LOS ROQUES (LA GOMERA)

22 abril, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El conjunto de Los Roques, formado por el Roque Agando, el de Carmona, el de La Zarcita y el de Ojila, situado en la parte central de la La Gomera y dentro del Parque Nacional de Garajonay, representa un vestigio de antiguas chimeneas volcánicas de la isla y que la erosión posterior no ha logrado desmantelar, lo que acrecienta su interés geológico.

Este Monumento Natural constituye un enclave de gran interés científico por albergar elementos naturales de singularidad, valor paisajístico y enorme significación para la isla. Además contiene numerosos endemismos botánicos con especies catalogadas y protegidas, como el tajinaste azul (Echium acanthocarpum) y la flor de mayo o Senecio gomero (Senecio hermosae), que tienen aquí una de las pocas localidades donde se conocen.

El corto sendero del Reventón Oscuro recorre las proximidades de estos recios pitones basálticos, partiendo desde cerca del mirador del Bailadero, subiendo y acercándose entre un denso bosque de laurisilva a la parte posterior del Roque de La Zarcita y contemplando el mayor y más distante Roque de Ojila desde lo alto de la frondosa lomada, formando un bello contraste entre esos islotes rocosos y grisáceos y el manto verde circundante.

Fotos y texto de Salvador González Escovar.

Esta subespecie de jara es un arbusto de pequeño porte de hasta 1 metro de alto, muy ramificado, con hojas glaucas o subglaucas y débilmente tomentosas.

Floración abundante con pétalos de color rosado muy vistosos, floreciendo en mayo-junio normalmente y fructificando en verano. Fruto en forma de cápsula vellosa que alberga multitud de diminutas semillas. Parece menos pirófilo que otros congéneres afines como el jaguarzo (Cistus monspeliensis).

Esta subespecie de jara es un taxón endémico de La Gomera, con poblaciones muy mermadas y en grave peligro de extinción. Parte de la subespecie gomera se vio afectada por el incendio de 1984 y actualmente progresa lentamente debido a su escaso poder colonizador, encontrando refugio en riscos inaccesibles, como en el Roque Agando, a unos 900 m.s.n.m., y otra pequeña población se ubica en otros riscos cerca del pueblo de Imada.

Tanto en un escarpe de la Sierra de Anaga en Tenerife (donde habita la otra subespecie Cistus chinamadensis ssp. chinamadensis) como en La Gomera, esta especie de jara sobrevive en sectores marginales del monteverde, asociada en ambas islas a un singular sustrato geológico formado por domos sálicos y antiguas, robustas y basálticas chimeneas volcánicas. Pequeñas colonias de esta planta se desarrollan en terreno pedregoso al pie de estos escarpes e incluso colonizan las paredes de elevada pendiente en un auténtico ambiente rupícola.

Información extraída del libro rojo de especies vegetales de Canarias.

 

GARAJONAY (LA GOMERA)

22 abril, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La altiplanicie central de La Gomera alberga, al amparo del manto de nieblas que durante buena parte del año la envuelve, una tupida selva de monteverde o laurisilva, cuyo verdor permanente contrasta con los paisajes resecos de las zonas bajas de la isla. Las nieblas tienen un importante papel en el funcionamiento del ecosistema, reduciendo las pérdidas por evaporación y depositando agua sobre la vegetación al originar la lluvia horizontal.

 

La laurisilva es un bosque formado por gran variedad de árboles de hoja perenne cuya existencia está ligada a una elevada humedad y temperaturas suaves en torno a 14-15 ºC de media anual, sin heladas salvo en las altitudes mayores, con escasas oscilaciones térmicas a lo largo del año y lluvias comprendidas entre 600 y 900 mm anuales.

 

Estas condiciones de alta humedad ambiental se dan en la zona de nieblas de las fachadas norte de las islas canarias, entre los 700 y 1.200 metros de altura sobre el nivel del mar, debido a la condensación de la humedad oceánica al ser empujada por los vientos alisios y finalmente encontrarse con la barrera geográfica que supone el relieve de las islas centrales y occidentales.

 

El entramado vegetal de la laurisilva es una auténtica esponja viviente, captadora de la humedad de las brumas, favoreciendo la recarga de los acuíferos insulares y, por tanto, el aprovisionamiento de agua para diversos usos humanos.

 

La manifestación más extensa y mejor conservada del bosque de laurisilva canaria se encuentra en el Parque Nacional de Garajonay, en las cumbres de La Gomera, formando una alta meseta central de la que surgen radialmente y en todas direcciones los profundos barrancos que surcan el resto de la isla.

El Parque nacional de Garajonay está situado en la parte central de la isla, entre los 800 y 1.487 m.s.n.m. que alcanza el Alto de Garajonay, la máxima cota insular.

