LOS ROQUES (LA GOMERA)

22 abril, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El conjunto de Los Roques, formado por el Roque Agando, el de Carmona, el de La Zarcita y el de Ojila, situado en la parte central de la La Gomera y dentro del Parque Nacional de Garajonay, representa un vestigio de antiguas chimeneas volcánicas de la isla y que la erosión posterior no ha logrado desmantelar, lo que acrecienta su interés geológico.

Este Monumento Natural constituye un enclave de gran interés científico por albergar elementos naturales de singularidad, valor paisajístico y enorme significación para la isla. Además contiene numerosos endemismos botánicos con especies catalogadas y protegidas, como el tajinaste azul (Echium acanthocarpum) y la flor de mayo o Senecio gomero (Senecio hermosae), que tienen aquí una de las pocas localidades donde se conocen.

El corto sendero del Reventón Oscuro recorre las proximidades de estos recios pitones basálticos, partiendo desde cerca del mirador del Bailadero, subiendo y acercándose entre un denso bosque de laurisilva a la parte posterior del Roque de La Zarcita y contemplando el mayor y más distante Roque de Ojila desde lo alto de la frondosa lomada, formando un bello contraste entre esos islotes rocosos y grisáceos y el manto verde circundante.

GARAJONAY (LA GOMERA)

22 abril, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La altiplanicie central de La Gomera alberga, al amparo del manto de nieblas que durante buena parte del año la envuelve, una tupida selva de monteverde o laurisilva, cuyo verdor permanente contrasta con los paisajes resecos de las zonas bajas de la isla. Las nieblas tienen un importante papel en el funcionamiento del ecosistema, reduciendo las pérdidas por evaporación y depositando agua sobre la vegetación al originar la lluvia horizontal.

 

La laurisilva es un bosque formado por gran variedad de árboles de hoja perenne cuya existencia está ligada a una elevada humedad y temperaturas suaves en torno a 14-15 ºC de media anual, sin heladas salvo en las altitudes mayores, con escasas oscilaciones térmicas a lo largo del año y lluvias comprendidas entre 600 y 900 mm anuales.

 

Estas condiciones de alta humedad ambiental se dan en la zona de nieblas de las fachadas norte de las islas canarias, entre los 700 y 1.200 metros de altura sobre el nivel del mar, debido a la condensación de la humedad oceánica al ser empujada por los vientos alisios y finalmente encontrarse con la barrera geográfica que supone el relieve de las islas centrales y occidentales.

 

El entramado vegetal de la laurisilva es una auténtica esponja viviente, captadora de la humedad de las brumas, favoreciendo la recarga de los acuíferos insulares y, por tanto, el aprovisionamiento de agua para diversos usos humanos.

 

La manifestación más extensa y mejor conservada del bosque de laurisilva canaria se encuentra en el Parque Nacional de Garajonay, en las cumbres de La Gomera, formando una alta meseta central de la que surgen radialmente y en todas direcciones los profundos barrancos que surcan el resto de la isla.

El Parque nacional de Garajonay está situado en la parte central de la isla, entre los 800 y 1.487 m.s.n.m. que alcanza el Alto de Garajonay, la máxima cota insular.

 

La laurisilva es un bosque relíctico y refugiado, única muestra superviviente de los bosques subtropicales que poblaron el área mediterránea hace varios millones de años, durante la Era Terciaria, y que posteriormente desaparecieron como consecuencia de las glaciaciones que apenas afectaron a estas tierras.

 

Aunque el número total de especies de flora vascular de estos bosques está en torno a 400 especies, de las cuales una veintena son árboles, es importante el porcentaje de endemismos botánicos, alrededor de 120, tanto canarios como insulares, especies vegetales que solo sobreviven en Canarias, e incluso solo en La Gomera.

 

Destaca también la abundancia de musgos y líquenes recubriendo los troncos de los árboles y la cobertura de helechos, indicadores de la alta humedad ambiental. Junto a ellos, trepadoras, herbáceas y arbustos como la zarzaparrilla, la gibalbera, la hiedra, el ortigón de los montes, la bencomia, la cerraja, la malfurada, el mato blanco, el morgallón, la cresta de gallo, el poleo, la pata de gallo, el algaritofe, el bicácaro, la reina de monte, la raras adelfa de monte y flor de mayo, y las plantas rupícolas como el tajinaste azul gomero, la bea (que son dos endemismos gomeros) y la melosilla forman el estrato arbustivo del sotobosque.

