Texto: Salvador González Escovar.

Fotos: Juan Luis Barrios y Salvador González Escovar.

La Reserva Natural Especial de Tibataje está constituida por roques marinos y un gran escalón montañoso que desde el nivel del mar se eleva progresivamente y alcanza una altitud de algo más de 1.000 metros sobre él, bordeando el gran Valle de El Golfo por su límite oriental, cuyas vertiginosas laderas son testigos de descomunales procesos erosivos que también hicieron retroceder la línea litoral del norte de El Hierro, enmarcándose en un paisaje agreste de extraordinario valor biológico y estético. Es un formidable refugio para la avifauna marina, donde nidifican algunas especies amenazadas e incluidas en convenios internacionales como Berna y CITES (Paiño común – Hydrobates pelagium – Petrel de Bulwer – Bulweria bulwerii – etc).

Sin embargo, la joya faunística de este lugar es el lagarto gigante de El Hierro (Gallotia simonyi machadoi), una subespecie de lagarto endémica de la isla. El lagarto gigante se considera, según una ley del Gobierno de Canarias, el símbolo natural de la isla de El Hierro, conjuntamente con la sabina.

Este lagarto alcanza un tamaño de hasta 60 cm., es un animal de cabeza ancha (sobre todo los machos), cuerpo fuerte y larga cola.

El dorso es de color oscuro pardo, gris o incluso negra, el vientre es pálido blanquecino o cremoso y en los costados tiene numerosas marcas de color marrón amarillento, poco visibles en algunos individuos.

Este lagarto es propio de las zonas más áridas y de terreno pedregoso. Es omnívoro: come plantas e insectos. La puesta comienza en mayo y pone de 5 a 13 huevos hasta fines de agosto. Los huevos eclosionan después de 61 días. Los predadores más habituales de este lagarto son las aves rapaces, como los cernícalos o los ratoneros, y también gatos asilvestrados, lo que afecta a sus poblaciones naturales y hace disminuir el éxito de los programas de reintroducción de la especie.

Una pequeña población relicta conocida únicamente por los cabreros de la zona quedó relegada en el extremo meridional del Risco de Tibataje, en un paraje conocido como la Fuga de Gorreta. Las encuestas llevadas a cabo en la isla en 1971 revelaron su existencia y pusieron a cabreros y buscadores de rarezas tras la pista del lagarto.

Algunos años después en 1974 se capturaron los primeros individuos en el Risco, y se pusieron en marcha las primeras medidas dirigidas a su conservación.

El área que ocupa la única población natural conocida es de tan solo 4 hectáreas orientadas al suroeste y localizadas entre el Poblado de Guinea (100 msnm), y el llamado Paso del Pino (540 msnm). Esta población estaría compuesta, por unos 250 individuos, cuyo pequeño tamaño y juventud dan una idea de los escasos recursos de la zona y de las numerosas amenazas a las que están expuestos los lagartos.

Camino de Jinama:

 

Este sendero repleto de historias de comunicaciones y transhumancia entre las tierras bajas y altas del Valle de El Golfo, asciende desde la localidad de Frontera hasta el Mirador de Jinama, atravesando la parte oriental del amplio valle que abarca prácticamente la totalidad del norte de la isla de El Hierro, desplegándose a partir de la hilera de cumbres insulares hasta el mar. Otro mar, el de nubes, parece como si percibiese la atracción que ejerce la orografía, y suele encajarse en la parte media y alta de esta gigantesca herradura abierta al noroeste.

Si no hay manto nuboso entre la costa y nosotros, la panorámica del fondo del valle, con sus poblaciones dispersas y parcelas de cultivo hace precipitar la mirada, mirada que transporta al resto de los sentidos a través de las pendientes laderas que convergen en la plataforma de la agreste costa.

Lo realmente espectacular de esta parte del valle es la imponente elevación del Risco de Tibataje. Estando frente a este salvaje farallón, la verticalidad se adueña de las percepciones. Manchones de monteverde conquistan los andenes de este abrupto paredón que limita el circo por el este.

