más elevada arista de la ladera. Los paredones y la verticalidad imperante atenazan los sentidos y esta sensación va aumentando al acercarnos a la parte más salvaje del tajo, cada vez más retorcido y angosto, imponiéndonos además otra limitación espacial, incluso en los tramos fuera de las galerías donde también se percibe una oscuridad ambiental impuesta por los paredones y por el propio cañón, y cada vez más enigmática, mientras vamos atravesando, por medio de este canal que parece perderse por momentos en las entrañas de las paredes de basalto, espectaculares fugas y barranqueras laterales que enfilan la mirada y el resto de los sentidos hacia el fondo del sobrecogedor, profundo y atractivo barranco.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Arbusto de hasta 1.5 m. de alto, con hojas trifoliadas, de forma aovada, y flores con cáliz glabro y estípulas libres y pecioladas, de color rosado o violáceas muy vistosas, floreciendo normalmente en junio y fructificando en agosto, produciendo bastante semillas con un alto grado de germinación, al menos en cultivo. No ocurre lo mismo en las poblaciones naturales debido a diversos factores.

 

Endemismo tinerfeño limitado a los barrancos adyacentes de la Ladera de Güímar y a los del Macizo de Teno, habitando entre los 300 y 700 m. de altitud sobre el nivel del mar, y con un área de distribución muy localizada y una población muy reducida en cuanto al número de ejemplares.

 

Vive en el piso bioclimático termocanario, en relictos de bosquetes termófilos y transición al fayal-brezal, y esporádicamente en comunidades rupícolas o cornisas inaccesibles de barrancos, lo que hace que estén más protegidas, pero con menor posibilidad de desarrollo y propagación.

 

Entre las amenazas se citan el ataque de herbívoros u otros animales, posibles talas, derrubios, etc.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Se trata de un arbusto de hasta 1.5 metros de alto, con tallos parduzcos, porte globular y ramificación abundante.

Hojas agrupadas en los extremos de los tallos, de color verde claro, pubescentes por las dos caras, agudas y de forma anchamente lanceoladas a ovadas.

Flores abundantes sobresaliendo del ramillete de hojas, de color rosado, llamativas y de desarrollo primaveral.

Fructificación abundante pero afectada por larvas de insectos.

Es una especie endémica de Tenerife y Gran Canaria, aunque la población de Tenerife, más localizada y limitada a la Ladera de Güímar, Barranco de Badajoz y del Río, donde es abundante localmente, entre los 600 y 1.500 metros de altitud, dentro por tanto del ámbito del bosque termófilo, zonas limítrofes con la laurisilva más xerófila y también del pinar, subespecie a la que se ha propuesto como variedad diferente (tenerifae) e independiente.

Las poblaciones de Gran Canaria se distribuyen en una zona de mayor superficie, por las zonas centrales de pinares hasta los 1.700 metros de altitud.

El hecho de no tratarse de una especie apetecida por el ganado ha supuesto un estado de conservación aceptable aunque solo habite de forma natural en dos islas.

Texto y fotos de Salvador González

Esta especie de tabaiba es un arbusto de hasta 2 metros de alto, de crecimiento rápido y vistosa, con tallos de color marrón claro y muy ramificado.

Hojas agrupadas en el extremo de las ramas, deciduas casi en su totalidad. Las hojas tienen forma estrechamente lanceolada y borde entero.

Inflorescencias dispuestas a modo de umbelas, numerosas y llamativas por su coloración amarilla-verdosa y las brácteas florales muy grandes, fusionadas por lo menos en la mitad de su longitud, iniciando su floración a finales del invierno y fructificando en verano.

Frutos en forma de cápsula dura, de color marrón claro o amarillentas con semillas abundantes de fácil germinación.

Es una tabaiba endémica de La Gomera y Tenerife, rara en su ambiente natural, habitando preferentemente dentro del sector septentrional de La Gomera, entre los 500 y 800 metros de altura, y en Tenerife en La Ladera de Güímar, y en los macizos de Anaga y Teno, creciendo en matorrales ligados a áreas marginales de la laurisilva y en las transiciones a bosques termófilos de acebuches y espineros y siempre en orientaciones frescas.

Al tratarse de una especie poco apetecible para el ganado y por su adaptación a situaciones degradadas sobrevive sin aparente dificultad dentro de su área de distribución, no observándose disminución en las poblaciones conocidas, aunque éstas no presenten gran cantidad de individuos.

 

13524471_1178859155513101_2405568210396807617_n

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

13438841_1178857145513302_6061515036954897881_nEl Camino de La Hidro, o también conocido como Ruta del Agua, empieza en el barrio de San Juan, por encima del pueblo de Güímar. En un primer momento se asciende hasta la vieja central hidroeléctrica que antiguamente suministraba electricidad a la villa. A partir de ahí, una pista de tierra sigue subiendo hasta que un sendero se desvía a la izquierda de la misma, el cual ya no abandonamos y zigzaguea siguiendo un canal entubado que viene de una galería perforada dentro del Barranco de Badajoz.