 

A pesar de su aparente monotonía, la laurisilva de Garajonay contiene varios tipos de bosques. En los valles más húmedos y sombríos orientados al norte, el bosque adquiere su máxima complejidad y exuberancia con las formaciones de la Laurisilva de Valle, donde podemos encontrar la máxima diversidad vegetal y prácticamente la totalidad de las especies arbóreas o los árboles más exigentes en humedad ambiental y edáfica, como tilos, adernos, saúcos, hijas, viñátigos y naranjos salvajes. A medida que ascendemos hacia las crestas más expuestas, el bosque se empobrece gradualmente, perdiendo las especies más exigentes, formando la Laurisilva de Ladera, donde laureles, follaos, acebiños, palos blancos, barbusanos, mocanes, sanguinos, madroños,… encuentran mejores condiciones para su desarrollo. Finalmente el Fayal-Brezal y los Brezales de Cumbre, formados por la faya, el brezo y el tejo, enriquecido con otros árboles citados anteriormente, se extienden por crestas ventosas y orientadas al sur.

En conjunto, la laurisilva domina el paisaje de Garajonay, pero otros hábitats, como los ligados a riachuelos permanentes, como el Arroyo del Cedro, o a los pitones rocosos, restos de antiguos conductos volcánicos, como son los roques de Agando y Carmona, enriquecen el paisaje y son importantes refugios de especies raras, como una especie de margarita, el tajinaste gomero y una especie de col de risco.

 

En cuanto a la fauna, Garajonay cuenta con una fauna que supera las 1.000 especies catalogadas, de las cuales más de 150 son endémicas del parque, lo que constituye una concentración de especies exclusivas por unidad de superficie de las más altas de Europa. La fauna vertebrada es pobre, con un total de 40 especies que corresponden básicamente a aves y reptiles, siendo los únicos mamíferos autóctonos las 4 especies de murciélagos que gracias a su capacidad de vuelo, al igual que las aves, pudieron cruzar el mar que nos separa de África para colonizar estas islas.

 

La mayor parte de las aves pueden encontrarse en el continente europeo, aunque aquí presentan un cierto grado de diferenciación, alcanzando el rango de subespecies, destacando entre ellas las dos especies de palomas endémicas ligadas a los bosques de laurisilva, la paloma rabiche y la turqué, nidificando además en el bosque o en sus inmediaciones aves como mirlos, coloridos pinzones vulgares, canarios, capirotes, herrerillos, petirrojos, reyezuelos, mosquiteros, chocha perdiz, gavilán, búho chico y ratonero.

 

La fauna invertebrada es la que reúne el mayor número de especies, con diferencia, destacando los insectos, entre los cuales sobresalen los escarabajos, seguidos de moluscos y arácnidos.

Fotos y texto de Salvador González Escovar.

El Barranco de La Laja es uno de los ramales superiores del alargado Barranco de La Villa, uno de los grandes tajos de la isla colombina, surgiendo a los pies de Los Roques, en la parte central de la isla, y un largo discurrir hacia el sureste desemboca en la capital insular, San Sebastián de La Gomera.

El recorrido senderista puede iniciarse en La Laja, en el interior del barranco. Cerca de ese pueblo existen presas que recogen el agua que corre desde la cabecera del Barranco de La Laja. El agua corriendo entre la arboleda, formada por pinos canarios, brezos, mocanes, sanguinos, laureles y fayas, constituye un atractivo importante de esta excursión. En el sendero se tiene la opción de desviarse del camino principal, si se quiere pasar por la pequeña presa de La Laja y contemplar el altivo pitón rocoso de Ojila desde su base, subiendo a través de un camino perdido entre la zarza y la hierba, hasta alcanzar un canal que pasa bajo el roque y que más adelante enlaza con el camino principal. Una vez en esa senda, caminar por un trazado de herradura entre el fayal-brezal resulta más llevadero, y se sigue subiendo hasta la carretera que viene de la capital, a la altura del Roque de Agando.

