Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Este largo circuito senderista parte de la presa de La Gambuesa, dentro del Barranco de Ayagaures, y mediante una pista de tierra bastante larga, ladeando por la vertiente occidental y aproximándose paulatinamente al cauce del tajo, remonta el barranco en dirección al caserío de Las Tederas a la vez que empieza a rodear la Montaña Negra por la parte norte de esta mole elevada desde el mismo lecho del barranco. En Las Tederas comienza el sendero que asciende primero al Descansadero de Los Muertos, al difunto Pino de Pilancones y luego a la parte alta del Pinar de Pilancones, por debajo de la Degollada de La Manzanilla

Posteriormente el tramo por otra pista de tierra termina de rodear la Montaña Negra hasta que un sendero igualmente largo nos baja al punto de partida, transitando la mayor parte del recorrido a una altura superior que en el tramo de ida y ahora en la vertiente oriental del Barranco de Ayagaures.

Iniciamos el ascenso en zigzag por la pista que comienza cerca de la presa de La Gambuesa; nos encontraremos dos desvíos, pero seguiremos ascendiendo. Una vez llegamos a una pronunciada curva, el terreno llanea por la cómoda pista, desde donde se contemplan bonitas vistas de la presa de Gambuesa, del palmeral sobre ella y del discurrir del Barranco de Ayagaures aguas arriba.

Seguimos caminando y más arriba vemos las casas de Taginastal al otro lado del lecho del barranco. Sobre esas casas, los oscuros, verticales y agrietados paredones se desploman en el cauce y contrastan con el matiz blanquecino y las cuevas que presenta la ladera del barranco a una altura superior.

La pista sigue su camino hasta el poblado de Las Tederas, ubicado en el fondo del barranco, con viejas y un tanto desperdigadas casas, donde el paisaje forma en las retinas una imagen bucólica y armoniosa, entre casas de arquitectura tradicional, pinares, palmerales, cultivos agrícolas y un inmenso anfiteatro montañoso al fondo rodeando todo este espacio.

Algunas viviendas se hallan en plena reconstrucción tras el pavoroso incendio forestal de 2007 que arrasó toda esta zona, triste suceso que se percibe al contemplar los troncos ennegrecidos de algunas palmeras sobrevivientes.

El barranco va virando a oriente, cambio de rumbo del cauce impuesto por la gran mole de la Montaña Negra, la cual, a pesar de sus dimensiones, parece quedar aislada dentro del tajo. Tras atravesar el pueblo finaliza, por fin, la pista seguida desde el inicio y comienza el camino que primero atraviesa el cauce del barranco y posteriormente va ascendiendo de manera decidida por la vertiente norte de la Montaña Negra, sin llegar a coronarla, pero elevándonos sobre el tajo seguido hasta ahora y, por supuesto, disfrutando cada vez más de del paisaje invadido por el inmenso pinar que se abre hacia la cuenca alta de Pilancones. En la cabecera de este espacio protegido se distinguen topónimos y morros que lo limitan y separan de la parte central de la isla, como son el recortado Morro de Hierba Huerto, la Degollada del Sordo, Morro de Cruz Grande, Morro del Guirre, Morro de Las Vacas y el Roque Guanil

El Pinar de Pilancones destaca por su madurez y extensión, abarcando el espacio protegido desde el Barranco de Ayagaures hasta los morros que lo separan de la Cuenca de Chira y de la de Tirajana.

La primera parte de la subida culmina en el lugar conocido como Descansadero de Los Muertos, una original mesa de piedra con una cruz y un mojón. En este lugar descansaban los habitantes de Ayagaures cuando llevaban a enterrar a sus difuntos al lejano cementerio de Tunte, localizado en la parte alta del Valle de Tirajana.

En frente, y bajando por un lomito, tenemos una explanada con unas visiones muy panorámicas hacia la cuenca de Pilancones, topónimo conocido como la Cruz de Humbría, cuyo borde forma un cortado repentino sobre el abismo del tajo

Retomamos el camino que ahora llanea y pronto llegamos al enclave donde creció con esplendor el famoso Pino de Pilancones, árbol conocido como el abuelo forestal, un gran y antiquísimo pino canario (se piensa que tenía una edad superior a los 500 años) que sucumbió a las llamas del gran incendio ocurrido en verano de 2007, aunque hay estudios que indican que ya desde bastante tiempo antes mostraba signos de envejecimiento y declive. En este sentido sorprenden los pinos circundantes, reverdecidos y recuperados ya totalmente de aquel siniestro fuego, junto al gigante caído y quemado. Aún podemos contemplar la envergadura de su tronco y de los trozos de ramas que yacen en el suelo y que permanecen en la explanada reconvertida en zona de descanso y de homenaje al emblemático árbol.

La fuente de Pilancones, en la actualidad seca, servía a los caminantes para abastecerse de agua tras el duro ascenso. También se puede dejar nuestras impresiones de la ruta y del entorno en el maltrecho libro de visitas escondido junto a la fuente.

Nos queda un segundo repecho, más largo que el primero, para llegar a una de las tantas pistas de tierra que circulan por la parte alta del Pinar de Pilancones; aquí tenemos varias opciones: si queremos seguir subiendo hasta la Degollada de la Manzanilla para contemplar una completa panorámica hacia la otra vertiente, la que se desploma en la Caldera de Tirajana, debemos continuar por camino empedrado que supera la vertiente. Son unos quinientos metros más de subida hasta la Degollada de la Manzanilla.

Esa opción queda para el futuro y elegimos seguir, de momento llaneando, por la pista de tierra en dirección sur y empezando así el camino de vuelta o de retorno a la presa de La Gambuesa, mientras divisamos la grandiosidad del Pinar de Pilancones y la amplia cuenca que lo cobija bajo una altiva sucesión de roques y morros que lo separan del Barranco de Chira, al otro lado de la misma.

