BARRANCO DE LAS VERDURAS DE ALFONSO

11 marzo, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Este recorrido senderista comienza en el fondo del Barranco de Las Angustias, el desagüe natural de la Caldera de Taburiente. Al principio, más que un barranco parece un valle, debido a la distancia existente entre sus empinadas vertientes laterales que permiten ver al fondo una parte de las altas crestas insulares.

Por aquí se divisan fincas de aguacates, puentes, tubos y un pozo de agua abandonado, signos de un uso intensivo humano con el denominador común del agua protagonista a lo largo de este barranco y de toda la caldera.

Precisamente poco después de empezar a subir por el cauce del valle aparece el agua corriendo libremente, aún en poca cantidad, líquido elemento sobrante que no es aprovechado para los cultivos del Valle de Aridane y que acaba infiltrándose en el pedregoso cauce repleto de cantos rodados.

Por este tramo pueden verse granadillos, sabinas, guaydiles, vinagreras, verodes, tabaibas, cardones, mato riscos, bejeques rojos (Aeonium nobile), un endemismo palmero de gruesas hojas anaranjadas y vistosas flores rojizas entre los meses de mayo y julio… mientras la alpispa con su reclamo alegre entretiene nuestra marcha y su cola larga y su pecho amarillo hacen inconfundible a este pájaro de los arroyos.

En el cauce se observan multitud de diques, cada uno fruto de una erupción, que nos dan idea de la intensa actividad volcánica de la zona en el pasado. Entre los diques hay fragmentos blanquecinos de rocas similares a los granitos, que se supone han sido fragmentadas y separadas por las continuas erupciones.

También existen rocas de color verdoso de origen submarino, como las lavas almohadilladas, recordando a un enorme panal de abejas con celdas redondeadas, formadas por el avance de una colada de lava bajo el mar y al contacto con el agua se irían enfriando y alterándose su composición química; otras formaciones verdes distintas son los aglomerados o conglomerados tipo brechas, que proceden de los bordes de las chimeneas volcánicas, en las cuales el magma, al romper las paredes por las que sube, arrastra fragmentos de roca que no llegan a fundirse y sirve de cemento al resto de rocas desplazadas cuando salen al exterior.

A medida que vamos ascendiendo, las paredes del tajo, que van perfilando los límites de la gran depresión calderiforme en la que nos adentraremos, van aumentando de altura: a un lado se alza el Pico Bejenado, cuya cima no puede verse desde las entrañas del cañón; al otro, tampoco se ven pero sabemos que están ahí arriba, rozando o superando los 2.000 m. de altura, los altivos hitos de Hoya Grande, Somada Alta y el Roque Palmero, formando parte del grandioso cresterío que culmina en la cumbre insular del Roque de Los Muchachos (2.426 m.s.n.m.)

Al llegar a Dos Aguas, nace el Barranco de Las Angustias, formado por la confluencia de los barrancos de Taburiente (el más caudaloso) y el del Almendro Amargo, cuyos cauces divergen aguas arriba. Allí existe un tomadero de agua y el inicio de un canal capaz de transportar 2.5 m3/sg por lo que gran parte del agua es canalizada, utilizada y regulada, desde tiempos históricos, por el Heredamiento de las Haciendas de Argual y Tazacorte.

En Dos Aguas hay que atravesar el barranco para seguir el itinerario que discurre próximo al cauce, cruzándolo de vez en cuando para sortear pequeños saltos en el cauce. A partir de ahora el agua, libre, pura y cristalina se despeña por doquier en multitud de cascadas y riachuelos, cincelando incansablemente el sustrato basáltico, creando y recreando un laberinto de barrancos y manteniendo vivo el paisaje en una suerte de eterna juventud.

Lo que actualmente es o que es, un descomunal anfiteatro de unos 8 km. de diámetro con desniveles cercanos a los 2.000 metros, hace millones de años era una montaña de 3.000 o 4.000 m. de altitud; desmantelamiento es la palabra clave en esta caldera de erosión, originada por desplome y desplazamiento de materiales desde la cabecera de los numerosos barrancos interiores, los cuales se despliegan y abren en abanico aguas arriba.

