LOS ANDENES DE TABURIENTE (II)

23 noviembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

14963253_1290892970976385_1377136611803270692_nPor encima de los 2.200 m. de altitud en las cumbres de la isla bonita se encuentran los morros que coronan el anfiteatro de la Caldera de Taburiente, repartidos a lo largo de su perímetro con forma de herradura y de 20 km de longitud.

De oeste a este y en sentido de las agujas del reloj, la primera cumbre importante es el Roque Palmero, de 2.310 m.s.n.m., elevado sobre el espigón que se desploma en el impresionante y triangular Risco Liso, formando un descomunal paredón que se hunde en los pinares de la caldera.

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Avanzando hacia el norte, tras el Roque Palmero, la Degollada de Las Palomas sostiene casi verticalmente el Barranco de Las Bombas de Agua, una angosta garganta dirigida al abismo, por donde resbala la mirada, y ésta arrastra los pensamientos y emociones, tras 1.500 m. de caída libre, en este tajo desplomado y suspendido a partir de la degollada, cobijado entre verticales paredes laterales cuyas bases se encuentran y esconden en las entrañas de la depresión calderiforme.

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Antes de llegar a la cumbre insular del Roque de Los Muchachos, de 2.426 m.s.n.m., otras elevaciones que sobresalen de la crestería son el Roque Chico y el Morro de La Cresta, y justo antes del punto más alto del anfiteatro, otro tajo vertiginoso recorta el espacio, y con él el aliento; de nuevo entre paredones de ensueño que guardan otro pasadizo al vacío, la Garganta del Hoyo Verde hunde la corteza terrestre y todo lo que acontece en ella hacia el fondo de la caldera.

Me siento adicto a andar sobre desfiladeros y así sentir el abismo a mis pies, y en este caso a dejar desplomar la mirada y el resto de sentidos a través de estos colosales farallones basálticos, fugas y barranqueras, repartidas por estos precipicios interiores que parecen guardar celosamente los lejanos escarpes y riachuelos que florecen en el lejano fondo.

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Este anfiteatro, durante el tiempo que transitamos por él siguiendo el sendero de Gran Recorrido GR 131 o Ruta del Bastón, constituye el escenario de los sueños, el altar geológico, el palco presidencial de esta inigualable majestad geomorfológica suprema y de aspecto imperturbable y eterno que es la Caldera de Taburiente, la antítesis de lo efímero, humano y superfluo de la vida mundana y rutinaria, donde el sentido de la vista alcanza su plenitud, percibiendo el éxtasis existencial que me trasmite este paisaje y que hace sentirme vivo, respirando el aire leve de las cumbres, sintiendo la insignificancia de la existencia humana, escuchando el rumor de la brisa que acaricia estas altivas lomas, dejando que los pensamientos y emociones vaguen y floten sobre el abismo, y en definitiva que la mente se vacíe y se vuelva a rellenar con lo mucho que me muestra esta obra de arte natural y espontánea creada por las fuerzas interiores y erosivas del planeta.

Siguiendo con el periplo por la crestería en sentido horario, otra barranquera abierta al abismo es la que da lugar al Barranco de Cantos de Turugumay, donde las sensaciones comentadas anteriormente vuelven a repetirse.

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Más adelante, tras haber dejado atrás el mirador de Los Andenes, el esbelto dique de la Pared de Roberto (tan estilizado que parece levantado por el hombre) y picones rojizo-violáceos, otros morros reseñables son el Pico de La Cruz, de 2.351 m.s.n.m., también gran mirador no solo de la profundidad de la caldera sino de una parte del noreste de la isla, al elevarse sobre la cabecera del Barranco de Los Tilos. Desde allí arriba parece que nos encontramos en la parte central de este poderoso circo y la mirada se enfila directamente al mar a través del embudo que forma el desagüe del Barranco de Las Angustias, abierto 1.500 m. más abajo en la parte más baja de la caldera. La vista al interior de la depresión queda parcialmente oculta por un potente espigón, uno de tantos repartidos por todo el desfiladero, escondiendo a su vez angostas y vertiginosas gargantas como los barrancos del Diablo, del Ataúd, de Los Guanches y el de Altaguna.

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Desde el borde cumbrero se despliegan hacia el interior de la caldera crestas recortadas y afiladas como dientes de sierra, de vivas formas y agrestes perfiles, manteniendo su esbelta silueta a pesar de la erosión y de la gravedad reinantes, hiriendo el mar de nubes atrapado en la caldera, y de paso al aire, las retinas y hasta el alma de quien las observa. Crestas que se pierden en abismo buscando el fondo de la depresión, ocultando tajos sostenidos desde este mágico anfiteatro, por donde se enfilan, una vez tras otra, y sin encontrar destino ni respuesta final los fugaces sueños del montañero.

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Entre el Pico de La Cruz y el de Piedrallana (2.321 m.s.n.m.) atravesamos pequeños morretes rocosos y hacia el interior del parque nacional, a pocos metros de la cumbre un área de piroclastos de vivos colores amarillo-rojizos llama nuestra atención y lugar donde se encuentra la fuente de Juan Diego. Junto a dicha fuente se adentra un espigón que acaba en un un impresionante acantilado de 500 m. sobre los nacientes existentes en el Barranco de Las Verduras de Alfonso.

El espigón de Piedrallana separa los barrancos de Altaguna y el de Los Guanches, siendo esta cima importante desde el punto de vista etnográfico debido a la presencia de restos arqueológicos de los antiguos pobladores palmeros, los benahoaríes.

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En toda esta ruta montañera el codesar invade el terreno, apareciendo de forma localizada otras especies botánicas interesantes y endémicas de estas cumbres como la violeta de La Palma, el alhelí, la chaorra, la margarita, el rosalito, la tonática, la crespa, el retamón, el tajinaste rosado y el tajinaste azul genciano. Contados, retorcidos y viejos cedros arraigan penosamente y de manera inverosímil en riscos y diques acompañados de los prostreros y dispersos pinos canarios.

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La última cumbre de este alargado circo que supera los 2.200 m. de altura es el Pico de La Nieve (2.239 m.s.n.m.), llamado así porque es el único que se divisa nevado desde la capital insular. Al igual que en el Pico de La Cruz, la mágica soledad que debe tener toda cumbre se ve alterada con la presencia de placas solares y un repetidor de telecomunicaciones.

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Así son las cumbres de los Andenes de Taburiente, culminando el imperio de la verticalidad y por ende de los sentidos, coronando este inmenso, impresionante y grandioso hachazo en la corteza terrestre y en el corazón de la isla bonita, donde la arquitectura geológica se torna arte espontáneo, sin que la Madre Naturaleza se lo proponga; a escala humana, paisaje perpetuo, originado por las fuerzas antagónicas, constructivas y destructivas, del planeta, que parecen haber encontrado el equilibrio perfecto para crear esta grandiosa obra artística.

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Son muchas las panorámicas disfrutadas desde lo alto de este mágico circo, y además desde diferentes rincones y perspectivas, y en todos ellos los sentidos y pensamientos escapan de mi cuerpo, vagando libres y dichosos, mientras una sensación nirvánica de admiración y veneración a este colosal relieve se apodera de mi efímera existencia.

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