Fotos y texto de Salvador González Escovar.

Esta subespecie de jara es un arbusto de pequeño porte de hasta 1 metro de alto, muy ramificado, con hojas glaucas o subglaucas y débilmente tomentosas.

Floración abundante con pétalos de color rosado muy vistosos, floreciendo en mayo-junio normalmente y fructificando en verano. Fruto en forma de cápsula vellosa que alberga multitud de diminutas semillas. Parece menos pirófilo que otros congéneres afines como el jaguarzo (Cistus monspeliensis).

Esta subespecie de jara es un taxón endémico de La Gomera, con poblaciones muy mermadas y en grave peligro de extinción. Parte de la subespecie gomera se vio afectada por el incendio de 1984 y actualmente progresa lentamente debido a su escaso poder colonizador, encontrando refugio en riscos inaccesibles, como en el Roque Agando, a unos 900 m.s.n.m., y otra pequeña población se ubica en otros riscos cerca del pueblo de Imada.

Tanto en un escarpe de la Sierra de Anaga en Tenerife (donde habita la otra subespecie Cistus chinamadensis ssp. chinamadensis) como en La Gomera, esta especie de jara sobrevive en sectores marginales del monteverde, asociada en ambas islas a un singular sustrato geológico formado por domos sálicos y antiguas, robustas y basálticas chimeneas volcánicas. Pequeñas colonias de esta planta se desarrollan en terreno pedregoso al pie de estos escarpes e incluso colonizan las paredes de elevada pendiente en un auténtico ambiente rupícola.

Información extraída del libro rojo de especies vegetales de Canarias.

 

GARAJONAY (LA GOMERA)

22 abril, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La altiplanicie central de La Gomera alberga, al amparo del manto de nieblas que durante buena parte del año la envuelve, una tupida selva de monteverde o laurisilva, cuyo verdor permanente contrasta con los paisajes resecos de las zonas bajas de la isla. Las nieblas tienen un importante papel en el funcionamiento del ecosistema, reduciendo las pérdidas por evaporación y depositando agua sobre la vegetación al originar la lluvia horizontal.

 

La laurisilva es un bosque formado por gran variedad de árboles de hoja perenne cuya existencia está ligada a una elevada humedad y temperaturas suaves en torno a 14-15 ºC de media anual, sin heladas salvo en las altitudes mayores, con escasas oscilaciones térmicas a lo largo del año y lluvias comprendidas entre 600 y 900 mm anuales.

 

Estas condiciones de alta humedad ambiental se dan en la zona de nieblas de las fachadas norte de las islas canarias, entre los 700 y 1.200 metros de altura sobre el nivel del mar, debido a la condensación de la humedad oceánica al ser empujada por los vientos alisios y finalmente encontrarse con la barrera geográfica que supone el relieve de las islas centrales y occidentales.

 

El entramado vegetal de la laurisilva es una auténtica esponja viviente, captadora de la humedad de las brumas, favoreciendo la recarga de los acuíferos insulares y, por tanto, el aprovisionamiento de agua para diversos usos humanos.

 

La manifestación más extensa y mejor conservada del bosque de laurisilva canaria se encuentra en el Parque Nacional de Garajonay, en las cumbres de La Gomera, formando una alta meseta central de la que surgen radialmente y en todas direcciones los profundos barrancos que surcan el resto de la isla.

El Parque nacional de Garajonay está situado en la parte central de la isla, entre los 800 y 1.487 m.s.n.m. que alcanza el Alto de Garajonay, la máxima cota insular.

 

La laurisilva es un bosque relíctico y refugiado, única muestra superviviente de los bosques subtropicales que poblaron el área mediterránea hace varios millones de años, durante la Era Terciaria, y que posteriormente desaparecieron como consecuencia de las glaciaciones que apenas afectaron a estas tierras.

 

Aunque el número total de especies de flora vascular de estos bosques está en torno a 400 especies, de las cuales una veintena son árboles, es importante el porcentaje de endemismos botánicos, alrededor de 120, tanto canarios como insulares, especies vegetales que solo sobreviven en Canarias, e incluso solo en La Gomera.

