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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

12299112_1037211153011236_12790457130706815_nEsta ruta transcurre por la cresta divisoria entre el Barranco de San Andrés y el de Igueste, los cuales se encauzan paralelamente por la vertiente sur de la Sierra de Anaga. Se parte de La Cancelilla, entre monteverde al principio, para abrirse el bosque al poco tiempo, divisando en primer lugar el Barranco de San Andrés desde lo alto y el Roque de Cabezo Mirabal enfrente. A partir de ahí la senda tiene tendencia descendente por la cresta, especialmente después de pasado el Cabezo del Mirabal, para después ladear por la vertiente del Barranco de Igueste, pero resulta sencillo asomarse a la otra ladera, como por ejemplo en lo alto de la Montaña Pelada, disfrutando en todo momento de las vistas de ambos barrancos desde lo alto y de los diques y escarpes que los resaltan como el estilizado Roque Chiguel, la mole del Roque de Los Pasos en lo alto del Barranco del Cercado y la recortada y verde silueta del Roque Chinobre, elevado en la cumbre que divide la parte norte y sur de Anaga.

 

12279007_1037211199677898_158827676735499820_nAl final del sendero se puede ascender al Roque de La Junquera siguiendo un empinado y algo resbaladizo canalón y avistando la desembocadura del más salvaje Barranco de Igueste desde esta atalaya.

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EL BATÁN. ANAGA (TENERIFE)

29 noviembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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Desde la Cruz del Carmen, se desciende por la vertiente norte del Monte de Las Mercedes en medio de un frondoso bosque de laurisilva. En el descenso se alcanza la pista forestal de Las Yedras que nos conduce a la carretera que se dirige a Taborno y Las Carboneras. Continuando un tramo por dicha carretera, retomamos el sendero de Las Escaleras que prosigue su descenso ya por terreno más abierto con espléndidas vistas de los barrancos que arrugan este sector de Anaga y del extenso monteverde que vamos dejando atrás.

 

10411233_825776297488057_6808654804590175341_nLa senda pasa por Casa Tamé y llega al caserío de Chinamada. Justo en su unión con el asfalto, surge otro camino que cruza por su tramo medio el salvaje, profundo y retorcido Barranco del Tomadero, y se dirige al Batán, para desde allí penetrar de nuevo en el monteverde, y ascender de manera más directa que en la bajada, a la Cruz del Carmen, completando un recorrido senderista.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

En este pateo se disfruta de unos espectaculares paisajes en la mayor parte del recorrido que comienza en el Pico del Inglés, de algo más de 900 m de altura, uno de los puntos más elevados de la Sierra de Anaga y mirador natural del macizo y de buena parte de Tenerife si la frecuente bruma lo permite.

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Entre un frondoso bosque de laurisilva el sendero desciende continuamente (y atraviesa la carretera TF1123 a la altura del restaurante Casa Carlos, al poco de caminar) hasta el espigado Roque Taborno, que se puede rodear, después de pasar por el caserío de Taborno, transcurriendo en todo momento por la cresta (Lomo Alto, La Gollada Chica) que divide los barrancos de Taborno (izquierda) y de Afur (derecha).

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Al final del recorrido, a unos 600 m. de altitud, sobre prominentes acantilados que sucumben a ambos lados de la divisoria, el paisaje se divisa en un grandioso espectáculo, con el mar, abajo a vuelo de pájaro, tan lejos que apenas son perceptibles las playas de Tamadite, en la desembocadura del Barranco de Afur, y de La Fajana, en la del Barranco de Taborno. Éste, a diferencia del de Afur, es uno de los barrancos más salvajes y retorcidos de Anaga con imponentes fugas que le dan un aspecto de auténtico cañón encajonado y profundo.

En la vertiente opuesta del Barranco de Afur constituye un placer para los sentidos las vistas de los riscos Marrubial, Payés y la recortada cresta de El Fraile, cobijando el Sabinar de Afur en sus empinadas laderas, que es el sabinar natural más extenso que sobrevive en la isla.

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Más allá del ancho Barranco de Afur, se divisan los confines de la Sierra de Anaga, desde El Draguillo, Cabezo del Tejo, Roque Anambro, Chinobre hasta el más cercano Roque Negro, con los picachos que surgen del mar, como los lejanos Roques de Anaga, las desoladas y erosionadas laderas costeras que paulatinamente se elevan hasta fundirse con el manto verde que envuelve las cumbres, disimulando el agreste relieve.

