Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El espacio protegido del Monumento Natural de Las Playas constituye una unidad geomorfológica representativa de uno de los procesos característicos de la geología insular y alberga una magnífica estructura escarpada de gran valor paisajístico y escénico.

El Risco de Las Playas, o también llamado de Los Herreños, forma un gran arco que supera los 1.000 metros de desnivel, en el punto más elevado, con respecto a la reducida plataforma costera sobre la que se precipita vertiginosamente, abarcando una longitud de unos 5 kms. entre la Punta de Bonanza, más allá del roque de idéntico nombre, y la Punta de Miguel.

Comprende además de la espectacularidad del paisaje, una buena muestra de hábitats rupícolas en buen estado de conservación y con una alta diversidad florística, donde no faltan especies endémicas amenazadas como la margarita (Argyranthemum sventenii) y el taginaste (Echium hierrense).

Vereda del Risco:

Este sendero era utilizado para labores de trueque entre diferentes poblaciones y recolección de pinocha.

Desde Las Casas (El Pinar), una estrecha senda bien marcada desciende rápidamente y en continuos zig-zags a través de las empinadas laderas del Risco de Las Playas hasta la proximidad de la Playa (de callados) de Cardones, contemplando en todo momento esta gran caldera abierta al mar que parece una convulsión geológica elevada desde las remotas profundidades oceánicas.

El pinar corona las altas crestas de estos impresionantes cortados, y estos árboles van desapareciendo según descendemos, a medida que dispersas sabinas aparecen ancladas a un inestable sustrato, alargado precipicio que visto desde cierta distancia debe parecer la huella de un gigantesco mordisco en la corteza de esta isla, territorio que de hecho ha sido reducido y transformado por grandes deslizamientos en masa que han originado descomunales farallones en relación a la superficie insular.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde el Rincón de Tenteniguada asciende este largo recorrido en dirección a la Montaña de la Cruz del Saucillo, pasando junto al Roque Jincado y al Roque Saucillo más arriba y rumbo a la cabecera del Valle de Tenteniguada.

En esta depresión abundan las formaciones rocosas esbeltas y de perfiles recortados. Además de los riscos ya nombrados destacan los Roques Grande y Chico de Tenteniguada y el Roque del Pino, el cual está separado de los dos anteriores mediante el vertiginoso Barranco de La Pasadera, barranco por el cual se puede transitar para volver al punto de partida.

Una pista asfaltada parte desde El Rincón y nos va alejando de las últimas casas y huertos del valle, remontando el Barranco de Coruña. Desde el inicio del sendero en sí, vemos nuestro primer destino sobre nuestras cabezas, el Roque Jincado, sobresaliendo en la ladera por donde subiremos.

Pronto aparecen escobones, tajinastes, bejeques, magarzas, retamas, flores de mayo, cerrajas, matoriscos, inciensos, vinagreras y multitud de otras plantas rupícolas adornando el camino que sube continuamente, y poco más arriba pasamos al lado del puntiagudo y estilizado Roque Jincado tras superar un duro repecho ya bajo la sombra del pinar. El lugar es un primer buen mirador de lo que dejamos atrás, de una parte de lo que nos queda por delante y de los sugerentes rincones paisajísticos guardados en la parte alta del Valle de Tenteniguada.

El Valle de Tenteniguada se despliega hacia su cabecera con los tributarios barrancos de Los Alfaques, La Pasadera, Coruña y El Corte. Así mismo una colección de roques afloran en la parte alta del valle siendo los más famosos los Roques Grande y Chico de Tenteniguada.

Hacia el sur la mirada se detiene en la sucesión de roques que va coronando uno de los bordes del Barranco de La Pasadera hasta llegar al Roque del Pino, entre los que se encuentra el modesto pero pintoresco Roque de La Vela, mientras, a mayor distancia, en la otra vertiente de ese tajo los escarpados y prominentes Roques Grande y Chico de Tenteniguada atraen la mirada, hermanados uno sobre el otro, dos viejas y recias chimeneas volcánicas que han sobrevivido a la persistente erosión durante millones de años.

Después de pasar por el Roque Jincado el sendero sigue subiendo, camino de la lomada que corona un espectacular y alargado paredón que tenemos a la derecha según subimos, formando el límite norte del Valle de Tenteniguada, con unas cuevas y recovecos horadando la base del precipicio, cerca del fondo del apropiado topónimo del Barranco de El Corte.

Al llegar a la lomada encontramos una pista de tierra por la que hay que seguir subiendo camino del Roque Saucillo, que aparece a una distancia considerable y todavía bastante encima nuestro. Al otro lado de la lomada el paisaje se extiende hacia el norte desplegándose más valles en dirección al municipio de San Mateo. En esa dirección el entorno cambia y se torna volcánico en las proximidades de la Calderilla Chica, en una de las vertientes de la Hoya del Gamonal, siendo una caldera explosiva de forma circular y que constituye un buen ejemplo de vulcanismo estromboliano, en el que se alternan las lavas con los piroclastos.

El recorrido ascendente por la pista en el que abundan retamas amarillas es bastante largo y cansino y existen caminos que permiten acortar trayecto mediante atajos. Más arriba la pista se introduce nuevamente en el pinar que no deja ver más allá del bosque salvo cuando pasamos junto al vistoso Roque Saucillo.