Si andamos inmersos en la niebla, la bruma parece tragarse el camino, difuminando y borrando también el entramado del bosque de laurisilva que se extiende por la franja alta de este anfiteatro, que es la cicatriz de un deslizamiento en masa e inmemorial acontecido en esta zona de la isla.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Este largo circuito senderista parte de la presa de La Gambuesa, dentro del Barranco de Ayagaures, y mediante una pista de tierra bastante larga, ladeando por la vertiente occidental y aproximándose paulatinamente al cauce del tajo, remonta el barranco en dirección al caserío de Las Tederas a la vez que empieza a rodear la Montaña Negra por la parte norte de esta mole elevada desde el mismo lecho del barranco. En Las Tederas comienza el sendero que asciende primero al Descansadero de Los Muertos, al difunto Pino de Pilancones y luego a la parte alta del Pinar de Pilancones, por debajo de la Degollada de La Manzanilla

Posteriormente el tramo por otra pista de tierra termina de rodear la Montaña Negra hasta que un sendero igualmente largo nos baja al punto de partida, transitando la mayor parte del recorrido a una altura superior que en el tramo de ida y ahora en la vertiente oriental del Barranco de Ayagaures.

Iniciamos el ascenso en zigzag por la pista que comienza cerca de la presa de La Gambuesa; nos encontraremos dos desvíos, pero seguiremos ascendiendo. Una vez llegamos a una pronunciada curva, el terreno llanea por la cómoda pista, desde donde se contemplan bonitas vistas de la presa de Gambuesa, del palmeral sobre ella y del discurrir del Barranco de Ayagaures aguas arriba.

Seguimos caminando y más arriba vemos las casas de Taginastal al otro lado del lecho del barranco. Sobre esas casas, los oscuros, verticales y agrietados paredones se desploman en el cauce y contrastan con el matiz blanquecino y las cuevas que presenta la ladera del barranco a una altura superior.

La pista sigue su camino hasta el poblado de Las Tederas, ubicado en el fondo del barranco, con viejas y un tanto desperdigadas casas, donde el paisaje forma en las retinas una imagen bucólica y armoniosa, entre casas de arquitectura tradicional, pinares, palmerales, cultivos agrícolas y un inmenso anfiteatro montañoso al fondo rodeando todo este espacio.

Algunas viviendas se hallan en plena reconstrucción tras el pavoroso incendio forestal de 2007 que arrasó toda esta zona, triste suceso que se percibe al contemplar los troncos ennegrecidos de algunas palmeras sobrevivientes.

El barranco va virando a oriente, cambio de rumbo del cauce impuesto por la gran mole de la Montaña Negra, la cual, a pesar de sus dimensiones, parece quedar aislada dentro del tajo. Tras atravesar el pueblo finaliza, por fin, la pista seguida desde el inicio y comienza el camino que primero atraviesa el cauce del barranco y posteriormente va ascendiendo de manera decidida por la vertiente norte de la Montaña Negra, sin llegar a coronarla, pero elevándonos sobre el tajo seguido hasta ahora y, por supuesto, disfrutando cada vez más de del paisaje invadido por el inmenso pinar que se abre hacia la cuenca alta de Pilancones. En la cabecera de este espacio protegido se distinguen topónimos y morros que lo limitan y separan de la parte central de la isla, como son el recortado Morro de Hierba Huerto, la Degollada del Sordo, Morro de Cruz Grande, Morro del Guirre, Morro de Las Vacas y el Roque Guanil

El Pinar de Pilancones destaca por su madurez y extensión, abarcando el espacio protegido desde el Barranco de Ayagaures hasta los morros que lo separan de la Cuenca de Chira y de la de Tirajana.

La primera parte de la subida culmina en el lugar conocido como Descansadero de Los Muertos, una original mesa de piedra con una cruz y un mojón. En este lugar descansaban los habitantes de Ayagaures cuando llevaban a enterrar a sus difuntos al lejano cementerio de Tunte, localizado en la parte alta del Valle de Tirajana.

