Texto y fotos de Salvador González Escovar.

 

Desde el mirador-aparcamiento junto a la Montaña Samara, a unos 1.700 m.s.n.m., el camino a seguir asciende sostenidamente pasando cerca de la ladera sur del Volcán de La Botija en dirección a la Montaña Reventada, la cual se encuentra a una altura superior que los volcanes anteriores, en la parte alta de la Dorsal de Abeque y bajo la imponente fachada oeste del Pico Viejo.

La dorsal volcánica de Abeque o del noroeste de Tenerife es un inmenso campo volcánico que se extiende desde la cabecera del Valle de Santiago del Teide, en las cercanías del Macizo de Teno, hasta la base de la vertiente occidental del estratovolcán Teide-Pico Viejo. Son muchos los volcanes que forman la particular Ruta de Los Volcanes de Tenerife, desde el Volcán Bilma, en la parte baja de la Dorsal de Abeque, hasta la Montaña Reventada, pasando por la Montaña del Estrecho, Montaña de La Cruz, Volcán Chinyero (la última erupción volcánica acontecida en la isla en el año 1909), Montaña de Los Poleos, Montaña Samara, Volcán de La Botija y Montaña de la Cruz de Tea, configurando un paisaje que alterna elementos volcánicos entre los que destacan malpaíses, escorias y vetustos conos, acompañados del pinar canario.

En esta ocasión la nieve añade un plus de belleza y contraste al desolado, lunático y primigenio entorno volcánico, pero a la vez dificulta la marcha a través de las pendientes parcialmente nevadas, en especial aquellas situadas a mayor altitud por donde discurre el sendero.

Todos estos conos volcánicos presentan unas laderas desoladas, lisas y oscuras, pero además en la Montaña Reventada se observa la lengua de lava solidificada que brotó del cráter, abriendo el volcán por el flanco occidental y que avanzó cientos de metros ladera abajo formando una caótica barranquera de rocas y malpaís en el terreno.

Un pino junto al volcán forma una imagen en la retina que vale más que mil palabras, como si fuera una solitaria bandera que simboliza la conquista de la vida y de paso originando un profundo contraste entre la existencia y la desolación volcánica reinante.

El sendero se aproxima al cráter y luego se aleja en dirección a Cuevas Negras, un lugar donde encontramos, además de los omnipresentes y oscuros campos de escorias y malpaíses, otros componentes volcánicos como lavas cordadas, caletones, bombas volcánicas de curiosas formas, cuevas (valladas), arcos y túneles volcánicos.

Calificativos como lunático, virgen, primigenio, yermo, baldío, desolado, mineral y siniestro resultan apropiados para describir el entorno en el que nos encontramos. Parece que estamos transitando por otro planeta y nos sentimos alienígenas o seres extraños en este mundo que inunda los sentidos con una belleza desnuda y áspera. Vamos caminando por este joven sustrato, a escala temporal geológica recién nacido de las entrañas de La Tierra, bajo la espectacular y grandiosa mole del Pico Viejo que apenas le deja protagonismo al Pico del Teide, el cual solo en determinados puntos de la ruta y sutilmente asoma detrás.

Después de pasar por Cuevas Negras seguimos por el sendero nº 38, a medida que por aquí las retamas, codesos, rosalitos, fistuleras, margaritas, alhelís y demás plantas típicas de la vegetación de alta montaña canaria van colonizando este vasto territorio, descendiendo y llegando poco después al cruce con el sendero nº 9, camino que nos conduce al mirador de Las Narices del Teide.

Desde ese lugar un sendero un tanto perdido gana altura en dirección directa al Pico Viejo, al principio suavemente por terreno pedregoso, y más adelante por terreno corredizo y bastante inclinado de lapilli, bordeando uno de los primeros y oscuros conos volcánicos de las Narices del Teide que nos encontramos en el ascenso; hay que dejar atrás estas bocas eruptivas abiertas durante el año 1798 en la fachada occidental del Pico Viejo hasta alcanzar el sendero más claro pero igualmente empinado que sigue subiendo hasta alcanzar el borde del cráter de ese gran volcán.

Pero antes de seguir subiendo nos tomamos un respiro en la parte más elevada de esta sucesión volcánica de Las Narices del Teide, esparcida por el flanco occidental del Pico Viejo, divisando los diferentes conos y hoyos que salpican esta lunática, chamuscada y desolada ladera.