Este roque se sitúa en el límite municipal de la Vega de San Mateo y de Valsequillo, dentro del Paisaje Protegido de Las Cumbres y constituye un auténtico hito geomorfológico de la zona. Su formación se debe al afloramiento de vulcanismo intrusivo, es decir, se trata de un pitón sálico que se originó durante la erupción Roque Nublo. El Roque Saucillo es de color marrón claro, por la acidez de los materiales que lo conforman; tiene una altura desde su base de 150 metros y la altitud respecto al nivel del mar asciende hasta los 1.709 metros.

Finalmente llegamos a la base de la cónica Montaña de la Cruz del Saucillo, por encima y cerca de Cuevas Blancas, lo que permite enlazar por aquí con la carretera de la cumbre que viene desde Telde.

Un corto sendero asciende por la parte deforestada de la montaña y en su cumbre existe una gran cruz blanca encima de un monolito.

A una altura de 1.800 metros, casi al mismo nivel que el resto de cumbres insulares, disfrutamos del paisaje en todas direcciones, escapando la mirada más allá de los pinos que nos rodean, hacia la Degollada de la Cruz de Tejeda, la morra de Moriscos y El Teide al fondo. En el plano corto la vista se desliza hasta el fondo de la Hoya del Gamonal, uno de los valles adyacentes al de San Mateo y también sobre la ladera que hemos subido y nos separa del Roque Saucillo. En la costa y medianías destacan la zona capitalina, La Isleta, la Montaña Osorio, Teror, Valsequillo, Telde, Bandama, etc. Hemos superado con creces la altura de los Roques de Tenteniguada y toda la amplitud y profundidad del valle homónimo se divisa desde uno de sus puntos más elevados. De vuelta a la base de la montaña seguimos con nuestro particular circuito senderista. Ahora nos encaminamos hacia la cercana cabecera del Barranco de La Pasadera, descendiendo levemente y bordeando la cabecera del Valle de Tenteniguada, acompañados por codesos, alhelíes, salvias blancas y retamas amarillas.

Al llegar a la citada cabecera el panorama vuelve a ser imponente ya que el pasadizo al abismo se encauza entre los roques Grande y Chico por un lado, y el Roque del Pino por otro, del que contemplamos su aplanada y blanquecina cumbre desde aquí arriba, prácticamente en su vertical. Volvemos a disfrutar de extasiantes, estratégicas y completas panorámicas de una buena porción insular.

A partir de este mirador natural comenzamos a descender de manera pronunciada a través de un paisaje muy espectacular que se encauza entre los tres roques antes citados. Más abajo, el recorrido se dirige hacia la vertiente del barranco donde emergen los roques Grande y Chico, elevados en la arista sur del Barranco de La Pasadera; al pie del Roque Grande, encontramos primero un estanque-cueva labrado en la roca y a una cota inferior una cueva- alpendre que nos recuerda el uso de esta ruta por la trashumancia tradicional del ganado. Junto a este hito etnográfico, unos metros más adelante nos encontramos una era, utilizada antiguamente para el trillado de cereales por los agricultores de la zona y a la vez otro auténtico mirador natural puesto que ofrece una espectacular vista del municipio de Valsequillo

Seguimos descendiendo y alcanzamos la base del Roque Grande, admirándolo desde una de sus perspectivas visuales más atractivas.

A medida que vamos bajando cruzamos el barranco hacia la cara norte. Rápidamente apreciamos como el ambiente torna a una mayor humedad, ya que la orientación del barranco de la Pasadera atrapa la niebla que transportan los vientos alisios. Este fenómeno propicia la presencia de especies como el escobón, el ortigón, el bicácaro, la tacarontilla y la orquídea canaria.

En las cotas más bajas del sendero, los tajinastes azules nos hacen sombra, acompañados de escobones y tabaibas, que alcanzan dimensiones considerables en esta zona. Junta a ellos, van apareciendo cada vez más árboles frutales como castañeros, almendros y nogales.

Continuamos por el cauce del barranco hasta que llegamos al final del sendero donde comienza una pista de tierra y unos metros más abajo nos encontraremos con una galería de agua aún en uso.

A partir de esto punto seguimos bajando por una zona rodeada de parcelas agrícolas hasta llegar a la carretera asfaltada. Aquí aparecen ya las primeras casas del Rincón de Tenteniguada.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En la Reserva Natural Integral de Mencafete se encuentra una de las mejores muestras de sabinar húmedo del archipiélago y de monteverde herreño. Su exposición en fachada norte y la disposición en arco determinan un importante papel como área receptora de humedad, contribuyendo a la recarga del acuífero y la protección de los suelos.

La alta biodiversidad del monteverde determina que aquí se encuentre una de las mayores concentraciones de especies de todo El Hierro, incluyendo elementos amenazados tanto de la flora -Cerastium sventenii-, como de la fauna – Palomas de Laurisilva -Columba bollii-. Por otra parte, en el núcleo de la reserva, se localiza la única fuente natural (Mencafete) de la isla que mantiene agua durante todo el año y donde la fauna invertebrada rupícola se conserva en buen estado.

Sendero de Mencáfete:

Desde Sabinosa se asciende de forma decidida al principio, de forma más sostenida más adelante, a Malpaso por una senda que nos acerca y nos introduce en la franja boscosa de la laurisilva herreña, laurisilva no tan variada como en otras islas, en la que domina, fundamentalmente, el fayal-brezal con pocas especies arbóreas acompañantes más, como laureles, acebiños, follaos, mocanes y barbusanos, y en la parte baja, sabinas.  La Fuente de Mencáfite, localizada en lo más profundo del bosque, es una serie de aljibes y pequeñas pozas que recogen el agua del monteverde, y para ir a ella hay que desviarse de la ruta principal una media hora adicional solo de ida.

