Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Arbusto ramificado y leñoso, con rizoma grueso y tallos de hasta 2 metros de alto, pariente próximo de las cinerarias cultivadas con hojas acorazonadas de color verde oscuro por el haz y blanquecinas por el envés y de hasta 15 cm. de largo y 8 cm. de ancho y con los bordes aserrados. En verano pierde la hoja completamente.

 

Inflorescencias grandes y corimbiformes, agrupadas en el extremo de las ramas, de color morado y el centro de la flor de matiz más intenso que las lígulas. La inflorescencia es muy vistosa, alcanzando los 25 cm. de diámetro. Florece entre mayo y junio, fructificando entre julio y agosto.

 

Esta planta exclusiva de Gran Canaria solo es posible reproducirla por esquejes (aunque al encontrarse estrictamente protegida por la ley esta labor solo la puede llevar personal autorizado), ya que el porcentaje de germinación de las semillas es casi nulo al ser parasitadas por la larva de una mosca, también endémica canaria.

 

Las escasas poblaciones, además con un número escaso de individuos, razón por la que se encuentra en peligro de extinción, se localizan sobre paredones abruptos e inaccesibles, creciendo entre las grietas de algunos riscos de la zona central de la isla situados en la franja potencial de contacto entre el monteverde y el pinar, bajo unas condiciones ambientales de elevada humedad, hechos que en cierta manera garantiza una buena protección natural aumentando sus posibilidades de supervivencia, dentro de las comunidades rupícolas que se desarrollan en dichos paredones.

 

Habita en el sector central de la isla, como en los Roques de Tenteniguada y en la Hoya del Gamonal (Paisaje Protegido de Las Cumbres), y creciendo en altitudes que rondan entre los 1.200 y 1.400 m.s.n.m.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El saúco (Sambucus nigra ssp. palmensis) es un endemismo canario perteneciente a la familia de las caprifoliáceas. Es un arbusto o árbol pequeño y caducifolio, de hasta 5 metros de altura y de follaje denso. Tiene troncos y ramas débiles que se arquean con facilidad. La corteza es pardo-grisácea y algo agrietada.

 

Las hojas son compuestas, imparipinnadas (número impar de foliolos), con 3 o 4 pares de foliolos laterales y un foliolo terminal más grande. Los bordes de los foliolos son dentados o aserrados. El envés es velloso. En conjunto, la hoja puede medir más de 25 cm. de largo, mientras cada hojuela tiene entre 5 y 7 cm. de largo.

 

Inflorescencias umbeliformes de unos 10 cm. de diámetro, blancas, olorosas, aplanadas o abombadas, racemosas, muy conspicuas, recordando a las flores del follao, y cada flor que forma parte de la inflorescencia es pequeña.

 

Los frutos son pequeños, subglobosos, de unos 6 mm. de diámetro, poco vistosos, de color negro-parduzco en la madurez.

 

El saúco es una especie extremadamente rara. Se estima que una veintena de ejemplares en estado silvestre se reparten por tres islas y con escasas evidencias de propagación natural. Su emplazamiento natural es muy local y relegado a los sectores más húmedos, umbríos y selectos de la laurisilva, que junto a su escasa capacidad de reproducción sexual hace que se encuentre en peligro de extinción en las cuatro islas donde habita, Gran Canaria, La Palma, Tenerife y La Gomera.

 

Su dispersión es aparentemente ornitócora y progresa por acodos naturales; en viveros ha sido propagado por estacas ya que su reproducción sexual es muy limitada pues dispone de una proporción muy limitada de semillas fértiles.

 

El saúco tiene interés medicinal como curativo de eczemas, mientras su porte y floración le confieren interés para jardinería de zonas húmedas.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Se trata de un arbusto de hasta 1.5 metros de alto, con tallos parduzcos, porte globular y ramificación abundante.

Hojas agrupadas en los extremos de los tallos, de color verde claro, pubescentes por las dos caras, agudas y de forma anchamente lanceoladas a ovadas.