En frente, y bajando por un lomito, tenemos una explanada con unas visiones muy panorámicas hacia la cuenca de Pilancones, topónimo conocido como la Cruz de Humbría, cuyo borde forma un cortado repentino sobre el abismo del tajo

Retomamos el camino que ahora llanea y pronto llegamos al enclave donde creció con esplendor el famoso Pino de Pilancones, árbol conocido como el abuelo forestal, un gran y antiquísimo pino canario (se piensa que tenía una edad superior a los 500 años) que sucumbió a las llamas del gran incendio ocurrido en verano de 2007, aunque hay estudios que indican que ya desde bastante tiempo antes mostraba signos de envejecimiento y declive. En este sentido sorprenden los pinos circundantes, reverdecidos y recuperados ya totalmente de aquel siniestro fuego, junto al gigante caído y quemado. Aún podemos contemplar la envergadura de su tronco y de los trozos de ramas que yacen en el suelo y que permanecen en la explanada reconvertida en zona de descanso y de homenaje al emblemático árbol.

La fuente de Pilancones, en la actualidad seca, servía a los caminantes para abastecerse de agua tras el duro ascenso. También se puede dejar nuestras impresiones de la ruta y del entorno en el maltrecho libro de visitas escondido junto a la fuente.

Nos queda un segundo repecho, más largo que el primero, para llegar a una de las tantas pistas de tierra que circulan por la parte alta del Pinar de Pilancones; aquí tenemos varias opciones: si queremos seguir subiendo hasta la Degollada de la Manzanilla para contemplar una completa panorámica hacia la otra vertiente, la que se desploma en la Caldera de Tirajana, debemos continuar por camino empedrado que supera la vertiente. Son unos quinientos metros más de subida hasta la Degollada de la Manzanilla.

Esa opción queda para el futuro y elegimos seguir, de momento llaneando, por la pista de tierra en dirección sur y empezando así el camino de vuelta o de retorno a la presa de La Gambuesa, mientras divisamos la grandiosidad del Pinar de Pilancones y la amplia cuenca que lo cobija bajo una altiva sucesión de roques y morros que lo separan del Barranco de Chira, al otro lado de la misma.

Dicha pista nos guía por la parte oriental de Montaña Negra, macizo rocoso que hace honor a su nombre con respecto al resto del paisaje y que alberga curiosas cuevas.  Seguimos por la pista de tierra hasta que a la derecha se bifurca una vereda que serpentea bajando por la vertiente oriental del Barranco de Ayagaures. Debemos tomar este desvío, ya que si continuamos por la pista nos conduciría al Barranco de los Vicentes, al otro lado de la divisoria compartida con el de Ayagaures.

Descendemos por este camino mientras la Montaña Negra, la cual hemos rodeado, queda a nuestra espalda y nos muestra su silueta más fotogénica. Al poco tiempo veremos una construcción semiderruida (la casa de Montaña Negra) bajo el sendero, perdida en medio de un páramo desolado, antes de que ese terreno se hunda en el precipicio sobre el fondo del Barranco de Ayagaures.

Poco más abajo el camino pasa por un resalte en la ladra que forma un excelente mirador, obsequiándonos con vistosas y estratégicas panorámicas del Barranco de Ayagaures enfilándose hacia la costa sur de la isla desde la parte alta de la amplia cuenca de Pilancones, apreciando como la Montaña Negra estrecha el discurrir del surco divisado, resaltando también los blanquecinos escarpes contemplados en la ida desde abajo, pero ahora desde arriba y que terminan por desplomarse vertiginosamente en el tajo. Coronando el sector occidental del Pinar de Pilancones aún se divisa el inconfundible Morro de Hierba Huerto.

Ladera abajo la mirada escapa fuera de los límites del barranco a través de alguna brecha en su pared oriental y se adivina el Barranco de Los Vicentes al otro lado, e incluso, tras éste, una pequeña porción del Barranco de Fataga.

Tras una prolongada bajada nos acercamos a las presas de Ayagaures y Gambuesa, con sus coquetas casas de piedra rodeadas de huertas y un frondoso palmeral sobre la presa de La Gambuesa. Las palmeras canarias no solo acompañan a las zonas humanizadas de este entorno sino que también se aventuran en los verticales riscos que se alzan por la vertiente oriental del Barranco de Ayagaures.

Al final del recorrido la pedregosa pista se transforma en una pista de cemento que nos lleva hasta el muro de contención de la presa de La Gambuesa, completando el circuito de algo más de 16 km. de longitud.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En la vertiente sureste de El Hierro existe un espectacular acantilado de forma semicircular de unos 5 km. de longitud, abierta al océano, y que se desploma desde una altura de algo más de 1 Km sobre la costa de Las Playas.