 

Destaca también la abundancia de musgos y líquenes recubriendo los troncos de los árboles y la cobertura de helechos, indicadores de la alta humedad ambiental. Junto a ellos, trepadoras, herbáceas y arbustos como la zarzaparrilla, la gibalbera, la hiedra, el ortigón de los montes, la bencomia, la cerraja, la malfurada, el mato blanco, el morgallón, la cresta de gallo, el poleo, la pata de gallo, el algaritofe, el bicácaro, la reina de monte, la raras adelfa de monte y flor de mayo, y las plantas rupícolas como el tajinaste azul gomero, la bea (que son dos endemismos gomeros) y la melosilla forman el estrato arbustivo del sotobosque.

 

A pesar de su aparente monotonía, la laurisilva de Garajonay contiene varios tipos de bosques. En los valles más húmedos y sombríos orientados al norte, el bosque adquiere su máxima complejidad y exuberancia con las formaciones de la Laurisilva de Valle, donde podemos encontrar la máxima diversidad vegetal y prácticamente la totalidad de las especies arbóreas o los árboles más exigentes en humedad ambiental y edáfica, como tilos, adernos, saúcos, hijas, viñátigos y naranjos salvajes. A medida que ascendemos hacia las crestas más expuestas, el bosque se empobrece gradualmente, perdiendo las especies más exigentes, formando la Laurisilva de Ladera, donde laureles, follaos, acebiños, palos blancos, barbusanos, mocanes, sanguinos, madroños,… encuentran mejores condiciones para su desarrollo. Finalmente el Fayal-Brezal y los Brezales de Cumbre, formados por la faya, el brezo y el tejo, enriquecido con otros árboles citados anteriormente, se extienden por crestas ventosas y orientadas al sur.

En conjunto, la laurisilva domina el paisaje de Garajonay, pero otros hábitats, como los ligados a riachuelos permanentes, como el Arroyo del Cedro, o a los pitones rocosos, restos de antiguos conductos volcánicos, como son los roques de Agando y Carmona, enriquecen el paisaje y son importantes refugios de especies raras, como una especie de margarita, el tajinaste gomero y una especie de col de risco.

 

En cuanto a la fauna, Garajonay cuenta con una fauna que supera las 1.000 especies catalogadas, de las cuales más de 150 son endémicas del parque, lo que constituye una concentración de especies exclusivas por unidad de superficie de las más altas de Europa. La fauna vertebrada es pobre, con un total de 40 especies que corresponden básicamente a aves y reptiles, siendo los únicos mamíferos autóctonos las 4 especies de murciélagos que gracias a su capacidad de vuelo, al igual que las aves, pudieron cruzar el mar que nos separa de África para colonizar estas islas.

 

La mayor parte de las aves pueden encontrarse en el continente europeo, aunque aquí presentan un cierto grado de diferenciación, alcanzando el rango de subespecies, destacando entre ellas las dos especies de palomas endémicas ligadas a los bosques de laurisilva, la paloma rabiche y la turqué, nidificando además en el bosque o en sus inmediaciones aves como mirlos, coloridos pinzones vulgares, canarios, capirotes, herrerillos, petirrojos, reyezuelos, mosquiteros, chocha perdiz, gavilán, búho chico y ratonero.

 

La fauna invertebrada es la que reúne el mayor número de especies, con diferencia, destacando los insectos, entre los cuales sobresalen los escarabajos, seguidos de moluscos y arácnidos.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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Una serie de barrancos profundos surcan las empinadas y frondosas laderas, surgiendo cerca del límite de las crestas orientales de la Caldera de Taburiente y desembocando en la costa oriental de La Palma próximos a la capital insular.

En algunos de ellos, como los barrancos de La Madera o el de Juan Mayor, existen senderos que transitan por el fondo hasta un cierto punto o por las lomadas.

