EL CAMINO REAL DE GALLEGOS

1 octubre, 2016

14440960_1253115228087493_1941659561744422176_nTexto y fotos de Salvador González Escovar.

El Camino Real de Gallegos, o la parte norte del GR 130 que circunvala toda la isla por la costa, transita por la zona más antigua desde el punto de vista geológico de La Palma, entre Garafía, al noroeste, y Barlovento, al noreste.

Al tratarse de un territorio primitivo el norte palmero es tierra de profundos y largos barrancos que agrietan esta vertiente desde las altivas cumbres de más de 2.000 m. hasta la escarpada costa, discurriendo paralelos unos tras otro.

14492406_1253114311420918_6964170480353956249_nNada más salir de Garafía, ya nos encontramos el primer tajo en el camino, el Barranco de La Luz, no tan profundo en esta parte como otros que encontramos más a oriente, pero sí con longevos y ramificados dragos enraizados en las verticales laderas del surco. El drago, mencey vegetal por excelencia, en solitario o formando bosquecillos, sobrevive en cualquier vericueto de estos barrancos, o también junto a viejas, deshabitadas y diseminadas casas que nos vamos encontrando por esta singular y desolada campiña.

El tiempo parece detenido para siempre entre tajos y caseríos perdidos. El paisaje forma en la retina una imagen serena, bucólica y nostálgica, como corresponde a un lugar en el que todo lo que existe nos parece de otra época.

14485090_1253115641420785_5300322675964264828_nA medida que nos acercamos levemente a la costa, la ruta por el norte salvaje y aislado nos conduce a un lugar con nombre, aunque eso sí, muy significativo y que le viene de perlas al silencio y a la soledad que impera en el lugar: El Mudo. Solo hay unas pocas casas olvidadas y tan alejadas entre sí que parece difícil que al poblado se le asigne un nombre. Viejas casonas, otras de nueva construcción, corrales, cabras, terreno aparentemente yermo y dragos solitarios o en pequeños grupos buscando cobijo en barranqueras parecen formar una unidad vital de lo que es el lugar habitado más recóndito de La Palma. Si uno quiere olvidarse del mundo El Mudo es un lugar perfecto para ello.

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Al poco tiempo se abre un nuevo barranco ante nosotros, el de Juan Adalid, también de escasa entidad comparado con otros que veremos después, verde por encima de la senda y seco aguas abajo. La piramidal Montaña Cerradera emerge prácticamente desde el fondo del tajo, sobresaliendo en la costa, próxima a la desembocadura y su posterior desplome en el mar forma el punto de La Palma situado más al norte.

Más adelante aparece otro caserío: Juan Adalid, perceptible desde la distancia debido a los aerogeneradores mientras el recorrido iba alternando entre pistas forestales y senderos que ocasionalmente se interrumpen por toscas cancelas que controlan el paso del ganado, principalmente caprino. El poblado sería uno más de esos perdidos caseríos por el norte palmero si no fuera porque sirve de emplazamiento productivo de energía eólica. El contraste entre las arcaicas viviendas, y justo al lado los aerogeneradores girando sin cesas, salta a la vista.

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El siguiente barranco es el de La Magdalena, en el que un dique en su ladera oriental rompe la verde monotonía del barranco, la cual va despareciendo aguas abajo al contemplar el avance del tajo hacia la costa. Estamos a no más de 300 o 400 m. de altura pero esta brecha en el territorio nos sorprende con una tupida vegetación propia del monteverde, como también enmarañado era el zarzal que casi escondía el camino al atravesar el barranco.

 

14433087_1253114974754185_1779577138885893247_nUna vez atravesado el tajo, el próximo caserío es Don Pedro. Vamos aprendiendo durante el pateo que en el reducido espacio disponible que queda en las lomadas o divisorias, entre barranco y barranco, los lugareños se las han ingeniado para aprovecharlo al máximo, construyendo y agrupando casas que dan nombre a poblados y abancalando el terreno para huertos agrícolas de subsistencia, formando un repetitivo panorama a lo largo de toda la ruta.

14199762_1229673717098311_3962733267572497061_nContinuando con nuestro periplo hacia oriente, justo al otro lado del poblado, el Barranco de Fagundo derrumba la corteza terrestre de manera colosal desde su borde occidental, es uno de esos tajos que cuando te asomas por primera o enésima vez a sus precipicios laterales te hace lanzar una exclamación y dar un paso atrás.

La vegetación reviste sus verticales vertientes poco más arriba, y así hasta su cumbrera cabecera, formando un manto verde que apenas disimula el atormentado discurrir de esta profunda abertura en la faz de La Tierra, impresiones que se repiten en los demás tajos que quedan por atravesar hasta Barlovento.

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El Barranco de Fagundo es uno de los grandes surcos que arrugan el norte insular, penetrando a partir de aquí en la zona más abrupta y salvaje del espacio protegido de Guelguén, la cual guarda la accidentada costa norte palmera así como el tramo medio y bajo de estas hondas depresiones en la corteza terrestre, por lo que en esta reserva tienen cabida tanto el cardonal-tabaibal como restos de bosques termófilos y de laurisilva.

