Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde la localidad de El Portillo, este sendero sigue la ruta nº 6 del parque nacional hacia Montaña Blanca, pasando por las Montaña de Los Tomillos y de Los Conejos, dos vetustos y desfigurados conos volcánicos que destacan sobre el pálido, vasto y lunático terreno pumítico, todo ello en lo que es el Camino Viejo de subida al Teide, con una aproximación más larga de lo que es el camino de ascensión típico al estratovolcán desde el aparcamiento situado en la base de Montaña Blanca. Tras una apacible y sostenida subida desde el comienzo a través de una senda bien marcada con piedras en sus bordes, el sendero aumenta la inclinación al aproximarnos a la base de Montaña Blanca y enlaza, al final, con la pista que sube por la ladera oriental de esa pálida mole satélite del Teide, mientras se divisan mirando al sur las caóticas y desgarradoras estribaciones de la Montaña Rajada. Siguiendo la larga y citada pista se sube hasta la amplia cima de Montaña Blanca, pasando al lado de las espectaculares y oscuras bombas volcánicas de los Huevos del Teide, desperdigados en medio del terreno pumítico, lo que añade un nítido contraste cromático al pálido entorno. Allí empieza el zigzagueante y polvoriento sendero de subida al Teide, que nos lleva primero al Refugio de Altavista (3.260 m. de altura) después de unas 3 horas de ascenso continuado. En la parte final el camino es empedrado, entre oscuros y ásperos malpaíses que esconden algunos túneles y recovecos como la Cueva del Hielo, alcanzando posteriormente La Rambleta, a 3.500 m.s.n.m., junto a la estación terminal del teleférico.

Ya solo queda superar el corto pero empinado tramo de El Pilón, el Pico del Teide (3.718 m.s.n.m.), de forma cónica, mediante el sendero “Telesforo Bravo”, con el permiso pertinente (trámite necesario por culpa del jodido teleférico, instalación turística que fomenta el turismo masivo en el corazón de todo un parque nacional, dos conceptos que deberían ser incompatibles y excluyentes entre sí, además de la contaminación visual que suponen las torretas y los cables que trasladan el funicular a lo largo de la ladera sur del Teide).

El Cabildo de Tenerife, como accionista mayoritario del teleférico, parece más preocupado por explotar turísticamente el parque nacional (ya más bien convertido en parque temático o de atracciones) y por recaudar pingües beneficios económicos que velar por el interés general de la isla y por la conservación del lugar. No es extraño que presuman de que es uno de los parques nacionales más visitados de España, lo cual resulta normal con la gestión llevada a cabo, pero no por ello necesariamente beneficioso para Las Cañadas del Teide. Sin embargo pocos hablan de las amenazas al espacio protegido como la proliferación de especies exóticas (conejos y muflones) que atentan contra la flora endémica, o de la descontrolada afluencia de visitantes en determinadas zonas del espacio volcánico.

¿Qué prevalece en un parque nacional, la conservación de la biodiversidad y del territorio o el negocio de unos cuantos?

¿Alguien se imagina un funicular en el Monte Perdido, en el parque nacional de Ordesa, o en el Pico Urriellu, en el parque nacional de los Picos de Europa o en el Pico Mulhacén, en el parque nacional de Sierra Nevada?

La Montaña debe ser para montañeros y con instalaciones de este tipo pierde parte de su atractivo, magia y encanto.

El camino de vuelta a El Portillo, una vez bajamos de nuevo hasta la falda de Montaña Blanca, puede variarse con respecto al de ida, siguiendo, desde poco más abajo de su unión con la pista de Montaña Blanca, el sendero nº 22, el cual se dirige casi directamente a los Riscos de La Fortaleza pasando por el Llano de Las Brujas, para luego seguir el sendero nº 1 que desde allí nos devuelve a El Portillo.

Los Riscos de La Fortaleza y el vecino de El Cabezón (que es la cúspide de la arista de la Ladera de Tigaiga, o escalón montañoso elevado uniformemente desde la costa hasta las cumbres insulares) resultan fáciles de ascender, y desde la cima de El Cabezón se tienen buenas panorámicas del Valle de La Orotava y de la Dorsal de Pedro Gil perfilando la vertiente opuesta del valle.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

 

La Ladera de Güímar limita el valle homónimo por el sur, a modo de arista que desciende uniformemente desde las cumbres de Izaña hasta el mar, por lo que en ella podemos encontrar todos los pisos bioclimáticos de la isla, desde restos de bosquetes termófilos en su parte media-baja hasta vegetación de alta montaña en la cima, pasando por una franja de monteverde y otra más ancha de pinar canario, además de una variada flora rupícola que crece en las riscos y en los paredones verticales que enlazan súbitamente con el legendario y profundo Barranco de Badajoz. La ruta que nos ocupa transcurre por la zona media de la ladera, a una cota de unos 1.000 metros de altura sobre el nivel del mar aproximadamente, dentro por tanto de la franja del monteverde de la ladera.

El sendero de las Ventanas de Güímar parte de la pista de Anocheza. Es una pista ascendente que recorre la arista de la Ladera de Güímar y que comienza cerca del punto kilométrico 35 de la Carretera General del Sur, tras una curva a la derecha, después de pasar el Mirador de Don Martín.

Una vez que hemos llegado a Anocheza es recomendable dejar el coche lo más arriba posible porque la pista es bastante empinada y además asfaltada hasta poco antes del Pino de Tomás Cruz, junto al grupo de antenas de comunicaciones y una tanquilla repartidora de aguas. Comenzaremos a caminar justo donde termina el cemento y comienza la pista de tierra hacia arriba. Tras haber recorrido unos 20 minutos aproximadamente llegamos al pino de Tomás Cruz, seguiremos subiendo por la misma pista un poco más adelante hasta llegar a una hilera de cipreses y un desvío hacia la derecha que indica el inicio de la ruta junto al canal, actualmente en desuso y sin portar agua.