Flores abundantes sobresaliendo del ramillete de hojas, de color rosado, llamativas y de desarrollo primaveral.

Fructificación abundante pero afectada por larvas de insectos.

Es una especie endémica de Tenerife y Gran Canaria, aunque la población de Tenerife, más localizada y limitada a la Ladera de Güímar, Barranco de Badajoz y del Río, donde es abundante localmente, entre los 600 y 1.500 metros de altitud, dentro por tanto del ámbito del bosque termófilo, zonas limítrofes con la laurisilva más xerófila y también del pinar, subespecie a la que se ha propuesto como variedad diferente (tenerifae) e independiente.

Las poblaciones de Gran Canaria se distribuyen en una zona de mayor superficie, por las zonas centrales de pinares hasta los 1.700 metros de altitud.

El hecho de no tratarse de una especie apetecida por el ganado ha supuesto un estado de conservación aceptable aunque solo habite de forma natural en dos islas.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La magarza plateada tiene las hojas bi o tripinnatisectas, de color gris plateado, de ahí su nombre, muy tormentosas.

Flores muy vistosas y abundantes en el extremo de las ramas, floreciendo entre mayo y junio y fructifica en agosto, reproduciéndose por semillas, aunque su mantenimiento en cultivo resulta difícil, al menos en las zonas más bajas.

Es endémico de Gran Canaria, habitando en la zona central de la isla, entre los 1.300 y 1.800 metros de altura, en los bordes de la Caldera de Tejeda y en los Altos de Tirajana.

Por tanto se conocen dos poblaciones naturales en la isla, de extensión no demasiado grande, lo que conduce a aumentar su grado de amenaza. Como síntoma positivo, desde que se suprimió el pastoreo en la zona de los Riscos de Chapín, el estado de conservación de la especie ha mejorado.

Crece en laderas coluviales pedregosas y andenes de la zona alta montañosa, en los dominios del pinar seco, acompañada de otras especies como la retama amarilla (Teline microphylla), chaorra (Sideritis dasygnaphala y Carlina texedae.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La cresta de gallo del pinar (Isoplexis isabelliana) es una especie vegetal endémica de Gran Canaria, muy rara con escasas poblaciones aisladas y dispersas por la zona central y noroccidental de la isla, en los dominios del pinar y en peligro de extinción por lo que se encuentra incluida en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas, precisando de un plan de recuperación.

Se trata de una especie asociada al pinar canario, habitando entre los 600 y 1.600 m. de altitud, prefiriendo zonas cálidas, en áreas de elevada pendiente con suelo escaso y pedregoso, como Cazadores, Hoyas del Gamonal y Camareta, Cueva Grande, Llanos de La Pez, Riscos de Pino Gordo, Riscos de Tenteniguada, Riscos de Guayedra y Tirma. 

El hecho de tener poblaciones dispersas aunque escasas se puede interpretar como una reliquia botánica de una vegetación más abundante en tiempos pasados.  Es un arbusto de hasta 80 cm. de alto, ramificado con las hojas brotando de los extremos de las ramas, de forma estrechamente lanceolada, más o menos brillantes y con bordes aserrados.

Inflorescencias densas, formando racimos terminales y erectos, con flores de color rojizo oscuro y naranja que florecen de mayo a junio.

Frutos en forma de cápsula marrón que se abre con el calor veraniego, dispersando multitud de diminutas semillas.

Asimismo, es una planta de gran interés científico debido a su biología reproductiva, ya que los agentes en su sistema de polinización son los pequeños pájaros que comparten su hábitat, sobre todo el hornero o mosquitero canario (Phylloscopus collybita canariensis), el herrerillo común (Parus caeruleus teneriffae) y la curruca capirotada (Sylvia atricapilla obscura), atraídos por el abundante néctar de estas flores para completar su dieta.

