GARAJONAY (LA GOMERA)

22 abril, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La altiplanicie central de La Gomera alberga, al amparo del manto de nieblas que durante buena parte del año la envuelve, una tupida selva de monteverde o laurisilva, cuyo verdor permanente contrasta con los paisajes resecos de las zonas bajas de la isla. Las nieblas tienen un importante papel en el funcionamiento del ecosistema, reduciendo las pérdidas por evaporación y depositando agua sobre la vegetación al originar la lluvia horizontal.

 

La laurisilva es un bosque formado por gran variedad de árboles de hoja perenne cuya existencia está ligada a una elevada humedad y temperaturas suaves en torno a 14-15 ºC de media anual, sin heladas salvo en las altitudes mayores, con escasas oscilaciones térmicas a lo largo del año y lluvias comprendidas entre 600 y 900 mm anuales.

 

Estas condiciones de alta humedad ambiental se dan en la zona de nieblas de las fachadas norte de las islas canarias, entre los 700 y 1.200 metros de altura sobre el nivel del mar, debido a la condensación de la humedad oceánica al ser empujada por los vientos alisios y finalmente encontrarse con la barrera geográfica que supone el relieve de las islas centrales y occidentales.

 

El entramado vegetal de la laurisilva es una auténtica esponja viviente, captadora de la humedad de las brumas, favoreciendo la recarga de los acuíferos insulares y, por tanto, el aprovisionamiento de agua para diversos usos humanos.

 

La manifestación más extensa y mejor conservada del bosque de laurisilva canaria se encuentra en el Parque Nacional de Garajonay, en las cumbres de La Gomera, formando una alta meseta central de la que surgen radialmente y en todas direcciones los profundos barrancos que surcan el resto de la isla.

El Parque nacional de Garajonay está situado en la parte central de la isla, entre los 800 y 1.487 m.s.n.m. que alcanza el Alto de Garajonay, la máxima cota insular.

 

La laurisilva es un bosque relíctico y refugiado, única muestra superviviente de los bosques subtropicales que poblaron el área mediterránea hace varios millones de años, durante la Era Terciaria, y que posteriormente desaparecieron como consecuencia de las glaciaciones que apenas afectaron a estas tierras.

 

Aunque el número total de especies de flora vascular de estos bosques está en torno a 400 especies, de las cuales una veintena son árboles, es importante el porcentaje de endemismos botánicos, alrededor de 120, tanto canarios como insulares, especies vegetales que solo sobreviven en Canarias, e incluso solo en La Gomera.

 

Destaca también la abundancia de musgos y líquenes recubriendo los troncos de los árboles y la cobertura de helechos, indicadores de la alta humedad ambiental. Junto a ellos, trepadoras, herbáceas y arbustos como la zarzaparrilla, la gibalbera, la hiedra, el ortigón de los montes, la bencomia, la cerraja, la malfurada, el mato blanco, el morgallón, la cresta de gallo, el poleo, la pata de gallo, el algaritofe, el bicácaro, la reina de monte, la raras adelfa de monte y flor de mayo, y las plantas rupícolas como el tajinaste azul gomero, la bea (que son dos endemismos gomeros) y la melosilla forman el estrato arbustivo del sotobosque.

 

A pesar de su aparente monotonía, la laurisilva de Garajonay contiene varios tipos de bosques. En los valles más húmedos y sombríos orientados al norte, el bosque adquiere su máxima complejidad y exuberancia con las formaciones de la Laurisilva de Valle, donde podemos encontrar la máxima diversidad vegetal y prácticamente la totalidad de las especies arbóreas o los árboles más exigentes en humedad ambiental y edáfica, como tilos, adernos, saúcos, hijas, viñátigos y naranjos salvajes. A medida que ascendemos hacia las crestas más expuestas, el bosque se empobrece gradualmente, perdiendo las especies más exigentes, formando la Laurisilva de Ladera, donde laureles, follaos, acebiños, palos blancos, barbusanos, mocanes, sanguinos, madroños,… encuentran mejores condiciones para su desarrollo. Finalmente el Fayal-Brezal y los Brezales de Cumbre, formados por la faya, el brezo y el tejo, enriquecido con otros árboles citados anteriormente, se extienden por crestas ventosas y orientadas al sur.

En conjunto, la laurisilva domina el paisaje de Garajonay, pero otros hábitats, como los ligados a riachuelos permanentes, como el Arroyo del Cedro, o a los pitones rocosos, restos de antiguos conductos volcánicos, como son los roques de Agando y Carmona, enriquecen el paisaje y son importantes refugios de especies raras, como una especie de margarita, el tajinaste gomero y una especie de col de risco.

 

En cuanto a la fauna, Garajonay cuenta con una fauna que supera las 1.000 especies catalogadas, de las cuales más de 150 son endémicas del parque, lo que constituye una concentración de especies exclusivas por unidad de superficie de las más altas de Europa. La fauna vertebrada es pobre, con un total de 40 especies que corresponden básicamente a aves y reptiles, siendo los únicos mamíferos autóctonos las 4 especies de murciélagos que gracias a su capacidad de vuelo, al igual que las aves, pudieron cruzar el mar que nos separa de África para colonizar estas islas.