En unos 20 minutos desde el inicio del sendero llegaremos a una pala accidentada junto al canal y justo detrás de ella encontramos la entrada del primer túnel. A partir de aquí todo el sendero se realiza siguiendo el canal en un trazado horizontal manteniendo la cota, canal en algunos tramos derruido por derrumbamientos y que va alternando entre lugares abiertos y galerías, y pese al vértigo que puede sentirse en algunos tramos donde las ventanas de los túneles (no todos los túneles tienen respiraderos o ventanas al adentrarse bastante en la pared de la ladera, disminuyendo así el trazado del canal) se abren al abismo, el único peligro es no golpearse con los laterales y el techo de los mismos, siendo imprescindible llevar casco y frontal.

Las vistas que ofrecen estas ventanas abiertas en los paredones (para mantener la iluminación natural en lo posible, para ventilar los túneles y para tirar escombros a medida que se iba perforando la roca) y del canal en general, cuando éste transcurre fuera de ellos, son sencillamente espectaculares e imponentes, percibiendo la inmensa verticalidad de los descomunales farallones basálticos que unen y a la vez separan el fondo del Barranco de Badajoz con la cada vez más elevada arista de la ladera. Los paredones y la verticalidad imperante atenazan los sentidos y esta sensación va aumentando al acercarnos a la parte más salvaje del tajo, cada vez más retorcido y angosto, imponiéndonos además otra limitación espacial, incluso en los tramos fuera de las galerías donde también se percibe una oscuridad ambiental impuesta por los paredones y por el propio cañón, y cada vez más enigmática, mientras vamos atravesando, por medio de este canal que parece perderse por momentos en las entrañas de las paredes de basalto, espectaculares fugas y barranqueras laterales que enfilan la mirada y el resto de los sentidos hacia el fondo del sobrecogedor, profundo y atractivo barranco.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Arbusto de hasta 1.5 m. de alto, con hojas trifoliadas, de forma aovada, y flores con cáliz glabro y estípulas libres y pecioladas, de color rosado o violáceas muy vistosas, floreciendo normalmente en junio y fructificando en agosto, produciendo bastante semillas con un alto grado de germinación, al menos en cultivo. No ocurre lo mismo en las poblaciones naturales debido a diversos factores.

 

Endemismo tinerfeño limitado a los barrancos adyacentes de la Ladera de Güímar y a los del Macizo de Teno, habitando entre los 300 y 700 m. de altitud sobre el nivel del mar, y con un área de distribución muy localizada y una población muy reducida en cuanto al número de ejemplares.

 

Vive en el piso bioclimático termocanario, en relictos de bosquetes termófilos y transición al fayal-brezal, y esporádicamente en comunidades rupícolas o cornisas inaccesibles de barrancos, lo que hace que estén más protegidas, pero con menor posibilidad de desarrollo y propagación.

 

Entre las amenazas se citan el ataque de herbívoros u otros animales, posibles talas, derrubios, etc.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En el Monumento Natural de Los Órganos aflora una de las zonas más antiguas de la isla de La Gomera (a la isla colombina se le supone una antigüedad de unos 12 millones de años y en los últimos 2 millones de años no se han registrado erupciones volcánicas en ella), con el primitivo complejo basal sobre el cual se construyó todo el edificio subaéreo. Se trata pues de un punto de gran interés geológico por su singularidad e importancia científica.

Sobresale además en el municipio de Vallehermoso el elemento natural de los acantilados de Los Órganos, de gran belleza paisajística, que constituye para la isla una estampa clásica de este sector costero.

Otras zonas importantes desde el punto de vista ambiental y paisajístico del noroeste de La Gomera son el Barranco de Vallehermoso, y sus ramales, como el Barranco de Los Guanches, en cuyas laderas se desarrolla el sabinar más extenso de Canarias, y también la escarpada costa norte y noroeste que se extiende desde Tamargada hasta el saliente de Bejira, pasando por los acantilados bajo la Punta de Alcalá, Cumbre de Chijeré y el propio Risco de Los Órganos, cobijando en toda la zona palmerales, sabinares, y también caseríos impregnados de aislamiento, tipismo y nostalgia, como es el caso de Arguamul.

Ruta de las Cumbres de Chijeré:

Esta es la zona situada más al norte de La Gomera, y posiblemente también la más aislada y despoblada. El sendero comienza en San Pedro, cerca de Vallehermoso. Asciende, penetrando rápidamente en el Barranco de Los Guanches, que como otros barrancos laterales dan forma y convergen en el amplio valle que domina el norte de la isla. 

Destaca en el recorrido el extenso sabinar que reviste las laderas del barranco formando un bosque abierto, no sólo de este barranco, sino también en buena parte del valle, desde las laderas de Tamargada hasta las propias de Chijeré y Arguamul. Sin duda es el sabinar más extenso de Canarias. En las crestas del valle se entremezcla y da paso al fayal-brezal, que forma una masa verde y tupida que, por ejemplo, tapiza la morra de Teselinde, montaña que se encuentra sobre la cabecera del barranco que vamos siguiendo.

Viejas y sumamente dispersas casas de piedra adornan las vertiginosas laderas, que se asocian con las esbeltas palmeras y las terrazas abandonadas para formar una imagen bucólica y remota, propia de otro tiempo, eterna e imperturbable; la senda es un viaje atrás en el tiempo, en estos rincones el tiempo se ha detenido, parece que nada ha cambiado ni va a cambiar por mucho que corran las agujas del reloj.

