LA FORTALEZA DE TENO. TENERIFE

25 diciembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

11885210_997928206939531_1263913455261153766_nLa Fortaleza es un pintoresco y característico roque de forma cuadrangular, visto desde algunos ángulos, y que se eleva en la cresta divisoria entre los barrancos de Masca y de Juan López

El corto itinerario empieza en el Lomo del Luchadero, junto a la Cruz de Jilda, topónimo que nos recuerda que aquí existió un “terrero”, testimonio silencioso olvidado por la tradición oral, de aquellos desafíos de lucha canaria que vivieron los pobladores aborígenes.

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A lo largo del camino que transcurre próximo a la cresta y tendencia descendente, y casi siempre dentro de la vertiente del salvaje Barranco de Juan López y rodeando por el norte el Roque de La Fortaleza, impactan las panorámicas abismales a vista de pájaro sobre los profundos tajos colindantes, especialmente el de Juan López, que alberga dentro de él un ramal conocido como el Barranco del Retamar, uniéndose al cauce principal antes de la desembocadura en el mar.

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Otras sensaciones flotan en el ambiente, como sentir a cada paso las huellas que dejaron los lugareños hasta fechas recientes, en pos de eras, bancales, pajales, cazoletas y terrazas de cultivo de cereales, actualmente abandonadas, o apreciar el propio trazado del camino, en algunos tramos empedrado, o incluso indagando más atrás en la historia de esta tierra, apreciando la existencia de algunos grabados guanches relacionados con el culto solar y la fertilidad.

Las retamas blancas y las tabaibas majoreras cubren gran parte del paisaje abrupto, acompañadas de diversas plantas rupícolas como la amargosa y el bejeque de masca, vestigios botánicos exclusivos de este macizo y refugiados en estos impresionantes paredones que reducen el espacio vital y emocional del senderista.

El último y casi único repecho del sendero, ahora ancho y empedrado, nos conduce casi al borde del brutal acantilado marino que se desploma en el océano, divisando las playas de Juan López, primero, y del Barranco de Masca, después, desde medio kilómetro de altura. 

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Después de transitar junto a tantos riscos, paredones y abismo, resulta curioso que esta parte final de esta lomada divisoria sea ancha y plana, hecho que fue aprovechado en su momento para abancalar el terreno en sucesivas terrazas de cultivo separadas con muros de piedra seca. Tras atravesarla brevemente llegamos al borde del barranco vecino: las entrañas del Barranco de Masca con sus fugas, oscuras cuevas y diques, ocultas a la vista casi desde el inicio, se revelan de golpe como un auténtico shock visual en las retinas, para posteriormente quedar grabadas en la memoria como imborrables sensaciones trasmitidas por un entorno duro, esquelético, petrificado, convulso y geológicamente apolíptico y en caída libre.

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En lo alto de la pared opuesta del Barranco de Masca se alza el vistoso escarpe de Guergue, compitiendo en altura y belleza con La Fortaleza, contemplando ahora su cara menos conocida, y detrás de Guergue, ya fuera del Macizo de Teno y de la cabecera del Barranco de Masca, limitado por las cumbres de Bolico, El Tarucho y Cherfe, asoma el complejo volcánico del Teide-Pico Viejo.

GUERGUE. TENO (TENERIFE)

24 diciembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

12140565_1012082862190732_9179035265037303223_nEste camino semeja un puente colgante, cuyos tramos, sobre agudos riscos, se mantienen suspendidos sobre el abismo. A cada lado sendos barrancos se hunden unos 400 metros de desnivel. A cada paso nos recuerdan las convulsiones que durante millones de años han protagonizado la creación y desmoronamiento de estos paisajes. Fruto de esa erosión pertinaz son los variopintos diques, de grosor, gamas cromáticas, composición y longitudes variadas, entrecruzándose unos con otros, curvándose y finalmente desapareciendo, como si vistos desde lejos fueran trazas de sendas a ninguna parte a través de los verticales murallones.

En estos barrancos bestiales todo es producto de la erosión, interviniendo en esta apoteósica escultura geológica, además de los diques, las oscuras cuevas que parecen socavar los pilares de los tajos y las imponentes fugas por donde se precipitan, entre todas las partes cosas, los sentidos del senderista.

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El sendero de esta espectacular ruta transcurre por la cresta divisoria entre el Barranco de Masca y el del Natero ( o del Sauce). Nos encaminamos a coronar el puntal o bastión de Guergue, bastante distinguible desde lejos, altura máxima de esta cresta cortada a pico, sobre todo en la vertiente que se derrumba sobre el Barranco de Masca. Aunque resulte paradójico el hecho de encontrarnos entre precipicios, esta zona antiguamente era utilizada como tierras pastos y de cultivo de secano, como habas, arvejas y cereales, lo que explica el propio trazado del camino, la existencia de eras para moler grano, de semiderruidas casas de piedra, de bancales abandonados en la parte más ensanchada de la cresta y en la parte de la misma que mira al mar, antes de desplomarse en el acantilado marino.

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A lo largo del sendero, en algunos tramos bastante ancho y empedrado, lo que nos recuerda su viejo uso “para bestias”, las panorámicas estremecen la visión, ponen los pelos de punta y detienen el aliento al percibir el abismo de este imperio vertical de duro basalto. Pienso que actualmente es una bendición para los sentidos que a los antiguos masqueros se les haya ocurrido trazar un camino, evidentemente con otros fines más mundanos y funcionales, entre estos dos descomunales cañones, lo que sin duda permite disfrutar de las altivas e inigualables vistas de ambos surcos en la corteza terrestre y por partida doble.

