RISCO DE TENO. TENERIFE

13 marzo, 2017


Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde la carretera que se dirige desde Buenavista a la Punta de Teno, a la altura de unos embalses circulares junto a la calzada, sube el Camino del Risco, en dirección a Los Bailaderos o Teno Alto.

Siguiendo el tramo bajo del Barranco de Bujamé y uno de sus ramales, el Barranco del Aderno, la senda gana rápidamente altura transitando entre las agrestes, vertiginosas, salvajes y desgarradas laderas rocosas del Risco de Teno, repletas de diques y oscuras cuevas que la erosión nos va mostrando tras millones de años de incesante desmantelamiento.

Algunas barranqueras de corto, pero empinado recorrido, como los barrancos del Aderno, de Cabocos, del Monte y de Chagüigo surgen de las tierras altas, encontrándose parcialmente revestidos de monteverde en dicha parte superior a la cual nos dirigimos. El inclinado sendero se encuentra empedrado hasta ascender al borde del precipicio, pues era utilizado desde la antigüedad como vía de comunicación entre la Meseta o Altiplanicie de Teno y la plataforma costera conocida como Isla Baja.

A pesar de los agrestes riscos multitud de plantas encuentran refugio en los alrededores del sendero, como vinagreras, verodes, balos, cardones, cornicales, tabaibas amargas, tabaibas mejoreras, tasaigos, matos riscos, cardoncillos, duraznillos, jazmines, guaydiles, tajinastes, jocamos, magarzas, flores de mayo, leñas buenas, morgallones, cerrajas, corazoncillos, siemprevivas, malvas de risco, bicácaros, algaritofes, granadillos, mosqueras, bejeques, amargosas…algunas de ellas especies botánicas no precisamente rupícolas.

La erosión durante millones de años ha esculpido cuevas naturales, desgastado coladas, escorias y diques que componen un decorado geológico que muestra su historia evolutiva.

La zona que abarca esta ruta presenta aspectos apropiados para el cuidado del ganado, como son los pastos de Teno Alto y la despensa veraniega que representa el monteverde que yace bajo el Pico Baracán. La proximidad del mar, a su vez fuente de recursos alimenticios, la existencia del agua, que aunque en caudales pobres se esparcía por la comarca en decenas de manantiales. Y por último la presencia de refugios naturales hace del lugar un enclave ideal para el desarrollo pastoril que, por su aislamiento secular, ha pervivido hasta nuestros días, junto a otras costumbres ancestrales como enterramientos, ritos funerarios, transporte de difuntos a lomos de bestias y de los vecinos por estos salvajes escarpes, todo ello como parte de una cultura que parecía anclada, secuestrada por el accidentado relieve y detenida en el tiempo hasta hace pocas décadas.

Al llegar al borde del precipicio nos encontramos restos de un posible tagoror cuya forma recuerda a una era, mientras la verticalidad del tramo anterior da paso a un relieve dominado por suaves lomas y algunas pinceladas de cárcavas erosionadas y de color ocre en el terreno, paisaje de aspecto un tanto desértico a pesar de la altura a la que estamos y de acercarnos al monteverde formado por bosquetes y manchones de fayal-brezal. Entramos en el altiplano de Teno, entorno que parece antagónico al que me viene a la cabeza al pronunciar ese topónimo de cuatro letras; esto es, un mundo vertical formado por profundos barrancos, despiadadas fugas y abismales acantilados marinos. En el Macizo de Teno hay espacio para todo, de ahí su grandeza y contrastes. Desde ese lugar a modo de mirador queda poca distancia hasta llegar al núcleo de Teno Alto, se ensancha la senda a seguir y disminuye su inclinación.

Desviándonos de la ruta a seguir podemos recorrer la arista cimera del Risco de Teno para tener una grandiosa, nueva y espectacular perspectiva de la Isla Baja y del empinado tramo que hemos recorrido hasta aquí desde la plataforma costera, y además recorriendo con la mirada todo el litoral norte de Tenerife hasta la Sierra de Anaga, pasando por el Roque de Garachico, Acantilados de Interián, Tierra del Trigo, la comarca de Daute, etc.

Nuevamente, andando por uno de los filos de Teno se percibe con intensidad la personalidad del paisaje: precipicios verticales que se desploman sobre el océano o sobre la plataforma costera, que detienen la respiración, que intimidan y que a la vez entusiasman al dispararse la adrenalina, fugas por donde enfocar la mirada al abismo y en definitiva bordes de un risco que parecen la lanzadera perfecta para las sensaciones, sentidos y pensamientos, volando éstos tan lejos y profundo como la mirada.

Al llegar al borde del acantilado sobre la humanizada plataforma costera de Buenavista, viramos al oeste y atravesamos el Barranco de Ajoque por donde forma una suave vaguada en el terreno, antes de que el tajo se enfile vertiginosamente al mar al igual que tantos otros de corto pero vertical trazado.

Se puede seguir transitando por el límite de la Meseta de Teno en dirección al Barranco de Itóbal, intentando caminar lo más próximo posible al borde del acantilado marino, permaneciendo sobre los desfiladeros, avistando desde lo alto algún tramo de la sinuosa y estrecha carretera que se dirige a la Punta de Teno, la cual me sirve de referencia humana y pienso en la dificultad para construirla a través del risco, a la vez que se escucha el rumor marino y el viento remontando las fugas como sinfonías de fondo al silencio que brota de estos brutales farallones, en uno de los rincones isleños más salvajes y aislados, en un lugar en el que no solo divaga y vuela la mirada sino todo aquello que me hace ser, sentir y pensar.

En los barrancos y acantilados de Teno el relieve parece adoptar la máxima expresión de vértigo y verticalidad, haciéndose notar, como si no quisiera surcar sin pena ni gloria la piel planetaria, como si se rebelara o resistiera a sucumbir y ser tragado por el océano de una manera plácida.

En estos confines insulares mi particular horizonte de sucesos se reduce a una frontera nítida y cercana, más allá de la cual impera el abismo y el azul intenso y apacible del océano que inunda las retinas. Las sensaciones que transmiten el vacío espacial y el salvaje relieve se mezclan con la serenidad que emana del mar, la cual sosiega mis extasiados y abrumados sentidos.

Y así, en el borde de uno de los tantos desfiladeros de este macizo saboreamos la mágica esencia de Teno: acantilados y mar; agua y barrancos; viento, bruma, aislamiento y silencio. Una isla dentro de otra. Un mundo aparte. Un lugar de otro tiempo. La propia Tierra en caída libre.