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Texto y fotos Salvador González Escovar.

La parte más espectacular del sendero de Gran Recorrido GR 131 palmero recorre el perímetro de cumbres de la Caldera de Taburiente, con alturas que superan los 2.000 m., regalándonos sobrecogedoras panorámicas del interior de esa gran depresión, contemplada desde las alturas.

El recorrido puede comenzar en el inicio de la pista al Pico de La Nieve, junto a la carretera que sube al Roque de Los Muchachos desde la capital insular.

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Debido a la altura ganada mediante asfalto, el tramo de subida a esa primera cima es corto, primero mediante pista de tierra y la última parte ya enlazando con el GR 131. Al llegar a la cumbre del Pico de La Nieve, de 2.239 m.s.n.m., la mirada se extiende en todas direcciones, no solo hacia la vertiente oriental como hasta ahora, sino también y de manera desproporcionadamente vertical hacia el interior de la caldera, mientras al sur el circo montañoso que a partir de ahora transitaremos en sentido contrario pierde altura en la Degollada del Río, que es la cabecera del gran barranco homónimo, situada entre nosotros y el puntal rocoso de Punta de Los Roques, la primera cima importante del anfiteatro que bordea la caldera.

A veces suele formarse mar de nubes en el interior de la caldera mientras en el exterior está despejado, dándole un toque de suavidad a las escarpadas y sobrecogedoras paredes que se esfuman en el manto nuboso, ocultando el abismo y escondiendo las entrañas de este formidable hachazo en la corteza terrestre.

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Los riscos que limitan la caldera son prácticamente verticales, recortados, salvajes, imponentes y me pregunto cómo algunos pinos y cedros llegan a conquistar este territorio en apariencia prohibido. Al interaccionar con estos desfiladeros del silencio, la bruma difumina sus siluetas, haciéndolas flotar sobre ellas.

El manto nuboso es como un mar de algodón cuyo parsimonioso movimiento sosiega los sentidos, ocultando, resaltando y embelleciendo el accidentado relieve. La bruma hace de este lugar una especie de abismo sin fondo, lejano, secreto, incierto, y a través de estos paredones sobre los que transito, imagino como las palabras, exclamaciones, suspiros, miradas, sensaciones, pensamientos y todas las cosas mundanas se precipitan vertiginosamente sin encontrar respuesta ni destino final.

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Dejado atrás el Pico de La Nieve, al otro lado del abismo de la caldera, vamos encontrando otras cabeceras de barrancos como el del Carmen y el de Nogales según avanzamos hacia el norte, apreciando desde estas alturas el monteverde que tapiza sus tramos medios, bastante por debajo de la franja del pinar que casi alcanza estas cimas.

La siguiente loma importante en la crestería de la caldera es el morro de Piedrallana, de 2.321 m.s.n.m., aunque el camino no pasa exactamente por su cima sino que la bordea por el exterior.

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Seguimos transitando por este escenario de los sueños, diría que incluso nirvánico, donde la mirada adquiere su máxima plenitud, y finalmente el sentido de la vista se transforma en emociones más profundas al excitar las neuronas cerebrales. Nos sentimos afortunados porque caminamos sobre las nubes, elevados sobre el vacío impuesto por la incesante erosión en masa que origina recortados espigones, nacientes de estas crestas y que a su vez ocultan vertiginosas barranqueras y fugas según se precipitan en el interior de la caldera. Agujas rocosas y potentes diques, que rayan los paredones basálticos y parecen erráticas sendas a ninguna parte a través de ellos, resisten el desmantelamiento erosivo de esta auténtica convulsión geológica, que paradójicamente al entrarme por los ojos consigue trasmitirme todo lo contrario, paz espiritual y serenidad emocional.

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Siguiendo con este particular sube y baja cresteando el borde de la caldera y llegados al Pico de La Cruz, de 2.351 m.s.n.m., se contempla, mirando atrás, uno de esos grandes y recortados espigones que parece una gran espina dorsal que se curva hacia las entrañas de la depresión.

Un saliente rocoso redondeado permite asomarnos directamente al abismo mientras más de un kilómetro de desnivel más abajo, el Barranco de Las Angustias nos alinea con la desembocadura de este desagüe natural de la depresión, teniendo la sensación de encontrarnos justo en su cabecera. En dirección opuesta al abismo de la caldera, una vieja caseta de telecomunicaciones deja avistar la cabecera y el tramo alto del Barranco del Agua o de Los Tilos.

Desde estas cumbres suspendidas en el abismo, percibo como se vacían y resetean mis pensamientos, para al poco tiempo sentir como la experiencia montañera se rellena de sensaciones inolvidables.

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La cumbre del Roque de Los Muchachos se encuentra cada vez más cerca y cuando las nubes interiores se esfuman la profundidad de este inmenso cráter queda al descubierto, lo que me hace imaginar la magnitud de los procesos erosivos, ya que se piensa que La Palma en su más remota historia geológica también estuvo coronada por una gran montaña central, mientras me pregunto qué será de este paisaje dentro de unos cuantos millones de años.

La cordillera que rodea la Caldera de Taburiente tiene un perímetro aproximado de 20 kilómetros y un díámetro de 8 km., y mediante este sendero que es una bendición para los sentidos, vamos recorriendo su parte más elevada.

Un gran farallón se hunde bajo la cima insular del Roque de Los Muchachos, dejando ver una variedad cromática de almagres, marrones, grises y tonos violáceos que rivalizan con la verticalidad reinante a la hora de cautivar la mirada.

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Seguimos bordeando este anfiteatro perimetral y el siguiente hito importante es la Pared de Roberto, cerca del Mirador de Los Andenes, un prominente y fotogénico dique que rápidamente sucumbe ante el abismo bajo él.

Algunos cedros encaramados en el filo de los cortados o en las paredes muestran un aspecto retorcido, longevo, cadavérico. Parecen vigilantes del tiempo, del silencio y del olvido, sobreviviendo a las puertas del vacío, como si la existencia para ellos fuera algo intrascendente.