Los brutales farrallones rocosos del Barranco de Masca apenas permiten adivinar la estrecha franja que marca el fondo del precipicio y la escapatoria al mar de este mundo en perpetua caída libre.

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El climax visual y emocional se alcanza en lo alto de Guergue, desde donde no solo se aprecia el sublime abismo a ambos lados sino que la mirada puede escapar más allá de este mundo aparte que configura el Macizo de Teno: en días despejados puede divisarse la costa suroeste insular y El Teide, amén de La Gomera. El altivo escarpe de Bolico destaca al mirar atrás, no en vano es la altura máxima del macizo, elevándose sobre la Degollada de Cherfe e Illaga. Al sur, el Risco Blanco destaca por su pálida tonalidad y por su puntiaguda silueta en la vertiente opuesta del Barranco del Natero, y aún más allá la Loma de Guama marca el límite sureño de este espacio dominado por la incansable sucesión de profundos tajos y espigados roques que juntos hacen que la dimensión vertical el paisaje sea la dominante.

Mirando al norte, parece que estamos cara a cara con el Roque de La Fortaleza, rivalizando en altura con él, mientras el colosal paredón que lo sustenta está horadado por multitud de oscuros recovecos que vaticina un desplome masivo o continuado en el tiempo.

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Desde lo alto de Guergue, el camino desciende de la misma forma que la cresta avanza hacia el mar en continuo y uniforme declive, todavía a bastante distancia de formar el acantilado marino. Además, a partir de aquí, esta divisoria se ensancha lo que permitía en la antigüedad el abancalamiento del terreno para usos agrícolas. El ensanchamiento de la cresta forma una vaguada que también se enfoca al océano en estas tierras altas y que puede ser atravesada sin dificultad aprovechando los bancales invadidos por retamas para contemplar ambos tajos desde los respectivos bordes.

Se puede contemplar desde las alturas las playas o desembocaduras de los Barrancos del Natero y de Masca, casi desde el borde del acantilado, prácticamente andando sin camino alguno, acercándonos al borde del acantilado lo que cada uno estime oportuno en cuanto a su seguridad y vértigo.

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A un lado de la ensanchada cresta aparece la playa de Barranco Seco, desde unas viejas casas de piedra donde se respira añoranza de otros tiempos. La desembocadura es compartida con la del Natero, que es el más largo de los que arrugan este sector del Macizo de Teno. Aguas arriba, ambos tajos divergen hasta sus nacimientos bajo la Degollada de Cherfe y la Montaña de Illaga.

Fuera del límite de esos barrancos que parecen recluirnos en el espacio y en el tiempo, también se contempla la población turística de Los Gigantes y gran parte de la costa suroeste de Tenerife.

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Si decidimos atravesar la vaguada que forma esta parte de la cresta podemos acercarnos al borde del Barranco de Masca y buscar en lo posible la vertical de su playa trepando y posteriormente bajando por un promontorio rocoso. El esfuerzo y el posible vértigo merece la pena, la panorámica sobre el mismo mar resulta de ensueño, varios cientos de metros sobre él, viajando la vista libre y verticalmente al encuentro con el océano y con su fondo no demasiado profundo cerca de la costa. Permanecemos literalmente suspendidos sobre el abismo, sintiendo la tensa paz que fluye del mar y de los colosales paredones del Barranco de Masca, una profunda herida abierta por el paso del tiempo y por los elementos, escuchando el rumor del mar y el abrumador silencio del tajo, según donde se enfoquen los sentidos, y sintiendo como la magia del abismo va recargando el espíritu de inolvidables sensaciones. Esta convulsión geológica a base contemplar barrancos y acantilados consigue trasmitirme todo lo contrario: paz y serenidad personal.

Estos acantilados son producto de la interacción entre el mar y los barrancos, entre la creación y la erosión, constituyendo una joya geológica, que se alarga desde los Acantilados de Los Gigantes hasta la Punta de Teno al divisar este magnífico espectáculo de entrantes y salientes.

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La erosión que ha originado estos estremecedores cañones no solo supone destrucción y desmantelamiento del territorio, también es un proceso creativo, las fuerzas geológicas aunque sean contrapuestas crean arte; incluso la muerte de un barranco al desembocar en el mar y originar estos espectaculares acantilados resulta creativo. Todo en la naturaleza es creativo y para disfrutar de este arte creativo solo hay que abrir los ojos, la mente y el espíritu.

SIETE FUENTES. GRAN CANARIA

22 diciembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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Esta ruta comienza en San Mateo, norte de Gran Canaria, comunicando el pueblo con la cumbre insular mediante pistas forestales y tramos de senderos señalizados. La localidad está enclavada en un valle, por lo que se asciende por el fondo del mismo y por lomadas hasta llegar a la Hoya del Gamonal al alejarnos de la zona menos rural del municipio.

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La Hoya del Gamonal se enclava bajo la zona más escarpada del Barranco de Siete Fuentes, en un entorno más salvaje, vertical, encajonado y profundo, con numerosos roques, como el Roque Saucillo, montañas como la Cruz del Saucillo, laderas, alguna de aspecto volcánico, y otros pitones que indican sus límites.

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Al igual que en muchas otras zonas del norte de la isla, casas aisladas o agrupadas, como las de Lomito Blanco, un poco más arriba de la Hoya del Gamonal, se asocian con pequeños huertos, castaños y el cada vez más omnipresente pinar con sotobosque de retamas para configurar una unidad biogeográfica que parece indivisible.