Dicha pista nos guía por la parte oriental de Montaña Negra, macizo rocoso que hace honor a su nombre con respecto al resto del paisaje y que alberga curiosas cuevas.  Seguimos por la pista de tierra hasta que a la derecha se bifurca una vereda que serpentea bajando por la vertiente oriental del Barranco de Ayagaures. Debemos tomar este desvío, ya que si continuamos por la pista nos conduciría al Barranco de los Vicentes, al otro lado de la divisoria compartida con el de Ayagaures.

Descendemos por este camino mientras la Montaña Negra, la cual hemos rodeado, queda a nuestra espalda y nos muestra su silueta más fotogénica. Al poco tiempo veremos una construcción semiderruida (la casa de Montaña Negra) bajo el sendero, perdida en medio de un páramo desolado, antes de que ese terreno se hunda en el precipicio sobre el fondo del Barranco de Ayagaures.

Poco más abajo el camino pasa por un resalte en la ladra que forma un excelente mirador, obsequiándonos con vistosas y estratégicas panorámicas del Barranco de Ayagaures enfilándose hacia la costa sur de la isla desde la parte alta de la amplia cuenca de Pilancones, apreciando como la Montaña Negra estrecha el discurrir del surco divisado, resaltando también los blanquecinos escarpes contemplados en la ida desde abajo, pero ahora desde arriba y que terminan por desplomarse vertiginosamente en el tajo. Coronando el sector occidental del Pinar de Pilancones aún se divisa el inconfundible Morro de Hierba Huerto.

Ladera abajo la mirada escapa fuera de los límites del barranco a través de alguna brecha en su pared oriental y se adivina el Barranco de Los Vicentes al otro lado, e incluso, tras éste, una pequeña porción del Barranco de Fataga.

Tras una prolongada bajada nos acercamos a las presas de Ayagaures y Gambuesa, con sus coquetas casas de piedra rodeadas de huertas y un frondoso palmeral sobre la presa de La Gambuesa. Las palmeras canarias no solo acompañan a las zonas humanizadas de este entorno sino que también se aventuran en los verticales riscos que se alzan por la vertiente oriental del Barranco de Ayagaures.

Al final del recorrido la pedregosa pista se transforma en una pista de cemento que nos lleva hasta el muro de contención de la presa de La Gambuesa, completando el circuito de algo más de 16 km. de longitud.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde el Rincón de Tenteniguada asciende este largo recorrido en dirección a la Montaña de la Cruz del Saucillo, pasando junto al Roque Jincado y al Roque Saucillo más arriba y rumbo a la cabecera del Valle de Tenteniguada.

En esta depresión abundan las formaciones rocosas esbeltas y de perfiles recortados. Además de los riscos ya nombrados destacan los Roques Grande y Chico de Tenteniguada y el Roque del Pino, el cual está separado de los dos anteriores mediante el vertiginoso Barranco de La Pasadera, barranco por el cual se puede transitar para volver al punto de partida.

Una pista asfaltada parte desde El Rincón y nos va alejando de las últimas casas y huertos del valle, remontando el Barranco de Coruña. Desde el inicio del sendero en sí, vemos nuestro primer destino sobre nuestras cabezas, el Roque Jincado, sobresaliendo en la ladera por donde subiremos.

Pronto aparecen escobones, tajinastes, bejeques, magarzas, retamas, flores de mayo, cerrajas, matoriscos, inciensos, vinagreras y multitud de otras plantas rupícolas adornando el camino que sube continuamente, y poco más arriba pasamos al lado del puntiagudo y estilizado Roque Jincado tras superar un duro repecho ya bajo la sombra del pinar. El lugar es un primer buen mirador de lo que dejamos atrás, de una parte de lo que nos queda por delante y de los sugerentes rincones paisajísticos guardados en la parte alta del Valle de Tenteniguada.

El Valle de Tenteniguada se despliega hacia su cabecera con los tributarios barrancos de Los Alfaques, La Pasadera, Coruña y El Corte. Así mismo una colección de roques afloran en la parte alta del valle siendo los más famosos los Roques Grande y Chico de Tenteniguada.

Hacia el sur la mirada se detiene en la sucesión de roques que va coronando uno de los bordes del Barranco de La Pasadera hasta llegar al Roque del Pino, entre los que se encuentra el modesto pero pintoresco Roque de La Vela, mientras, a mayor distancia, en la otra vertiente de ese tajo los escarpados y prominentes Roques Grande y Chico de Tenteniguada atraen la mirada, hermanados uno sobre el otro, dos viejas y recias chimeneas volcánicas que han sobrevivido a la persistente erosión durante millones de años.

Después de pasar por el Roque Jincado el sendero sigue subiendo, camino de la lomada que corona un espectacular y alargado paredón que tenemos a la derecha según subimos, formando el límite norte del Valle de Tenteniguada, con unas cuevas y recovecos horadando la base del precipicio, cerca del fondo del apropiado topónimo del Barranco de El Corte.

Al llegar a la lomada encontramos una pista de tierra por la que hay que seguir subiendo camino del Roque Saucillo, que aparece a una distancia considerable y todavía bastante encima nuestro. Al otro lado de la lomada el paisaje se extiende hacia el norte desplegándose más valles en dirección al municipio de San Mateo. En esa dirección el entorno cambia y se torna volcánico en las proximidades de la Calderilla Chica, en una de las vertientes de la Hoya del Gamonal, siendo una caldera explosiva de forma circular y que constituye un buen ejemplo de vulcanismo estromboliano, en el que se alternan las lavas con los piroclastos.

El recorrido ascendente por la pista en el que abundan retamas amarillas es bastante largo y cansino y existen caminos que permiten acortar trayecto mediante atajos. Más arriba la pista se introduce nuevamente en el pinar que no deja ver más allá del bosque salvo cuando pasamos junto al vistoso Roque Saucillo.

