Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El edificio estratovolcánico de El Teide se ha ido construyendo durante los últimos 100.000 años tras sucesivas erupciones que han ido apilando material volcánico de diversa índole y capa tras capa hasta alcanzar la altura actual de 3.718 m.s.n.m., como si el gran volcán fuera una catedral geológica que nos muestra las diferentes etapas de su existencia.

La parte terminal de El Pilón, el punto más elevado del Teide, se formó durante una fase volcánica ocurrida hace unos 1.000 años. Sin embargo, al magma presente en las profundidades de la corteza terrestre cada vez le resulta más difícil alcanzar esa altura, y es difícil que la montaña continúe creciendo en altitud, más teniendo en cuenta la implacable erosión que siempre trabaja en sentido contrario, por lo que en caso de producirse futuras erupciones en la zona, sería habitual que tuvieran lugar en los flancos o en los conos adventicios o satélites del volcán, como de hecho puede apreciarse desde épocas pasadas en las Narices del Teide, en la fachada occidental del Pico Viejo, en Montaña Blanca, en la Montaña Abejera o en el Pico Cabras. De igual manera diferentes tipos de erupciones han tenido lugar durante su dilatada historia, como las explosivas de Montaña Blanca, hasta el derrame de lavas viscosas como las del Pico Cabras, del Tabonal Negro o del Valle de las Piedras Arrancadas, pasando por las más oscuras, brillantes y ricas en obsidiana propias de las Narices del Teide.

Esa diversa naturaleza volcánica origina una textura sobre la superficie caracterizado por malpaíses, fruto de lavas viscosas que se quiebran con el empuje de la lava y se amontonan en lugares de poca pendiente; túneles, cuevas y lavas cordadas superficiales, fruto de lavas más fluidas y, finalmente llanuras de piedra pómez, producto de erupciones de carácter explosivo que dispersan material ligero a distancia, y con la ayuda de agentes erosivos como lluvias torrenciales a lo largo del tiempo, generalmente se depositan al pie de roques y de la pared sur del Circo de Las Cañadas. Esos diferentes fenómenos volcánicos conllevan vistosos contrastes cromáticos en el lunático y aparentemente primigenio y desolado entorno volcánico que nos rodea.

El sendero de La Fortaleza avanza desde El Portillo en dirección noroeste, pasando por pequeñas vaguadas pumíticas de las que afloran ariscos roquedos de tonalidad marrón oscuro, resaltando sobre el pálido entorno.

El límite superior del pinar que reviste de un tupido y frondoso verdor el Valle de La Orotava lo tenemos cerca, y parece mantenido a raya por este paisaje lunático a medida que nos acercamos al Cabezón, el vértice del gran escalón de la Ladera de Tigaiga, esa uniforme arista que desde la costa norte insular asciende hasta las cumbres tinerfeñas.

El Roque de La Fortaleza se encuentra cercano, elevado verticalmente sobre la Cañada de Los Guancheros, una gran planicie pumítica originada por el arrastre mediante escorrentías y lluvias de ese ligero material volcánico, desde las inmediaciones de Montaña Blanca hasta la barrera física que forma el citado roque.

Un corto ascenso desde la Cañada de Los Guancheros nos conduce a la degollada existente entre El Cabezón y el Roque de La Fortaleza, y desde ahí seguimos subiendo ligeramente por la vertiente norte del roque, de perfil más suave que la vertical y cortada pared sur, divisando en el camino una parte de los extensos pinares del norte de la isla, desde la Dorsal de Pedro Gil, a oriente hasta los de Icod a occidente.

Finalmente la senda gira al sur y acomete de forma decidida el tramo final a la cumbre de La Fortaleza, donde nos sorprende la relativa abundancia de cedros canarios (Juniperus cedrus), tal vez el lugar de Las Cañadas donde más ejemplares existen de manera natural, y además observando plantas jóvenes de ese austero, longevo y escaso árbol.

Desde el mismo borde que señala la cumbre de La Fortaleza se disfrutan de unas visiones espectaculares del Teide, casi a tiro de piedra, con su cara noreste y parte de la grandiosa e imponente fachada norte destacando sobre el resto de la vertiente norte de la isla, alzándose sobre los extensos y tupidos pinares de La Guancha e Icod

Los límites del gran volcán, desde la Montaña Abejera hasta La Fortaleza, parecen marcar una frontera nítida entre el extenso pinar del sector norte de la Corona Forestal de Tenerife y el matorral subalpino de alta montaña que domina el interior del espacio de las Cañadas del Teide.

El Roque de La Fortaleza presenta un borde alargado en sentido este-oeste que puede ser recorrido íntegramente sin mayor dificultad.

Sin montañas entre medias entre el mar y la cumbre del volcán, desde la costa hasta el Pico del Teide, la panorámica de la fachada norte de la isla en permanente caída nos hace imaginar la magnitud del colosal desplome masivo que debió de originar los valles de La Orotava y de Icod.

Mirando hacia oriente se adivina el relieve de la parte más occidental de la cara norte de la península de Anaga, y hacia el oeste distinguimos algunos escarpes del Macizo de Teno como sus puntos culminantes de Erjos y Bolico.

Los volcanes satélites de Abejera y Pico Cabras se asientan de manera casi testimonial en la base de la cara norte del Teide, y más cerca nuestra mirada se desploma unos 200 metros en vertical sobre la planicie de la Cañada de Los Guancheros para terminar de cerrar una panorámica amplia, extasiante y estratégica se mire donde se mire.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde la zona cercana a Los Azulejos, en la carretera que une Mogán con La Aldea de San Nicolás, sube un sendero señalizado ganando rápidamente altura sobre la cabecera del Barranco de Veneguera. Mientras ascendemos impresionan los verticales riscos que nos rodean junto al matiz verdoso, pálido y ocre de la parte baja de los Andenes de Veneguera, justo encima de la citada carretera.

Los Azulejos son fruto de erupciones hidromagmáticas, es decir, que estas tonalidades son consecuencia de la mezcla del magma de una erupción volcánica que interactuó con corrientes subterráneas de agua. Se trata, por tanto, de afloramientos de alteración hidrotermal, los cuales establecen una clara discordancia entre las mismas y marcan el borde la vieja Caldera de Tejeda.

 

Más arriba, después de pasar por la zona de los famosos charcos repartidos escalonadamente entre salto y salto a través del abrupto paisaje, la senda se encamina hacia el cauce del Barranco de La Manta, una vertiginosa barranquera de corto recorrido que surge de la vertiente sur del Pinar de Ojeda, al que poco a poco nos vamos aproximando, concretamente a la zona de Los Quemados. Según ganamos altitud van asomando algunas montañas que coronan el Macizo de Inagua, como la Montaña de Ojeda, por la cual pasaremos más adelante. También el Roque Pernal en sentido opuesto, hacia oriente. Mirando al sur vamos superando en altura las recortadas crestas del Macizo del Suroeste, con la espigada Montaña Adlobas como punto destacable, las cuales forman la divisoria entre los barrancos de Tasarte y el abierto más hacia el oeste, el de Tasartico, ambos aún poco reseñables desde aquí.