13511022_1178849488847401_4616999273204074499_n

La senda gana altura progresivamente, discurriendo por la lomada que divide el Barranco del Río del de Badajoz, aunque con tendencia casi siempre a subir por la vertiente del primero de ellos, lo que permite en determinados puntos de la cresta, tener vistas de ambos tajos desde lo alto. Esta es la ventaja de caminar por la cresta que separa dos barrancos, se tienen a la vista y se disfruta desde arriba de la profundidad y del discurrir de ambos.

13508870_1178849968847353_200255020399215557_n

La pared oeste del legendario Barranco de Badajoz culmina en la arista de la Ladera de Güímar, formando un espectacular y grandioso despeñadero que visto de frente, se muestra imponente y vertiginoso en cuanto a su dimensión vertical, y con numerosas fugas y barranqueras laterales que desgarran dicha vertiente y que finalmente se hunden en el abismo del fondo del Barranco de Badajoz. Parece increíble que por esos grandiosos farallones se abrieran túneles, “ventanas” y se trazara un canal que portara el agua alumbrada por las galerías del tajo. Algunas de esas ventanas contemplamos de lejos mientras subimos por la lomada, distinguiéndolas si has pasado por ellas o sabes de antemano que por ahí están, pero insignificantes como alineadas manchitas negras en la inmensa pared basáltica en la que fueron abiertas al vacío como respiraderos de los túneles y para tirar escombros mientras se perforaban éstos por los que se adentra el canal.

13512065_1178847565514260_3881773155672544631_n

Igualmente desde esa divisoria, la zona más recóndita, retorcida, encajonada y salvaje del Barranco de Badajoz es visible, apreciando la escabrosa intimidad del surco, el cual atenaza no solo la volátil bruma, sino también los sentidos y pensamientos del observador, llegando a entender el motivo por el que el tajo ha estado envuelto desde épocas pasadas en un halo de leyenda y misterio.

Esta caminata también destaca por el bosquete de madroños que unido a brezos, mocanes, acebiños, fayas, paloblancos, sanguinos y laureles, forman un reducto de monteverde, raro de observar en la vertiente sur de la isla, mientras el sotobosque lo pueblan crestas de gallo, malfuradas, estornuderas, jazmines, granadillos, vinagreras, etc.

13516245_1178848762180807_3285515613020988409_nLas brumas del alisio suelen encajarse en estos barrancos y escarpes que presentan una ligera orientación hacia el este, manteniendo los requerimientos hídricos de este piso bioclimático. Este reducto da paso gradualmente al pinar puro a mayor altura, pinar con sotobosque de tajinastes, margaritas, jaras, cardos, jaguarzos, escobones, codesos, tomillos, julanes, rosalitos, etc, amén de la flora rupícola que crece en riscos verticales como bejeques, cruzadillas, matoriscos, bejequillos y cerrajas.

13516424_1178857352179948_1314448259204094554_n

Desde la parte alta de la cresta, antes de penetrar en el pinar más denso que tapiza la zona media-alta del Valle de Güímar, y bastante después de haber abandonado el trazado del canal, el panorama de ambos tajos vecinos buscando la plataforma costera del valle supone una brillante recompensa a la continuada y dura subida, como si la vista y el resto de sentidos se deslizaran por partida doble aprovechando el avance de los dos barrancos hacia la zona baja.

La altitud conseguida hace visibles los vistosos escarpes del los Riscos de Cho Marcial, más allá de la vertiente oriental del Barranco del Río, y todavía más lejos, la Ladera de Araya limita el valle de Güímar por oriente.

13497574_1178850708847279_3143588557825083899_o

La pena es el abandono y mal estado de conservación de este panorámico e interesante sendero, una vez que el canal seguido en la primera parte de la subida deriva de nuestra ruta. La vegetación en muchos tramos invade el recorrido, lo que dificulta nuestra andadura más que la subida en sí, siguiendo el trazado con la ayuda de muretes de piedra que ocasionalmente quedan al descubierto entre la maleza. Triste destino de esta senda condenada al olvido en unos de los rincones más espectaculares del sur de Tenerife.

Al encontrarnos próximos a las cabecera de los dos tajos seguidos, la mirada se enfila hasta la costa principalmente por el Barranco del Río, debido a que presenta un perfil más uniforme, mientras que el de Badajoz discurre de manera más atormentada bajo el imponente escalón montañoso de la Ladera de Güímar, esa marcada huella en el relieve insular de un antiguo deslizamiento masivo, ocurrido desde las Cumbres de Izaña hasta el mar.

13533024_1178849625514054_64693000816610910_n

Ya dentro del pinar la mirada no puede escapar del bosque pero el camino se ensancha, se hace más llevadero y sigue subiendo hasta enlazar con la pista de tierra que viene de las Cumbres de Güímar, y siguiéndola hacia la izquierda, hacia el borde de La Ladera, pasamos sobre el nacimiento del Barranco de Badajoz, disfrutando de una estratégica e impresionante visión del Valle de Güímar, y más allá de él, hasta la península de Anaga, en el confín insular.