Los acantilados herreños, tanto los que dan a la vertiente norte como a la sur de la isla, parecen descomunales en relación a la reducida superficie insular.

Camino de Las Playas:

El sendero, en buen estado, que asciende desde la costa, abandonando la carretera que se dirige al parador de turismo, para alcanzar el mirador de Isora, lo hace por las inmediaciones del fugaz Barranco del Abra, mientras vamos contemplando como tajinastes, vinagreras, tabaibas y bejeques se aferran a estas descarnadas y verticales laderas, además de pinos canarios y sabinas, éstas de forma aislada. Estos árboles se retuercen austeramente en los hostiles roquedos, sobre los que ningún otro árbol puede vivir, desafiando al abismo, perviviendo a medio camino entre el mar y un cielo que se ve surcado por bandadas de cuervos.

Algunas barranqueras y gargantas de vértigo surgen de los cortados cimeros que separan el Risco de Las Playas del resto de la isla, aumentando la sensación de paisaje salvaje, virgen, inexpugnable y sobrecogedor, y finalmente desaparecen al acumular derrubios en el pedregoso litoral, antes de ocultarse definitivamente bajo el mar.

Al finalizar la empinada subida al mirador de Isora, el sendero continúa por terreno más favorable hacia Isora. Antes de llegar al pueblo, un desvío nos encamina a circundar el borde del acantilado, volviendo a ganar altura siguiendo pistas asfaltadas, para finalmente encontrarnos de nuevo en el filo del anfiteatro a la altura de Montaña Bermeja, cerca de la parte central del precipicio, atalaya que ofrece unas perspectivas de ensueño, donde la extasiante mirada vuelve a convertirse en el mayor placer de esta vida, vistas que se desploman sobre la profunda depresión abierta al mar y que se hunde a nuestros pies.

Siguiendo el margen del murallón por una pista de tierra se llega en poco tiempo al punto de inicio (muy próximo al mirador de Las Playas) de la esta larga ruta que prácticamente ha rodeado todo este acantilado por su base y por su borde cimero, atractivo risco producto de la erosión que ha socavado una parte de la superficie insular.

 

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El espacio protegido del Monumento Natural de Las Playas constituye una unidad geomorfológica representativa de uno de los procesos característicos de la geología insular y alberga una magnífica estructura escarpada de gran valor paisajístico y escénico.

El Risco de Las Playas, o también llamado de Los Herreños, forma un gran arco que supera los 1.000 metros de desnivel, en el punto más elevado, con respecto a la reducida plataforma costera sobre la que se precipita vertiginosamente, abarcando una longitud de unos 5 kms. entre la Punta de Bonanza, más allá del roque de idéntico nombre, y la Punta de Miguel.

Comprende además de la espectacularidad del paisaje, una buena muestra de hábitats rupícolas en buen estado de conservación y con una alta diversidad florística, donde no faltan especies endémicas amenazadas como la margarita (Argyranthemum sventenii) y el taginaste (Echium hierrense).

Vereda del Risco:

Este sendero era utilizado para labores de trueque entre diferentes poblaciones y recolección de pinocha.

Desde Las Casas (El Pinar), una estrecha senda bien marcada desciende rápidamente y en continuos zig-zags a través de las empinadas laderas del Risco de Las Playas hasta la proximidad de la Playa (de callados) de Cardones, contemplando en todo momento esta gran caldera abierta al mar que parece una convulsión geológica elevada desde las remotas profundidades oceánicas.

El pinar corona las altas crestas de estos impresionantes cortados, y estos árboles van desapareciendo según descendemos, a medida que dispersas sabinas aparecen ancladas a un inestable sustrato, alargado precipicio que visto desde cierta distancia debe parecer la huella de un gigantesco mordisco en la corteza de esta isla, territorio que de hecho ha sido reducido y transformado por grandes deslizamientos en masa que han originado descomunales farallones en relación a la superficie insular.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde el Rincón de Tenteniguada asciende este largo recorrido en dirección a la Montaña de la Cruz del Saucillo, pasando junto al Roque Jincado y al Roque Saucillo más arriba y rumbo a la cabecera del Valle de Tenteniguada.