 

Luego se toma el camino que desciende, aunque hay un primer tramo de ascenso a la Ermita de Las Nieves, a la Degollada de Peraza por el borde sur del barranco que hemos recorrido por el fondo, barranco que es bastante amplio y verde, y por su interior serpentean barrancos secundarios que surcan el tramo alto y sus vertientes laterales. A lo largo del cauce se reparten algunos caseríos como La Laja, Los Chejelipes, El Atajo y San Antonio, junto a algunas presas, divisándose la carretera que une esos barrios.

 

El circuito senderista se cierra bajando desde la Degollada de Peraza hacia el interior del Barranco de La Laja por la ladera sur del barranco, mediante un camino empedrado, zigzagueante y adornado de palmeras, hasta el punto de partida de La Laja.

 

Otra opción es, en lugar de descender al fondo del barranco, continuar desde la Degollada de Peraza hacia San Sebastián. Para ello, después de un corto tramo por asfalto, se retoma el sendero, aunque en algunos tramos avanza un tanto perdido entre la maleza. Entonces se puede disfrutar de la vista de otro barranco que se abre al sur, el de Juan de Vera o del Cabrito, al otro lado del de La Villa, y que alberga extensos y bellos palmerales en su cabecera, amén del vistoso promontorio rocoso que da nombre al peculiar Roque del Sombrero, situado en la divisoria entre el Barranco del Cabrito y el de La Guancha, roque que recuerda la forma de la punta de un lápiz.

 

Más abajo, tras pasar la zona de Ayamosna, el sendero se aleja de la carretera que sube desde la capital, descendiendo de forma más pronunciada hasta el destino final.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Los barrancos que configuran la cuenca del Cabrito constituyen un paisaje peculiar de gran tipismo, donde no faltan elementos singularizados destacados como las crestas, diques y roques de interfluvios como el Roque del Sombrero y el Roque de Magro, así como el palmeral de sus laderas, además de numerosas plantas rupícolas, aferradas a los riscos verticales, y otras especies botánicas propias del árido piso basal como balos, tabaibas, aulagas y cardones.

 

En su conjunto, conforma una estructura geomorfológica profundamente desmantelada por la erosión desde hace millones de años, con inclinadas laderas y fondos de los barrancos más o menos planos.

 

En las zonas de Vegaipala y Jerduñe, la presencia humana armoniza con el entorno sin desvirtuar un paisaje de tinte tradicional añadiendo al mismo elementos culturales de interés antropológico.


Este barranco está catalogado y protegido como Monumento Natural.

 

Desde la Playa del Cabrito, un camino asciende y recorre la cresta que separa el vecino Barranco de Chinguarime del Barranco del Cabrito, pasando por el caserío abandonado de Morales, Llano de La Cruz y Tacalcuse, hasta llegar a Jerduñe.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La Fortaleza de Chipude es un accidente geográfico de la isla de La Gomera, ubicado en la zona de Chipude en el municipio de Vallehermoso. “Fortaleza” es el nombre que reciben determinadas montañas, de paredes rocosas y cima más o menos plana, asemejadas a un baluarte.

La montaña tiene un origen intrusivo, sin derramamiento de materiales, de traquiandesita, naturaleza ácida y gran viscosidad del magma, lo que le confiere su característica morfología, siendo además una de las más llamativas de Canarias. Alcanza una altitud de 1.243 m.s.n.m., y su diámetro es de 300 metros.

La Fortaleza es un domo de notable valor científico y singularidad, con gran interés geológico por su origen y morfología, constituye además un hito paisajístico referente del territorio donde se encuentra. Sus paredes albergan una buena representación de hábitats rupícolas, provistos de una alta biodiversidad endémica, con muchos elementos amenazados y protegidos como una especie de siempreviva (Limonium redivivum) y otra de cabezón (Cheirotophus satarataënsis)

El único acceso a ella es un estrecho y empinado paso por la cara norte que puede ser fácilmente superado.