Después de una continua y larga subida, el bosque siempreverde y casi siempre brumoso va quedando atrás, abriéndose, apareciendo los pinos acompañados de brezos de menor porte que en su ambiente ideal. Tras tanto caminar por medio del tupido bosque que no dejaba escapar la mirada fuera de él, uno agradece la vista, recortada entre las nubes, que ofrece las laderas ennnegrecidas del volcán Tanganasoga, cerca del final de la subida, en un terreno eminentemente volcánico en el que ya se avista la Cumbre de Malpaso, de 1.500 m.s.n.m., el punto más elevado de la isla, que se alza sobre el Malpaís del Jable Cumplido, parcialmente invadido por brezos y pinos canarios.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Sabinar de La Dehesa:

Lo interesante de esta ruta circular que comienza en la Piedra del Regidor (cerca de la Ermita de Virgen de Los Reyes), y que se extiende hasta el mirador de Bascos, es observar las caprichosas formas que adoptan las sabinas al sufrir la acción permanente del viento. Un punto destacado en esta región de pastos comunales de la isla del meridiano es el mirador de Bascos, localizado en el mismo borde occidental del Valle de El Golfo. Si la niebla lo permite, la panorámica del valle rodeado de estas laderas de vértigo que lo circundan reconforta la vista.

La Dehesa es un paisaje abierto, marcado por la persistencia del viento y por la desolación que imprimen algunos volcanes que se aproximan al mar; es tierra de austeras, grandiosas y longevas sabinas, que parecen llevar aquí desde el principio de los tiempos, como banderas que ondean al viento y que forman la seña de identidad de este apartado lugar. La tonalidad gris de sus retorcidos y gruesos troncos le dan un aspecto de esqueletos pétreos, de auténticos cadáveres vegetales, pero a la vez monumentales; cualquiera de estas sabinas es el árbol transformado en arte. No están muertas, aunque algunas de ellas así lo parezca, pero incluso los cuervos, aves carroñeras que en estas islas están vinculadas a estos ecosistemas, y que sobrevuelan el lugar, parecen empeñados en transmitirnos esa sensación.

Poco más abajo, en la costa, en un sustrato eminentemente volcánico, se encuentra el faro de Orchilla, en el lugar del fin del mundo durante siglos, o también en el kilómetro cero, según se mire, del viejo mundo. En cada atardecer el astro rey viaja hacia poniente, trazando en lo que en un tiempo fue el “mare tenebrorum” una banda recta y luminosa dirigida al horizonte, por la cual se enfilan nuestros sueños, tan duraderos como infinito se nos antoja el océano que nos distancia del sol.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Dentro del Parque Rural de Frontera, y en el extremo sur de El Hierro, existe una importante zona volcánica (la isla es la más joven del archipiélago), conocida como Los Lajiales, caracterizada por lavas cordadas (en forma de cuerdas), ásperos malpaíses y pequeños túneles volcánicos por donde fluía la lava.

La ladera suroccidental de la isla, conocida como El Julán, está despoblada y en ella se desarrollan extensos pinares canarios que alcanzan la línea de cumbres insulares, y restos de sabinares y vegetación del piso basal en las desoladas laderas próximas al Mar de Las Calmas.

La zona costera de El Julán, además de la calidad paisajística intrínseca que posee, alberga algún tagoror y áreas de yacimientos paleontológicos de gran interés antropológico, como Los Letreros.

Camino de La Restinga:

Este camino comienza en el pueblo herreño de El Pinar y desciende hasta el extremo sur de la isla, donde existe otro pueblo, La Restinga, medio pesquero y medio residencial.

La vereda, en ocasiones un tanto perdida entre muros de piedra que parecen delimitar propiedades, avanza entre tajinastes, verodes, tabaibas, bejeques, vinagreras y alguna que otra higuera. Es un paisaje bastante seco, en el que a cierta distancia resalta algún pequeño cono volcánico como la Montaña Tembargena. El camino cruza la carretera a La Restinga en diferentes puntos, a la vez que se aproxima al acantilado costero que se prolonga por buena parte de la costa sureste de la isla, y que alcanza su punto culminante en el mirador de Las Playas. Desde ese punto el precipicio sobre el mar va perdiendo altura progresivamente hasta morir cerca de nuestro destino.

Podemos desviarnos de la ruta y asomarnos a él, panorámica enriquecida con el longevo porte de algunas sabinas solitarias recortado sobre el mar. Al otro lado del camino, otro lugar de interés son Los Lajiales, una peculiar zona volcánica que presenta lavas cordadas y malpaíses, con multitud de recovecos y pequeños túneles por los que se desparramaba la lava y al vaciarse y enfriarse la envoltura quedan huecos, pintoresca geomorfología que también se observa al finalizar la excursión, a la derecha del pueblo costero según descendemos, formando un pequeño rompiente con cuevas y entrantes a lo largo del encuentro con el océano.

 

VENTEJÍS (EL HIERRO)

17 marzo, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En este espacio protegido confluyen importantes valores paisajísticos y culturales. Se trata de un paisaje rural armonioso dominado por los típicos muros de piedra seca tan característicos de El Hierro, donde destacan algunos elementos naturales singularizados (conos volcánicos aislados) y -en su extremo oriental- la alineación montañosa del Ventejís. La caldera de Ventejís constituye la mayor cuenca de recepción en la cabecera del barranco de Santiago que discurre hacia el noreste, fuera del espacio natural. Alberga además el mítico lugar del árbol Garoé, testimonio histórico y cultural de interés que informa de la potencialidad de la zona como receptor de la humedad del alisio, contribuyendo así a la recarga del acuífero.