Nos acompañan, en cuanto a la vegetación, tajinastes blancos y negros, tabaibas, verodes, vinagreras, jaguarzos, bejeques, matos de risco, cornicales, balos, damas…y tristemente también las plantas invasoras rabos de gato, especialmente en la primera parte del recorrido, la más cercana a la calzada. A mayor altitud se unen al marco vegetal pinos, jaras y escobones, ocultando en algunos puntos el trazado a seguir, a la vez que desciende la inclinación del sendero, ya cerca del cauce del barranquillo.

Poco más arriba enlazamos con la pista forestal que se dirige al aula de la naturaleza de Inagua y la seguimos en esa dirección; dejamos atrás esa construcción sumamente aislada y seguimos avanzando por la pista, ahora en ascenso más pronunciado, hasta encontrar un sendero que diverge a la izquierda de la pista, el cual permite acortar y atajar un tramo del recorrido. Una vez nuevamente en la pista seguimos subiendo, mientras vamos apreciando la mole de la Montaña de Tauro emergiendo más allá de este inmenso pinar, coronando una de las vertientes del profundo y alargado Barranco de Mogán. Al poco rato alcanzamos la Degollada de Las Brujas, un collado que ya permite divisar entre pinos parte de la fachada norte del Macizo de Inagua y Ojeda. En este punto hay varias opciones de continuar el recorrido según donde queramos ir, pero nuestro destino se encuentra a una altura algo mayor y más hacia el extremo oeste de este dilatado macizo.

Abandonamos la pista y seguimos unos mojones que marcan por ambos lados un difuso sendero que asciende durante un corto trayecto hacia la extensa y amesetada cima de la Montaña de Ojeda.

El primer gran éxtasis visual y emocional del pateo nos invade completamente al asomarnos al precipicio abierto sobre los Andenes de Tasarte, derrumbados bajo la vertiente suroeste de la Montaña de Ojeda, formando un espectacular hachazo en la corteza terrestre que entrecorta y acelera el aliento y el ritmo cardiaco, aunque ya hayamos dejado de subir cuestas por el momento. Parece que todo el desnivel acumulado paulatinamente, paso a paso, metro a metro, durante la subida, se libera repentina, virtualmente y de golpe en un abismo grandioso, colosal, abrumador y pavoroso, arrastrando con ello nuestros alucinados sentidos y pensamientos, enfilándose nuestra mirada verticalmente hasta encontrar la lejana referencia de la carretera en la que empezó todo esto, aunque fuera en un punto diferente de la misma.

El Barranco de Tasarte queda a nuestros pies, como si estuviéramos justo en el lugar de su nacimiento divisando su perfil hasta la desembocadura en el suroeste insular. La Montaña Adlobas adquiere desde aquí su silueta piramidal más llamativa y fotogénica, pero permanece empequeñecida ante nosotros debido a la altura que hemos alcanzado. Algo más al oeste se distingue la Montaña Horgazales, en el Macizo de Guiguí, oculta parcialmente por el paredón que asciende hasta la cúspide de la Montaña de Los Hornos o de Inagua, que además se encuentra a poca distancia de este extraordinario mirador natural de la Montaña de Ojeda.

Dejando escapar la mirada a través del extenso pinar que nos invade hacia la zona central de la isla se divisan las cumbres insulares de El Campanario, el Pico de Las Nieves y el Roque de La Agujereada; en un plano más corto se eleva la mole de la Montaña de Las Monjas y detrás la Montaña Alsándara, la cota máxima del Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales con 1.580 m.s.n.m.

El tramo del sendero que nos queda para alcanzar la postrera y más occidental cumbre de la Montaña de Inagua está poco marcado pero la escasa elevación de esa cima con respecto a la de Ojeda hace poco dificultoso este último trayecto senderista. En la cumbre de la Montaña de Los Hornos (1.426 m.s.n.m.) existe un vértice geodésico y el pinar que nos rodea no permite disfrutar del vacío espacial de la Montaña de Ojeda, pero contemplamos en mayor medida las cumbres del Macizo de Guiguí, sobresaliendo de la verde arboleda que tenemos delante, en el declive de la montaña hacia el oeste.

Mirando hacia el otro lado, la Montaña de Altavista se alza en al vertiente opuesta del Barranco de La Aldea, desagüe natural de la Cuenca de Tejeda, y detrás de esa atalaya destacan el frondoso Macizo de Tamadaba, asomando también la cima del Roque Faneque en el extremo de la prolongación de Tamadaba hacia el noroeste insular. Hacia la zona central de la isla el lejano Roque Nublo parece erguirse sobre la más cercana Montaña de Alsándara.

La cima de la Montaña de Inagua es un punto solitario y mágico, una de las fronteras naturales más entrañables de Gran Canaria; se percibe el silencio solo roto por el rumor del aire leve de las cumbres en contacto con las ramas de los pinos.

Además de divisar las montañas comentadas anteriormente, como Horgazales y El Cedro, sobresaliendo del siempre verde dosel arbóreo, desde esa postrera cumbre de este grandioso pinar puede contemplarse gran parte de esta hilera de cumbres del resto de este macizo que se alarga hasta el centro de la isla, amplia panorámica en la que el solitario Cortijo de Inagua, localizado en la ladera norte de estas montañas, y en medio de tanta naturaleza virgen, forma una referencia de lejana y ancestral humanidad que acrecienta la sensación virginal, salvaje, de aislamiento y de soledad impuesta por el pinar más extenso y maduro de la isla.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El Roque de Jama está constituido por un peñasco de 781 metros de altura sobre el nivel del mar, siendo uno de los paisajes más antiguos de la isla de Tenerife. Es un pitón fonolítico, catalogado como Monumento Natural, cuya cresta cimera ofrece unas panorámicas altivas del sur de Tenerife, también es el más alto de los roques del municipio de San Miguel de Abona y puede ser visto desde cualquier punto de la zona sur a muchos kilómetros de distancia.

Bajo la arista sur del Roque de Jama se localiza el famoso mirador de La Centinela, diseñado y construido por el artista César Manrique

La vegetación que alberga es el cardonal-tabaibal acompañado de especies como los balos, cardoncillos, matos de risco, espineros, vinagreras y cornicales, cerrajones, bejeques, coles de risco y otras especies rupícolas, y en las paredes más abruptas y rocosas existen restos de vegetación termófila, con presencia arbórea de sabinas, acebuches y almácigos.