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Se puede rodear el Roque Taborno transitando a poca distancia de su base y sin casi perder altura; en la parte trasera del roque, las sensaciones visuales se ven acrecentadas al precipitarse la mirada casi directamente en el mar y contemplar la amplia panorámica que se extiende desde la Punta del Hidalgo, más allá de la playa de La Fajana y de la cresta de Tesegre, mirando al oeste, hasta los Roques de Anaga, hacia oriente, en el confín de la península y por ende de la isla.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Esta excursión parte de las afueras de Punta del Hidalgo, en el extremo noroccidental de la Sierra de Anaga. Es una de las rutas más clásicas de este macizo.

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Se comienza atravesando la desembocadura del Barranco del Tomadero, bajo la imponente mole del Roque de Dos Hermanos. Se va ascendiendo por los abruptos riscos que forman la ladera oriental de ese barranco que surge de la espesura de la vertiente norte del Monte de las Mercedes.

La flora rupícola y, también la no tan risquera, como cardones, tabaibas, tajinastes, guaydiles, palos sangre, cornicales, margaritas, jaguarzos, espineros, granadillos, regaljaderas, verodes, junto a cerrajas, matos risco, bejeques, cardoncillos, etc., parecen brotar de entre las piedras, aprovechando cada grieta para aferrarse a la vida.

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En toda la península de Anaga existen casi una treintena de endemismos botánicos locales, plantas exclusivas de este extremo nororiental de Tenerife. Ese grupo único lo forman: una especie de bejeque, dos de magarza, una de esparreguera, dos de cabezón, una de jara, dos de tajinaste, una de siempreviva, una de corazoncillo, dos de tomillo, cuatro de bejequillo, una de culantrillo, una de rosalito, dos de chaorras, una de cerraja, dos de retama, Tolpis glabrescens, Lugoa revoluta, Normania nava, Carex perraudieriana y la violeta de Anaga. Estas plantas se extienden desde los riscos costeros y de las zonas medias repartidos por rincones prácticamente inaccesibles, hasta los cumbreros bosques de laurisilva.

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Más arriba, un balcón natural del barranco nos permite dejar caer la mirada sobre el ya distante mar y sobre el escarpado acantilado en cuya base el mar arremete con fuerza y persistencia. Es un paraje sobrecogedor, duro y violento en el que los impresionantes desfiladeros se ven coronados por puntiagudos escarpes como el de Tesegre. Esa dureza paisajística y el sonido del lejano batir del mar se apoderan de mi existencia durante unos instantes que duran todo lo que uno quiera, de manera gratuita y gratificante.

Nos encontramos entre la prominente elevación de Dos Hermanos y el precipicio sobre el mar que forma la imponente escarpada del Barranco de La Angostura.

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Al final de este sendero que transita rodeado de pura roca, de cuevas, de acantilados y de barrancos, se encuentra el casi imperceptible caserío de Chinamada, el cual presenta algunas viviendas cueva. En el interior del Barranco del Tomadero resalta el escarpado domo del Roque de Los Pinos, que parece un islote grisáceo y rocoso habitado por esos árboles. Más allá, por la vertiente opuesta del barranco que venimos siguiendo desde la costa, se diseminan las casas de Los Batanes.

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Desde Chinamada se puede continuar hasta Cruz del Carmen, después de adentrarnos en el monteverde, o bien ir al más cercano Mirador de Aguaide, disfrutando con la vista de la ruta seguida desde La Punta, y de verticales y sobrecogedoras panorámicas sobre los precipicios derrumbados sobre el frecuentemente agitado océano.

EL PIJARAL. ANAGA (TENERIFE)

27 noviembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

247520_161272207271806_6492251_nLa laurisilva del amplio Macizo de Anaga es una de las mejores y más ricas en especies de Canarias, y el sector delimitado por esta reserva natural integral es uno de los más característicos y de los mejor conservados bosques de laurisilva, con la presencia de prácticamente todas la especies arbóreas de este bosque, estando presentes, entre ellas, los árboles más exigentes en cuanto a humedad, como el tilo, el aderno, el viñátigo, el naranjero salvaje, la hija y el saúco en las zonas más profundas y húmedas de las vaguadas, mientras que en las crestas expuestas a los vientos dominantes del alisio encontramos otras especies como tejos, follaos, acebiños, brezos, fayas, laureles, mocanes, sanguinos, barbusanos y paloblancos. En el sotobosque dominan helechos píjaras de grandes hojas (de ahí el nombre de El Pijaral), además de morgallón, matoblanco, zarzaparrilla, malfurada, algaritofe, reina de monte, capitana, bicácaro, gibalbera, ortigón de los montes, cresta de gallo, pata de gallo, nomeolvides, yedra, bejeques, tabaiba de monte, e incluso la rara violeta de Anaga, una de cuyas colonias crece en el Roque Chinobre