 

La laurisilva es un bosque relíctico y refugiado, única muestra superviviente de los bosques subtropicales que poblaron el área mediterránea hace varios millones de años, durante la Era Terciaria, y que posteriormente desaparecieron como consecuencia de las glaciaciones que apenas afectaron a estas tierras.

 

Aunque el número total de especies de flora vascular de estos bosques está en torno a 400 especies, de las cuales una veintena son árboles, es importante el porcentaje de endemismos botánicos, alrededor de 120, tanto canarios como insulares, especies vegetales que solo sobreviven en Canarias, e incluso solo en La Gomera.

 

Destaca también la abundancia de musgos y líquenes recubriendo los troncos de los árboles y la cobertura de helechos, indicadores de la alta humedad ambiental. Junto a ellos, trepadoras, herbáceas y arbustos como la zarzaparrilla, la gibalbera, la hiedra, el ortigón de los montes, la bencomia, la cerraja, la malfurada, el mato blanco, el morgallón, la cresta de gallo, el poleo, la pata de gallo, el algaritofe, el bicácaro, la reina de monte, la raras adelfa de monte y flor de mayo, y las plantas rupícolas como el tajinaste azul gomero, la bea (que son dos endemismos gomeros) y la melosilla forman el estrato arbustivo del sotobosque.

 

A pesar de su aparente monotonía, la laurisilva de Garajonay contiene varios tipos de bosques. En los valles más húmedos y sombríos orientados al norte, el bosque adquiere su máxima complejidad y exuberancia con las formaciones de la Laurisilva de Valle, donde podemos encontrar la máxima diversidad vegetal y prácticamente la totalidad de las especies arbóreas o los árboles más exigentes en humedad ambiental y edáfica, como tilos, adernos, saúcos, hijas, viñátigos y naranjos salvajes. A medida que ascendemos hacia las crestas más expuestas, el bosque se empobrece gradualmente, perdiendo las especies más exigentes, formando la Laurisilva de Ladera, donde laureles, follaos, acebiños, palos blancos, barbusanos, mocanes, sanguinos, madroños,… encuentran mejores condiciones para su desarrollo. Finalmente el Fayal-Brezal y los Brezales de Cumbre, formados por la faya, el brezo y el tejo, enriquecido con otros árboles citados anteriormente, se extienden por crestas ventosas y orientadas al sur.

En conjunto, la laurisilva domina el paisaje de Garajonay, pero otros hábitats, como los ligados a riachuelos permanentes, como el Arroyo del Cedro, o a los pitones rocosos, restos de antiguos conductos volcánicos, como son los roques de Agando y Carmona, enriquecen el paisaje y son importantes refugios de especies raras, como una especie de margarita, el tajinaste gomero y una especie de col de risco.

 

En cuanto a la fauna, Garajonay cuenta con una fauna que supera las 1.000 especies catalogadas, de las cuales más de 150 son endémicas del parque, lo que constituye una concentración de especies exclusivas por unidad de superficie de las más altas de Europa. La fauna vertebrada es pobre, con un total de 40 especies que corresponden básicamente a aves y reptiles, siendo los únicos mamíferos autóctonos las 4 especies de murciélagos que gracias a su capacidad de vuelo, al igual que las aves, pudieron cruzar el mar que nos separa de África para colonizar estas islas.

 

La mayor parte de las aves pueden encontrarse en el continente europeo, aunque aquí presentan un cierto grado de diferenciación, alcanzando el rango de subespecies, destacando entre ellas las dos especies de palomas endémicas ligadas a los bosques de laurisilva, la paloma rabiche y la turqué, nidificando además en el bosque o en sus inmediaciones aves como mirlos, coloridos pinzones vulgares, canarios, capirotes, herrerillos, petirrojos, reyezuelos, mosquiteros, chocha perdiz, gavilán, búho chico y ratonero.

 

La fauna invertebrada es la que reúne el mayor número de especies, con diferencia, destacando los insectos, entre los cuales sobresalen los escarabajos, seguidos de moluscos y arácnidos.

Fotos y texto de Salvador González Escovar.

El Barranco de La Laja es uno de los ramales superiores del alargado Barranco de La Villa, uno de los grandes tajos de la isla colombina, surgiendo a los pies de Los Roques, en la parte central de la isla, y un largo discurrir hacia el sureste desemboca en la capital insular, San Sebastián de La Gomera.