Llegamos a la parte alta. Por una pista de tierra se puede continuar hasta la Punta de Alcalá, donde las sensaciones del caminante alcanzan su plenitud. Vertiginosas laderas tras un vuelo vertical y libre nos transportan imaginariamente hasta el extremo norte de la isla, hundiéndose ésta irremediablemente en el océano. Desde aquí puede apreciase la gran amplitud del valle de Vallehermoso y las lomadas y roques repartidos por su interior. Donde estamos es un lugar de vientos, soledad, aislamiento supremo y por supuesto de sabinas, algunas de las cuales presenta el característico abatimiento impuesto por la persistencia del dios eolo. Regresando por la pista, a poca distancia de la Ermita de Coromoto, un corto sendero se desvía de la pista, transcurriendo paralelo a ella. Este tramo permite disfrutar de las vistas al otro lado del valle, de las vertientes que se desploman sobre la zona de Arguamul y Los Órganos, y que hacen volar los sentidos libremente hasta el encuentro con el mar. El verdor de estas cumbres se suma a la continua caída, a la alargada arista que sucumbe en el saliente marino de la Punta Bejira, distanciado mediante un abrupto y empinado litoral del destacado escarpe costero que guarda Los Órganos, paisaje que conjuntado con el azul marino forman en la retina una imagen repleta de colorido y contrastes, digna de un recuerdo eterno y altivo.

El camino finaliza en la otra ermita construida en estas cimas, la de Santa Clara, cerca de la verde y aplanada elevación de Teselinde.

Ruta de Arguamul:

Este es el lugar del noroeste isleño donde las lomadas y barranqueras pobladas de sabinares y palmerales y de olvidados y nostálgicos caseríos nos hacen viajar muchas décadas atrás.

Este recorrido transcurre en su totalidad por pista de tierra con algunos tramos recientemente asfaltados. La pista se toma en la Degollada de Epina, desviándonos de la carretera que une Vallehermoso con Epina.

La sabina coloniza estos pobres sustratos, formando sabinares extensos, uniformes y dispersos. En esta isla se hallan los mayores sabinares de Canarias, y una fiel muestra de ello son los que pueblan estas laderas y las del interior del Valle de Vallehermoso, abarcando de manera más o menos generalizada la parte noroeste de La Gomera, desde Tamargada hasta las laderas de Alojera.

Es territorio de sabinas, que al alcanzar las cimas montañosas, dan paso a los brezos, y cerca de la costa se acompañan de palmerales. En este recorrido, el primer palmeral que encontramos es el de Tazo. Puede decirse que en esta isla, cada pueblo, por pequeño que sea, está inmerso en un palmeral que en este caso le da más vida que las pocas personas que lo habitan.

Si seguimos andando, el último resquicio humano que hallamos es Arguamul, en un lugar donde parece que el tiempo se ha detenido para siempre; se percibe la tranquilidad que brota del silencio, del rumor del mar, de las casas abandonadas y diseminadas a lo largo y ancho de las laderas que caen abruptamente en la inmensidad del océano y de las calas recónditas.

En este lugar del confín gomero, se encuentran los Riscos de Los Órganos, a los que no se puede acceder por tierra. Al menos nos contentamos con ver desde la distancia los escarpes que se elevan del mar y que cobijan a esas peculiares formaciones geológicas. Ladera arriba, la Cumbre de Chijeré corona este bucólico paraje cuyas laderas me recuerdan a la costa norte de Anaga.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Este impresionante barranco surge del bosque de Garajonay en el sector suroccidental del parque nacional y es uno de los tres que desembocan en el de Valle Gran Rey aguas abajo. 

El Barranco del Agua adquiere su verdadera personalidad en un lugar situado entre los pueblos de El Cercado y Las Hayas. El salto existente en el lecho del barranco por debajo de El Cercado es sobrecogedor, divide el tajo en dos mundos antagónicos, como si fuera un punto de discontinuidad espacial en la faz de este planeta y en el propio barranco: por encima de dicha caída, el barranco se disfraza de suave y verde vaguada invadida por la vegetación; por debajo de ese brutal y vertical desplome de cientos de metros, dirigido al centro de La Tierra, el barranco parece que fue abierto a hachazos o producto de un desplome masivo súbito. Pensándolo bien, el susodicho salto debe tener un nombre que por más que busco en el mapa no lo encuentro

 

Si empezamos a caminar en El Cercado, podemos descender hasta el fondo del valle de Valle Gran Rey por la ladera sur de este descomunal tajo. A pesar de andar siempre con un ojo puesto en esa tremenda herida en la piel de La Tierra, que se abre al otro lado del camino, éste es bastante ancho, pues fue hecho para las bestias y además está empedrado, lo que nos hace ver su uso tradicional.

Algunas palmeras, formando pequeños grupos, piteras, sabinas y más arbustos se aferran a los verticales paredones que parecen advertirnos de la nota de vértigo que presenta aquí la vida mostrándonos las huellas de desprendimientos recientes. Parece mentira que por estas laderas existan caminos que comunican las poblaciones del fondo del valle con las de las alturas.

Al final, entre bellos y densos palmerales, el sendero llega al barrio de La Vizcaína, abandonamos los dominios de este barranco de corto pero intenso recorrido, y penetramos en la parte más baja, ensanchada, poblada y fértil del valle, donde los bancales han domesticado las verticales laderas del barranco para cultivos agrícolas, algunos de ellos actualmente abandonados.

Para volver a El Cercado, se puede subir por el camino del Lomo de la Laja, que comienza en el Retamal, a poca distancia de La Vizcaína, el cual asciende por la otra ladera del cañón. Nos dirigimos a ese lugar por asfalto.

La senda asciende de forma zigzagueante, empedrada y empinada, sobre todo al principio, y por supuesto, según se gana altura, las panorámicas del fondo del valle ganan en interés paisajístico, con la depresión enfocada al litoral y al océano, litoral flanqueado por sendas y empinadas vertientes, con los acantilados de Teguerguenche y La Mérica a cada lado, antes de que el Barranco de Valle Gran Rey muera plácidamente en el mar. Nos sentimos espectadores de excepción, como si estuviéramos cerca del palco presidencial que parece dominar este encantador paisaje en el que las dispersas y variadas infraestructuras humanas repartidas por el fondo quedan empequeñecidas frente a la magnitud vertical de las paredes del valle abierto a nuestros pies.