 

La mayor parte de las aves pueden encontrarse en el continente europeo, aunque aquí presentan un cierto grado de diferenciación, alcanzando el rango de subespecies, destacando entre ellas las dos especies de palomas endémicas ligadas a los bosques de laurisilva, la paloma rabiche y la turqué, nidificando además en el bosque o en sus inmediaciones aves como mirlos, coloridos pinzones vulgares, canarios, capirotes, herrerillos, petirrojos, reyezuelos, mosquiteros, chocha perdiz, gavilán, búho chico y ratonero.

 

La fauna invertebrada es la que reúne el mayor número de especies, con diferencia, destacando los insectos, entre los cuales sobresalen los escarabajos, seguidos de moluscos y arácnidos.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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Una serie de barrancos profundos surcan las empinadas y frondosas laderas, surgiendo cerca del límite de las crestas orientales de la Caldera de Taburiente y desembocando en la costa oriental de La Palma próximos a la capital insular.

En algunos de ellos, como los barrancos de La Madera o el de Juan Mayor, existen senderos que transitan por el fondo hasta un cierto punto o por las lomadas.

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De los 4 tajos mencionados, el de La Madera es el que se localiza más al norte, seguido en sentido sur por el Barranco del Río, el de Los Pájaros y finalmente el de Juan Mayor. Una forma de contemplar los dos últimos barrancos es empezar a caminar en Velhoco, un barrio de Santa Cruz de La Palma. Mediante una pista asfaltada se atraviesa huertos de aguacates, melocotones, naranjeros, viñas y demás frutales, se gana altura hasta llegar a un desvío a la derecha que indica el inicio del sendero, penetrando en el bosque de pinar mixto formado por pinos canarios, brezos, fayas, follaos, acebiños y laureles. El sendero, excavado en el terreno, está poco transitado e invadido por la pinocha adquiriendo una gran inclinación durante gran parte de la subida hasta el borde oriental del Valle del Riachuelo. Vamos ascendiendo entre sendos barrancos, el de Los Pájaros al norte y el de Juan Mayor al sur, denominándose esta divisoria por donde avanza la senda, el Lomo del Corchete

Más arriba, aproximándonos a la cabecera de ambos tajos que vamos siguiendo con la vista, el pinar se va haciendo más ralo y pobre, desprovisto del cortejo florístico de la laurisilva, sustituida por jaras y codesos, debido a que nos encontramos a una altura que supera el nivel medio del persistente mar de nubes que se adhiere a esta vertiente de la isla.

Después de una larga subida la senda se une a la ruta de gran recorrido GR 131 (que recorre toda la crestería de la Caldera de Taburiente y la Ruta de Los Volcanes) en un punto localizado entre el Pico Ovejas y el Pico Corralejo, ya en la arista oriental del Valle del Riachuelo. Esto permite divisar el otro lado de la isla desde lo alto, el Valle de El Paso, las crestas que rodean la Caldera de Taburiente, Cumbre Nueva y Cumbre Vieja.

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Continuando por el GR 131 se sigue por la arista hasta la Degollada del Río, donde surge el profundo y gran barranco homónimo que desemboca en la capital insular, pasando previamente por Punta de Los Roques, superando los 2.000 m.s.n.m., y apreciando el inmenso socavón en el corazón de la isla que supone la caldera con sus vertiginosas fugas, recortados espigones y despiadadas barranqueras y paredes que hacen parecer que todo este mundo basáltico esté a punto de desplomarse bajo su propio peso.

Punta de Los Roques es el primer lugar notable de esta zona de la crestería de la caldera que ofrece espectaculares visiones de este profundo y gigantesco mordisco en la isla, al encontrarse encima de una de las entradas naturales al parque nacional, como es La Cumbrecita, 800 metros más abajo, deteniendo el acelerado aliento del montañero que corona estas cumbres, a la vez que origina exclamaciones y suspiros al contemplar la brutal y desproporcionada geología que se abre en el abismo bajo nuestros pies.

Visiones de puro vértigo, las que más me atraen, sobre desfiladeros que parece imposible perduren millones de años. Espigones afilados como dientes de sierra y duros diques sucumben hacia el interior de la caldera, permitiendo sobrevivir a contados pinos y cedros sobre el filo de la navaja. Vertiginosas gargantas que atrapan mis emociones, sensaciones y pensamientos, volando libres a través del vacío hacia lo más profundo de la depresión. En definitiva, un relieve apoteósico y extremo que estremece los sentidos, originando que el espíritu montañero vague y flote en una especie de nirvana existencial al que nos ha conducido este largo camino desde la zona baja de la isla.