El recorrido senderista puede iniciarse en La Laja, en el interior del barranco. Cerca de ese pueblo existen presas que recogen el agua que corre desde la cabecera del Barranco de La Laja. El agua corriendo entre la arboleda, formada por pinos canarios, brezos, mocanes, sanguinos, laureles y fayas, constituye un atractivo importante de esta excursión. En el sendero se tiene la opción de desviarse del camino principal, si se quiere pasar por la pequeña presa de La Laja y contemplar el altivo pitón rocoso de Ojila desde su base, subiendo a través de un camino perdido entre la zarza y la hierba, hasta alcanzar un canal que pasa bajo el roque y que más adelante enlaza con el camino principal. Una vez en esa senda, caminar por un trazado de herradura entre el fayal-brezal resulta más llevadero, y se sigue subiendo hasta la carretera que viene de la capital, a la altura del Roque de Agando.

 

Luego se toma el camino que desciende, aunque hay un primer tramo de ascenso a la Ermita de Las Nieves, a la Degollada de Peraza por el borde sur del barranco que hemos recorrido por el fondo, barranco que es bastante amplio y verde, y por su interior serpentean barrancos secundarios que surcan el tramo alto y sus vertientes laterales. A lo largo del cauce se reparten algunos caseríos como La Laja, Los Chejelipes, El Atajo y San Antonio, junto a algunas presas, divisándose la carretera que une esos barrios.

 

El circuito senderista se cierra bajando desde la Degollada de Peraza hacia el interior del Barranco de La Laja por la ladera sur del barranco, mediante un camino empedrado, zigzagueante y adornado de palmeras, hasta el punto de partida de La Laja.

 

Otra opción es, en lugar de descender al fondo del barranco, continuar desde la Degollada de Peraza hacia San Sebastián. Para ello, después de un corto tramo por asfalto, se retoma el sendero, aunque en algunos tramos avanza un tanto perdido entre la maleza. Entonces se puede disfrutar de la vista de otro barranco que se abre al sur, el de Juan de Vera o del Cabrito, al otro lado del de La Villa, y que alberga extensos y bellos palmerales en su cabecera, amén del vistoso promontorio rocoso que da nombre al peculiar Roque del Sombrero, situado en la divisoria entre el Barranco del Cabrito y el de La Guancha, roque que recuerda la forma de la punta de un lápiz.

 

Más abajo, tras pasar la zona de Ayamosna, el sendero se aleja de la carretera que sube desde la capital, descendiendo de forma más pronunciada hasta el destino final.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Los barrancos que configuran la cuenca del Cabrito constituyen un paisaje peculiar de gran tipismo, donde no faltan elementos singularizados destacados como las crestas, diques y roques de interfluvios como el Roque del Sombrero y el Roque de Magro, así como el palmeral de sus laderas, además de numerosas plantas rupícolas, aferradas a los riscos verticales, y otras especies botánicas propias del árido piso basal como balos, tabaibas, aulagas y cardones.

 

En su conjunto, conforma una estructura geomorfológica profundamente desmantelada por la erosión desde hace millones de años, con inclinadas laderas y fondos de los barrancos más o menos planos.

 

En las zonas de Vegaipala y Jerduñe, la presencia humana armoniza con el entorno sin desvirtuar un paisaje de tinte tradicional añadiendo al mismo elementos culturales de interés antropológico.


Este barranco está catalogado y protegido como Monumento Natural.

 

Desde la Playa del Cabrito, un camino asciende y recorre la cresta que separa el vecino Barranco de Chinguarime del Barranco del Cabrito, pasando por el caserío abandonado de Morales, Llano de La Cruz y Tacalcuse, hasta llegar a Jerduñe.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La Fortaleza de Chipude es un accidente geográfico de la isla de La Gomera, ubicado en la zona de Chipude en el municipio de Vallehermoso. “Fortaleza” es el nombre que reciben determinadas montañas, de paredes rocosas y cima más o menos plana, asemejadas a un baluarte.

La montaña tiene un origen intrusivo, sin derramamiento de materiales, de traquiandesita, naturaleza ácida y gran viscosidad del magma, lo que le confiere su característica morfología, siendo además una de las más llamativas de Canarias. Alcanza una altitud de 1.243 m.s.n.m., y su diámetro es de 300 metros.

La Fortaleza es un domo de notable valor científico y singularidad, con gran interés geológico por su origen y morfología, constituye además un hito paisajístico referente del territorio donde se encuentra. Sus paredes albergan una buena representación de hábitats rupícolas, provistos de una alta biodiversidad endémica, con muchos elementos amenazados y protegidos como una especie de siempreviva (Limonium redivivum) y otra de cabezón (Cheirotophus satarataënsis)

El único acceso a ella es un estrecho y empinado paso por la cara norte que puede ser fácilmente superado.