La altura ganada hace que el paisaje a nuestros pies haga olvidar el esfuerzo de la subida hasta aquí, contemplando la parte occidental del Anfiteatro de Las Cañadas, como los Roques del Cedro, la Montaña Gangarro, El Sombrerito y el Roque del Almendro, entre otros, sobre los extensos malpaíses vomitados por estas bocas eruptivas donde nos ubicamos, coladas de lava que vistas desde arriba nos parecen desproporcionadamente enormes con respecto a los volcanes que las originaron, pensando que tal vez el Pico Viejo debería tener una altura o volumen mayor antes de 1798 debido al proceso del vaciado magmático que aflora a la superficie durante la erupción; una de las 2 coladas de lava que surgió de este lugar se esparció hasta Boca Tauce y la otra, de menor extensión, se dirigió por la vertiente oeste. Precisamente bajo dicha vertiente contemplamos el gran pinar de Guía de Isora junto al campo saturado de volcanes de la Dorsal de Abeque, formando la continuidad volcánica bajo el grandioso estratovolcán que remontamos, divisando la cadena volcánica que se prolonga hasta las inmediaciones del Macizo de Teno, la cual domina el paisaje de gran parte del noroeste insular.

Nos queda la segunda parte de otra buena subida hasta el borde oeste del cráter del Pico Viejo y además bastante inclinada avanzando a medias entre rocas y zonas de lapilli.

En la falda suroccidental de este gran volcán que cansinamente vamos coronando, sendas lenguas de oscuro malpaís o de lava solidificada se desparraman, la mayor de ellas en dirección a Boca Tauce y abarcando todo el espacio existente entre los Roques del Cedro y las Narices del Teide, que son las auténticas bocas eruptivas, montículos y cráteres que originaron ese siniestro y sepultador paisaje, y localizadas a media ladera en la vertiente occidental del Pico Viejo. Este camino no pasa junto a ellas pero se percibe y se siente su presencia desde la distancia.

Cerca del borde del cráter del Pico Viejo, dejando caer la mirada por la ladera, podemos ver el interior de uno de esos 4 o 5 oscuros cráteres que forman la agrupación volcánica en la ladera del Volcán Chaorra.

Después de la subida final que se hace larga, se llega al límite del cráter del Pico Viejo, a unos 3.000 m. de altitud. Al llegar al límite del socavón cumbrero nos encontramos sobre la parte más profunda del cráter, de aspecto caótico con grandes rocas desperdigadas por el fondo. El fondo de la porción oriental del hoyo es más llano y se encuentra bajo el punto más elevado del Pico Viejo, a 3.134 m.s.n.m. El hoyo es realmente gigantesco, de unos 800 metros de diámetro, irregular, con paredes infranqueables y prácticamente verticales, salvo por su borde oriental, por el que parece posible penetrar en el cráter y llegar a una planicie bastante extensa y que no es la parte más honda del mismo. La zona más profunda se ubica bajo el borde occidental, y por supuesto rodeada por flancos más espectaculares. Sin duda se trata de uno de los cráteres más descomunales e imponentes de Canarias.

El sendero continúa en dirección al Teide, bordeando el gran cráter por el lado sur, lo que permite contemplar toda la vertiente sur del Pico Viejo que emerge del Llano de Ucanca y de la vecindad de los lejanos Roques de García. Así mismo la mirada se detiene en la gran longitud del anfiteatro que encierra por el sur la caldera de Las Cañadas, recordando cada uno de los puntos culminantes de oeste a este, como El Sombrerito, el Roque del Almendro, el Sombrero de Chasna, las Cumbres de Ucanca, Guajara, Pasajirón y el Roque de La Grieta, atalayas cuyas alturas ya hemos superado con creces al transitar por el borde de este volcán.

El punto más elevado del Pico Viejo se halla en un montículo sobre el borde oriental del cráter, a 3.134 m.s.n.m., lugar desde donde volver a contemplar la inmensidad y desolación del hoyo a nuestros pies, así como todo el perímetro del cráter.

Me gusta subir montañas solitarias, salvajes y elevadas, allí donde saborear el aire leve que envuelve las cumbres, esos dos elementos naturales que hacen levitar mi insignificante existencia sobre este paisaje encantador y virgen, donde percibir la magia del momento clímax de la jornada, donde sentirse afortunado y libre en medio de esta naturaleza primigenia, pura y salvaje que nos rodea, donde escuchar el silencio únicamente roto por el viento acariciando el rostro y las rocas, y en definitiva donde dejarse llevar por los pensamientos y emociones que vuelan tan lejos y profundo como la mirada. De espaldas al cráter solo supera nuestra altura la parte terminal de El Teide, los últimos 600 metros de desnivel con respecto al techo de España.