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En su encuentro con el mar, a menudo traicionero, esto tajos forman vertiginosos acantilados, como ocurre en la Costa del Arrogante, un cabo adentrado en el mar junto a la playa que forma la desembocadura del tajo, y de paso otro topónimo apropiado para este despiadado y convulso relieve.

Descendemos por el borde oeste del tajo hacia el cauce por medio de una ladera vertical de roca desnuda por la que el camino empedrado se abre paso, mientras apreciamos como una lomada interna divide el pronunciado surco en dos ramales hasta poco antes de su desembocadura en el océano.

Sorprende la presencia de brezos aislados a tan poca distancia del mar; más extraño todavía resulta es ver algún barbusano en el cauce a escasos 200 metros de la playa, que si bien no es de la especies más exigentes de la laurisilva, sí suele estar ligada a las formaciones boscosas del monteverde. Estos barrancos deben ser bastantes húmedos en el subsuelo. Diría que el norte palmero es la zona del archipiélago canario donde el monteverde se encuentra más cerca de la costa, rondando los 300 m.s.n.m.

Se puede inspeccionar la desembocadura del barranco saliéndonos del camino; aparece algo de oscura arena entre rocas y más rocas, incluso puede uno bañarse aunque las corrientes marinas resultan peligrosas por lo que no hay que adentrarse en el mar.

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De Vuelta al sendero, en un valle todo lo que es bajado después tiene que ser subido, en nuestro caso hacia el límite oriental del Barranco de Fagundo, donde otro poblado parece vigilar todo lo que aquí abajo acontece, El Tablado, al que se llega después de superar un duro cuestalón que nos vuelve a hacer sudar, confluyendo en el asfalto por encima de El Tablado y a una altura tal que permite la espectacular panorámica del barranco cruzado, uno más en esta travesía.

Tras El Tablado, justo encima del farallón rocoso, emplazado entre dos colosales fisuras en la superficie terrestre que acrecientan la sensación de soledad, lejanía y aislamiento del lugar, la tierra vuelve a hundirse en el Barranco de Los Hombres, formando como se ha dicho anteriormente una sucesión de barrancos y crestas donde asoman caseríos, aislados del resto de la isla y uno con respecto a otro debido a estas descomunales arrugas en el territorio.

14470639_1253113591420990_7600416150554383298_nEl Barranco de Los Hombres es igual de profundo y espectacular que el de Fagundo, y al igual que éste se trata de dos tajos en uno con un espigón central no tan prominente como sus vertientes laterales y que sucumbe en el lecho poco antes de la desembocadura. También se observan cuevas repartidas por una de las laderas que forma esta divisoria interior, y que aparentemente han sido utilizadas por el hombre. Su tramo medio es mucho menos profundo, dominada por suaves y verdes lomas en el terreno, contrastando con el encajonamiento y profundidad del tramo costero.

14502762_1253116054754077_6915672339274224541_nDesde El Tablado se divisa Franceses, casi al mismo nivel que nosotros y, para no variar, también en lo alto de la vertiente opuesta del tajo que ahora debemos cruzar en este recorrido rompepiernas al son de esta sucesión interminable de barrancos.

Tajos y caseríos en sus lomadas, o donde el territorio lo permite, parecen formar una simbiosis indivisible, entrañable y repetitiva en el dilatado pateo y la voy a echar de menos cuando consigamos salir de la accidentada y aislada costa norte palmera. Los barrancos imponen su ley al hombre y no al revés y me alegro que así sea.
14224962_1229679003764449_5464421065401965742_nCerca de la desembocadura del Barranco de Los Hombres se encuentra la Fajana de Franceses, con unas pocas casas y huertas de plataneras en una pequeña plataforma costera. Desde el cauce del barranco volvemos a remontar otro demoledor cuestalón que hace que todo el líquido consumido sea transpirado, rumbo a Franceses.

El penúltimo barranco que nos queda por atravesar es el de Franceses, abierto entre Franceses y Gallegos, que al igual que el de Gallegos, el último, entre Gallegos y La Palmita, presentan una mayor profundidad en su tramo medio. Llegamos a avistar las cumbres insulares, a más de 2.000 m. de altura y algunos telescopios del Roque de Los Muchachos señalan la referencia del inicio de la empinada y extensa vertiente norte insular hasta la escarpada costa.

Al final del recorrido hemos atravesado 5 imponentes cañones de oeste a este en todo el norte palmero, y nos llevamos la sensación de que realmente son 5 porque no hay espacio material para más surcos en la corteza terrestre. la zona norte palmera dejará recuerdos tan marcados en nuestra memoria como profundas son las huellas de estos tajos en este territorio salvaje y accidentado. También recordaremos los bosquetes de dragos, como el de La Palmita, agregados a los caseríos y a pequeños huertos.

14517631_1253115894754093_8636472236035770544_nYa cerca del final en Barlovento, el mirador de La Tosca nos sirve para echar un vistazo atrás, como queriendo recordar cada paso dado entre barrancos, identificando cada poblado que hemos dejado atrás en esta dura travesía y apreciando el recortado golfo que traza la costa norte palmera sobre océano.

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