Se han hallado numerosos yacimientos arqueológicos precoloniales en la cima. En 1874 Juan Bethencourt Alfonso estudió varias estructuras de piedra e interpretó la fortaleza como una “montaña sagrada”, interpretación a la que se sumó René Verneau. En 1973 el Departamento de Arqueología de la Universidad de La Laguna realizó una excavación y estudio del yacimiento. Para Manuel Pellicer Catalán la mayoría de las construcciones eran meras cabañas pastoriles, interpretando la fortaleza como un asentamiento estacional. En 1994 Juan Francisco Navarro Mederos identifica tanto estructuras habitacionales (cabañas), como goros y otras construcciones dedicadas a rituales religiosos.

Forma parte de la red de Espacios Naturales de La Gomera, catalogado como Monumento Natural.

Esta pequeña excursión, si se comienza en Pavón, permite ascender a esta distinguible atalaya desde la que se domina el suroeste de La Gomera. El camino asciende sin problemas por la ladera norte hasta la base de la pared rocosa que forma el borde de la montaña. Una vez bajo la pared hay que trepar un poco siguiendo la continuación imaginaria del sendero. La cima es llana, existiendo curiosos amontonamientos de piedras que principalmente forman tagorores y dibujan espirales, no en vano se trata de un lugar de rituales de los pobladores prehispánicos de esta isla.

Al este de la montaña se profundiza el Barranco de Erque, que desde poco más arriba avanza hasta la costa suroeste, y cuya desembocadura se halla en la Playa de La Rajita, cerca de la población de La Dama, inmersa en invernaderos y cultivos mayoritariamente de plataneras. Hacia el oeste se distinguen los cortados cimeros del Barranco de Valle Gran Rey.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Existen varias opciones para subir al Volcán del Pico Viejo o Chaorra desde diferentes puntos del parque nacional de las Cañadas del Teide. Los tres senderos existentes tienen su grado de dificultad debido al desnivel acumulado que supera los 1.000 m. (pudiendo llegar a los 1.700 si se decide coronar El Teide por dichas rutas) desde el inicio, y por otro lado, a la pendiente en algunos tramos del terreno (también remontando piconeras donde se entierra y desliza el calzado), especialmente en el sendero que pasa por Las Narices del Teide.

Posiblemente se trate de la montaña más dura de subir desde su base, en Tenerife, aunque sea 600 metros más baja que El Teide, cuya ruta de ascenso desde Montaña Blanca además permite repartir esfuerzos en dos jornadas debido a la existencia del refugio de Altavista donde pernoctar, cosa que no es posible en las rutas de Pico Viejo.

A pesar de la dureza, sobre todo en las rutas del Calderón y en las de las Narices del Teide, siempre resulta atractiva para el montañero experimentado por estar menos masificado que en el pateo clásico de su vecino El Teide.

1) Sendero del Calderón

Este camino parte del mirador de Las Narices del Teide, junto a la carretera de Chío a Las Cañadas. Primeramente la senda transcurre paralela a la carretera en dirección a Chío, con algún descenso suave, atravesando una de las dos coladas de lava originadas por la erupción de las Narices del Teide en el año 1798, y entre los últimos pinos que habitan a más de 2.000 m. de altura y retamas que intentan colonizar ese áspero y caótico malpaís que nos rodea.

Poco más adelante, ya entre pinar, hay que desviarse a la derecha para comenzar el ascenso al Pico Viejo en una bifurcación, ya que si seguimos de frente podemos llegar al Volcán Samara, en pleno campo minado de volcanes de lo que constituye la Dorsal Volcánica del Noroeste de Tenerife o Dorsal de Abeque.

Al desviarnos la senda sube de manera continua aun que llevadera, por ahora. La vereda, bien marcada, gana altura entre diferentes matices de color marrón, como si fuera un desierto de lapilli, lunático, siniestro, aparentemente ajeno a la vida, desolado e inhóspito incluso para las retamas, pero mostrando una belleza y pureza primigenia transmitida por la fuerza interna y rejuvenecedora del planeta.

Más arriba, tras unas revueltas del camino se llega al borde de la Depresión del Calderón, un profundo y sorprendente socavón de paredes verticales, destacando entre tantas ondulaciones que pueblan la vertiente occidental del Pico Viejo. A partir de aquí aumenta la inclinación del sendero hasta llegar al mismo borde del cráter del Pico Viejo y también la inestabilidad del sustrato de picón dificulta el ascenso.

Como contrapunto al esfuerzo fatigoso percibimos como la dorsal volcánica de Abeque queda a nuestro pies, extendiéndose hasta las puertas del Macizo de Teno, del cual sobresalen las lomas hermanadas de Bolico y Erjos, adivinándose incluso los roques de La Fortaleza de Masca, el Risco Blanco y Guergue.