No se trata de naturaleza pura y virgen aunque sigamos subiendo por senda ya bastante inclinada en dirección al Pico de Las Nieves, sino que la impresión de estar caminando por un paisaje parcialmente humanizado siempre nos acompaña.

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Al final se asciende hacia la cabecera del Barranco de Siete Fuentes por senda más inclinada y zigzagueante, aumentando la panorámica de buena parte del norte de la isla, entre la cumbre insular y la costa norte visible entre las laderas abiertas de la depresión. Entre castaños y pinos es posible escuchar el rumor del agua que corre cauce abajo, elemento vital que da nombre al lugar, ya cercano al Pico de Las Nieves, y de paso a esta ruta senderista.

Finalmente se cruza una de las carreteras que convergen en la cumbre y se sigue subiendo por pinar hasta la cima insular donde por supuesto las panorámicas ya se reparten en todas direcciones.

12744755_1080208068711544_2742079613724295261_nTexto y fotos de Salvador González Escovar.

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Esta interesante caminata por el pinar de Vilaflor empieza junto al campo de fútbol de esa localidad, coincidiendo los primeros pasos con parte del sendero de Gran Recorrido que atraviesa la isla de sur a norte (GR131). Ascendemos primeramente entre huertas de papas hasta llegar a un gran estanque, punto a partir del cual ya no abandonamos el maduro pinar canario con sotobosque de jaras, chaorras, corazoncillos, margaritas, codesos, escobones…, el cual nos acompaña hasta el final de la subida.

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El sendero ofrece buenas panorámicas del suroeste de Tenerife, del Macizo de Adeje, del que destacan las montañas del roque del Conde, la Pica de Imoque,el Roque de Los Brezos y el Roque Abinque. Más cerca aparece la planicie de Trevejos, importante por su producción vinícola, a modo de llanura rodeada por los pequeños volcanes de Funes y Mohino.

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Durante el recorrido, algunos paneles nos informan de las peculiaridades de este pinar, flora y fauna asociada, historia geológica, así como de los antiguos usos por parte del hombre, presentando, por tanto, un interés etnográfico, como son los asentamientos estacionales o refugios pastoriles en forma de amontonamientos de piedras construidos bajo los pinos, de forma más o menos circular y de no demasiada altura. Otro uso destacable del pinar era el “sangrado” de los árboles más viejos para extraer resina que tenía diversas aplicaciones en aquella época, como por ejemplo combustible, aceite medicinal o para la obtención de aguarrás.

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Estos pinares abiertos y maduros permiten divisar el paisaje más allá del bosque, y además la desfigurada forma que van adquiriendo los pinos según envejecen rompe la monotonía de la típica forma cónica de los árboles jóvenes. También nos hacen reflexionar sobre los incendios forestales acontecidos al percatarnos de las negras y calcinadas cortezas de los ejemplares más longevos, y que felizmente no acabaron con ellos.

Antes de ascender a la amesetada Montaña de Las lajas por su ladera sur, se atraviesa el Barranco del Cuervo, un angosto y no demasiado profundo tajo que parece formar una discontinuidad en el pinar con sus cortados laterales.

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La subida final a la montaña es el tramo más inclinado y cansino de la ruta, sensaciones que paulatinamente se van olvidando al contemplar el espectacular y grandioso panorama que se desliza hacia el sureste, sur y suroeste insular, incluida la lejana costa, apreciando la inmensidad de estos pinares de la Corona Forestal que rodean las Cañadas del Teide por el sur. De hecho estamos cerca de las cimas que nos separan de ese parque nacional, distinguiendo los Roques del Almendro, El Sombrerito y el Sombrero de Chasna a lo largo de dicho cordal cimero, mientras ladera abajo salta a la vista el matiz volcánico de la Montaña Colorada, al otro lado de la cabecera del Barranco del Infierno, y elevada justo encima de la Loma de Teresme.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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El Roque de La Grieta se alza en la parte central y más espectacular del Circo de Las Cañadas del Teide. Su altura es de 2.573 m.s.n.m., la segunda cima más elevada del circo detrás de la Montaña Guajara, y al igual que las otras cumbres que circundan el anfiteatro, presenta una caída prácticamente vertical de unos 500 m. sobre el interior de la caldera volcánica, mientras que la ladera orientada al sur se desploma de forma más suave sobre los extensos pinares de la Corona Forestal que rodean el parque nacional.

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Una opción para subir al Roque de La Grieta es empezar en el parador de turismo, tomando la Pista de tierra de las Siete Cañadas. Pronto los vistosos escarpes de la Cañada del Capricho llaman nuestra atención por los recovecos, caprichosas formas geológicas producto de la erosión y los matices anaranjados con los que nos obsequian nada más empezar el pateo.

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Luego viene la Cañada de La Mareta, bajo la imponente cara norte de la Montaña Guajara, mientras ya avistamos a oriente nuestro destino montañero, entre el Roque Pasajirón y el puntiagudo escarpe del Topo de La Grieta, todo ello sobre la serena, extensa y pálida llanura de la Cañada del Montón de Trigo.

Para ascender a la Degollada de Guajara abandonamos la pista de las Siete Cañadas por sendero indicado, tramo utilizado en el ancestral Camino de Chasna que comunicaba antiguamente el norte con el sur de la isla para fines no precisamente montañeros sino más bien comerciales y trashumantes.