Se han hallado numerosos yacimientos arqueológicos precoloniales en la cima. En 1874 Juan Bethencourt Alfonso estudió varias estructuras de piedra e interpretó la fortaleza como una “montaña sagrada”, interpretación a la que se sumó René Verneau. En 1973 el Departamento de Arqueología de la Universidad de La Laguna realizó una excavación y estudio del yacimiento. Para Manuel Pellicer Catalán la mayoría de las construcciones eran meras cabañas pastoriles, interpretando la fortaleza como un asentamiento estacional. En 1994 Juan Francisco Navarro Mederos identifica tanto estructuras habitacionales (cabañas), como goros y otras construcciones dedicadas a rituales religiosos.

Forma parte de la red de Espacios Naturales de La Gomera, catalogado como Monumento Natural.

Esta pequeña excursión, si se comienza en Pavón, permite ascender a esta distinguible atalaya desde la que se domina el suroeste de La Gomera. El camino asciende sin problemas por la ladera norte hasta la base de la pared rocosa que forma el borde de la montaña. Una vez bajo la pared hay que trepar un poco siguiendo la continuación imaginaria del sendero. La cima es llana, existiendo curiosos amontonamientos de piedras que principalmente forman tagorores y dibujan espirales, no en vano se trata de un lugar de rituales de los pobladores prehispánicos de esta isla.

Al este de la montaña se profundiza el Barranco de Erque, que desde poco más arriba avanza hasta la costa suroeste, y cuya desembocadura se halla en la Playa de La Rajita, cerca de la población de La Dama, inmersa en invernaderos y cultivos mayoritariamente de plataneras. Hacia el oeste se distinguen los cortados cimeros del Barranco de Valle Gran Rey.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Además del camino clásico que sube al Roque del Conde existe otro menos frecuentado que salva la arista norte de la montaña desde la Degollada de Los Frailitos.

 

El recorrido comienza en el barrio aronero de Vento y atraviesa el Barranco del Rey, linde natural entre los municipios de Arona y Adeje, sube a la Degollada de Los Frailitos, situada entre la Loma de Suárez y la arista norte del Roque del Conde, desde donde se contempla una espectacular panorámica del abrupto Macizo de Adeje, uno de los más antiguos de la isla, con las montañas del Roque de Los Brezos y la Pica de Imoque destacando en lo alto, al otro lado del Roque del Conde o Ichasagua, por cuya arista norte existe una vereda que sube a la cima de la montaña, aunque a simple vista parezca que no hay espacio por ahí para que discurra un camino; incluso en el ascenso nos encontramos alguna era abandonada entre tabaibas, cardones, etc, viejo testigo del trillado de los cereales que antiguamente se cultivaban en los bancales, invadidos actualmente por la flora autóctona y que aún pueden observarse en la vertiente oriental del Roque del Conde, la ladera menos abrupta de la montaña

 

Un resalte vertical en la parte alta de Ichasagua obliga a la senda a rodear su base por la parte oriental y poco más arriba alcanzar la planicie, ligeramente inclinada hacia el norte que forma la cumbre de esta panorámica atalaya sureña que ronda los 1.000 m.s.n.m.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En el sur de Tenerife, concretamente en el término municipal de San Miguel de Abona, el cono volcánico de Montaña Amarilla constituye un elemento geomorfológico de evidente singularidad, formando parte, como estribación más meridional, de un conjunto paisajístico de volcanes alineados del sur de la isla. Además, su origen freatomagmático, originado por la interacción entre el magma y el mar, junto a la presencia de una duna fósil en su base, le confiere un notable interés científico.

 

Los constituyentes volcánicos del monumento son principalmente traquibasaltos de la Serie III. Sin embargo, en el sector oriental del cono, hay materiales del mismo periodo pero de naturaleza basáltica derivados de otros volcanes próximos. La cercanía del mar, aparte de inducir erupciones de tipo explosivo en el momento de su génesis, ha provocado una fuerte erosión, desmantelando el edificio parcialmente. El constante proceso erosivo ha dejado al descubierto importantes estratos piroclásticos de un llamativo matiz ocre y una característica duna fósil en la base de la estructura.

