Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Estas montañas que rondan los 2.500 m.s.n.m. se elevan en la parte central del dilatado anfiteatro que bordea la Caldera de Las Cañadas del Teide por su sector suroeste, sur y sureste, separando ese parque nacional de los extensos pinares de la zona sur de la Corona Forestal, pertenecientes a los términos municipales de Guía de Isora, Adeje, Vilaflor, Granadilla de Abona, Arico y Fasnia.

El sendero PR TF 86 permite acceder desde el área recreativa de El Contador (1.352 m. de altitud), en el pinar de Arico, hasta el parador de turismo de las Cañadas del Teide, recorriendo una distancia de unos 15 km. (solo ida), aunque también se puede alargar el trayecto e ir desde más abajo, partiendo del casco urbano de la Villa de Arico, pero la zona más interesante paisajísticamente hablando se encuentra entre los dos puntos antes citados.

Partiendo de la zona recreativa, la senda perfectamente señalizada y delimitada con piedras a ambos lados durante todo el recorrido, asciende hacia la Chapa del Contador hasta alcanzar el topónimo conocido por El Cuchillo. La zona de El Contador va quedando abajo y más hacia el este contemplamos la extensa y aplanada Montaña de Los Albarderos mientras al oeste se divisa otra porción de las medianías y costa del sureste de Tenerife, abarcando la mirada hasta la Montaña Roja.

A continuación el camino bordea por la izquierda el vistoso y cónico resalte de El Peñón y pocos metros después, en los Llanos del Peñón encontramos cerca del sendero un antiguo horno de brea, testigo de los aprovechamientos forestales de estos pinares en el siglo XVII.

A poca distancia, tras un breve desvío se encuentra la vieja casa forestal de El Contador, con el atractivo añadido de ser un excelente mirador del sureste insular.

Retrocediendo (aunque también se puede continuar un tramo por la pista de tierra general de Arico, la que une El Contador con Izaña, hasta encontrar un posterior cruce señalizado antes de llegar a la zona de acampada Fuente del Llano) hasta el cruce donde se indicaba la localización cercana del horno de brea, el sendero sigue subiendo hasta cruzar la pista general de Arico (hacia la izquierda, oeste, la pista se dirige al Barranco del Río y hacia la derecha a Izaña) y continuando por la senda en dirección noroeste volvemos a cruzar la pista en tres ocasiones más, hasta alcanzar la Morra del Hueso Caballo, donde otro desvío permite acceder a la cercana zona de acampada de Fuente del Llano. Si no nos desviamos continuamos por la Cuesta de Las Cabras en dirección a Los Riscos, unos verticales y agrietados paredones que sobresalen del pinar que todo lo invade, cruzando después el poco profundo Barranco de La Grieta y posteriormente ascendiendo paralelo a él, hasta llegar al Callao Tornero de Los Riscos. A partir de este lugar la senda se encamina hacia el suroeste, ascendiendo hacia la extensa lomada que corona Los Riscos, llegando después de una larga subida a la parte elevada de esta especie de altiplano conocido como los Llanos de Los Riscos y las Chozas Viejas, que fueron durante un pasado no muy lejano un importante paradero pastoril. La presencia de arcaicos y semiderruidos refugios pastoriles de forma circular y construidos a base de amontonamientos de piedras así lo atestigua; también destacan imponentes y longevos ejemplares de pino canario, algunos de los cuales presentan una importante oquedad en sus gruesos troncos para la obtención de resina.

Este lugar parece la frontera natural entre el pinar con jaras, escobones, jaguarzos, etc… que se torna escaso a mayor altura, y la vegetación subalpina de alta montaña canaria dominada por el retamar-codesar acompañado de rosalitos, alhelís, margaritas del Teide, chaorras del Teide, tajinastes rojos, malpicas, hierbas pajoneras, flores de malpaís, tonáticas… Además el lugar resulta sumamente aislado, mágico y salvaje, con unas extensas panorámicas, sobre todo hacia el este, apreciando como el Barranco de La Grieta bordea la base de esta lomada de Los Riscos; Los Riscos, un lugar entrañable y difícilmente olvidable, donde impera el silencio, la soledad, el sosiego y la paz a la sombra o rodeados por los enormes pinos que hacen que el inmenso y maduro pinar de Arico se despida de nosotros de la mejor manera posible, en nuestro periplo que continúa rumbo a las ya cercanas cumbres insulares.

Las montañas del Roque de La Grieta y Pasajirón ya se observan en lo más alto, separadas entre sí por una leve vaguada o collado.

El sendero asciende ahora por el Topo del Veno, manteniendo a la derecha la Montaña del Palo, en el último repecho antes de llegar a la primera cumbre de la jornada, El Roque de La Grieta, superando la ladera sur de esa primera montaña ascendida. A poca distancia de la cumbre el sendero PR TF 86 se une a la ruta del Filo (sendero nº 8 del parque nacional) pero aprovechando que la cima del Roque de La Grieta está cerca seguimos subiendo hasta el punto más alto del pateo.