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Una última subida nos separa del Roque de Los Muchachos, sobre una gran mole en la crestería, entre los fugaces y verticales barrancos de Cantos de Turugumay y el de Hoyo Verde, los cuales enfilan nuestros sentidos vertiginosamente al interior de la caldera.

Desde la cima insular, 1.500 metros de caída libre sobre el mundo terrenal, o no tanto si hay nubes interiores, cuya horizontalidad contrasta con la verticalidad de los farallones que se desploman desde este auténtico paraíso terrenal. La suavidad del mar de nubes interior invade la intimidad de los paredones, y en un intento de borrar la profundidad reinante, acrecienta la sensación extremadamente salvaje y virgen de este inmenso socavón abierto en buena parte de la paleopalma.

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A lo largo del arco perimetral que forma es recorrido por la ruta de la Crestería destacan las vertiginosas gargantas ocultas y enfiladas hacia el abismo, localizadas entre los espigones que asemejan dientes de sierra que se dirigen al fondo. Desde el Roque de Los Muchachos, de 2.426 m.s.n.m., llego a contar hasta 11 espigones repartidos por todo este escenario geológicamente apocalíptico que percibo como me da fuerzas para seguir caminando, por ejemplo, completando el corto sendero del Espigón del Roque, uno de esos tantos balcones sobre el abismo que sutilmente se separa del borde exterior de la caldera, lo que permite una vez más dejar caer libremente la mirada a ambos lados del sendero hallando las vertiginosas gargantas de Hoyo Verde a la derecha y de Cantos de Turugumay a la izquierda, según avanzamos hacia el extremo del saliente.

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Cada morro que sobresale del anfiteatro que vamos recorriendo tiene un nombre, al igual que cada angosta garganta suspendida en el vacío. Los más destacables son el Roque Palmero, el más cercano, y al otro lado de la cumbre insular, el Pico de La Cruz, seguido de Piedrallana, del Pico de La Nieve y finalmente Punta de Los Roques, elevado en el otro extremos del circo perimetral, cerca de la vaguada de la Degollada del Río, por donde ocasionalmente desbordan las nubes desde la vertiente oriental hacia el interior de la caldera.

A partir del Roque de Los Muchachos el GR 131 pierde altura de manera continuada recorriendo la parte más occidental del borde de la caldera hasta el mirador de El Time, percibiendo en definitiva como en todo momento la magia vertical de un paisaje geológicamente vivo y aparentemente perpetuo se apodera de los pensamientos, sentidos y de la insignificante existencia humana.

 

AGUACADA

26 octubre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El Risco de Aguacada se alza vertiginosamente unos 600 m. de altura sobre el litoral de la Punta del Hidalgo, justo donde la cresta que divide los barrancos Seco y de Flandes forma el acantilado sobre la costa.

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Para acceder a Aguacada se puede empezar a caminar en un topónimo conocido como el Juntadero, localizado en la vertiente norte del Monte de Las Mercedes, punto que permite divisar los lugares por los que vamos a patear vertiente abajo, más allá de los eucaliptos y pinos exóticos que degradan el Monteverde circundante.

El sendero desciende, siguiendo el cartel indicativo a Punta del Hidalgo, por la vertiente occidental del Barranco Seco, y cuando el bosque queda atrás, busca la cresta que lo comunica con el siguiente tajo por el oeste, el Barranco de Flandes, en un lugar conocido como la Degollada Agudo, lo que permite disfrutar de las vistas de ambos tajos desde lo alto.

13434758_1166020846796932_5956023894250473736_nEl Risco de Aguacada se encuentra próximo y para acceder a él abandonamos el camino que sigue hasta la costa, pasando por Homicián, y se continúa por una veredilla utilizada por las cabras y un tanto perdida en algunos puntos, aunque debido a la cercanía de la cima del roque también se puede seguir campo a través y trepando fácilmente.

Aguacada ofrece unas vistas espléndidas de buena parte del norte insular abarcando la mirada desde la costa de Tacoronte y Acentejo, con El Teide coronando la parte visible del Valle de La Orotava, hasta la sucesión de tortuosos barrancos, de salvajes crestas y acantilados marinos que se adentran en el Macizo de Anaga, mirando en sentido opuesto. Las casas de Chinamada se perciben diminutas, dispersas y lejanas, colgadas en una de las vertientes del Barranco del Tomadero, sirviéndonos de sutil referencia para establecer la insignificancia humana dentro de la magnitud escarpada del paisaje de Anaga.

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El Roque Carnero y el resto de la cresta que separa ese gran tajo del más cercano Barranco Seco está a menor altura que Aguacada, por lo que desde aquí se permite divisar el singular Roque de Los Pinos aflorando debajo de Chinamada y del Roque Tenejía, mientras por orden de cercanía el Roque Carnero, el Roque Dos Hermanos, la Loma de Aguayde y la cresta de Tesegre forman despiadados acantilados cuando los salvajes barrancos se encuentran con el océano.

En un plano más cercano y vertical, la mirada se desliza abruptamente por la ladera de Aguacada orientada al mar, mientras los sentidos son cautivados y atenazados durante ese vuelo fugaz sobre la humanizada, y felizmente desde aquí arriba lejana, plataforma costera de Punta del Hidalgo.

CUMBRE DE BOLICO

25 octubre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Si dentro del Macizo de Teno tuviéramos que elegir un itinerario, escogeríamos el de Bolico al estar en una situación privilegiada para relacionarse con el resto de caminos de la zona, además de las extraordinarias panorámicas contempladas debido a la altitud por la que transcurre la ruta.

 

13466123_1175698079162542_2005361257929350212_nSe puede comenzar a patear en Santiago del Teide, siguiendo la carretera al Puerto de Erjos, a la salida del pueblo y después de una recta y del desvío al Valle de Arriba, asciende el sendero por la ladera conocida como La Chajorra, en la vertiente sur de la Cumbre de Erjos. A medida que el Valle de Santiago va quedando abajo, la vista se extiende hacia la zona volcánica de la Montaña Bilma, antesala de las extensas coladas del Volcán Chinyero, del que surgió el terreno más joven de la isla por el momento (año 1909), todo ello adornado por la guinda del pastel que forma el complejo Teide-Pico Viejo, coronando al fondo ese inmenso espacio volcánico.