El Roque de Jama, entre los municipios de Arona y San Miguel, es una atalaya montañosa que ha permanecido impasible ante la evolución geológica que ha sufrido este territorio desde hace unos 11 millones de años. Desde aquellas primerizas formaciones del relieve insular hasta los volcanes más recientes de la actualidad existe una demostración palpable de que el tiempo no para, y lo que vemos hoy poco tiene que ver con el paisaje incipiente, primigenio y por aquel entonces recién vomitado desde las entrañas magmáticas ocultas bajo el lecho oceánico.

El Roque de Jama actual está formado por restos de lava que se enfriaron lentamente en el interior de un viejo volcán. La erosión y el paso del tiempo han dejado al descubierto las interioridades de esta chimenea volcánica, desprendiendo los materiales más frágiles que se situaban a su alrededor como si fueran cáscaras de una cebolla, conformando de esta manera el edificio volcánico pétreo que vemos en la actualidad.

Su forma altiva en el paisaje sureño marcó un referente para las poblaciones aborígenes que habitaban la zona; de hecho existen restos arqueológicos en el Roque de Jama o en sus proximidades, producto de ese referente, así como también debido a la principal actividad socioeconómica de ese pueblo: la agricultura y ganadería de subsistencia.

A los pies del símbolo geológico del Roque de Jama y bajo su sombra petrificada se encuentra un ejemplo de los usos y costumbres de otros más recientes pobladores del lugar, como es la Casa del Gato, un testigo mudo de la explotación agrícola y ganadera de la zona, otra referencia de diferente índole al Roque de Jama, ésta como lugar de paso de caminantes y transeúntes, al estar localizada en el ancestral Camino Real del Sur, además de encontrarse cerca de valiosos recursos naturales como son las Fuentes de La Hoya o de Tamaide, que a su vez ayudaban a prosperar las terrazas y bancales de las buenas tierras de cultivo que presentaba este pequeño valle formado entre la ladera oriental de La Centinela y Tamaide.

La ladera de La Centinela forma parte del Bien de Interés Cultural con categoría de Zona Arqueológica del Roque de Jama-La Centinela, perteneciente a los términos municipales de Arona y San Miguel de Abona.

Existen numerosos yacimientos arqueológicos localizados en el Roque de Jama y los morros, además de otros lugares como: El Roquito, La Centinela, el Lomo de La Centinela y El Roquete. Además se trata de un espacio singular que debió tener importancia en las creencias mágico-religiosas de la población aborigen.

 

Existen inventariados 52 yacimientos arqueológicos, repartidos entre grabados rupestres, canales, cazoletas, cuevas de habitación, cuevas sepulcrales y yacimientos de superficie con abundante material arqueológico asociado.

En cuanto a los valores patrimoniales más recientes cabe resaltar elementos etnográficos como fuentes, casonas de arquitectura tradicional, caminos de comunicación entre poblaciones cercanas y construcciones hidráulicas como atarjeas y canalizaciones talladas en la tosca.

El agua siempre ha sido un recurso valioso en la zona sur de la isla; por ejemplo la Fuente de Tamaide es un elemento de vital importancia en la historia de los caseríos antiguos de la zona y de las gentes y animales que pasaban su vida o parte de ella transitando por estos lares en el pasado. El primer documento que atestigua la presencia de esta fuente data del año 1849, pero seguramente su presencia es mucho más longeva. Esta fuente era utilizada por vecinos que venían de Tamaide y de La Hoya, portando el agua en tinajas, cubos y otros recipientes hasta sus hogares, o bien como lavadero de ropa; igualmente era utilizada por el ganado que traían los pastores de la comarca de Abona como zona de paso estratégica en sus desplazamientos trashumantes.

La existencia de este manantial se debe a la disposición en el barranco superior de un estrato de almagre impermeable existente bajo las vetas basálticas muy fracturadas, permeables y agrietadas, lo que permite la percolación del agua de lluvia, infiltrada paulatinamente desde capas superiores, hasta alcanzar la capa impermeable inferior, la cual provoca el rezume en la superficie en forma de chorrillos, en este caso justo bajo el saltadero del barranco donde las formaciones geológicas han sido quebradas por la erosión.

El camino de Tamaide comienza en el mirador de La Centinela, desciende por la ladera oriental, al sureste del Roque de Jama y finalmente se acerca a Tamaide mediante un sendero señalizado y en algunos tramos empedrados.

Aprovechando la cercanía del Roque de Jama, como se ha indicado, el principal monumento geológico de la zona, se puede ascender a él partiendo del caserío de El Roque, siguiendo una vereda que en primer lugar se dirige a la base de arista norte de la montaña. Luego empieza la subida de forma decidida por esa cara guiándonos mediante una estrecha senda, tomando como referencia un pino aislado por el que pasamos, a medida que vamos apreciando la vertical e infranqueable pared oeste del roque, la cual se desploma sobre el Valle de San Lorenzo o del Ahijadero, dentro del municipio de Arona.

Para alcanzar el muro cimero hay que rodearlo por la fachada oriental y trepar sin dificultad hasta la estrecha cresta terminal (pero alargada en sentido norte-sur). Buen abismo desde la cumbre bajo la fachada oeste de esta atalaya sureña que limita el Valle de Ahijadero por oriente, divisando buena parte del sur de la isla, entre Punta Rasca, Montaña de Guaza hasta Montaña Roja en el marco litoral, y desde el Roque del Conde y la Pica de Imoque hasta las montañas que coronan la Corona Forestal, como Guajara, Sombrero de Chasna y Roques del Almendro, en zonas elevadas

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde el caserío de Ifonche seguimos el conocido sendero que atraviesa el Barranco del Infierno en dirección al mirador de Boca del Paso y posterior bajada al pueblo de Adeje. Antes de llegar a esos destinos, a la altura del Aserradero, donde un par de construcciones alejadas entre sí, destartaladas e invadidas por la vegetación nos hacen imaginar tiempos pretéritos, desviándonos hacia Teresme mediante tramo bien señalizado, subiendo a lo alto de una lomada mediante senda que posteriormente se transforma en pista forestal de uso agrícola. El pinar, junto a terrazas agrícolas de vides, higueras y almendros, y algún pequeño embalse nos acompañan en este trayecto.

Hacia la cumbre, por encima del extenso pinar, se divisan las cimas insulares de la Corona Forestal, como Montaña Colorada, Montaña de Las Lajas, El Sombrerito y Roques del Almendro, las cuales rozan o superan los 2.000 m.s.n.m.

Al llegar a Teresme, el pinar se abre y deja ver extensos huertos, actualmente abandonados, colindantes a una vieja, solitaria y parcialmente derruida casa, que parece un mudo y olvidado testigo del paso del tiempo en este lugar tan aislado.