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Al caminar por esta jungla, se percibe la plenitud de la vida; los sentidos y pensamientos se hunden en lo más profundo de la espesura del bosque y de la bruma, intentando captar la esencia perdida y oculta bajo el fresco aliento del alisio que agita las ramas y en compañía de la penumbra, entre helechos que ocultan el sendero, entre ramas de grandes árboles, retorcidas, entrelazadas de forma caótica unas con otras y repletas de líquenes que parecen barbas colgantes. El encuentro entre la bruma y el bosque genera pequeños arroyos que se pierden ladera abajo, sumándose a esta experiencia sublime de andar dentro de esta esponja viviente.

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La masa forestal juega un papel fundamental en la recarga del acuífero subterráneo por su alta capacidad de condensación de la humedad transportada por los vientos alisios, a lo que hay que unir su facultad protectora del suelo ante la erosión. La existencia de muchas especies endémicas, varias de las cuales están amenazadas y la mayor parte protegidas por la normativa regional, acrecienta su importancia, sobre todo cuando sólo se conocen en este lugar. Para la ornitofauna, la reserva es un magnífico refugio donde nidifican muchas especies como las palomas de la laurisilva, la rabiche y la turqué, y el gavilán. 

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Por otro lado, los roques de Chinobre y Anambro, que limitan la reserva por el sur, constituyen sendos elementos singularizados del paisaje, de interés científico, geológico y geomorfológico.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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El Barranco del Cercado es un tajo sorprendente que desemboca en San Andrés, serpenteando por la vertiente sur de la Sierra de Anaga. Nace en el Cresal, en la divisoria de aguas del macizo, al otro lado del Valle de Taganana, en el punto de confluencias con el Lomo Abicore.

 

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Este barranco discurre paralelamente al vecino, y humanizado, Barranco de Las Huertas de Andrés, uniéndose ambos en la desembocadura. La magia especial del Barranco del Cercado se encuentra en el palmeral que crece en el tramo bajo del mismo y el hilo de agua que discurre casi permanentemente por el cauce. El bosque de palmeras hace recordar a los de otras islas como La Gomera, Gran Canaria o Fuerteventura, constituyendo el palmeral natural más extenso de Tenerife.

 

9606_1117934474938903_3412807663323096800_nEl sendero asciende por el cauce, a medida que desaparece el palmeral, pero el tajo sigue manteniendo su virginidad, al igual que otros que discurren por la ladera sur de Anaga, que dicho sea de paso, parecen más salvajes que los vecinos del norte, tal vez debido a la escasa vegetación que reviste sus flancos en los tramos medio-bajos, o a causa de la menor dispersión poblacional por los valles, factores que no logran disimular la sobrecogedora identidad y personalidad de estas arterias vitales abiertas en la faz terrestre por el paso del tiempo y la erosión, quedando al descubierto los diques, riscos, fugas, cuevas y los saltos a lo largo del cauce.

12439124_1117936511605366_7048532625849757838_nSegún subimos, el encajonado lecho muestra una hilera verde que acompaña al arroyo, fundiéndose con el monteverde que se despliega en la frondosa y amplia cabecera, en la que destaca la mole del Roque de Los Pasos, y más abajo, apuntando al cielo en la cresta occidental, el vistoso y escarpado Roque Chiguel.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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El monte Aguirre es un bosque de laurisilva enclavado en la cabecera del Barranco de Tahodio, más o menos situado entre la zona de la Cruz del Carmen y el Pico del Inglés, y aunque es una amplia vaguada con orientación sur, el dosel arbóreo es bastante frondoso.

Se empieza a caminar en el Pico del Inglés, uno de los puntos culminantes del Macizo de Anaga y con buenas vistas de gran parte de la isla. Descendemos siguiendo el camino que indica al Barrio de La Alegría, bordeando el Monte Aguirre por el este.

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Más abajo, después de pasar el desvío que se dirige a la Degollada de las Hijas, se llega a un triple bifurcación, lugar conocido con el topónimo de Cabezo del Viento; si seguimos recto descendemos hasta el barrio de La Alegría por Valle Luis, mientras el camino de la izquierda nos conduce a las casas de Catalanes y el de la derecha nos permite rodear más o menos el monte Aguirre, retornando al Pico del Inglés en un circuito.