Entre Pico Viejo y la ascensión final al Teide existe una suave vaguada pumítica atravesada por el camino. Tierra de volcanes, tierra de contrastes, cuanto más cerca mejor, pues lo siguiente que encontramos resulta absolutamente antagónico a ese terreno pálido, fácilmente transitable y suavemente ondulado al que es fácil acostumbrarse; de repente el sendero parece perderse entre las negras, brillantes, ásperas y vivas rocas volcánicas que forman otro malpaís que se extiende hasta La Rambleta, bajo El Pilón terminal de El Teide. Ahora se trata de ir buscando y siguiendo los mojones de piedra que se confunden con el caótico y siniestro sustrato volcánico, para avanzar por esta lengua de lava petrificada. El cono terminal del Teide que tenemos delante y cada vez más cerca, con sus lisas y empinadas laderas de color marrón oscuro, contrasta sobre este hostil y áspero medio por el que avanzamos, sintiéndonos insignificantes e intrusos en este entorno que parece recién chamuscado en el horno interno planetario, recién vomitado por las entrañas del Teide donde moraba Guayota, el espíritu maligno al que temían los guanches. Estando en lugares como éste, ciertamente no hay que recurrir a seres sobrenaturales ni espíritus para sentir admiración e incluso veneración por esta montaña y por la furia interna de un planeta vivo.

Al fondo y a nuestras espaldas de este descomunal malpaís por el que vamos subiendo divisamos el cráter del Pico Viejo, cada vez más lejos y más abajo. Más allá de él, si hay buena visibilidad se avistan parte del sur y oeste insular y las islas de La Gomera, El Hierro y La Palma.

El recorrido pasa por La Rambleta, a unos 3.500 m.s.n.m., junto a la caseta y a la estación terminal del nefasto teleférico con sus torretas, un conjunto extraño en este paisaje casi primigenio, virgen y salvaje, que afean el paisaje y desnaturalizan una montaña que hasta parece despojada de la altivez que indican los mapas. No me gusta que el ser humano domestique montañas de esta manera ya que pierden su esencia y magia; además esas instalaciones promueven el turismo masivo, convirtiendo el símbolo montañoso del parque nacional y de la isla en una especie de parque de atracciones invadido por turistas. El turismo masivo debería ser incompatible en un parque nacional y más en la cumbre principal del espacio protegido. Menos mal que quedan cimas solitarias en otros lugares del parque nacional, como en el Pico Viejo o a lo largo de las crestas del Anfiteatro de Las Cañadas, rincones donde si te encuentras a alguien son montañeros.

Si disponemos del permiso pertinente para transitar por el sendero “Telesforo Bravo” que sube al empinado cono terminal (El Pilón) del Teide, podemos ir al punto más elevado de España y de toda la región macaronésica, con 3.718 m.s.n.m., habiendo superado un desnivel de 2.000 metros desde el ya lejano comienzo en la Montaña Samara.

A partir de aquí nos espera el largo descenso por la ladera suroriental del Teide pasando por la Cueva del Hielo y el refugio de Altavista hasta llegar a la cima aplanada de Montaña Blanca, a partir de donde seguimos la cansina y monótona pista descendente por terreno pumítico hasta su base en la carretera de Las Cañadas.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde el mirador-aparcamiento junto a la Montaña Samara, a unos 1.700 m.s.n.m., el camino a seguir asciende sostenidamente pasando cerca de la ladera sur del Volcán de La Botija en dirección a la Montaña Reventada, la cual se encuentra a una altura superior que los volcanes anteriores, en la parte alta de la Dorsal de Abeque y bajo la imponente fachada oeste del Pico Viejo.

La dorsal volcánica de Abeque o del noroeste de Tenerife es un inmenso campo volcánico que se extiende desde la cabecera del Valle de Santiago del Teide, en las cercanías del Macizo de Teno, hasta la base de la vertiente occidental del estratovolcán Teide-Pico Viejo. Son muchos los volcanes que forman la particular Ruta de Los Volcanes de Tenerife, desde el Volcán Bilma, en la parte baja de la Dorsal de Abeque, hasta la Montaña Reventada, pasando por la Montaña del Estrecho, Montaña de La Cruz, Volcán Chinyero (la última erupción volcánica acontecida en la isla en el año 1909), Montaña de Los Poleos, Montaña Samara, Volcán de La Botija y Montaña de la Cruz de Tea, configurando un paisaje que alterna elementos volcánicos entre los que destacan malpaíses, escorias y vetustos conos, acompañados del pinar canario.