Las crestas de gallo son utilizadas en la medicina popular por su poder anestésico en procesos odontológicos, para la diabetes y como cardiotónico.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Es una especie fisurícola que habita en grietas de riscos y rocas antiguas, siendo un endemismo exclusivo de Gran Canaria, en la zona oeste y noroeste de la isla y en altitudes comprendidas entre los 400 y 800 metros.

El cabezón de Gran Canaria es un arbusto de hasta 3 metros de alto y con tallos leñosos. Las hojas de forma lanceolada, algo coriáceas y frecuentemente pegajosas, con los bordes dentados o aserrados. Flores vistosas de color rosado-morado, sobre apéndices largos, floreciendo normalmente entre abril y julio, fructificando durante el verano.

Esta especie, al igual que otras representantes del mismo género, presenta poblaciones muy localizadas y con reducido número de individuos.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Dracaena tamaranae o drago de Gran Canaria, es una especie vegetal endémica de la isla de Gran Canaria, emparentada con el drago, Dracaena draco, y otras especies de Dracaena del este de África. Desde 1972 (Günther Kunkel) se han identificado ejemplares de drago en Gran Canaria con ciertas peculiaridades. Estos inicialmente fueron identificados como ejemplares de Dracaena draco. Sin embargo, un estudio más detallado y su cultivo permitieron reconocer que se trataba de una especie diferente. Fue descrita por primera vez en 1998 por F. Marrero, A. Almeida, R.S. & Gonzalez-Martín.

Descripción:

Este drago tiene hojas rígidas, acanaladas, aguzadas hacia la punta y de un color más azulado y grisáceo que las de D. Draco. Su porte es menos denso y ramificado, alcanzando más de 8 metros de altura. La corteza es amarillo-grisácea y algo lustrosa. Las inflorescencias, de color verde blanquecino, se disponen en una inflorescencia ramificada de hasta 80-100 cm de larga. Las semillas son globosas y ligeramente comprimidas de unos 6-7 mm de diámetro.

Muestra similitudes con especies del este de África, como Dracaena ombet y Dracaena schizantha, y de Arabia, como Dracaena serrulata. Se cree que la especie podría haber llegado a Canarias durante el periodo Mioceno.

Familia: Agavaceae.

Género: Dracaena.

Se trata de una variedad de drago descubierta mucho antes de que fuera descrita como nueva especie endémica de Gran Canaria en noviembre de 1999. Presenta marcadas diferencias con sus parientes más cercanos, el conocido ‘Dracaena draco’, con el que se había confundido hasta ahora, dada la inaccesibilidad de los escasos ejemplares existentes en la Isla. De hecho, se conocía la presencia de dragos silvestres en Gran Canaria desde principios de los años 70 del siglo XX. Fue descubierto por Kunkel en los riscos y escarpes del suroeste grancanario, sin que, como se ha dicho antes, hasta 1998 se confirmara que se trataba de una especie diferente.

Diferencias con Dracaena draco: Hojas acanaladas, de color más azulado y grisáceo, aún en ejemplares juveniles. Inflorescencia más ramificada. Flores con diferentes características. Rutas y semillas más pequeñas. Guarda mayor similitud con especies del este de África y Arabia, mientras que D. draco las tiene con el drago de la isla de Socotra, en el Océano Índico.

Distribución y hábitat:

Los dragos encontrados están en el suroeste de la isla de Gran Canaria, en zona más xérica de la habitual para Dracaena draco.

El drago de Gran Canaria se ha descrito como propio de las comunidades vegetales termo-esclerófilas, de la región tropical-subtropical. Son realtivamente xerofilos, habitando zonas con precipitaciones de entre 200 y 500 mm anuales. Los ejemplares encontrados se localizan en las zonas geológicamente más antiguas de la isla, en riscos y paredes de barrancos del sur y suroeste de la isla, generalmente inaccesibles. Estas zonas albergan restos de sus ecosistemas originales: sabinar y jarales. En ellas convive con especies como sabinas, jaguarzos, acebuches, pinos, etc.