13055604_1133795790019438_5440636874815168311_nSi seguimos por el ramal del centro, descendemos y dejamos atrás el verdor perenne del monteverde y entramos en el Barranco de Valle Luis, que es un ramal del Barranco de Tahodio, uniéndose a él más abajo. Al llegar al fondo del tajo, y si se tiene la suerte de patear después de lluvias importantes, al espectáculo de salvajes y descarnadas paredes laterales invadidas por cardones y tabaibas, se le suma el de las continuas cascadas y charcos en el cauce.

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Al retornar por idéntico sendero hasta Cabezo del Viento, podemos dirigirnos a Catalanes, divisando otros barrancos de amplias cabeceras paralelos por el este, como el de Valle Grande, Valle Crispín y Valle Brosque, y en un entorno prácticamente virgen en el que resaltan las divisorias de aguas, fugas, roques alineados, crestas y potentes diques.

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Por último, desde Cabezo del Viento, podemos adentrarnos en el Monte Aguirre, descendiendo primero, y luego subiendo, atravesando la cabecera del Barranco de Tahodio hasta unirse con una senda que viene del mirador de Jardina, y que finalmente nos devuelve a las cercanías del Pico del Inglés en ligera subida, cerrando el circuito senderista.

LOS ANDENES DE TABURIENTE (II)

23 noviembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

14963253_1290892970976385_1377136611803270692_nPor encima de los 2.200 m. de altitud en las cumbres de la isla bonita se encuentran los morros que coronan el anfiteatro de la Caldera de Taburiente, repartidos a lo largo de su perímetro con forma de herradura y de 20 km de longitud.

De oeste a este y en sentido de las agujas del reloj, la primera cumbre importante es el Roque Palmero, de 2.310 m.s.n.m., elevado sobre el espigón que se desploma en el impresionante y triangular Risco Liso, formando un descomunal paredón que se hunde en los pinares de la caldera.

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Avanzando hacia el norte, tras el Roque Palmero, la Degollada de Las Palomas sostiene casi verticalmente el Barranco de Las Bombas de Agua, una angosta garganta dirigida al abismo, por donde resbala la mirada, y ésta arrastra los pensamientos y emociones, tras 1.500 m. de caída libre, en este tajo desplomado y suspendido a partir de la degollada, cobijado entre verticales paredes laterales cuyas bases se encuentran y esconden en las entrañas de la depresión calderiforme.

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Antes de llegar a la cumbre insular del Roque de Los Muchachos, de 2.426 m.s.n.m., otras elevaciones que sobresalen de la crestería son el Roque Chico y el Morro de La Cresta, y justo antes del punto más alto del anfiteatro, otro tajo vertiginoso recorta el espacio, y con él el aliento; de nuevo entre paredones de ensueño que guardan otro pasadizo al vacío, la Garganta del Hoyo Verde hunde la corteza terrestre y todo lo que acontece en ella hacia el fondo de la caldera.

Me siento adicto a andar sobre desfiladeros y así sentir el abismo a mis pies, y en este caso a dejar desplomar la mirada y el resto de sentidos a través de estos colosales farallones basálticos, fugas y barranqueras, repartidas por estos precipicios interiores que parecen guardar celosamente los lejanos escarpes y riachuelos que florecen en el lejano fondo.

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Este anfiteatro, durante el tiempo que transitamos por él siguiendo el sendero de Gran Recorrido GR 131 o Ruta del Bastón, constituye el escenario de los sueños, el altar geológico, el palco presidencial de esta inigualable majestad geomorfológica suprema y de aspecto imperturbable y eterno que es la Caldera de Taburiente, la antítesis de lo efímero, humano y superfluo de la vida mundana y rutinaria, donde el sentido de la vista alcanza su plenitud, percibiendo el éxtasis existencial que me trasmite este paisaje y que hace sentirme vivo, respirando el aire leve de las cumbres, sintiendo la insignificancia de la existencia humana, escuchando el rumor de la brisa que acaricia estas altivas lomas, dejando que los pensamientos y emociones vaguen y floten sobre el abismo, y en definitiva que la mente se vacíe y se vuelva a rellenar con lo mucho que me muestra esta obra de arte natural y espontánea creada por las fuerzas interiores y erosivas del planeta.

Siguiendo con el periplo por la crestería en sentido horario, otra barranquera abierta al abismo es la que da lugar al Barranco de Cantos de Turugumay, donde las sensaciones comentadas anteriormente vuelven a repetirse.

