ROQUE DE LA GRIETA. LAS CAÑADAS DEL TEIDE (TENERIFE)

20 diciembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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El Roque de La Grieta se alza en la parte central y más espectacular del Circo de Las Cañadas del Teide. Su altura es de 2.573 m.s.n.m., la segunda cima más elevada del circo detrás de la Montaña Guajara, y al igual que las otras cumbres que circundan el anfiteatro, presenta una caída prácticamente vertical de unos 500 m. sobre el interior de la caldera volcánica, mientras que la ladera orientada al sur se desploma de forma más suave sobre los extensos pinares de la Corona Forestal que rodean el parque nacional.

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Una opción para subir al Roque de La Grieta es empezar en el parador de turismo, tomando la Pista de tierra de las Siete Cañadas. Pronto los vistosos escarpes de la Cañada del Capricho llaman nuestra atención por los recovecos, caprichosas formas geológicas producto de la erosión y los matices anaranjados con los que nos obsequian nada más empezar el pateo.

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Luego viene la Cañada de La Mareta, bajo la imponente cara norte de la Montaña Guajara, mientras ya avistamos a oriente nuestro destino montañero, entre el Roque Pasajirón y el puntiagudo escarpe del Topo de La Grieta, todo ello sobre la serena, extensa y pálida llanura de la Cañada del Montón de Trigo.

Para ascender a la Degollada de Guajara abandonamos la pista de las Siete Cañadas por sendero indicado, tramo utilizado en el ancestral Camino de Chasna que comunicaba antiguamente el norte con el sur de la isla para fines no precisamente montañeros sino más bien comerciales y trashumantes.

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El collado se encuentra entre Pasajirón y Guajara, lugar donde surge un gran tajo que arruga la corteza terrestre y serpentea hacia el sureste insular, el Barranco del Río, delimitando los municipios de Granadilla de Abona y Arico. Barrancos como éste parecen tener vida propia: nacen, se ahondan, se ramifican, hieren la piel planetaria en su dilatado y retorcido discurrir, y finalmente mueren plácida o violentamente en su encuentro con el mar. Son las cicatrices abiertas en la piel de La Tierra. El paisaje no sería lo mismo sin ellos, ejerciendo en mí una atracción especial, aparte de constituir un refugio vital para determinadas especies botánicas amenazadas.

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Al encontrarnos elevados sobre la caldera de Las Cañadas, las retinas empiezan a deleitarse con el salvaje entorno volcánico, apreciando el contraste entre las sepultadoras lenguas de lava, siniestros y oscuros malpaíses como el Tabonal Negro y el Valle de Las Piedras Arrancadas, con las pálidas y serenas cañadas pumíticas repartidas a lo largo de la base de la pared de Las Cañadas.

Antes del Roque de La Grieta hay que subir a Pasajirón, de cima más bien plana, rondando los 2.500 m. de altura, y por tanto con un desnivel medio de unos 500 m. con la depresión calderiforme.

La extensa pared norte del circo es la huella de un deslizamiento en masa de una gran cumbre insular acontecido hace millones de años.

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Desde la cumbre de Pasajirón el horizonte visual se extiende en todas direcciones, y con ella los pensamientos y sensaciones, topándose nuestra mirada con cumbres más elevadas como el complejo Teide-Pico Viejo, Guajara o el Roque de La Grieta, mientras al sur de la cima la panorámica se desploma con menor sensación de abismo, encontrando el nacimiento del otro ramal del Barranco del Río, que agrieta una parte del pinar de Arico, y sirviéndonos de guía visual para alcanzar la lejana costa y medianías del sureste insular si la claridad del día acompaña.

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Desde Pasajirón hay que descender a la siguiente degollada para acometer la subida final al Roque de La Grieta. Nos seguimos sirviendo del sendero del Filo, que ahora ladea por la fachada sur del roque sin llegar a subirlo, por lo que si se quiere llegar a su cumbre hay que abandonar la senda justo antes de que el camino inicie el descenso o llanee y ascender campo a través sin demasiada dificultad hasta la cima.

Al contrario que la cumbre de Pasajirón, la del Roque de La Grieta resulta más esquiva, por lo que en los metros finales hay que trepar los resaltes y paredes cimeras.

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Nuevamente en una cumbre de este majestuoso y grandioso anfiteatro de forma arqueada, percibiendo la libertad que proporciona una montaña solitaria como ésta, libertad y soledad que vuela al son de la brisa que acaricia estas cumbres y de paso mi rostro, respirando el aire ligero y leve de las alturas, aquel que hace flotar mi insignificante existencia plácidamente, el que porta mis pensamientos tan lejos como viaja la mirada y el que me hace divagar sobre tan mágico y entrañable espacio volcánico vomitado por las entrañas del planeta.

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A mis pies, bajo el abismo de la pared norte, se extiende un entorno lunático, un mundo mineral, virgen, descarnado, desolado y violento, como si el infierno estuviera cerca, espacial y temporalmente, sensación percibida desde aquí arriba, pero por momentos y paradójicamente, diría que me encuentro a las puertas del cielo. Sin embargo, esa aparente violencia consigue transmitirse todo lo contrario, paz y serenidad.

Las cañadas del Montón de Trigo y la de La Grieta yacen en el fondo de la depresión, a un paso de los desolados malpaíses que se extienden hasta la base del Teide, siendo dos de las siete planicies repartidas por la base de este mágico y cautivador circo de paredes verticales.

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En este mundo mineral con vida propia en la que resulta difícilmente imaginable cualquier otra forma vital, la primavera normalmente alumbra tardía a estas alturas, pero cuando llega lo hace con todo su esplendor. La belleza del paisaje enmarca la explosión y variedad cromática de las flores de muchas plantas endémicas del lugar, desde el azul o violeta de los alhelís, los tajinastes picantes, las tonáticas, hasta el rojo de los tajinastes rojos, pasando por el amarillo de los codesos, hierbas pajoneras y turgaytes, el blanco o rosado de las retamas, las margaritas del Teide y de las salvias del Teide. Un colorido y un regalo de la propia vida, no solo para el observador sino para perpetuar la existencia de las plantas, pero que parece desproporcionado debido a su belleza, en este entorno tan rudo y duro para cualquier forma de existencia animal o vegetal.

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Desde el Roque de La Grieta hacia el este, el Filo de Las Cañadas pierde altura y espectacularidad, la cual se despide con el puntiagudo roque del Topo de La Grieta, formando detrás de él una pared más uniforme y menos vistosa con suaves lomas que abarcan hasta las inmediaciones de la Montaña Cerrilar, cerca del límite oriental del circo, donde da paso a la cabecera del Valle de La Orotava y a las postreras cumbres de Izaña.

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