En esta depresión abundan las formaciones rocosas esbeltas y de perfiles recortados. Además de los riscos ya nombrados destacan los Roques Grande y Chico de Tenteniguada y el Roque del Pino, el cual está separado de los dos anteriores mediante el vertiginoso Barranco de La Pasadera, barranco por el cual se puede transitar para volver al punto de partida.

Una pista asfaltada parte desde El Rincón y nos va alejando de las últimas casas y huertos del valle, remontando el Barranco de Coruña. Desde el inicio del sendero en sí, vemos nuestro primer destino sobre nuestras cabezas, el Roque Jincado, sobresaliendo en la ladera por donde subiremos.

Pronto aparecen escobones, tajinastes, bejeques, magarzas, retamas, flores de mayo, cerrajas, matoriscos, inciensos, vinagreras y multitud de otras plantas rupícolas adornando el camino que sube continuamente, y poco más arriba pasamos al lado del puntiagudo y estilizado Roque Jincado tras superar un duro repecho ya bajo la sombra del pinar. El lugar es un primer buen mirador de lo que dejamos atrás, de una parte de lo que nos queda por delante y de los sugerentes rincones paisajísticos guardados en la parte alta del Valle de Tenteniguada.

El Valle de Tenteniguada se despliega hacia su cabecera con los tributarios barrancos de Los Alfaques, La Pasadera, Coruña y El Corte. Así mismo una colección de roques afloran en la parte alta del valle siendo los más famosos los Roques Grande y Chico de Tenteniguada.

Hacia el sur la mirada se detiene en la sucesión de roques que va coronando uno de los bordes del Barranco de La Pasadera hasta llegar al Roque del Pino, entre los que se encuentra el modesto pero pintoresco Roque de La Vela, mientras, a mayor distancia, en la otra vertiente de ese tajo los escarpados y prominentes Roques Grande y Chico de Tenteniguada atraen la mirada, hermanados uno sobre el otro, dos viejas y recias chimeneas volcánicas que han sobrevivido a la persistente erosión durante millones de años.

Después de pasar por el Roque Jincado el sendero sigue subiendo, camino de la lomada que corona un espectacular y alargado paredón que tenemos a la derecha según subimos, formando el límite norte del Valle de Tenteniguada, con unas cuevas y recovecos horadando la base del precipicio, cerca del fondo del apropiado topónimo del Barranco de El Corte.

Al llegar a la lomada encontramos una pista de tierra por la que hay que seguir subiendo camino del Roque Saucillo, que aparece a una distancia considerable y todavía bastante encima nuestro. Al otro lado de la lomada el paisaje se extiende hacia el norte desplegándose más valles en dirección al municipio de San Mateo. En esa dirección el entorno cambia y se torna volcánico en las proximidades de la Calderilla Chica, en una de las vertientes de la Hoya del Gamonal, siendo una caldera explosiva de forma circular y que constituye un buen ejemplo de vulcanismo estromboliano, en el que se alternan las lavas con los piroclastos.

El recorrido ascendente por la pista en el que abundan retamas amarillas es bastante largo y cansino y existen caminos que permiten acortar trayecto mediante atajos. Más arriba la pista se introduce nuevamente en el pinar que no deja ver más allá del bosque salvo cuando pasamos junto al vistoso Roque Saucillo.

Este roque se sitúa en el límite municipal de la Vega de San Mateo y de Valsequillo, dentro del Paisaje Protegido de Las Cumbres y constituye un auténtico hito geomorfológico de la zona. Su formación se debe al afloramiento de vulcanismo intrusivo, es decir, se trata de un pitón sálico que se originó durante la erupción Roque Nublo. El Roque Saucillo es de color marrón claro, por la acidez de los materiales que lo conforman; tiene una altura desde su base de 150 metros y la altitud respecto al nivel del mar asciende hasta los 1.709 metros.

Finalmente llegamos a la base de la cónica Montaña de la Cruz del Saucillo, por encima y cerca de Cuevas Blancas, lo que permite enlazar por aquí con la carretera de la cumbre que viene desde Telde.

Un corto sendero asciende por la parte deforestada de la montaña y en su cumbre existe una gran cruz blanca encima de un monolito.