Poco más arriba, siguiendo el Barranco del Almendro Amargo, entramos en el parque nacional de La Caldera de Taburiente, punto en el que nos encontramos otra división de cauces, bajo la esbelta silueta del Roque Idafe: el Barranco del Almendro Amargo diverge del de Rivanceras (o del Limonero), el cual porta un modesto caudal de aguas ferruginosas, lo que confiere un matiz naranja a las rocas que baña y en la pared de la famosa Cascada de Colores, en el cauce del Barranco de Rivanceras y localizada a poca distancia del cruce de barrancos anterior. Subiendo por el cauce de Rivanceras, a unos 10 minutos, se encuentra dicha cascada, un pequeño salto de apariencia artificial que debe su nombre al musgo que tapiza el muro y a los tintes naranjas de las aguas ferruginosas.

Mientras afrontamos la dura cuesta de El Reventón, elevándonos sobre el cauce del Barranco del Almendro Amargo, a nuestra derecha vamos poniéndonos al nivel altitudinal del Roque Idafe, pintoresco roque que muestra la fuerte erosión que ha tenido lugar en los materiales circundantes. Este pitón era todo un símbolo para los Benahoritas, los pobladores precoloniales de la isla, los cuales, entre otros actos ceremoniales y religiosos, le ofrecían en su base las asaduras de los animales que consumían para que la gran roca no se desplomara sobre ellos. Tanausú, el Mencey de Aceró, tenía por aquí su morada y defendió valientemente su menceyato ante los conquistadores castellanos.

El aspecto del Roque Idafe va variando según subimos por El Reventón, desde un imponente monolito cuando estamos a sus pies hasta parecer un dedo alzado que sobresale de la lomada del Barranco del Almendro Amargo, mientras al fondo vamos apreciando la poderosa y vertical vertiente que se desploma desde la cumbre del Pico Bejenado (1.854 m.s.n.m.) hasta el fondo de la caldera.

Jaras y escobones forman el cortejo botánico que acompaña al omnipresente pinar canario.

Con numerosos manantiales, el caudal de la Caldera de Taburiente es considerable, aunque en épocas recientes se supone que ha ido descendiendo desde la década de los años 70 del siglo pasado; algunas estimaciones dan una cifra de 300 l/sg después de períodos lluviosos, aunque en término medio apenas supera los 100 l/sg.

Después de superar la cuesta de El Reventón aparece ante nosotros el Barranco de Taburiente portando un considerable caudal de agua despeñándose en cascadas a través de los saltos del angosto y profundo tajo, aunque no tan hondo como el del Almendro Amargo que dejamos atrás.

Barranco arriba se observa una gran mancha de color verde intenso entre el pinar circundante. Es una zona de nacientes conocida como Verduras del Mato, donde la vegetación ocupa casi el 100% del suelo y la diversidad botánica es mayor que en lugares próximos

Una parte del agua que vemos correr libremente por el Barranco de Taburiente proviene de los nacientes del Barranco de las Verduras de Alfonso, situado en la cabecera de este mismo tajo, bajo los imponentes murallones que bordean el parque nacional. A esos nacientes pensamos llegar en esta ruta.

La zona de acampada de la caldera se encuentra ya cerca, sobre el gran pedregal que yace en el fondo, producto del arrastre de cantos rodados arrastrados por las escorrentías hacia esta zona, que diría que es la única llanura existente dentro del parque. De ahí el nombre simbólico de la Playa de Taburiente que tiene el enclave. El subsuelo impermeable deja suficientes huecos para que el agua se filtre en la confluencia entre los barrancos de Cantos de Turugumay y el de Verduras de Alfonso, apareciendo después junto a la sauceda donde los depósitos son más finos.

Antes de llegar a esa zona pasamos por el Llano del Capadero, terreno cultivado hasta épocas recientes. Ahora son los tagasastes, tajinastes y alguna vieja higuera los que se han adueñado del lugar.

Finalmente el camino desciende a la Playa de Taburiente, entre el centro de servicios del parque nacional y el Roque de la Brevera Macha, como muchos otros invadidos de multitud de bejeques, sobre todo de la especie Aeonium palmense, el cual muestra su máximo apogeo en otoño e invierno cuando el agua hincha sus hojas carnosas.

Alrededor del arroyo permanente que serpentea por la Playa de Taburiente, un bosquete de sauces canarios, árbol con elevados requerimientos hídricos, encuentra un oasis vital, mientras una vez más la mirada permanece cautiva bajo el dominio de los estilizados roques, como el Roque del Huso y el Roque Salvaje, y como telón de fondo, las verticales paredes que delimitan el anfiteatro de las caldera por su sector norte.