En la parte alta del barranco, mientras transitamos por el borde norte del Barranco del Agua, ya en suave subida en dirección a Las Hayas, se distingue el camino de bajada por la vertiente opuesta, y por supuesto, la vista se recrea en las entrañas de La Tierra siguiendo una angosta y larga fisura en el fondo del descomunal tajo, tapizada de una hilera frondosa y verde y, cómo no, en las fugas, cortados y andenes que dan forma a un impresionante imperio vertical que se adueña de este barranco de ensueño y de paso conquista nuestros sentidos y pensamientos.

En el tramo final, atravesamos la parte alta del barranco, por encima y a poca distancia de unas palmeras que embellecen el cañón y del salto al abismo comentado al principio de la ruta, que no solo hace que el barranco deje una marcada huella en la corteza terrestre, sino también en las retinas y en la memoria del senderista.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El conjunto del Parque Rural de Valle Gran Rey representa un extraordinario paisaje armónico de tipo rural y gran belleza, donde la erosión ha modelado una peculiar orografía contrastada de fuertes pendientes y fértiles valles. Constituye una muestra viva de coexistencia de hombre y naturaleza en un territorio intensamente abancalado, entre palmeras y construcciones de arquitectura tradicional, de gran valor histórico y cultural.

En los acantilados más inaccesibles se concentra una rica biodiversidad endémica, con abundantes plantas raras y amenazadas, la mayor parte de las cuales están protegidas por la legislación vigente. Otro tanto ocurre con la ornitofauna, que se concentra sobre todo en los acantilados de Argaga y en el charco de Cieno, con especies protegidas de alto interés científico.

Los macizos de La Mérica y los acantilados que franquean Valle Gran Rey constituyen elementos geomorfológicos singulares y representativos.

Mención aparte merece el Lagarto Gigante de La Gomera (Gallotia bravoana) que es uno de los vertebrados más amenazados del Planeta, ya que en la actualidad sólo se conocen unos pocos individuos localizados en el Risco de la Mérica y sus alrededores.

El lagarto gigante de La Gomera es un Lacértido incluido en el género Gallotia, un grupo endémico de las Islas Canarias. Las especies de este género presentan características inusuales o raras en el continente como una dieta preferentemente herbívora, una dentición y un aparato digestivo especializados y cierta tendencia al gigantismo. También pueden emitir sonidos, una capacidad que comparten con las lagartijas ibero-magrebíes del género Psammodromus, con las que además están emparentadas.

El lagarto gigante de La Gomera se distingue a simple vista de otros lagartos gigantes canarios por el intenso blanco que presentan en la garganta y en la región peribucal los individuos adultos. La presencia de una escama extra entre las placas parietales es desconocida en otras especies de la familia. Su coloración dorsal es parda y en los laterales se suceden pequeñas manchas azules. Actualmente los individuos de mayor tamaño apenas sobrepasan los 55 cm de longitud total y 300 g de peso. Sin embargo, y como podrá comprobarse más adelante, podrían alcanzar tamaños muy superiores.

Existen caminatas interesantes dentro del espacio protegido:

Ruta del Barranco del Agua:

Este impresionante barranco surge del bosque de Garajonay. Sin embargo adquiere su verdadera personalidad en un lugar situado entre los pueblos de El Cercado y Las Hayas. El salto existente en el lecho del barranco es sobrecogedor, divide el barranco en dos mundos antagónicos, como si fuera un punto de discontinuidad espacial en la faz de este planeta y en el propio barranco: por encima de dicha caída, el barranco se disfraza de suave y verde vaguada; por debajo de ese brutal y vertical desplome de cientos de metros, dirigido al centro de La Tierra, el barranco parece que fue abierto a hachazos. Pensándolo bien, el susodicho salto debe tener un nombre que por más que busco no encuentro en el mapa.

Si empezamos a caminar en el primero de esos caseríos, podemos descender hasta el fondo del valle de Valle Gran Rey por la ladera sur de este descomunal tajo. A pesar de andar siempre con un ojo puesto en esa tremenda herida en la piel de La Tierra, que se abre al otro lado del camino, éste es bastante ancho, pues fue hecho para las bestias y además está empedrado, lo que nos hace ver su uso tradicional. Algunas palmeras, formando pequeños grupos, piteras, sabinas y más arbustos se aferran a los verticales paredones que parecen advertirnos de la nota de vértigo que presenta aquí la vida mostrándonos las huellas de desprendimientos recientes. Parece mentira que por estas laderas existan caminos que comunican las poblaciones del fondo del valle con las de las alturas.

Al final, entre bellos y densos palmerales, el sendero llega al barrio de La Vizcaína, abandonamos los dominios de este barranco de corto pero intenso recorrido, y penetramos en la parte más baja, ensanchada poblada y fértil del valle.

Para volver a El Cercado, se puede subir por el camino del Lomo de la Laja, que comienza en el Retamal, a poca distancia de La Vizcaína, el cual asciende por la otra ladera del cañón. Nos dirigimos a ese lugar por asfalto. La senda asciende de forma pronunciada, sobre todo al principio, y por supuesto, según se gana altura, las panorámicas del fondo del valle, y también del litoral y del océano flanqueados por sendas y empinadas vertientes, ganan en interés. Nos sentimos espectadores de excepción, cerca del palco presidencial que parece dominar este paisaje.

En la parte alta del barranco, se distingue el camino de bajada por la vertiente opuesta, y por supuesto, la vista se recrea en las entrañas de La Tierra, tapizada de una hilera frondosa y verde y, como no, en las fugas, cortados y andenes que dan forma a un impresionante imperio vertical que se adueña de este barranco de ensueño. En el tramo final, atravesamos la parte alta del barranco, por encima y a poca distancia del salto al abismo comentado al principio de la ruta, que no solo hace que el barranco deje una marcada huella en la corteza terrestre, sino también en las retinas y en la memoria del senderista

Ruta del Barranco de La Matanza:

También desde El Cercado se puede descender por un barranco aledaño al de El Agua, concretamente se trata por el vecino por el este de aquel que converge en Valle Gran Rey. El Barranco de La Matanza, en cuanto a la dimensión vertical nada tiene que ver con su gigantesco vecino de la excursión anterior, más bien, al principio del camino parece una simple barranquera que sigue la cresta sur del grandioso farallón que se abre sobre el fondo del valle. Lo más destacable de este barranquillo son los palmerales y almendros que se extienden por sus suaves laderas y también por el cercano fondo, donde además se forman posas de agua, en las que une puede bañarse. Otro atractivo de esta ruta es el mirador natural que existe al otro lado de este poco profundo barranco, en el punto de máxima cercanía al paredón que se desploma sobre el fondo del valle, teniendo otra interesante perspectiva de ese lugar habitado, encajonado por estos precipicios que cortan la respiración.