Al contrario que la cumbre de Pasajirón, por la que más adelante transita el sendero del Filo, la cima del Roque de La Grieta (2.573 m.s.n.m., habiendo superado un desnivel de unos 1.200 m. desde El Contador) resulta más esquiva, por lo que en los metros finales hay que trepar los resaltes y rocas empotradas en las paredes cimeras, y haciendo honor a su nombre el roque presenta alguna que otra brecha rocosa en su cima.

Momento cumbre de la jornada montañera, en uno de los bordes de este majestuoso y grandioso anfiteatro de forma arqueada que se hunde a nuestros pies, percibiendo la libertad que proporciona la cima de una montaña solitaria como ésta, libertad y soledad que vuela al son de la brisa que acaricia estos roques y de paso mi rostro, respirando el aire ligero y leve de las alturas, aquel que hace flotar mi insignificante existencia plácidamente sobre el vasto territorio lunático y desolado que se extiende hacia el norte, este y oeste, unos 500 metros debajo nuestro, espacio que porta mis pensamientos tan lejos como viaja la mirada y el que me hace divagar sobre tan mágico y entrañable espacio volcánico vomitado por las entrañas del planeta

A mis pies, bajo el abismo de la pared norte, se extiende un entorno lunático, un mundo mineral, virgen, descarnado, desolado y violento, como si el infierno estuviera cerca, espacial y temporalmente, sensación percibida desde aquí arriba, pero por momentos y paradójicamente, diría que me encuentro a las puertas del cielo. Sin embargo, esa aparente violencia consigue trasmitirme todo lo contrario, paz y serenidad.

Las cañadas del Montón de Trigo, la de La Camellita y la de La Grieta yacen en el fondo de la depresión, a un paso de los desolados malpaíses que se extienden hasta la base del Teide, siendo dos de las siete planicies repartidas por la base de este mágico y cautivador circo de paredes verticales.

En este mundo mineral con vida propia en la que resulta difícilmente imaginable cualquier otra forma vital, la primavera normalmente alumbra tardía a estas alturas, pero cuando llega lo hace con todo su esplendor. La belleza del paisaje enmarca la explosión y variedad cromática de las flores de muchas plantas endémicas del lugar, desde el azul o violeta de los alhelís, los tajinastes picantes, las tonáticas, hasta el rojo de los tajinastes rojos, pasando por el amarillo de los codesos, hierbas pajoneras y turgaytes, el blanco o rosado de las retamas, las margaritas del Teide y de las salvias del Teide. Un colorido y un regalo de la propia vida, no solo para el observador sino para perpetuar la existencia de las plantas, pero que parece desproporcionado debido a su belleza, en este entorno tan rudo y duro para cualquier forma de existencia animal o vegetal.

Desde el Roque de La Grieta hacia el este, el Filo de Las Cañadas pierde altura y espectacularidad, la cual se despide con el puntiagudo roque del Topo de La Grieta, formando detrás de él una pared más uniforme y menos vistosa con suaves lomas que abarcan hasta las inmediaciones de la Montaña Cerrilar, cerca del límite oriental del circo, donde da paso a la cabecera del Valle de La Orotava y a las postreras cumbres de Izaña.

Bajamos y regresamos al camino del Filo, continuando en dirección oeste hacia la segunda cumbre de la ruta, la Montaña Pasajirón; para ello ladeamos por la fachada sur del Roque de La Grieta hasta la degollada que lo separa de Pasajirón, y luego el último ascenso de la travesía nos conduce a la cima de esa montaña, de cumbre más bien plana y menos abrupta que la del Roque de La Grieta, rondando también los 2.500 m. de altura, y por tanto con un desnivel medio de unos 500 m. con respecto al fondo de la depresión calderiforme.

Desde la cumbre de Pasajirón el horizonte visual se extiende nuevamente en todas direcciones, y con ella los pensamientos y sensaciones, topándose nuestra mirada con cumbres más elevadas como el complejo Teide-Pico Viejo, Guajara o el Roque de La Grieta, el cual hemos dejado atrás, mientras al sur de la cima la panorámica se desploma con menor sensación de abismo, encontrando el nacimiento del otro ramal del Barranco del Río, que agrieta una parte del pinar de Arico, y sirviéndonos de guía visual para alcanzar la lejana costa y medianías del sureste insular si la claridad del día acompaña.

Al encontrarnos elevados sobre la caldera de Las Cañadas, las retinas vuelven a deleitarse con el salvaje entorno volcánico, apreciando los diferentes matices cromáticos de las sepultadoras lenguas de lava, siniestros y oscuros malpaíses como el Tabonal Negro, desparramado sobre otras coladas más antiguas y que destaca especialmente al surgir del entorno pumítico y pálido que reviste Montaña Blanca, junto al Valle de Las Piedras Arrancadas, más al este, malpaíses que contrastan visualmente con esas pálidas y serenas cañadas pumíticas repartidas a lo largo de la base de la pared de Las Cañadas.

