Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde la zona cercana a Los Azulejos, en la carretera que une Mogán con La Aldea de San Nicolás, sube un sendero señalizado ganando rápidamente altura sobre la cabecera del Barranco de Veneguera. Mientras ascendemos impresionan los verticales riscos que nos rodean junto al matiz verdoso, pálido y ocre de la parte baja de los Andenes de Veneguera, justo encima de la citada carretera.

Los Azulejos son fruto de erupciones hidromagmáticas, es decir, que estas tonalidades son consecuencia de la mezcla del magma de una erupción volcánica que interactuó con corrientes subterráneas de agua. Se trata, por tanto, de afloramientos de alteración hidrotermal, los cuales establecen una clara discordancia entre las mismas y marcan el borde la vieja Caldera de Tejeda.

 

Más arriba, después de pasar por la zona de los famosos charcos repartidos escalonadamente entre salto y salto a través del abrupto paisaje, la senda se encamina hacia el cauce del Barranco de La Manta, una vertiginosa barranquera de corto recorrido que surge de la vertiente sur del Pinar de Ojeda, al que poco a poco nos vamos aproximando, concretamente a la zona de Los Quemados. Según ganamos altitud van asomando algunas montañas que coronan el Macizo de Inagua, como la Montaña de Ojeda, por la cual pasaremos más adelante. También el Roque Pernal en sentido opuesto, hacia oriente. Mirando al sur vamos superando en altura las recortadas crestas del Macizo del Suroeste, con la espigada Montaña Adlobas como punto destacable, las cuales forman la divisoria entre los barrancos de Tasarte y el abierto más hacia el oeste, el de Tasartico, ambos aún poco reseñables desde aquí.

Nos acompañan, en cuanto a la vegetación, tajinastes blancos y negros, tabaibas, verodes, vinagreras, jaguarzos, bejeques, matos de risco, cornicales, balos, damas…y tristemente también las plantas invasoras rabos de gato, especialmente en la primera parte del recorrido, la más cercana a la calzada. A mayor altitud se unen al marco vegetal pinos, jaras y escobones, ocultando en algunos puntos el trazado a seguir, a la vez que desciende la inclinación del sendero, ya cerca del cauce del barranquillo.

Poco más arriba enlazamos con la pista forestal que se dirige al aula de la naturaleza de Inagua y la seguimos en esa dirección; dejamos atrás esa construcción sumamente aislada y seguimos avanzando por la pista, ahora en ascenso más pronunciado, hasta encontrar un sendero que diverge a la izquierda de la pista, el cual permite acortar y atajar un tramo del recorrido. Una vez nuevamente en la pista seguimos subiendo, mientras vamos apreciando la mole de la Montaña de Tauro emergiendo más allá de este inmenso pinar, coronando una de las vertientes del profundo y alargado Barranco de Mogán. Al poco rato alcanzamos la Degollada de Las Brujas, un collado que ya permite divisar entre pinos parte de la fachada norte del Macizo de Inagua y Ojeda. En este punto hay varias opciones de continuar el recorrido según donde queramos ir, pero nuestro destino se encuentra a una altura algo mayor y más hacia el extremo oeste de este dilatado macizo.

Abandonamos la pista y seguimos unos mojones que marcan por ambos lados un difuso sendero que asciende durante un corto trayecto hacia la extensa y amesetada cima de la Montaña de Ojeda.

El primer gran éxtasis visual y emocional del pateo nos invade completamente al asomarnos al precipicio abierto sobre los Andenes de Tasarte, derrumbados bajo la vertiente suroeste de la Montaña de Ojeda, formando un espectacular hachazo en la corteza terrestre que entrecorta y acelera el aliento y el ritmo cardiaco, aunque ya hayamos dejado de subir cuestas por el momento. Parece que todo el desnivel acumulado paulatinamente, paso a paso, metro a metro, durante la subida, se libera repentina, virtualmente y de golpe en un abismo grandioso, colosal, abrumador y pavoroso, arrastrando con ello nuestros alucinados sentidos y pensamientos, enfilándose nuestra mirada verticalmente hasta encontrar la lejana referencia de la carretera en la que empezó todo esto, aunque fuera en un punto diferente de la misma.