Este roque se sitúa en el límite municipal de la Vega de San Mateo y de Valsequillo, dentro del Paisaje Protegido de Las Cumbres y constituye un auténtico hito geomorfológico de la zona. Su formación se debe al afloramiento de vulcanismo intrusivo, es decir, se trata de un pitón sálico que se originó durante la erupción Roque Nublo. El Roque Saucillo es de color marrón claro, por la acidez de los materiales que lo conforman; tiene una altura desde su base de 150 metros y la altitud respecto al nivel del mar asciende hasta los 1.709 metros.

Finalmente llegamos a la base de la cónica Montaña de la Cruz del Saucillo, por encima y cerca de Cuevas Blancas, lo que permite enlazar por aquí con la carretera de la cumbre que viene desde Telde.

Un corto sendero asciende por la parte deforestada de la montaña y en su cumbre existe una gran cruz blanca encima de un monolito.

A una altura de 1.800 metros, casi al mismo nivel que el resto de cumbres insulares, disfrutamos del paisaje en todas direcciones, escapando la mirada más allá de los pinos que nos rodean, hacia la Degollada de la Cruz de Tejeda, la morra de Moriscos y El Teide al fondo. En el plano corto la vista se desliza hasta el fondo de la Hoya del Gamonal, uno de los valles adyacentes al de San Mateo y también sobre la ladera que hemos subido y nos separa del Roque Saucillo. En la costa y medianías destacan la zona capitalina, La Isleta, la Montaña Osorio, Teror, Valsequillo, Telde, Bandama, etc. Hemos superado con creces la altura de los Roques de Tenteniguada y toda la amplitud y profundidad del valle homónimo se divisa desde uno de sus puntos más elevados. De vuelta a la base de la montaña seguimos con nuestro particular circuito senderista. Ahora nos encaminamos hacia la cercana cabecera del Barranco de La Pasadera, descendiendo levemente y bordeando la cabecera del Valle de Tenteniguada, acompañados por codesos, alhelíes, salvias blancas y retamas amarillas.

Al llegar a la citada cabecera el panorama vuelve a ser imponente ya que el pasadizo al abismo se encauza entre los roques Grande y Chico por un lado, y el Roque del Pino por otro, del que contemplamos su aplanada y blanquecina cumbre desde aquí arriba, prácticamente en su vertical. Volvemos a disfrutar de extasiantes, estratégicas y completas panorámicas de una buena porción insular.

A partir de este mirador natural comenzamos a descender de manera pronunciada a través de un paisaje muy espectacular que se encauza entre los tres roques antes citados. Más abajo, el recorrido se dirige hacia la vertiente del barranco donde emergen los roques Grande y Chico, elevados en la arista sur del Barranco de La Pasadera; al pie del Roque Grande, encontramos primero un estanque-cueva labrado en la roca y a una cota inferior una cueva- alpendre que nos recuerda el uso de esta ruta por la trashumancia tradicional del ganado. Junto a este hito etnográfico, unos metros más adelante nos encontramos una era, utilizada antiguamente para el trillado de cereales por los agricultores de la zona y a la vez otro auténtico mirador natural puesto que ofrece una espectacular vista del municipio de Valsequillo

Seguimos descendiendo y alcanzamos la base del Roque Grande, admirándolo desde una de sus perspectivas visuales más atractivas.

A medida que vamos bajando cruzamos el barranco hacia la cara norte. Rápidamente apreciamos como el ambiente torna a una mayor humedad, ya que la orientación del barranco de la Pasadera atrapa la niebla que transportan los vientos alisios. Este fenómeno propicia la presencia de especies como el escobón, el ortigón, el bicácaro, la tacarontilla y la orquídea canaria.

En las cotas más bajas del sendero, los tajinastes azules nos hacen sombra, acompañados de escobones y tabaibas, que alcanzan dimensiones considerables en esta zona. Junta a ellos, van apareciendo cada vez más árboles frutales como castañeros, almendros y nogales.

Continuamos por el cauce del barranco hasta que llegamos al final del sendero donde comienza una pista de tierra y unos metros más abajo nos encontraremos con una galería de agua aún en uso.

A partir de esto punto seguimos bajando por una zona rodeada de parcelas agrícolas hasta llegar a la carretera asfaltada. Aquí aparecen ya las primeras casas del Rincón de Tenteniguada.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La Montaña de Tauro, dominada por un pinar canario maduro, alcanza los 1.226 metros de altura sobre el nivel del mar y pertenece al Monumento Natural de Tauro, en la región suroeste de Gran Canaria.

La redondeada montaña se eleva entre los barrancos de Mogán, al oeste, y el de Arguineguín, al este, depresiones que a ambos lados de la loma alcanzan su máxima y sobrecogedora profundidad. Bajo la mole se despliega hacia la costa suroeste el Barranco de Tauro, de menor entidad y recorrido que los dos tajos vecinos.

Resulta fácil ascender a la cima de la montaña por un sendero bien marcado y parcialmente empedrado que parte desde cerca del Embalse del Perro, al que se llega por la sinuosa y estrecha carretera que se dirige a los caseríos de Soria y Barranquillo Andrés, localizados en el tramo medio del Barranco de Arguineguín y cerca del mayor embalse de la isla.

Como vegetación acompañante del pinar encontramos palmeras, jaras, inciensos, cerrajas, corregüelas, escobones, retamas, tajinastes, cardoncillos, bejeques, salvias, cornicales, magarzas, tomillos, damas, mosqueras, mostazas, flores de mayo…

Desde los alrededores de la amesetada y amplia cima de la Montaña de Tauro, las profundas vistas de los tres barrancos que convergen en esta mole montañosa son impresionantes, sobre todo las de las vertientes que se desploman hacia el fondo del Barranco de Mogán y al de Arguineguín, las cuales no solo suponen un brutal hachazo en la corteza terrestre sino que también, tras el inicial shock visual y emocional al asomarnos al abismo, paralizan la respiración y los sentidos de quien las admira desde los filos de los profundos cortados laterales de los respectivos tajos. Atraídos por el vacío espacial a nuestros pies que rodea buena parte de la montaña y por las panorámicas fotogénicas con las que nos obsequia la atalaya de Tauro, pensamos en el más que acertado interés ceremonial y ritual que despertó el lugar desde tiempos de los aborígenes isleños, aunque fuera debido a otros motivos o creencias.