Seguimos subiendo, de nuevo mediante una pista de tierra acercándonos a la Loma de Teresme; al poco tiempo encontramos una tubería rojiza de diámetro destacado, siguiendo al principio paralelo a ella mientras la pista sube y baja durante unos pocos metros, luego atravesamos la tubería, la inclinación de la pista aumenta y llegamos a la unión con la pista que baja desde El Retamar. Seguimos esa pista hacia la derecha y pasamos cerca de la Montaña de Teresme, distinguible por su cima alargada e inclinada hacia el oeste, y poblada de escobones y pinos canarios.

El trazado sigue siendo pendiente, dirigiéndonos ahora hacia la falda oeste de Montaña Colorada, que resalta incluso desde la distancia por sus laderas volcánicas de lapilli de matiz ocre, rojizo y marrón, entre maduros pinares que han sufrido los efectos recurrentes de incendios forestales.

Poco más arriba una pista secundaria señalizada, de menor inclinación, abandona el trazado principal, ladeando por la Montaña Colorada mientras las completas panorámicas de la zona suroeste insular reconforta el esfuerzo: ya contemplamos la Montaña de Las Lajas bastante cerca, al otro lado de la cabecera del Barranco del Infierno, y en las cumbres asoman los Roques del Almendro y El Sombrerito coronando el pinar por el que hemos transitado; ladera bajo la mirada se desliza a través de la colorida piconera de la Montaña Colorada y en las medianías, más allá del inmenso pinar que vamos dejando atrás, sobresalen los escarpes del Macizo de Adeje, como el Roque del Conde, el Roque de Los Brezos y la Pica de Imoque, y como telón de fondo la urbanizada costa suroeste de la isla.

Desde Montaña Colorada ya solo queda el último tramo hasta Las Lajas, siguiendo un sendero que atraviesa el Barranco del Infierno, sigue el cauce y da un rodeo por el tramo alto del tajo, antes de ir a parar a otra pista de tierra que después de unos minutos finaliza en la zona recreativa de Las Lajas, después de algo más de 17 kilómetros de recorrido desde el inicio.

Si no se quiere volver a Ifonche por el mismo recorrido de subida se puede descender en dirección a Vilaflor, bajando por la fachada oeste de la Montaña de Las Lajas, atravesando después el Barranco del Cuervo, llegado cerca del campo de fútbol de Vilaflor, para luego continuar bajando hasta Ifonche siguiendo un tramo del GR 131.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La Montaña de Tejina, de 1.048 metros de altura, en el municipio de Guía de Isora, en el oeste de Tenerife, es una unidad geomorfológica destacada de interés geológico, al tiempo que un elemento particularizado del paisaje.

Bastante cerca de La Montaña de Tejina, el Barranco de Erques limita con el término municipal de Adeje y contiene un paisaje abrupto de interés geomorfológico, que discurre por las laderas oeste de la isla como una profunda hendidura de gran desarrollo longitudinal, desde la cumbre de la isla ( la cabecera se encuentra en Boca Tauce, en el sector suroeste del parque nacional de Las Cañadas del Teide) hasta la costa, por lo que en este barranco encontramos todos los pisos de vegetación que se pueden encontrar en la vertiente sur de la isla.

Se puede ascender a la Montaña de Tejina partiendo del pueblo de Vera de Erques, atravesando un par de poco profundos barrancos, siguiendo un sendero ancho, bien marcado y delimitado por muros de piedra, entre almendros, higueras y pinos dispersos y durante poco menos de 3 km.

Se llega a Las Fuentes y luego se sube sin dificultad por su arista oriental a la cercana y alargada cima de la loma.

Desde la atalaya, donde existe una pequeña ermita, se divisa toda la costa y medianías del suroeste de Tenerife, desde la Punta de La Rasca en el extremo sur de la isla, hasta los escarpes del Macizo de Teno.

Destaca la vertical cara norte de la montaña, la cual se hunde abruptamente en el Barranco de Guaría, así como los cortados laterales de este tajo en la vertiente opuesta. La cumbre de la loma puede ser recorrida hacia el oeste, manteniendo la altura y siguiendo paralelo a muretes de piedra, hasta cerca del borde occidental de la montaña, donde existe un vértice geodésico.

Una vez volvemos a Las Fuentes, desde este caserío se puede continuar el pateo en dirección noroeste, cruzando el también espectacular Barranco de Guaría, hacia el Choro, el Jaral y Chirche.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

 

Desde el mirador-aparcamiento junto a la Montaña Samara, a unos 1.700 m.s.n.m., el camino a seguir asciende sostenidamente pasando cerca de la ladera sur del Volcán de La Botija en dirección a la Montaña Reventada, la cual se encuentra a una altura superior que los volcanes anteriores, en la parte alta de la Dorsal de Abeque y bajo la imponente fachada oeste del Pico Viejo.

La dorsal volcánica de Abeque o del noroeste de Tenerife es un inmenso campo volcánico que se extiende desde la cabecera del Valle de Santiago del Teide, en las cercanías del Macizo de Teno, hasta la base de la vertiente occidental del estratovolcán Teide-Pico Viejo. Son muchos los volcanes que forman la particular Ruta de Los Volcanes de Tenerife, desde el Volcán Bilma, en la parte baja de la Dorsal de Abeque, hasta la Montaña Reventada, pasando por la Montaña del Estrecho, Montaña de La Cruz, Volcán Chinyero (la última erupción volcánica acontecida en la isla en el año 1909), Montaña de Los Poleos, Montaña Samara, Volcán de La Botija y Montaña de la Cruz de Tea, configurando un paisaje que alterna elementos volcánicos entre los que destacan malpaíses, escorias y vetustos conos, acompañados del pinar canario.

En esta ocasión la nieve añade un plus de belleza y contraste al desolado, lunático y primigenio entorno volcánico, pero a la vez dificulta la marcha a través de las pendientes parcialmente nevadas, en especial aquellas situadas a mayor altitud por donde discurre el sendero.

Todos estos conos volcánicos presentan unas laderas desoladas, lisas y oscuras, pero además en la Montaña Reventada se observa la lengua de lava solidificada que brotó del cráter, abriendo el volcán por el flanco occidental y que avanzó cientos de metros ladera abajo formando una caótica barranquera de rocas y malpaís en el terreno.

Un pino junto al volcán forma una imagen en la retina que vale más que mil palabras, como si fuera una solitaria bandera que simboliza la conquista de la vida y de paso originando un profundo contraste entre la existencia y la desolación volcánica reinante.

El sendero se aproxima al cráter y luego se aleja en dirección a Cuevas Negras, un lugar donde encontramos, además de los omnipresentes y oscuros campos de escorias y malpaíses, otros componentes volcánicos como lavas cordadas, caletones, bombas volcánicas de curiosas formas, cuevas (valladas), arcos y túneles volcánicos.