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Más adelante, tras haber dejado atrás el mirador de Los Andenes, el esbelto dique de la Pared de Roberto (tan estilizado que parece levantado por el hombre) y picones rojizo-violáceos, otros morros reseñables son el Pico de La Cruz, de 2.351 m.s.n.m., también gran mirador no solo de la profundidad de la caldera sino de una parte del noreste de la isla, al elevarse sobre la cabecera del Barranco de Los Tilos. Desde allí arriba parece que nos encontramos en la parte central de este poderoso circo y la mirada se enfila directamente al mar a través del embudo que forma el desagüe del Barranco de Las Angustias, abierto 1.500 m. más abajo en la parte más baja de la caldera. La vista al interior de la depresión queda parcialmente oculta por un potente espigón, uno de tantos repartidos por todo el desfiladero, escondiendo a su vez angostas y vertiginosas gargantas como los barrancos del Diablo, del Ataúd, de Los Guanches y el de Altaguna.

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Desde el borde cumbrero se despliegan hacia el interior de la caldera crestas recortadas y afiladas como dientes de sierra, de vivas formas y agrestes perfiles, manteniendo su esbelta silueta a pesar de la erosión y de la gravedad reinantes, hiriendo el mar de nubes atrapado en la caldera, y de paso al aire, las retinas y hasta el alma de quien las observa. Crestas que se pierden en abismo buscando el fondo de la depresión, ocultando tajos sostenidos desde este mágico anfiteatro, por donde se enfilan, una vez tras otra, y sin encontrar destino ni respuesta final los fugaces sueños del montañero.

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Entre el Pico de La Cruz y el de Piedrallana (2.321 m.s.n.m.) atravesamos pequeños morretes rocosos y hacia el interior del parque nacional, a pocos metros de la cumbre un área de piroclastos de vivos colores amarillo-rojizos llama nuestra atención y lugar donde se encuentra la fuente de Juan Diego. Junto a dicha fuente se adentra un espigón que acaba en un un impresionante acantilado de 500 m. sobre los nacientes existentes en el Barranco de Las Verduras de Alfonso.

El espigón de Piedrallana separa los barrancos de Altaguna y el de Los Guanches, siendo esta cima importante desde el punto de vista etnográfico debido a la presencia de restos arqueológicos de los antiguos pobladores palmeros, los benahoaríes.

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En toda esta ruta montañera el codesar invade el terreno, apareciendo de forma localizada otras especies botánicas interesantes y endémicas de estas cumbres como la violeta de La Palma, el alhelí, la chaorra, la margarita, el rosalito, la tonática, la crespa, el retamón, el tajinaste rosado y el tajinaste azul genciano. Contados, retorcidos y viejos cedros arraigan penosamente y de manera inverosímil en riscos y diques acompañados de los prostreros y dispersos pinos canarios.

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La última cumbre de este alargado circo que supera los 2.200 m. de altura es el Pico de La Nieve (2.239 m.s.n.m.), llamado así porque es el único que se divisa nevado desde la capital insular. Al igual que en el Pico de La Cruz, la mágica soledad que debe tener toda cumbre se ve alterada con la presencia de placas solares y un repetidor de telecomunicaciones.

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Así son las cumbres de los Andenes de Taburiente, culminando el imperio de la verticalidad y por ende de los sentidos, coronando este inmenso, impresionante y grandioso hachazo en la corteza terrestre y en el corazón de la isla bonita, donde la arquitectura geológica se torna arte espontáneo, sin que la Madre Naturaleza se lo proponga; a escala humana, paisaje perpetuo, originado por las fuerzas antagónicas, constructivas y destructivas, del planeta, que parecen haber encontrado el equilibrio perfecto para crear esta grandiosa obra artística.

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Son muchas las panorámicas disfrutadas desde lo alto de este mágico circo, y además desde diferentes rincones y perspectivas, y en todos ellos los sentidos y pensamientos escapan de mi cuerpo, vagando libres y dichosos, mientras una sensación nirvánica de admiración y veneración a este colosal relieve se apodera de mi efímera existencia.

ABICORE. ANAGA (TENERIFE)

20 noviembre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La Degollada de Abicore se localiza en la crestería de la Sierra de Anaga, punto de unión entre el Barranco del Cercado, al sur, y el Valle de Taganana, al norte del macizo.