A una altura de 1.800 metros, casi al mismo nivel que el resto de cumbres insulares, disfrutamos del paisaje en todas direcciones, escapando la mirada más allá de los pinos que nos rodean, hacia la Degollada de la Cruz de Tejeda, la morra de Moriscos y El Teide al fondo. En el plano corto la vista se desliza hasta el fondo de la Hoya del Gamonal, uno de los valles adyacentes al de San Mateo y también sobre la ladera que hemos subido y nos separa del Roque Saucillo. En la costa y medianías destacan la zona capitalina, La Isleta, la Montaña Osorio, Teror, Valsequillo, Telde, Bandama, etc. Hemos superado con creces la altura de los Roques de Tenteniguada y toda la amplitud y profundidad del valle homónimo se divisa desde uno de sus puntos más elevados. De vuelta a la base de la montaña seguimos con nuestro particular circuito senderista. Ahora nos encaminamos hacia la cercana cabecera del Barranco de La Pasadera, descendiendo levemente y bordeando la cabecera del Valle de Tenteniguada, acompañados por codesos, alhelíes, salvias blancas y retamas amarillas.

Al llegar a la citada cabecera el panorama vuelve a ser imponente ya que el pasadizo al abismo se encauza entre los roques Grande y Chico por un lado, y el Roque del Pino por otro, del que contemplamos su aplanada y blanquecina cumbre desde aquí arriba, prácticamente en su vertical. Volvemos a disfrutar de extasiantes, estratégicas y completas panorámicas de una buena porción insular.

A partir de este mirador natural comenzamos a descender de manera pronunciada a través de un paisaje muy espectacular que se encauza entre los tres roques antes citados. Más abajo, el recorrido se dirige hacia la vertiente del barranco donde emergen los roques Grande y Chico, elevados en la arista sur del Barranco de La Pasadera; al pie del Roque Grande, encontramos primero un estanque-cueva labrado en la roca y a una cota inferior una cueva- alpendre que nos recuerda el uso de esta ruta por la trashumancia tradicional del ganado. Junto a este hito etnográfico, unos metros más adelante nos encontramos una era, utilizada antiguamente para el trillado de cereales por los agricultores de la zona y a la vez otro auténtico mirador natural puesto que ofrece una espectacular vista del municipio de Valsequillo

Seguimos descendiendo y alcanzamos la base del Roque Grande, admirándolo desde una de sus perspectivas visuales más atractivas.

A medida que vamos bajando cruzamos el barranco hacia la cara norte. Rápidamente apreciamos como el ambiente torna a una mayor humedad, ya que la orientación del barranco de la Pasadera atrapa la niebla que transportan los vientos alisios. Este fenómeno propicia la presencia de especies como el escobón, el ortigón, el bicácaro, la tacarontilla y la orquídea canaria.

En las cotas más bajas del sendero, los tajinastes azules nos hacen sombra, acompañados de escobones y tabaibas, que alcanzan dimensiones considerables en esta zona. Junta a ellos, van apareciendo cada vez más árboles frutales como castañeros, almendros y nogales.

Continuamos por el cauce del barranco hasta que llegamos al final del sendero donde comienza una pista de tierra y unos metros más abajo nos encontraremos con una galería de agua aún en uso.

A partir de esto punto seguimos bajando por una zona rodeada de parcelas agrícolas hasta llegar a la carretera asfaltada. Aquí aparecen ya las primeras casas del Rincón de Tenteniguada.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En la Reserva Natural Integral de Mencafete se encuentra una de las mejores muestras de sabinar húmedo del archipiélago y de monteverde herreño. Su exposición en fachada norte y la disposición en arco determinan un importante papel como área receptora de humedad, contribuyendo a la recarga del acuífero y la protección de los suelos.

La alta biodiversidad del monteverde determina que aquí se encuentre una de las mayores concentraciones de especies de todo El Hierro, incluyendo elementos amenazados tanto de la flora -Cerastium sventenii-, como de la fauna – Palomas de Laurisilva -Columba bollii-. Por otra parte, en el núcleo de la reserva, se localiza la única fuente natural (Mencafete) de la isla que mantiene agua durante todo el año y donde la fauna invertebrada rupícola se conserva en buen estado.