 

13522060_1175684425830574_8289799220950127487_nMás arriba, después de abandonar el pinar canario que tapiza la vertiente sur de las cumbres de Erjos, se alcanza una degollada conocida como la Cruz de Gala, situada entre la Montaña de Erjos y la Cumbre de Bolico, permitiendo tener una primera visión de los profundos e impresionantes barrancos que uno tras otro se abren en el sector occidental del Macizo de Teno, y de cuyas panorámicas disfrutamos durante gran parte del recorrido.

 

Desde esa degollada, un corto sendero sube hasta la panorámica Cumbre de Bolico (Topos de La Mesa), la segunda cima más elevada del macizo con 1.354 m.s.n.m., solo superada por la vecina Montaña de Erjos.

 

13511042_1175686059163744_7764610719997255234_nDesde lo alto de Bolico, justo encima del lomo de El Tarucho y del apocalíptico derrumbe del Barranco de Masca, entre cuyas verticales paredes se enfila vertiginosamente la mirada hasta encontrar el océano, se aprecian con mayor plenitud las inconmensurables arrugas en este espacio geológico, desde el Barranco Seco hasta el de Los Carrizales, pasando por el del Sauce, el de Masca y el de Juan López, descomunales tajos que en las afiladas crestas o divisorias entre barrancos dan lugar a altivos y vistosos promontorios o achadas como Guama, Illaga, Cherfe, Risco Blanco, Guergue, La Fortaleza, Abache y Baracán, nombrados de izquierda a derecha si los divisamos desde la Cumbre de Bolico.

 

Al otro lado de este mundo de barrancos el paisaje cambia, se torna más apacible y continuo, en forma de coladas de oscura lava vomitadas por el Chinyero mientras un amplio campo de conos volcánicos y lenguas de lava solidificada se pierde en la lejanía, ascendiendo entre pinares hasta fundirse con el conjunto Teide-Pico Viejo. El resto de la isla parece otra isla, o tal vez sea que Teno parece un mundo aparte, una isla dentro de otra, un lugar de otro tiempo, la propia tierra en caída libre donde la erosión del territorio muestra la convulsa y atormentada historia geológica del planeta. Una tierra ancestral, inmemorial, geológicamente antigua, resultando paradójico que a poca distancia de donde me encuentro contemple el relieve más reciente de la isla, como si el sendero seguido me hubiese hecho viajar bastante más en el tiempo que en el espacio y apreciando desde un mismo punto álgido el contraste entre creación volcánica y desmantelamiento erosivo en la superficie terrestre.

 

13516374_1175698449162505_8094373812231422826_nDe vuelta a la degollada, la senda empieza a descender en dirección a las Cumbres del Carrizal por el Lomo del Palo, cresta que divide el Valle de El Palmar, al norte, de las citadas cumbres, al sur, apreciando el contraste de vegetación existente entre la vertiente de barlovento y la de sotavento, a cada lado de la cresta o arista seguida; a sotavento la flora xerófila dominada por retamas, tabaibas, salvias, magarzas, cerrajas, jaguarzos, verodes, bejeques y demás plantas suculentas de la zona baja, mientras que a barlovento bosquetes de fayal-brezal, con la correspondiente flora asociada del monteverde, como helechos, crestas de gallo, morgallones, malfuradas y zarzas, refrescan nuestra marcha. El mismo contraste de vegetación se percibe entre las laderas situadas a barlovento y sotavento del todavía lejano Pico Baracán.

 

13509147_1175698872495796_3575238934256700295_nAl bajar por el Lomo del Palo e ir variando la perspectiva divisada de los tajos nombrados anteriormente, como el de Masca o el de Juan López, se distinguen los imponentes murallones que guardan, por ejemplo, los puntales de Guergue y La Fortaleza como puntos culminantes de ambas vertientes del Barranco de Masca, o la cresta de Abache limitando el Barranco de Juan López y el de Los Carrizales.

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Todo en este paisaje parece desproporcionado, brutal y sobrecogedor. Los paredones verticales que deben converger en el el cauce parece que se hunden infinitamente y sin llegar a tocarse, formando una estrecha faja de discontinuidad o singularidad en la corteza terrestre, sensaciones que se repiten al enfocar la mirada en los barrancos de Juan López y en el de Los Carrizales.

 

13512247_1175699075829109_4528108768712181932_nLa senda tiene tendencia a penetrar en la vertiente del Valle de El Palmar, con lo que ocasionalmente caminamos bajo la sombra del monteverde. Después de una larga bajada, el camino llega al mirador de Baracán, localizada en la cabecera del Barranco de Los Carrizales, aunque antes de llegar ahí un ramal también nos permite bajar a la Cruz de Gilda, lugar donde surge la divisoria entre los barrancos de Masca y de Juan López.

CUMBRES DE UCANCA

23 octubre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

12993401_1129368130462204_5388173598892358250_nEl recorrido comienza en el mirador que hay por encima del Pinalito, cerca de la torre de incendios de La Vica, siguiendo la carretera que une Vilaflor con Boca Tauce. Seguimos unos metros por asfalto subiendo hasta que en una curva y a la derecha de la calzada, vemos una pista de tierra en desuso que se adentra en el pinar de Vilaflor. Al poco la pista da paso a un sendero poco marcado que continua subiendo paralelamente a una tubería fina de agua, que a su vez discurre junto a una destartalada y vieja acequia. Aunque el sendero está poco transitado hay mojones esporádicos que indican la subida a seguir y no hay ningún problema de caminar campo a través entre los pinos y sobre un suelo frecuentemente tapizado de lajas.

Nos vamos alejando de la carretera entre este pinar extenso, abierto y maduro, donde se aprecian viejos pinos resineros junto a refugios pastoriles levantados a base de amontonamientos de piedras  y de base circular.

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Nos podemos asomar al borde de un cortado para tener una buena panorámica del pinar de Vilaflor por la zona de Agua Agria, mientras a poca distancia unos estriados precipicios bajo el Sombrero de Chasna rompen la monotonía del pinar, al igual que ocurre con el escarpe del Roque del Encaje, bajo las Cumbres de Ucanca, aflorando en el horizonte de esta masa forestal.