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Desde Punta de Los Roques la senda desciende ligeramente hasta la Degollada del Río, final del periplo senderista, mientras la mirada se enfila a través del profundo tajo hasta la costa, entre extensos pinares y prominentes diques que resisten estoicamente la erosión. En cuanto al Barranco de La Madera, una forma de visitarlo por el cauce es mediante una pista de tierra que al principio asciende por él entre zonas de cultivo y casas dispersas, apareciendo al poco tiempo el pinar canario. Pronto destacan grandes paredones de basalto a ambos lados del, por el momento, relativamente ancho lecho del tajo. En esta ruta se pasan por tres galerías, lo que da idea de la riqueza del acuífero subterráneo en esta zona de la isla bonita. La pista da paso a un sendero al llegar a la primera galería que nos encontramos, mientras continua subiendo tirando levemente hacia la vertiente sur del barranco, y la vegetación se va enriqueciendo con pinos, brezos, fayas, barbusanos, mocanes, acebiños, laureles, paloblancos, follaos, madroños, viñátigos, castañeros, junto al dosel herbáceo y arbustivo acompañante formado por zarzaparrillas, capitanas, nomeolvides, malfuradas, bicácaros, gibalberas, escobones, codesos, jaras, bencomias, tajinastes, bejeques…, toda una explosión de diversidad botánica, mucho más que en el mismo piso bioclimático en el que no exista barranco. El sendero sigue una canalización ascendente de agua rumbo a la siguiente galería. Tras ella, la ruta sigue avanzando y cruza el cauce hacia la vertiente norte, alejándose, igual que antes, lo justo como para sentir un ligero vértigo al intentar encontrar el fondo con la mirada, surco en la corteza terrestre que se muestra cada vez más encajonado, oculto y profundo. Poco más arriba se llega al pie de un gran salto en el lecho del barranco, ya tan vertical que solo permite ver una franja angosta del cielo y fondo tan estrecho que parece que los paredones laterales se van a abrazar a la vuelta del siguiente recodo, lo que me trasmite una sensación de cautivadora captura entre verticales farallones en las que además, algunos osados pinos con sus raíces al aire mantienen un equilibrio tan austero como inverosímil.

En las proximidades de este salto gigantesco en el cauce del tajo se haya la tercera galería, que como las anteriores, presenta un aire de olvido y abandono que no logra borrar la sensación de dureza del trabajo que debe suponer alumbrar agua desde las entrañas del planeta.

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A partir de aquí el camino deja de avanzar cauce arriba, retornando aguas abajo por la vertiente sur del barranco, a una altura mayor que la del sendero de ida, lo que sin duda ofrece mejores vistas del cañón. Para ello hay que atravesar unos túneles por el interior de los cuales discurre el canal que viene de la última galería visitada. Los túneles tienen respiraderos, por los que admirar la belleza de los verticales farallones que se desploman desde una altura más que respetable sobre el cada vez más lejano fondo del tajo. Esto me hace recordar los túneles de los Nacientes de Marcos y Cordero en el Barranco de Los Tilos, aunque aquí falta el agua chorreando formando una cortina de agua a través de algunas ventanas o respiraderos.

Pasado los cortos pero sinuosos túneles, la senda continua llaneando junto al canal hasta llegar a la cresta sur del barranco, mientras el sol juega con el viento y las nubes recreando luces y sombras tan mágicas como efímeras y cambiantes en la salvaje intimidad del surco que vamos recorriendo, trasmitiendo sensaciones irrepetibles y casi permanentes en los recuerdos vitales del senderista.

El descenso al punto de partida, al Santuario de Las Nieves, comienza al llegar a la divisoria compartida con el siguiente tajo vecino por el sur, el Barranco del Río, el cual parece más abierto que el de La Madera.

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Son bastantes barrancos concentrados en poco espacio a esta altura de unos 500 m., todos ellos nacientes de las cumbres orientales de la isla y aproximándose según discurren hacia la costa en la que se localiza Santa Cruz de La Palma. Finalmente la vereda desciende ligeramente por la vertiente norte del Barranco del Río, para luego retornar a la arista divisoria con el Barranco de La Madera y seguir bajando hasta la misma iglesia de Las Nieves.

Introducción.

La vida de un incendio forestal no comienza con una simple ignición, pues una llama por sí misma no es capaz de generar un gran incendio. Además, se necesita de un combustible y un medio de propagación adecuado (comburente).

Hoy en día, si analizamos las tres condiciones básicas para que se produzca un incendio (ignición, comburente y combustible) nos encontraremos con un panorama preocupante. Por un lado, la ignición del 99% de ellos es fruto directo de la acción humana ya sea por negligencias, accidentes o de forma intencionada.

A esto habría que añadirle la condiciones climatologías y de sequedad cada vez son más adversas y más propicias para la propagación de los incendios forestales, y que están consiguiendo afectar a espacios en los que, por sus características de humedad y umbría, nunca había entrado el fuego.

Por último, nos encontramos con un medio rural abandonado y cargado de combustible, propicio para que se produzcan cada vez en mayor número Grandes Incendios Forestales (GIF), en donde encontramos unos ecosistemas naturales desequilibrados e inmaduros, fruto de repoblaciones relativamente recientes, con una carente e insuficiente gestión. Junto a unos asentamientos rurales de carácter agrícola-ganadero, también desvalorizados y desactivados en donde se acumulan grandes cantidades de vegetación matorral seca junto a viviendas ocupadas por la población.

Los incendios forestales acontecidos a lo largo de la última década, denominados “Grandes Incendios Forestales” (GIF), se caracterizan por ser incendios de alta intensidad (con mayor capacidad destructiva) y mayor amplitud (afectando a más de 500 hectáreas de superficie), en muchos casos fuera de capacidad de extinción, que a su vez afectan tanto a los ecosistemas naturales como a los asentamientos rurales.

Frente a esto nos quedan dos soluciones: aceptar que los GIF van a volver a suceder con las graves consecuencias sociales, económicas y ambientales asociadas; o que las diferentes administraciones como máximos responsables y la población civil como principales afectados, tomen conciencia de esta problemática y empiecen a poner en práctica medidas para paliarlos. Es necesario que se tomen un mayor número de medidas preventivas a lo largo de todo el año, en las que participen de forma activa todos los agentes implicados, ya que como es bien sabido, los incendios ‘se apagan en invierno’.