En horizontes más lejanos se disfruta del encanto visual de una buena parte del parque rural del Nublo y de prácticamente toda la zona sur y oeste de la isla, de las cumbres insulares como el Roque Nublo, del Pico de Las Nieves, de la cuenca de las grandes presas insulares y de las cimas del Pinar de Pilancones, y también de las presas que alberga esta zona, como la de Las Niñas y el cercano embalse del Salto del Perro, así como del alargado cresterío de Inagua, Ojeda y Pajonales, cuya vertiente sur invadida por el pinar se domina visual y completamente desde esta panorámica y estratégica montaña.

Mirando hacia el oeste desde la Degollada de Las Lapas, un sobrecogedor hachazo sobre el abismo del Barranco de Mogán, en uno de los cortados laterales de la Montaña de Tauro, se divisan las aristas afiladas y salvajes de los macizos del Suroeste y de Guígui, más allá de los barrancos de Mogán y de Veneguera, con la piramidal silueta de la Montaña Adlobas, y la más extensa y llana cumbre de Horgazales, coronando dos de los puntos álgidos de esos respectivos macizos.

El macizo de Tauro constituyó en época prehispánica lugar ceremonial y de culto cívico-religioso por parte de los antepasados isleños; testigo de ello es un almogarén o construcción aborigen bastante amplio, levantado a base de muretes de piedras cerca del borde del Barranco de Arguineguín, lo que añade a la zona un destacado valor etnográfico.

Si se quiere alargar el recorrido senderista existe la opción de adentrarnos en la parte alta del Barranco de Tauro a través de uno de sus ramales que se despliegan bajo la mole de Tauro, hasta llegar a los Llanos y Degollada de Cortadores, punto a partir del cual se enlaza con el aéreo sendero de Cortadores, transitando por panorámicos andenes entre grandiosos paredones, camino que nos baja a la ladera oeste del Barranco de Arguineguín.

Para ello, desde el almogarén de la Montaña de Tauro el sendero empieza a descender cerca del borde que divide un barranquillo tributario del Barranco de Tauro y el Barranco de Arguineguín. Más adelante el camino se adentra en el citado barranquillo hasta desembocar en el de Tauro, mientras disfrutamos de otra perspectiva de la mole de Tauro, de la que nos vamos alejando al descender.

Luego ladereamos por la vertiente oriental del Barranco de Tauro, el cual ya se muestra bastante amplio pero su profundidad no resulta tan abrumadora como la de los tajos vecinos de Arguineguín y Mogán.

Poco más adelante subimos levemente y nos acercamos nuevamente al borde compartido con el Barranco de Arguineguín atravesando una zona repoblada con pinos y sabinas, un lugar llano cerca de la Degollada de Cortadores.

Desde la degollada bajamos por los Andenes del Zurrado, dentro del Barranco de Arguineguín, tramo muy aéreo y vertical, aunque con un recorrido no demasiado inclinado ya que el trazado de la senda aprovecha la relativa horizontalidad de dichos andenes existentes entre las imponentes paredes que se desploman desde el borde y la inclinada vertiente occidental que sucumbe en el fondo del tajo. El espectáculo paisajístico formado por el Barranco de Arguineguín, amplio y profundo, poblado y humanizado a lo largo de su cauce pero salvaje y vertiginoso en sus vertientes laterales, junto a la gran mole rocosa del Montañón aguas arriba y el Roque Nublo y otras cumbres insulares al fondo supone un éxtasis total transmitido a través de la mirada al resto de los sentidos, sensaciones y pensamientos del caminante.

En estas paredes del barranco sobrevive el amenazado y exclusivo drago de Gran Canaria (Dracaena tamaranae) con unos pocos y longevos ejemplares.

Finalmente llegamos a la carretera que asciende cerca del fondo del valle hacia el caserío del Barranquillo de Andrés.

 

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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En el sureste de Gran Canaria, una serie de barrancos paralelos surcan la parte baja del Valle de Tirajana. El recorrido senderista comienza en el Barranco de la Angostura, asciende por el seco cauce, adornado de esbeltas palmeras, hasta que encontramos hasta que encontramos una cueva y unas pozas de agua, entonces ascendemos por la vertiente sur del barranco pasando al siguiente barranco, el de Cuevas Blancas, donde nos sorprende la presa vacío del mismo nombre, descendemos a su lecho, subimos por el cauce, para pasar al siguiente tajo, el de La Fortaleza, por el que descendemos, pasando al lado de las vistosas Fortalezas de Ansite y de Titana, lugares de interés arqueológico debido a la presencia de asentamientos aborígenes y de reseñable interés paisajístico por el hermoso palmeral natural que invade el cauce y las laderas cercanas. 

 

10360682_867911579941195_3442695660539007098_nPor último descendemos al Barranco de La Colgada, donde destaca un vertical y arqueado cortado en la pared del cañón, y poco más abajo encontramos un largo túnel que nos devuelve al Barranco de La Angostura, a poca distancia de donde partimos.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

10426123_868176339914719_48660145656001237_nUno de los barrancos más hermosos que desembocan en el sureste grancanario es sin duda el Barranco Hondo, el profundo surco, desgastado y erosionado por la acción del tiempo y que separa en dos sectores el escarpado Macizo de Amurga.

La orografía de este encajonado tajo es muy espectacular; en los laterales del cauce, se levantan enormes paredes verticales traspasadas por cientos de cuevas, de todos los tamaños, formas y accesibilidades posibles, que dan al lugar un entorno parecido al mítico oeste americano.