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El collado se encuentra entre Pasajirón y Guajara, lugar donde surge un gran tajo que arruga la corteza terrestre y serpentea hacia el sureste insular, el Barranco del Río, delimitando los municipios de Granadilla de Abona y Arico. Barrancos como éste parecen tener vida propia: nacen, se ahondan, se ramifican, hieren la piel planetaria en su dilatado y retorcido discurrir, y finalmente mueren plácida o violentamente en su encuentro con el mar. Son las cicatrices abiertas en la piel de La Tierra. El paisaje no sería lo mismo sin ellos, ejerciendo en mí una atracción especial, aparte de constituir un refugio vital para determinadas especies botánicas amenazadas.

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Al encontrarnos elevados sobre la caldera de Las Cañadas, las retinas empiezan a deleitarse con el salvaje entorno volcánico, apreciando el contraste entre las sepultadoras lenguas de lava, siniestros y oscuros malpaíses como el Tabonal Negro y el Valle de Las Piedras Arrancadas, con las pálidas y serenas cañadas pumíticas repartidas a lo largo de la base de la pared de Las Cañadas.

Antes del Roque de La Grieta hay que subir a Pasajirón, de cima más bien plana, rondando los 2.500 m. de altura, y por tanto con un desnivel medio de unos 500 m. con la depresión calderiforme.

La extensa pared norte del circo es la huella de un deslizamiento en masa de una gran cumbre insular acontecido hace millones de años.

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Desde la cumbre de Pasajirón el horizonte visual se extiende en todas direcciones, y con ella los pensamientos y sensaciones, topándose nuestra mirada con cumbres más elevadas como el complejo Teide-Pico Viejo, Guajara o el Roque de La Grieta, mientras al sur de la cima la panorámica se desploma con menor sensación de abismo, encontrando el nacimiento del otro ramal del Barranco del Río, que agrieta una parte del pinar de Arico, y sirviéndonos de guía visual para alcanzar la lejana costa y medianías del sureste insular si la claridad del día acompaña.

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Desde Pasajirón hay que descender a la siguiente degollada para acometer la subida final al Roque de La Grieta. Nos seguimos sirviendo del sendero del Filo, que ahora ladea por la fachada sur del roque sin llegar a subirlo, por lo que si se quiere llegar a su cumbre hay que abandonar la senda justo antes de que el camino inicie el descenso o llanee y ascender campo a través sin demasiada dificultad hasta la cima.

Al contrario que la cumbre de Pasajirón, la del Roque de La Grieta resulta más esquiva, por lo que en los metros finales hay que trepar los resaltes y paredes cimeras.

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Nuevamente en una cumbre de este majestuoso y grandioso anfiteatro de forma arqueada, percibiendo la libertad que proporciona una montaña solitaria como ésta, libertad y soledad que vuela al son de la brisa que acaricia estas cumbres y de paso mi rostro, respirando el aire ligero y leve de las alturas, aquel que hace flotar mi insignificante existencia plácidamente, el que porta mis pensamientos tan lejos como viaja la mirada y el que me hace divagar sobre tan mágico y entrañable espacio volcánico vomitado por las entrañas del planeta.

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A mis pies, bajo el abismo de la pared norte, se extiende un entorno lunático, un mundo mineral, virgen, descarnado, desolado y violento, como si el infierno estuviera cerca, espacial y temporalmente, sensación percibida desde aquí arriba, pero por momentos y paradójicamente, diría que me encuentro a las puertas del cielo. Sin embargo, esa aparente violencia consigue transmitirse todo lo contrario, paz y serenidad.

Las cañadas del Montón de Trigo y la de La Grieta yacen en el fondo de la depresión, a un paso de los desolados malpaíses que se extienden hasta la base del Teide, siendo dos de las siete planicies repartidas por la base de este mágico y cautivador circo de paredes verticales.

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En este mundo mineral con vida propia en la que resulta difícilmente imaginable cualquier otra forma vital, la primavera normalmente alumbra tardía a estas alturas, pero cuando llega lo hace con todo su esplendor. La belleza del paisaje enmarca la explosión y variedad cromática de las flores de muchas plantas endémicas del lugar, desde el azul o violeta de los alhelís, los tajinastes picantes, las tonáticas, hasta el rojo de los tajinastes rojos, pasando por el amarillo de los codesos, hierbas pajoneras y turgaytes, el blanco o rosado de las retamas, las margaritas del Teide y de las salvias del Teide. Un colorido y un regalo de la propia vida, no solo para el observador sino para perpetuar la existencia de las plantas, pero que parece desproporcionado debido a su belleza, en este entorno tan rudo y duro para cualquier forma de existencia animal o vegetal.

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Desde el Roque de La Grieta hacia el este, el Filo de Las Cañadas pierde altura y espectacularidad, la cual se despide con el puntiagudo roque del Topo de La Grieta, formando detrás de él una pared más uniforme y menos vistosa con suaves lomas que abarcan hasta las inmediaciones de la Montaña Cerrilar, cerca del límite oriental del circo, donde da paso a la cabecera del Valle de La Orotava y a las postreras cumbres de Izaña.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Esta excursión empieza en Santa Lucía, en el fondo del Valle de Tirajana. 

Al principio el recorrido alterna entre senderos empedrados y amurados y pistas de tierra, ganando altura sin excesiva dificultad, pasando por viejas terrazas agrícolas y terrenos para pastos del ganado.