En el actual contexto en que cualquier escusa es buena para recortar en materia de medio ambiente bajo el pretexto de la crisis económica, queremos recordar que el medio ambiente aporta valiosos servicios ambientales (agua, oxígeno, suelo, biodiversidad, etc.) de los que depende toda la población y que están en riesgo por la carencia de medios para la gestión de los ecosistemas naturales.

Causas de los incendios.

Las causas o condiciones permanentes son aquellas que dependen de factores naturales sobre los que no tenemos prácticamente capacidad de modificación o control directo e inmediato:

a)      Orografía.

b)      Vulcanismo.

c)      Clima.

d)     Características de la vegetación natural.

Las causas o condiciones modificables o controlables de los incendios forestales son aquellas que dependen sobre todo de factores socioeconómicos y de la conducta de las personas, y que por tanto podemos en cierta medida modificar, controlar o contrarrestar:

a)      Negligencias.

b)      Accidentes.

c)      Igniciones intencionadas.

d)     Exceso de carga combustible en el territorio.

e)      Deficiencias en los medios y dispositivos de prevención y extinción.

f)       Ocupación y urbanización de las zonas rurales.

g)      Falta de información, sensibilización y participación social.

h)      La reducción de los nacientes de agua.

Consecuencias de los incendios.

Destrucción de hábitats, deforestación, reducción de la diversidad biológica y pérdida de recursos naturales, contaminación de las aguas y de la atmósfera – aumentando las emisiones de CO2 -, incremento del riesgo de erosión y desertificación e, incluso, pérdida de vidas humanas, son algunas de las terribles consecuencias de la quema del bosque. Los incendios aceleran los procesos erosivos al influir negativamente sobre la vegetación y sobre las propiedades físicas del suelo.

De esta forma, para valorar el impacto real del incendio hay que considerar un conjunto de factores determinantes tales como: intensidad del fuego, superficie afectada, frecuencia con que se repite el suceso y especies afectadas.

Situación de los incendios forestales en 2013.

Con los datos de incendios forestales procedentes del MAGRAMA, hasta el 30 de septiembre, han ardido 53.285 hectáreas de superficie forestal en 9.344 siniestros.

Pervive la alta intencionalidad en el fenómeno de los incendios forestales en España, en especial en Galicia. Además de las causas naturales (los rayos, frecuentes este verano), los accidentes (maquinaría, tendidos eléctricos, etc.) y las negligencias – que han estado detrás de un buen número de siniestros -, se siguen produciendo incendios provocados de manera intencionada e incluso simultánea en varios puntos.

La investigación del origen de los incendios y el esclarecimiento de las causas, así como la persecución del delito por parte de las Fiscalías de Medio Ambiente, sigue teniendo un carácter disuasivo, lo que influye de manera importante en la evolución de las cifras. Según datos oficiales de finales de agosto se han esclarecido 675 incendios forestales, siendo causas naturales accidentales el 30% de los mismos (200) y negligencias el 28% (192). El 18% de los incendios forestales fueron intencionados (124) y las causas naturales dieron lugar al inicio de 159 incendios (el 24%).

Las inversiones en prevención han sido reducidas de forma alarmante en los dos últimos años. Sindicatos, colegios profesionales y organizaciones ecologistas han mostrado su preocupación por la reducción de personal e inversión en tareas de prevención y extinción de incendios. Si en 2012 se cifró la reducción en un 30% de media con respecto a 2011, las partidas destinadas a la lucha contra incendios, lejos de recuperarse, han continuado disminuyendo en 2013.

En 2011 y 2012 el gobierno central apenas destinó 9 millones de euros en prevención, lo que supone una reducción del 76% respecto al presupuesto invertido en 2008 y 2009. En 2013, pese a que el Ministerio de Agricultura ha incrementado su presupuesto para la partida de incendios forestales en un 23%, el dispositivo contará con ocho aviones menos que en 2012.

A nivel autonómico, la reducción de presupuestos destinados a prevención y extinción, ha consistido en reducciones de plantilla, contrataciones a dedo, ausencia de material adecuado o falta de mantenimiento de los equipos, reducción de la actividad investigadora en incendios forestales, casos de mala coordinación, etc. Aunque el malestar en el sector es alto y la conflictividad laboral ha aflorado durante todo el verano, la profesionalidad de los servicios forestales y de extinción han permitido en la mayoría de los siniestros una rápida actuación y la feliz extinción del fuego en sus inicios.

Una parte considerable de la superficie afectada por el fuego, alrededor de 20.000 ha, lo ha sido durante alguno de los 16 grandes incendios forestales (aquellos que superan las 500 hectáreas) de este año,. Así, hemos tenido grandes incendios en Andratx (2.300 ha), Carnota (2.300 ha), Oia (1.850 ha), Almorox (1.400 ha) o Tortuero (1.300 ha).

Ninguno de estos grandes incendios ha alcanzado la magnitud de los mega-incendios del verano de 2012, como los de Cortes de Pallás-Dos Aguas (30.000 ha), Andilla (21.000 ha), Alt Ampurdá (13.963 ha), Mijas (8.225 ha) o La Gomera (4.100 ha).

Bibliografía.