La extensa pared norte del circo es la huella de un deslizamiento en masa de una gran cumbre insular acontecido hace millones de años. Posteriormente, desde hace unos 100.000 años otras sucesivas erupciones volcánicas elevaron el estratovolcán Teide-Pico Viejo hasta alcanzar la altura actual de 3.718 m.s.n.m.

Después de ascender a Pasajirón por su lado oriental descendemos por el oeste hacia la Degollada de Guajara. Ese collado se encuentra entre Pasajirón y Guajara, lugar donde surge un gran tajo que arruga la corteza terrestre y serpentea hacia el sureste insular, el Barranco del Río, delimitando los municipios de Granadilla de Abona y Arico. Barrancos como éste parecen tener vida propia: nacen, se ahondan, se ramifican, hieren la piel planetaria en su dilatado y retorcido discurrir, y finalmente mueren plácida o violentamente en su encuentro con el mar. Son las cicatrices abiertas en la piel de La Tierra. El paisaje no sería lo mismo sin ellos, ejerciendo en mí una atracción especial, aparte de constituir un refugio vital para determinadas especies botánicas amenazadas.

Desde la Degollada de Guajara descendemos al fondo de la caldera siguiendo el tramo utilizado en el ancestral Camino de Chasna que comunicaba antiguamente el norte con el sur de la isla para fines no precisamente montañeros sino más bien comerciales y trashumantes.

Una vez abajo seguimos la pista prácticamente llana de la Siete Cañadas hasta llegar al parador de turismo.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El edificio estratovolcánico de El Teide se ha ido construyendo durante los últimos 100.000 años tras sucesivas erupciones que han ido apilando material volcánico de diversa índole y capa tras capa hasta alcanzar la altura actual de 3.718 m.s.n.m., como si el gran volcán fuera una catedral geológica que nos muestra las diferentes etapas de su existencia.

La parte terminal de El Pilón, el punto más elevado del Teide, se formó durante una fase volcánica ocurrida hace unos 1.000 años. Sin embargo, al magma presente en las profundidades de la corteza terrestre cada vez le resulta más difícil alcanzar esa altura, y es difícil que la montaña continúe creciendo en altitud, más teniendo en cuenta la implacable erosión que siempre trabaja en sentido contrario, por lo que en caso de producirse futuras erupciones en la zona, sería habitual que tuvieran lugar en los flancos o en los conos adventicios o satélites del volcán, como de hecho puede apreciarse desde épocas pasadas en las Narices del Teide, en la fachada occidental del Pico Viejo, en Montaña Blanca, en la Montaña Abejera o en el Pico Cabras. De igual manera diferentes tipos de erupciones han tenido lugar durante su dilatada historia, como las explosivas de Montaña Blanca, hasta el derrame de lavas viscosas como las del Pico Cabras, del Tabonal Negro o del Valle de las Piedras Arrancadas, pasando por las más oscuras, brillantes y ricas en obsidiana propias de las Narices del Teide.

Esa diversa naturaleza volcánica origina una textura sobre la superficie caracterizado por malpaíses, fruto de lavas viscosas que se quiebran con el empuje de la lava y se amontonan en lugares de poca pendiente; túneles, cuevas y lavas cordadas superficiales, fruto de lavas más fluidas y, finalmente llanuras de piedra pómez, producto de erupciones de carácter explosivo que dispersan material ligero a distancia, y con la ayuda de agentes erosivos como lluvias torrenciales a lo largo del tiempo, generalmente se depositan al pie de roques y de la pared sur del Circo de Las Cañadas. Esos diferentes fenómenos volcánicos conllevan vistosos contrastes cromáticos en el lunático y aparentemente primigenio y desolado entorno volcánico que nos rodea.

El sendero de La Fortaleza avanza desde El Portillo en dirección noroeste, pasando por pequeñas vaguadas pumíticas de las que afloran ariscos roquedos de tonalidad marrón oscuro, resaltando sobre el pálido entorno.

El límite superior del pinar que reviste de un tupido y frondoso verdor el Valle de La Orotava lo tenemos cerca, y parece mantenido a raya por este paisaje lunático a medida que nos acercamos al Cabezón, el vértice del gran escalón de la Ladera de Tigaiga, esa uniforme arista que desde la costa norte insular asciende hasta las cumbres tinerfeñas.

El Roque de La Fortaleza se encuentra cercano, elevado verticalmente sobre la Cañada de Los Guancheros, una gran planicie pumítica originada por el arrastre mediante escorrentías y lluvias de ese ligero material volcánico, desde las inmediaciones de Montaña Blanca hasta la barrera física que forma el citado roque.

