VOLCÁN DE LA DESEADA (LA PALMA)

22 enero, 2017

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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El volcán de La Deseada es el punto más elevado de la Dorsal de Cumbre Vieja, con una altura de 1.949 m.s.n.m. Esta alargada hilera volcánica constituye la espina dorsal que divide ambas vertientes de la zona meridional de la isla, entre el refugio de El Pilar y el faro de Fuencaliente.

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El pateo empieza en la zona recreativa y de acampada de El Pilar, comenzando a subir por la ladera norte del Pico Birigoyo, entre la frondosidad del pinar mixto (acompañado de escobones, jaras, codesos, brezos, fayas, laureles y follaos), arboleda tupida que disimula el matiz volcánico del terreno en el que nos encontramos. Al ganar altura el pinar se va haciendo más seco y abierto, mientras la vista se va poniendo a tono con las panorámicas que dejan escapar los pinos hacia las cumbres de la Caldera de Taburiente y también hacia la parte alta del Valle de El Paso, en la zona occidental insular.

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Poco más arriba, llega un momento en que el pinar se abre completamente, quedando por debajo del sendero seguido (GR 131), el cual ahora llanea y baja ligeramente, bajo la oscura, empinada y desolada cara norte del Pico Birigoyo, que es una extensa piconera lunática que se eleva hasta este primer volcán importante, de algo más de 1.800 m. de altura, de la Ruta de Los Volcanes.

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Antes de abandonar esta ladera del volcán, nos recreamos con el espectacular panorama hacia Cumbre Nueva, que por su altura modesta que no llega a los 1.500 m., parece un puente de unión entre la Cumbre Vieja y la arista del Valle del Riachuelo, la que culmina en el saliente de Punta de Los Roques, y a partir de él seguimos recorriendo con la mirada las cumbres que bordean el circo de las cumbres de la Caldera de Taburiente, situadas detrás del primer eslabón montañoso del Pico Bejenado, limitando por el sur dicha depresión.

Después de una leve bajada contorneando el Birigoyo, el camino se ensancha, retorna la cuesta arriba y volvemos al dominio del pinar canario que oculta la mirada, pero no por mucho tiempo.

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Poco después de pasar un puente de madera, las retinas vuelven a estar de enhorabuena, no solo se dominan visualmente la vertiente oeste de la isla, y hacia el norte el anfiteatro perimetral de la caldera, sino también se va adivinando la caída de esta sucesión volcánica hacia oriente, a la vez que las sensaciones pasan tan rápido como las nubes que remontan la hilera de Cumbre Nueva cientos de metros por debajo de nuestra privilegiada situación.

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El paisaje se torna definitivamente lunático; escorias, cenizas volcánicas, cráteres y desolados montículos de picón se reparten a lo largo de la cresta por la que transita el polvoriento sendero. Los pinares que hasta mediados del siglo pasado poblaban estas cumbres pasaron a mejor vida borrados del mapa por la sepultadora y a la vez rejuvenecedora fuerza interna del planeta, y actualmente y de manera aislada intentan recolonizar el medio del que bruscamente fueron eliminados. El Matorral de alta montaña ocupa su espacio y se afana en sobrevivir en el sustrato de escorias y lapilli, formado principalmente por rosalitos, tajinastes, corazoncillos, escobones, codesos, poleos, alhelíes y fistuleras.

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El siguiente hito montañoso importante es el Roque Nambroque, de 1.921 m.s.n.m., ligeramente desplazado hacia el este de la divisoria volcánica. Los pilares basálticos de la cima se desploman por su parte oriental y destacan en el entorno volcánico, cual islote rocoso de otra época geológica que perdura en el tiempo resistiendo las envestidas eruptivas posteriores.

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Desviándonos del camino principal, una corta y señalizada senda nos conduce a la cumbre del Nambroque, mostrándonos desde allí majestuosas vistas de la vertiente oriental de La Palma, comprendidas entre la zona capitalina y la del municipio de Mazo, y a su vez como desde la costa esta extensa ladera con poblaciones y bosques se eleva de forma continuada hasta alcanzar este vértice geodésico y la cadena volcánica que vamos dejando atrás.

Alargando la vista hacia el norte, el Pico Birigoyo, al que ya hemos superado en altura, es distinguible por su silueta cónica, y más allá el Bejenado y el cresterío de la Caldera de Taburiente forma un fondo paisajístico incomparable a este mágico y encantador relieve.

Mirando hacia el sur del Pico Nambroque ya distinguimos nuestro destino de La Deseada y el Pico del Cabrito, aunque antes pasaremos por otros volcanes impactantes.

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Nos sentimos afortunados de disfrutar de este magnífico paisaje en todas direcciones, en el que predominan las laderas inundadas de pinares y volcanes que esparcieron sus lenguas de lava vertiente abajo, pintando las laderas de matices ocres, marrones, rojizos y gris oscuro. Estamos en el tramo más espectacular y elevado de la Ruta de Los Volcanes, el situado entre el Pico Birigoyo y La Deseada.

