INAGUA, OJEDA Y PAJONALES

1 noviembre, 2016

INAGUA

INAGUA, OJEDA Y PAJONALES

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Los montes de Inagua, Ojeda y Pajonales constituyen uno de los pinares naturales mejor conservados de Gran Canaria. Esto unido al hecho de albergar varias cabeceras de barrancos importantes (Mulato, Mogán, Veneguera, Tasarte, Siverio…), le confiere un papel fundamental en la recarga hídrica subterránea y la conservación del suelo. La flora se compone de varios endemismos amenazados, algunos de los cuales tienen aquí sus mejores poblaciones como la especie de jarilla de Inagua y la de turnero peludo.

Esta zona está constituida por materiales del antiguo edificio en escudo que ocupó esta parte de la isla por lo que posee gran interés científico, geológico y geomorfológico además de conformar un paisaje de gran espectacularidad.

Este alargado macizo se extiende desde los Riscos de Chimirique, a los pies del Macizo del Roque Nublo en el centro de la isla, hasta la Montaña de Inagua, sobre el Valle de La Aldea de San Nicolás, en el oeste.

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Los puntos culminantes de este antiguo macizo desplegado en la dirección este-oeste forman una divisoria de aguas entre la cuenca Tejeda-La Aldea, orientada al norte y al oeste, y la de Arguineguín, Mogán y Veneguera, que vierten sus aguas al suroeste. La alineación montañosa está formada por una serie de morros o domos fonolíticos, testigos de las formaciones geológicas más antiguas de la isla y que no han sido rejuvenecidas por erupciones recientes. Así, de este a oeste, el Morro de Pajonales, el de La Negra, la Montaña de Sándara (altura máxima del macizo, 1.583 m.s.n.m.), Montañas de las Yescas, de Las Monjas, de Ojeda y la de Inagua, son los puntos culminantes del desmantelado macizo.

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El paisaje y vegetación de la Reserva Natural Integral de Inagua están marcados por la presencia de extensos bosques de pino canario, bosque poco denso y de carácter abierto pero sumamente maduro que alberga algunas especies de flora y fauna amenazadas. El sotobosque ligado a este pinar varía de unas zonas a otras en función de la humedad y altitud. En cotas bajas predomina la tabaiba amarga, el tajinaste y el mato risco. En zonas altas aparece la jara, el codeso, la retama, el escobón y el jaguarzo. En los riscos sobreviven plantas rupícolas como el cardoncillo, la cruzadilla, magarzas, cerrajones y diversas especies de bejeques.

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Especial mención merecen también los palmerales presentes en el Barranco del Pino Gordo y saucedas en los barrancos más húmedos: Barranco de Lina al norte y Barranco de Mulato al sur.

Entre la avifauna, destaca el pinzón azul, que encentra aquí uno de sus últimos refugios insulares, el alcaudón, mosquitero, canario, herrerillo, cernícalo, aguililla y el pájaro carpintero o picapinos, que aprovecha frecuentemente los pinos más viejos para establecer sus nidos.

Desde el punto de vista arqueológico, la zona tiene su importancia por encontrarse lugares de trabajo y extracción de madera, como la producción de carbón vegetal o la obtención de “brea” mediante hornos ubicados en el mismo pinar, además de lugares de enterramiento, o almogarenes asociados a rituales culturales, religiosos y astronómicos.

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Numerosos senderos permiten recorrer este espacio protegido, como el que asciende a la Montaña de Inagua, de 1.426 metros de altura, en el extremo oeste de la cordillera, pasando previamente por la amesetada Montaña de Ojeda, y que ofrece unas magníficas vistas de los barrancos del suroeste de Gran Canaria, del Macizo de Güi-güí, de la Montaña de Altavista, Tamadaba y de la Cuenca de Tejeda.

Otros senderos transitan tanto por la cara norte de la hilera montañosa, vertiente agreste, escarpada y salvaje, la cual se hunde en el fondo del Barranco del Juncal y de Siverio, como por la ladera sur, repleta de viejos pinares con extasiantes panorámicas sobre los puntiagudos escarpes de los Barrancos de Mogán, Veneguera y Tasarte, amén de la Montaña de Tauro.

Una pista de tierra nos acerca bastante a la cima de la Montaña de Sándara o Alsándara, el punto culminante de todo el macizo.

Los embalses del Mulato y de la Cueva de Las Niñas, en una de las laderas del Barranco de Ayacata rompen la monotonía del pinar y atraen a una fauna diferente.

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Al vistoso Morro de Pajonales se puede ir desde las cercanías de la Presa Cueva de Las Niñas, ascendiendo hasta la cresta norte del Barranco de Ayacata, lo que permite contemplar la belleza y los cortados de la vertiente norte del macizo y del interior de la descarnada Caldera de Tejeda, con el Roque Bentayga y el Nublo coronando el paisaje. Si se continúa cresteando hacia el centro de la isla se alcanza la base de los verticales paredones de los Riscos de Chimirique, disfrutando de abrumadoras vistas de ambas vertientes de este macizo que parece la larga espina dorsal que arruga el oeste insular.

 

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