 

La vegetación es escasa en el lugar. Tan sólo destaca, de algún modo, la abundante muestra de tabaibas dulces (Euphorbia balsamifera) existentes. Ya con carácter menos representativo se encuentran especies vegetales que ocupan las zonas más afectadas por la acción de las mareas. Entre ellas cabe citar un endemismo como es la piña de mar (Atractylis preauxiana) y la lechuga de mar (Astydamia latifolia), cuyas hojas fueron pieza fundamental en la dieta de antiguos marineros ya que facilitaba la digestión y contenía un elevado porcentaje de vitamina C. Finalmente también hay presencia de ejemplares de salado (Schizogyne serícea).

 

Análogamente a como ocurre con la vegetación, este ecosistema no presenta una abundante representación faunística. No obstante, en estos términos, habría que destacar especialmente la presencia de cernícalos (Falco tinnunculus). También habitan otras dos especies de aves como las currucas tomilleras (Sylvia conspicillata orbitalis) o las palomas bravías (Columba livia)

 

La montaña puede ser pateada con facilidad, tanto bordeando su línea litoral (con marea baja) pasando por la duna fósil y bajo los coloridos y verticales estratos, como ascendiendo y recorriendo el borde del desfigurado y ensanchado cráter.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Camino del Risco de Tibataje:

Este sendero “off road” (no aparece señalizado ni indicado en la red de caminos de El Hierro) parte del mirador de Jinama, a 1.250 metros de altitud. Una pista de tierra nos acerca al Alto de Izique y nos conduce al inicio de la vereda que avanza justo por el filo del imponente Risco de Tibataje, espectacular paredón que alcanza los 1.100 metros de desplome, continuo, libre y duradero, hasta encontrar la plataforma costera del fondo del valle, a la vez que se alarga y disminuye de altura conforme se acerca a la Punta de Salmor.

Es una bendición para los sentidos y para la experiencia senderista que exista una vereda que recorra el borde de este precipicio superlativo, de este tremendo “hachazo” en el territorio insular dado por la Diosa Naturaleza, y que al andar por el borde de este murallón rocoso hace sentirme libre y dichoso como un pájaro.

Al otro lado del abismo, muros de piedra de media altura, algunos de los cuales hay que atravesar para no vernos obstaculizados por los brezos y fayas existentes en el borde del abismo, forman cuadrículas en el terreno que delimitan la zona de pastos del ganado en la amplia Meseta de Nisdafe. Al caminar entre la hierba, por estas fechas algo seca, que sirve de sustento a vacas, ovejas y burros, multitud de saltamontes y cigarrones brincan de aquí para allá.

El sendero desciende continuamente, pasando en un primer momento por el Alto de Izique, sobre la misma Fuga de Gorreta, mientras hay que asomarse bastante para encontrar el fondo del abismo y me pregunto cómo todo este universo vertical no se derrumba repentinamente bajo su propio peso. No lo hace súbitamente pero sí poco a poco, ya que pueden observarse grietas en el terreno junto al borde del precipicio, como si estuvieran esperando a la temporada de lluvias o a un agente desencadenante del derrumbe.

En la vida del senderista nada es comparable a sentirse flotar en el vacío, abismo que también vacía la mente para posteriormente rellenarla de una sensación nirvánica y repleta de éxtasis existencial. Me siento a las puertas del paraíso con los pies sobre la tierra.

Pese a la verticalidad del escalón de Tibataje, brezos y plantas rupícolas revisten la ladera que poco a poco se adentra en el mar, para finalmente desaparecer junto a los Roques de Salmor. Este camino se une al camino de La Peña, que comienza poco más arriba del mirador del mismo nombre, el cual desciende hasta la costa atravesando el risco y finalizando en el Pozo de Los Padrones, en la carretera que va de Las Puntas a Frontera. Ese trayecto es un camino empedrado, mejor indicado y, hasta hace no mucho tiempo, más transitado que el que va por el alto del Risco de Tibataje, aunque actualmente este tramo se encuentra cerrado al uso público por peligro de desprendimientos.

Si se regresa al mirador de Jinama por donde mismo hemos venido el gozo de la excursión es doble, porque aunque el sendero sea el mismo, los matices de luces y contraluces según avanza el día cambian. El tramo de mayor pendiente es el Camino de La Peña.

Después de esta ruta y la del Risco de Las Playas, me llevo la imagen de que para lo pequeña que es la isla, los precipicios que alberga tanto en el sur como en el norte resultan desproporcionadamente enormes.