Mucho más cerca, en la falda suroccidental de este gran volcán que cansinamente vamos coronando, sendas lenguas de oscuro malpaís o de lava solidificada se desparraman, la mayor de ellas en dirección a Boca Tauce y abarcando todo el espacio existente entre los Roques del Cedro y las Narices del Teide, que son las auténticas bocas eruptivas, montículos y cráteres que originaron ese siniestro y sepultador paisaje, y localizadas a media ladera en la vertiente occidental del Pico Viejo. Este camino no pasa junto a ella pero se percibe y se siente su presencia desde la distancia.

Cerca del borde del cráter del Pico Viejo, dejando caer la mirada por la ladera, podemos ver el interior de uno de esos 4 o 5 oscuros cráteres que forman la agrupación volcánica en la ladera del Volcán Chaorra.

Después de la subida final que se hace larga se llega al límite del cráter del Pico Viejo, a unos 3.000 m. de altitud. El hoyo es realmente gigantesco, de unos 800 metros de diámetro, irregular, con paredes infranqueables y prácticamente verticales, salvo por su borde oriental, por el que parece posible penetrar en el cráter y llegar a una planicie bastante extensa y que no es la parte más honda del mismo. La zona más profunda se ubica bajo el borde occidental, y por supuesto rodeada por flancos más espectaculares. Sin duda se trata de uno de los cráteres más descomunales e imponentes de Canarias.

El sendero continúa en dirección al Teide, bordeando el gran cráter por el lado sur, lo que permite contemplar toda la vertiente sur del Pico Viejo que emerge del Llano de Ucanca y de la vecindad de los lejanos Roques de García. Así mismo la mirada se detiene en la gran longitud del anfiteatro que encierra por el sur la caldera de Las Cañadas, recordando cada uno de los puntos culminantes de oeste a este, como El Sombrerito, el Roque del Almendro, el Sombrero de Chasna, las Cumbres de Ucanca, Guajara, Pasajirón y el Roque de La Grieta, atalayas cuyas alturas ya hemos superado con creces al transitar por el borde de este volcán.

El punto más elevado del Pico Viejo se halla en un montículo sobre el borde oriental del cráter, a 3.134 m.s.n.m., lugar desde donde volver a contemplar la inmensidad y desolación del hoyo a nuestros pies, así como todo el perímetro del cráter.

Me gusta subir montañas solitarias, salvajes y elevadas, allí donde saborear el aire leve que envuelve las cumbres, esos dos elementos naturales que hacen levitar mi insignificante existencia sobre este paisaje encantador y virgen, donde percibir la magia del momento clímax de la jornada, donde sentirse afortunado y libre en medio de esta naturaleza primigenia, pura y salvaje que nos rodea, donde escuchar el silencio únicamente roto por el viento acariciando el rostro y las rocas, y en definitiva donde dejarse llevar por los pensamientos y emociones que vuelan tan lejos y profundo como la mirada.

De espaldas al cráter solo supera nuestra altura la parte terminal de El Teide, los últimos 600 metros de desnivel con respecto al techo de España.

Entre Pico Viejo y la ascensión final al Teide existe una suave vaguada pumítica atravesada por el camino. Tierra de volcanes, tierra de contrastes, cuanto más cerca mejor, pues lo siguiente que encontramos resulta absolutamente antagónico a ese terreno pálido, fácilmente transitable y suavemente ondulado al que es fácil acostumbrarse; de repente el sendero parece perderse entre las negras, brillantes, ásperas y vivas rocas volcánicas que forman otro malpaís que se extiende hasta La Rambleta, bajo El Pilón terminal de El Teide. Ahora se trata de ir buscando y siguiendo los mojones de piedra que se confunden con el caótico y siniestro sustrato volcánico, para avanzar por esta lengua de lava petrificada. El cono terminal del Teide que tenemos delante y cada vez más cerca, con sus lisas y empinadas laderas de color marrón oscuro, contrasta sobre este hostil y áspero medio por el que avanzamos, sintiéndonos insignificantes e intrusos en este entorno que parece recién chamuscado en el horno planetario, recién vomitado por las entrañas del Teide donde moraba Guayota, el espíritu maligno al que temían los guanches. Estando en lugares como éste ciertamente no hay que recurrir a seres sobrenaturales ni espíritus para sentir admiración e incluso veneración por esta montaña y por la furia interna de un planeta vivo.