El Barranco de Tasarte queda a nuestros pies, como si estuviéramos justo en el lugar de su nacimiento divisando su perfil hasta la desembocadura en el suroeste insular. La Montaña Adlobas adquiere desde aquí su silueta piramidal más llamativa y fotogénica, pero permanece empequeñecida ante nosotros debido a la altura que hemos alcanzado. Algo más al oeste se distingue la Montaña Horgazales, en el Macizo de Guiguí, oculta parcialmente por el paredón que asciende hasta la cúspide de la Montaña de Los Hornos o de Inagua, que además se encuentra a poca distancia de este extraordinario mirador natural de la Montaña de Ojeda.

Dejando escapar la mirada a través del extenso pinar que nos invade hacia la zona central de la isla se divisan las cumbres insulares de El Campanario, el Pico de Las Nieves y el Roque de La Agujereada; en un plano más corto se eleva la mole de la Montaña de Las Monjas y detrás la Montaña Alsándara, la cota máxima del Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales con 1.580 m.s.n.m.

El tramo del sendero que nos queda para alcanzar la postrera y más occidental cumbre de la Montaña de Inagua está poco marcado pero la escasa elevación de esa cima con respecto a la de Ojeda hace poco dificultoso este último trayecto senderista. En la cumbre de la Montaña de Los Hornos (1.426 m.s.n.m.) existe un vértice geodésico y el pinar que nos rodea no permite disfrutar del vacío espacial de la Montaña de Ojeda, pero contemplamos en mayor medida las cumbres del Macizo de Guiguí, sobresaliendo de la verde arboleda que tenemos delante, en el declive de la montaña hacia el oeste.

Mirando hacia el otro lado, la Montaña de Altavista se alza en al vertiente opuesta del Barranco de La Aldea, desagüe natural de la Cuenca de Tejeda, y detrás de esa atalaya destacan el frondoso Macizo de Tamadaba, asomando también la cima del Roque Faneque en el extremo de la prolongación de Tamadaba hacia el noroeste insular. Hacia la zona central de la isla el lejano Roque Nublo parece erguirse sobre la más cercana Montaña de Alsándara.

La cima de la Montaña de Inagua es un punto solitario y mágico, una de las fronteras naturales más entrañables de Gran Canaria; se percibe el silencio solo roto por el rumor del aire leve de las cumbres en contacto con las ramas de los pinos.

Además de divisar las montañas comentadas anteriormente, como Horgazales y El Cedro, sobresaliendo del siempre verde dosel arbóreo, desde esa postrera cumbre de este grandioso pinar puede contemplarse gran parte de esta hilera de cumbres del resto de este macizo que se alarga hasta el centro de la isla, amplia panorámica en la que el solitario Cortijo de Inagua, localizado en la ladera norte de estas montañas, y en medio de tanta naturaleza virgen, forma una referencia de lejana y ancestral humanidad que acrecienta la sensación virginal, salvaje, de aislamiento y de soledad impuesta por el pinar más extenso y maduro de la isla.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde Temisas subimos y cruzamos el barranco de idéntico nombre, divisando en este tramo y al ganar una cierta altura, las paredes del Macizo de Amurga y las montañas que rodean Tunte y la cabecera del Valle de Tirajana, como el Morro de la Cruz Grande, montañas que alegran y extienden la mirada en un horizonte más lejano.

Seguidamente continuamos avanzando en dirección norte cruzando también el Barranco de La Capellanía, llegando poco después al borde sur del Barranco de Guayadeque. El Barranco de Guayadeque es el más profundo de los tres tajos contemplados en esta ruta, naciendo en la cumbre insular, cerca de la Caldera de Los Marteles.

Algunas casas cueva, con evidentes signos de habitabilidad reciente, aparecen cerca del borde y en las laderas sumándose a las existentes en el fondo del Barranco de Guayadeque.

Luego ascendemos un poco siguiendo ese límite del tajo hasta llegar al Pinillo de Temisas, un pino seco y aislado, dominando el paisaje con buenas vistas de la zona sureste insular, con El Roque Aguayro destacando en el relieve, y que se contempla desde muchos puntos de este pateo.