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De los 4 tajos mencionados, el de La Madera es el que se localiza más al norte, seguido en sentido sur por el Barranco del Río, el de Los Pájaros y finalmente el de Juan Mayor. Una forma de contemplar los dos últimos barrancos es empezar a caminar en Velhoco, un barrio de Santa Cruz de La Palma. Mediante una pista asfaltada se atraviesa huertos de aguacates, melocotones, naranjeros, viñas y demás frutales, se gana altura hasta llegar a un desvío a la derecha que indica el inicio del sendero, penetrando en el bosque de pinar mixto formado por pinos canarios, brezos, fayas, follaos, acebiños y laureles. El sendero, excavado en el terreno, está poco transitado e invadido por la pinocha adquiriendo una gran inclinación durante gran parte de la subida hasta el borde oriental del Valle del Riachuelo. Vamos ascendiendo entre sendos barrancos, el de Los Pájaros al norte y el de Juan Mayor al sur, denominándose esta divisoria por donde avanza la senda, el Lomo del Corchete

Más arriba, aproximándonos a la cabecera de ambos tajos que vamos siguiendo con la vista, el pinar se va haciendo más ralo y pobre, desprovisto del cortejo florístico de la laurisilva, sustituida por jaras y codesos, debido a que nos encontramos a una altura que supera el nivel medio del persistente mar de nubes que se adhiere a esta vertiente de la isla.

Después de una larga subida la senda se une a la ruta de gran recorrido GR 131 (que recorre toda la crestería de la Caldera de Taburiente y la Ruta de Los Volcanes) en un punto localizado entre el Pico Ovejas y el Pico Corralejo, ya en la arista oriental del Valle del Riachuelo. Esto permite divisar el otro lado de la isla desde lo alto, el Valle de El Paso, las crestas que rodean la Caldera de Taburiente, Cumbre Nueva y Cumbre Vieja.

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Continuando por el GR 131 se sigue por la arista hasta la Degollada del Río, donde surge el profundo y gran barranco homónimo que desemboca en la capital insular, pasando previamente por Punta de Los Roques, superando los 2.000 m.s.n.m., y apreciando el inmenso socavón en el corazón de la isla que supone la caldera con sus vertiginosas fugas, recortados espigones y despiadadas barranqueras y paredes que hacen parecer que todo este mundo basáltico esté a punto de desplomarse bajo su propio peso.

Punta de Los Roques es el primer lugar notable de esta zona de la crestería de la caldera que ofrece espectaculares visiones de este profundo y gigantesco mordisco en la isla, al encontrarse encima de una de las entradas naturales al parque nacional, como es La Cumbrecita, 800 metros más abajo, deteniendo el acelerado aliento del montañero que corona estas cumbres, a la vez que origina exclamaciones y suspiros al contemplar la brutal y desproporcionada geología que se abre en el abismo bajo nuestros pies.

Visiones de puro vértigo, las que más me atraen, sobre desfiladeros que parece imposible perduren millones de años. Espigones afilados como dientes de sierra y duros diques sucumben hacia el interior de la caldera, permitiendo sobrevivir a contados pinos y cedros sobre el filo de la navaja. Vertiginosas gargantas que atrapan mis emociones, sensaciones y pensamientos, volando libres a través del vacío hacia lo más profundo de la depresión. En definitiva, un relieve apoteósico y extremo que estremece los sentidos, originando que el espíritu montañero vague y flote en una especie de nirvana existencial al que nos ha conducido este largo camino desde la zona baja de la isla.

