Texto y fotos de Salvador González Escovar.

La Montaña de Ayosa forma uno de los promontorios más elevados de la Cordillera Dorsal de Tenerife (prescindiendo de la zona de Izaña), superando ligeramente los 2.000 metros de altitud

Al situarse en el espinazo montañoso que divide las vertientes sur y norte de la isla, las panorámicas que ofrece su cima son colosales en los 360º a la redonda.

Una corta vereda surge de la carretera que va de La Esperanza a Las Cañadas, poco antes del punto kilométrico 28 y del mirador de Ayosa, y asciende levemente hasta la cima, en medio del tupido pinar. En la rocosa cima sorprende la presencia de unas antenas repetidoras, unas casetas e incluso un pequeño aerogenerador.

Las vistas al interior de Caldera de Pedro Gil, al volcán de Arafo que lo alberga, a la Montaña de La Crucita y a los Riscos de Cho-Marcial, justo en frente, son espectaculares con desniveles de más de 700 metros con respecto al fondo de esa grandiosa depresión de la Caldera de Pedro Gil. Sobre los vistosos Roques de Cho-Marcial se eleva la zona de Izaña, en el punto álgido de la Ladera de Guímar, formando un escalón montañoso que se alza desde la costa hasta las cumbres insulares.

Hacia el este, la Cordillera Dorsal de Pedro Gil continúa perdiendo altura progresivamente, cerrando el Valle de Güímar mediante la Ladera de Araya que de manera uniforme desciende casi hasta la costa.

Más allá de Izaña, el volcán Teide preside toda esta cadena montañosa, amén de los valles de La Orotava y de Güímar.

Desde la cima de Ayosa, el estrecho sendero sigue su marcha descendiendo por la cara noroeste de la loma, llegando de nuevo a la carretera, unos 100 m. antes del Refugio de Ayosa. Volviendo al punto de partida por el mismo camino ( si no se quiere volver por asfalto), al poco del comienzo otro corto ramal nos alcanza al borde de una morra desprovista de pinos, formando unos vertiginosos cortados sobre el pinar y deleitándonos también con amplias vistas de ensueño sobre el Valle de Güímar, y si el día está claro divisando las islas de Gran Canaria y la Palma en sentidos opuestos.

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Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde Temisas subimos y cruzamos el barranco de idéntico nombre, divisando en este tramo y al ganar una cierta altura, las paredes del Macizo de Amurga y las montañas que rodean Tunte y la cabecera del Valle de Tirajana, como el Morro de la Cruz Grande, montañas que alegran y extienden la mirada en un horizonte más lejano.

Seguidamente continuamos avanzando en dirección norte cruzando también el Barranco de La Capellanía, llegando poco después al borde sur del Barranco de Guayadeque. El Barranco de Guayadeque es el más profundo de los tres tajos contemplados en esta ruta, naciendo en la cumbre insular, cerca de la Caldera de Los Marteles.

Algunas casas cueva, con evidentes signos de habitabilidad reciente, aparecen cerca del borde y en las laderas sumándose a las existentes en el fondo del Barranco de Guayadeque.

Luego ascendemos un poco siguiendo ese límite del tajo hasta llegar al Pinillo de Temisas, un pino seco y aislado, dominando el paisaje con buenas vistas de la zona sureste insular, con El Roque Aguayro destacando en el relieve, y que se contempla desde muchos puntos de este pateo.

Posteriormente bajamos hasta el cauce del Barranco de La Capellanía, aguas abajo llamado Barranco Hondo, dejando atrás más casas cueva, alguna era y algún pozo, encaminándonos a través de este surco en el relieve donde al final de la bajada, cerca de la carretera, un palmeral reverdece el cauce del tajo.

Seguimos un buen trecho por su lecho para enlazar con el camino que comunica Agüimes con Temisas, cerrando así el circuito senderista, después de visitar las Cuevas de La Audiencia.

Esta cuevas se encuadran en un poblado arqueológico situado muy cerca de Temisas, también llamado de Risco Pintado, formadas por cuevas labradas artificialmente empleadas para distintas funciones: dormitorio, cocina, silos, granero, hornos, tagoror, etc. El topónimo responde a la denominación popular dada a la estructura de piedras localizadas en la base del Risco Pintado que algunos autores consideran que es un tagoror.