Un corto ascenso desde la Cañada de Los Guancheros nos conduce a la degollada existente entre El Cabezón y el Roque de La Fortaleza, y desde ahí seguimos subiendo ligeramente por la vertiente norte del roque, de perfil más suave que la vertical y cortada pared sur, divisando en el camino una parte de los extensos pinares del norte de la isla, desde la Dorsal de Pedro Gil, a oriente hasta los de Icod a occidente.

Finalmente la senda gira al sur y acomete de forma decidida el tramo final a la cumbre de La Fortaleza, donde nos sorprende la relativa abundancia de cedros canarios (Juniperus cedrus), tal vez el lugar de Las Cañadas donde más ejemplares existen de manera natural, y además observando plantas jóvenes de ese austero, longevo y escaso árbol.

Desde el mismo borde que señala la cumbre de La Fortaleza se disfrutan de unas visiones espectaculares del Teide, casi a tiro de piedra, con su cara noreste y parte de la grandiosa e imponente fachada norte destacando sobre el resto de la vertiente norte de la isla, alzándose sobre los extensos y tupidos pinares de La Guancha e Icod

Los límites del gran volcán, desde la Montaña Abejera hasta La Fortaleza, parecen marcar una frontera nítida entre el extenso pinar del sector norte de la Corona Forestal de Tenerife y el matorral subalpino de alta montaña que domina el interior del espacio de las Cañadas del Teide.

El Roque de La Fortaleza presenta un borde alargado en sentido este-oeste que puede ser recorrido íntegramente sin mayor dificultad.

Sin montañas entre medias entre el mar y la cumbre del volcán, desde la costa hasta el Pico del Teide, la panorámica de la fachada norte de la isla en permanente caída nos hace imaginar la magnitud del colosal desplome masivo que debió de originar los valles de La Orotava y de Icod.

Mirando hacia oriente se adivina el relieve de la parte más occidental de la cara norte de la península de Anaga, y hacia el oeste distinguimos algunos escarpes del Macizo de Teno como sus puntos culminantes de Erjos y Bolico.

Los volcanes satélites de Abejera y Pico Cabras se asientan de manera casi testimonial en la base de la cara norte del Teide, y más cerca nuestra mirada se desploma unos 200 metros en vertical sobre la planicie de la Cañada de Los Guancheros para terminar de cerrar una panorámica amplia, extasiante y estratégica se mire donde se mire.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde la zona cercana a Los Azulejos, en la carretera que une Mogán con La Aldea de San Nicolás, sube un sendero señalizado ganando rápidamente altura sobre la cabecera del Barranco de Veneguera. Mientras ascendemos impresionan los verticales riscos que nos rodean junto al matiz verdoso, pálido y ocre de la parte baja de los Andenes de Veneguera, justo encima de la citada carretera.

Los Azulejos son fruto de erupciones hidromagmáticas, es decir, que estas tonalidades son consecuencia de la mezcla del magma de una erupción volcánica que interactuó con corrientes subterráneas de agua. Se trata, por tanto, de afloramientos de alteración hidrotermal, los cuales establecen una clara discordancia entre las mismas y marcan el borde la vieja Caldera de Tejeda.

 

Más arriba, después de pasar por la zona de los famosos charcos repartidos escalonadamente entre salto y salto a través del abrupto paisaje, la senda se encamina hacia el cauce del Barranco de La Manta, una vertiginosa barranquera de corto recorrido que surge de la vertiente sur del Pinar de Ojeda, al que poco a poco nos vamos aproximando, concretamente a la zona de Los Quemados. Según ganamos altitud van asomando algunas montañas que coronan el Macizo de Inagua, como la Montaña de Ojeda, por la cual pasaremos más adelante. También el Roque Pernal en sentido opuesto, hacia oriente. Mirando al sur vamos superando en altura las recortadas crestas del Macizo del Suroeste, con la espigada Montaña Adlobas como punto destacable, las cuales forman la divisoria entre los barrancos de Tasarte y el abierto más hacia el oeste, el de Tasartico, ambos aún poco reseñables desde aquí.

Nos acompañan, en cuanto a la vegetación, tajinastes blancos y negros, tabaibas, verodes, vinagreras, jaguarzos, bejeques, matos de risco, cornicales, balos, damas…y tristemente también las plantas invasoras rabos de gato, especialmente en la primera parte del recorrido, la más cercana a la calzada. A mayor altitud se unen al marco vegetal pinos, jaras y escobones, ocultando en algunos puntos el trazado a seguir, a la vez que desciende la inclinación del sendero, ya cerca del cauce del barranquillo.