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Desde Punta de Los Roques la senda desciende ligeramente hasta la Degollada del Río, final del periplo senderista, mientras la mirada se enfila a través del profundo tajo hasta la costa, entre extensos pinares y prominentes diques que resisten estoicamente la erosión. En cuanto al Barranco de La Madera, una forma de visitarlo por el cauce es mediante una pista de tierra que al principio asciende por él entre zonas de cultivo y casas dispersas, apareciendo al poco tiempo el pinar canario. Pronto destacan grandes paredones de basalto a ambos lados del, por el momento, relativamente ancho lecho del tajo. En esta ruta se pasan por tres galerías, lo que da idea de la riqueza del acuífero subterráneo en esta zona de la isla bonita. La pista da paso a un sendero al llegar a la primera galería que nos encontramos, mientras continua subiendo tirando levemente hacia la vertiente sur del barranco, y la vegetación se va enriqueciendo con pinos, brezos, fayas, barbusanos, mocanes, acebiños, laureles, paloblancos, follaos, madroños, viñátigos, castañeros, junto al dosel herbáceo y arbustivo acompañante formado por zarzaparrillas, capitanas, nomeolvides, malfuradas, bicácaros, gibalberas, escobones, codesos, jaras, bencomias, tajinastes, bejeques…, toda una explosión de diversidad botánica, mucho más que en el mismo piso bioclimático en el que no exista barranco. El sendero sigue una canalización ascendente de agua rumbo a la siguiente galería. Tras ella, la ruta sigue avanzando y cruza el cauce hacia la vertiente norte, alejándose, igual que antes, lo justo como para sentir un ligero vértigo al intentar encontrar el fondo con la mirada, surco en la corteza terrestre que se muestra cada vez más encajonado, oculto y profundo. Poco más arriba se llega al pie de un gran salto en el lecho del barranco, ya tan vertical que solo permite ver una franja angosta del cielo y fondo tan estrecho que parece que los paredones laterales se van a abrazar a la vuelta del siguiente recodo, lo que me trasmite una sensación de cautivadora captura entre verticales farallones en las que además, algunos osados pinos con sus raíces al aire mantienen un equilibrio tan austero como inverosímil.

En las proximidades de este salto gigantesco en el cauce del tajo se haya la tercera galería, que como las anteriores, presenta un aire de olvido y abandono que no logra borrar la sensación de dureza del trabajo que debe suponer alumbrar agua desde las entrañas del planeta.

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A partir de aquí el camino deja de avanzar cauce arriba, retornando aguas abajo por la vertiente sur del barranco, a una altura mayor que la del sendero de ida, lo que sin duda ofrece mejores vistas del cañón. Para ello hay que atravesar unos túneles por el interior de los cuales discurre el canal que viene de la última galería visitada. Los túneles tienen respiraderos, por los que admirar la belleza de los verticales farallones que se desploman desde una altura más que respetable sobre el cada vez más lejano fondo del tajo. Esto me hace recordar los túneles de los Nacientes de Marcos y Cordero en el Barranco de Los Tilos, aunque aquí falta el agua chorreando formando una cortina de agua a través de algunas ventanas o respiraderos.

Pasado los cortos pero sinuosos túneles, la senda continua llaneando junto al canal hasta llegar a la cresta sur del barranco, mientras el sol juega con el viento y las nubes recreando luces y sombras tan mágicas como efímeras y cambiantes en la salvaje intimidad del surco que vamos recorriendo, trasmitiendo sensaciones irrepetibles y casi permanentes en los recuerdos vitales del senderista.

El descenso al punto de partida, al Santuario de Las Nieves, comienza al llegar a la divisoria compartida con el siguiente tajo vecino por el sur, el Barranco del Río, el cual parece más abierto que el de La Madera.

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Son bastantes barrancos concentrados en poco espacio a esta altura de unos 500 m., todos ellos nacientes de las cumbres orientales de la isla y aproximándose según discurren hacia la costa en la que se localiza Santa Cruz de La Palma. Finalmente la vereda desciende ligeramente por la vertiente norte del Barranco del Río, para luego retornar a la arista divisoria con el Barranco de La Madera y seguir bajando hasta la misma iglesia de Las Nieves.

VIOLETA DE ANAGA (VIOLA ANAGAE)

24 septiembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

 

Esta violeta es una hierba perenne de escasa altura con las hojas alternas suborbiculares o ligeramente acorazonadas con los bordes algo aserrados.

 

Flores azul-violáceas con 5 pétalos y la parte central blanquecina.

 

Es un raro endemismo en peligro de extinción que crece en lugares muy concretos de la Sierra de Anaga.

AMARGOSA

1 septiembre, 2015

10486208_875106135888406_4179329444609291163_nLa amargosa (Vieraea laevigata) es un arbusto de hasta 1 metro de altura, de tallo grisáceo y follaje verde glauco con hojas carnosas y gruesas, las cuales tienen hasta 5 cm de largo y forma ovada u ovalo-lanceolada y dentadas hacia la punta.