Este espacio protegido posee una extraordinaria calidad de elementos naturales y humanos, lo cual configura un paisaje de gran valor. En él se dan cita aprovechamientos agrícolas y ganaderos al estilo tradicional herreño. Estas actividades han ido transformando las características naturales del medio para constituir un paisaje cargado de connotaciones culturales de gran interés.

Camino de Tacanjote:

Este sendero tiene su inicio en San Andrés, atraviesa el Macizo erosionado de Ajonce, donde se encuentra el mítico árbol Garoé, una parte de la zona de pastos comunales de Nisdafe y desciende en dirección norte atravesando El Mocanal para finalmente buscar el mar en el Pozo de Las Calcosas.

 

TIMIJIRAQUE

15 marzo, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En Timijiraque se encuentran importantes afloramientos de la serie geológica antigua de la isla de El Hierro, en medio de un paisaje agreste de profundos  barrancos, como el de Tiñor, el del Balón o el de Honduras, apenas afectados por la ocupación humana, que constituye el flanco escénico al oeste de la carretera del puerto de La Estaca a Las Playas. En las laderas sobreviven restos de cardonales desaparecidos en otras zonas así como algunas rarezas vegetales como la lengua de pájaro (Polycarpaea smithii).

 

Varios caminos permiten describir un circuito con principio y fin en el pueblo costero de Timijiraque. El sendero sube al principio cercano a uno de los márgenes del Barranco del Balón, aprovechando un ancho camino delimitado con muros de piedra volcánica que gana altura y nos conduce al barrio de La Cuesta, próxima a la meseta central de la isla, avistando espigados domos como las Montañas de Aragando y de Fardón en un entorno siempre áspero.

 

La vuelta a la costa se lleva a cabo por la ruta del Jaral, existiendo la posibilidad de desviarnos a Tiñor, resultando más inclinado que la subida desde Timijiraque, llegando a las proximidades del Puerto de La Estaca, casi en línea recta desde la parte alta. 

Este sendero era utilizado por los habitantes de Tiñor para adquirir mercancías en el principal puerto de la isla y en muchas ocasiones, tomar rumbo a América huyendo de la hambruna de épocas pasadas. En general se trata de un recorrido de uso doméstico, pastoril, agrícola y comercial.

 

RISCO DE TENO. TENERIFE

13 marzo, 2017


Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde la carretera que se dirige desde Buenavista a la Punta de Teno, a la altura de unos embalses circulares junto a la calzada, sube el Camino del Risco, en dirección a Los Bailaderos o Teno Alto.

Siguiendo el tramo bajo del Barranco de Bujamé y uno de sus ramales, el Barranco del Aderno, la senda gana rápidamente altura transitando entre las agrestes, vertiginosas, salvajes y desgarradas laderas rocosas del Risco de Teno, repletas de diques y oscuras cuevas que la erosión nos va mostrando tras millones de años de incesante desmantelamiento.

Algunas barranqueras de corto, pero empinado recorrido, como los barrancos del Aderno, de Cabocos, del Monte y de Chagüigo surgen de las tierras altas, encontrándose parcialmente revestidos de monteverde en dicha parte superior a la cual nos dirigimos. El inclinado sendero se encuentra empedrado hasta ascender al borde del precipicio, pues era utilizado desde la antigüedad como vía de comunicación entre la Meseta o Altiplanicie de Teno y la plataforma costera conocida como Isla Baja.

A pesar de los agrestes riscos multitud de plantas encuentran refugio en los alrededores del sendero, como vinagreras, verodes, balos, cardones, cornicales, tabaibas amargas, tabaibas mejoreras, tasaigos, matos riscos, cardoncillos, duraznillos, jazmines, guaydiles, tajinastes, jocamos, magarzas, flores de mayo, leñas buenas, morgallones, cerrajas, corazoncillos, siemprevivas, malvas de risco, bicácaros, algaritofes, granadillos, mosqueras, bejeques, amargosas…algunas de ellas especies botánicas no precisamente rupícolas.

La erosión durante millones de años ha esculpido cuevas naturales, desgastado coladas, escorias y diques que componen un decorado geológico que muestra su historia evolutiva.

La zona que abarca esta ruta presenta aspectos apropiados para el cuidado del ganado, como son los pastos de Teno Alto y la despensa veraniega que representa el monteverde que yace bajo el Pico Baracán. La proximidad del mar, a su vez fuente de recursos alimenticios, la existencia del agua, que aunque en caudales pobres se esparcía por la comarca en decenas de manantiales. Y por último la presencia de refugios naturales hace del lugar un enclave ideal para el desarrollo pastoril que, por su aislamiento secular, ha pervivido hasta nuestros días, junto a otras costumbres ancestrales como enterramientos, ritos funerarios, transporte de difuntos a lomos de bestias y de los vecinos por estos salvajes escarpes, todo ello como parte de una cultura que parecía anclada, secuestrada por el accidentado relieve y detenida en el tiempo hasta hace pocas décadas.

Al llegar al borde del precipicio nos encontramos restos de un posible tagoror cuya forma recuerda a una era, mientras la verticalidad del tramo anterior da paso a un relieve dominado por suaves lomas y algunas pinceladas de cárcavas erosionadas y de color ocre en el terreno, paisaje de aspecto un tanto desértico a pesar de la altura a la que estamos y de acercarnos al monteverde formado por bosquetes y manchones de fayal-brezal. Entramos en el altiplano de Teno, entorno que parece antagónico al que me viene a la cabeza al pronunciar ese topónimo de cuatro letras; esto es, un mundo vertical formado por profundos barrancos, despiadadas fugas y abismales acantilados marinos. En el Macizo de Teno hay espacio para todo, de ahí su grandeza y contrastes. Desde ese lugar a modo de mirador queda poca distancia hasta llegar al núcleo de Teno Alto, se ensancha la senda a seguir y disminuye su inclinación.