Poco más arriba enlazamos con la pista forestal que se dirige al aula de la naturaleza de Inagua y la seguimos en esa dirección; dejamos atrás esa construcción sumamente aislada y seguimos avanzando por la pista, ahora en ascenso más pronunciado, hasta encontrar un sendero que diverge a la izquierda de la pista, el cual permite acortar y atajar un tramo del recorrido. Una vez nuevamente en la pista seguimos subiendo, mientras vamos apreciando la mole de la Montaña de Tauro emergiendo más allá de este inmenso pinar, coronando una de las vertientes del profundo y alargado Barranco de Mogán. Al poco rato alcanzamos la Degollada de Las Brujas, un collado que ya permite divisar entre pinos parte de la fachada norte del Macizo de Inagua y Ojeda. En este punto hay varias opciones de continuar el recorrido según donde queramos ir, pero nuestro destino se encuentra a una altura algo mayor y más hacia el extremo oeste de este dilatado macizo.

Abandonamos la pista y seguimos unos mojones que marcan por ambos lados un difuso sendero que asciende durante un corto trayecto hacia la extensa y amesetada cima de la Montaña de Ojeda.

El primer gran éxtasis visual y emocional del pateo nos invade completamente al asomarnos al precipicio abierto sobre los Andenes de Tasarte, derrumbados bajo la vertiente suroeste de la Montaña de Ojeda, formando un espectacular hachazo en la corteza terrestre que entrecorta y acelera el aliento y el ritmo cardiaco, aunque ya hayamos dejado de subir cuestas por el momento. Parece que todo el desnivel acumulado paulatinamente, paso a paso, metro a metro, durante la subida, se libera repentina, virtualmente y de golpe en un abismo grandioso, colosal, abrumador y pavoroso, arrastrando con ello nuestros alucinados sentidos y pensamientos, enfilándose nuestra mirada verticalmente hasta encontrar la lejana referencia de la carretera en la que empezó todo esto, aunque fuera en un punto diferente de la misma.

El Barranco de Tasarte queda a nuestros pies, como si estuviéramos justo en el lugar de su nacimiento divisando su perfil hasta la desembocadura en el suroeste insular. La Montaña Adlobas adquiere desde aquí su silueta piramidal más llamativa y fotogénica, pero permanece empequeñecida ante nosotros debido a la altura que hemos alcanzado. Algo más al oeste se distingue la Montaña Horgazales, en el Macizo de Guiguí, oculta parcialmente por el paredón que asciende hasta la cúspide de la Montaña de Los Hornos o de Inagua, que además se encuentra a poca distancia de este extraordinario mirador natural de la Montaña de Ojeda.

Dejando escapar la mirada a través del extenso pinar que nos invade hacia la zona central de la isla se divisan las cumbres insulares de El Campanario, el Pico de Las Nieves y el Roque de La Agujereada; en un plano más corto se eleva la mole de la Montaña de Las Monjas y detrás la Montaña Alsándara, la cota máxima del Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales con 1.580 m.s.n.m.

El tramo del sendero que nos queda para alcanzar la postrera y más occidental cumbre de la Montaña de Inagua está poco marcado pero la escasa elevación de esa cima con respecto a la de Ojeda hace poco dificultoso este último trayecto senderista. En la cumbre de la Montaña de Los Hornos (1.426 m.s.n.m.) existe un vértice geodésico y el pinar que nos rodea no permite disfrutar del vacío espacial de la Montaña de Ojeda, pero contemplamos en mayor medida las cumbres del Macizo de Guiguí, sobresaliendo de la verde arboleda que tenemos delante, en el declive de la montaña hacia el oeste.

Mirando hacia el otro lado, la Montaña de Altavista se alza en al vertiente opuesta del Barranco de La Aldea, desagüe natural de la Cuenca de Tejeda, y detrás de esa atalaya destacan el frondoso Macizo de Tamadaba, asomando también la cima del Roque Faneque en el extremo de la prolongación de Tamadaba hacia el noroeste insular. Hacia la zona central de la isla el lejano Roque Nublo parece erguirse sobre la más cercana Montaña de Alsándara.

La cima de la Montaña de Inagua es un punto solitario y mágico, una de las fronteras naturales más entrañables de Gran Canaria; se percibe el silencio solo roto por el rumor del aire leve de las cumbres en contacto con las ramas de los pinos.

Además de divisar las montañas comentadas anteriormente, como Horgazales y El Cedro, sobresaliendo del siempre verde dosel arbóreo, desde esa postrera cumbre de este grandioso pinar puede contemplarse gran parte de esta hilera de cumbres del resto de este macizo que se alarga hasta el centro de la isla, amplia panorámica en la que el solitario Cortijo de Inagua, localizado en la ladera norte de estas montañas, y en medio de tanta naturaleza virgen, forma una referencia de lejana y ancestral humanidad que acrecienta la sensación virginal, salvaje, de aislamiento y de soledad impuesta por el pinar más extenso y maduro de la isla.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El Roque de Jama está constituido por un peñasco de 781 metros de altura sobre el nivel del mar, siendo uno de los paisajes más antiguos de la isla de Tenerife. Es un pitón fonolítico, catalogado como Monumento Natural, cuya cresta cimera ofrece unas panorámicas altivas del sur de Tenerife, también es el más alto de los roques del municipio de San Miguel de Abona y puede ser visto desde cualquier punto de la zona sur a muchos kilómetros de distancia.

