RISCO BLANCO (TENO). TENERIFE

11 enero, 2017

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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Esta caminata empieza en El Molledo, barrio cercano a Santiago del Teide.

 

Los primeros metros de la ruta coinciden con el inicio de la excursión a la Montaña de Guama y la que recorre el Valle de Santiago por el fondo; en el cruce que separa las rutas tomamos el desvío de la derecha, indicando al Risco Blanco por Los Quemados. El sendero asciende levemente hasta la fuente y aljibe de Tenerguera, atravesando la vertiente sur de la Montaña Illaga, que es una de las fronteras naturales que se para el Macizo de Teno del resto de la isla.

 

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Al penetrar en este macizo hay que hablar irremediablemente de profundos y salvajes barrancos: los primeros que nos encontramos siguiendo la senda al Risco Blanco son el Barranco Seco (también conocido como el de la Junquera) y el del Natero ( o del Sauce), de los cuales es oportuno indicar que comparten cabecera (bajo la Montaña Illaga) y desembocadura en la misma playa, la de Barranco Seco, además de túneles, canalizaciones de agua y galerías del preciado elemento.

 

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El Risco Blanco, en su tiempo potente chimenea volcánica y compuesta de materiales basálticos más resistentes frente a la incesante erosión, se eleva sobre la cresta que separa ambos tajos, destacando por su pálido cromatismo y su fisionomía, en un mundo aparte donde la dimensión vertical acapara la mirada y la atención del senderista. 

Tras atravesar el tramo alto del Barranco Seco llegamos a Los Quemados, donde se respira el aire más bucólico y ancestral de Teno, con corrales de cabras, pequeñas extensiones de tierras de cultivo y muros y vetustas casas de piedra seca y tejados a una o dos aguas, todo ello en el mismo borde del siguiente y más profundo tajo en la corteza terrestre, el Barranco del Natero, que debe su nombre a alguna que otra galería en su abismal fondo, actualmente abandonada, pero presenciada desde Los Quemados. Las casas de Los Quemados fueron durante algún tiempo viviendas habituales de cabreros y constan de cuevas, dormitorios, alguna era, “goros” de cochinos y “graneles” para cereales y la hierba seca.

 

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El sendero desciende en dirección al Risco Blanco siguiendo la cresta compartida por ambos tajos, pudiendo seguir descendiendo, rodeando parcialmente el roque por la derecha hasta contemplarlo desde cerca de su base oeste, para lo cual se puede trepar sin apenas dificultad una muralla rocosa de idéntico cromatismo que el Risco Blanco, o bien continuar bajando por la cresta divisoria hasta la siguiente elevación conocida como El Cabezón. Sea como fuere, las vistas en todas direcciones merecen una prolongada parada y descanso antes de regresar: puede verse la triangular cumbre de Bolico, que es la altura máxima del macizo de Teno, encima de la cabecera de estos dos tajos, el escarpado puntal de Guergue en la vertiente opuesta del Barranco del Natero, el Teide y el Pico Viejo detrás del Risco Blanco, las islas más occidentales del archipiélago, la costa suroeste insular más allá de la recortada arista sur del Barranco Seco y que desciende hasta el mar desde la Loma de Guama, alguna que otra galería abandonada y canalizaciones que dejan su impronta blanquecina en las laderas de los impresionantes y profundos barrancos Seco y del Natero, cada uno a un lado, y por supuesto las abismales entrañas y el salvaje discurrir, desde el nacimiento de ambos tajos paralelos hasta su compartido ocaso en el océano.

 

11141760_934120689986950_1871385912653857031_nLas paredes de los tajos de Teno, repletas de diques, recovecos, cuevas y colosales fugas forman un atormentado y desgarrador paisaje, como si la corteza terrestre estuviera a punto de derrumbarse bajo su propio peso, en los dominios de una verticalidad superlativa, exagerada y extrema que origina en mis sentidos un estado de exaltación y excitación nirvánica y sobrenatural, tan duradera mientras se prolongue el pateo por estas Achadas o salvajes crestas de estos inolvidables barrancos.

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