LOS ÁNDENES DE TABURIENTE (I)

30 octubre, 2016

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Texto y fotos Salvador González Escovar.

La parte más espectacular del sendero de Gran Recorrido GR 131 palmero recorre el perímetro de cumbres de la Caldera de Taburiente, con alturas que superan los 2.000 m., regalándonos sobrecogedoras panorámicas del interior de esa gran depresión, contemplada desde las alturas.

El recorrido puede comenzar en el inicio de la pista al Pico de La Nieve, junto a la carretera que sube al Roque de Los Muchachos desde la capital insular.

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Debido a la altura ganada mediante asfalto, el tramo de subida a esa primera cima es corto, primero mediante pista de tierra y la última parte ya enlazando con el GR 131. Al llegar a la cumbre del Pico de La Nieve, de 2.239 m.s.n.m., la mirada se extiende en todas direcciones, no solo hacia la vertiente oriental como hasta ahora, sino también y de manera desproporcionadamente vertical hacia el interior de la caldera, mientras al sur el circo montañoso que a partir de ahora transitaremos en sentido contrario pierde altura en la Degollada del Río, que es la cabecera del gran barranco homónimo, situada entre nosotros y el puntal rocoso de Punta de Los Roques, la primera cima importante del anfiteatro que bordea la caldera.

A veces suele formarse mar de nubes en el interior de la caldera mientras en el exterior está despejado, dándole un toque de suavidad a las escarpadas y sobrecogedoras paredes que se esfuman en el manto nuboso, ocultando el abismo y escondiendo las entrañas de este formidable hachazo en la corteza terrestre.

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Los riscos que limitan la caldera son prácticamente verticales, recortados, salvajes, imponentes y me pregunto cómo algunos pinos y cedros llegan a conquistar este territorio en apariencia prohibido. Al interaccionar con estos desfiladeros del silencio, la bruma difumina sus siluetas, haciéndolas flotar sobre ellas.

El manto nuboso es como un mar de algodón cuyo parsimonioso movimiento sosiega los sentidos, ocultando, resaltando y embelleciendo el accidentado relieve. La bruma hace de este lugar una especie de abismo sin fondo, lejano, secreto, incierto, y a través de estos paredones sobre los que transito, imagino como las palabras, exclamaciones, suspiros, miradas, sensaciones, pensamientos y todas las cosas mundanas se precipitan vertiginosamente sin encontrar respuesta ni destino final.

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Dejado atrás el Pico de La Nieve, al otro lado del abismo de la caldera, vamos encontrando otras cabeceras de barrancos como el del Carmen y el de Nogales según avanzamos hacia el norte, apreciando desde estas alturas el monteverde que tapiza sus tramos medios, bastante por debajo de la franja del pinar que casi alcanza estas cimas.

La siguiente loma importante en la crestería de la caldera es el morro de Piedrallana, de 2.321 m.s.n.m., aunque el camino no pasa exactamente por su cima sino que la bordea por el exterior.

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Seguimos transitando por este escenario de los sueños, diría que incluso nirvánico, donde la mirada adquiere su máxima plenitud, y finalmente el sentido de la vista se transforma en emociones más profundas al excitar las neuronas cerebrales. Nos sentimos afortunados porque caminamos sobre las nubes, elevados sobre el vacío impuesto por la incesante erosión en masa que origina recortados espigones, nacientes de estas crestas y que a su vez ocultan vertiginosas barranqueras y fugas según se precipitan en el interior de la caldera. Agujas rocosas y potentes diques, que rayan los paredones basálticos y parecen erráticas sendas a ninguna parte a través de ellos, resisten el desmantelamiento erosivo de esta auténtica convulsión geológica, que paradójicamente al entrarme por los ojos consigue trasmitirme todo lo contrario, paz espiritual y serenidad emocional.

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Siguiendo con este particular sube y baja cresteando el borde de la caldera y llegados al Pico de La Cruz, de 2.351 m.s.n.m., se contempla, mirando atrás, uno de esos grandes y recortados espigones que parece una gran espina dorsal que se curva hacia las entrañas de la depresión.

Un saliente rocoso redondeado permite asomarnos directamente al abismo mientras más de un kilómetro de desnivel más abajo, el Barranco de Las Angustias nos alinea con la desembocadura de este desagüe natural de la depresión, teniendo la sensación de encontrarnos justo en su cabecera. En dirección opuesta al abismo de la caldera, una vieja caseta de telecomunicaciones deja avistar la cabecera y el tramo alto del Barranco del Agua o de Los Tilos.