Bajo la arista sur del Roque de Jama se localiza el famoso mirador de La Centinela, diseñado y construido por el artista César Manrique

La vegetación que alberga es el cardonal-tabaibal acompañado de especies como los balos, cardoncillos, matos de risco, espineros, vinagreras y cornicales, cerrajones, bejeques, coles de risco y otras especies rupícolas, y en las paredes más abruptas y rocosas existen restos de vegetación termófila, con presencia arbórea de sabinas, acebuches y almácigos.

El Roque de Jama, entre los municipios de Arona y San Miguel, es una atalaya montañosa que ha permanecido impasible ante la evolución geológica que ha sufrido este territorio desde hace unos 11 millones de años. Desde aquellas primerizas formaciones del relieve insular hasta los volcanes más recientes de la actualidad existe una demostración palpable de que el tiempo no para, y lo que vemos hoy poco tiene que ver con el paisaje incipiente, primigenio y por aquel entonces recién vomitado desde las entrañas magmáticas ocultas bajo el lecho oceánico.

El Roque de Jama actual está formado por restos de lava que se enfriaron lentamente en el interior de un viejo volcán. La erosión y el paso del tiempo han dejado al descubierto las interioridades de esta chimenea volcánica, desprendiendo los materiales más frágiles que se situaban a su alrededor como si fueran cáscaras de una cebolla, conformando de esta manera el edificio volcánico pétreo que vemos en la actualidad.

Su forma altiva en el paisaje sureño marcó un referente para las poblaciones aborígenes que habitaban la zona; de hecho existen restos arqueológicos en el Roque de Jama o en sus proximidades, producto de ese referente, así como también debido a la principal actividad socioeconómica de ese pueblo: la agricultura y ganadería de subsistencia.

A los pies del símbolo geológico del Roque de Jama y bajo su sombra petrificada se encuentra un ejemplo de los usos y costumbres de otros más recientes pobladores del lugar, como es la Casa del Gato, un testigo mudo de la explotación agrícola y ganadera de la zona, otra referencia de diferente índole al Roque de Jama, ésta como lugar de paso de caminantes y transeúntes, al estar localizada en el ancestral Camino Real del Sur, además de encontrarse cerca de valiosos recursos naturales como son las Fuentes de La Hoya o de Tamaide, que a su vez ayudaban a prosperar las terrazas y bancales de las buenas tierras de cultivo que presentaba este pequeño valle formado entre la ladera oriental de La Centinela y Tamaide.

La ladera de La Centinela forma parte del Bien de Interés Cultural con categoría de Zona Arqueológica del Roque de Jama-La Centinela, perteneciente a los términos municipales de Arona y San Miguel de Abona.

Existen numerosos yacimientos arqueológicos localizados en el Roque de Jama y los morros, además de otros lugares como: El Roquito, La Centinela, el Lomo de La Centinela y El Roquete. Además se trata de un espacio singular que debió tener importancia en las creencias mágico-religiosas de la población aborigen.

 

Existen inventariados 52 yacimientos arqueológicos, repartidos entre grabados rupestres, canales, cazoletas, cuevas de habitación, cuevas sepulcrales y yacimientos de superficie con abundante material arqueológico asociado.

En cuanto a los valores patrimoniales más recientes cabe resaltar elementos etnográficos como fuentes, casonas de arquitectura tradicional, caminos de comunicación entre poblaciones cercanas y construcciones hidráulicas como atarjeas y canalizaciones talladas en la tosca.

El agua siempre ha sido un recurso valioso en la zona sur de la isla; por ejemplo la Fuente de Tamaide es un elemento de vital importancia en la historia de los caseríos antiguos de la zona y de las gentes y animales que pasaban su vida o parte de ella transitando por estos lares en el pasado. El primer documento que atestigua la presencia de esta fuente data del año 1849, pero seguramente su presencia es mucho más longeva. Esta fuente era utilizada por vecinos que venían de Tamaide y de La Hoya, portando el agua en tinajas, cubos y otros recipientes hasta sus hogares, o bien como lavadero de ropa; igualmente era utilizada por el ganado que traían los pastores de la comarca de Abona como zona de paso estratégica en sus desplazamientos trashumantes.

La existencia de este manantial se debe a la disposición en el barranco superior de un estrato de almagre impermeable existente bajo las vetas basálticas muy fracturadas, permeables y agrietadas, lo que permite la percolación del agua de lluvia, infiltrada paulatinamente desde capas superiores, hasta alcanzar la capa impermeable inferior, la cual provoca el rezume en la superficie en forma de chorrillos, en este caso justo bajo el saltadero del barranco donde las formaciones geológicas han sido quebradas por la erosión.

El camino de Tamaide comienza en el mirador de La Centinela, desciende por la ladera oriental, al sureste del Roque de Jama y finalmente se acerca a Tamaide mediante un sendero señalizado y en algunos tramos empedrados.