 

Texto: Salvador González Escovar.

Fotos: Juan Luis Barrios y Salvador González Escovar.

La Reserva Natural Especial de Tibataje está constituida por roques marinos y un gran escalón montañoso que desde el nivel del mar se eleva progresivamente y alcanza una altitud de algo más de 1.000 metros sobre él, bordeando el gran Valle de El Golfo por su límite oriental, cuyas vertiginosas laderas son testigos de descomunales procesos erosivos que también hicieron retroceder la línea litoral del norte de El Hierro, enmarcándose en un paisaje agreste de extraordinario valor biológico y estético. Es un formidable refugio para la avifauna marina, donde nidifican algunas especies amenazadas e incluidas en convenios internacionales como Berna y CITES (Paiño común – Hydrobates pelagium – Petrel de Bulwer – Bulweria bulwerii – etc).

Sin embargo, la joya faunística de este lugar es el lagarto gigante de El Hierro (Gallotia simonyi machadoi), una subespecie de lagarto endémica de la isla. El lagarto gigante se considera, según una ley del Gobierno de Canarias, el símbolo natural de la isla de El Hierro, conjuntamente con la sabina.

Este lagarto alcanza un tamaño de hasta 60 cm., es un animal de cabeza ancha (sobre todo los machos), cuerpo fuerte y larga cola.

El dorso es de color oscuro pardo, gris o incluso negra, el vientre es pálido blanquecino o cremoso y en los costados tiene numerosas marcas de color marrón amarillento, poco visibles en algunos individuos.

Este lagarto es propio de las zonas más áridas y de terreno pedregoso. Es omnívoro: come plantas e insectos. La puesta comienza en mayo y pone de 5 a 13 huevos hasta fines de agosto. Los huevos eclosionan después de 61 días. Los predadores más habituales de este lagarto son las aves rapaces, como los cernícalos o los ratoneros, y también gatos asilvestrados, lo que afecta a sus poblaciones naturales y hace disminuir el éxito de los programas de reintroducción de la especie.

Una pequeña población relicta conocida únicamente por los cabreros de la zona quedó relegada en el extremo meridional del Risco de Tibataje, en un paraje conocido como la Fuga de Gorreta. Las encuestas llevadas a cabo en la isla en 1971 revelaron su existencia y pusieron a cabreros y buscadores de rarezas tras la pista del lagarto.

Algunos años después en 1974 se capturaron los primeros individuos en el Risco, y se pusieron en marcha las primeras medidas dirigidas a su conservación.

El área que ocupa la única población natural conocida es de tan solo 4 hectáreas orientadas al suroeste y localizadas entre el Poblado de Guinea (100 msnm), y el llamado Paso del Pino (540 msnm). Esta población estaría compuesta, por unos 250 individuos, cuyo pequeño tamaño y juventud dan una idea de los escasos recursos de la zona y de las numerosas amenazas a las que están expuestos los lagartos.

Camino de Jinama:

 

Este sendero repleto de historias de comunicaciones y transhumancia entre las tierras bajas y altas del Valle de El Golfo, asciende desde la localidad de Frontera hasta el Mirador de Jinama, atravesando la parte oriental del amplio valle que abarca prácticamente la totalidad del norte de la isla de El Hierro, desplegándose a partir de la hilera de cumbres insulares hasta el mar. Otro mar, el de nubes, parece como si percibiese la atracción que ejerce la orografía, y suele encajarse en la parte media y alta de esta gigantesca herradura abierta al noroeste.

Si no hay manto nuboso entre la costa y nosotros, la panorámica del fondo del valle, con sus poblaciones dispersas y parcelas de cultivo hace precipitar la mirada, mirada que transporta al resto de los sentidos a través de las pendientes laderas que convergen en la plataforma de la agreste costa.

Lo realmente espectacular de esta parte del valle es la imponente elevación del Risco de Tibataje. Estando frente a este salvaje farallón, la verticalidad se adueña de las percepciones. Manchones de monteverde conquistan los andenes de este abrupto paredón que limita el circo por el este.