Calificativos como lunático, virgen, primigenio, yermo, baldío, desolado, mineral y siniestro resultan apropiados para describir el entorno en el que nos encontramos. Parece que estamos transitando por otro planeta y nos sentimos alienígenas o seres extraños en este mundo que inunda los sentidos con una belleza desnuda y áspera. Vamos caminando por este joven sustrato, a escala temporal geológica recién nacido de las entrañas de La Tierra, bajo la espectacular y grandiosa mole del Pico Viejo que apenas le deja protagonismo al Pico del Teide, el cual solo en determinados puntos de la ruta y sutilmente asoma detrás.

Después de pasar por Cuevas Negras seguimos por el sendero nº 38, a medida que por aquí las retamas, codesos, rosalitos, fistuleras, margaritas, alhelís y demás plantas típicas de la vegetación de alta montaña canaria van colonizando este vasto territorio, descendiendo y llegando poco después al cruce con el sendero nº 9, camino que nos conduce al mirador de Las Narices del Teide.

Desde ese lugar un sendero un tanto perdido gana altura en dirección directa al Pico Viejo, al principio suavemente por terreno pedregoso, y más adelante por terreno corredizo y bastante inclinado de lapilli, bordeando uno de los primeros y oscuros conos volcánicos de las Narices del Teide que nos encontramos en el ascenso; hay que dejar atrás estas bocas eruptivas abiertas durante el año 1798 en la fachada occidental del Pico Viejo hasta alcanzar el sendero más claro pero igualmente empinado que sigue subiendo hasta alcanzar el borde del cráter de ese gran volcán.

Pero antes de seguir subiendo nos tomamos un respiro en la parte más elevada de esta sucesión volcánica de Las Narices del Teide, esparcida por el flanco occidental del Pico Viejo, divisando los diferentes conos y hoyos que salpican esta lunática, chamuscada y desolada ladera.

La altura ganada hace que el paisaje a nuestros pies haga olvidar el esfuerzo de la subida hasta aquí, contemplando la parte occidental del Anfiteatro de Las Cañadas, como los Roques del Cedro, la Montaña Gangarro, El Sombrerito y el Roque del Almendro, entre otros, sobre los extensos malpaíses vomitados por estas bocas eruptivas donde nos ubicamos, coladas de lava que vistas desde arriba nos parecen desproporcionadamente enormes con respecto a los volcanes que las originaron, pensando que tal vez el Pico Viejo debería tener una altura o volumen mayor antes de 1798 debido al proceso del vaciado magmático que aflora a la superficie durante la erupción; una de las 2 coladas de lava que surgió de este lugar se esparció hasta Boca Tauce y la otra, de menor extensión, se dirigió por la vertiente oeste. Precisamente bajo dicha vertiente contemplamos el gran pinar de Guía de Isora junto al campo saturado de volcanes de la Dorsal de Abeque, formando la continuidad volcánica bajo el grandioso estratovolcán que remontamos, divisando la cadena volcánica que se prolonga hasta las inmediaciones del Macizo de Teno, la cual domina el paisaje de gran parte del noroeste insular.

Nos queda la segunda parte de otra buena subida hasta el borde oeste del cráter del Pico Viejo y además bastante inclinada avanzando a medias entre rocas y zonas de lapilli.

En la falda suroccidental de este gran volcán que cansinamente vamos coronando, sendas lenguas de oscuro malpaís o de lava solidificada se desparraman, la mayor de ellas en dirección a Boca Tauce y abarcando todo el espacio existente entre los Roques del Cedro y las Narices del Teide, que son las auténticas bocas eruptivas, montículos y cráteres que originaron ese siniestro y sepultador paisaje, y localizadas a media ladera en la vertiente occidental del Pico Viejo. Este camino no pasa junto a ellas pero se percibe y se siente su presencia desde la distancia.

Cerca del borde del cráter del Pico Viejo, dejando caer la mirada por la ladera, podemos ver el interior de uno de esos 4 o 5 oscuros cráteres que forman la agrupación volcánica en la ladera del Volcán Chaorra.

Después de la subida final que se hace larga, se llega al límite del cráter del Pico Viejo, a unos 3.000 m. de altitud. Al llegar al límite del socavón cumbrero nos encontramos sobre la parte más profunda del cráter, de aspecto caótico con grandes rocas desperdigadas por el fondo. El fondo de la porción oriental del hoyo es más llano y se encuentra bajo el punto más elevado del Pico Viejo, a 3.134 m.s.n.m. El hoyo es realmente gigantesco, de unos 800 metros de diámetro, irregular, con paredes infranqueables y prácticamente verticales, salvo por su borde oriental, por el que parece posible penetrar en el cráter y llegar a una planicie bastante extensa y que no es la parte más honda del mismo. La zona más profunda se ubica bajo el borde occidental, y por supuesto rodeada por flancos más espectaculares. Sin duda se trata de uno de los cráteres más descomunales e imponentes de Canarias.

El sendero continúa en dirección al Teide, bordeando el gran cráter por el lado sur, lo que permite contemplar toda la vertiente sur del Pico Viejo que emerge del Llano de Ucanca y de la vecindad de los lejanos Roques de García. Así mismo la mirada se detiene en la gran longitud del anfiteatro que encierra por el sur la caldera de Las Cañadas, recordando cada uno de los puntos culminantes de oeste a este, como El Sombrerito, el Roque del Almendro, el Sombrero de Chasna, las Cumbres de Ucanca, Guajara, Pasajirón y el Roque de La Grieta, atalayas cuyas alturas ya hemos superado con creces al transitar por el borde de este volcán.

El punto más elevado del Pico Viejo se halla en un montículo sobre el borde oriental del cráter, a 3.134 m.s.n.m., lugar desde donde volver a contemplar la inmensidad y desolación del hoyo a nuestros pies, así como todo el perímetro del cráter.

Me gusta subir montañas solitarias, salvajes y elevadas, allí donde saborear el aire leve que envuelve las cumbres, esos dos elementos naturales que hacen levitar mi insignificante existencia sobre este paisaje encantador y virgen, donde percibir la magia del momento clímax de la jornada, donde sentirse afortunado y libre en medio de esta naturaleza primigenia, pura y salvaje que nos rodea, donde escuchar el silencio únicamente roto por el viento acariciando el rostro y las rocas, y en definitiva donde dejarse llevar por los pensamientos y emociones que vuelan tan lejos y profundo como la mirada. De espaldas al cráter solo supera nuestra altura la parte terminal de El Teide, los últimos 600 metros de desnivel con respecto al techo de España.