Al fondo y a nuestras espaldas de este descomunal malpaís por el que vamos subiendo divisamos el cráter del Pico Viejo, cada vez más lejos y más abajo. Más allá de él, si hay buena visibilidad se avistan parte del sur y oeste insular y las islas de La Gomera, El Hierro y La Palma

El recorrido finaliza en La Rambleta, a unos 3.500 m.s.n.m., junto a la caseta y a la estación terminal del nefasto teleférico con sus torretas, un conjunto extraño en este paisaje casi primigenio, virgen y salvaje, que afean el paisaje y desnaturalizan una montaña que hasta parece despojada de la altivez que indican los mapas. No me gusta que el ser humano domestique montañas de esta manera ya que pierden su esencia y magia; además esas instalaciones promueven el turismo masivo, convirtiendo el símbolo montañoso del parque nacional y de la isla en una especie de parque de atracciones invadido por turistas. El turismo masivo debería ser incompatible en un parque nacional y más en la cumbre principal del espacio protegido. Menos mal que quedan cimas solitarias en otros lugares del parque nacional, como en el Pico Viejo o a lo largo de las crestas del Anfiteatro de Las Cañadas, rincones donde si te encuentras a alguien son montañeros.

2) Sendero de Los Regatones Negros:

Esta ruta de ascenso al Pico Viejo comienza en el aparcamiento de los Roques de García. Al principio la senda se encuentra perfectamente indicada y clara, coincidiendo con el corto recorrido que rodea a esos pintorescos y estilizados roques. Justo cuando dicho camino empieza el tramo de vuelta, cerca de los Roques Blancos, a la derecha aparece una vereda delimitada a ambos lados con piedras y trancurriendo en un primer momento sobre aplastadas grietas volcánicas.

Poco a poco, y a medida que vamos subiendo por la vertiente suroriental del Pico Viejo, no excesivamente inclinada, la ruta a seguir se va difuminando debiendo prestar atención a los mojones de piedras que localizados a cierta distancia.

La mayor dificultad del pateo reside en atravesar las sucesivas lenguas de lava negra y solidificada que sobresalen del entorno, y a las piedras sueltas que inistabilizan el terreno, provocando que éste se deslice y con él nuestros pasos y haciéndonos resbalar. Estos oscuros y siniestros malpaíses que surgen de la fachada suroccidental del Teide no permite ni que las retamas ni codesos proliferen; son como unos ríos de desolación en medio de un entorno ya de por sí bastante áspero, hostil y lunático.

Tras un dilatado ascenso atravesando agrestes malpaíses, y finalmente terrenos pálidos y pumíticos que destacan enormemente entre la negra vecindad, se alcanza el borde sur del cráter del Pico Viejo, previo cruce con la senda que supera la vertiente oeste de la montaña hasta el mismo lugar.

Al encontrarnos en el borde del cráter, que más bien parece una caldera o un gran socavón por sus dimensiones, buscamos una vez más el punto más elevado, a 3.134 m. de altura sobre el nivel del mar.

No importan las veces que subamos a la cumbre, las sensaciones vuelven a ser únicas, disfrutando de un paisaje en todas direcciones que parece que existe para poder soñar despierto: la vista domina una gran porción del suroeste insular, mientras al sur la parte occidental del Anfiteatro o Filo de Las Cañadas forma un escalón que separa la caldera de Las Cañadas del Teide de los pinares de la Corona Forestal. A oriente, la parte más elevada del Teide nos supera en altura por unos 600 metros, alternando sus laderas entre los oscuros malpaíses y los claros terrenos pumíticos, formando un vivo y contrastado colorido que satura las encantadas retinas.

Como se ha dicho antes, este camino se une al explicado anteriormente, poco más abajo del borde sur del cráter y se puede continuar por el sendero común hasta La Rambleta, a 3.500 m.s.n.m.

3) Camino de Las Narices del Teide:

Este sendero empieza en la zona de Chafarí, cerca de Boca Tauce, la entrada suroeste del parque nacional. A la izquierda de la carretera a dicho punto comienza una pista de tierra que poco más adelante avanza sobre unas curiosas “costras volcánicas”, una especie de plataforma rocosa que son el techo de unas aplastadas y agrietadas cavidades volcánicas presentes en el subsuelo. La pista avanza sin ganar excesiva altura cruzando la vaguada de Chafarí, atravesada por el Barranco de La Arena, el cual seguimos, por ahora cerca del inmenso malpaís del Llano de La Santidad, y en dirección a la Montaña de Los Chircheros, un vetusto cono volcánico que nos sirve de referencia y que sobresale en la falda suroeste del Pico Viejo.