Se encuentra en peligro de extinción y figura en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas.

Cultivo:

Debido a la escasez de ejemplares aún no es posible su cultivo fuera del ámbito científico. Se recomienda, sin embargo, no introducir ejemplares de D. draco en la zona susceptible de albergar o ser reforestada con esta especie.

Taxonomía:

Dracaena tamaranae fue descrita por Marrero Rodr., R.S.Almeida & Gonz.-Mart. y publicado en Botanical Journal of the Linnean Society 128: 294. 1998.1.

Etimología:

Dracaena: nombre genérico que deriva del griego drakaina = “dragón” refiriéndonos a la “Dracaena draco”. Este árbol en la población local de la Islas Canarias, fue considerado un dragón y le atribuyeron propiedades mágicas.

Tamaranae: relativo a Tamarán, nombre aborigen atribuido a Gran Canaria.

Con toda seguridad son muy pocos los canarios y por ende los surgrancanarios que tienen conocimiento de que, refugiados en los riscos más inaccesibles del sur de la isla, quedan los únicamente 79 ejemplares que existen en el mundo en estado silvestre del Dracaena tamaranae, una nueva especie de drago, que fue descrita por primera vez en 1998 por Aguedo Marrero, Rafael Almeida y Manuel González Martín.

Es por todo ello que siguiendo la filosofía de nuestro blog, exponemos estas breves líneas con el fin de difundir este descubrimiento y sensibilizar a los lectores, sobre el valor del mismo.

Aunque los especÍmenes ya eran conocidos desde hacía tiempo, se observó que eran diferentes de los de la especie habitual de las islas, la dracaena draco, el drago común, especie mundialmente conocida.

Así, en la década de los 60 del pasado siglo los grupos montañeros Grupo Universitario de Montaña y Grupo Montañero de San Bernardo los habían localizado en los barrancos del sur y suroeste de la isla, lo que comunicaron a Günther Kunkel, el célebre naturalista y botánico alemán, quien los dio a conocer en distintas publicaciones de 1972 y 1973, aunque como hemos indicado, identificándolos con el drago común.

Hasta la fecha se conocía la existencia de cinco especies distintas de dragos, que únicamente sobrevivían en estado silvestre en las islas de la Macaronesia y en el noreste de África, en el entorno del Mar Rojo y en la isla de Socotora en el Océano Índico, en el borde oriental del continente.

Es en 1762 y 1767 es cuando el célebre naturalista Linneo describe al que conocemos como drago común. Las otras cuatro especies de dragos se describen en la segunda mitad del s. XIX, resultado de las diversas exploraciones realizadas en el este de África, consecuencia de la expansión colonial inglesa en plena época victoriana, que alcanzó en esas fechas su máximo apogeo.

El drago común, que también recibe otros nombres en castellano como dragón, drago macaronésico, drago canario, drago de África, dragonero, árbol de la sangre de drago, árbol del drago o árbol gerión es un árbol que puede alcanzar alturas hasta de 15 y 20 metros, bastante escaso en su medio natural y que vive en los archipiélagos de la Macaronesia: en las islas de Cabo Verde, Canarias y archipiélago de Madeira.

Poco antes de darse a conocer el drago grancanario, se había descubierto en 1996, una subespecie del drago común en Marruecos, donde se localizó, refugiado en inaccesibles riscos del Anti-Atlas Marroquí, al igual que el drago de Gran Canaria.

Este descubrimiento replanteó a su vez el origen de unos dragos existentes en Gibraltar, que se creían llevados allí desde las islas, de los que actualmente se sospecha que pudieran ser un remanente de poblaciones silvestres habidas en tiempos pasados y se les encuadra dentro de la subespecie marroquí que recibe el nombre de científico de dracanea draco aigal

Lo paradójico del drago de Gran Canaria, es que tiene más similitudes con los dragos del Océano Índico, que se encuentran a muchos miles de kilómetros, que con los del drago común de la Macaronesia.