Un problema grave para las especies endémicas o autóctonas de las Islas Canarias es la proliferación de animales o plantas foráneas que compiten por el espacio, alimento, o simplemente depredan sobre las especies nativas, constituyendo este fenómeno uno de los factores más importantes en la pérdida de biodiversidad de las especies nativas canarias, tanto de flora como de fauna.

Para empezar, se considera a la introducción de especies exóticas como la dispersión intencionada o accidental mediante la intervención humana de cualquier organismo vivo fuera de su área de distribución históricamente conocida. Las razones que pueden llevar al hombre a esta negativa acción son de índole económica, por motivos de caza y pesca, ornamentales y culturales. Las consecuencias que pueden conllevar la introducción de especies exóticas son la proliferación de plagas y enfermedades, prelación sobre especies nativas, contaminación genética en especies nativas afines, cambios en el hábitat, así como competencias y alteraciones en la composición y estructura de las comunidades biológicas.  Todo ello tiende, cuando menos, a reducir la calidad de la rica biodiversidad canaria. También hay que tener en cuenta que una vez que se ha llevado a cabo la introducción de una especie y escapar al control humano, resulta difícilmente erradicable del medio natural.

En Canarias, desde tiempos remotos, y sobre todo a partir de la conquista, se han introducido especies domesticables como cabras, cerdos, burros, aves, ovejas, muflones, arruís, gatos, perros, conejos, anfibios, reptiles, ratas, ardillas y otros mamíferos para diferentes usos humanos. Si algunas de esas especies invaden el medio natural y escapan al control humano, originan problemas tanto en la flora como en la fauna nativa, especies que presentan un destacado porcentaje de endimicidad y por tanto se encuentran amenazadas o en peligro de extinción.

Hasta la conquista de Canarias, en las islas nunca había habido herbívoros salvajes, y la flora ha evolucionado durante millones de años ajena a la acción de depredadores importantes. Es cierto que los guanches utilizaban extensivamente la cabra y la oveja, y es probable que causaran un fuerte impacto inicial sobre la flora, pero la mayor invasión de animales domésticos se produjo tras la conquista. El conejo fue tal vez uno de los primeros en llegar, y su impacto pudo ser fatal para algunas plantas. Hoy existe un equilibrio y se piensa que la depredación del conejo contribuye a dar un porte más erguido a algunas plantas, como las retamas y tagasastes.

El problema, por tanto, no son las introducciones de esos animales, sino el pastoreo en determinadas zonas poseedoras de una gran riqueza botánica, unido al hecho de que muchas especies alóctonas se encuentran asilvestradas, fuera del control humano y produciendo efectos perjudiciales como los siguientes ejemplos:

  • Ratas y gatos asilvestrados, los cuales depredan sobre las palomas endémicas de la laurisilva, sobre todo afectando a la paloma rabiche, puesto que esta especie puede anidar en el suelo, también depredan en las colonias de aves marinas, como las pardelas, petreles, chorlitejos, paíños, etc. Los gatos asilvestrados también depredan sobre especies de reptiles como lagartos, lisas y perenquenes, y estos felinos pueden hacer fracasar, o al menos hacer disminuir el éxito de cualquier programa de reintroducción en el medio natural de especies nativas amenazadas, como ha ocurrido con el lagarto Gigante de El Hierro. Cualquier programa de reintroducción de especies amenazadas pasa por la necesidad de eliminar las poblaciones de esos depredadores potenciales.
  • Muflón, conejo y arruí, que depredan sobre la flora endémica de las cumbres de los parques nacionales de Las Cañadas del Teide y dela Calderade Taburiente, algunas de ellas en peligro de extinción, como el rosal del guanche, el retamón, el cardo de plata o la jarilla. De hecho, a partir del momento en que se prohibió el pastoreo en Las Cañadas del Teide, determinadas especies botánicas como el Tajinaste Rojo del Teide,la HierbaPajonerao el Rosalito Salvaje se han recuperado espectacularmente, no ocurriendo lo mismo con otras especies más amenazadas, hecho que es atribuible a la presencia del muflón. El conejo, además, provoca interferencias en las colonias de aves marinas. Un hecho especialmente grave fue la introducción de muflones y arrüís en las cumbres de Tenerife y enLa Palma, respectivamente, para satisfacer las aficiones cinegéticas de unas minorías, sin ningún criterio ambiental y sin percatarse u obviando las nefastas consecuencias en determinadas plantas endémicas, si bien desde hace tiempo se están haciendo esfuerzos por mantener sus poblaciones controladas.
  • Cabras, que al poseer gran habilidad para adentrarse en lugares prácticamente inaccesibles, esquilma determinadas poblaciones vegetales amenazadas, como, por citar algunos ejemplos, sucede en el macizo de Jandía, en Fuerteventura, en de Famara, en Lanzarote, o en los de Teno y Anaga, en Tenerife, zonas que poseen gran cantidad de endemismos botánicos locales amenazados.
  • Se han llegado a ver especies de ofidios y escorpiones en algunas zonas de las islas, abandonados por personas que las adquirían como mascotas en otros países, o producto del comercio ilegal de especies, especies, que por otra parte, suelen estar amenazadas o en peligro de extinción y son capturadas ilegalmente en sus países de origen. Si esas especies logran establecerse y reproducirse en el medio natural canario, además de pejudicar a la fauna autóctona, pueden originar un problema de salud pública debido a la posible transmisión de enfermedades en caso de mordedura o picadura.
  • La introducción de especies foráneas también puede afectar a especies más desapercibidas como, por ejemplo, a la abeja canaria que está siendo aniquilada por la introducida avispa asesina.
  • Las especies vegetales introducidas también provocan problemas a las plantas nativas. Las repoblaciones de amplias zonas con eucaliptos o pinos insignes, especies de crecimiento rápido y que felizmente ya son historia, han desplazado y reducido extensiones de bosques potenciales de pinares canarios y bosques de laurisilva, afectando a la biodiversidad de esos ecosistemas. Un claro ejemplo lo constituye el rabo de gato, cada vez más frecuente en zonas bajas y medias de las islas, donde la especie se ve favorecida por el deterioro antrópico del ecosistema del cardonal-tabaibal para dispersarse. Otros casos de plantas foráneas son el del haragán o espumilla, planta introducida desde el otro lado del Atlántico, y los cañaverales, que habitan en inmediaciones de arroyos y zonas húmedas, fuera de cualquier control, alterando las saucedas de sauces canarios, así como el hábitat de otras especies vegetales endémicas, del sotobosque del monteverde, del fayal-brezal y del pinar mixto. Otras especies exóticas como el tojo, el eucalipto, la acacia y el pino insigne parecen más fácilmente erradicables porque ocupan extensiones más o menos concretas, aunque felizmente en el caso de los pinos insignes han sido eliminadas extensiones de esta especie de conífera foránea para ser repobladas con árboles del monteverde, como ha ocurrido en zonas del Valle de La Orotava, en Tenerife.
  • El picudo rojo es actualmente uno de los insectos más dañinos para las palmeras en el mundo, incluyendo la palmera canaria, provocando por lo general, la muerte de la palmera. Es un parásito originario de las regiones tropicales del Sureste Asiático y Polinesia, y comenzó su expansión hace 25 años atacando a palmeras datileras de los países del sur de Asia, Península Arábiga e Irán. Fue introducido en el norte de África a través de Egipto en el año 1993 continuando su expansión hacia los países europeos, Italia, Francia, Portugal y España, y  de la misma manera que otras plagas dañinas, también está ligado a la importación de especies foráneas, en este caso de palmeras exóticas.
  • También grave resulta el hecho de la hibridación (algo así como la pérdida de identidad genética) que pueden sufrir algunas plantas endémicas debido a la introducción de parientes próximos. Un ejemplo de este caso lo tenemos en la hibridación de nuestra querida palmera canaria y la foránea palmera datilera, fenómeno que ya se ha producido en algunas zonas de Gran Canaria.