Entre Pico Viejo y la ascensión final al Teide existe una suave vaguada pumítica atravesada por el camino. Tierra de volcanes, tierra de contrastes, cuanto más cerca mejor, pues lo siguiente que encontramos resulta absolutamente antagónico a ese terreno pálido, fácilmente transitable y suavemente ondulado al que es fácil acostumbrarse; de repente el sendero parece perderse entre las negras, brillantes, ásperas y vivas rocas volcánicas que forman otro malpaís que se extiende hasta La Rambleta, bajo El Pilón terminal de El Teide. Ahora se trata de ir buscando y siguiendo los mojones de piedra que se confunden con el caótico y siniestro sustrato volcánico, para avanzar por esta lengua de lava petrificada. El cono terminal del Teide que tenemos delante y cada vez más cerca, con sus lisas y empinadas laderas de color marrón oscuro, contrasta sobre este hostil y áspero medio por el que avanzamos, sintiéndonos insignificantes e intrusos en este entorno que parece recién chamuscado en el horno interno planetario, recién vomitado por las entrañas del Teide donde moraba Guayota, el espíritu maligno al que temían los guanches. Estando en lugares como éste, ciertamente no hay que recurrir a seres sobrenaturales ni espíritus para sentir admiración e incluso veneración por esta montaña y por la furia interna de un planeta vivo.

Al fondo y a nuestras espaldas de este descomunal malpaís por el que vamos subiendo divisamos el cráter del Pico Viejo, cada vez más lejos y más abajo. Más allá de él, si hay buena visibilidad se avistan parte del sur y oeste insular y las islas de La Gomera, El Hierro y La Palma.

El recorrido pasa por La Rambleta, a unos 3.500 m.s.n.m., junto a la caseta y a la estación terminal del nefasto teleférico con sus torretas, un conjunto extraño en este paisaje casi primigenio, virgen y salvaje, que afean el paisaje y desnaturalizan una montaña que hasta parece despojada de la altivez que indican los mapas. No me gusta que el ser humano domestique montañas de esta manera ya que pierden su esencia y magia; además esas instalaciones promueven el turismo masivo, convirtiendo el símbolo montañoso del parque nacional y de la isla en una especie de parque de atracciones invadido por turistas. El turismo masivo debería ser incompatible en un parque nacional y más en la cumbre principal del espacio protegido. Menos mal que quedan cimas solitarias en otros lugares del parque nacional, como en el Pico Viejo o a lo largo de las crestas del Anfiteatro de Las Cañadas, rincones donde si te encuentras a alguien son montañeros.

Si disponemos del permiso pertinente para transitar por el sendero “Telesforo Bravo” que sube al empinado cono terminal (El Pilón) del Teide, podemos ir al punto más elevado de España y de toda la región macaronésica, con 3.718 m.s.n.m., habiendo superado un desnivel de 2.000 metros desde el ya lejano comienzo en la Montaña Samara.

A partir de aquí nos espera el largo descenso por la ladera suroriental del Teide pasando por la Cueva del Hielo y el refugio de Altavista hasta llegar a la cima aplanada de Montaña Blanca, a partir de donde seguimos la cansina y monótona pista descendente por terreno pumítico hasta su base en la carretera de Las Cañadas.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde el mirador-aparcamiento junto a la Montaña Samara, a unos 1.700 m.s.n.m., el camino a seguir asciende sostenidamente pasando cerca de la ladera sur del Volcán de La Botija en dirección a la Montaña Reventada, la cual se encuentra a una altura superior que los volcanes anteriores, en la parte alta de la Dorsal de Abeque y bajo la imponente fachada oeste del Pico Viejo.

La dorsal volcánica de Abeque o del noroeste de Tenerife es un inmenso campo volcánico que se extiende desde la cabecera del Valle de Santiago del Teide, en las cercanías del Macizo de Teno, hasta la base de la vertiente occidental del estratovolcán Teide-Pico Viejo. Son muchos los volcanes que forman la particular Ruta de Los Volcanes de Tenerife, desde el Volcán Bilma, en la parte baja de la Dorsal de Abeque, hasta la Montaña Reventada, pasando por la Montaña del Estrecho, Montaña de La Cruz, Volcán Chinyero (la última erupción volcánica acontecida en la isla en el año 1909), Montaña de Los Poleos, Montaña Samara, Volcán de La Botija y Montaña de la Cruz de Tea, configurando un paisaje que alterna elementos volcánicos entre los que destacan malpaíses, escorias y vetustos conos, acompañados del pinar canario.

En esta ocasión la nieve añade un plus de belleza y contraste al desolado, lunático y primigenio entorno volcánico, pero a la vez dificulta la marcha a través de las pendientes parcialmente nevadas, en especial aquellas situadas a mayor altitud por donde discurre el sendero.

Todos estos conos volcánicos presentan unas laderas desoladas, lisas y oscuras, pero además en la Montaña Reventada se observa la lengua de lava solidificada que brotó del cráter, abriendo el volcán por el flanco occidental y que avanzó cientos de metros ladera abajo formando una caótica barranquera de rocas y malpaís en el terreno.

Un pino junto al volcán forma una imagen en la retina que vale más que mil palabras, como si fuera una solitaria bandera que simboliza la conquista de la vida y de paso originando un profundo contraste entre la existencia y la desolación volcánica reinante.

El sendero se aproxima al cráter y luego se aleja en dirección a Cuevas Negras, un lugar donde encontramos, además de los omnipresentes y oscuros campos de escorias y malpaíses, otros componentes volcánicos como lavas cordadas, caletones, bombas volcánicas de curiosas formas, cuevas (valladas), arcos y túneles volcánicos.

Calificativos como lunático, virgen, primigenio, yermo, baldío, desolado, mineral y siniestro resultan apropiados para describir el entorno en el que nos encontramos. Parece que estamos transitando por otro planeta y nos sentimos alienígenas o seres extraños en este mundo que inunda los sentidos con una belleza desnuda y áspera. Vamos caminando por este joven sustrato, a escala temporal geológica recién nacido de las entrañas de La Tierra, bajo la espectacular y grandiosa mole del Pico Viejo que apenas le deja protagonismo al Pico del Teide, el cual solo en determinados puntos de la ruta y sutilmente asoma detrás.

Después de pasar por Cuevas Negras seguimos por el sendero nº 38, a medida que por aquí las retamas, codesos, rosalitos, fistuleras, margaritas, alhelís y demás plantas típicas de la vegetación de alta montaña canaria van colonizando este vasto territorio, descendiendo y llegando poco después al cruce con el sendero nº 9, camino que nos conduce al mirador de Las Narices del Teide.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde las proximidades de la zona central de la isla discurren hacia el sur varios barrancos de gran interés geomorfológico y de belleza paisajística, como el de Los Vicentes, de Chamoriscán, de La Data y de Ayagaures, barrancos que en la cabecera del pinar se abren en abanico formando una gran cuenca bajo los morros de la Cruz Grande, del Guirre, del Guanil, de Las Vacas, Montaña de Las Tórtolas y Morro del Hierba Huerto.

