ABACHE. MACIZO DE TENO. (TENERIFE)

2 febrero, 2017

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En el sector suroeste del macizo de Teno se eleva en rampa la pequeña plataforma amesetada de Abache, entre los profundos barrancos de Los Carrizales y de Juan López, uno a cada lado de esta espectacular e impresionante cresta divisoria.

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Es precisamente a lo largo de esta divisoria de aguas por donde los carrizaleros construyeron una obra de titanes, el camino de herradura, empedrado en algunos tramos, con paredes de piedra, y que desde las viviendas cercanas, salva los riscos de Abache que se derrumban a pico sobre los impresionantes tajos que rodean la zona. Es un sendero con historia porque conduce a una ensanchada vaguada y abancalada, antiguamente cultivada de cereales, justo antes de que esta gran cresta se desplome sobre el océano. Alguna vieja casa semiderruida y construida con piedra seca junto a una era así lo atestiguan.

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La Cresta de Abache es similar a otras elevaciones o crestas (en lenguaje local, Achadas) del suroeste de macizo, tales como La Fortaleza, Guergue y Guama. Las suaves pendientes de algunos lugares de estas lomas permiten un buen abancalamiento de tierras para cultivos de secano de cereales y legumbres que desapareció cuando surgió la crisis de la agricultura de medianías. Todas estas Achadas poseen, además de una similar inclinación hacia el mar, antes de precipitarse en el acantilado marino, una pequeña depresión o vaguada en la parte central que surge de la parte más elevada de cada cresta, y más o menos definida y que finalmente muere en un brusco y gigantesco corte que forma cada acantilado marino de unos 400 metros sobre el mar.

Al suroeste del Carrizal Bajo destacan dos picachos: el más cercano, con una cruz en su cima, es el Morro de la Silleta, más al sur el Morro de La Sombra (antiguamente presentaba la función de reloj solar).

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La ruta empieza el recorrido en la descarnada carretera que baja a Los Carrizales, justo en la primera curva a la derecha. Al principio discurre por la falda del Roque, espigada catedral geológica, formada por varias torres con terminaciones cónicas y recubierto de líquenes de matiz anaranjado, y elevada en la misma divisoria entre el Barranco de Juan López y el de Los Carrizales.

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Luego continua su leve ascenso por camino parcialmente empedrado y ancho acercándonos al peñasco de los Catorce Reales que debe su nombre al valor de una excepcional cosecha de orchilla que se recogió en sus paredes a finales del siglo XIX, donde había que encaramarse con dificultad con rudimentarias cuerdas para la recolección del preciado liquen para elaboración de los tintes de la época.

La senda continua acercándose al acantilado marino y a la vaguada donde perduran viejos bancales invadidos por retamas, tabaibas, cardones, bejeques, mato riscos, etc., teniendo a la vista permanentemente el Barranco de Los Carrizales a vista de pájaro, que imperturbable busca camino al mar entre colosales paredones, recios diques que parecen rectas e imaginarias sendas a ninguna parte atravesando despiadadas fugas, y cuevas y recovecos en los espigados roques que se resisten a sucumbir ante la pertinaz erosión. Estos barrancos parecen un entorno petrificado en el tiempo donde la erosión muestra el esqueleto o la espina dorsal inexpugnable desde el principio de los tiempos.

En la Somada de Juan López tenemos una primera panorámica del salvaje Barranco de Juan López, de su tramo medio, visión que más adelante se ve multiplicada al acercarnos a su desembocadura vista desde lo alto de las tierras de Abache.

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La Fortaleza de Teno, en lo alto de la vertiente opuesta del tajo de Juan López, muestra su destacada silueta a modo de una vieja y cuadrangular cabeza, emergiendo desde las mismas entrañas del barranco, en un paisaje vertical que entrecorta la respiración, pone los pelos de punta y me hace pensar en arrodillarme como signo de admiración y veneración paisajística que sosiega el espíritu, en una panorámica que vincula lo visual y existencial con lo emocional y nirvánico, sensación intensa que interrumpe el aliento, al igual que estos profundos cañones lo hacen con la corteza terrestre, percibiendo como los sentidos y pensamientos se desploman libremente a través de estos descomunales farallones.

Más allá de la Fortaleza, se adivina la terminación puntiaguda de Guergue, en lo alto de otra cresta o Achada, la que separa el Barranco de Masca del Barranco del Natero o del Sauce, en una secuencia de barrancos y crestas que parece no tener fin.

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Mirando al otro lado, más allá del Barranco de Los Carrizales, el Pico Baracán (1.000 m.s.n.m.) cierra por el norte la cabecera de este barranco. Desde esa elevación surge una línea de cresta denominada como Cumbres del Carrizal, que se alarga hasta las montañas de Erjos y Bolico (máxima elevación del macizo de Teno, 1.354 m.s.n.m.), pasando por el Tarucho, roque elevado sobre el caserío de Masca. Entre Bolico y el Alto de Illaga se ubica la vaguada cimera de la Degollada del Cherfe, que permite dilatar la mirada hasta los lejanos Pico Viejo y El Teide, como si este paisaje quebrado y abrupto se abriera al resto de la isla por el único lugar posible y nos concediera ese regalo extra por haber alcanzado este confín insular.

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La vertiente de La Fortaleza, al igual que ésta de Abache, que da al mar continúa su declive cada vez más pronunciado, hasta que irremediablemente encuentra el borde del acantilado marino. El precipicio sobre el mar cobija la desembocadura del Barranco de Juan López, a la vez que oculta parte de la costa suroeste de la isla en una extraordinaria visión panorámica que se prolonga hasta el extremo sur insular.

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Si se quiere más éxtasis visual, se puede atravesar la suave vaguada de la cresta de Abache en dirección al Barranco de Los Carrizales, acercándonos todo lo que la sensación de vértigo permita, al borde del acantilado, contemplando el saliente rocoso de la Punta de Teno, su faro, las crestas de los Barrancos de Taburco y de los Regatones (menos espectaculares que los 5 magníficos barrancos del suroeste de Teno), y por supuesto, la cercana playa (en Teno, todo lo que no es acantilado o barrancos se le llama playa) de Los Carrizales, vista desde su vertical, donde el abismo y la sensación de vacío físico, pero no emocional, se apodera de las sensaciones, sentidos y pensamientos, no solo en este punto terminal sino en cualquier lugar de esta altiva ruta en la que la dimensión vertical domina el paisaje y la vulnerable e insignificante vida senderista, percibiendo la magia de un mundo aparte, una isla dentro de otra y en definitiva la propia corteza terrestre en eterna caída libre.

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