Este hecho refrenda un origen único de estas especies calificadas en otra época de antidiluvianas, origen que se debió situar en el actual desierto del Sahara, en otros tiempos constituidos de selvas y bosques de laurisilvas.

Fotos tomadas en los Andenes de Cortadores (Barranco de Arguineguín) y en jardín canario Viera y Clavijo.

INFORMACIÓN Y TEXTO OBTENIDO DEL JARDÍN CANARIO VIERA Y CLAVIJO, DE WIKIPEDIA Y DE PABLO GUEDES GONZÁLEZ.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Un sendero interesante y panorámico parte de la Degollada de la Cruz Grande, y desde allí se sigue la pista de tierra que en poco tiempo nos introduce en el espacio protegido del Pinar de Pilancones y nos conduce a la Degollada del Dinero; a continuación un sendero señalizado (S 60) desciende por la vertiente de Pilancones, pasando bajo el escarpado Morro del Guirre (1.301 m.s.n.m.) y caminando en dirección suroeste. Luego vuelve a aproximarse a la cresta divisoria que separa Pilancones y la cuenca de Chira, rumbo a la Degollada del Sordo, lo que permite divisar simultáneamente los paisajes que ofrecen ambas empinadas laderas repletas de extensos pinares maduros, sobre todo los de Pilancones.

La presa de Chira y el caserío de Cercados de Araña quedan a nuestros pies, en el fondo del Barranco de Chira, mientras el destacable y espigado Morro del Yerbahuerto (1.315 m.s.n.m.), saliente rocoso que sobresale del pinar, corona la empinada ladera que tenemos por delante.

Desde la Degollada del Sordo podemos rodear completamente esa montaña, adentrándonos nuevamente en la parte alta del pinar de Pilancones, contemplando desde lo alto como algunos estriados precipicios rompen la hegemonía del pinar y profundizan el tramo superior de estos barrancos, los cuales se abren paso hacia las medianías sureñas.

Estando en la degollada resulta más sencillo coronar el Morro del Yerbahuerto, para lo cual, después de que el camino discurra por el pinar de la ladera y supere un repecho por la fachada norte del morro, hay que subir finalmente durante un corto trecho por una pista de tierra a la que va a dar el sendero seguido.

La suave lomada oeste seguida por la pista hasta la cima del Yerbahuerto (donde existe un gran antena y casetas de telecomunicaciones) contrasta con la que se derrumba vertiginosa y abruptamente bajo el perfil oriental del morro, por lo que el camino no tiene otro destino que finalizar en esta vistosa cumbre, la cual nos obsequia con sobrecogedoras, extasiantes y amplias panorámicas 360º a la redonda.

Desde la cumbre del Morro de Yerbahuerto o desde sus inmediaciones la altura ganada es la suficiente como para gozar plenamente del paisaje que nos rodea, ya que se tienen unas vistas muy sugerentes de la zona central y sur de la isla; para empezar seguimos con la mirada parte de la ruta que nos trajo hasta aquí a través del tramo alto del pinar de Pilancones, después de haber asimilado el repentino e inesperado shock visual que supone asomarse al abismo abierto al vacío bajo la escarpada arista oriental de la montaña, contemplando la inmensa cuenca de Pilancones desde las alturas. Se divisa la presa de la Gambuesa bastante abajo, bajo el pinar de Pilancones, en el Barranco de Ayagaures, y parte del recóndito caserío de Las Tederas cauce arriba y en la base de la mole de la Montaña Negra, escarpe elevado desde el mismo fondo del barranco y que divide el devenir de sendos tajos en diferentes ramales en torno a esa montaña interior.

El Morro de la Cruz Grande destaca en la cabecera del sector oriental de la cuenca de Pilancones y otros escarpes cercanos a la Degollada de La Manzanilla ocultan la visión del más lejano Barranco de Los Vicentes, perteneciente también al espacio protegido del Pinar de Pilancones.

