GUERGUE. TENO (TENERIFE)

24 diciembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

12140565_1012082862190732_9179035265037303223_nEste camino semeja un puente colgante, cuyos tramos, sobre agudos riscos, se mantienen suspendidos sobre el abismo. A cada lado sendos barrancos se hunden unos 400 metros de desnivel. A cada paso nos recuerdan las convulsiones que durante millones de años han protagonizado la creación y desmoronamiento de estos paisajes. Fruto de esa erosión pertinaz son los variopintos diques, de grosor, gamas cromáticas, composición y longitudes variadas, entrecruzándose unos con otros, curvándose y finalmente desapareciendo, como si vistos desde lejos fueran trazas de sendas a ninguna parte a través de los verticales murallones.

En estos barrancos bestiales todo es producto de la erosión, interviniendo en esta apoteósica escultura geológica, además de los diques, las oscuras cuevas que parecen socavar los pilares de los tajos y las imponentes fugas por donde se precipitan, entre todas las partes cosas, los sentidos del senderista.

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El sendero de esta espectacular ruta transcurre por la cresta divisoria entre el Barranco de Masca y el del Natero ( o del Sauce). Nos encaminamos a coronar el puntal o bastión de Guergue, bastante distinguible desde lejos, altura máxima de esta cresta cortada a pico, sobre todo en la vertiente que se derrumba sobre el Barranco de Masca. Aunque resulte paradójico el hecho de encontrarnos entre precipicios, esta zona antiguamente era utilizada como tierras pastos y de cultivo de secano, como habas, arvejas y cereales, lo que explica el propio trazado del camino, la existencia de eras para moler grano, de semiderruidas casas de piedra, de bancales abandonados en la parte más ensanchada de la cresta y en la parte de la misma que mira al mar, antes de desplomarse en el acantilado marino.

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A lo largo del sendero, en algunos tramos bastante ancho y empedrado, lo que nos recuerda su viejo uso “para bestias”, las panorámicas estremecen la visión, ponen los pelos de punta y detienen el aliento al percibir el abismo de este imperio vertical de duro basalto. Pienso que actualmente es una bendición para los sentidos que a los antiguos masqueros se les haya ocurrido trazar un camino, evidentemente con otros fines más mundanos y funcionales, entre estos dos descomunales cañones, lo que sin duda permite disfrutar de las altivas e inigualables vistas de ambos surcos en la corteza terrestre y por partida doble.

Los brutales farrallones rocosos del Barranco de Masca apenas permiten adivinar la estrecha franja que marca el fondo del precipicio y la escapatoria al mar de este mundo en perpetua caída libre.

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El climax visual y emocional se alcanza en lo alto de Guergue, desde donde no solo se aprecia el sublime abismo a ambos lados sino que la mirada puede escapar más allá de este mundo aparte que configura el Macizo de Teno: en días despejados puede divisarse la costa suroeste insular y El Teide, amén de La Gomera. El altivo escarpe de Bolico destaca al mirar atrás, no en vano es la altura máxima del macizo, elevándose sobre la Degollada de Cherfe e Illaga. Al sur, el Risco Blanco destaca por su pálida tonalidad y por su puntiaguda silueta en la vertiente opuesta del Barranco del Natero, y aún más allá la Loma de Guama marca el límite sureño de este espacio dominado por la incansable sucesión de profundos tajos y espigados roques que juntos hacen que la dimensión vertical el paisaje sea la dominante.

Mirando al norte, parece que estamos cara a cara con el Roque de La Fortaleza, rivalizando en altura con él, mientras el colosal paredón que lo sustenta está horadado por multitud de oscuros recovecos que vaticina un desplome masivo o continuado en el tiempo.

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Desde lo alto de Guergue, el camino desciende de la misma forma que la cresta avanza hacia el mar en continuo y uniforme declive, todavía a bastante distancia de formar el acantilado marino. Además, a partir de aquí, esta divisoria se ensancha lo que permitía en la antigüedad el abancalamiento del terreno para usos agrícolas. El ensanchamiento de la cresta forma una vaguada que también se enfoca al océano en estas tierras altas y que puede ser atravesada sin dificultad aprovechando los bancales invadidos por retamas para contemplar ambos tajos desde los respectivos bordes.

Se puede contemplar desde las alturas las playas o desembocaduras de los Barrancos del Natero y de Masca, casi desde el borde del acantilado, prácticamente andando sin camino alguno, acercándonos al borde del acantilado lo que cada uno estime oportuno en cuanto a su seguridad y vértigo.

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A un lado de la ensanchada cresta aparece la playa de Barranco Seco, desde unas viejas casas de piedra donde se respira añoranza de otros tiempos. La desembocadura es compartida con la del Natero, que es el más largo de los que arrugan este sector del Macizo de Teno. Aguas arriba, ambos tajos divergen hasta sus nacimientos bajo la Degollada de Cherfe y la Montaña de Illaga.

Fuera del límite de esos barrancos que parecen recluirnos en el espacio y en el tiempo, también se contempla la población turística de Los Gigantes y gran parte de la costa suroeste de Tenerife.

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Si decidimos atravesar la vaguada que forma esta parte de la cresta podemos acercarnos al borde del Barranco de Masca y buscar en lo posible la vertical de su playa trepando y posteriormente bajando por un promontorio rocoso. El esfuerzo y el posible vértigo merece la pena, la panorámica sobre el mismo mar resulta de ensueño, varios cientos de metros sobre él, viajando la vista libre y verticalmente al encuentro con el océano y con su fondo no demasiado profundo cerca de la costa. Permanecemos literalmente suspendidos sobre el abismo, sintiendo la tensa paz que fluye del mar y de los colosales paredones del Barranco de Masca, una profunda herida abierta por el paso del tiempo y por los elementos, escuchando el rumor del mar y el abrumador silencio del tajo, según donde se enfoquen los sentidos, y sintiendo como la magia del abismo va recargando el espíritu de inolvidables sensaciones. Esta convulsión geológica a base contemplar barrancos y acantilados consigue trasmitirme todo lo contrario: paz y serenidad personal.

Estos acantilados son producto de la interacción entre el mar y los barrancos, entre la creación y la erosión, constituyendo una joya geológica, que se alarga desde los Acantilados de Los Gigantes hasta la Punta de Teno al divisar este magnífico espectáculo de entrantes y salientes.

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La erosión que ha originado estos estremecedores cañones no solo supone destrucción y desmantelamiento del territorio, también es un proceso creativo, las fuerzas geológicas aunque sean contrapuestas crean arte; incluso la muerte de un barranco al desembocar en el mar y originar estos espectaculares acantilados resulta creativo. Todo en la naturaleza es creativo y para disfrutar de este arte creativo solo hay que abrir los ojos, la mente y el espíritu.

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