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Al llegar al poblado de Taidía el sendero comienza a subir con mayor decisión buscando la vertiente norte de este amplio valle que encierra algunas poblaciones, donde también se hayan San Bartolomé de Tirajana y otros barrios dispersos por el fondo del valle. A partir de Taidía la pista da paso a un sendero zigzaguente que hace más llevadera la subida y que busca el borde de esta amplia depresión, entre las vertiginosas barranqueras laterales del Barranco Seco y el más profundo de La Cagarruta. 

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Después de superar gran parte de la vertiente, estamos en un saliente cercano a la cresta del valle que ya muestra espectaculares panorámicas sobre éste, sorprendiéndonos, mientras la senda avanza por el andén y entre la sequedad reinante, unos goteríos que destilan en la roca formando unas posas de agua, invadidas por juncos y otras plantas hidrófilas, punto desde el que se observa como el Barranco de La Cagarruta se profundiza y perfila ladera abajo, convergiendo en el valle principal. A partir de aquí el camino sigue subiendo cercano a la arista, y por tanto sin abandonar las cada vez más espectaculares vistas que nos reconfortan con la gran amplitud del valle y de las montañas que lo encierran, como el Macizo de Amurga, el Morro de Las Vacas y el de Cruz Grande, a medida que se abre hacia el sur de la isla el Barranco de Fataga. 

Más arriba el sendero muere en una pista y el pinar comienza a ser abundante. Al otro lado del Valle de Tirajana, otro barranco nos separa del siguiente y más profundo Barranco de Guayadeque, cuyo discurrir se adivina en la distancia al divisar la parte alta de sus promontorios laterales.

Siguiendo hacia arriba hay varias pistas que se dirigen hacia la derecha, hacia la cercana Caldera de Los Marteles, pero ese no es nuestro destino, por lo que hay que seguir subiendo con ligera tendencia a desviarnos a la izquierda para no alejarnos del borde norte del Valle de Tirajana.

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La pista no va justo por el filo, pero alguna que otra vez alcanza degolladas que parecen balcones naturales con vistas al valle, y que superan en gozo visual a la anterior debido a la altitud alcanzada. En una de ellas, existe un desvío que desciende hasta lo que la verticalidad de la ladera le permite, contemplando en este tramo el vistoso Risco Blanco desde arriba y un potente y grueso dique cercano.

12512483_1109258289139855_8758404131040434104_nAl final se acaba la pista y aparece un camino señalizado con mojones de piedra pero que avanza un tanto perdido entre el matorral de codesos, tajinastes, margaritas, cerrajas, retamas, alhelíes, vinagreras, piteras, jaguarzos,… acercándonos al Risco Blanco pero sin llegar a él, entre verticales laderas y barranqueras que intimidan, empequeñecen y parecen aislar al caminante.

De vuelta a la pista principal seguimos subiendo un poco más, dejamos un pequeño cono volcánico y la zona conocida como La Calderilla a nuestra derecha, formando el adyacente terreno de lapilli sobre el que crecen almendros, y poco después llegamos a la zona invadida por antenas, alcanzando la pista asfaltada que desde la cumbre de la isla desciende hasta el Pico de La Gorra, distinguible por su cima plana, en el mismo borde del valle y cercano a esta zona de las antenas, conocida como Los Cascajales. Esta pista asfaltada sigue subiendo y llega al Pozo de Las Nieves de los Canónigos, un gran hoyo de unos 20 metros de profundidad donde se almacenaba la nieve en el pasado. Las grandes y numerosas antenas que dejamos atrás y la vecina zona militar rompe el encanto que toda cima debe tener.

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Me quedo con los desfiladeros cortados hacia el abismo que configuran la cabecera del Valle de Tirajana, de los escarpados Riscos de Tirajana, entre los que figuran, además del Risco Blanco, las cumbres insulares del Cañadón del Jierro, El Campanario y el espigado Roque de la Agujereada (máxima cota de la isla con 1.949 m.s.n.m.), que surgen directamente del fondo de la depresión, y también con las panorámicas hacia el sur tras el Macizo de Amurga, el cual separa el Valle de Tirajana del de Fataga, y siguiendo con la vista el discurrir del Barranco de Fataga se haya en el extremo sur de la isla el complejo dunar de Maspalomas.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

13076594_1132147016850982_5178580222232834609_nEl Macizo de Guguy se encuentra en la zona más occidental y aislada de Gran Canaria. Es un conjunto montañoso bastante escarpado, dominado por profundos y sinuosos barrancos, al abrigo de escarpes que se aproximan o superan ligeramente los 1.000 metros de altitud, como la Montaña Horgazales, y que parecen aislar este espacio del resto de la isla.

La vegetación es la típica del cardonal-tabaibal, enriquecida con flora rupícola y algunos endemismos botánicos exclusivos del lugar, a nivel de especies o de subespecies, junto con paradisiacos palmerales en el cauce y fondo de los barrancos, lo que confiere al lugar un aspecto de oasis vital.

Esta ruta larga de casi 20 kms. de pateo atraviesa todo el macizo de sur a norte, empezando en el recóndito poblado de Tasartico y finalizando en La Aldea de San Nicolás. 

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En primer lugar entramos en calor superando la vertiente norte del Barranco de Tasartico, en este tramo llamado de Aguas Sabinas, hasta la Degollada de Aguas Sabinas, desde donde ya apreciamos la magnitud y señas de identidad del conjunto montañoso que tenemos por delante: sucesión de tajos, crestas salvajes en las divisorias y en las elevadas cabeceras de los tajos, y un mar frecuentemente apacible al socaire de los escarpes, cañones y de la arrugada y erosionada corteza terrestre.