Sendero de Mencáfete:

Desde Sabinosa se asciende de forma decidida al principio, de forma más sostenida más adelante, a Malpaso por una senda que nos acerca y nos introduce en la franja boscosa de la laurisilva herreña, laurisilva no tan variada como en otras islas, en la que domina, fundamentalmente, el fayal-brezal con pocas especies arbóreas acompañantes más, como laureles, acebiños, follaos, mocanes y barbusanos, y en la parte baja, sabinas.  La Fuente de Mencáfite, localizada en lo más profundo del bosque, es una serie de aljibes y pequeñas pozas que recogen el agua del monteverde, y para ir a ella hay que desviarse de la ruta principal una media hora adicional solo de ida.

Después de una continua y larga subida, el bosque siempreverde y casi siempre brumoso va quedando atrás, abriéndose, apareciendo los pinos acompañados de brezos de menor porte que en su ambiente ideal. Tras tanto caminar por medio del tupido bosque que no dejaba escapar la mirada fuera de él, uno agradece la vista, recortada entre las nubes, que ofrece las laderas ennnegrecidas del volcán Tanganasoga, cerca del final de la subida, en un terreno eminentemente volcánico en el que ya se avista la Cumbre de Malpaso, de 1.500 m.s.n.m., el punto más elevado de la isla, que se alza sobre el Malpaís del Jable Cumplido, parcialmente invadido por brezos y pinos canarios.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Sabinar de La Dehesa:

Lo interesante de esta ruta circular que comienza en la Piedra del Regidor (cerca de la Ermita de Virgen de Los Reyes), y que se extiende hasta el mirador de Bascos, es observar las caprichosas formas que adoptan las sabinas al sufrir la acción permanente del viento. Un punto destacado en esta región de pastos comunales de la isla del meridiano es el mirador de Bascos, localizado en el mismo borde occidental del Valle de El Golfo. Si la niebla lo permite, la panorámica del valle rodeado de estas laderas de vértigo que lo circundan reconforta la vista.

La Dehesa es un paisaje abierto, marcado por la persistencia del viento y por la desolación que imprimen algunos volcanes que se aproximan al mar; es tierra de austeras, grandiosas y longevas sabinas, que parecen llevar aquí desde el principio de los tiempos, como banderas que ondean al viento y que forman la seña de identidad de este apartado lugar. La tonalidad gris de sus retorcidos y gruesos troncos le dan un aspecto de esqueletos pétreos, de auténticos cadáveres vegetales, pero a la vez monumentales; cualquiera de estas sabinas es el árbol transformado en arte. No están muertas, aunque algunas de ellas así lo parezca, pero incluso los cuervos, aves carroñeras que en estas islas están vinculadas a estos ecosistemas, y que sobrevuelan el lugar, parecen empeñados en transmitirnos esa sensación.

Poco más abajo, en la costa, en un sustrato eminentemente volcánico, se encuentra el faro de Orchilla, en el lugar del fin del mundo durante siglos, o también en el kilómetro cero, según se mire, del viejo mundo. En cada atardecer el astro rey viaja hacia poniente, trazando en lo que en un tiempo fue el “mare tenebrorum” una banda recta y luminosa dirigida al horizonte, por la cual se enfilan nuestros sueños, tan duraderos como infinito se nos antoja el océano que nos distancia del sol.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Dentro del Parque Rural de Frontera, y en el extremo sur de El Hierro, existe una importante zona volcánica (la isla es la más joven del archipiélago), conocida como Los Lajiales, caracterizada por lavas cordadas (en forma de cuerdas), ásperos malpaíses y pequeños túneles volcánicos por donde fluía la lava.

La ladera suroccidental de la isla, conocida como El Julán, está despoblada y en ella se desarrollan extensos pinares canarios que alcanzan la línea de cumbres insulares, y restos de sabinares y vegetación del piso basal en las desoladas laderas próximas al Mar de Las Calmas.

La zona costera de El Julán, además de la calidad paisajística intrínseca que posee, alberga algún tagoror y áreas de yacimientos paleontológicos de gran interés antropológico, como Los Letreros.

Camino de La Restinga:

Este camino comienza en el pueblo herreño de El Pinar y desciende hasta el extremo sur de la isla, donde existe otro pueblo, La Restinga, medio pesquero y medio residencial.