Se puede llegar a la Ermita de Ntra. Sra. de Guadalupe, situada en la vertiente izquierda del barranco que venimos siguiendo, la cual se nos antoja bastante lejana de cualquier núcleo de población. Bajo ella, un sendero desciende al cauce del barranco, que a partir de ahora y hasta su desembocadura, a poca distancia del puerto de Valle Gran Rey, cambia de nombre, llamándose de Argaga, y además se profundiza entre palmerales que se encauzan por el fondo.

Si se quiere descender a Valle Gran Rey sin recorrer el Barranco de Argaga, también se puede cruzar el barranco a la altura de la ermita, alcanzar la degollada del Cerrillal, y descender con cuidado hasta el fondo del valle.

Ruta de Teguerguenche:

Desde Chelé, en el fondo de Valle Gran Rey, sube un camino hacia la degollada del cerrillal, situada en el borde de uno de los paredones del barranco. Pasado ese punto el camino se introduce en el Barranco de La Matanza, tajo que no es tan profundo como el vecino de donde venimos. Otro camino atraviesa el barranco y asciende por la ladera opuesta con las opciones de ir a El Cercado y a la Ermita de Guadalupe. Como en cualquier otro barranco gomero, no pueden faltar palmerales en las laderas y en el cauce y alguna que otra construcción de piedra, abandonada y semiderruida, que se mimetiza perfectamente con el paisaje. Es lo que queda de la existencia de las gentes de antaño, dura como el miedo en la que asentaba.

Sin abandonar la ladera del barranco de La Matanza, y dirigiéndonos hacia la costa se llega a otra degollada que nos vuelve a aproximar al grandioso tajo de Valle Gran Rey. Hacia la costa, el Barranco de La Matanza cambia de nombre y se profundiza sensiblemente, llamándose Barranco de Argaga. Nuestro destino se encuentra más cerca del mar, en la postrera elevación que separa en el tramo inferior los dos barrancos a izquierda y derecha, lugar conocido como Teguerguenche. Se asciende a ella resultando su cima una plataforma amplia y ligeramente inclinada hacia el mar. Para encontrar el borde de esta llanura que da al mar y que se precipita sobre la costa hay que continuar andando. Pero merece la pena asomarse al abismo, 500 metros sobre el mismo pueblo de Valle Gran Rey y sobre el fondo del valle. Parece que aquí alguien cortó la Tierra a hachazos. Son muchas ya las vistas sobre descomunales precipicios a lo largo y ancho de la geografía canaria, y la sensación de libertad, conquista y dominio vuelve a ser única. Asomarme a acantilados, que se desploman bien sobre el mar o sobre la plataforma costera, como es este caso, es una droga a la que no puedo renunciar. Se trata de pura adicción a estos lugares de vértigo sublime.

Desde esta privilegiada atalaya se divisa el trazado zigzagueante del camino que asciende del fondo del valle de Valle Gran Rey hacia La Mérica, senda que continua hasta Arure por el borde opuesto del tajo.

Al otro lado del Barranco de Valle Gran Rey, y un tanto escondida mirando desde arriba, se halla la Playa de Argaga, guardada por una larga cala que se prolonga hasta la Punta de Iguala y por acantilados no tan impresionantes y de menor altura que los que se derrumban desde Teguerguenche.

Otro camino sube por el fondo del Barranco de Argaga, y antes de llegar a la ermita de Guadalupe asciende en un marcado zig-zag directamente a las casas de Gerián, localizadas en el borde opuesto del Barranco de Argaga, a poca distancia de la ermita.

Ruta de La Mérica:

Un sendero recorre la cresta oeste del Barranco de Arure, transitando desde el Arure hasta Valle Gran Rey, pasando por la zona de La Mérica, un espectacular acantilado que se desploma sobre la desembocadura del tajo.

El pueblo y palmeral de Taguluche, rodeado por arriba, por el Lomo del Carretón; por el norte, por la recortada lomada de Tejeleche; por el sur, por el imponente Risco de Heredia, un desfiladero que parece detener el latido vital y con ello el paso del tiempo, y sobre el cual nos encontramos nada más salir de Arure en dirección a La Mérica.

Visto desde aquí arriba, Taguluche y su palmeral, parecen capturados en el espacio y en la eternidad mediante los salvajes riscos que los flaquean por todas partes menos por el mar. Al otro lado de ese espectacular panorama el Barranco de Arure excava esta parte de La Gomera, adueñándose del paisaje hasta confluir más abajo con el Barranco del Agua y el de Las Hayas y juntos originar el Barranco de Valle Gran Rey hasta la costa.

Manchas de pinar en las laderas y palmeras en el cauce tapizan el perfil del Barranco de Arure ya que allí donde el terreno permite la existencia de una mínima cantidad de suelo fértil, la vegetación no pierde la oportunidad de asentarse.

La parte más vistosa y profunda del Barranco de Arure comienza bajo el pueblo homónimo, profunda fisura en la corteza terrestre que se desploma sin contemplaciones hasta el recóndito fondo. Palmeras, pinos y bancales encuentran un resquicio para la vida, en un universo vertical donde imperan las fugas, las laderas rocosas y los desplomes de derrubios. Estrechos andenes y el cauce del cañón parecen los lugares adecuados para perpetuar la línea de la vida aguas abajo.

Un barranco es un oasis vital, donde se congrega diversa flora, que en otro caso se encontraría distanciados entre sí; no es raro ver tabaibas compartiendo el espacio limitado por estas arterias vivas con pinares, saucedas y manchones de monteverde, aprovechando estos últimos fuentes o nacientes de las paredes laterales.