Algunos repechos aceleran el ritmo cardiaco antes de llegar a la confluencia con el camino principal que viene desde cerca de Las Lajas.

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Una vez en él seguimos subiendo, encaminándonos a la ladera suroeste del Sombrero de Chasna, montaña de inconfundible silueta, por su cima plana y amplia, a modo de fortaleza, de verticales paredes, sobre todo la cara sur, donde siguen arraigando los pinos y algún que otro cedro.

El Sombrero de Chasna se eleva ligeramente y desplazado hacia el sur del borde del Filo de Las Cañadas, y para ascender a su cumbre solo hay que desviarse algo de la ruta a seguir por el filo, resultando extasiante contemplar la inmensidad del pinar de Vilaflor, y bajo él, el resto de la vertiente sur de la isla que se desparrama hasta la lejana costa. Se distinguen la Montaña de Las Lajas, el Macizo de Adeje y la Montaña Roja del Médano, entre otros, con la inolvidable sensación de que nada escapa a la vista desde casi 2.500 m. de altitud sobre el nivel del mar.

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Si seguimos subiendo un poco más llegamos al borde del Anfiteatro o Circo de Las Cañadas, donde al placer visual percibido anteriormente se le suma el grandioso espectáculo de contemplar la Caldera de Las Cañadas del Teide desde lo alto, dejando deslizar los sentidos libre y abruptamente hasta el fondo de la misma, unos 400 metros más abajo, como si la corteza terrestre se abriera súbitamente a través de vertiginosas laderas que parecen cortadas a hachazos, y en realidad son fruto de un deslizamiento masivo y erosivo. Esta inmensa caldera es en sí misma una tierra de contrastes, un regalo para la vista y para el alma, con sus diferentes matices cromáticos volcánicos, desde las pálidas y serenas cañadas o llanos de piedra pómez, como El Llano de Ucanca, hasta las siniestras, oscuras, sepultadoras y desgarradoras coladas de lava petrificadas como la de la Narices del Teide, vomitada desde el flanco oeste del Pico Viejo y que alcanza hasta Boca Tauce.

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El altivo complejo Teide-Pico Viejo corona este mundo relativamente joven, a la vez primigenio, y aparentemente virgen, formando el destacable altar insular, por encima de las nubes y que parece transportarnos por encima del mundo terrenal. Andar por el filo de este anfiteatro no tiene precio, mientras el aire leve de las cumbres acaricia tu rostro y hace flotar la insignificante existencia humana sobre tan vasto territorio, a la vez que sientes como los pensamientos y sensaciones vuelan tan lejos como la vista.

Las Cumbres de Ucanca forman una cresta con borde más bien plano, comprendido entre el Sombrero de Chasna y la Degollada de Ucanca, razón por la cual a esta parte se le conoce como el Llano de Las Mesas.

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Al encontrarnos a mayor altura, el domo cilíndrico del Sombrero de Chasna no reluce tanto como visto desde abajo, y ahora la vista se extiende más hacia oriente y occidente a través del filo, disfrutando de una buena vista de la cara oeste de la Montaña Guajara hacia el este, y de los Roques del Almendro, El Sombrerito y los Roques del Cedro hacia occidente, éstos últimos de alturas más discretas y los que cierran este alargado circo por el oeste, más allá del desagüe natural de Boca Tauce.

CAMINO DEL PINO ENANO

23 octubre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

14642048_1275460365852979_7399027992102252360_nEsta corta ruta senderista comienza junto al campo de fútbol de Vilaflor. El itinerario asciende a través de un tramo del sendero que comunica el pueblo con las cumbres del municipio, cuyo origen podría estar vinculado a la actividad pastoril de la población prehispánica, aunque también pueden observarse otros ramales utilizados por usos más recientes del territorio como la extracción de la pinocha con ayuda de bestias.

La senda bien definida y marcada asciende por un lomo donde abundan las lajas o piedras de mediano tamaño, de forma aplanada, color marrón claro y bordes recortados, utilizadas muchas veces para la construcción de goros o refugios pastoriles, pudiendo además observar algunos pinos resineros de gran tamaño, con una oquedad en su tronco para la extracción de la resina que sería utilizada como combustible hasta mediados del siglo pasado, uno de los aprovechamientos de este pinar, uno de los más maduros de la isla.

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Más arriba la senda enlaza con una vieja pista forestal o camino más ancho que muere en la carretera que sube a Las Cañadas del Teide, cruzándola y avanzando unos 100 metros por ella podemos seguir subiendo por otro sendero o la continuación del anterior hasta el Sombrero de Chasna, ya superando los 2.400 m.s.n.m. y en la bolconada espectacular sobre la Caldera de Las Cañadas del Teide, después de una larga subida por este pinar abierto y longevo.

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Antes de ese objetivo más ambicioso, y después de cruzar la carretera a la altura del Mirador sobre El Pinalito, observamos como algunos pinos, como el Pino Enano, crecen directamente sobre el duro sustrato rocoso y adquieren un porte más reducido, mientras la mirada goza a mayor distancia con unos fotogénicos, alargados, verticales y estriados riscos desplomándose bajo el Sombrero de Chasna, la mole amesetada que parece el altivo centinela del municipio de Vilaflor, y junto al inmenso pinar que nos envuelve, nos invitan a descansar en un lugar en el que la altura, el silencio y una atenta observación del paisaje nos recogerán en sensaciones inolvidables.

DEGOLLADA DEL CURA

18 octubre, 2016

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde el pueblo de Afur, poco antes del final de la carretera, hay que subir por unas escalinatas con baranda metálica, al lado derecho de la carretera según se baja por ella, junto a un poste de tendido eléctrico con una farola. Subimos por el camino de cemento, sin desviarnos por los caminos que van a cada casa.