En el plano corto y vertiente abajo mirando a través de la ladera norte del alto del Yerbahuerto, al otro lado del sector de Pilancones, la vista encuentra, tras un empinado declive, la presa de Chira, cercana a la gran y desolada mole del Montañón, el cual forma un gran precipicio sobre el Barranco de Arguineguín, tajo poco apreciable desde esta atalaya.

Sobre la vertiente occidental de ese largo tajo se eleva la voluminosa mole de Tauro, y de nuevo en horizontes más lejanos, pero ahora dejando volar la mirada hacia el oeste, llama la atención la piramidal Montaña Adlobas, dentro del Macizo del Suroeste.

Hacia el noreste se divisan las cumbres insulares del Roque Nublo, Pico de Las Nieves y la parte elevada de los imponentes Riscos de Tirajana, formando un magnífico telón de fondo que corona los paredones por los que circula el Camino de La Plata y los que rodean Ayacata, como los Riscos de Chimirique y del Aserrador.

Desde esos riscos verticales y marrones, las encantadas retinas siguen el recorrido visual por la cresta norte del Barranco de Ayacata, situada más allá de la presa de Chira y la más lejana de Las Niñas, reconociendo las montañas o roques que coronan el Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales, como el Lomo de Los Almaceres, Morro de Pajonales, Morro de La Negrita, Montaña Alsándara, y finalmente, en las postrimerías occidentales

Desde la cumbre del Morro de Hierba Huerto volvemos sobre nuestros pasos hasta encontrar un cruce de caminos, eligiendo el que nos baja a la presa de Chira, y desde ahí remontamos por el fondo de esa cuenca, al principio por asfalto, hasta llegar a la Degollada de la Cruz Grande, cerrando así el circuito senderista.

BREZO (I)

4 mayo, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El Brezo (Erica arborea) es un árbol de hasta 10 metros de altura. Pertenece a la familia de las ericáceas y también vive en África y Europa.

El tronco es retorcido, la corteza es de color marrón-rojizo, áspera al tacto y desprendible en tiras. Es un árbol muy ramificado y denso, con las ramitas blanquecinas, delgadas y pelosas.

Las hojas son verticiladas, lineares, de hasta 5 mm. de largo y revolutas, y de color verde oscuro, excepto los brotes nuevos, que presentan un color verde tierno.

Las flores son hermafroditas, pequeñas, con forma de campana, blancas, muy abundantes formando racimos densos y vistosos.

El fruto es una cápsula pequeña con lóbulos persistentes.

Es una especie muy abundante en el monteverde, distribuyéndose en altura desde los 200 hasta los 1.700 metros de altura sobre el nivel del mar. Es una especie ecológicamente agresiva porque ocupa bosques de laurisilva talados o degradados. En asociación con la faya da lugar a las formaciones de fayal-brezal típicas de la zona de transición entre los bosques de laurisilva y el pinar húmedo en las las laderas húmedas e influenciadas por los vientos alisios de las islas centrales y occidentales. Presente también en el pinar mixto y como elemento del sotobosque del pinar, desapareciendo a una mayor altitud que la faya en estas formaciones vegetales; esporádico en el sur y oeste de las islas que habita, donde se refugia en barrancos húmedos y sombríos.

Sus ramas se aprovechan para labores agrícolas en horquetas y varas, también para alimento del ganado, artesanía y algunas aplicaciones en medicina popular.