Entre las sombras que se proyectan hacia el abismo, el fondo de estos tajos parece un “agujero negro” porque atraen la mirada, los pensamientos y todas las cosas hacia él.

Al otro lado del barranco descarnados y salvajes riscos se desploman directamente al océano a través de vertiginosas barranqueras, enfilando nuestra mirada en un vuelo fugaz y sublime, haciéndonos sentir buenas vibraciones.

Viejos hornos y alguna era junto a una arcaica casona nos acompañan durante la parte final de este aéreo recorrido, antes de descender por la ladera oeste del barranco hasta la población costera de Valle Gran Rey, donde las plataneras parecen resistirse a dar paso definitivamente al turismo.

La amesetada Fortaleza de Chipude se distingue más allá de los dominios verticales del Barranco de Valle Gran Rey, mientras enfrente del Risco de La Mérica la también espectacular lomada de Teguerguenche rivaliza en altura con ese vistoso topónimo. Cauce arriba el cauce de Valle Gran Rey se divide en tres impresionantes y angostos tajos, sobre todo el Barranco del Agua, excavado bajo El Cercado.

La ladera occidental del Barranco de Arure forma el imponente acantilado de La Mérica sobre la costa occidental gomera. Al llegar casi al borde del precipicio marino el camino zigzaguea de manera bastante marcada y como se ha dicho antes desciende hasta el cauce del Barranco de Valle Gran Rey.

 

Texto y Salvador González Escovar.

El Alto de Garajonay es el punto más elevado de la isla colombina con 1.487 m.s.n.m. La altiplanicie central donde se ubica este privilegiado mirador natural alberga, al amparo del manto de nieblas del alisio, una singular y tupida selva, conocido como monteverde o laurisilva, cuyo verdor permanente contrasta con los paisajes secos de las zonas medias y bajas de la isla.

De esta altiplanicie ondulada surgen de forma radial profundos barrancos excavados por la erosión, que junto con los impresionantes paisajes de terrazas, levantadas para extender el espacio agrícola, modelan y dan carácter a la isla.

La laurisilva es un bosque formado por gran variedad de árboles de hoja perenne cuya existencia está ligada a una elevada humedad ambiental y edáfica y temperaturas suaves con escasas oscilaciones anuales. Estas condiciones meteorológicas se dan en la zona de brumas de las fachadas norte de las islas centrales y occidentales, entre los 700 y 1.200 m. de altura, debido a la condensación del vapor de agua que portan las masas de aire ascendentes al toparse con el accidentado relieve.

El entramado vegetal es una auténtica esponja viviente y captadora de agua que retiene la humedad de las nubes, favoreciendo la recarga de los acuíferos insulares y, por tanto, el aprovechamiento del agua para consumo humano.

La laurisilva es un bosque relíctico, un refugiado forestal y una muestra de los bosques subtropicales que poblaron el área mediterránea hace varios millones de años, durante el Terciario, y que posteriormente desaparecieron del continente como consecuencia de cambios climáticos que apenas afectaron a los archipiélagos macaronésicos. Otra característica importante de su flora es su endimicidad, ya que aunque el número total de especies de flora vascular ronda los 400, de las cuales unas 20 son árboles, es crucial la proporción de especies exclusivas de estos bosques que viven en Canarias y cuya distribución se limita a la laurisilva.

A pesar de su aparente monotonía, la laurisilva del parque nacional de Garajonay alberga varios tipos de bosques: en los valles más húmedos y protegidos orientados al norte, el bosque alcanza su máxima complejidad y exuberancia con la laurisilva de valle; a medida que ascendemos y en los lugares más expuestos se empobrece gradualmente, perdiendo las especies más exigentes en humedad, formado la laurisiva de ladera, dando paso en las orientaciones sur al fayal-brezal, formación boscosa en la que dominan principalmente dos especies de árboles como son la faya y el brezo, las cuales soportan un ambiente menos favorecido por las nieblas; por último, a lo largo de la línea o cresta de cumbres, en los lugares de paso de los vientos alisios, se encuentran los brezales de cumbre, caracterizados por la abundancia de musgos y líquenes que tapizan los árboles a modo de barbas con un aspecto fantasmagórico y también el suelo.

La laurisilva domina el paisaje de Garajonay, pero otros hábitats, como los ligados a arroyos y a las paredes rocosas y roques, testigos de viejos conductos y chimeneas volcánicas, enriquecen el paisaje y son importantes refugios de especies botánicas raras y amenazadas de extinción.

Para subir caminando al Alto de Garajonay atravesando buena parte del parque nacional se puede empezar en Hermigua, concretamente en la parte alta del alargado pueblo (El Convento). El camino asciende por uno de los ramales del Valle de Hermigua entre las postreras casas de la población y bancales de cultivo, pasando más adelante cerca de una presa alimentada con el agua que mana del bosque en el que penetraremos más arriba.

Luego la senda se inclina considerablemente mediante escalones de piedra para salvar el desnivel impuesto por la imponente caída que forma la cascada de El Chorro al precipitarse el arroyo de El Cedro a través de una grieta en el descomunal desfiladero que nos rodea por todas partes menos por dónde venimos.

El bosque propiamente dicho comienza en el borde del acantilado, que ofrece buenas vistas del valle dejado atrás, a las puertas del diseminado caserío de El Cedro.

Ahora la pendiente de subida suaviza y el monteverde se torna cada vez más umbrío, frondoso y mágico, avanzando durante un buen rato al lado del arroyo permanente de El Cedro, y con las ramas de los árboles entrelazadas entre sí, formando una enmarañada red vital, una esponja viviente que no solo atrapa la humedad ambiental sino también nuestros sentidos y pensamientos. No hay paisaje más allá del bosque, o tal vez el caos de ramas, musgos y líquenes filtrando la luz solar y la niebla, junto a los sonidos que nos envuelven y la hojarasca seca en el suelo, forman un paisaje y un horizonte vital en sí mismo.