Desviándonos de la ruta a seguir podemos recorrer la arista cimera del Risco de Teno para tener una grandiosa, nueva y espectacular perspectiva de la Isla Baja y del empinado tramo que hemos recorrido hasta aquí desde la plataforma costera, y además recorriendo con la mirada todo el litoral norte de Tenerife hasta la Sierra de Anaga, pasando por el Roque de Garachico, Acantilados de Interián, Tierra del Trigo, la comarca de Daute, etc.

Nuevamente, andando por uno de los filos de Teno se percibe con intensidad la personalidad del paisaje: precipicios verticales que se desploman sobre el océano o sobre la plataforma costera, que detienen la respiración, que intimidan y que a la vez entusiasman al dispararse la adrenalina, fugas por donde enfocar la mirada al abismo y en definitiva bordes de un risco que parecen la lanzadera perfecta para las sensaciones, sentidos y pensamientos, volando éstos tan lejos y profundo como la mirada.

Al llegar al borde del acantilado sobre la humanizada plataforma costera de Buenavista, viramos al oeste y atravesamos el Barranco de Ajoque por donde forma una suave vaguada en el terreno, antes de que el tajo se enfile vertiginosamente al mar al igual que tantos otros de corto pero vertical trazado.

Se puede seguir transitando por el límite de la Meseta de Teno en dirección al Barranco de Itóbal, intentando caminar lo más próximo posible al borde del acantilado marino, permaneciendo sobre los desfiladeros, avistando desde lo alto algún tramo de la sinuosa y estrecha carretera que se dirige a la Punta de Teno, la cual me sirve de referencia humana y pienso en la dificultad para construirla a través del risco, a la vez que se escucha el rumor marino y el viento remontando las fugas como sinfonías de fondo al silencio que brota de estos brutales farallones, en uno de los rincones isleños más salvajes y aislados, en un lugar en el que no solo divaga y vuela la mirada sino todo aquello que me hace ser, sentir y pensar.

En los barrancos y acantilados de Teno el relieve parece adoptar la máxima expresión de vértigo y verticalidad, haciéndose notar, como si no quisiera surcar sin pena ni gloria la piel planetaria, como si se rebelara o resistiera a sucumbir y ser tragado por el océano de una manera plácida.

En estos confines insulares mi particular horizonte de sucesos se reduce a una frontera nítida y cercana, más allá de la cual impera el abismo y el azul intenso y apacible del océano que inunda las retinas. Las sensaciones que transmiten el vacío espacial y el salvaje relieve se mezclan con la serenidad que emana del mar, la cual sosiega mis extasiados y abrumados sentidos.

Y así, en el borde de uno de los tantos desfiladeros de este macizo saboreamos la mágica esencia de Teno: acantilados y mar; agua y barrancos; viento, bruma, aislamiento y silencio. Una isla dentro de otra. Un mundo aparte. Un lugar de otro tiempo. La propia Tierra en caída libre.

 

 

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Este recorrido senderista comienza en el fondo del Barranco de Las Angustias, el desagüe natural de la Caldera de Taburiente. Al principio, más que un barranco parece un valle, debido a la distancia existente entre sus empinadas vertientes laterales que permiten ver al fondo una parte de las altas crestas insulares.

Por aquí se divisan fincas de aguacates, puentes, tubos y un pozo de agua abandonado, signos de un uso intensivo humano con el denominador común del agua protagonista a lo largo de este barranco y de toda la caldera.

Precisamente poco después de empezar a subir por el cauce del valle aparece el agua corriendo libremente, aún en poca cantidad, líquido elemento sobrante que no es aprovechado para los cultivos del Valle de Aridane y que acaba infiltrándose en el pedregoso cauce repleto de cantos rodados.

Por este tramo pueden verse granadillos, sabinas, guaydiles, vinagreras, verodes, tabaibas, cardones, mato riscos, bejeques rojos (Aeonium nobile), un endemismo palmero de gruesas hojas anaranjadas y vistosas flores rojizas entre los meses de mayo y julio… mientras la alpispa con su reclamo alegre entretiene nuestra marcha y su cola larga y su pecho amarillo hacen inconfundible a este pájaro de los arroyos.

En el cauce se observan multitud de diques, cada uno fruto de una erupción, que nos dan idea de la intensa actividad volcánica de la zona en el pasado. Entre los diques hay fragmentos blanquecinos de rocas similares a los granitos, que se supone han sido fragmentadas y separadas por las continuas erupciones.

También existen rocas de color verdoso de origen submarino, como las lavas almohadilladas, recordando a un enorme panal de abejas con celdas redondeadas, formadas por el avance de una colada de lava bajo el mar y al contacto con el agua se irían enfriando y alterándose su composición química; otras formaciones verdes distintas son los aglomerados o conglomerados tipo brechas, que proceden de los bordes de las chimeneas volcánicas, en las cuales el magma, al romper las paredes por las que sube, arrastra fragmentos de roca que no llegan a fundirse y sirve de cemento al resto de rocas desplazadas cuando salen al exterior.