14591694_1267732776625738_4314122816161478412_nEn el punto del camino más alejado de las casas, justo en una curva pronunciada hacia la derecha, lo abandonamos, para descender, por una vereda al pequeño barranquillo, donde hay una peña con el clásico rombo amarillo de sendero turístico, subimos por la ladera de enfrente, hasta el lomo. Aquí, desestimamos ir hacia el valle donde abundan las sabinas, por la vereda más nítida, sino que seguimos a la derecha y subiendo por el lomo, de suelo erosionado con abundantes piedras sueltas. El sabinar de Afur se desarrolla preferentemente en la hondonada formada en la vertiente oriental del Barranco de Afur, siendo el más importante y extenso de los que existen en Tenerife, mostrándose como un auténtico bosque y no aparecen dispersas y aisladas unas de otras como en otros lugares de la isla, lo que me hace recordar el sabinar de Vallehermoso en La Gomera o el de La Dehesa en el Hierro, aunque sea en este caso a menor escala. Las sabinas forman un bosque abierto dejando espacio para que crezcan cardones, incienso, tabaibas, toldas, bejeques, verodes, junto a brezos, fayas, acebiños, zarzas y helechos en las partes más altas de la vertiente y en el cauce de los barranquillos húmedos. También sorprende la presencia de esbeltas palmeras creciendo en riscos y en las empinadas laderas, de manera aislada o formando pequeños grupos como en la Casa del Cura, localizada en la parte alta del recorrido.

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Volviendo al sendero seguido y pasada esta primera zona erosionada, subimos por una sendilla difusa, hasta encontrarnos con un tubo de conducción de agua (viene de una galería en Roque Negro y va para Taganana). Abandonamos el tubo, junto a unos brezos, y seguimos subiendo por un lomo pelado, desde el que se ve a nuestra izquierda el precioso valle de El Sabinar, bajo el esbelto y estilizado Roque Payés.

Luego entramos en la otra vertiente por una vereda en horizontal. En este tramo la vereda esta en malas condiciones: se ha deslizado en partes, además de transcurrir por una ladera con mucha pendiente, siguiendo más o menos paralelos a la tubería.

Después de ladear y seguir ganando altura por la vertiente oriental del Barranco de Afur llegamos al cauce sombrío de un barranquillo con algunas especies del monteverde, donde hay un grifo que surge de la tubería. Seguimos adelante solo unos pasos siguiendo la canalización e inmediatamente nos alejamos definitivamente de ella, ascendiendo por una senda un tanto perdida, que se dirige hacia unas palmeras y peñascos que se ven arriba.

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La vereda amenaza con perderse entre matorrales pero poco más arriba reaparece de forma más clara hasta el grupo de palmeras, junto a una gran roca, en cuyo pie existen restos de paredes de piedra de una vieja construcción y encima podemos ver lo que queda de un lagar labrado en ella. Estamos en el lugar que se conoce como Casa del Cura (con propiedades en Las Haciendas, donde estaba a cargo de una capilla). Después de un descanso, seguimos subiendo por la vereda que se introduce entre restos de monteverde, hasta llegar a la Degollada del Cura, en la cresta divisoria que separa el Barranco de Afur del amplio Valle de Taganana, junto a un potente y grueso dique que se desploma vertiginoso ladera abajo, y punto culminante del pateo que nos obsequia con una preciosa y estratégica visión del espacio exterior de este barranco, abriéndose el panorama al otro lado en el Valle de Taganana y haciendo que la mirada se dilate hasta los Roques de Anaga, en el límite oriental de la escarpada costa norte del macizo, más allá de los roques de Las Ánimas y de Enmedio, de las verdes laderas de Almáciga, Taganana y Benijos que se desparraman desde las crestas de la Cruz del Draguillo, Anambro, Chinobre, El Pijaral, El Cresal y Abicore.

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A nuestras espaldas, en los dominios del Barranco de Afur, divisamos el sabinar desde lo alto, el Roque Payés adquiere una silueta diferente al ser avistado desde poco más arriba de su nivel altitudinal, a diferencia del Roque Taborno, que en la vertiente opuesta del tajo sigue mostrando su desafiante figura. La cresta donde nos encontramos sigue aumentando su altura en dirección a los recortados Riscos del Fraile, mientras en dirección al mar la accidentada cresta se alarga entre riscos, diques y brechas hasta la doble cima del Roque Marrubial.

En teoría, existe un camino que desciende hasta Las Haciendas, enlazando con el sendero que recorre la Costa del Tachero hacia Taganana o a la Playa de Tamadite, pero la abismal ladera que nos espera si seguimos adelante nos hace dar un paso atrás y además nos sentimos reconfortados y felices de haber alcanzado este altivo punto entre dos valles con impresionantes vistas de ambos desde las alturas, percibiendo como el grandioso paisaje retiene los sentidos, invitándonos a una parada más duradera, sosegada y contemplativa.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

14642392_1268847629847586_7162273135688320893_nEsta corta caminata comienza en Tijarafe, a unos 600 m. de altura, en la zona oeste de La Palma. El Barranco del Jorado se encuentra antes de llegar al pueblo, viniendo desde El Time, y el sendero bien trazado desciende al cauce desde la misma carretera, bajando por la ladera norte del tajo. Luego se sube por la otra vertiente hasta la ermita del Jesús y se desciende próximo al borde sur, divisándose su trazado desde los pinares situados por encima de Tijarafe hasta la desembocadura en la escarpada costa oeste insular, entre tabaibales, higueras, almendros, cultivos de aguacates, plataneras e invernaderos repartidos por ambos bordes del barranco.

 

14720611_1268847469847602_4516360289603637189_nPara descender a la pedregosa Playa del Jorado, después de haber bajado un tramo por el borde del barranco, alternando entre veredas, asfalto y pistas, hay que introducirse en él mediante una senda, aumentando la pendiente del camino hasta alcanzar la desembocadura.

 

Para volver al punto de partida por otro recorrido senderista distinto del de ida se puede subir hacia la cresta norte norte del barranco, siguiendo un sendero en marcado zig-zag y con fuerte inclinación que nos conduce al mismo borde. Luego suaviza la pendiente siguiendo una pista asfaltada que pasa entre invernaderos, cercana al límite norte del tajo, la cual nos devuelve al casco urbano de Tijarafe.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

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Una serie de barrancos profundos surcan las empinadas y frondosas laderas, surgiendo cerca del límite de las crestas orientales de la Caldera de Taburiente y desembocando en la costa oriental de La Palma próximos a la capital insular.