Posteriormente bajamos hasta el cauce del Barranco de La Capellanía, aguas abajo llamado Barranco Hondo, dejando atrás más casas cueva, alguna era y algún pozo, encaminándonos a través de este surco en el relieve donde al final de la bajada, cerca de la carretera, un palmeral reverdece el cauce del tajo.

Seguimos un buen trecho por su lecho para enlazar con el camino que comunica Agüimes con Temisas, cerrando así el circuito senderista, después de visitar las Cuevas de La Audiencia.

Esta cuevas se encuadran en un poblado arqueológico situado muy cerca de Temisas, también llamado de Risco Pintado, formadas por cuevas labradas artificialmente empleadas para distintas funciones: dormitorio, cocina, silos, granero, hornos, tagoror, etc. El topónimo responde a la denominación popular dada a la estructura de piedras localizadas en la base del Risco Pintado que algunos autores consideran que es un tagoror.

Están muy estudiadas las hipótesis que el tagoror era un lugar de reunión de los aborígenes canarios donde los ancianos sabios y jefes de la tribu se convocaban para tomar decisiones que les afectaban, con el objeto de impartir justicia sobre las cuestiones que se planteaban, en cuyo espacio se daba audiencia a las distintas partes para exponer sus opiniones a favor y en contra que una vez oídas daban lugar al debate y resolución.

La estructura de piedras tiene unas dimensiones son de 5,60 por 3,60 metros, conformando un recinto ovoide con cuatro gradas arqueadas, que se asemeja al modelo de tagoror existentes en otros lugares de la isla.

El conjunto de cuevas son artificiales labradas en la toba, presentando numerosos recovecos y agujeros interiores, aunque también se aprovechan algunas cavidades naturales que son retocadas, de diversos tamaños y morfologías que incluyen graneros -como las Cuevas del Pósito- y hornos. Uno de los hallazgos más significativos de los localizados en estas cuevas es la gran abundancia de tejidos elaborados sobre fibras vegetales.

Se trata de un poblado de cuevas, con una complejidad semejante a la de otros conjuntos, localizándose cuevas de diversos tamaños y morfologías, a las que, pueden atribuirse diferentes funciones (dormitorio, cocina, etc.)

Además de las cavidades hay otros elementos que articulan el espacio como pasos, escaleras, túneles, etc. y constituyen también obras artificiales. En la función doméstica de algunos espacios se encuentran alacenas, hornacinas, silos, etc., estimándose que algunas cavidades han sido consideradas como zonas de trabajo especializado, especialmente la posible existencia de un taller dedicado a las manufacturas de las fibras vegetales, precisamente por la importante cantidad de vestigios confeccionados con esta materia prima y los útiles necesarios para tales tareas.

El espacio dedicado al almacenaje, conocido con ese castellano arcaico de Cuevas del Pósito ya referido, pone de relevancia el cuidado que caracteriza la ejecución de los espacios para garantizar la conservación y seguridad de los productos que allí se guardarían destinados al consumo humano.

A la construcción en piedra de la que se entiende es un horno alfarero, el único superviviente de una serie que quedó destruido con la construcción de la carretera en 1939, se le asocia una ingente cantidad de fragmentos cerámicos y cenizas.

Por último, están el número elevado de cuevas naturales y artificiales destinadas al enterramiento de carácter colectivo que se encuentra en el extremo sur del poblado y que fueron intensamente expoliadas a principios del siglo XX. Fueron catalogadas arqueológicamente en la primera investigación como Cuevas de la Desarrapada, topónimo que fue dado erróneamente en posteriores inventarios a otros conjuntos. Este lugar también es conocido con el topónimo de La Caldereta.

El conjunto arquitectónico ha proporcionado abundante material arqueológico, gran parte depositado en el Museo Canario, y su estado de conservación es regular con un grado de fragilidad alto por la proximidad de los núcleos de población y carreteras, siendo de notable interés científico patrimonial.

El amplio pasillo que en la actualidad constituye el acceso más fácil para las Cuevas del Pósito es una apertura reciente. La zona de entrada originaria es posible observarla en la segunda oquedad descrita, correspondiendo a un estrecho paso con escalones labrados.