Para concluir, se debería revalorizar al conjunto de la diversa flora canaria, utilizando las plantas no amenazadas en mayor medida para jardinería local (debe ser localizada para no provocar posibles hibridaciones con otras especies del mismo género o afines que habiten en otras zonas, incluso dentro de la misma isla), en jardines botánicos, bancos de semillas, viveros, aprovechando las propiedades medicinales y aromáticas de nuestra flora autóctona, etc. Estos hechos son una importante labor de conservación, aprovechamiento y difusión en favor de la peculiar flora de estas islas. La flora endémica canaria es la mejor adaptada a las condiciones y singularidades geológicas, hidrológicas y climáticas de las Islas Canarias, tras millones de años de incesante evolución natural, y por tanto no es necesario importar planta alguna para todo aprovechamiento y comercialización que no sea agrícola.

Canarias tiene el privilegio de albergar aproximadamente la mitad de la flora endémica de todo el territorio español, y casi el 27 %  de las especies vegetales que pueblan Canarias son endémicas, exclusivas de esta región, uno de los mayores porcentajes de endimicidad de Europa, pero el reducido y limitado espacio en el que tiene que sobrevivir la hace extremadamente sensible a cualquier alteración externa provocada por las actividades antropogénicas, y la proliferación de especies intrusas en el medio natural canario es una amenaza creciente.

Artículo escrito por Salvador González Escovar

BOSQUE TERMÓFILO

11 octubre, 2011

El bosque termófilo en Canarias.

A cierta altura, las comunidades florísticas del piso basal del Archipiélago canario se enriquecen con elementos del prebosque, formando el ecosistema transición entre el cardonal-tabaibal y el monteverde, en las vertientes norte, y aquel y el pinar en las laderas a sotavento.

La coincidencia espacial de los primeros asentamientos rurales con los dominios del bosque termófilo, supuso en muchos casos la desaparición o deterioro de esta formación vegetal. A partir de los siglos XVI y XVII estos bosques de las zonas bajas y de medianías fueron ocupados por cultivos y núcleos urbanos, con lo que se taló casi la totalidad del bosque termófilo, quedando hoy en día sólo algunos vestigios diseminados de lo que fue uno de los bosques más ricos de Canarias.