Aprovechando la cercanía del Roque de Jama, como se ha indicado, el principal monumento geológico de la zona, se puede ascender a él partiendo del caserío de El Roque, siguiendo una vereda que en primer lugar se dirige a la base de arista norte de la montaña. Luego empieza la subida de forma decidida por esa cara guiándonos mediante una estrecha senda, tomando como referencia un pino aislado por el que pasamos, a medida que vamos apreciando la vertical e infranqueable pared oeste del roque, la cual se desploma sobre el Valle de San Lorenzo o del Ahijadero, dentro del municipio de Arona.

Para alcanzar el muro cimero hay que rodearlo por la fachada oriental y trepar sin dificultad hasta la estrecha cresta terminal (pero alargada en sentido norte-sur). Buen abismo desde la cumbre bajo la fachada oeste de esta atalaya sureña que limita el Valle de Ahijadero por oriente, divisando buena parte del sur de la isla, entre Punta Rasca, Montaña de Guaza hasta Montaña Roja en el marco litoral, y desde el Roque del Conde y la Pica de Imoque hasta las montañas que coronan la Corona Forestal, como Guajara, Sombrero de Chasna y Roques del Almendro, en zonas elevadas

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El naranjero salvaje (Ilex perado ssp. platyphylla) es una subespecie endémica del archipiélago canario. Pertenece a la familia de las aquifoliáceas, de la misma familia que el acebiño.

Este árbol puede alcanzar hasta los 15 metros de altura. El tronco es recto, la corteza es grisácea y más o menos lisa, y las ramas se disponen más bien horizontalmente y algo caídas alrededor del tronco.

Las hojas son brillantes, normalmente más grandes que las del acebiño, de hasta 15 cm. de largo y 8 cm. de ancho. Su forma es ovada u orbicular. Los bordes son ondulados y con espinas (recordando a las del acebo) apuntando hacia el ápice y con espina terminal en el ápice de cada hoja. En algunas hojas las espinas son menos prominentes y el borde es casi entero.

Flores dioicas, reunidas en grupos, de color blanco-rosado.

Frutos en forma de drupa, entre 6 y 9 mm de diámetro, de color rojo oscuro a negruzco en la madurez.

Es una especie exigente en humedad ambiental y edáfica, por lo que habita las zonas más húmedas y profundas de los bosques de laurisilva, donde puede llegar a ser localmente abundante, distribuyéndose solamente en Tenerife y La Gomera, entre los 700 y 900 metros de altura sobre el nivel del mar.

ACEBIÑO I (ILEX CANARIENSIS)

17 diciembre, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El acebiño (Ilex canariensis) es un endemismo macaronésico perteneciente a la familia de las aquifoliáceas. Es un arbusto o árbol pequeño que puede alcanzar los 10 metros de altura, muy ramificado con abundante foliación y de tonalidad oscura y de copa más o menos piramidal. Su corteza es lisa y de color marrón grisácea.

Las hojas son brillantes, duras, alternas, de forma ovada, de unos 6-8 cm. de largo. Sus bordes son generalmente enteros, aunque a veces con unas cuantas espinas pequeñas (parecidas a las del naranjero salvaje), sobre todo en los brotes nuevos. Ápice obtuso o redondeado.

Las flores son dioicas (hay ejemplares con flores masculinas y otros con flores femeninas), de color blanco, pequeñas, agrupadas en pequeñas inflorescencias y situadas en las partes terminales de las ramas.

Los frutos son rojizos o rojos en la madurez, de forma globosa, de aproximadamente 1 cm. de diámetro.

Es un árbol muy común en los bosques de laurisilva, frecuente también en el fayal brezal o bosques degradados, en barrancos húmedos con orientación favorable a los alisios y en pinar mixto, desde los 600 hasta los 1.800 metros de altura sobre el nivel del mar. Se distribuye por todas las islas excepto Fuerteventura y Lanzarote.

TEJO I (ERICA PLATYCODON)

16 diciembre, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El Tejo (Erica scoparia ssp. platycodon) pertenece a la familia de las ericáces y esta subespecie es un endemismo canario. Es un arbusto alto o árbol pequeño de hasta 6 metros de altura y de hoja perenne.

El tronco es retorcido, de color marrón, con la corteza áspera que se desprende en tiras largas.

Es fácilmente confundible con el brezo, pero tiene un aspecto más compacto y robusto.

Las hojas son muy parecidas a las del brezo, algo mayores, también lineares, de color verde oscuro brillante, dispuestas de forma más regular alrededor de las ramas, formando una estrella de 6 puntas vistas desde las terminaciones de las ramas, perpendiculares y simétricas a las ramitas, y también más duras al tacto que las del brezo. Por otra parte, los tallitos del tejo son lisos y rojizos, mientras que los del brezo son blanquecinos, más delgados y pelosos.