Muy cerca de este lugar, en los últimos meses de 2012 cuando se realizaban obras de acondicionamiento de la carretera de acceso a Temisas, bajo los riscos se han descubierto nuevas cuevas que quedaron selladas por antiguo desprendimiento de rocas, por lo que han permanecido prácticamente en su estado primitivo. En su interior se han encontrado muelas de moler, morteros de piedra, útiles de madera y fragmentos de esteras vegetales, acompañados por restos de trigo y cebada.

En los análisis microscópicos de los granos y las espigas recuperadas en estas cuevas se ha observado que presentan marcas de corte con útiles de piedra, lo que permite argumentar que se trata del espacio donde los aborígenes procesaban el cereal antes de su depósito en los silos que pudieran estar situados en otros niveles superiores, o en las mencionadas Cuevas del Pósito.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde las proximidades de la zona central de la isla discurren hacia el sur varios barrancos de gran interés geomorfológico y de belleza paisajística, como el de Los Vicentes, de Chamoriscán, de La Data y de Ayagaures, barrancos que en la cabecera del pinar se abren en abanico formando una gran cuenca bajo los morros de la Cruz Grande, del Guirre, del Guanil, de Las Vacas, Montaña de Las Tórtolas y Morro del Hierba Huerto.

El pinar de las cabeceras de los barrancos, acompañado de jaras, escobones, mostazas, bejeques, corazoncillos, tomillos, magarzas, inciensos, tajinastes, mato riscos…, constituye un hábitat en buen estado de conservación con buenas poblaciones avícolas, por lo que se ha incluido en la red de espacios protegidos como zona de especial protección para las aves, con la presencia regular del pico picapinos, cernícalo, ratonero, cuervo, herrerillo…

Otro tanto podría decirse de algunos cardonales y tabaibales cercanos a la costa, y determinados hábitats acuáticos. Por todo el espacio se distribuyen especies amenazadas de la fauna y la flora, y elementos de interés científico.

Este recorrido senderista con principio y fin en el pueblo de San Bartolomé de Tirajana recorre el tramo alto del pinar de Pilancones, divisando además durante la ruta otros espacios naturales cercamos como los espectaculares Riscos de Tirajana, destacando entre ellos el Risco Blanco, dentro de la amplia pared basáltica donde culminan las cumbres insulares, y hacia el sur de la isla, el Macizo de Amurga cerrando el Barranco de Fataga.

Saliendo de la localidad de San Bartolomé de Tirajana rumbo a la Degollada de La Manzanilla, damos un vistazo atrás para contemplar el Risco Blanco y la espectacular pared que forman los Riscos de Tirajana, reconociendo además dentro de ellos las cumbres insulares como El Campanario, el Pico de Las Nieves, Roque de La Gorra y La Agujereada; nos dirigimos a la Degollada de La Manzanilla subiendo en un primer momento levemente con la mirada también puesta en las lomas que guardan el extenso y maduro Pinar de Pilancones que contemplaremos más adelante desde dentro de ese espacio.

A medida que nos acercamos a la Degollada de La Manzanilla y nos alejamos de los dominios del amplio Valle de Tirajana, avistamos otras zonas de la isla como el tramo alto del Barranco de Fataga y el Macizo de Amurga.

Tras pasar por la Fuente del Solapón el camino se estrecha y sube de forma más decidida hacia la Degollada de La Manzanilla, al otro lado de la cual se encuentra el extenso Pinar de Pilancones.

Al llegar a ella se tiene una buena perspectiva del Morro de Las Vacas, montaña invadida por el pinar, bosque que nos acompaña a partir de ahora hasta el final de la ruta.

Al otro lado de la Degollada de La Manzanilla disfrutamos de amplias panorámicas del Pinar de Pilancones, extenso y maduro pinar que también invade la cabecera de los barrancos donde sobresalen los morros de Las Vacas, Cruz Grande, Guainil, del Guirre y de Hierba Huerto, roques que forman un alargado límite cumbrero en torno a este espacio.

La Punta Manzanilla se encuentra cerca mirando hacia el sur pero seguimos en sentido contrario mediante una larga pista de tierra prácticamente llana que circunvala los entrantes y salientes existentes en la cabecera del Pinar de Pilancones, en dirección a la Degollada del Dinero, pasando bajo o cerca de algunos roques comentados anteriormente.