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Siguiendo un sendero que parte de la casa forestal de Taganana en dirección a Valle Brosque por Majimial, que en un primer momento coincide con el de Las Vueltas de Taganana, se asciende levemente hasta la Cruz de Taganana, donde hay una cueva; desde aquí abandonamos la senda de Las Vueltas y seguimos cresteando, ahora en descenso, en dirección al Roque de Los Pasos, siempre entre frondosa laurisilva.

Dejando, poco más adelante, a la derecha el desvió que nos conduce a Valle Brosque, seguimos de frente pasando por Las Quebradas y bajo el Roque del Paso, hasta enlazar con el asfalto, donde se nos presenta la opción de descender al fondo del Barranco del Cercado si queremos llegar a San Andrés.

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Estamos justamente en El Cresal o Degollada de Abicore, teniendo a la vez vistas de la parte norte y sur de la Sierra de Anaga, divisando, entre otros el vistoso y escarpado Roque Chiguel y el paisaje quebrado con multitud de diques del Barranco del Cercado, paralelo al de San Andrés, al sur, y al norte, el Valle de Taganana flanqueado por los Roques Amogoje y de Enmedio, por un lado, y por el Roque Marrubial junto a los recortados Roques del Fraile, por el otro, asomando el puntiagudo y estilizado Roque Taborno detrás de estos últimos, al otro lado del Valle de Afur.

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Se puede continuar hasta El Bailadero, alternando asfalto y finalmente un corto sendero hasta ese lugar, desde donde, por ejemplo podemos descender a Taganana.

 

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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El Barranco de Erques es un largo tajo de cumbre que nace en Boca Tauce, a casi 2.000 m. de altura sobre el nivel del mar, en la entrada suroeste de Las Cañadas del Teide y desemboca plácidamente en la costa suroeste, lindando los municipios de Adeje y Guía de Isora a lo largo de su dilatado recorrido. Destacan sus paredones verticales y elevados en puntos concretos de su tramo medio, cerca de Vera de Erques, y en su tramo cumbrero, donde llega este pateo, zona que se hunde bajo la aplanada y volcánica cabecera de Boca Tauce.

 

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La ruta comienza en el barrio isorano de Vera de Erques, subiendo al principio por una pista asfaltada que nos va alejando de las últimas casas y de huertas cultivadas. Luego da paso a un sendero delimitado con muretes laterales, disfrutando según ganamos altura de cada vez mejores vistas de las medianías y costa del suroeste insular, y también de los escarpes del Macizo de Teno que asoman más allá de esta inmensa vertiente abierta y un tanto desolada, ya que aún no hemos penetrado en el pinar de la Corona Forestal, estando dominadas estas laderas por los escobones, cerrajones y otros materiales xerófilos propios de la zona seca.

 

Hacia el sur se adivina el discurrir del Barranco de Erques, avanzando el camino paralelo al tajo, pero a una distancia que impide verlo desde el borde.

 

15027711_1300798209985861_7159689429213067399_nDespués de dejar atrás algunas terrazas en las que se cultivaba cebada y centeno se alcanza el topónimo conocido como el Pino Redondo, un lugar aislado y con un sabor etnográfico destacable ya que encontramos una vieja y solitaria casa, un horno de pan, una era y un aljibe. Desde este lugar la amesetada Montaña Tejina resalta bajo nosotros mientras ya se aprecia el límite inferior del pinar y algunos roques que lo coronan como El Sombrerito y la Montaña Gangarro, mirando ladera arriba.

 

15037322_1300809469984735_7895443796403707243_nEl sendero continua su ascenso pasando bajo una tubería gruesa y rojiza, y al poco tiempo nos introducimos en el pinar que oculta la mirada distante, camino que sigue subiendo cruzando pistas forestales, hasta llegar a una en desuso que siguiéndola hacia la derecha nos guía llaneando hasta el borde oeste del Barranco de Erques, donde muere la pista, a una altura suficiente como para divisar de cerca las cumbres insulares del Roque del Almendro y del Sombrerito, después de haber superado un desnivel de algo más de 1.000 m. desde el inicio, y adivinando el nacimiento del salvaje tajo en Boca Tauce, a las puertas de la inmensa caldera de las Cañadas del Teide.

 

15056274_1300808906651458_4909253375820803929_nSi vamos hacia la izquierda, la pista enlazaría con la que nos conduce a la base de la Montaña del Cedro, junto a la carretera que se dirige a Boca Tauce desde Chío, ya dentro de Las Cañadas, pasando previamente por la Degollada y Cañada de Chavao.