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Ahora toca descender a la costa por el Barranco de la Hoya de Las Vacas, que se une al Barranco de Guguy Grande en la desembocadura, donde se encuentra la idílica y extensa playa de arena negra y callaos, la más visitada del macizo, sea por mar o por tierra. Palmerales y destartaladas construcciones, como un viejo almacén de tomates, hornos de piedra y alpendres, nos acompañan ya en el tramo bajo del tajo, visiones que contrastan con el imponente acantilado marino derrumbado sobre la línea litoral y que rodea la playa de Guguy Grande.

13010755_1132152593517091_3097282882800988982_nDespués del irrenunciable baño de rigor en las cristalinas aguas seguimos con nuestro particular subir y bajar barrancos y nos encaminamos hacia el Barranco de Guguy Chico, el siguiente y vecino cañón por el norte, para lo cual ascendemos hasta la Degollada del Palo, atravesando previamente palmerales y zonas aterrazadas en la vega del barranco, formando una instantánea de convivencia pacífica y armoniosa entre el hombre y la salvaje geología que nos rodea.

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Luego afrontamos la dura subida hasta la cresta que divide ambos barrancos. Desde ella se aprecia el circo montañoso que limita este escarpado lugar, con la amesetada Montaña Horgazales como punto culminante, coronando los numerosos ramales, la Media Luna y los entresijos de los barrancos principales, mientras en la ladera opuesta del Barranco de Guguy Grande, recordamos con la mirada el trazado de bajada pateado hasta la playa unas horas antes.

El Barranco de Guguy Chico se profundiza según nos acercamos a su cauce, siendo más angosto que el de Guguy Grande, descendiendo y enfilándose vertiginosamente desde las cimas del macizo hasta su encuentro con el mar.

Las piernas y el ritmo cardiaco agradecen un tramo más bien llano antes de acometer la última y más larga subida de la ruta; antes de ella y como no podía ser de otra manera, otro palmeral cobijado en el lecho del tajo embellece el recio y duro entorno.

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Sin prisa y recreando la mirada en el paisaje que vamos dejando a nuestros pies para recuperar el aliento, subimos camino de la Degollada del Peñón Bermejo, el punto más alto del pateo, localizada en la arista oeste de la pálida y rocosa Montaña de Los Cedros, disfrutando desde ahí de una visión estratégica de todo el macizo y de los dos grandes tajos que hemos dejado atrás, y además situados en la cabecera de otra vertiginosa barranquera que se enfoca súbitamente al océano, arrastrando con ella parte de nuestros sentidos y pensamientos, mientras las brumas ascendentes se empeñan en disimular el brutal desplome

Finalmente nos adentramos en el Valle de La Aldea, descendiendo por la Cañada de Las Vacas, Caiderillo Negro, Los Revolcaderos y Cañada de La Salvia, todo ello en la vertiente sur del valle, hasta el pueblo, larga bajada, dejando atrás una de los macizos más vírgenes, fotogénicos y aislados de la isla.

GUAMA. TENO (TENERIFE)

17 diciembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

12651200_1072472872818397_2991294536597508647_nEste pateo empieza en El Molledo, cerca de Santiago del Teide, al oeste de Tenerife. Habiendo dejado ese pequeño pueblo atrás, encontramos una bifurcación a la derecha que si la seguimos vamos al Risco Blanco, por lo que continuamos por la de la izquierda, bordeando la falda oriental de la Montaña Illaga y caminando elevados sobre el cauce del Barranco de Santiago.

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Al poco tiempo abandonamos ese amplio valle y se penetra en los dominios del Barranco Seco por su vertiente izquierda. Se desciende hasta encontrar otro desvío que inicialmente sube y luego recorre los andenes de la Montaña de Guama prácticamente sin perder altura, tramo bastante aéreo ya que el sendero y los andenes son estrechos a través de esta vertiginosa ladera de la montaña que se desploma directamente hasta le lecho del Barranco Seco.

Desde esta extraordinaria vereda se divisa la grandiosidad y plenitud de, en realidad, los dos barrancos que parecen ocupar el lugar de uno solo, especialmente si enfocamos la mirada hacia la desembocadura, compartida por el tajo antes citado y el otro gran vecino por el oeste, el Barranco del Natero o del Sauce.

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La vistosidad del pálido y espigado Risco Blanco sobresale en lo alto de la vertiente opuesta del Barranco Seco, y más allá, el puntal de Guergue hiere el cielo o las nubes como punto culminante del Barranco del Natero, destacando entre estas salvajes y descarnadas crestas visibles, siendo el privilegiado lugar que parece vigilar a estos dos tajos hermanados por el mar.

Después de ladear esta vigorosa vertiente de Guama, al alcanzar su ladera orientada al mar, se puede ascender fácilmente a su cima atravesando muros de piedra que eran utilizados para el abancalamiento del terreno; de hecho su cima, a modo de mesa extensa y más bien plana, contrasta con los profundos tajos que la acompañan por el oeste.

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Desde la cima de Guama, también se aprecia el contraste entre dos mundos antagónicos, separados precisamente por esta atalaya: a un lado el humanizado Valle de Santiago, con carreteras y poblaciones a lo lardo de su discurrir, al otro, un mundo abrupto, salvaje y aparentemente inexpugnable, repleto de retorcidos barrancos, fugas, diques, cuevas y recortados roques. En el primer caso, la vista se extiende fuera de este mundo de barrancos y por el resto de la isla que no es el Macizo de Teno, hasta el complejo Teide-Pico Viejo, pasando primero por la montaña de Arguayo, prácticamente en la cabecera del Valle de Santiago y malpaises volcánicos vomitados por el Volcán Chinyero y otros conos desperdigados en el camino de la colada, como la Montaña Bilma.