Está presente en todas las islas a excepción de Fuerteventura y Lanzarote.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Este largo circuito senderista parte de la presa de La Gambuesa, dentro del Barranco de Ayagaures, y mediante una pista de tierra bastante larga, ladeando por la vertiente occidental y aproximándose paulatinamente al cauce del tajo, remonta el barranco en dirección al caserío de Las Tederas a la vez que empieza a rodear la Montaña Negra por la parte norte de esta mole elevada desde el mismo lecho del barranco. En Las Tederas comienza el sendero que asciende primero al Descansadero de Los Muertos, al difunto Pino de Pilancones y luego a la parte alta del Pinar de Pilancones, por debajo de la Degollada de La Manzanilla

Posteriormente el tramo por otra pista de tierra termina de rodear la Montaña Negra hasta que un sendero igualmente largo nos baja al punto de partida, transitando la mayor parte del recorrido a una altura superior que en el tramo de ida y ahora en la vertiente oriental del Barranco de Ayagaures.

Iniciamos el ascenso en zigzag por la pista que comienza cerca de la presa de La Gambuesa; nos encontraremos dos desvíos, pero seguiremos ascendiendo. Una vez llegamos a una pronunciada curva, el terreno llanea por la cómoda pista, desde donde se contemplan bonitas vistas de la presa de Gambuesa, del palmeral sobre ella y del discurrir del Barranco de Ayagaures aguas arriba.

Seguimos caminando y más arriba vemos las casas de Taginastal al otro lado del lecho del barranco. Sobre esas casas, los oscuros, verticales y agrietados paredones se desploman en el cauce y contrastan con el matiz blanquecino y las cuevas que presenta la ladera del barranco a una altura superior.

La pista sigue su camino hasta el poblado de Las Tederas, ubicado en el fondo del barranco, con viejas y un tanto desperdigadas casas, donde el paisaje forma en las retinas una imagen bucólica y armoniosa, entre casas de arquitectura tradicional, pinares, palmerales, cultivos agrícolas y un inmenso anfiteatro montañoso al fondo rodeando todo este espacio.

Algunas viviendas se hallan en plena reconstrucción tras el pavoroso incendio forestal de 2007 que arrasó toda esta zona, triste suceso que se percibe al contemplar los troncos ennegrecidos de algunas palmeras sobrevivientes.

El barranco va virando a oriente, cambio de rumbo del cauce impuesto por la gran mole de la Montaña Negra, la cual, a pesar de sus dimensiones, parece quedar aislada dentro del tajo. Tras atravesar el pueblo finaliza, por fin, la pista seguida desde el inicio y comienza el camino que primero atraviesa el cauce del barranco y posteriormente va ascendiendo de manera decidida por la vertiente norte de la Montaña Negra, sin llegar a coronarla, pero elevándonos sobre el tajo seguido hasta ahora y, por supuesto, disfrutando cada vez más de del paisaje invadido por el inmenso pinar que se abre hacia la cuenca alta de Pilancones. En la cabecera de este espacio protegido se distinguen topónimos y morros que lo limitan y separan de la parte central de la isla, como son el recortado Morro de Hierba Huerto, la Degollada del Sordo, Morro de Cruz Grande, Morro del Guirre, Morro de Las Vacas y el Roque Guanil

El Pinar de Pilancones destaca por su madurez y extensión, abarcando el espacio protegido desde el Barranco de Ayagaures hasta los morros que lo separan de la Cuenca de Chira y de la de Tirajana.

La primera parte de la subida culmina en el lugar conocido como Descansadero de Los Muertos, una original mesa de piedra con una cruz y un mojón. En este lugar descansaban los habitantes de Ayagaures cuando llevaban a enterrar a sus difuntos al lejano cementerio de Tunte, localizado en la parte alta del Valle de Tirajana.

En frente, y bajando por un lomito, tenemos una explanada con unas visiones muy panorámicas hacia la cuenca de Pilancones, topónimo conocido como la Cruz de Humbría, cuyo borde forma un cortado repentino sobre el abismo del tajo

Retomamos el camino que ahora llanea y pronto llegamos al enclave donde creció con esplendor el famoso Pino de Pilancones, árbol conocido como el abuelo forestal, un gran y antiquísimo pino canario (se piensa que tenía una edad superior a los 500 años) que sucumbió a las llamas del gran incendio ocurrido en verano de 2007, aunque hay estudios que indican que ya desde bastante tiempo antes mostraba signos de envejecimiento y declive. En este sentido sorprenden los pinos circundantes, reverdecidos y recuperados ya totalmente de aquel siniestro fuego, junto al gigante caído y quemado. Aún podemos contemplar la envergadura de su tronco y de los trozos de ramas que yacen en el suelo y que permanecen en la explanada reconvertida en zona de descanso y de homenaje al emblemático árbol.