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Mientras avanzamos por el fondo, los grandes despeñaderos se desmoronan desde las cimas más altas, sobre los más de 300 metros de cota, donde podrán deleitarse los amantes del garrapateo y de los itinerarios en trepada.

Toda la zona es fascinante, decorada con multitud de gigantescos cardones, uno de los pocos sectores de Gran Canaria, junto con el Macizo de Guguy, que presenta esta característica. 

La ruta recorre parte del cauce de Barranco Hondo hasta llegar al caidero, un potente paredón insuperable que pone fin al trayecto por el lecho del barranco, aunque éste continúe aguas arriba, hacia las cimas de Amurga.

El paisaje viene condicionado por las laderas desgastadas y perforadas del barranco, donde aves de gran tamaño nidifican en sus cavernosas grutas, viviendas de antaño de civilizaciones pasadas.

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La existencia de pequeños roques solitarios con restos de la cultura aborigen, custodiando desde lo más alto de los pequeños cañones que se abren hacia el cauce, ponen de manifiesto ciertas zonas que aún no han vuelto a ser transitadas desde hace siglos, posiblemente por la constante y dura erosión a la que se ha visto sometida toda esta zona desde tiempos remotos y lo cual ha hecho cambiar drásticamente el panorama; una de esas sendas, un tanto perdida, asciende desde el cauce por la ladera sur del barranco hacia el altivo Arco del Coronadero (en realidad dos arcos paralelos y próximos entre sí, uno más largo que otro), formando la estructura pétrea arcada más grande de la isla y punto álgido de la ruta, desde donde apreciar el discurrir del tajo que queda a nuestros pies, sintiendo el abismo del Barranco Hondo en estado puro y contemplando esta profunda hendidura excavada en las zonas más bajas del macizo de Amurga.

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Otra particularidad que puede apreciarse desde el Arco del Coronadero es el conjunto de “torretas” o amontonamientos de lajas en lugares casi inaccesibles de la vertiente opuesta del barranco, que según algunos autores, podrían haber servido como un calendario solar a los aborígenes de la isla, indicando las épocas importantes de cara a las cosechas, el pastoreo y la meteorología.

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La ruta continúa por el barranco paralelo por el sur, el de Berriel, bajando previamente por el lomo divisorio que lo separa del Hondo, y posteriormente alcanzando su lecho. Finalmente un túnel comunica ambos tajos y nos devuelve al fondo del Barranco Hondo.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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Esta excursión puede empezar en Taidía, poblado que se localiza dentro del Valle de Tirajana. También se puede empezar en Santa Lucía, aunque el recorrido resulta algo más largo porque este pueblo se encuentra más abajo en el valle. Desde ambos pueblos, una pista de tierra comienza a subir buscando la vertiente izquierda de este amplio valle que encierra algunas poblaciones, además de las anteriores y prescindiendo de la zona cercana a la costa, también se hallan San Bartolomé de Tirajana y otros barrios dispersos por el fondo del valle. Al aproximarnos a la vertiente aumenta el desnivel y la pista da paso a un sendero que busca el filo de la ladera. Al alcanzarlo nos sorprende entre la sequedad reinantes unos goteríos que destilan en la roca formando unas posas de agua, invadidas por juncos y otras plantas hidrófilas, a un lado del sendero, punto desde el que se observa como otro barranco lateral que se perfila por esta vertiente del valle converge en él, el cual vamos dejando bajo nuestros pies. A partir de aquí el camino sigue subiendo cercano a la arista, y por tanto sin abandonar las cada vez más espectaculares vistas que nos reconfortan con la gran amplitud del valle y de las montañas que lo encierran, como el Macizo de Amurga y parte del de Pilancones, entre los que se abre hacia el sur de la isla el Barranco de Fataga, todo ello en la vertiente opuesta de este valle.

 

Más arriba el sendero muere en una pista y el pinar comienza a ser abundante. Al otro lado del Valle de Tirajana, otro barranco nos separa del siguiente y más profundo Barranco de Guayadeque, cuyo discurrir se adivina en la distancia al divisar la parte alta de sus promontorios laterales

 

11052032_896899973709022_194879762800796232_nSiguiendo hacia arriba hay varias pistas que se dirigen hacia la derecha, hacia la cercana Caldera de Los Marteles, pero ese no es nuestro destino, por lo que hay que seguir subiendo con ligera tendencia a desviarnos a la izquierda para no alejarnos del borde izquierdo del Valle de Tirajana.

 

10988436_896900997042253_7715172256480998371_nLa pista no va justo por el borde, pero alguna que otra vez alcanza degolladas que parecen balcones naturales con vistas al valle, y que superan en gozo visual a la anterior debido a la altitud alcanzada. En una de ellas, existe un desvío que desciende hasta lo que la verticalidad de la ladera le permite, contemplando en este tramo el vistoso Risco Blanco desde arriba y un potente y grueso dique cercano.

 

10351446_896901010375585_20726155516603585_nAl final se acaba la pista y aparece un camino señalizado con mojones de piedra pero que avanza un tanto perdido entre el matorral de codesos, tajinastes, vinagreras, piteras, jaguarzos,… acercándonos al Risco Blanco, pero no llegamos a él por lo perdido y confuso del camino, entre verticales laderas y barranqueras que intimidan, empequeñecen y parecen aislar al caminante.

 

10917111_896900490375637_3598821219397681092_nDe vuelta a la pista principal seguimos subiendo un poco más, dejamos un pequeño cono volcánico y la zona conocida como La Calderilla a nuestra derecha, formando el adyacente terreno de lapilli sobre el que crecen almendros, y poco después llegamos a la zona invadida por antenas, alcanzando la pista asfaltada que desde la cumbre de la isla desciende hasta el Pico de La Gorra, cercano a esta zona de las antenas, conocida como Los Cascajares. Esta pista asfaltada sigue subiendo y llega al Pozo de Las Nieves de los Canónigos, un gran hoyo de unos 20 metros de profundidad donde se almacenaba la nieve en el pasado, topónimo que también da nombre al ya cercano y redondeado roque señalado en el mapa como la máxima altura insular con 1.949 metros, y que llegados a este pozo resulta fácil coronar. Las grandes y numerosas antenas que dejamos atrás y la vecina zona militar rompe el encanto que toda cima debe tener.