En algunos de ellos, como los barrancos de La Madera o el de Juan Mayor, existen senderos que transitan por el fondo hasta un cierto punto o por las lomadas.

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De los 4 tajos mencionados, el de La Madera es el que se localiza más al norte, seguido en sentido sur por el Barranco del Río, el de Los Pájaros y finalmente el de Juan Mayor. Una forma de contemplar los dos últimos barrancos es empezar a caminar en Velhoco, un barrio de Santa Cruz de La Palma. Mediante una pista asfaltada se atraviesa huertos de aguacates, melocotones, naranjeros, viñas y demás frutales, se gana altura hasta llegar a un desvío a la derecha que indica el inicio del sendero, penetrando en el bosque de pinar mixto formado por pinos canarios, brezos, fayas, follaos, acebiños y laureles. El sendero, excavado en el terreno, está poco transitado e invadido por la pinocha adquiriendo una gran inclinación durante gran parte de la subida hasta el borde oriental del Valle del Riachuelo. Vamos ascendiendo entre sendos barrancos, el de Los Pájaros al norte y el de Juan Mayor al sur, denominándose esta divisoria por donde avanza la senda, el Lomo del Corchete

Más arriba, aproximándonos a la cabecera de ambos tajos que vamos siguiendo con la vista, el pinar se va haciendo más ralo y pobre, desprovisto del cortejo florístico de la laurisilva, sustituida por jaras y codesos, debido a que nos encontramos a una altura que supera el nivel medio del persistente mar de nubes que se adhiere a esta vertiente de la isla.

Después de una larga subida la senda se une a la ruta de gran recorrido GR 131 (que recorre toda la crestería de la Caldera de Taburiente y la Ruta de Los Volcanes) en un punto localizado entre el Pico Ovejas y el Pico Corralejo, ya en la arista oriental del Valle del Riachuelo. Esto permite divisar el otro lado de la isla desde lo alto, el Valle de El Paso, las crestas que rodean la Caldera de Taburiente, Cumbre Nueva y Cumbre Vieja.

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Continuando por el GR 131 se sigue por la arista hasta la Degollada del Río, donde surge el profundo y gran barranco homónimo que desemboca en la capital insular, pasando previamente por Punta de Los Roques, superando los 2.000 m.s.n.m., y apreciando el inmenso socavón en el corazón de la isla que supone la caldera con sus vertiginosas fugas, recortados espigones y despiadadas barranqueras y paredes que hacen parecer que todo este mundo basáltico esté a punto de desplomarse bajo su propio peso.

Punta de Los Roques es el primer lugar notable de esta zona de la crestería de la caldera que ofrece espectaculares visiones de este profundo y gigantesco mordisco en la isla, al encontrarse encima de una de las entradas naturales al parque nacional, como es La Cumbrecita, 800 metros más abajo, deteniendo el acelerado aliento del montañero que corona estas cumbres, a la vez que origina exclamaciones y suspiros al contemplar la brutal y desproporcionada geología que se abre en el abismo bajo nuestros pies.

Visiones de puro vértigo, las que más me atraen, sobre desfiladeros que parece imposible perduren millones de años. Espigones afilados como dientes de sierra y duros diques sucumben hacia el interior de la caldera, permitiendo sobrevivir a contados pinos y cedros sobre el filo de la navaja. Vertiginosas gargantas que atrapan mis emociones, sensaciones y pensamientos, volando libres a través del vacío hacia lo más profundo de la depresión. En definitiva, un relieve apoteósico y extremo que estremece los sentidos, originando que el espíritu montañero vague y flote en una especie de nirvana existencial al que nos ha conducido este largo camino desde la zona baja de la isla.

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Desde Punta de Los Roques la senda desciende ligeramente hasta la Degollada del Río, final del periplo senderista, mientras la mirada se enfila a través del profundo tajo hasta la costa, entre extensos pinares y prominentes diques que resisten estoicamente la erosión. En cuanto al Barranco de La Madera, una forma de visitarlo por el cauce es mediante una pista de tierra que al principio asciende por él entre zonas de cultivo y casas dispersas, apareciendo al poco tiempo el pinar canario. Pronto destacan grandes paredones de basalto a ambos lados del, por el momento, relativamente ancho lecho del tajo. En esta ruta se pasan por tres galerías, lo que da idea de la riqueza del acuífero subterráneo en esta zona de la isla bonita. La pista da paso a un sendero al llegar a la primera galería que nos encontramos, mientras continua subiendo tirando levemente hacia la vertiente sur del barranco, y la vegetación se va enriqueciendo con pinos, brezos, fayas, barbusanos, mocanes, acebiños, laureles, paloblancos, follaos, madroños, viñátigos, castañeros, junto al dosel herbáceo y arbustivo acompañante formado por zarzaparrillas, capitanas, nomeolvides, malfuradas, bicácaros, gibalberas, escobones, codesos, jaras, bencomias, tajinastes, bejeques…, toda una explosión de diversidad botánica, mucho más que en el mismo piso bioclimático en el que no exista barranco. El sendero sigue una canalización ascendente de agua rumbo a la siguiente galería. Tras ella, la ruta sigue avanzando y cruza el cauce hacia la vertiente norte, alejándose, igual que antes, lo justo como para sentir un ligero vértigo al intentar encontrar el fondo con la mirada, surco en la corteza terrestre que se muestra cada vez más encajonado, oculto y profundo. Poco más arriba se llega al pie de un gran salto en el lecho del barranco, ya tan vertical que solo permite ver una franja angosta del cielo y fondo tan estrecho que parece que los paredones laterales se van a abrazar a la vuelta del siguiente recodo, lo que me trasmite una sensación de cautivadora captura entre verticales farallones en las que además, algunos osados pinos con sus raíces al aire mantienen un equilibrio tan austero como inverosímil.