Junto al Roque Nambroque nos sorprende la presencia de una vertical sima volcánica, comparativamente bastante profunda con respecto al reducido diámetro del agujero.

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Retornando al GR 131 el sendero prosigue su particular sube y baja a lo largo de esta altiva hilera minada de volcanes que en días despejados nos enseña vistas de ensueño sobre ambas vertientes de la isla. Después de una leve bajada, un caótico y gran socavón abre repentinamente la corteza volcánica, sacudiendo también nuestros sentidos: es el cráter del Hoyo Negro (1.870 m.), dejando ver su enorme boca eruptiva, el camino que debió seguir la lava ladera abajo y haciéndonos imaginar el espectáculo pirotécnico de la erupción acontecida en el año 1949. Aparecen bordes estratificados y plegados de pálida tonalidad formados por piedra pómez compactada, recortados verticalmente formando azarosos e inestables entrantes y salientes sobre el hoyo que parecen que se van a desplomar en cualquier momento. Las grandes piedras amontonadas en el fondo y el aspecto siniestro y desfigurado del cráter hacen pensar en una fase explosiva de este volcán, algo poco frecuente en el vulcanismo canario, caracterizado por erupciones tranquilas de tipo estromboliano.

Todos estos cráteres de Cumbre Vieja son hoyos negros pero éste es sin duda el más espectacular. Ni un pino se adentra en sus dominios. Terreno prohibido y vedado a la vida, al menos vegetal.

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Seguimos hacia el sur y a poca distancia aparece otro volcán que también erupcionó en el año 1949, el Volcán Duraznero, abierto al este por donde se abrió camino la colada lávica siguiendo una estrecha zanja que alcanzó la costa oriental de la isla. En su fondo más bien llano puede observarse los restos de un lago de lava a modo de un gran y oscuro malpaís. Sorprende la presencia de pinos en el interior de algunos de estos volcanes, formando un bello contraste cromático entre el verde y las negras y lisas laderas interiores de los conos, que a su vez resaltan sobre el caótico, siniestro y agrietado fondo formado por bloques de lava solidificada del Duraznero. Los pinos intentan recolonizar el terreno que hasta mediados del siglo pasado les perteneció. La vida se abre paso paulatina e irremediablemente en medio de la desolación volcánica.

Entre el Volcán Duraznero y el de La Deseada se esconde otro volcán que parece no haber reventado aún, pues no se observa lengua de lava derramada por las inmediaciones, y además conserva la forma típica de un cono volcánico, al igual que ocurre con el destino final de este pateo, el Volcán de La Deseada.

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Para subir al borde del volcán tenemos que superar una larga, polvorienta y desolada piconera que hace acelerar el ritmo cardiaco y la respiración. Una vez arriba podemos bordear totalmente el cráter de este volcán, lo que nos permite disfrutar del desplome de ambas vertientes insulares desde los 1950 m. de altura, situados en el punto álgido de la Ruta de Los Volcanes y de Cumbre Vieja, constituyendo un excelente vértice geodésico con incomparables panorámicas 360º a la redonda.

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Desde el borde sur de La deseada divisamos los volcanes que continúan su periplo hacia la zona meridional de la isla y que sucesivamente van perdiendo altura, como el negro Volcán del Charco (erupción de 1712) y El Cabrito, y lenguas de oscura lava solidificada se desparraman hacia el oeste vomitadas por el Volcán del Charco, rompiendo la continuidad del pinar, bosque que si no fuera por esas oscuras coladas, rodearía completamente el volcán sobre el que nos encontramos.

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Bordeando el cono de La Deseada, contemplamos como las empinadas laderas repletas de pinares se derrumban hacia el mar, y donde no hay pinares es porque los ríos de lava, cuyos testigos actuales son los negros malpaíses, y los volcanes a media ladera los borraron del mapa, como ocurre en el extenso malpaís de La Malforada, testigo actual de un río de lava que avanzó por la vertiente oriental, bajo el Volcán del Duraznero.

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Hacia el norte todavía se contemplan parte del circo cumbrero de la Caldera de Taburiente y su arista oeste marcando el desagüe a través del Barranco de Las Angustias, cerca del Valle de Aridane. Ese panorama de fondo unido al primer plano de esta hilera volcánica que hemos dejado atrás es un paisaje que inunda las retinas y pensamientos de inolvidables sensaciones. La naturaleza se muestra en este periplo volcánico viva y creativa, tanto desde el punto de vista animal y vegetal, como geológico, y esa vitalidad se transmite al montañero.

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El Volcán de La Deseada, un sugerente y apropiado topónimo para la montaña más elevada de esta alargada cadena volcánica, en eso pensamos al permanecer un rato en el altivo vértice del espinazo montañoso que en sucesivos episodios eruptivos ha levantado este lunático relieve en la zona meridional de La Palma. En canarias hay muchos volcanes pero pocos ofrecen estas impresionantes panorámicas y además por partida doble, al elevarse todo este complejo edificio volcánico vertiginosamente, tanto en la vertiente occidental como en la oriental, desde la lejana pero visible costa.

 

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