La vereda, en ocasiones un tanto perdida entre muros de piedra que parecen delimitar propiedades, avanza entre tajinastes, verodes, tabaibas, bejeques, vinagreras y alguna que otra higuera. Es un paisaje bastante seco, en el que a cierta distancia resalta algún pequeño cono volcánico como la Montaña Tembargena. El camino cruza la carretera a La Restinga en diferentes puntos, a la vez que se aproxima al acantilado costero que se prolonga por buena parte de la costa sureste de la isla, y que alcanza su punto culminante en el mirador de Las Playas. Desde ese punto el precipicio sobre el mar va perdiendo altura progresivamente hasta morir cerca de nuestro destino.

Podemos desviarnos de la ruta y asomarnos a él, panorámica enriquecida con el longevo porte de algunas sabinas solitarias recortado sobre el mar. Al otro lado del camino, otro lugar de interés son Los Lajiales, una peculiar zona volcánica que presenta lavas cordadas y malpaíses, con multitud de recovecos y pequeños túneles por los que se desparramaba la lava y al vaciarse y enfriarse la envoltura quedan huecos, pintoresca geomorfología que también se observa al finalizar la excursión, a la derecha del pueblo costero según descendemos, formando un pequeño rompiente con cuevas y entrantes a lo largo del encuentro con el océano.

 

VENTEJÍS (EL HIERRO)

17 marzo, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En este espacio protegido confluyen importantes valores paisajísticos y culturales. Se trata de un paisaje rural armonioso dominado por los típicos muros de piedra seca tan característicos de El Hierro, donde destacan algunos elementos naturales singularizados (conos volcánicos aislados) y -en su extremo oriental- la alineación montañosa del Ventejís. La caldera de Ventejís constituye la mayor cuenca de recepción en la cabecera del barranco de Santiago que discurre hacia el noreste, fuera del espacio natural. Alberga además el mítico lugar del árbol Garoé, testimonio histórico y cultural de interés que informa de la potencialidad de la zona como receptor de la humedad del alisio, contribuyendo así a la recarga del acuífero.

Este espacio protegido posee una extraordinaria calidad de elementos naturales y humanos, lo cual configura un paisaje de gran valor. En él se dan cita aprovechamientos agrícolas y ganaderos al estilo tradicional herreño. Estas actividades han ido transformando las características naturales del medio para constituir un paisaje cargado de connotaciones culturales de gran interés.

Camino de Tacanjote:

Este sendero tiene su inicio en San Andrés, atraviesa el Macizo erosionado de Ajonce, donde se encuentra el mítico árbol Garoé, una parte de la zona de pastos comunales de Nisdafe y desciende en dirección norte atravesando El Mocanal para finalmente buscar el mar en el Pozo de Las Calcosas.

 

TIMIJIRAQUE

15 marzo, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En Timijiraque se encuentran importantes afloramientos de la serie geológica antigua de la isla de El Hierro, en medio de un paisaje agreste de profundos  barrancos, como el de Tiñor, el del Balón o el de Honduras, apenas afectados por la ocupación humana, que constituye el flanco escénico al oeste de la carretera del puerto de La Estaca a Las Playas. En las laderas sobreviven restos de cardonales desaparecidos en otras zonas así como algunas rarezas vegetales como la lengua de pájaro (Polycarpaea smithii).

 

Varios caminos permiten describir un circuito con principio y fin en el pueblo costero de Timijiraque. El sendero sube al principio cercano a uno de los márgenes del Barranco del Balón, aprovechando un ancho camino delimitado con muros de piedra volcánica que gana altura y nos conduce al barrio de La Cuesta, próxima a la meseta central de la isla, avistando espigados domos como las Montañas de Aragando y de Fardón en un entorno siempre áspero.

 

La vuelta a la costa se lleva a cabo por la ruta del Jaral, existiendo la posibilidad de desviarnos a Tiñor, resultando más inclinado que la subida desde Timijiraque, llegando a las proximidades del Puerto de La Estaca, casi en línea recta desde la parte alta. 

Este sendero era utilizado por los habitantes de Tiñor para adquirir mercancías en el principal puerto de la isla y en muchas ocasiones, tomar rumbo a América huyendo de la hambruna de épocas pasadas. En general se trata de un recorrido de uso doméstico, pastoril, agrícola y comercial.