La mirada recorre este extenso pinar a lo largo y a lo ancho; en su interior la Montaña Negra es una gran mole que sobresale del fondo de la cuenca de Pilancones, dividiendo el discurrir de sendos barrancos que se abren en abanico en su tramo alto. En el borde occidental de la cabecera del Pinar de Pilancones el recortado Morro de Hierba Huerto culmina una larga arista. También se divisa la zona habitada de Las Tederas en el fondo del Barranco de Ayagaures, es uno de los flancos de la Montaña Negra.

Fuera de los límites de Pilancones, detrás de los roques cimeros, a lo lejos sobresalen las elevaciones del Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales como las Montañas de Alsándara y de Inagua, además de la mole de la Montaña de Tauro, e incluso la Pirámide de Adlobas más lejos, dentro del Macizo del Suroeste.

De esta manera vamos transitando por la parte alta del Pinar de Pilancones, teniendo siempre a la vista los barrancos y roques que arrugan este inmenso lugar y desde diferentes perspectivas.

Una vez que dejamos atrás el Pinar de Pilancones desde la Degollada del Dinero nos encaminamos durante un corto tramo hacia la Degollada de la Cruz Grande, contemplando delante nuestro los impresionantes Riscos de Tirajana y el Paso de La Plata; en dirección suroeste la mirada también se enfoca a través del Barranco de Chira encontrando al fondo la Montaña de Tauro.

Al llegar a la Degollada de la Cruz Grande abandonamos definitivamente la larga pista forestal seguida desde la Degollada de La Manzanilla y tomamos un tramo del Camino Real e importante vía de comunicación del Camino de La Plata, sendero empedrado que desciende hasta San Bartolomé de Tirajana. Durante el trayecto vamos disfrutando de las panorámicas con las que los Riscos de Tirajana nos obsequian, especialmente con el Risco Blanco, resaltando su pálido cromatismo, roque adosado desde la base del imponente murallón que se alza en la vertiente norte del Valle de Tirajana.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Esta ruta comienza junto a los Riscos de Chimirique, localizados frente a la Montaña del Aserrador, por cuya base circula el sendero al comienzo.

Mientras ganamos altura pasamos sobre el estilizado Roque Betancuria, mientras al fondo, el Barranco de Ayacata se perfila hacía el suroeste insular.

Mientras andamos una sucesión de crestas y barrancos ondula el relieve en dirección sur. Al fondo se distingue el recortado Morro de Hierba Huerto.

El sendero asciende en dirección al Roque Nublo al principio por el Barranco del Nublo, pero poco después de llegar a la altura de la pequeña presa de La Embocada se desvía a la izquierda, superando la ladera lateral mediante una vereda algo difuminada e invalida por el matorral, pero marcada regularmente con mojones de piedra.

El Risco del Laurel se eleva imponente al lado de la presa y es una gigantesca mole rocosa que atenaza la mirada. Y es que en general los petrificados Riscos de Ayacata constituyen un regalo visual y contemplativo.

Desde lo alto de la loma se divisan, además de los Riscos de Ayacata, las cumbres insulares como La Agujerada, el Pico de Las Nieves y El Campanario. La mirada también se entretiene en los barrancos de El Juncal y del Chorrillo, dentro de la Cuenca de Tejeda y separados por la prominente lomada de Timagada y El Toscón.

La Caldera de Tejeda se contempla desde las alturas, abarcando la panorámica buena parte de su perímetro, desde el Pico de Las Nieves hasta Moriscos, desde el Roque Nublo hasta el Barranco de La Aldea y muestra algunos barrancos interiores como el del Juncal, el del Chorrillo y el de Tejeda, separados por agrestes crestas como la del Roque Bentayga. Al fondo la Montaña Altavista y Tamadaba se aproximan al noroeste insular, y más allá del brazo oceánico que nos distancia de Tenerife, en días claros se distinguen las cumbres chicharreras como El Teide, la Montaña Guajara, Montaña Blanca y el Pico Viejo.