El Roque del Huso aflora poco más arriba como un espigado montículo, adornado con viejos pinos canarios en lo más alto, lo que hace pensar una vez más que para este árbol no hay territorio prohibido por muy quebrado y escarpado que éste sea.

Remontando el inmenso pedregal de la Playa de Taburiente aparece hacia la izquierda el Barranco de los cantos de Turugumay, encajonado tajo que se derrumba desde las proximidades del Roque de Los Muchachos y seguimos avanzando hasta encontrarnos con el repecho del Lomo de La Juraga, elevándonos sobre el cauce del angosto y profundo Barranco de Las Verduras de Alfonso, que como todos demás tajos que confluyen en el de Taburiente y en el del Almendro Amargo surgen de los verticales farallones, espigones, fugas y gargantas que confinan el paisaje interior de la caldera, relieve vertical que se alza hasta atrapar las nubes, brumas que a su vez esconden las altivas cimas sobre un velo de intimidad y misterio, como si el manto nuboso separara este mundo terrenal de las deidades basálticas que coronan la isla.

El sonido del agua fluyendo barranco abajo nos sigue acompañando y nos recuerda que los nacientes de las Verduras de Alfonso cada vez están más cerca, a la vez que el sendero sube entre robustos pinos y terrenos algo inestables.

En el entorno de los nacientes resaltan rocas descarnadas próximas a pequeños pinares que forman manchas verdes vistas desde la distancia y en medio de la verticalidad imperante, colgados en el risco y por encima del nivel habitual del pinar; uno de ellos es el Pinar de Mantigua.

Por fin llegamos a las Verduras de Alfonso, en la cabecera del barranco homónimo, después de una dilatada subida desde el fondo del Barranco de Las Angustias, lugar donde además de unos nacientes naturales de imposible acceso, se halla una de las galerías de mayor caudal del parque nacional, con unos máximos que rondan los 50 litros/sg. Sorprende la cantidad de agua que mana de un entorno más bien árido como es el pinar.

Se puede seguir subiendo, remontando mediante revueltas lo que nos queda del Lomo de La Juraga, una de las laderas del Barranco de las Verduras, con el fin de contemplar el paisaje interior de la caldera desde lo más alto posible en esta ruta, alcanzando la arista del lomo y a su vez la divisoria con el siguiente barranco, el Barranco de Los Guanches. En realidad la senda continúa hasta La Cumbrecita, transitando cercano a la base de los imponentes murallones que se alzan hasta las cumbres de la caldera, subiendo otras laderas como Lomo Cumplido y Lomo del Escuchadero que dividen otras tantas vertiginosas barranqueras como los barrancos de Altaguna y de La Piedra Majorera. Debido a lo peligroso y aéreo del tramo (recuerdo que existen cadenas para agarrarse en pasos estrechos, literalmente colgados del abismo) y a derrumbamientos el resto de la vereda hasta La Cumbrecita se encuentra actualmente clausurada.

Desde lo más alto de la ruta la mirada se recrea en el impresionante paisaje y hace olvidar la dureza del pateo. Los barrancos nombrados anteriormente trazan sombreadas hendiduras en el inmenso pinar hasta confluir en el embudo del Barranco de Las Angustias. Sobre nuestras cabezas las nubes juegan a ocultarse entre los farallones, gargantas, fugas, roques y diques de caprichosas formas, originando un mundo vertical de indómitos paredones que majestuosamente se elevan por encima de los 2.000 m. y que parecen confinar no solo las nubes y el aire que respiramos, sino también nuestros pensamientos y emociones. Fue el momento clímax de la jornada, no solo por la altura alcanzada dentro de este descomunal mordisco en el corazón de la isla, sino también por lo que este paisaje logra trasmitir a través de la persistencia y paciencia de la naturaleza para crear arte. Ante nosotros una geología salvaje, brutal, descarnada, desgarrada y convulsa que consigue colmarnos con todo lo contrario: serenidad y paz interior y espiritual.

La naturaleza como espontaneidad gratuita y gratificante, como maestra de sensibilidades, regalo para los sentidos, terapia del alma y expansión del horizonte vital del montañero que se afana por divisarla y disfrutarla desde variados ángulos.

El sendero sigue su trazado en pos de El Escuchadero y La Cumbrecita, topónimos que distingo con la mirada, casi a nuestra altura pero aún distantes, aunque aquí nos sentimos felices con el panorama contemplado.

 

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