Después de un alto en el camino junto a la coqueta ermita de Lourdes, nos acercamos a la zona de Las Mimbreras, donde se aprecia un claro ejemplo de la laurisilva de valle con orientación norte, la más biodiversa y exuberante en cuanto a especies forestales presentes, una de las modalidades o tipos de bosque de laurisilva que existe en el amplio abanico del monteverde canario.

En ese punto el camino seguido atraviesa la larga pista forestal que viene desde Mériga en dirección al mirador de El Bailadero (siguiendo el límite norte del parque y que discurre al principio por formaciones degradadas y un tanto humanizadas de monteverde) y sigue subiendo hacia El Contadero, atravesando las diferentes comunidades de laurisilva propias de las orientaciones norte del bosque de Garajonay.

En un momento dado el camino se aleja definitivamente del cauce y del arroyo que nos ha acompañado desde el inicio y el bosque se vuelve más seco, con un menor desarrollo de los árboles y por tanto menos sombrío, ganando protagonismo la presencia de brezos y fayas; vamos superando la altura de la zona de influencia directa del mar de nubes en el bosque, hecho que también parece repercutir en nuestro cansancio acumulado.

Al llegar a El Contadero atravesamos la carretera de la cumbre. Poco más arriba, si el día está despejado, la mirada, hasta ahora confinada en el interior del bosque, se relaja volando lejos y libre, divisando parte del bosque de Garajonay que hemos atravesado y dejado atrás, localizando visualmente algunas casas del poblado de El Cedro, perdidas en medio del bosque que forma una alfombra verde extendida hasta los pálidos roques de Agando y compañía, cuyas cimas sobresalen en la distancia.

Aún con más suerte panorámica se puede divisar Tenerife y su Teide, que parecen levitar sobre el brazo oceánico que nos separa de esa isla.

Seguimos subiendo hacia la cumbre insular y realmente ya poco queda de la frondosidad y pureza del bosque de Garajonay dejada atrás, pasando por zonas abiertas y degradadas, sobre todo después del gran incendio forestal del año 2012 que arrasó el 20% de la superficie del parque nacional, especialmente afectada fue la zona de fayal-brezal más elevada y orientada al sur, actualmente en fase de restauración y repoblación forestal.

Al poco tiempo llegamos al Alto de Garajonay, como cualquier cumbre un lugar ceremonial importante para los montañeros, al igual que antiguamente para los pobladores aborígenes de la isla que llevaban a cabo sacrificios de animales, rituales y ofrendas a sus divinidades.

Nuestra celebración al alcanzar la cima gomera es mucho más prosaica y mundana, recorriendo con la mirada los 360º a la redonda alrededor de esta atalaya y agradeciendo a la “divinidad” meteorológica que el día esté despejado hasta donde alcanza la vista, pudiendo disfrutar del paisaje isleño desde su punto más alto e identificar puntos singulares de su geografía, además de las siluetas de las islas de Tenerife, La Palma y El Hierro en la distancia y en diferentes puntos cardinales. Desde este lugar, bajo el verde manto de esta extensa altiplanicie, nacen los profundos barrancos que surcan radialmente el accidentado relieve gomero, aunque desde aquí arriba resultan poco apreciables.

La Fortaleza de Chipude es la montaña más destacable que se contempla desde el Alto de Garajonay, escondiendo el Barranco de Erque en una de sus laderas. Más al oeste, se divisa la seca cresta de La Mérica, ocultando el Barranco de Valle Gran Rey. Hacia el noroeste la verde loma de Teselinde y las cumbres de Chijeré hacen lo propio con el Barranco de Vallehermoso. Mirando al noreste la verde y escarpada lomada de Enchereda cobija el Valle de Hermigua y finalmente para cerrar el círculo panorámico las cimas de los roques de Agando y de La Zarcita dan una nota rocosa y grisácea en el manto verde dominante.

También se puede subir a la cumbre insular empezando en el Barranco de El Rejo, junto a la carretera de montaña que va de Hermigua a El Cedro, tajo que es otro ramal abierto en la cabecera del Valle de Hermigua, superando entonces la cresta divisoria con el ramal de El Chorro, y posteriormente descendiendo hasta El Cedro, donde se une al camino descrito, o bien una vez arriba en la divisoria, sin descender al caserío siguiendo la pista forestal que enlaza con ese mismo recorrido en las zona de Las Mimbreras.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El Follao o Afollado (Viburnum rigidum) es un llamativo arbusto que no llega a tener un porte de auténtico árbol.

Sus troncos, marrón-rojizos, con visos de plateado, y ramas delgadas y flexibles se entremezclan formando un conjunto aparosaldo de 2, 3, o pocos más metros de altura.

Pertenece a la familia de las caprifoliáceas, sus hojas son simples, de forma ovaladas o ligeramente lanceoladas, vellosas por ambas caras, rugosas al tacto, de terminación aguda a acuminada, con nervios prominentes y bordes enteros.

Flores agrupadas en racimos umbeliformes densos y blancas.

Frutos de color azul oscuro a púrpura metálico, de forma subglobulares u ovales, de unos 7 mm de longitud en la madurez.

El hábitat lo forman los bosques de laurisilva, especialmente en zonas degradadas del mismo, fayal-brezal y pinar mixto, viviendo preferiblemente entre los 600 y 1.500 metros de altura sobre el nivel del mar en todas las islas a excepción de Fuerteventura y Lanzarote. 

Es una especie endémica de Canarias que tiene parientes en las Islas Azores y en Europa.

Texto y fotos de Salvador González

Esta especie de tabaiba es un arbusto de hasta 2 metros de alto, de crecimiento rápido y vistosa, con tallos de color marrón claro y muy ramificado.

Hojas agrupadas en el extremo de las ramas, deciduas casi en su totalidad. Las hojas tienen forma estrechamente lanceolada y borde entero.