Están muy estudiadas las hipótesis que el tagoror era un lugar de reunión de los aborígenes canarios donde los ancianos sabios y jefes de la tribu se convocaban para tomar decisiones que les afectaban, con el objeto de impartir justicia sobre las cuestiones que se planteaban, en cuyo espacio se daba audiencia a las distintas partes para exponer sus opiniones a favor y en contra que una vez oídas daban lugar al debate y resolución.

La estructura de piedras tiene unas dimensiones son de 5,60 por 3,60 metros, conformando un recinto ovoide con cuatro gradas arqueadas, que se asemeja al modelo de tagoror existentes en otros lugares de la isla.

El conjunto de cuevas son artificiales labradas en la toba, presentando numerosos recovecos y agujeros interiores, aunque también se aprovechan algunas cavidades naturales que son retocadas, de diversos tamaños y morfologías que incluyen graneros -como las Cuevas del Pósito- y hornos. Uno de los hallazgos más significativos de los localizados en estas cuevas es la gran abundancia de tejidos elaborados sobre fibras vegetales.

Se trata de un poblado de cuevas, con una complejidad semejante a la de otros conjuntos, localizándose cuevas de diversos tamaños y morfologías, a las que, pueden atribuirse diferentes funciones (dormitorio, cocina, etc.)

Además de las cavidades hay otros elementos que articulan el espacio como pasos, escaleras, túneles, etc. y constituyen también obras artificiales. En la función doméstica de algunos espacios se encuentran alacenas, hornacinas, silos, etc., estimándose que algunas cavidades han sido consideradas como zonas de trabajo especializado, especialmente la posible existencia de un taller dedicado a las manufacturas de las fibras vegetales, precisamente por la importante cantidad de vestigios confeccionados con esta materia prima y los útiles necesarios para tales tareas.

El espacio dedicado al almacenaje, conocido con ese castellano arcaico de Cuevas del Pósito ya referido, pone de relevancia el cuidado que caracteriza la ejecución de los espacios para garantizar la conservación y seguridad de los productos que allí se guardarían destinados al consumo humano.

A la construcción en piedra de la que se entiende es un horno alfarero, el único superviviente de una serie que quedó destruido con la construcción de la carretera en 1939, se le asocia una ingente cantidad de fragmentos cerámicos y cenizas.

Por último, están el número elevado de cuevas naturales y artificiales destinadas al enterramiento de carácter colectivo que se encuentra en el extremo sur del poblado y que fueron intensamente expoliadas a principios del siglo XX. Fueron catalogadas arqueológicamente en la primera investigación como Cuevas de la Desarrapada, topónimo que fue dado erróneamente en posteriores inventarios a otros conjuntos. Este lugar también es conocido con el topónimo de La Caldereta.

El conjunto arquitectónico ha proporcionado abundante material arqueológico, gran parte depositado en el Museo Canario, y su estado de conservación es regular con un grado de fragilidad alto por la proximidad de los núcleos de población y carreteras, siendo de notable interés científico patrimonial.

El amplio pasillo que en la actualidad constituye el acceso más fácil para las Cuevas del Pósito es una apertura reciente. La zona de entrada originaria es posible observarla en la segunda oquedad descrita, correspondiendo a un estrecho paso con escalones labrados.

Muy cerca de este lugar, en los últimos meses de 2012 cuando se realizaban obras de acondicionamiento de la carretera de acceso a Temisas, bajo los riscos se han descubierto nuevas cuevas que quedaron selladas por antiguo desprendimiento de rocas, por lo que han permanecido prácticamente en su estado primitivo. En su interior se han encontrado muelas de moler, morteros de piedra, útiles de madera y fragmentos de esteras vegetales, acompañados por restos de trigo y cebada.

En los análisis microscópicos de los granos y las espigas recuperadas en estas cuevas se ha observado que presentan marcas de corte con útiles de piedra, lo que permite argumentar que se trata del espacio donde los aborígenes procesaban el cereal antes de su depósito en los silos que pudieran estar situados en otros niveles superiores, o en las mencionadas Cuevas del Pósito.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Desde las proximidades de la zona central de la isla discurren hacia el sur varios barrancos de gran interés geomorfológico y de belleza paisajística, como el de Los Vicentes, de Chamoriscán, de La Data y de Ayagaures, barrancos que en la cabecera del pinar se abren en abanico formando una gran cuenca bajo los morros de la Cruz Grande, del Guirre, del Guanil, de Las Vacas, Montaña de Las Tórtolas y Morro del Hierba Huerto.