En las proximidades de este salto gigantesco en el cauce del tajo se haya la tercera galería, que como las anteriores, presenta un aire de olvido y abandono que no logra borrar la sensación de dureza del trabajo que debe suponer alumbrar agua desde las entrañas del planeta.

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A partir de aquí el camino deja de avanzar cauce arriba, retornando aguas abajo por la vertiente sur del barranco, a una altura mayor que la del sendero de ida, lo que sin duda ofrece mejores vistas del cañón. Para ello hay que atravesar unos túneles por el interior de los cuales discurre el canal que viene de la última galería visitada. Los túneles tienen respiraderos, por los que admirar la belleza de los verticales farallones que se desploman desde una altura más que respetable sobre el cada vez más lejano fondo del tajo. Esto me hace recordar los túneles de los Nacientes de Marcos y Cordero en el Barranco de Los Tilos, aunque aquí falta el agua chorreando formando una cortina de agua a través de algunas ventanas o respiraderos.

Pasado los cortos pero sinuosos túneles, la senda continua llaneando junto al canal hasta llegar a la cresta sur del barranco, mientras el sol juega con el viento y las nubes recreando luces y sombras tan mágicas como efímeras y cambiantes en la salvaje intimidad del surco que vamos recorriendo, trasmitiendo sensaciones irrepetibles y casi permanentes en los recuerdos vitales del senderista.

El descenso al punto de partida, al Santuario de Las Nieves, comienza al llegar a la divisoria compartida con el siguiente tajo vecino por el sur, el Barranco del Río, el cual parece más abierto que el de La Madera.

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Son bastantes barrancos concentrados en poco espacio a esta altura de unos 500 m., todos ellos nacientes de las cumbres orientales de la isla y aproximándose según discurren hacia la costa en la que se localiza Santa Cruz de La Palma. Finalmente la vereda desciende ligeramente por la vertiente norte del Barranco del Río, para luego retornar a la arista divisoria con el Barranco de La Madera y seguir bajando hasta la misma iglesia de Las Nieves.

EL CAMINO REAL DE GALLEGOS

1 octubre, 2016

14440960_1253115228087493_1941659561744422176_nTexto y fotos de Salvador González Escovar.

El Camino Real de Gallegos, o la parte norte del GR 130 que circunvala toda la isla por la costa, transita por la zona más antigua desde el punto de vista geológico de La Palma, entre Garafía, al noroeste, y Barlovento, al noreste.

Al tratarse de un territorio primitivo el norte palmero es tierra de profundos y largos barrancos que agrietan esta vertiente desde las altivas cumbres de más de 2.000 m. hasta la escarpada costa, discurriendo paralelos unos tras otro.

14492406_1253114311420918_6964170480353956249_nNada más salir de Garafía, ya nos encontramos el primer tajo en el camino, el Barranco de La Luz, no tan profundo en esta parte como otros que encontramos más a oriente, pero sí con longevos y ramificados dragos enraizados en las verticales laderas del surco. El drago, mencey vegetal por excelencia, en solitario o formando bosquecillos, sobrevive en cualquier vericueto de estos barrancos, o también junto a viejas, deshabitadas y diseminadas casas que nos vamos encontrando por esta singular y desolada campiña.

El tiempo parece detenido para siempre entre tajos y caseríos perdidos. El paisaje forma en la retina una imagen serena, bucólica y nostálgica, como corresponde a un lugar en el que todo lo que existe nos parece de otra época.

14485090_1253115641420785_5300322675964264828_nA medida que nos acercamos levemente a la costa, la ruta por el norte salvaje y aislado nos conduce a un lugar con nombre, aunque eso sí, muy significativo y que le viene de perlas al silencio y a la soledad que impera en el lugar: El Mudo. Solo hay unas pocas casas olvidadas y tan alejadas entre sí que parece difícil que al poblado se le asigne un nombre. Viejas casonas, otras de nueva construcción, corrales, cabras, terreno aparentemente yermo y dragos solitarios o en pequeños grupos buscando cobijo en barranqueras parecen formar una unidad vital de lo que es el lugar habitado más recóndito de La Palma. Si uno quiere olvidarse del mundo El Mudo es un lugar perfecto para ello.

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Al poco tiempo se abre un nuevo barranco ante nosotros, el de Juan Adalid, también de escasa entidad comparado con otros que veremos después, verde por encima de la senda y seco aguas abajo. La piramidal Montaña Cerradera emerge prácticamente desde el fondo del tajo, sobresaliendo en la costa, próxima a la desembocadura y su posterior desplome en el mar forma el punto de La Palma situado más al norte.

Más adelante aparece otro caserío: Juan Adalid, perceptible desde la distancia debido a los aerogeneradores mientras el recorrido iba alternando entre pistas forestales y senderos que ocasionalmente se interrumpen por toscas cancelas que controlan el paso del ganado, principalmente caprino. El poblado sería uno más de esos perdidos caseríos por el norte palmero si no fuera porque sirve de emplazamiento productivo de energía eólica. El contraste entre las arcaicas viviendas, y justo al lado los aerogeneradores girando sin cesas, salta a la vista.

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El siguiente barranco es el de La Magdalena, en el que un dique en su ladera oriental rompe la verde monotonía del barranco, la cual va despareciendo aguas abajo al contemplar el avance del tajo hacia la costa. Estamos a no más de 300 o 400 m. de altura pero esta brecha en el territorio nos sorprende con una tupida vegetación propia del monteverde, como también enmarañado era el zarzal que casi escondía el camino al atravesar el barranco.

 

14433087_1253114974754185_1779577138885893247_nUna vez atravesado el tajo, el próximo caserío es Don Pedro. Vamos aprendiendo durante el pateo que en el reducido espacio disponible que queda en las lomadas o divisorias, entre barranco y barranco, los lugareños se las han ingeniado para aprovecharlo al máximo, construyendo y agrupando casas que dan nombre a poblados y abancalando el terreno para huertos agrícolas de subsistencia, formando un repetitivo panorama a lo largo de toda la ruta.