 

11062035_896901170375569_1261316312570060687_nMe quedo con los desfiladeros cortados hacia el abismo que configuran la cabecera del Valle de Tirajana, de los escarpados Riscos de Tirajana, entre los que figuran el Cañadón del Jierro, El Campanario y el Roque de la Agujereada, que surgen directamente del fondo del centro-sureste de la isla, y también con las panorámicas hacia el sur tras el Macizo de Amurga, que separa el Valle de Tirajana del de Fataga, y siguiendo con la vista el perfil del Barranco de Fataga se halla en el extremo sur de la isla el complejo dunar de Maspalomas.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La Montaña de Tauro, dominada por un pinar canario maduro, alcanza los 1.214 metros de altura sobre el nivel del mar y pertenece al Monumento Natural de Tauro, en la región suroeste de Gran Canaria.

 

206527_148451271887233_4708434_nLa redondeada montaña se eleva entre los barrancos de Mogán, al oeste, y el de Arguineguín, al este, depresiones que a ambos lados de la loma alcanzan su máxima y sobrecogedora profundidad. Bajo la mole se despliega hacia la costa suroeste el Barranco de Tauro, de menor entidad y recorrido que los dos tajos vecinos.

 

216785_148451905220503_1035985_nResulta fácil ascender a la cima de la montaña por un sendero bien marcado y parcialmente empedrado que parte desde cerca del Embalse del Perro, al que se llega por la sinuosa y estrecha carretera que se dirige a los caseríos de Soria y Barranquillo Andrés, localizados en el tramo medio del Barranco de Arguineguín y cerca del mayor embalse de la isla.

 

217433_148451558553871_7705946_nDesde los alrededores de la amesetada y amplia cima de la Montaña de Tauro, las profundas vistas de los tres barrancos que convergen en esta mole montañosa son impresionantes, sobre todo las de las vertientes que se desploman hacia el fondo del Barranco de Mogán y al de Arguineguín, las cuales no solo suponen un brutal hachazo en la corteza terrestre sino que también, tras el inicial shock visual y emocional al asomarnos al abismo, paralizan la respiración y los sentidos de quien las admira desde los filos de los profundos cortados laterales de los respectivos tajos. Atraídos por el vacío espacial a nuestros pies que rodea buena parte de la montaña y por las panorámicas fotogénicas con las que nos obsequia la atalaya de Tauro, pensamos en el más que acertado interés ceremonial y ritual que despertó el lugar desde tiempos de los aborígenes isleños, aunque fuera debido a otros motivos o creencias.

 

206243_148451765220517_236249_nEn horizontes más lejanos se disfruta del encanto visual de una buena parte del parque rural del Nublo y de prácticamente toda la zona sur y oeste de la isla, de las cumbres insulares como el Roque Nublo, del Pico de Las Nieves y de las cimas del Pinar de Pilancones, y también de las presas que alberga esta zona, como la de Las Niñas y el cercano embalse del Salto del Perro, así como del alargado cresterío de Inagua, Ojeda y Pajonales, cuya vertiente sur invadida por el pinar se domina visual y completamente desde esta panorámica y estratégica montaña.

 

216351_148452468553780_5813331_nMirando hacia el oeste se divisan las aristas afiladas y salvajes de los macizos del Suroeste y de Guígui, más allá de los barrancos de Mogán y de Veneguera, con la piramidal silueta de la Montaña Adlobas, y la más extensa y llana cumbre de Horgazales coronando dos de los puntos álgidos de esos respectivos macizos.

 

El macizo de Tauro constituyó en época prehispánica lugar ceremonial y de culto aborigen con algún almogarén levantado a base de muretes de piedras, lo que añade un destacado valor etnográfico.

 

16105639_1375214555877559_4689966817713318617_nSi se quiere alargar el recorrido senderista existen las opciones de avanzar por la cresta que mira al Barranco de Arguineguín hasta enlazar con el empinado y aéreo sendero de Cortadores, el cual nos baja a la ladera oeste del tajo, o también descender a Mogán siguiendo primero cerca de la arista del Barranco de Mogán y luego bajando en marcados zig-zags por su vertiente oriental de Laderones.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

10544325_903760819689604_3736170684416448759_nEsta ruta comienza en el pueblo de Cazadores, Gran Canaria. El primer tramo coincide con la ruta de “Tenteniguada”, trayecto que en una primera parte transcurre por una pista asfaltada y dejando atrás casas dispersas, atravesando la cabecera del Barranco de Los Cernícalos, divisando su tramo más profundo y escarpado. Después de alcanzar el punto más profundo, sin apenas variar de altura, de la vaguada que forma el barranco a este nivel, finaliza el asfalto, junto a unas casas, apareciendo un sendero que circula por la otra ladera, entre pencones y piteras y más adelante codesos que parcialmente invaden el camino. Este camino confluye en una pista, junto a otras casas, lugar que permite contemplar otro barranco vecino, cuyas laderas aparecen pobladas de pinar y codesos, apareciendo bien definidos el límite de ambas formaciones vegetales, y aparentemente no mezcladas. El perfil del barranco, abierto en “V” permite ver buna parte de la costa de Telde, y fuera de él pero también en las tierras bajas destacan la capital insular, La Isleta y pequeñas elevaciones como la Montaña de Bandama.

Si atravesamos la pista y seguimos de frente se llega al borde de la vertiente izquierda de este barranco, y desde ahí se desciende al pueblo de Tenteniguada, en el interior del ancho y humanizado valle del mismo nombre.