Después de pasar junto a ese cono nos encaminamos hacia las negras bocas eruptivas de Las Narices del Teide, por lo que sabemos que más pronto que tarde el camino se complicará y se empinará: en efecto, al llegar a la base de una de ellas vemos como una vereda gana altura decididamente en medio de la gran piconera oscura que nos queda por delante; con paciencia, retrocediendo un paso por cada dos que se dan hacia arriba, sintiendo como el calzado se entierra y resbala a través del polvoriento lapilli o picón, subimos cansina y fatigosamente hasta llegar al borde de uno de esos cráteres secundarios del gran volcán que coronaremos una vez más.

Nos tomamos un respiro en la parte más elevada de esta sucesión volcánica de Las Narices del Teide, esparcida por el flanco occidental del Pico Viejo, divisando los diferentes conos y hoyos que salpican esta lunática, chamuscada y desolada ladera.

La altura ganada hace que el paisaje a nuestros pies haga olvidar el esfuerzo de la subida hasta aquí, contemplando la parte occidental del Anfiteatro de Las Cañadas, como los Roques del Cedro, la Montaña Gangarro, El Sombrerito y el Roque del Almendro, entre otros, sobre los extensos malpaíses vomitados por estas bocas eruptivas donde nos ubicamos, coladas de lava que vistas desde arriba nos parecen desproporcionadamente enormes con respecto a los volcanes que las originaron, pensando que tal vez el Pico Viejo debería tener una altura o volumen mayor antes de 1798 debido al proceso del vaciado magmático que aflora a la superficie durante la erupción; una de las 2 coladas de lava que surgió de este lugar se esparció hasta Boca Tauce y la otra, de menor extensión, se dirigió por la vertiente oeste. Precisamente bajo dicha vertiente contemplamos el gran pinar de Guía de Isora junto al campo saturado de volcanes de la Dorsal de Abeque, formando la continuidad volcánica bajo el grandioso estratovolcán que remontamos, divisando la cadena volcánica que se prolonga hasta las inmediaciones del Macizo de Teno, la cual domina el paisaje de gran parte del noroeste insular.

Nos queda la segunda parte de otra buena subida hasta el borde oeste del cráter del Pico Viejo y además bastante inclinada avanzando a medias entre rocas y zonas de lapilli.

Al llegar al borde del socavón cumbrero nos encontramos sobre la parte más profunda del cráter, de aspecto caótico con grandes rocas desperdigadas por el fondo. El fondo de la porción oriental del hoyo es más llano y se encuentra bajo el punto más elevado del Pico Viejo, a 3.134 m.s.n.m.

Este camino se une cerca del borde, primero al que viene subiendo por la Depresión del Calderón, y más adelante al de los Regatones Negros.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Además del camino clásico que sube al Roque del Conde existe otro menos frecuentado que salva la arista norte de la montaña desde la Degollada de Los Frailitos.

 

El recorrido comienza en el barrio aronero de Vento y atraviesa el Barranco del Rey, linde natural entre los municipios de Arona y Adeje, sube a la Degollada de Los Frailitos, situada entre la Loma de Suárez y la arista norte del Roque del Conde, desde donde se contempla una espectacular panorámica del abrupto Macizo de Adeje, uno de los más antiguos de la isla, con las montañas del Roque de Los Brezos y la Pica de Imoque destacando en lo alto, al otro lado del Roque del Conde o Ichasagua, por cuya arista norte existe una vereda que sube a la cima de la montaña, aunque a simple vista parezca que no hay espacio por ahí para que discurra un camino; incluso en el ascenso nos encontramos alguna era abandonada entre tabaibas, cardones, etc, viejo testigo del trillado de los cereales que antiguamente se cultivaban en los bancales, invadidos actualmente por la flora autóctona y que aún pueden observarse en la vertiente oriental del Roque del Conde, la ladera menos abrupta de la montaña

 

Un resalte vertical en la parte alta de Ichasagua obliga a la senda a rodear su base por la parte oriental y poco más arriba alcanzar la planicie, ligeramente inclinada hacia el norte que forma la cumbre de esta panorámica atalaya sureña que ronda los 1.000 m.s.n.m.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En el sur de Tenerife, concretamente en el término municipal de San Miguel de Abona, el cono volcánico de Montaña Amarilla constituye un elemento geomorfológico de evidente singularidad, formando parte, como estribación más meridional, de un conjunto paisajístico de volcanes alineados del sur de la isla. Además, su origen freatomagmático, originado por la interacción entre el magma y el mar, junto a la presencia de una duna fósil en su base, le confiere un notable interés científico.

 

Los constituyentes volcánicos del monumento son principalmente traquibasaltos de la Serie III. Sin embargo, en el sector oriental del cono, hay materiales del mismo periodo pero de naturaleza basáltica derivados de otros volcanes próximos. La cercanía del mar, aparte de inducir erupciones de tipo explosivo en el momento de su génesis, ha provocado una fuerte erosión, desmantelando el edificio parcialmente. El constante proceso erosivo ha dejado al descubierto importantes estratos piroclásticos de un llamativo matiz ocre y una característica duna fósil en la base de la estructura.