En un plano más cercano y mientras transitamos sobre la cabecera de los Barrancos del Juncal y del Chorrillo, divisamos como el Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales se extiende hacia el oeste de la isla, sobre la vertiente sur del Barranco del Juncal, y vamos avistando sus lomas características como el Morro de Pajonales, la Montaña Alsándara y la Montaña de Las Monjas.

Los barrancos interiores de la Caldera de Tejeda convergen en el Valle de La Aldea, constituyendo la única escapatoria al mar de la grandiosa y espectacular depresión.

Después de contemplar y disfrutar de este espectáculo paisajístico seguimos avanzando, ahora en llano hacia el norte y al poco tiempo aparece el Arco del Aserrador o del Bentayga, anclado en uno de los bordes del descomunal precipicio, que siempre al andar por estos lugares, más pronto que tarde acaba por desplomarse sobre el abismo de la Caldera de Tejeda, arco que forma una ventana con temidas vistas al vacío, dirigidas hacia las entrañas de esa descomunal, desgarrada y petrificada depresión geológica.

Además, para aumentar la belleza del paraje ahora vemos como emerge la silueta del Roque Nublo y del Roque de La Fogalera, el cual es un puntal rocoso que forma un saliente cuya base se derrumba abruptamente en el vacío de la Caldera de Tejeda, como si fuera el extremo de un pedestal del cual sobresale el Nublo y su acompañante La Rana.

Si seguimos en dirección norte llegamos al borde de un risco y podemos atravesar con dificultad uno de sus andenes para enlazar este pateo con el conocido camino que asciende a la Plataforma del Nublo por el barranco homónimo desde El Aserrador, senda que al principio abandonamos para visitar el recóndito Arco del Bentayga.

ACEBIÑO I (ILEX CANARIENSIS)

17 diciembre, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El acebiño (Ilex canariensis) es un endemismo macaronésico perteneciente a la familia de las aquifoliáceas. Es un arbusto o árbol pequeño que puede alcanzar los 10 metros de altura, muy ramificado con abundante foliación y de tonalidad oscura y de copa más o menos piramidal. Su corteza es lisa y de color marrón grisácea.

Las hojas son brillantes, duras, alternas, de forma ovada, de unos 6-8 cm. de largo. Sus bordes son generalmente enteros, aunque a veces con unas cuantas espinas pequeñas (parecidas a las del naranjero salvaje), sobre todo en los brotes nuevos. Ápice obtuso o redondeado.

Las flores son dioicas (hay ejemplares con flores masculinas y otros con flores femeninas), de color blanco, pequeñas, agrupadas en pequeñas inflorescencias y situadas en las partes terminales de las ramas.

Los frutos son rojizos o rojos en la madurez, de forma globosa, de aproximadamente 1 cm. de diámetro.

Es un árbol muy común en los bosques de laurisilva, frecuente también en el fayal brezal o bosques degradados, en barrancos húmedos con orientación favorable a los alisios y en pinar mixto, desde los 600 hasta los 1.800 metros de altura sobre el nivel del mar. Se distribuye por todas las islas excepto Fuerteventura y Lanzarote.

TARAJAL (TAMARIX CANARIENSIS).

15 diciembre, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

 

El tarajal (Tamarix canariensis) pertenece a la familia de las tamaricáceas.

El tronco es densamente ramificado, pudiendo alcanzar los 5 o 6 metros de altura, con la corteza agrietada, de color marrón-rojizo.

Hojas pequeñas, alternas, escuamiformes, imbricadas, con el ápice agudo, de 1 a 3 mm. de largo.

Flores hermafroditas, pequeñas, pediceladas, blancas o rosadas, agrupadas en racimos delgados y alargados de entre 3 y 6 cm. de longitud.

El fruto es una cápsula trivalva que contiene numerosas semillas con pelos largos.

Es una especie que abunda localmente en regiones costeras, dunas y zonas secas rocosas cercanas al mar, hasta los 400 m.s.n.m. en todo el archipiélago canario, no siendo exclusivo de Canarias, ya que también habita en la región mediterránea occidental.

Tiene interés en cuanto al uso ornamental, forraje, linderos, además de su apreciada madera para carpintería.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El madroño canario (arbutus canariensis) pertenece a la familia de las ericáceas. Es un árbol que puede alcanzar los 8 metros de altura, aunque lo normal es de 3 a 4m.