A medida que vamos ascendiendo, las paredes del tajo, que van perfilando los límites de la gran depresión calderiforme en la que nos adentraremos, van aumentando de altura: a un lado se alza el Pico Bejenado, cuya cima no puede verse desde las entrañas del cañón; al otro, tampoco se ven pero sabemos que están ahí arriba, rozando o superando los 2.000 m. de altura, los altivos hitos de Hoya Grande, Somada Alta y el Roque Palmero, formando parte del grandioso cresterío que culmina en la cumbre insular del Roque de Los Muchachos (2.426 m.s.n.m.)

Al llegar a Dos Aguas, nace el Barranco de Las Angustias, formado por la confluencia de los barrancos de Taburiente (el más caudaloso) y el del Almendro Amargo, cuyos cauces divergen aguas arriba. Allí existe un tomadero de agua y el inicio de un canal capaz de transportar 2.5 m3/sg por lo que gran parte del agua es canalizada, utilizada y regulada, desde tiempos históricos, por el Heredamiento de las Haciendas de Argual y Tazacorte.

En Dos Aguas hay que atravesar el barranco para seguir el itinerario que discurre próximo al cauce, cruzándolo de vez en cuando para sortear pequeños saltos en el cauce. A partir de ahora el agua, libre, pura y cristalina se despeña por doquier en multitud de cascadas y riachuelos, cincelando incansablemente el sustrato basáltico, creando y recreando un laberinto de barrancos y manteniendo vivo el paisaje en una suerte de eterna juventud.

Lo que actualmente es o que es, un descomunal anfiteatro de unos 8 km. de diámetro con desniveles cercanos a los 2.000 metros, hace millones de años era una montaña de 3.000 o 4.000 m. de altitud; desmantelamiento es la palabra clave en esta caldera de erosión, originada por desplome y desplazamiento de materiales desde la cabecera de los numerosos barrancos interiores, los cuales se despliegan y abren en abanico aguas arriba.

Poco más arriba, siguiendo el Barranco del Almendro Amargo, entramos en el parque nacional de La Caldera de Taburiente, punto en el que nos encontramos otra división de cauces, bajo la esbelta silueta del Roque Idafe: el Barranco del Almendro Amargo diverge del de Rivanceras (o del Limonero), el cual porta un modesto caudal de aguas ferruginosas, lo que confiere un matiz naranja a las rocas que baña y en la pared de la famosa Cascada de Colores, en el cauce del Barranco de Rivanceras y localizada a poca distancia del cruce de barrancos anterior. Subiendo por el cauce de Rivanceras, a unos 10 minutos, se encuentra dicha cascada, un pequeño salto de apariencia artificial que debe su nombre al musgo que tapiza el muro y a los tintes naranjas de las aguas ferruginosas.

Mientras afrontamos la dura cuesta de El Reventón, elevándonos sobre el cauce del Barranco del Almendro Amargo, a nuestra derecha vamos poniéndonos al nivel altitudinal del Roque Idafe, pintoresco roque que muestra la fuerte erosión que ha tenido lugar en los materiales circundantes. Este pitón era todo un símbolo para los Benahoritas, los pobladores precoloniales de la isla, los cuales, entre otros actos ceremoniales y religiosos, le ofrecían en su base las asaduras de los animales que consumían para que la gran roca no se desplomara sobre ellos. Tanausú, el Mencey de Aceró, tenía por aquí su morada y defendió valientemente su menceyato ante los conquistadores castellanos.

El aspecto del Roque Idafe va variando según subimos por El Reventón, desde un imponente monolito cuando estamos a sus pies hasta parecer un dedo alzado que sobresale de la lomada del Barranco del Almendro Amargo, mientras al fondo vamos apreciando la poderosa y vertical vertiente que se desploma desde la cumbre del Pico Bejenado (1.854 m.s.n.m.) hasta el fondo de la caldera.

Jaras y escobones forman el cortejo botánico que acompaña al omnipresente pinar canario.

Con numerosos manantiales, el caudal de la Caldera de Taburiente es considerable, aunque en épocas recientes se supone que ha ido descendiendo desde la década de los años 70 del siglo pasado; algunas estimaciones dan una cifra de 300 l/sg después de períodos lluviosos, aunque en término medio apenas supera los 100 l/sg.

Después de superar la cuesta de El Reventón aparece ante nosotros el Barranco de Taburiente portando un considerable caudal de agua despeñándose en cascadas a través de los saltos del angosto y profundo tajo, aunque no tan hondo como el del Almendro Amargo que dejamos atrás.

Barranco arriba se observa una gran mancha de color verde intenso entre el pinar circundante. Es una zona de nacientes conocida como Verduras del Mato, donde la vegetación ocupa casi el 100% del suelo y la diversidad botánica es mayor que en lugares próximos

Una parte del agua que vemos correr libremente por el Barranco de Taburiente proviene de los nacientes del Barranco de las Verduras de Alfonso, situado en la cabecera de este mismo tajo, bajo los imponentes murallones que bordean el parque nacional. A esos nacientes pensamos llegar en esta ruta.

La zona de acampada de la caldera se encuentra ya cerca, sobre el gran pedregal que yace en el fondo, producto del arrastre de cantos rodados arrastrados por las escorrentías hacia esta zona, que diría que es la única llanura existente dentro del parque. De ahí el nombre simbólico de la Playa de Taburiente que tiene el enclave. El subsuelo impermeable deja suficientes huecos para que el agua se filtre en la confluencia entre los barrancos de Cantos de Turugumay y el de Verduras de Alfonso, apareciendo después junto a la sauceda donde los depósitos son más finos.

Antes de llegar a esa zona pasamos por el Llano del Capadero, terreno cultivado hasta épocas recientes. Ahora son los tagasastes, tajinastes y alguna vieja higuera los que se han adueñado del lugar.