En la actualidad encontramos lugares donde sobreviven elementos arbóreos dispersos de este ambiente, caracterizados por almácigos (Pistacia atlantica), lentiscos (Pistacia lentiscus), acebuches (Olea eropaea ssp. cerasiformis), dragos (Dracaena draco), palmeras canarias (Phoenix canariensis), sabinas (Juniperus turbinata ssp. canariensis), peralillos (Maytenus canariensis), marmulanes (Sideroxilon marmulano), y en la frontera con el monteverde aparecen también barbusanos (Apollonias barbujana), mocanes (Visnea mocanera), madroños (Arbutus canariensis), e incluso sanguinos (Rhamnus glandulosa) y delfinos (Pleiomeris canariensis). En muchos casos, al coincidir con la zona de cultivos de las medianías, la biodiversidad de este ecosistema nos muestra el grado y tipo de intervención a la que se ha sometido, siendo difícil encontrar un porcentaje significativo de esos árboles conviviendo juntos, bien sea debido a las diferentes condiciones ambientales que estas especies requieren, o a la excesiva fragmentación que han sufrido estos bosques por parte del hombre. En otros casos se trata de formaciones dominadas por una especie, como palmerales, frecuentes en las islas orientales, sabinares y acebuchales, situados en cauces y laderas de barrancos, a salvo de la influencia humana.

Posiblemente, estos ambientes fueron los más ricos y diversos de las islas. Su posición en la frontera real entre dos pisos bioclimáticos se manifiesta por la convivencia de especies de ambos, junto a otras exclusivas de este ambiente.

Este tipo de vegetación sólo se conserva, como ya se ha indicado, de forma aislada y fragmentada que ocupan, en general, zonas escarpadas e inaccesibles, de escaso interés para las actividades humanas, o también como sabinares, acebuchales y palmerales más o menos extensos, sobre todo en La Gomera y Gran Canaria, pero empobrecidos en cuanto a su composición florística.

Numerosos arbustos endémicos de la Región macaronésica, de Canarias, insulares e incluso locales se hallan en estas comunidades, pudiendo formar estructuras cerradas e intrincadas, como sucede con granadillos (Hypericum canariense), balos (Plocama pendula), vinagreras (Rumex lunaria) retamares de retama blanca (Retama monosperma) y guaydiles (Convolvulus floridus). Otras hierbas y arbustos comunes son el espinero (Rhamnus crenulata), chaorras (Sideritis sp.), poleos (Bystropogon sp.), magarzas (Argyranthemum sp.), mato risco (Lavandula canariensis), tabaibas (Euphorbia sp.), tedera salvaje (Ruta sp.), Duraznillo (Messerschmidia fruticosa), tomillos (Micromeria sp.), incienso (Artemisa canariensis), orobal (Withania aristata), jazmín (Jasminum odoratissimum), lengua de pájaro (Globularia salicina), jaguarzo (Cistus monspeliensis), tasaigo (Rubia fruticosa), faro (Allagopappus dichotomus), tajinastes (Echium sp.), corona de la reina (Gonspermum sp.), corazoncillos (Lotus sp.), escobones ( Teline sp.), jocama (Teucrium heterophyllum), espina blanca (Asparagus scoparius), cabezote (Carlina salicifolia) y cornical (Periploca laevigata), junto a otros elementos más raros como el moralito (Rhamnus integrifolia), malva de risco (Lavatera acerifolia), oro de risco (Anagyris latifolia), cabezones (Cheirolophus sp.), trébol de risco (Dorycnium sp.), rosalitos ( Pterocephalus sp.), Buplerum sp., Convolvulus sp., dama (Parolinia sp.) y el palo de sangre (Marcetella moquiniana). También destacan las comunidades rupícolas, las cuales crecen en riscos y paredes, como las cerrajas (Sonchus sp.), oreja de ratón (Aichryson sp.), pastel de risco (Greenovia sp.), cruzadilla (Hypericum reflexum), col de risco ( Crambe sp.), culantrillo (Pimpinella sp.), Monanthes sp., Tolpis sp. y bejeques (Aeonium sp.). En los lugares más húmedos podemos encontrar siemprevivas (Limonium sp. ), malfuradas ( Hypericum grandifolium), flores de mayo (Pericallis sp.), sauces (Salix canariensis) y batatilla (Davallia canariensis).

La flora del sotobosque puede enriquecerse al acercarnos al límite superior del bosque termófilo, cuando por encima se dan las condiciones para el desarrollo del monteverde, no ocurriendo lo mismo en las vertientes a sotavento porque el pinar es un ecosistema pobre en especies botánicas.

La fauna de los bosques termófilos tiene pocos elementos exclusivos de este piso, y la mayoría de ellos frecuenta tanto las zonas áridas inferiores como los bosques del piso montano.

Entre los insectos e invertebrados artrópodos más comunes podemos citar a los saltamontes (Oedipoda canariensis y Acrotylus insubricus), la araña de las piteras (Cyrtophora citricola), el robusto escarabajo rinoceronte (Oryctes nasicornis), la cochinilla de la tunera (Dactylopius coccus) que vive sobre la tunera (Opuntia ficus-barbarica) y la tunera india (Opuntia dillenii), plantas exóticas que junto a las también foráneas piteras (Agave americana) constituyen parte inseparable de los paisajes de las zonas bajas y medias, y compitiendo por el espacio y los nutrientes con la flora natural de la Islas Canarias.

Dentro de los invertebrados no artrópodos, sobresale el grupo de los moluscos terrestres, como la chuchanga (Hemicycla chersa), caracol endémico, propio también del cardonal-tabaibal y fácilmente diferenciable por las características bandas de crecimiento de su concha.

También habitan reptiles como el lagarto tizón (Gallotia galloti), lisas (Chalcides sp.) y perenquenes (Tarentola sp.).