Su ramificación es abierta dejando ver su singular tronco liso de color rojizo o anaranjado, recubierto con una delgada cutícula que se desprende a modo de escamas con facilidad en los ejemplares adultos.

Las hojas son lustrosas, de forma oblongo-lanceoladas, bordes dentados, coriáceas y largas.

Flores abundantes, vistosas, blanquecinas, verdosas o rosadas, con forma de campanas abombadas, olorosas dispuestas en racimos terminales y colgantes.

Los frutos, agrupados también en racimos colgantes, son bayas de hasta 4 cm. de diámetro, de color naranja al madurar, parecidas a pequeñas mandarinas, cubiertas de papilas, con multitud de minúsculas semillas; estos frutos son comestibles (se piensa que fueron aprovechados por los aborígenes canarios), pudiéndose emplear para la elaboración de mermeladas.

El madroño canario es un endemismo canario con parientes en Europa, que habita en las zonas más bajas, degradadas y soleadas de los bosques de laurisilva, siendo una especie poco frecuente, apareciendo localmente y preferiblemente en la zona de transición a los bosques termófilos, y también de manera ocasional en pinares húmedos, siempre entre los 700 y 1.500 metros de altura sobre el nivel del mar. Se distribuye por todas las islas excepto Fuerteventura y Lanzarote.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Endémica de: Barrancos del Parque Natural de Doramas, Gran Canaria. Especie en peligro de extinción de acuerdo con el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas y que, por tanto, requiere un plan de recuperación. Endemismo propio de Gran Canaria, se encuentra asociado a los restos de laurisilva que quedan en la parte montañosa y más húmeda y umbrosa de la Isla, donde es rara y muy escasa. Vive entre los 400 y 800 metros de la cara norte de la isla, en los Tilos de Moya, Barranco Oscuro, Barranco de Azuaje y Barranco de La Virgen, siempre dentro del perímetro del Parque Natural de Doramas. Puede alcanzar hasta los 80 centímetros de altura. Posee hojas lanceoladas de hasta 10 centímetros y una inflorescencia terminal vistosa, con flores rojizas o color cobre. Florece entre abril y junio y produce gran cantidad de semillas, aunque germinan con dificultad. Es una especie con importancia desde el punto de vista científico y medicinal.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Es un arbusto de pequeño porte que raramente supera el metro de alto, con ramas semipéndulas y caducifolio.

Hojas trifoliadas de forma obovada o elíptica, entre 2 y 4 cm de largo.

Flores bancas, llamativas, con estípulas sésiles unidas por la base, cáliz glabro y de desarrollo primaveral.

Fructificación abundante pero frecuentemente aniquilada por larvas de insectos.

Habita entre los 200 y 500 m.s.n.m., en las islas occidentales, siendo muy rara en todas ellas, además existe una cita antigua no confirmada en Gran Canaria.

Es una especie acompañante de zonas arbustivas de ambientes termófilos como sabinares y acebuchales de las islas donde habita, siendo vulnerable a las actividades humanas, y por tanto estando sus poblaciones mejor conservadas en lugares abruptos como barrancos y riscos, en suelos pocos desarrollados o en grietas de barrancos semisombríos, y al igual que ocurre en muchas otras especies amenazadas, en situación de refugio frente al pastoreo y roturaciones.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La Mosquera de Tamadaba es un arbusto pequeño parecido a la G. sarcophylla, más erguido, de hasta 80 cm. de alto, muy ramificado, hojas mayores que la G. sarcophylla, y de forma lanceolada, con pedúnculos cortos.

Flores agrupadas en el extremo de las ramas, de color azul pálido con el centro de color azul intenso.

Es un endemismo de Gran Canaria, con un número muy reducido de poblaciones en el Macizo de Tamadaba, sometidas a pastoreo caprino y al coleccionismo por aficionados como principales factores de amenaza, pero su situación rupícola sobre escarpes verticales de difícil acceso le confiere una relativa protección.

Se localiza concretamente en los Riscos de Guayedra entre los 950 y 1.000 m.s.n.m., sobre paredones abruptos y rocosos, dentro del piso bioclimático del pinar canario, acompañada de otras especies como madroños, jaras, tomillos y cerrajas.