Finalmente el camino desciende a la Playa de Taburiente, entre el centro de servicios del parque nacional y el Roque de la Brevera Macha, como muchos otros invadidos de multitud de bejeques, sobre todo de la especie Aeonium palmense, el cual muestra su máximo apogeo en otoño e invierno cuando el agua hincha sus hojas carnosas.

Alrededor del arroyo permanente que serpentea por la Playa de Taburiente, un bosquete de sauces canarios, árbol con elevados requerimientos hídricos, encuentra un oasis vital, mientras una vez más la mirada permanece cautiva bajo el dominio de los estilizados roques, como el Roque del Huso y el Roque Salvaje, y como telón de fondo, las verticales paredes que delimitan el anfiteatro de las caldera por su sector norte.

El Roque del Huso aflora poco más arriba como un espigado montículo, adornado con viejos pinos canarios en lo más alto, lo que hace pensar una vez más que para este árbol no hay territorio prohibido por muy quebrado y escarpado que éste sea.

Remontando el inmenso pedregal de la Playa de Taburiente aparece hacia la izquierda el Barranco de los cantos de Turugumay, encajonado tajo que se derrumba desde las proximidades del Roque de Los Muchachos y seguimos avanzando hasta encontrarnos con el repecho del Lomo de La Juraga, elevándonos sobre el cauce del angosto y profundo Barranco de Las Verduras de Alfonso, que como todos demás tajos que confluyen en el de Taburiente y en el del Almendro Amargo surgen de los verticales farallones, espigones, fugas y gargantas que confinan el paisaje interior de la caldera, relieve vertical que se alza hasta atrapar las nubes, brumas que a su vez esconden las altivas cimas sobre un velo de intimidad y misterio, como si el manto nuboso separara este mundo terrenal de las deidades basálticas que coronan la isla.

El sonido del agua fluyendo barranco abajo nos sigue acompañando y nos recuerda que los nacientes de las Verduras de Alfonso cada vez están más cerca, a la vez que el sendero sube entre robustos pinos y terrenos algo inestables.

En el entorno de los nacientes resaltan rocas descarnadas próximas a pequeños pinares que forman manchas verdes vistas desde la distancia y en medio de la verticalidad imperante, colgados en el risco y por encima del nivel habitual del pinar; uno de ellos es el Pinar de Mantigua.

Por fin llegamos a las Verduras de Alfonso, en la cabecera del barranco homónimo, después de una dilatada subida desde el fondo del Barranco de Las Angustias, lugar donde además de unos nacientes naturales de imposible acceso, se halla una de las galerías de mayor caudal del parque nacional, con unos máximos que rondan los 50 litros/sg. Sorprende la cantidad de agua que mana de un entorno más bien árido como es el pinar.

Se puede seguir subiendo, remontando mediante revueltas lo que nos queda del Lomo de La Juraga, una de las laderas del Barranco de las Verduras, con el fin de contemplar el paisaje interior de la caldera desde lo más alto posible en esta ruta, alcanzando la arista del lomo y a su vez la divisoria con el siguiente barranco, el Barranco de Los Guanches. En realidad la senda continúa hasta La Cumbrecita, transitando cercano a la base de los imponentes murallones que se alzan hasta las cumbres de la caldera, subiendo otras laderas como Lomo Cumplido y Lomo del Escuchadero que dividen otras tantas vertiginosas barranqueras como los barrancos de Altaguna y de La Piedra Majorera. Debido a lo peligroso y aéreo del tramo (recuerdo que existen cadenas para agarrarse en pasos estrechos, literalmente colgados del abismo) y a derrumbamientos el resto de la vereda hasta La Cumbrecita se encuentra actualmente clausurada.

Desde lo más alto de la ruta la mirada se recrea en el impresionante paisaje y hace olvidar la dureza del pateo. Los barrancos nombrados anteriormente trazan sombreadas hendiduras en el inmenso pinar hasta confluir en el embudo del Barranco de Las Angustias. Sobre nuestras cabezas las nubes juegan a ocultarse entre los farallones, gargantas, fugas, roques y diques de caprichosas formas, originando un mundo vertical de indómitos paredones que majestuosamente se elevan por encima de los 2.000 m. y que parecen confinar no solo las nubes y el aire que respiramos, sino también nuestros pensamientos y emociones. Fue el momento clímax de la jornada, no solo por la altura alcanzada dentro de este descomunal mordisco en el corazón de la isla, sino también por lo que este paisaje logra trasmitir a través de la persistencia y paciencia de la naturaleza para crear arte. Ante nosotros una geología salvaje, brutal, descarnada, desgarrada y convulsa que consigue colmarnos con todo lo contrario: serenidad y paz interior y espiritual.

La naturaleza como espontaneidad gratuita y gratificante, como maestra de sensibilidades, regalo para los sentidos, terapia del alma y expansión del horizonte vital del montañero que se afana por divisarla y disfrutarla desde variados ángulos.

El sendero sigue su trazado en pos de El Escuchadero y La Cumbrecita, topónimos que distingo con la mirada, casi a nuestra altura pero aún distantes, aunque aquí nos sentimos felices con el panorama contemplado.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La Montaña de Tauro, dominada por un pinar canario maduro, alcanza los 1.226 metros de altura sobre el nivel del mar y pertenece al Monumento Natural de Tauro, en la región suroeste de Gran Canaria.