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De vuelta al sendero original, el camino prosigue el descenso, abandonando el Barranco Seco y buscando la siguiente elevación a menor altura: la Montaña de Ñifa, de cima igualmente allanada, después de salvar la Degollada de Tejera, que separa ambas mesas y desde donde el desplome del terreno al mar es abrumador, arrastrando con él a nuestros sentidos y sensaciones.

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La Mesa de Ñifa ofrece espectaculares vistas desde las alturas de toda la costa y medianías del suroeste insular y de los imponentes cortados marinos que forman el Acantilado del Gigante, impregnando las retinas y la memoria de un paisaje colosal y superlativo que parece ser esculpido a hachazos sobre el habitualmente plácido mar, murallón alargado que paulatinamente va perdiendo altura hasta sucumbir finalmente frente a la erosión y ser tragado por el océano junto a la desembocadura del principal tajo protagonista de esta ruta.

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Se puede descender por la arista sur de Ñifa hasta la turística población de Los Gigantes.

BARRANCO DE TÁGARA. TENERIFE

16 diciembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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El Barranco de Tágara es uno de los grandes tajos que serpentean por el suroeste de Tenerife. Nace repentinamente cerca de las Cañadas del Teide, bajo la Montaña del Cedro, donde presenta su tramo más salvaje y profundo. En su zona alta está invadido por un pinar maduro y longevo, que ha sufrido repetidamente el azote de los incendios, y al enfilarse hacia las medianías pierde espectacularidad mientras el matorral de escobones se adueña de sus dominios.

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Esta larga ruta en ascenso comienza en Chirche, pintoresco pueblo enclavado entre lavas en el somero cauce del barranco. Al principio se transita entre huertos agrícolas por medio de pistas de tierra que van ganando altura poco a poco. Más arriba, ya por camino bien señalizado (PR. 70) se sube por el lomo que divide los barrancos del Cedro, a la izquierda, y el de Las Pegurias, a la derecha, tramo bastante largo, antes de entrar en el pinar canario. Al ir subiendo por esa lomada, el horizonte visual se va extendiendo en todas direcciones, contemplando el oscuro y desolado paraje volcánico de la Dorsal Noroeste de la isla, que contrasta con los más lejanos escarpes del Macizo de Teno en el extremo noroeste insular, mientras hacia el sur ya nos elevamos sobre la loma de la Montaña de Tejina y el resto de la vertiente suroeste de la isla.

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Alguna que otra galería con sus construcciones asociadas se reparten por el lecho del Barranco del Cedro, mientras detrás de su parte alta va asomando la cumbre del Pico Viejo o Volcán Chaorra.

Tras superar esa larga cuesta que nos hace sudar, la senda atraviesa el Barranco de Las Pegurias, dejando atrás el escobonal y penetrando en el pinar que aumenta la vigorosidad de estos tajos.

El Barranco de Tágara es el siguiente, continuando hacia el sur, y se abre en el paisaje como un señor tajo por sus espectaculares paredones y su profundidad ganada de golpe bajo su cabecera, lo que impide avistar el esquivo cauce.

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La senda se adentra en sus vertiginosos dominios, atravesándolo y subiendo por la vertiente opuesta a la del Lomo de La Fogalera. Este recorrido, con patentes signos de desprendimientos que arrastran grandes troncos de pinos derribados por vientos, tormentas o por la propia gravedad, da un aspecto más siniestro, solitario, abrumador y enigmático a este tremendo tajo que también inunda los sentidos del senderista.

Desde su borde sur se aprecia mejor como el tajo se enfoca rápidamente hacia las medianías, difuminándose más abajo, mientras el barrio isorano de Chirche, bastante diminuto avistado desde aquí arriba, parece engullido por el barranco al encontrarse en su cauce.

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Salimos de los dominios del barranco mediante una pista forestal cercana que si la seguimos en toda su longitud continúa subiendo hasta la Degollada de Chavao, cerca de Boca Tauce. Esta vez no iremos tan lejos, sino que nos desviamos hacia la torre de incendios construida justo encima de la cabecera del barranco protagonista de este pateo, y bajo la Montaña del Cedro, y desde donde las panorámicas resultan inmejorables, profundizándose el siguiente barranco por el sur, el Del Fraile, y distinguiendo las elevaciones montañosas de los Roques de Chavao, la Montaña Gangarro y la cima del Sombrerito detrás de ella, más allá del Barranco de Erques y de Boca Tauce.

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El pinar bajo la torre de incendios no deja apreciar la profundidad del Barranco de Tágara desde ella, pero sí como su borde norte forma una discontinuidad en el bosque, y detrás de él se extiende el inmenso campo lávico de la Dorsal Volcánica de noroeste de Tenerife, con las montañas de la Cruz de Tea, el Volcán de La Botija y la Montaña Samara como vetustos volcanes que sobresalen de esa zona.

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Bajando unos metros desde la torre de vigilancia se puede llegar al borde de la misma cabecera del Barranco de Tágara, dejando volar libremente la vista y recreándonos sobre el abismo una vez más, percibiendo como el tajo forma un abrupto y brutal hachazo en el territorio, y que por supuesto también deja su marcada huella en las sensaciones y pensamientos y memoria de quien lo contempla.