Las flores y la floración son menos vistosas que las del brezo, formando racimos laterales apiñados, de color rojizo-rosado fuerte, en un pequeño tubo campanulado.

El fruto es una cápsula pequeña de color marrón oscuro que se abre en los días secos del verano.

Comparte hábitat con el fayal-brezal, en las crestas expuestas a vientos húmedos, siendo localmente abundante en el límite superior del monteverde de las islas de Tenerife, La Gomera y El Hierro.

TARAJAL (TAMARIX CANARIENSIS).

15 diciembre, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

 

El tarajal (Tamarix canariensis) pertenece a la familia de las tamaricáceas.

El tronco es densamente ramificado, pudiendo alcanzar los 5 o 6 metros de altura, con la corteza agrietada, de color marrón-rojizo.

Hojas pequeñas, alternas, escuamiformes, imbricadas, con el ápice agudo, de 1 a 3 mm. de largo.

Flores hermafroditas, pequeñas, pediceladas, blancas o rosadas, agrupadas en racimos delgados y alargados de entre 3 y 6 cm. de longitud.

El fruto es una cápsula trivalva que contiene numerosas semillas con pelos largos.

Es una especie que abunda localmente en regiones costeras, dunas y zonas secas rocosas cercanas al mar, hasta los 400 m.s.n.m. en todo el archipiélago canario, no siendo exclusivo de Canarias, ya que también habita en la región mediterránea occidental.

Tiene interés en cuanto al uso ornamental, forraje, linderos, además de su apreciada madera para carpintería.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El sendero nº 39 del parque nacional del Teide recorre la base de Montaña Blanca, alejándose y acercándose sucesivamente a la carretera que atraviesa el parque nacional y de paso apreciando extensas coladas de lava solidificada que alternan con lugares llanos y suavemente ondulados de jable o piedra pómez.

Para ello, transitamos entre las Minas de San José, una apacible y pálida zona pumítica que destaca entre los rugosos y caóticos malpaíses que surgen desde las laderas del gran estratovolcán que corona el parque nacional, y la Montaña Majúa, otra blanquecina loma, localizada frente a la base del teleférico del Teide.

El sendero señalizado y guiado mediante piedras en sus márgenes avanza sin salvar excesivo desnivel entre ambos puntos, ni a lo largo del recorrido, tan solo el impuesto por los malpaíses existentes, como el Valle de Las Piedras Arrancadas y el Tabonal Negro, ambos elevados sobre las vaguadas o pálidas planicies de piedra pómez, sepultando una parte del fondo de la inmensa caldera volcánica en su viscoso y lento avance durante las erupciones volcánicas.

A lo largo del pateo, y a medida que nos aproximamos a la base del Volcán del Teide vamos contemplando diferentes perspectivas del mismo y de Montaña Blanca, adosada al volcán por la fachada suroriental del estratovolcán, y de la que también brotaron oscuras y siniestras coladas de lava por su ladera sur, aunque esto parezca paradójico debido al matiz pálido dominante de Montaña Blanca, lo cual acrecienta el contraste cromático y los matices volcánicos.

En este vasto espacio, esculpido al son de los irregulares pulsos magmáticos que dejan escapar la fuerza interna del planeta, y en la actualidad, incluso sin erupciones ni movimientos tectónicos a la vista, el grandioso y, de momento, inerte mundo mineral al que dicha vitalidad planetaria dio lugar parece adquirir vida propia y empequeñecer la existencia animal y vegetal a las que sustenta.

Al otro lado del edificio volcánico un inmenso manto volcánico, engañosamente desolado y lunático se extiende hasta la escarpada pared del Anfiteatro de Las Cañadas, a lo largo de cuya base se reparten las famosas Siete Cañadas o planicies de piedra pómez, y roques como el Topo de La Grieta, La Grieta, Pasajirón y Guajara impiden que la mirada vuele más lejos. Ese gran circo limita la caldera de Las Cañadas por el sur, alargándose entre los Roques del Cedro, El Sombrerito y Roque del Almendro por el oeste y la Montaña Cerrillar por oriente, avistando su parte occidental a medida que nos acercamos al destino.

Después de unos 7 km. de recorrido y tras haber atravesado sucesivamente malpaíses y zonas pumíticas, bordeamos la Montaña Majúa por el este mediante una pista de tierra que nos conduce al aparcamiento situado frente a la base del teleférico.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El tajinaste picante (Echium auberianum) es una planta perenne de tronco corto y leñoso y tallo erecto. Las hojas se desarrollan en una roseta basal, de color verde pálido, variando su forma desde lineares a estrechamente oblanceoladas, y cubiertas por ambas caras de cerdas largas y amarillentas.

Inflorescencia laxa a menudo ramificada desde la roseta basal de hojas, de color azul-violeta y con los estambres de cada flor ligeramente más largos que la corola.

Es un endemismo botánico local de Las Cañadas del Teide que crece preferentemente en terrenos pumíticos y de escorias lávicas.