El pinar de las cabeceras de los barrancos, acompañado de jaras, escobones, mostazas, bejeques, corazoncillos, tomillos, magarzas, inciensos, tajinastes, mato riscos…, constituye un hábitat en buen estado de conservación con buenas poblaciones avícolas, por lo que se ha incluido en la red de espacios protegidos como zona de especial protección para las aves, con la presencia regular del pico picapinos, cernícalo, ratonero, cuervo, herrerillo…

Otro tanto podría decirse de algunos cardonales y tabaibales cercanos a la costa, y determinados hábitats acuáticos. Por todo el espacio se distribuyen especies amenazadas de la fauna y la flora, y elementos de interés científico.

Este recorrido senderista con principio y fin en el pueblo de San Bartolomé de Tirajana recorre el tramo alto del pinar de Pilancones, divisando además durante la ruta otros espacios naturales cercamos como los espectaculares Riscos de Tirajana, destacando entre ellos el Risco Blanco, dentro de la amplia pared basáltica donde culminan las cumbres insulares, y hacia el sur de la isla, el Macizo de Amurga cerrando el Barranco de Fataga.

Saliendo de la localidad de San Bartolomé de Tirajana rumbo a la Degollada de La Manzanilla, damos un vistazo atrás para contemplar el Risco Blanco y la espectacular pared que forman los Riscos de Tirajana, reconociendo además dentro de ellos las cumbres insulares como El Campanario, el Pico de Las Nieves, Roque de La Gorra y La Agujereada; nos dirigimos a la Degollada de La Manzanilla subiendo en un primer momento levemente con la mirada también puesta en las lomas que guardan el extenso y maduro Pinar de Pilancones que contemplaremos más adelante desde dentro de ese espacio.

A medida que nos acercamos a la Degollada de La Manzanilla y nos alejamos de los dominios del amplio Valle de Tirajana, avistamos otras zonas de la isla como el tramo alto del Barranco de Fataga y el Macizo de Amurga.

Tras pasar por la Fuente del Solapón el camino se estrecha y sube de forma más decidida hacia la Degollada de La Manzanilla, al otro lado de la cual se encuentra el extenso Pinar de Pilancones.

Al llegar a ella se tiene una buena perspectiva del Morro de Las Vacas, montaña invadida por el pinar, bosque que nos acompaña a partir de ahora hasta el final de la ruta.

Al otro lado de la Degollada de La Manzanilla disfrutamos de amplias panorámicas del Pinar de Pilancones, extenso y maduro pinar que también invade la cabecera de los barrancos donde sobresalen los morros de Las Vacas, Cruz Grande, Guainil, del Guirre y de Hierba Huerto, roques que forman un alargado límite cumbrero en torno a este espacio.

La Punta Manzanilla se encuentra cerca mirando hacia el sur pero seguimos en sentido contrario mediante una larga pista de tierra prácticamente llana que circunvala los entrantes y salientes existentes en la cabecera del Pinar de Pilancones, en dirección a la Degollada del Dinero, pasando bajo o cerca de algunos roques comentados anteriormente.

La mirada recorre este extenso pinar a lo largo y a lo ancho; en su interior la Montaña Negra es una gran mole que sobresale del fondo de la cuenca de Pilancones, dividiendo el discurrir de sendos barrancos que se abren en abanico en su tramo alto. En el borde occidental de la cabecera del Pinar de Pilancones el recortado Morro de Hierba Huerto culmina una larga arista. También se divisa la zona habitada de Las Tederas en el fondo del Barranco de Ayagaures, es uno de los flancos de la Montaña Negra.

Fuera de los límites de Pilancones, detrás de los roques cimeros, a lo lejos sobresalen las elevaciones del Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales como las Montañas de Alsándara y de Inagua, además de la mole de la Montaña de Tauro, e incluso la Pirámide de Adlobas más lejos, dentro del Macizo del Suroeste.

De esta manera vamos transitando por la parte alta del Pinar de Pilancones, teniendo siempre a la vista los barrancos y roques que arrugan este inmenso lugar y desde diferentes perspectivas.

Una vez que dejamos atrás el Pinar de Pilancones desde la Degollada del Dinero nos encaminamos durante un corto tramo hacia la Degollada de la Cruz Grande, contemplando delante nuestro los impresionantes Riscos de Tirajana y el Paso de La Plata; en dirección suroeste la mirada también se enfoca a través del Barranco de Chira encontrando al fondo la Montaña de Tauro.

Al llegar a la Degollada de la Cruz Grande abandonamos definitivamente la larga pista forestal seguida desde la Degollada de La Manzanilla y tomamos un tramo del Camino Real e importante vía de comunicación del Camino de La Plata, sendero empedrado que desciende hasta San Bartolomé de Tirajana. Durante el trayecto vamos disfrutando de las panorámicas con las que los Riscos de Tirajana nos obsequian, especialmente con el Risco Blanco, resaltando su pálido cromatismo, roque adosado desde la base del imponente murallón que se alza en la vertiente norte del Valle de Tirajana.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Esta ruta comienza junto a los Riscos de Chimirique, localizados frente a la Montaña del Aserrador, por cuya base circula el sendero al comienzo.

Mientras ganamos altura pasamos sobre el estilizado Roque Betancuria, mientras al fondo, el Barranco de Ayacata se perfila hacía el suroeste insular.

Mientras andamos una sucesión de crestas y barrancos ondula el relieve en dirección sur. Al fondo se distingue el recortado Morro de Hierba Huerto.

El sendero asciende en dirección al Roque Nublo al principio por el Barranco del Nublo, pero poco después de llegar a la altura de la pequeña presa de La Embocada se desvía a la izquierda, superando la ladera lateral mediante una vereda algo difuminada e invalida por el matorral, pero marcada regularmente con mojones de piedra.

El Risco del Laurel se eleva imponente al lado de la presa y es una gigantesca mole rocosa que atenaza la mirada. Y es que en general los petrificados Riscos de Ayacata constituyen un regalo visual y contemplativo.

Desde lo alto de la loma se divisan, además de los Riscos de Ayacata, las cumbres insulares como La Agujerada, el Pico de Las Nieves y El Campanario. La mirada también se entretiene en los barrancos de El Juncal y del Chorrillo, dentro de la Cuenca de Tejeda y separados por la prominente lomada de Timagada y El Toscón.