La fuente de Pilancones, en la actualidad seca, servía a los caminantes para abastecerse de agua tras el duro ascenso. También se puede dejar nuestras impresiones de la ruta y del entorno en el maltrecho libro de visitas escondido junto a la fuente.

Nos queda un segundo repecho, más largo que el primero, para llegar a una de las tantas pistas de tierra que circulan por la parte alta del Pinar de Pilancones; aquí tenemos varias opciones: si queremos seguir subiendo hasta la Degollada de la Manzanilla para contemplar una completa panorámica hacia la otra vertiente, la que se desploma en la Caldera de Tirajana, debemos continuar por camino empedrado que supera la vertiente. Son unos quinientos metros más de subida hasta la Degollada de la Manzanilla.

Esa opción queda para el futuro y elegimos seguir, de momento llaneando, por la pista de tierra en dirección sur y empezando así el camino de vuelta o de retorno a la presa de La Gambuesa, mientras divisamos la grandiosidad del Pinar de Pilancones y la amplia cuenca que lo cobija bajo una altiva sucesión de roques y morros que lo separan del Barranco de Chira, al otro lado de la misma.

Dicha pista nos guía por la parte oriental de Montaña Negra, macizo rocoso que hace honor a su nombre con respecto al resto del paisaje y que alberga curiosas cuevas.  Seguimos por la pista de tierra hasta que a la derecha se bifurca una vereda que serpentea bajando por la vertiente oriental del Barranco de Ayagaures. Debemos tomar este desvío, ya que si continuamos por la pista nos conduciría al Barranco de los Vicentes, al otro lado de la divisoria compartida con el de Ayagaures.

Descendemos por este camino mientras la Montaña Negra, la cual hemos rodeado, queda a nuestra espalda y nos muestra su silueta más fotogénica. Al poco tiempo veremos una construcción semiderruida (la casa de Montaña Negra) bajo el sendero, perdida en medio de un páramo desolado, antes de que ese terreno se hunda en el precipicio sobre el fondo del Barranco de Ayagaures.

Poco más abajo el camino pasa por un resalte en la ladra que forma un excelente mirador, obsequiándonos con vistosas y estratégicas panorámicas del Barranco de Ayagaures enfilándose hacia la costa sur de la isla desde la parte alta de la amplia cuenca de Pilancones, apreciando como la Montaña Negra estrecha el discurrir del surco divisado, resaltando también los blanquecinos escarpes contemplados en la ida desde abajo, pero ahora desde arriba y que terminan por desplomarse vertiginosamente en el tajo. Coronando el sector occidental del Pinar de Pilancones aún se divisa el inconfundible Morro de Hierba Huerto.

Ladera abajo la mirada escapa fuera de los límites del barranco a través de alguna brecha en su pared oriental y se adivina el Barranco de Los Vicentes al otro lado, e incluso, tras éste, una pequeña porción del Barranco de Fataga.

Tras una prolongada bajada nos acercamos a las presas de Ayagaures y Gambuesa, con sus coquetas casas de piedra rodeadas de huertas y un frondoso palmeral sobre la presa de La Gambuesa. Las palmeras canarias no solo acompañan a las zonas humanizadas de este entorno sino que también se aventuran en los verticales riscos que se alzan por la vertiente oriental del Barranco de Ayagaures.

Al final del recorrido la pedregosa pista se transforma en una pista de cemento que nos lleva hasta el muro de contención de la presa de La Gambuesa, completando el circuito de algo más de 16 km. de longitud.