 

La vegetación es escasa en el lugar. Tan sólo destaca, de algún modo, la abundante muestra de tabaibas dulces (Euphorbia balsamifera) existentes. Ya con carácter menos representativo se encuentran especies vegetales que ocupan las zonas más afectadas por la acción de las mareas. Entre ellas cabe citar un endemismo como es la piña de mar (Atractylis preauxiana) y la lechuga de mar (Astydamia latifolia), cuyas hojas fueron pieza fundamental en la dieta de antiguos marineros ya que facilitaba la digestión y contenía un elevado porcentaje de vitamina C. Finalmente también hay presencia de ejemplares de salado (Schizogyne serícea).

 

Análogamente a como ocurre con la vegetación, este ecosistema no presenta una abundante representación faunística. No obstante, en estos términos, habría que destacar especialmente la presencia de cernícalos (Falco tinnunculus). También habitan otras dos especies de aves como las currucas tomilleras (Sylvia conspicillata orbitalis) o las palomas bravías (Columba livia)

 

La montaña puede ser pateada con facilidad, tanto bordeando su línea litoral (con marea baja) pasando por la duna fósil y bajo los coloridos y verticales estratos, como ascendiendo y recorriendo el borde del desfigurado y ensanchado cráter.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Camino del Risco de Tibataje:

Este sendero “off road” (no aparece señalizado ni indicado en la red de caminos de El Hierro) parte del mirador de Jinama, a 1.250 metros de altitud. Una pista de tierra nos acerca al Alto de Izique y nos conduce al inicio de la vereda que avanza justo por el filo del imponente Risco de Tibataje, espectacular paredón que alcanza los 1.100 metros de desplome, continuo, libre y duradero, hasta encontrar la plataforma costera del fondo del valle, a la vez que se alarga y disminuye de altura conforme se acerca a la Punta de Salmor.

Es una bendición para los sentidos y para la experiencia senderista que exista una vereda que recorra el borde de este precipicio superlativo, de este tremendo “hachazo” en el territorio insular dado por la Diosa Naturaleza, y que al andar por el borde de este murallón rocoso hace sentirme libre y dichoso como un pájaro.

Al otro lado del abismo, muros de piedra de media altura, algunos de los cuales hay que atravesar para no vernos obstaculizados por los brezos y fayas existentes en el borde del abismo, forman cuadrículas en el terreno que delimitan la zona de pastos del ganado en la amplia Meseta de Nisdafe. Al caminar entre la hierba, por estas fechas algo seca, que sirve de sustento a vacas, ovejas y burros, multitud de saltamontes y cigarrones brincan de aquí para allá.

El sendero desciende continuamente, pasando en un primer momento por el Alto de Izique, sobre la misma Fuga de Gorreta, mientras hay que asomarse bastante para encontrar el fondo del abismo y me pregunto cómo todo este universo vertical no se derrumba repentinamente bajo su propio peso. No lo hace súbitamente pero sí poco a poco, ya que pueden observarse grietas en el terreno junto al borde del precipicio, como si estuvieran esperando a la temporada de lluvias o a un agente desencadenante del derrumbe.

En la vida del senderista nada es comparable a sentirse flotar en el vacío, abismo que también vacía la mente para posteriormente rellenarla de una sensación nirvánica y repleta de éxtasis existencial. Me siento a las puertas del paraíso con los pies sobre la tierra.

Pese a la verticalidad del escalón de Tibataje, brezos y plantas rupícolas revisten la ladera que poco a poco se adentra en el mar, para finalmente desaparecer junto a los Roques de Salmor. Este camino se une al camino de La Peña, que comienza poco más arriba del mirador del mismo nombre, el cual desciende hasta la costa atravesando el risco y finalizando en el Pozo de Los Padrones, en la carretera que va de Las Puntas a Frontera. Ese trayecto es un camino empedrado, mejor indicado y, hasta hace no mucho tiempo, más transitado que el que va por el alto del Risco de Tibataje, aunque actualmente este tramo se encuentra cerrado al uso público por peligro de desprendimientos.

Si se regresa al mirador de Jinama por donde mismo hemos venido el gozo de la excursión es doble, porque aunque el sendero sea el mismo, los matices de luces y contraluces según avanza el día cambian. El tramo de mayor pendiente es el Camino de La Peña.

Después de esta ruta y la del Risco de Las Playas, me llevo la imagen de que para lo pequeña que es la isla, los precipicios que alberga tanto en el sur como en el norte resultan desproporcionadamente enormes.