Destaca por su elegante porte y sus capítulos de flores amarillas. Es endémica de Tenerife, bastante rara, muy localizada y limitada a la región del parque rural de Teno, habitando desde los 50 hasta los 400 m. de altura, excepcionalmente hasta los 700-800 m., y en riscos basálticos inaccesibles con orientación solana, y de carácter fundamentalmente rupícola debido a la presión de ganado asilvestrado y a la actividad humana, siendo la única representante del genero endémico Vieraea, nombre dedicado al célebre historiador y naturalista canario Viera y Clavijo.

Florece y fructifica en primavera y verano.

Especie de indudable valor científico, tratándose de una auténtica joya botánica, por su rareza que provoca que se encuentre amenazada de extinción y también por tratarse de un género monoespecífico.

Texto y foto: Salvador González Escovar.

Introducción.

La vida de un incendio forestal no comienza con una simple ignición, pues una llama por sí misma no es capaz de generar un gran incendio. Además, se necesita de un combustible y un medio de propagación adecuado (comburente).

Hoy en día, si analizamos las tres condiciones básicas para que se produzca un incendio (ignición, comburente y combustible) nos encontraremos con un panorama preocupante. Por un lado, la ignición del 99% de ellos es fruto directo de la acción humana ya sea por negligencias, accidentes o de forma intencionada.

A esto habría que añadirle la condiciones climatologías y de sequedad cada vez son más adversas y más propicias para la propagación de los incendios forestales, y que están consiguiendo afectar a espacios en los que, por sus características de humedad y umbría, nunca había entrado el fuego.

Por último, nos encontramos con un medio rural abandonado y cargado de combustible, propicio para que se produzcan cada vez en mayor número Grandes Incendios Forestales (GIF), en donde encontramos unos ecosistemas naturales desequilibrados e inmaduros, fruto de repoblaciones relativamente recientes, con una carente e insuficiente gestión. Junto a unos asentamientos rurales de carácter agrícola-ganadero, también desvalorizados y desactivados en donde se acumulan grandes cantidades de vegetación matorral seca junto a viviendas ocupadas por la población.

Los incendios forestales acontecidos a lo largo de la última década, denominados “Grandes Incendios Forestales” (GIF), se caracterizan por ser incendios de alta intensidad (con mayor capacidad destructiva) y mayor amplitud (afectando a más de 500 hectáreas de superficie), en muchos casos fuera de capacidad de extinción, que a su vez afectan tanto a los ecosistemas naturales como a los asentamientos rurales.

Frente a esto nos quedan dos soluciones: aceptar que los GIF van a volver a suceder con las graves consecuencias sociales, económicas y ambientales asociadas; o que las diferentes administraciones como máximos responsables y la población civil como principales afectados, tomen conciencia de esta problemática y empiecen a poner en práctica medidas para paliarlos. Es necesario que se tomen un mayor número de medidas preventivas a lo largo de todo el año, en las que participen de forma activa todos los agentes implicados, ya que como es bien sabido, los incendios ‘se apagan en invierno’.

En el actual contexto en que cualquier escusa es buena para recortar en materia de medio ambiente bajo el pretexto de la crisis económica, queremos recordar que el medio ambiente aporta valiosos servicios ambientales (agua, oxígeno, suelo, biodiversidad, etc.) de los que depende toda la población y que están en riesgo por la carencia de medios para la gestión de los ecosistemas naturales.

Causas de los incendios.

Las causas o condiciones permanentes son aquellas que dependen de factores naturales sobre los que no tenemos prácticamente capacidad de modificación o control directo e inmediato:

a)      Orografía.

b)      Vulcanismo.

c)      Clima.

d)     Características de la vegetación natural.

Las causas o condiciones modificables o controlables de los incendios forestales son aquellas que dependen sobre todo de factores socioeconómicos y de la conducta de las personas, y que por tanto podemos en cierta medida modificar, controlar o contrarrestar:

a)      Negligencias.

b)      Accidentes.

c)      Igniciones intencionadas.

d)     Exceso de carga combustible en el territorio.

e)      Deficiencias en los medios y dispositivos de prevención y extinción.

f)       Ocupación y urbanización de las zonas rurales.

g)      Falta de información, sensibilización y participación social.

h)      La reducción de los nacientes de agua.

Consecuencias de los incendios.