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Nuestra ruta sigue la pista subiendo en dirección a la Caldera de Los Marteles. Según ganamos altura las vistas cada vez son más espectaculares y estratégicas, subiendo por el borde del siguiente barranco que muere en el cada vez más lejano fondo del Valle de Tenteniguada, a medida que aumenta el campo visual que ofrece la franja de la isla comprendida entre el sureste y el noreste, destacando en este tramo un mirador natural de los altivos precipicios del valle ya cerca de la Caldera de Los Marteles, altura ganada que también permite recordar con la vista el primer tramo de la ruta atravesando la cabecera del Barranco de Los Cernícalos. Pero bastante antes de eso, al poco de empezar la subida, por supuesto aparecen en la divisoria central del valle, el vistoso, diferenciado y nada desapercibido conjunto de roques formado por el Roque Grande y Roque Chico, hermanados uno por encima del otro.

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Al llegar a la caldera, junto a la carretera, cogemos otra pista, ésta descendente, la cual coincide con un pequeño tramo de la ruta del “Barranco del Cable”. Esa ruta formaba un circuito porque rodeaba los dos roques, bajando próxima a la divisoria central, llegando casi al fondo del valle y subiendo por el otro lado de los roques, por el Barranco del Cable, que también converge en este mismo valle, ascendiendo hasta un lugar próximo a la Cruz del Saucillo, situado a mayor altura que la caldera de Los Marteles.

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La pista descendente antes citada se adentra en la cabecera del Barranco de Los Alfaques entre pinos, codesos, cerrajones, bejeques, flores de mayo, alhelíes, etc., tajo de perfil más salvaje, profundo y retorcido que los anteriores, antes de difuminarse en el fondo del Valle.de Tenteniguada, que se ha mostrado absolutamente domesticado y avanzando plácidamente hacia la costa, en contraste con los empinados e indómitos barrancos como éste que se afanan en dejar cicatrices abiertas en la cabecera del valle. 

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Después de esta corta bajada no hay que desviarse por el sendero de la ruta del Barranco del Cable, sino seguir la pista que rápidamente se transforma en un corto sendero que asciende hacia la degollada vecina al Roque Grande, por encima de la base sobre la que se eleva esta chimenea volcánica petrificada que parece vigilar desde esta estratégica atalaya la vida en el valle que se abre y serpentea a sus pies. Desde aquí se divisa el Barranco del Cable al otro lado y el Roque Saucillo en la otra ladera, no contemplado hasta ahora pues permanecía oculto por los Roques Grande y Chico.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Aprovechando la ruta de La Plata se puede ascender al Roque del Campanario, una de las cimas más elevadas de Gran Canaria, rozando los 2.000 m.s.n.m, en lo alto del Barranco de Tirajana.

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Empezando a subir en el mirador o Collado de Cruz Grande, desde donde se tiene a la vista gran parte de la Caldera o Valle de Tirajana, nos vamos adentrando en este genuino camino empedrado que sube por la parte trasera de los imponentes Riscos de Tirajana. Al ascender se van teniendo cada vez mejores perspectivas de los caseríos y paisajes que quedan a nuestros pies, como el de La Plata y Los Cercados, y a mayor distancia, se distingue la presa de Chira, mientras al sur se elevan las lomas revestidas de pinares que limitan el parque natural de Pilancones.

Alrededor del camino, adornado en febrero con almendros en flor, resaltan los vigorosos y verticales monumentos geológicos petrificados y paredes de pura roca de color marrón claro que adornan este peculiar paraje y que parecían reservados al salvaje oeste americano.

Al final de la subida entramos en el pinar, a la vez que podemos divisar el amplio Valle de Tirajana casi desde su cabecera.

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Desviándonos levemente de la ruta de La Plata, podemos acercarnos al Ventanal del Nublo, un arco natural esculpido por la erosión, en el mismo borde superior de los Riscos de Ayacata, en la parte alta del Barranco de Ayacata, con mágicas vistas de los colosales paredones de pura y salvaje roca y que socavan el tramo alto del tajo, también del Roque Nublo, La Rana y El Fraile, amén del extenso pinar y crestas que se extienden hacia el oeste hasta el Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales. Al sur de ese alargado cresterío, se eleva la Montaña de Tauro, adivinando también el largo discurrir del Barranco de Arguineguín bajo ella hasta la costa suroeste insular.

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Retomamos el sendero principal y seguimos subiendo un poco más hasta la Degollada de Los Hornos, desde donde existen las opciones de dirigirnos al Roque Nublo (izquierda), de subir al Campanario (derecha) o seguir de frente con el camino de La Plata. Nos apasiona subir montañas, por lo que vamos al Campanario, siguiendo entre pinar hasta la subida rocosa final a esa espectacular atalaya. Al abandonar el pinar, la vista se entretiene al oeste en las montañas y roques que rodean la Caldera de Tejeda, como el Roque Nublo, Los Moriscos y la Montaña de Altavista, y más allá de ella, asoman Tamadaba y si el día está claro, El Teide y las cumbres de Tenerife.

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Si es la primera vez que subes a lo alto del Campanario por su falda oeste, no te esperas el paisaje que se desploma al otro lado de la elevación, sobre el fondo del Barranco de Tirajana, como si todo el desnivel que hemos ido salvando paulatinamente desde el principio de la ruta se liberara de golpe y repentinamente en una aterradora fuga que entrecorta el aliento y que no solo socava la faz de la tierra, sino también nuestros sentidos, emociones y pensamientos, dejándolos flotar libremente en el vacío abismal que parece hundirse en las entrañas de La Tierra. La apoteosis vertical, una convulsión geológica colosal, un vacío abismal, y en definitiva, la corteza terrestre en caída libre y desgarrada hasta las entrañas del planeta.