Desde estas cumbres suspendidas en el abismo, percibo como se vacían y resetean mis pensamientos, para al poco tiempo sentir como la experiencia montañera se rellena de sensaciones inolvidables.

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La cumbre del Roque de Los Muchachos se encuentra cada vez más cerca y cuando las nubes interiores se esfuman la profundidad de este inmenso cráter queda al descubierto, lo que me hace imaginar la magnitud de los procesos erosivos, ya que se piensa que La Palma en su más remota historia geológica también estuvo coronada por una gran montaña central, mientras me pregunto qué será de este paisaje dentro de unos cuantos millones de años.

La cordillera que rodea la Caldera de Taburiente tiene un perímetro aproximado de 20 kilómetros y un díámetro de 8 km., y mediante este sendero que es una bendición para los sentidos, vamos recorriendo su parte más elevada.

Un gran farallón se hunde bajo la cima insular del Roque de Los Muchachos, dejando ver una variedad cromática de almagres, marrones, grises y tonos violáceos que rivalizan con la verticalidad reinante a la hora de cautivar la mirada.

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Seguimos bordeando este anfiteatro perimetral y el siguiente hito importante es la Pared de Roberto, cerca del Mirador de Los Andenes, un prominente y fotogénico dique que rápidamente sucumbe ante el abismo bajo él.

Algunos cedros encaramados en el filo de los cortados o en las paredes muestran un aspecto retorcido, longevo, cadavérico. Parecen vigilantes del tiempo, del silencio y del olvido, sobreviviendo a las puertas del vacío, como si la existencia para ellos fuera algo intrascendente.

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Una última subida nos separa del Roque de Los Muchachos, sobre una gran mole en la crestería, entre los fugaces y verticales barrancos de Cantos de Turugumay y el de Hoyo Verde, los cuales enfilan nuestros sentidos vertiginosamente al interior de la caldera.

Desde la cima insular, 1.500 metros de caída libre sobre el mundo terrenal, o no tanto si hay nubes interiores, cuya horizontalidad contrasta con la verticalidad de los farallones que se desploman desde este auténtico paraíso terrenal. La suavidad del mar de nubes interior invade la intimidad de los paredones, y en un intento de borrar la profundidad reinante, acrecienta la sensación extremadamente salvaje y virgen de este inmenso socavón abierto en buena parte de la paleopalma.

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A lo largo del arco perimetral que forma es recorrido por la ruta de la Crestería destacan las vertiginosas gargantas ocultas y enfiladas hacia el abismo, localizadas entre los espigones que asemejan dientes de sierra que se dirigen al fondo. Desde el Roque de Los Muchachos, de 2.426 m.s.n.m., llego a contar hasta 11 espigones repartidos por todo este escenario geológicamente apocalíptico que percibo como me da fuerzas para seguir caminando, por ejemplo, completando el corto sendero del Espigón del Roque, uno de esos tantos balcones sobre el abismo que sutilmente se separa del borde exterior de la caldera, lo que permite una vez más dejar caer libremente la mirada a ambos lados del sendero hallando las vertiginosas gargantas de Hoyo Verde a la derecha y de Cantos de Turugumay a la izquierda, según avanzamos hacia el extremo del saliente.

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Cada morro que sobresale del anfiteatro que vamos recorriendo tiene un nombre, al igual que cada angosta garganta suspendida en el vacío. Los más destacables son el Roque Palmero, el más cercano, y al otro lado de la cumbre insular, el Pico de La Cruz, seguido de Piedrallana, del Pico de La Nieve y finalmente Punta de Los Roques, elevado en el otro extremos del circo perimetral, cerca de la vaguada de la Degollada del Río, por donde ocasionalmente desbordan las nubes desde la vertiente oriental hacia el interior de la caldera.

A partir del Roque de Los Muchachos el GR 131 pierde altura de manera continuada recorriendo la parte más occidental del borde de la caldera hasta el mirador de El Time, percibiendo en definitiva como en todo momento la magia vertical de un paisaje geológicamente vivo y aparentemente perpetuo se apodera de los pensamientos, sentidos y de la insignificante existencia humana.

 

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