La redondeada montaña se eleva entre los barrancos de Mogán, al oeste, y el de Arguineguín, al este, depresiones que a ambos lados de la loma alcanzan su máxima y sobrecogedora profundidad. Bajo la mole se despliega hacia la costa suroeste el Barranco de Tauro, de menor entidad y recorrido que los dos tajos vecinos.

Resulta fácil ascender a la cima de la montaña por un sendero bien marcado y parcialmente empedrado que parte desde cerca del Embalse del Perro, al que se llega por la sinuosa y estrecha carretera que se dirige a los caseríos de Soria y Barranquillo Andrés, localizados en el tramo medio del Barranco de Arguineguín y cerca del mayor embalse de la isla.

Como vegetación acompañante del pinar encontramos palmeras, jaras, inciensos, cerrajas, corregüelas, escobones, retamas, tajinastes, cardoncillos, bejeques, salvias, cornicales, magarzas, tomillos, damas, mosqueras, mostazas, flores de mayo…

Desde los alrededores de la amesetada y amplia cima de la Montaña de Tauro, las profundas vistas de los tres barrancos que convergen en esta mole montañosa son impresionantes, sobre todo las de las vertientes que se desploman hacia el fondo del Barranco de Mogán y al de Arguineguín, las cuales no solo suponen un brutal hachazo en la corteza terrestre sino que también, tras el inicial shock visual y emocional al asomarnos al abismo, paralizan la respiración y los sentidos de quien las admira desde los filos de los profundos cortados laterales de los respectivos tajos. Atraídos por el vacío espacial a nuestros pies que rodea buena parte de la montaña y por las panorámicas fotogénicas con las que nos obsequia la atalaya de Tauro, pensamos en el más que acertado interés ceremonial y ritual que despertó el lugar desde tiempos de los aborígenes isleños, aunque fuera debido a otros motivos o creencias.

En horizontes más lejanos se disfruta del encanto visual de una buena parte del parque rural del Nublo y de prácticamente toda la zona sur y oeste de la isla, de las cumbres insulares como el Roque Nublo, del Pico de Las Nieves, de la cuenca de las grandes presas insulares y de las cimas del Pinar de Pilancones, y también de las presas que alberga esta zona, como la de Las Niñas y el cercano embalse del Salto del Perro, así como del alargado cresterío de Inagua, Ojeda y Pajonales, cuya vertiente sur invadida por el pinar se domina visual y completamente desde esta panorámica y estratégica montaña.

Mirando hacia el oeste desde la Degollada de Las Lapas, un sobrecogedor hachazo sobre el abismo del Barranco de Mogán, en uno de los cortados laterales de la Montaña de Tauro, se divisan las aristas afiladas y salvajes de los macizos del Suroeste y de Guígui, más allá de los barrancos de Mogán y de Veneguera, con la piramidal silueta de la Montaña Adlobas, y la más extensa y llana cumbre de Horgazales, coronando dos de los puntos álgidos de esos respectivos macizos.

El macizo de Tauro constituyó en época prehispánica lugar ceremonial y de culto cívico-religioso por parte de los antepasados isleños; testigo de ello es un almogarén o construcción aborigen bastante amplio, levantado a base de muretes de piedras cerca del borde del Barranco de Arguineguín, lo que añade a la zona un destacado valor etnográfico.

Si se quiere alargar el recorrido senderista existe la opción de adentrarnos en la parte alta del Barranco de Tauro a través de uno de sus ramales que se despliegan bajo la mole de Tauro, hasta llegar a los Llanos y Degollada de Cortadores, punto a partir del cual se enlaza con el aéreo sendero de Cortadores, transitando por panorámicos andenes entre grandiosos paredones, camino que nos baja a la ladera oeste del Barranco de Arguineguín.

Para ello, desde el almogarén de la Montaña de Tauro el sendero empieza a descender cerca del borde que divide un barranquillo tributario del Barranco de Tauro y el Barranco de Arguineguín. Más adelante el camino se adentra en el citado barranquillo hasta desembocar en el de Tauro, mientras disfrutamos de otra perspectiva de la mole de Tauro, de la que nos vamos alejando al descender.

Luego ladereamos por la vertiente oriental del Barranco de Tauro, el cual ya se muestra bastante amplio pero su profundidad no resulta tan abrumadora como la de los tajos vecinos de Arguineguín y Mogán.

Poco más adelante subimos levemente y nos acercamos nuevamente al borde compartido con el Barranco de Arguineguín atravesando una zona repoblada con pinos y sabinas, un lugar llano cerca de la Degollada de Cortadores.

Desde la degollada bajamos por los Andenes del Zurrado, dentro del Barranco de Arguineguín, tramo muy aéreo y vertical, aunque con un recorrido no demasiado inclinado ya que el trazado de la senda aprovecha la relativa horizontalidad de dichos andenes existentes entre las imponentes paredes que se desploman desde el borde y la inclinada vertiente occidental que sucumbe en el fondo del tajo. El espectáculo paisajístico formado por el Barranco de Arguineguín, amplio y profundo, poblado y humanizado a lo largo de su cauce pero salvaje y vertiginoso en sus vertientes laterales, junto a la gran mole rocosa del Montañón aguas arriba y el Roque Nublo y otras cumbres insulares al fondo supone un éxtasis total transmitido a través de la mirada al resto de los sentidos, sensaciones y pensamientos del caminante.

En estas paredes del barranco sobrevive el amenazado y exclusivo drago de Gran Canaria (Dracaena tamaranae) con unos pocos y longevos ejemplares.

Finalmente llegamos a la carretera que asciende cerca del fondo del valle hacia el caserío del Barranquillo de Andrés.