Destrucción de hábitats, deforestación, reducción de la diversidad biológica y pérdida de recursos naturales, contaminación de las aguas y de la atmósfera – aumentando las emisiones de CO2 -, incremento del riesgo de erosión y desertificación e, incluso, pérdida de vidas humanas, son algunas de las terribles consecuencias de la quema del bosque. Los incendios aceleran los procesos erosivos al influir negativamente sobre la vegetación y sobre las propiedades físicas del suelo.

De esta forma, para valorar el impacto real del incendio hay que considerar un conjunto de factores determinantes tales como: intensidad del fuego, superficie afectada, frecuencia con que se repite el suceso y especies afectadas.

Situación de los incendios forestales en 2013.

Con los datos de incendios forestales procedentes del MAGRAMA, hasta el 30 de septiembre, han ardido 53.285 hectáreas de superficie forestal en 9.344 siniestros.

Pervive la alta intencionalidad en el fenómeno de los incendios forestales en España, en especial en Galicia. Además de las causas naturales (los rayos, frecuentes este verano), los accidentes (maquinaría, tendidos eléctricos, etc.) y las negligencias – que han estado detrás de un buen número de siniestros -, se siguen produciendo incendios provocados de manera intencionada e incluso simultánea en varios puntos.

La investigación del origen de los incendios y el esclarecimiento de las causas, así como la persecución del delito por parte de las Fiscalías de Medio Ambiente, sigue teniendo un carácter disuasivo, lo que influye de manera importante en la evolución de las cifras. Según datos oficiales de finales de agosto se han esclarecido 675 incendios forestales, siendo causas naturales accidentales el 30% de los mismos (200) y negligencias el 28% (192). El 18% de los incendios forestales fueron intencionados (124) y las causas naturales dieron lugar al inicio de 159 incendios (el 24%).

Las inversiones en prevención han sido reducidas de forma alarmante en los dos últimos años. Sindicatos, colegios profesionales y organizaciones ecologistas han mostrado su preocupación por la reducción de personal e inversión en tareas de prevención y extinción de incendios. Si en 2012 se cifró la reducción en un 30% de media con respecto a 2011, las partidas destinadas a la lucha contra incendios, lejos de recuperarse, han continuado disminuyendo en 2013.

En 2011 y 2012 el gobierno central apenas destinó 9 millones de euros en prevención, lo que supone una reducción del 76% respecto al presupuesto invertido en 2008 y 2009. En 2013, pese a que el Ministerio de Agricultura ha incrementado su presupuesto para la partida de incendios forestales en un 23%, el dispositivo contará con ocho aviones menos que en 2012.

A nivel autonómico, la reducción de presupuestos destinados a prevención y extinción, ha consistido en reducciones de plantilla, contrataciones a dedo, ausencia de material adecuado o falta de mantenimiento de los equipos, reducción de la actividad investigadora en incendios forestales, casos de mala coordinación, etc. Aunque el malestar en el sector es alto y la conflictividad laboral ha aflorado durante todo el verano, la profesionalidad de los servicios forestales y de extinción han permitido en la mayoría de los siniestros una rápida actuación y la feliz extinción del fuego en sus inicios.

Una parte considerable de la superficie afectada por el fuego, alrededor de 20.000 ha, lo ha sido durante alguno de los 16 grandes incendios forestales (aquellos que superan las 500 hectáreas) de este año,. Así, hemos tenido grandes incendios en Andratx (2.300 ha), Carnota (2.300 ha), Oia (1.850 ha), Almorox (1.400 ha) o Tortuero (1.300 ha).

Ninguno de estos grandes incendios ha alcanzado la magnitud de los mega-incendios del verano de 2012, como los de Cortes de Pallás-Dos Aguas (30.000 ha), Andilla (21.000 ha), Alt Ampurdá (13.963 ha), Mijas (8.225 ha) o La Gomera (4.100 ha).

Bibliografía.

TARAJAL

18 octubre, 2012

El tarajal (Tamarix canariensis) pertenece a la familia de las tamaricáceas.

El tronco es densamente ramificado, pudiendo alcanzar los 5 o 6 metros de altura, con la corteza agrietada, de color marrón-rojizo.