Si andamos inmersos en la niebla, la bruma parece tragarse el camino, difuminando y borrando también el entramado del bosque de laurisilva que se extiende por la franja alta de este anfiteatro, que es la cicatriz de un deslizamiento en masa e inmemorial acontecido en esta zona de la isla.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Este largo circuito senderista parte de la presa de La Gambuesa, dentro del Barranco de Ayagaures, y mediante una pista de tierra bastante larga, ladeando por la vertiente occidental y aproximándose paulatinamente al cauce del tajo, remonta el barranco en dirección al caserío de Las Tederas a la vez que empieza a rodear la Montaña Negra por la parte norte de esta mole elevada desde el mismo lecho del barranco. En Las Tederas comienza el sendero que asciende primero al Descansadero de Los Muertos, al difunto Pino de Pilancones y luego a la parte alta del Pinar de Pilancones, por debajo de la Degollada de La Manzanilla

Posteriormente el tramo por otra pista de tierra termina de rodear la Montaña Negra hasta que un sendero igualmente largo nos baja al punto de partida, transitando la mayor parte del recorrido a una altura superior que en el tramo de ida y ahora en la vertiente oriental del Barranco de Ayagaures.

Iniciamos el ascenso en zigzag por la pista que comienza cerca de la presa de La Gambuesa; nos encontraremos dos desvíos, pero seguiremos ascendiendo. Una vez llegamos a una pronunciada curva, el terreno llanea por la cómoda pista, desde donde se contemplan bonitas vistas de la presa de Gambuesa, del palmeral sobre ella y del discurrir del Barranco de Ayagaures aguas arriba.

Seguimos caminando y más arriba vemos las casas de Taginastal al otro lado del lecho del barranco. Sobre esas casas, los oscuros, verticales y agrietados paredones se desploman en el cauce y contrastan con el matiz blanquecino y las cuevas que presenta la ladera del barranco a una altura superior.

La pista sigue su camino hasta el poblado de Las Tederas, ubicado en el fondo del barranco, con viejas y un tanto desperdigadas casas, donde el paisaje forma en las retinas una imagen bucólica y armoniosa, entre casas de arquitectura tradicional, pinares, palmerales, cultivos agrícolas y un inmenso anfiteatro montañoso al fondo rodeando todo este espacio.

Algunas viviendas se hallan en plena reconstrucción tras el pavoroso incendio forestal de 2007 que arrasó toda esta zona, triste suceso que se percibe al contemplar los troncos ennegrecidos de algunas palmeras sobrevivientes.

El barranco va virando a oriente, cambio de rumbo del cauce impuesto por la gran mole de la Montaña Negra, la cual, a pesar de sus dimensiones, parece quedar aislada dentro del tajo. Tras atravesar el pueblo finaliza, por fin, la pista seguida desde el inicio y comienza el camino que primero atraviesa el cauce del barranco y posteriormente va ascendiendo de manera decidida por la vertiente norte de la Montaña Negra, sin llegar a coronarla, pero elevándonos sobre el tajo seguido hasta ahora y, por supuesto, disfrutando cada vez más de del paisaje invadido por el inmenso pinar que se abre hacia la cuenca alta de Pilancones. En la cabecera de este espacio protegido se distinguen topónimos y morros que lo limitan y separan de la parte central de la isla, como son el recortado Morro de Hierba Huerto, la Degollada del Sordo, Morro de Cruz Grande, Morro del Guirre, Morro de Las Vacas y el Roque Guanil

El Pinar de Pilancones destaca por su madurez y extensión, abarcando el espacio protegido desde el Barranco de Ayagaures hasta los morros que lo separan de la Cuenca de Chira y de la de Tirajana.

La primera parte de la subida culmina en el lugar conocido como Descansadero de Los Muertos, una original mesa de piedra con una cruz y un mojón. En este lugar descansaban los habitantes de Ayagaures cuando llevaban a enterrar a sus difuntos al lejano cementerio de Tunte, localizado en la parte alta del Valle de Tirajana.