Inflorescencias dispuestas a modo de umbelas, numerosas y llamativas por su coloración amarilla-verdosa y las brácteas florales muy grandes, fusionadas por lo menos en la mitad de su longitud, iniciando su floración a finales del invierno y fructificando en verano.

Frutos en forma de cápsula dura, de color marrón claro o amarillentas con semillas abundantes de fácil germinación.

Es una tabaiba endémica de La Gomera y Tenerife, rara en su ambiente natural, habitando preferentemente dentro del sector septentrional de La Gomera, entre los 500 y 800 metros de altura, y en Tenerife en La Ladera de Güímar, y en los macizos de Anaga y Teno, creciendo en matorrales ligados a áreas marginales de la laurisilva y en las transiciones a bosques termófilos de acebuches y espineros y siempre en orientaciones frescas.

Al tratarse de una especie poco apetecible para el ganado y por su adaptación a situaciones degradadas sobrevive sin aparente dificultad dentro de su área de distribución, no observándose disminución en las poblaciones conocidas, aunque éstas no presenten gran cantidad de individuos.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Un sendero interesante y panorámico parte de la Degollada de la Cruz Grande, y desde allí se sigue la pista de tierra que en poco tiempo nos introduce en el espacio protegido del Pinar de Pilancones y nos conduce a la Degollada del Dinero; a continuación un sendero señalizado (S 60) desciende por la vertiente de Pilancones, pasando bajo el escarpado Morro del Guirre (1.301 m.s.n.m.) y caminando en dirección suroeste. Luego vuelve a aproximarse a la cresta divisoria que separa Pilancones y la cuenca de Chira, rumbo a la Degollada del Sordo, lo que permite divisar simultáneamente los paisajes que ofrecen ambas empinadas laderas repletas de extensos pinares maduros, sobre todo los de Pilancones.

La presa de Chira y el caserío de Cercados de Araña quedan a nuestros pies, en el fondo del Barranco de Chira, mientras el destacable y espigado Morro del Yerbahuerto (1.315 m.s.n.m.), saliente rocoso que sobresale del pinar, corona la empinada ladera que tenemos por delante.

Desde la Degollada del Sordo podemos rodear completamente esa montaña, adentrándonos nuevamente en la parte alta del pinar de Pilancones, contemplando desde lo alto como algunos estriados precipicios rompen la hegemonía del pinar y profundizan el tramo superior de estos barrancos, los cuales se abren paso hacia las medianías sureñas.

Estando en la degollada resulta más sencillo coronar el Morro del Yerbahuerto, para lo cual, después de que el camino discurra por el pinar de la ladera y supere un repecho por la fachada norte del morro, hay que subir finalmente durante un corto trecho por una pista de tierra a la que va a dar el sendero seguido.

La suave lomada oeste seguida por la pista hasta la cima del Yerbahuerto (donde existe un gran antena y casetas de telecomunicaciones) contrasta con la que se derrumba vertiginosa y abruptamente bajo el perfil oriental del morro, por lo que el camino no tiene otro destino que finalizar en esta vistosa cumbre, la cual nos obsequia con sobrecogedoras, extasiantes y amplias panorámicas 360º a la redonda.

Desde la cumbre del Morro de Yerbahuerto o desde sus inmediaciones la altura ganada es la suficiente como para gozar plenamente del paisaje que nos rodea, ya que se tienen unas vistas muy sugerentes de la zona central y sur de la isla; para empezar seguimos con la mirada parte de la ruta que nos trajo hasta aquí a través del tramo alto del pinar de Pilancones, después de haber asimilado el repentino e inesperado shock visual que supone asomarse al abismo abierto al vacío bajo la escarpada arista oriental de la montaña, contemplando la inmensa cuenca de Pilancones desde las alturas. Se divisa la presa de la Gambuesa bastante abajo, bajo el pinar de Pilancones, en el Barranco de Ayagaures, y parte del recóndito caserío de Las Tederas cauce arriba y en la base de la mole de la Montaña Negra, escarpe elevado desde el mismo fondo del barranco y que divide el devenir de sendos tajos en diferentes ramales en torno a esa montaña interior.

El Morro de la Cruz Grande destaca en la cabecera del sector oriental de la cuenca de Pilancones y otros escarpes cercanos a la Degollada de La Manzanilla ocultan la visión del más lejano Barranco de Los Vicentes, perteneciente también al espacio protegido del Pinar de Pilancones.

En el plano corto y vertiente abajo mirando a través de la ladera norte del alto del Yerbahuerto, al otro lado del sector de Pilancones, la vista encuentra, tras un empinado declive, la presa de Chira, cercana a la gran y desolada mole del Montañón, el cual forma un gran precipicio sobre el Barranco de Arguineguín, tajo poco apreciable desde esta atalaya.

Sobre la vertiente occidental de ese largo tajo se eleva la voluminosa mole de Tauro, y de nuevo en horizontes más lejanos, pero ahora dejando volar la mirada hacia el oeste, llama la atención la piramidal Montaña Adlobas, dentro del Macizo del Suroeste.

Hacia el noreste se divisan las cumbres insulares del Roque Nublo, Pico de Las Nieves y la parte elevada de los imponentes Riscos de Tirajana, formando un magnífico telón de fondo que corona los paredones por los que circula el Camino de La Plata y los que rodean Ayacata, como los Riscos de Chimirique y del Aserrador.

Desde esos riscos verticales y marrones, las encantadas retinas siguen el recorrido visual por la cresta norte del Barranco de Ayacata, situada más allá de la presa de Chira y la más lejana de Las Niñas, reconociendo las montañas o roques que coronan el Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales, como el Lomo de Los Almaceres, Morro de Pajonales, Morro de La Negrita, Montaña Alsándara, y finalmente, en las postrimerías occidentales

Desde la cumbre del Morro de Hierba Huerto volvemos sobre nuestros pasos hasta encontrar un cruce de caminos, eligiendo el que nos baja a la presa de Chira, y desde ahí remontamos por el fondo de esa cuenca, al principio por asfalto, hasta llegar a la Degollada de la Cruz Grande, cerrando así el circuito senderista.