Hojas pequeñas, alternas, escuamiformes, imbricadas, con el ápice agudo, de 1 a 3 mm. de largo.

Flores hermafroditas, pequeñas, pediceladas, blancas o rosadas, agrupadas en racimos delgados y alargados de entre 3 y 6 cm. de longitud.

El fruto es una cápsula trivalva que contiene numerosas semillas con pelos largos.

Es una especie que abunda localmente en regiones costeras, dunas y zonas secas rocosas cercanas al mar, hasta los 400 m.s.n.m. en todo el archipiélago canario, no siendo exclusivo de Canarias, ya que también habita en la región mediterránea occidental.

Tiene interés en cuanto al uso ornamental, forraje, linderos, además de su apreciada madera para carpintería.

Texto y foto de Salvador González Escovar

CEDRO CANARIO

19 junio, 2012

Este cedro (Juniperus cedrus ssp. cedrus) es un árbol endémico de Canarias aunque en la vecina isla de Madeira podemos encontrar la subespecie maderensis endémica de dicha isla.

No estamos ante un auténtico cedro sino ante una variante de los enebros europeos (Juniperus oxycedrus) con los que está muy relacionado.

Este árbol es propio de las comunidades del bosque termófilo, monteverde, pinar y alta montaña canaria siendo de las pocas especies arbóreas que soportan las duras condiciones de la alta montaña canaria, tanto en verano como en invierno.

Es un árbol que alcanza gran longevidad y es de crecimiento relativamente lento, al igual que su pariente natural en las islas, la sabina. Por su apreciada madera, de consistencia compacta, ligera y aromática ha sido fuertemente talado, por lo que gran parte de los ejemplares que se pueden observar hoy en día de manera natural se encuentran refugiados en riscos inaccesibles de la zona de cumbres de las islas donde habita.

En cuanto a su descripción, normalmente se trata de un arbusto o árbol pequeño, aunque en condiciones favorables puede alcanzar los 20 metros de altura, y pertenece a la familia de las cupresáceas. El tronco normalmente se muestra retorcido y tiene una corteza gris, escamosa que se va fisurando en los ejemplares adultos. Presenta un porte siempre verde, tupido, muy ramificado con ramas péndulas o ligeramente colgantes.

Las hojas son pequeñas, finas, duras, rígidas, planas, de forma acicular o linear, puntiaguda, de color verde oscuro con dos líneas blanquecinas por el haz, presentes en grupos de tres alrededor de las ramas, de hasta 1.5 cm. de largo y 2 mm. de ancho cada acícula.

Flores dioicas, tanto las femeninas como las masculinas son diminutas, aunque abundantes. Las flores masculinas son pequeños conos amarillentos cargados de polen y de forma oval; los conos femeninos aparecen colgantes en las axilas de las hojas.

Los cedros femeninos originan frutos (conocidos como arcéstidas) esféricos, normalmentes colgantes, de color marrón-rojizo en la madurez (maduración que se alcanza unos 20 meses después de la floración), de aproximadamente 1 cm. de diámetro. Cada fruto contiene un número variable de semillas, que necesitan pasar por el tracto intestinal de aves como el cuervo o la chova, o de un tratamiento químico para que germinen nuevos plantones.

El cedro normalmente habitaba los dominios potenciales del pinar y del retamar-codesar de cumbre, entre los 1.500 y 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar, aunque debido a la intensa explotación a la que ha sido sometido desde la época de los guanches, actualmente ha quedado relegado a riscos y cabeceras de barrancos de la zona de cumbres de las islas de mayor relieve de Tenerife, Gran Canaria, La Gomera y La Palma. Por esta razón se encuentra bastante disperso en cumbres, y de manera testimonial puede ocupar zonas de pinar canario y de transición de éste al matorral de cumbres. En todo caso se trata de una especie muy dispersa y rara, y por tanto amenazada de extinción, aunque como se comentó al principio es muy adaptable a los diversos ecosistemas canarios desde la zona de medianías a la de cumbres, tanto en el sur como en el norte de las islas, de ahí que sea una especie ideal para reforestación, sobre todo en asociación con el pino canario.

Además de los usos de carpintería debido a su apreciada madera, el cedro tiene propiedades medicinales como antiséptico, antiparasitario, antiinflamatorio y para cura de heridas.