Numerosas aves encuentran cobijo y alimento en los palmerales. El mirlo (Turdus merula cabrerae) y el cuervo (Corvus corax) se alimentan de sus dátiles, mientras que el herrerillo (Parus caeruleus), pequeño pájaro que ha diferenciado cuatro subespecies en el archipiélago, atrapa insectos en los repliegues del tronco. El buho chico (Asio otus canariensis) utiliza frecuentemente las palmeras para anidar. Otras aves que se pueden observar ocasionalmente en estos ambientes son el mosquitero (Phylloscopus collybita canariensis), la curruca cabecinegra (Sylvia melanocephala leucogastra), el canario (Serinus canaria), el bisbita caminero (Anthus berthelotii berthelotii), la curruca tomillera (Sylvia conspicillata orbitalis), la abubilla (Upupa epops ), la perdiz moruna ( Alectoris barbara koenigi) , el triguero (Emberiza calandra thanneri) o el ratonero común (Buteo buteo insularum).

Las sabinas también son fuente de alimento para el cuervo, que al comer sus frutos colabora en la difícil dispersión de estos árboles.

Otras aves, como el cernícalo (Falco tinnunculus canariensis), la paloma bravía (Columba livia canariensis) y el vencejo unicolor (Apus unicolor) anidan en los escarpados riscos de los barrancos, mientras que la lavandera cascadeña o alpispa (Motacilla cinerea canariensis) está ligada a los arroyos y saucedas, alimentándose de insectos acuáticos.

En los acantilados costeros anidan aves pelágicas como la pardela cenicienta (Calonectris diomedea borealis), el petrel de Bulwer (Bulweria bulwerii), el paiño de Madeira (Oceanodroma castro), e incluso el águila pescadora (Pandion haliaetus haliaetus).

Características ambientales

Clima: Mediterráneo seco.

Piso bioclimático: Termomediterráneo seco.

Franja altitudinal: 200-700 metros, en función de la isla de que se trate y de la orientación dentro de la misma isla. En general, en las zonas norte la franja altitudinal de este ecosistema abarca desde los 200 hasta los 500 metros de altura, y en la zona sur desde 400 a 700 metros.

Precipitación anual: 350-600 mm., concentrada en invierno.

Temperatura media anual: 18-20ºC. al sur y entre 15 y 18ºC al norte, sin heladas.

Insolación: media, cierta influencia del mar de nubes que hace disminuir la radiación solar.

Suelos: neutros, moderadamente húmedos y muy arcillosos.

Período de descanso: invierno (árboles)

Humedad relativa variable con una media anual del 60%.

Amenazas: asentamientos humanos, pastoreo, talas para cultivos, utensilios agrícolas…

Hay que mencionar la amenaza que supone la erosión hídrica que sufren los suelos de estos ecosistemas por tratarse, en la mayoría de los casos, de un bosque abierto en el que el sustrato no está protegido por las copas de los árboles y de una orografía con marcadas pendientes que impide la acumulación de nutrientes, que junto a lo reducido y fragmentado que se encuentran estas áreas, determina que muchas especies botánicas de las enumeradas anteriormente se encuentren amenazados de extinción o en situación vulnerable, como algunas siemprevivas, cabezones, rosalitos, chaorras, coles de risco, magarzas, etc, o en otros casos por tratarse de plantas con una distribución espacial muy localizada. A esto se añade determinadas prácticas agrícolas como la sustitución de abonos naturales por fertilizantes químicos que propician la mineralización del suelo y el abandono de cultivos en laderas de elevada pendiente.

Así, en el conjunto de la flora de la zona costera y la de los ambientes termófilos existen 158 especies vegetales amenazadas, lo que supone el 64%de toda la flora canaria amenazada. De esas 158, 90 se encuentran en peligro de extinción y las restantes 68 en situación vulnerable.

La distribución potencial del bosque termófilo abarca todas las islas, con escasas manifestaciones en las partes más altas (por encima de los 500 metros de altitud) de Fuerteventura y Lanzarote, si prescindimos de los palmerales naturales o seminaturales presentes en estas dos islas.

Lugares:

El Hierro: La Dehesa, laderas de la zona sur, riscos de El Golfo, Tibataje.

La Gomera: Laderas de Vallehermoso, Roque Cano, laderas de Agulo y Hermigüa, Barranco de Valle Gran Rey, Alojera, Barranco del Cabrito, Taguluche, Tazo, Epina.

Tenerife: Riscos de Teno y de Buenavista, Laderas de Los Silos, Cuevas Negras, Interián, Acantilados de La Culata, Las Furnias (Icod) y Anaga ( Afur, Laderas de Bajamar, Aguirre, El Draguillo, Las Palmas, Ijuana, Valle Brosque y de Crispín, Barranco del Cercado, Anosma), algunos barrancos del Sur (Barranco de El Rey, del Infierno, del Río, de Tamadaya y de Erques), Ladera de Güimar, Barranco de Badajoz y del Río (Güimar), Ladera de Tigaiga, Ladera de Santa Ursula y Barranco de Ruiz.

Lanzarote: Macizo de Famara.

Fuerteventura: cotas del Macizo de Jandía y de Betancuria.

Gran Canaria: Bandama, Tamadaba, Los Marteles, Barranco de los Cernícalos, Valle de Agaete, Güigüí, Fataga, Tafira, Pilancones.

La Palma: Barranco del Agua, Juan Mayor, Barranco del Jorado, Guelguén, Barranco de Franceses, Barranco de Gallegos, Las Breñas.

Texto escrito por Salvador González Escovar