En esta ocasión la nieve añade un plus de belleza y contraste al desolado, lunático y primigenio entorno volcánico, pero a la vez dificulta la marcha a través de las pendientes parcialmente nevadas, en especial aquellas situadas a mayor altitud por donde discurre el sendero.

Todos estos conos volcánicos presentan unas laderas desoladas, lisas y oscuras, pero además en la Montaña Reventada se observa la lengua de lava solidificada que brotó del cráter, abriendo el volcán por el flanco occidental y que avanzó cientos de metros ladera abajo formando una caótica barranquera de rocas y malpaís en el terreno.

Un pino junto al volcán forma una imagen en la retina que vale más que mil palabras, como si fuera una solitaria bandera que simboliza la conquista de la vida y de paso originando un profundo contraste entre la existencia y la desolación volcánica reinante.

El sendero se aproxima al cráter y luego se aleja en dirección a Cuevas Negras, un lugar donde encontramos, además de los omnipresentes y oscuros campos de escorias y malpaíses, otros componentes volcánicos como lavas cordadas, caletones, bombas volcánicas de curiosas formas, cuevas (valladas), arcos y túneles volcánicos.

Calificativos como lunático, virgen, primigenio, yermo, baldío, desolado, mineral y siniestro resultan apropiados para describir el entorno en el que nos encontramos. Parece que estamos transitando por otro planeta y nos sentimos alienígenas o seres extraños en este mundo que inunda los sentidos con una belleza desnuda y áspera. Vamos caminando por este joven sustrato, a escala temporal geológica recién nacido de las entrañas de La Tierra, bajo la espectacular y grandiosa mole del Pico Viejo que apenas le deja protagonismo al Pico del Teide, el cual solo en determinados puntos de la ruta y sutilmente asoma detrás.

Después de pasar por Cuevas Negras seguimos por el sendero nº 38, a medida que por aquí las retamas, codesos, rosalitos, fistuleras, margaritas, alhelís y demás plantas típicas de la vegetación de alta montaña canaria van colonizando este vasto territorio, descendiendo y llegando poco después al cruce con el sendero nº 9, camino que nos conduce al mirador de Las Narices del Teide.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La Montaña de Ayosa forma uno de los promontorios más elevados de la Cordillera Dorsal de Tenerife (prescindiendo de la zona de Izaña), superando ligeramente los 2.000 metros de altitud

Al situarse en el espinazo montañoso que divide las vertientes sur y norte de la isla, las panorámicas que ofrece su cima son colosales en los 360º a la redonda.

Una corta vereda surge de la carretera que va de La Esperanza a Las Cañadas, poco antes del punto kilométrico 28 y del mirador de Ayosa, y asciende levemente hasta la cima, en medio del tupido pinar. En la rocosa cima sorprende la presencia de unas antenas repetidoras, unas casetas e incluso un pequeño aerogenerador.

Las vistas al interior de Caldera de Pedro Gil, al volcán de Arafo que lo alberga, a la Montaña de La Crucita y a los Riscos de Cho-Marcial, justo en frente, son espectaculares con desniveles de más de 700 metros con respecto al fondo de esa grandiosa depresión de la Caldera de Pedro Gil. Sobre los vistosos Roques de Cho-Marcial se eleva la zona de Izaña, en el punto álgido de la Ladera de Guímar, formando un escalón montañoso que se alza desde la costa hasta las cumbres insulares.

Hacia el este, la Cordillera Dorsal de Pedro Gil continúa perdiendo altura progresivamente, cerrando el Valle de Güímar mediante la Ladera de Araya que de manera uniforme desciende casi hasta la costa.

Más allá de Izaña, el volcán Teide preside toda esta cadena montañosa, amén de los valles de La Orotava y de Güímar.

Desde la cima de Ayosa, el estrecho sendero sigue su marcha descendiendo por la cara noroeste de la loma, llegando de nuevo a la carretera, unos 100 m. antes del Refugio de Ayosa. Volviendo al punto de partida por el mismo camino ( si no se quiere volver por asfalto), al poco del comienzo otro corto ramal nos alcanza al borde de una morra desprovista de pinos, formando unos vertiginosos cortados sobre el pinar y deleitándonos también con amplias vistas de ensueño sobre el Valle de Güímar, y si el día está claro divisando las islas de Gran Canaria y la Palma en sentidos opuestos.