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Continuando por sendero amojonado desde la cabecera nos dirigimos al cercano Lomo de La Fogalera, en el borde norte del barranco, bajando por ahí hasta el cruce con el camino de ida que se adentraba en el tajo, formando así un circuito montañero que recorre su parte más imponente y salvaje.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

13438841_1178857145513302_6061515036954897881_nEl Camino de La Hidro, o también conocido como Ruta del Agua, empieza en el barrio de San Juan, por encima del pueblo de Güímar. En un primer momento se asciende hasta la vieja central hidroeléctrica que antiguamente suministraba electricidad a la villa. A partir de ahí, una pista de tierra sigue subiendo hasta que un sendero se desvía a la izquierda de la misma, el cual ya no abandonamos y zigzaguea siguiendo un canal entubado que viene de una galería perforada dentro del Barranco de Badajoz.

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La senda gana altura progresivamente, discurriendo por la lomada que divide el Barranco del Río del de Badajoz, aunque con tendencia casi siempre a subir por la vertiente del primero de ellos, lo que permite en determinados puntos de la cresta, tener vistas de ambos tajos desde lo alto. Esta es la ventaja de caminar por la cresta que separa dos barrancos, se tienen a la vista y se disfruta desde arriba de la profundidad y del discurrir de ambos.

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La pared oeste del legendario Barranco de Badajoz culmina en la arista de la Ladera de Güímar, formando un espectacular y grandioso despeñadero que visto de frente, se muestra imponente y vertiginoso en cuanto a su dimensión vertical, y con numerosas fugas y barranqueras laterales que desgarran dicha vertiente y que finalmente se hunden en el abismo del fondo del Barranco de Badajoz. Parece increíble que por esos grandiosos farallones se abrieran túneles, “ventanas” y se trazara un canal que portara el agua alumbrada por las galerías del tajo. Algunas de esas ventanas contemplamos de lejos mientras subimos por la lomada, distinguiéndolas si has pasado por ellas o sabes de antemano que por ahí están, pero insignificantes como alineadas manchitas negras en la inmensa pared basáltica en la que fueron abiertas al vacío como respiraderos de los túneles y para tirar escombros mientras se perforaban éstos por los que se adentra el canal.

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Igualmente desde esa divisoria, la zona más recóndita, retorcida, encajonada y salvaje del Barranco de Badajoz es visible, apreciando la escabrosa intimidad del surco, el cual atenaza no solo la volátil bruma, sino también los sentidos y pensamientos del observador, llegando a entender el motivo por el que el tajo ha estado envuelto desde épocas pasadas en un halo de leyenda y misterio.

Esta caminata también destaca por el bosquete de madroños que unido a brezos, mocanes, acebiños, fayas, paloblancos, sanguinos y laureles, forman un reducto de monteverde, raro de observar en la vertiente sur de la isla, mientras el sotobosque lo pueblan crestas de gallo, malfuradas, estornuderas, jazmines, granadillos, vinagreras, etc.

13516245_1178848762180807_3285515613020988409_nLas brumas del alisio suelen encajarse en estos barrancos y escarpes que presentan una ligera orientación hacia el este, manteniendo los requerimientos hídricos de este piso bioclimático. Este reducto da paso gradualmente al pinar puro a mayor altura, pinar con sotobosque de tajinastes, margaritas, jaras, cardos, jaguarzos, escobones, codesos, tomillos, julanes, rosalitos, etc, amén de la flora rupícola que crece en riscos verticales como bejeques, cruzadillas, matoriscos, bejequillos y cerrajas.

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Desde la parte alta de la cresta, antes de penetrar en el pinar más denso que tapiza la zona media-alta del Valle de Güímar, y bastante después de haber abandonado el trazado del canal, el panorama de ambos tajos vecinos buscando la plataforma costera del valle supone una brillante recompensa a la continuada y dura subida, como si la vista y el resto de sentidos se deslizaran por partida doble aprovechando el avance de los dos barrancos hacia la zona baja.

La altitud conseguida hace visibles los vistosos escarpes del los Riscos de Cho Marcial, más allá de la vertiente oriental del Barranco del Río, y todavía más lejos, la Ladera de Araya limita el valle de Güímar por oriente.

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La pena es el abandono y mal estado de conservación de este panorámico e interesante sendero, una vez que el canal seguido en la primera parte de la subida deriva de nuestra ruta. La vegetación en muchos tramos invade el recorrido, lo que dificulta nuestra andadura más que la subida en sí, siguiendo el trazado con la ayuda de muretes de piedra que ocasionalmente quedan al descubierto entre la maleza. Triste destino de esta senda condenada al olvido en unos de los rincones más espectaculares del sur de Tenerife.

Al encontrarnos próximos a las cabecera de los dos tajos seguidos, la mirada se enfila hasta la costa principalmente por el Barranco del Río, debido a que presenta un perfil más uniforme, mientras que el de Badajoz discurre de manera más atormentada bajo el imponente escalón montañoso de la Ladera de Güímar, esa marcada huella en el relieve insular de un antiguo deslizamiento masivo, ocurrido desde las Cumbres de Izaña hasta el mar.

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Ya dentro del pinar la mirada no puede escapar del bosque pero el camino se ensancha, se hace más llevadero y sigue subiendo hasta enlazar con la pista de tierra que viene de las Cumbres de Güímar, y siguiéndola hacia la izquierda, hacia el borde de La Ladera, pasamos sobre el nacimiento del Barranco de Badajoz, disfrutando de una estratégica e impresionante visión del Valle de Güímar, y más allá de él, hasta la península de Anaga, en el confín insular.