En frente, y bajando por un lomito, tenemos una explanada con unas visiones muy panorámicas hacia la cuenca de Pilancones, topónimo conocido como la Cruz de Humbría, cuyo borde forma un cortado repentino sobre el abismo del tajo

Retomamos el camino que ahora llanea y pronto llegamos al enclave donde creció con esplendor el famoso Pino de Pilancones, árbol conocido como el abuelo forestal, un gran y antiquísimo pino canario (se piensa que tenía una edad superior a los 500 años) que sucumbió a las llamas del gran incendio ocurrido en verano de 2007, aunque hay estudios que indican que ya desde bastante tiempo antes mostraba signos de envejecimiento y declive. En este sentido sorprenden los pinos circundantes, reverdecidos y recuperados ya totalmente de aquel siniestro fuego, junto al gigante caído y quemado. Aún podemos contemplar la envergadura de su tronco y de los trozos de ramas que yacen en el suelo y que permanecen en la explanada reconvertida en zona de descanso y de homenaje al emblemático árbol.

La fuente de Pilancones, en la actualidad seca, servía a los caminantes para abastecerse de agua tras el duro ascenso. También se puede dejar nuestras impresiones de la ruta y del entorno en el maltrecho libro de visitas escondido junto a la fuente.

Nos queda un segundo repecho, más largo que el primero, para llegar a una de las tantas pistas de tierra que circulan por la parte alta del Pinar de Pilancones; aquí tenemos varias opciones: si queremos seguir subiendo hasta la Degollada de la Manzanilla para contemplar una completa panorámica hacia la otra vertiente, la que se desploma en la Caldera de Tirajana, debemos continuar por camino empedrado que supera la vertiente. Son unos quinientos metros más de subida hasta la Degollada de la Manzanilla.

Esa opción queda para el futuro y elegimos seguir, de momento llaneando, por la pista de tierra en dirección sur y empezando así el camino de vuelta o de retorno a la presa de La Gambuesa, mientras divisamos la grandiosidad del Pinar de Pilancones y la amplia cuenca que lo cobija bajo una altiva sucesión de roques y morros que lo separan del Barranco de Chira, al otro lado de la misma.

Dicha pista nos guía por la parte oriental de Montaña Negra, macizo rocoso que hace honor a su nombre con respecto al resto del paisaje y que alberga curiosas cuevas.  Seguimos por la pista de tierra hasta que a la derecha se bifurca una vereda que serpentea bajando por la vertiente oriental del Barranco de Ayagaures. Debemos tomar este desvío, ya que si continuamos por la pista nos conduciría al Barranco de los Vicentes, al otro lado de la divisoria compartida con el de Ayagaures.

Descendemos por este camino mientras la Montaña Negra, la cual hemos rodeado, queda a nuestra espalda y nos muestra su silueta más fotogénica. Al poco tiempo veremos una construcción semiderruida (la casa de Montaña Negra) bajo el sendero, perdida en medio de un páramo desolado, antes de que ese terreno se hunda en el precipicio sobre el fondo del Barranco de Ayagaures.

Poco más abajo el camino pasa por un resalte en la ladra que forma un excelente mirador, obsequiándonos con vistosas y estratégicas panorámicas del Barranco de Ayagaures enfilándose hacia la costa sur de la isla desde la parte alta de la amplia cuenca de Pilancones, apreciando como la Montaña Negra estrecha el discurrir del surco divisado, resaltando también los blanquecinos escarpes contemplados en la ida desde abajo, pero ahora desde arriba y que terminan por desplomarse vertiginosamente en el tajo. Coronando el sector occidental del Pinar de Pilancones aún se divisa el inconfundible Morro de Hierba Huerto.

Ladera abajo la mirada escapa fuera de los límites del barranco a través de alguna brecha en su pared oriental y se adivina el Barranco de Los Vicentes al otro lado, e incluso, tras éste, una pequeña porción del Barranco de Fataga.

Tras una prolongada bajada nos acercamos a las presas de Ayagaures y Gambuesa, con sus coquetas casas de piedra rodeadas de huertas y un frondoso palmeral sobre la presa de La Gambuesa. Las palmeras canarias no solo acompañan a las zonas humanizadas de este entorno sino que también se aventuran en los verticales riscos que se alzan por la vertiente oriental del Barranco de Ayagaures.

Al final del recorrido la pedregosa pista se transforma en una pista de cemento que nos lleva hasta el muro de contención de la presa de La Gambuesa, completando el circuito de algo más de 16 km. de longitud.