LA FORTALEZA DE TENO. TENERIFE

25 diciembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

11885210_997928206939531_1263913455261153766_nLa Fortaleza es un pintoresco y característico roque de forma cuadrangular, visto desde algunos ángulos, y que se eleva en la cresta divisoria entre los barrancos de Masca y de Juan López

El corto itinerario empieza en el Lomo del Luchadero, junto a la Cruz de Jilda, topónimo que nos recuerda que aquí existió un “terrero”, testimonio silencioso olvidado por la tradición oral, de aquellos desafíos de lucha canaria que vivieron los pobladores aborígenes.

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A lo largo del camino que transcurre próximo a la cresta y tendencia descendente, y casi siempre dentro de la vertiente del salvaje Barranco de Juan López y rodeando por el norte el Roque de La Fortaleza, impactan las panorámicas abismales a vista de pájaro sobre los profundos tajos colindantes, especialmente el de Juan López, que alberga dentro de él un ramal conocido como el Barranco del Retamar, uniéndose al cauce principal antes de la desembocadura en el mar.

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Otras sensaciones flotan en el ambiente, como sentir a cada paso las huellas que dejaron los lugareños hasta fechas recientes, en pos de eras, bancales, pajales, cazoletas y terrazas de cultivo de cereales, actualmente abandonadas, o apreciar el propio trazado del camino, en algunos tramos empedrado, o incluso indagando más atrás en la historia de esta tierra, apreciando la existencia de algunos grabados guanches relacionados con el culto solar y la fertilidad.

Las retamas blancas y las tabaibas majoreras cubren gran parte del paisaje abrupto, acompañadas de diversas plantas rupícolas como la amargosa y el bejeque de masca, vestigios botánicos exclusivos de este macizo y refugiados en estos impresionantes paredones que reducen el espacio vital y emocional del senderista.

El último y casi único repecho del sendero, ahora ancho y empedrado, nos conduce casi al borde del brutal acantilado marino que se desploma en el océano, divisando las playas de Juan López, primero, y del Barranco de Masca, después, desde medio kilómetro de altura. 

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Después de transitar junto a tantos riscos, paredones y abismo, resulta curioso que esta parte final de esta lomada divisoria sea ancha y plana, hecho que fue aprovechado en su momento para abancalar el terreno en sucesivas terrazas de cultivo separadas con muros de piedra seca. Tras atravesarla brevemente llegamos al borde del barranco vecino: las entrañas del Barranco de Masca con sus fugas, oscuras cuevas y diques, ocultas a la vista casi desde el inicio, se revelan de golpe como un auténtico shock visual en las retinas, para posteriormente quedar grabadas en la memoria como imborrables sensaciones trasmitidas por un entorno duro, esquelético, petrificado, convulso y geológicamente apolíptico y en caída libre.

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En lo alto de la pared opuesta del Barranco de Masca se alza el vistoso escarpe de Guergue, compitiendo en altura y belleza con La Fortaleza, contemplando ahora su cara menos conocida, y detrás de Guergue, ya fuera del Macizo de Teno y de la cabecera del Barranco de Masca, limitado por las cumbres de Bolico, El Tarucho y Cherfe, asoma el complejo volcánico del Teide-Pico Viejo.

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