Texto y foto de Salvador González Escovar

ACEBUCHE

19 junio, 2012

Tradicionalmente las poblaciones de acebuche presentes en Canarias se venían considerando como la especie Olea europaea ssp cerasiformis descrita para Madeira, pero tras un reciente estudio genético se concluyo que las poblaciones de Madeira y Canarias estaban lo suficientemente separadas genéticamente como para ser separadas en distintas subespecies, por tanto los acebuches canarios pasan a denominarse Olea europaea spp guanchica.

El acebuche u olivillo (Olea europaea ssp. guanchica) es una subespecie endémica canaria que pertenece a la familia de las oleáceas, pariente silvestre del olivo que se cultiva para la producción de aceite y aceitunas.

Es un árbol que puede alcanzar los 5 o 6 metros de altura, siendo frecuente como arbusto. El tronco es más o menos liso y muy ramificado desde la base, con la corteza de color grisácea. La copa es globosa, tupida, adquiriendo una tonalidad verde pálido.
Las hojas son opuestas, simples, de borde entero, de forma linear-lanceolada, color verde brillante por el haz, escamoso-blancas por el envés, de hasta 8 cm. de largo, duras al tacto y con el nervio principal bien marcado.

Flores hermafroditas, de color blanco-amarillento, pequeñas, agrupadas en panículas axilares y muy abundantes.

Fruto de forma elipsoide, carnoso, como pequeñas aceitunas o drupa, conteniendo una semilla, de color negruzco en la madurez y de aproximadamente 1 cm. de longitud.
Este arbolillo forma parte de los bosques termófilos de las zonas bajas, localmente abundante en riscos y barrancos con cierta humedad en las fachadas orientadas al norte, noroeste y noreste, encontrándose habitualmente entre los 100 y 600 metros de altitud sobre el nivel del mar, de distribución más restringida y local en las vertientes sur de las islas, al igual que ocurre con otros árboles de ambientes termófilos. En ocasiones, al igual que ocurre con los sabinares y palmerales, este árbol forma bosques monoespecíficos en los que es la especie arbórea dominante.

Se distribuye por todas las islas.

Texto y foto de Salvador González Escovar

ALMÁCIGO

3 junio, 2012

El almácigo (Pistacia atlantica) es un árbol perteneciente a la familia de las anacardiáceas que también se encuentra presente en África y Europa meridional.

El tronco es robusto, con la corteza rugosa de color gris oscuro que se cuartea con los años, pudiendo alcanzar hasta los 15 metros de altura.

Los ejemplares adultos presentan una copa amplia, muy ramificada, tupida y de forma semiesférica característica.

Las hojas son compuestas imparipinnanadas (número impar de foliolos, lo que lo diferencia del otro pariente existente en Canarias, el lentisco), de color verde tierno cuando son jóvenes, oscureciéndose y curvándose al envejecer. Los foliolos tienen borde entero, con 4 o 5 pares de foliolos, y uno terminal en la punta, por cada hoja, hoja que puede alcanzar una longitud de unos 12 cm. en conjunto. Es un árbol caducifolio, y junto al sauce canario son los únicos árboles, no introducidos por el hombre en las islas, que pierden las hojas en otoño.

Flores dioicas. Las flores masculinas dispuestas en racimos colgantes en las ramas, numerosas, y de color crema-rojizo. Las femeninas formando racimos axilares densos.

Los árboles femeninos dan frutos duros, rojos en la madurez, de forma ligeramente apepinada, de entre 4 y 6 mm. de tamaño, y cada uno de ellos contiene una semilla, que suele germinar fácilmente ayudada por la acción dispersadora de las aves.

El almácigo forma parte de los bosques termófilos de las islas, principalmente entre los 300 y 600 metros de altura sobre el nivel del mar, más habitual en las vertientes norte, noreste y noroeste. Mucho más esporádica en las fachadas orientadas al sur de las islas, donde se refugia en laderas de barrancos y riscos inaccesibles.

Se distribuye por Fuerteventura, Gran Canaria, Tenerife, La Gomera y La Palma.

Texto y foto de Salvador González Escovar