14199762_1229673717098311_3962733267572497061_nContinuando con nuestro periplo hacia oriente, justo al otro lado del poblado, el Barranco de Fagundo derrumba la corteza terrestre de manera colosal desde su borde occidental, es uno de esos tajos que cuando te asomas por primera o enésima vez a sus precipicios laterales te hace lanzar una exclamación y dar un paso atrás.

La vegetación reviste sus verticales vertientes poco más arriba, y así hasta su cumbrera cabecera, formando un manto verde que apenas disimula el atormentado discurrir de esta profunda abertura en la faz de La Tierra, impresiones que se repiten en los demás tajos que quedan por atravesar hasta Barlovento.

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El Barranco de Fagundo es uno de los grandes surcos que arrugan el norte insular, penetrando a partir de aquí en la zona más abrupta y salvaje del espacio protegido de Guelguén, la cual guarda la accidentada costa norte palmera así como el tramo medio y bajo de estas hondas depresiones en la corteza terrestre, por lo que en esta reserva tienen cabida tanto el cardonal-tabaibal como restos de bosques termófilos y de laurisilva.

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En su encuentro con el mar, a menudo traicionero, esto tajos forman vertiginosos acantilados, como ocurre en la Costa del Arrogante, un cabo adentrado en el mar junto a la playa que forma la desembocadura del tajo, y de paso otro topónimo apropiado para este despiadado y convulso relieve.

Descendemos por el borde oeste del tajo hacia el cauce por medio de una ladera vertical de roca desnuda por la que el camino empedrado se abre paso, mientras apreciamos como una lomada interna divide el pronunciado surco en dos ramales hasta poco antes de su desembocadura en el océano.

Sorprende la presencia de brezos aislados a tan poca distancia del mar; más extraño todavía resulta es ver algún barbusano en el cauce a escasos 200 metros de la playa, que si bien no es de la especies más exigentes de la laurisilva, sí suele estar ligada a las formaciones boscosas del monteverde. Estos barrancos deben ser bastantes húmedos en el subsuelo. Diría que el norte palmero es la zona del archipiélago canario donde el monteverde se encuentra más cerca de la costa, rondando los 300 m.s.n.m.

Se puede inspeccionar la desembocadura del barranco saliéndonos del camino; aparece algo de oscura arena entre rocas y más rocas, incluso puede uno bañarse aunque las corrientes marinas resultan peligrosas por lo que no hay que adentrarse en el mar.

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De Vuelta al sendero, en un valle todo lo que es bajado después tiene que ser subido, en nuestro caso hacia el límite oriental del Barranco de Fagundo, donde otro poblado parece vigilar todo lo que aquí abajo acontece, El Tablado, al que se llega después de superar un duro cuestalón que nos vuelve a hacer sudar, confluyendo en el asfalto por encima de El Tablado y a una altura tal que permite la espectacular panorámica del barranco cruzado, uno más en esta travesía.

Tras El Tablado, justo encima del farallón rocoso, emplazado entre dos colosales fisuras en la superficie terrestre que acrecientan la sensación de soledad, lejanía y aislamiento del lugar, la tierra vuelve a hundirse en el Barranco de Los Hombres, formando como se ha dicho anteriormente una sucesión de barrancos y crestas donde asoman caseríos, aislados del resto de la isla y uno con respecto a otro debido a estas descomunales arrugas en el territorio.

14470639_1253113591420990_7600416150554383298_nEl Barranco de Los Hombres es igual de profundo y espectacular que el de Fagundo, y al igual que éste se trata de dos tajos en uno con un espigón central no tan prominente como sus vertientes laterales y que sucumbe en el lecho poco antes de la desembocadura. También se observan cuevas repartidas por una de las laderas que forma esta divisoria interior, y que aparentemente han sido utilizadas por el hombre. Su tramo medio es mucho menos profundo, dominada por suaves y verdes lomas en el terreno, contrastando con el encajonamiento y profundidad del tramo costero.

14502762_1253116054754077_6915672339274224541_nDesde El Tablado se divisa Franceses, casi al mismo nivel que nosotros y, para no variar, también en lo alto de la vertiente opuesta del tajo que ahora debemos cruzar en este recorrido rompepiernas al son de esta sucesión interminable de barrancos.

Tajos y caseríos en sus lomadas, o donde el territorio lo permite, parecen formar una simbiosis indivisible, entrañable y repetitiva en el dilatado pateo y la voy a echar de menos cuando consigamos salir de la accidentada y aislada costa norte palmera. Los barrancos imponen su ley al hombre y no al revés y me alegro que así sea.
14224962_1229679003764449_5464421065401965742_nCerca de la desembocadura del Barranco de Los Hombres se encuentra la Fajana de Franceses, con unas pocas casas y huertas de plataneras en una pequeña plataforma costera. Desde el cauce del barranco volvemos a remontar otro demoledor cuestalón que hace que todo el líquido consumido sea transpirado, rumbo a Franceses.

El penúltimo barranco que nos queda por atravesar es el de Franceses, abierto entre Franceses y Gallegos, que al igual que el de Gallegos, el último, entre Gallegos y La Palmita, presentan una mayor profundidad en su tramo medio. Llegamos a avistar las cumbres insulares, a más de 2.000 m. de altura y algunos telescopios del Roque de Los Muchachos señalan la referencia del inicio de la empinada y extensa vertiente norte insular hasta la escarpada costa.

Al final del recorrido hemos atravesado 5 imponentes cañones de oeste a este en todo el norte palmero, y nos llevamos la sensación de que realmente son 5 porque no hay espacio material para más surcos en la corteza terrestre. la zona norte palmera dejará recuerdos tan marcados en nuestra memoria como profundas son las huellas de estos tajos en este territorio salvaje y accidentado. También recordaremos los bosquetes de dragos, como el de La Palmita, agregados a los caseríos y a pequeños huertos.

14517631_1253115894754093_8636472236035770544_nYa cerca del final en Barlovento, el mirador de La Tosca nos sirve para echar un vistazo atrás, como queriendo recordar cada paso dado entre barrancos, identificando cada poblado que hemos dejado atrás en esta dura travesía y apreciando el recortado golfo que traza la costa norte palmera sobre océano.