La Caldera de Tejeda se contempla desde las alturas, abarcando la panorámica buena parte de su perímetro, desde el Pico de Las Nieves hasta Moriscos, desde el Roque Nublo hasta el Barranco de La Aldea y muestra algunos barrancos interiores como el del Juncal, el del Chorrillo y el de Tejeda, separados por agrestes crestas como la del Roque Bentayga. Al fondo la Montaña Altavista y Tamadaba se aproximan al noroeste insular, y más allá del brazo oceánico que nos distancia de Tenerife, en días claros se distinguen las cumbres chicharreras como El Teide, la Montaña Guajara, Montaña Blanca y el Pico Viejo.

En un plano más cercano y mientras transitamos sobre la cabecera de los Barrancos del Juncal y del Chorrillo, divisamos como el Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales se extiende hacia el oeste de la isla, sobre la vertiente sur del Barranco del Juncal, y vamos avistando sus lomas características como el Morro de Pajonales, la Montaña Alsándara y la Montaña de Las Monjas.

Los barrancos interiores de la Caldera de Tejeda convergen en el Valle de La Aldea, constituyendo la única escapatoria al mar de la grandiosa y espectacular depresión.

Después de contemplar y disfrutar de este espectáculo paisajístico seguimos avanzando, ahora en llano hacia el norte y al poco tiempo aparece el Arco del Aserrador o del Bentayga, anclado en uno de los bordes del descomunal precipicio, que siempre al andar por estos lugares, más pronto que tarde acaba por desplomarse sobre el abismo de la Caldera de Tejeda, arco que forma una ventana con temidas vistas al vacío, dirigidas hacia las entrañas de esa descomunal, desgarrada y petrificada depresión geológica.

Además, para aumentar la belleza del paraje ahora vemos como emerge la silueta del Roque Nublo y del Roque de La Fogalera, el cual es un puntal rocoso que forma un saliente cuya base se derrumba abruptamente en el vacío de la Caldera de Tejeda, como si fuera el extremo de un pedestal del cual sobresale el Nublo y su acompañante La Rana.

Si seguimos en dirección norte llegamos al borde de un risco y podemos atravesar con dificultad uno de sus andenes para enlazar este pateo con el conocido camino que asciende a la Plataforma del Nublo por el barranco homónimo desde El Aserrador, senda que al principio abandonamos para visitar el recóndito Arco del Bentayga.

PUNTA DE TENO (TENERIFE)

17 diciembre, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Empezando a caminar en el caserío de Teno Alto (Los Bailaderos) seguimos una pista asfaltada durante unos cientos de metros hasta el inicio de una pista de tierra que ya comienza a descender por estas tierras de la Meseta de Teno, una especie de altiplano un tanto desértico y de aspecto bucólico y aislado, pero donde se aprecia la existencia de zonas abancaladas abandonadas actualmente, vieja muestra de la importancia agrícola que tuvieron los cultivos de secano como los cereales y legumbres.

Si no conociéramos el Macizo de Teno, resultaría difícil imaginar que este altiplano suavemente ondulado y más bien monótono da lugar más abajo a los imponentes acantilados y farallones que rodean el macizo por todos los sectores que éste mira al océano o a las plataformas costeras adyacentes. Y es que desde este altiplano surgen las cortas pero vertiginosas barranqueras como el Barranco de Los Poleos, el Barranco de Las Güitas o la Degollada Fonchineja, los cuales suponen un salto al vacío del azul marino y al litoral desde alturas de varios cientos de metros, o profundas gargantas por donde enfilar la mirada al abismo; extasiante y cautivador contraste para los sentidos en una de las zonas geológicamente más antiguas de Tenerife.

Pronto comienza el sendero propiamente dicho, dejando atrás casas aisladas y corrales de cabras y de gallinas; el camino desciende paralelo a uno de los bordes del Barranco de Las Cuevas, barranco que aguas abajo se une al más profundo Barranco de Itóbal, muriendo éste no en el mar sino en la plataforma costera de Teno.

Cardones, verodes, tabaibas dulces, tabaibas mejoreras y demás plantas crasas, rupícolas y propias de la zona baja invaden los escarpes que nos van rodeando según descendemos.

Después de atravesar el cauce del tajo seguido y alejarnos de él, llegamos a un mirador natural, próximo al topónimo de Las Pareditas, y contemplamos dicha plataforma desde lo alto, parcialmente invadida por aerogeneradores e invernaderos, también el tramo bajo del Barranco de Itóbal y una porción del recorrido dejado atrás.

El trayecto que nos queda desciende de manera más notable en marcados zig-zags hasta la carretera que se dirige a Punta de Teno, por lo que para llegar al extremo noroeste de Tenerife hay que continuar por asfalto.

La porción de terreno junto al mar de suave pendiente, en el extremo noroccidental de la isla se conoce como Punta Teno. Es de formación más reciente que la Meseta de Teno, a mayor altura, y separada de aquella por vertiginosos barrancos de corto recorrido. Esta plataforma costera fue originada por las erupciones de los volcanes de El Vallado y La Sahorra, cuyas lavas bajaron por el Barranco de Las Cuevas desde La Meseta, ganando terreno al mar y creando esa especie de “isla baja”, al igual que en otros lugares del archipiélago. La plataforma dibuja una costa recortada, acantilada, de un par de decenas de metros de altura, abundando las caletas o entrantes, y los salientes o puntas, junto a grutas, arcos naturales o “bujeros”, charcos, etc.

Algunos restos fósiles de moluscos evidencian la existencia de antiguas playas elevadas sobre el nivel del mar actual, cuando el clima pasado era más cálido que el actual; además aparecen montones de conchas, como lapas, los famosos “concheros” que atestiguan el aprovechamiento humano de este molusco durante épocas pasadas.

El faro más occidental de Tenerife, situado en el saliente de Punta Teno o Punta La Aguja, se asienta sobre un volcán reciente desmantelado por la erosión marina. Al naciente, una serie de arcos, restos de antiguos conos, se suceden a lo largo de un tramo costero.

En esta porción costera, los mares bravos y “picados” o rizados, de barlovento contrastan con la apacible zona de calmas que suele extenderse por todo el suroeste insular, estando Punta Teno en uno de sus límites litorales, y que de manera regular, debido al régimen del alisio, forman una frontera marina más o menos nítida entre esos dos mares de comportamiento frecuentemente antagónico.

El espectáculo al sur de Punta Teno está en la corteza terrestre, ya que se elevan los colosales acantilados sobre el mar llano a sotavento, acantilados que son las desembocaduras de los profundos e impresionantes tajos que en una prolongada sucesión de entrantes y salientes, y sin tregua abarca todo el litoral existente entre Punta Teno y la lejana población de Los Gigantes. Así vamos adivinando las desembocaduras, del más cercano al más lejano, de los barrancos de Los Regatones, de Taburco, de Los Carrizales, de Juan López, de Masca y del Natero.