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Las retinas se deleitan con las panorámicas sobre el Macizo de Amurga y el Barranco de Fataga, al sur, el grandioso socavón en la corteza terrestre que forma el Valle de Tirajana a oriente, y finalmente el Roque Nublo, Los Moriscos y Montaña Altavista como puntos álgidos que cobijan la Caldera de Tejeda, diseminados en el resto de puntos cardinales.

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El Cañadón del Jierro forma una estrecha garganta que se hunde vertiginosamente hasta el fondo del valle, donde diminutos y lejanos caseríos, junto a tierras de cultivo ponen una nota de imperceptible humanidad, sirviéndonos de referencia al borde de estos abrumadores paredones. Al otro lado de esa vaguada cumbrera se alza el Pico de Las Nieves, algo más elevada que El Campanario, pero más visitada que ésta y con sus antenas y bolas que parecen menoscabar el punto álgido de la isla, en el punto culminante de la vertiente norte del Valle de Tirajana, que de manera más uniforme va perdiendo altura hasta la zona media del valle.

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El Campanario, una cima solitaria y con impresionantes vistas 360º a la redonda, requisitos que debe cumplir cualquier cumbre para permanecer en la memoria del montañero. Pocas montañas en la isla tienen dos caras tan diferentes, en suave declive y sobre pinares por su vertiente oeste; vertical, despiadada y salvaje por su vertiente oriental.

De vuelta a la ruta de La Plata, continuamos en leve descenso hasta los cercanos Llanos de La Pez, en el altiplano que se eleva sobre la descarnada Caldera de Tejeda.

 

PILANCONES (GRAN CANARIA)

12 enero, 2017

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

207982_148344058564621_4386365_nPor sus características el Parque Natural de Pilancones desempeña un papel importante en la protección de los suelos y la recarga del acuífero.

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Desde las proximidades de la zona central de la isla discurren hacia el sur varios barrancos de gran interés geomorfológico y de belleza paisajística, como el de Los Vicentes, Chamoriscán y Ayagaures, barrancos que en la cabecera del pinar se abren en abanico formando una gran cuenca bajo los morros de la Cruz Grande, del Guirre, del Guanil de Las Vacas, Montaña de Las Tórtolas y Morro del Hierba Huerto.

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El pinar de las cabeceras de los barrancos, acompañado de jaras, escobones, mostazas, bejeques, corazoncillos, tomillos, magarzas, inciensos, tajinastes, mato riscos…, constituye un hábitat en buen estado de conservación con buenas poblaciones avícolas, por lo que se ha incluido en la red de espacios protegidos como zona de especial protección para las aves, con la presencia regular del pico picapinos, cernícalo, ratonero, cuervo, herrerillo… Otro tanto podría decirse de algunos cardonales y tabaibales cercanos a la costa, y determinados hábitats acuáticos. Por todo el espacio se distribuyen especies amenazadas de la fauna y la flora, y elementos de interés científico.

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Un sendero interesante y panorámico parte de la Degollada de la Cruz Grande, y desde allí se sigue la pista de tierra que en poco tiempo nos introduce en el espacio protegido y nos conduce a la Degollada del Dinero; a continuación un sendero señalizado (S 60) desciende por la vertiente de Pilancones, pasando bajo el escarpado Morro del Guirre (1.301 m.s.n.m.) y caminando en dirección suroeste. Luego vuelve a aproximarse a la cresta divisoria que separa Pilancones y la cuenca de Chira, rumbo a la Degollada del Sordo, lo que permite divisar simultáneamente los paisajes que ofrecen ambas empinadas laderas repletas de extensos pinares maduros, sobre todo los de Pilancones. La presa de Chira y el caserío de Cercados de Araña quedan a nuestros pies, en el fondo del Barranco de Chira, mientras el destacable y espigado Morro del Hierba Huerto (1.315 m.s.n.m.), saliente rocoso que sobresale del pinar y corona la empinada ladera que tenemos por delante.

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Desde la Degollada del Sordo podemos rodear completamente esa montaña, adentrándonos nuevamente en la parte alta del pinar de Pilancones, contemplando desde lo alto como algunos estriados precipicios rompen la hegemonía del pinar y profundizan el tramo superior de estos barrancos, los cuales se abren paso hacia las medianías sureñas.

Antes de completar el rodeo por la ladera norte del Morro de Hierba Huerto, tramo que finaliza en la Degollada del Sordo, podemos coronar la cima de la montaña, en la que hay una gran antena de telecomunicaciones, para lo que hay que subir por una pista de tierra a la que va a dar el sendero seguido.

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Desde la cumbre o desde sus inmediaciones la altura del morro es la suficiente como para gozar plenamente del paisaje que nos rodea, ya que se tienen unas vistas muy panorámicas de la zona central y sur de la isla; para empezar seguimos con la mirada la ruta que nos trajo hasta aquí a través de la parte alta del pinar de Pilancones.  Vertiente abajo la vista busca entre los pinos la presa de Chira, cercana a la gran y desolada mole del Montañón, el cual forma un gran precipicio sobre el Barranco de Arguineguín, poco apreciable desde esta atalaya.

Al otro lado de ese largo tajo se eleva la voluminosa mole de Tauro, y en horizontes más lejanos llama la atención la piramidal Montaña Adlobas, dentro del Macizo del Suroeste.

Hacia el noreste se divisan las cumbres insulares del Roque Nublo, Pico de Las Nieves y la parte elevada de los imponentes Riscos de Tirajana, formando un magnífico telón de fondo que corona los paredones por los que circula el Camino de La Plata y los que rodean Ayacata, como los Riscos de Chimirique y del Aserrador.

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Desde esos riscos verticales y marrones, las encantadas retinas siguen el recorrido visual por la cresta norte del Barranco de Ayacata, situada detrás de la de Chira, reconociendo las montañas o roques que coronan el Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales, como el Lomo de Los Almaceres, Morro de La Negrita, Montaña Alsándara, y finalmente, en las postrimerías occidentales del alargado macizo, las Montañas de Ojeda e Inagua.