El pinar de las cabeceras de los barrancos, acompañado de jaras, escobones, mostazas, bejeques, corazoncillos, tomillos, magarzas, inciensos, tajinastes, mato riscos…, constituye un hábitat en buen estado de conservación con buenas poblaciones avícolas, por lo que se ha incluido en la red de espacios protegidos como zona de especial protección para las aves, con la presencia regular del pico picapinos, cernícalo, ratonero, cuervo, herrerillo…

Otro tanto podría decirse de algunos cardonales y tabaibales cercanos a la costa, y determinados hábitats acuáticos. Por todo el espacio se distribuyen especies amenazadas de la fauna y la flora, y elementos de interés científico.

Este recorrido senderista con principio y fin en el pueblo de San Bartolomé de Tirajana recorre el tramo alto del pinar de Pilancones, divisando además durante la ruta otros espacios naturales cercamos como los espectaculares Riscos de Tirajana, destacando entre ellos el Risco Blanco, dentro de la amplia pared basáltica donde culminan las cumbres insulares, y hacia el sur de la isla, el Macizo de Amurga cerrando el Barranco de Fataga.

Saliendo de la localidad de San Bartolomé de Tirajana rumbo a la Degollada de La Manzanilla, damos un vistazo atrás para contemplar el Risco Blanco y la espectacular pared que forman los Riscos de Tirajana, reconociendo además dentro de ellos las cumbres insulares como El Campanario, el Pico de Las Nieves, Roque de La Gorra y La Agujereada; nos dirigimos a la Degollada de La Manzanilla subiendo en un primer momento levemente con la mirada también puesta en las lomas que guardan el extenso y maduro Pinar de Pilancones que contemplaremos más adelante desde dentro de ese espacio.

A medida que nos acercamos a la Degollada de La Manzanilla y nos alejamos de los dominios del amplio Valle de Tirajana, avistamos otras zonas de la isla como el tramo alto del Barranco de Fataga y el Macizo de Amurga.

Tras pasar por la Fuente del Solapón el camino se estrecha y sube de forma más decidida hacia la Degollada de La Manzanilla, al otro lado de la cual se encuentra el extenso Pinar de Pilancones.

Al llegar a ella se tiene una buena perspectiva del Morro de Las Vacas, montaña invadida por el pinar, bosque que nos acompaña a partir de ahora hasta el final de la ruta.

Al otro lado de la Degollada de La Manzanilla disfrutamos de amplias panorámicas del Pinar de Pilancones, extenso y maduro pinar que también invade la cabecera de los barrancos donde sobresalen los morros de Las Vacas, Cruz Grande, Guainil, del Guirre y de Hierba Huerto, roques que forman un alargado límite cumbrero en torno a este espacio.

La Punta Manzanilla se encuentra cerca mirando hacia el sur pero seguimos en sentido contrario mediante una larga pista de tierra prácticamente llana que circunvala los entrantes y salientes existentes en la cabecera del Pinar de Pilancones, en dirección a la Degollada del Dinero, pasando bajo o cerca de algunos roques comentados anteriormente.

La mirada recorre este extenso pinar a lo largo y a lo ancho; en su interior la Montaña Negra es una gran mole que sobresale del fondo de la cuenca de Pilancones, dividiendo el discurrir de sendos barrancos que se abren en abanico en su tramo alto. En el borde occidental de la cabecera del Pinar de Pilancones el recortado Morro de Hierba Huerto culmina una larga arista. También se divisa la zona habitada de Las Tederas en el fondo del Barranco de Ayagaures, es uno de los flancos de la Montaña Negra.

Fuera de los límites de Pilancones, detrás de los roques cimeros, a lo lejos sobresalen las elevaciones del Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales como las Montañas de Alsándara y de Inagua, además de la mole de la Montaña de Tauro, e incluso la Pirámide de Adlobas más lejos, dentro del Macizo del Suroeste.

De esta manera vamos transitando por la parte alta del Pinar de Pilancones, teniendo siempre a la vista los barrancos y roques que arrugan este inmenso lugar y desde diferentes perspectivas.

Una vez que dejamos atrás el Pinar de Pilancones desde la Degollada del Dinero nos encaminamos durante un corto tramo hacia la Degollada de la Cruz Grande, contemplando delante nuestro los impresionantes Riscos de Tirajana y el Paso de La Plata; en dirección suroeste la mirada también se enfoca a través del Barranco de Chira encontrando al fondo la Montaña de Tauro.

Al llegar a la Degollada de la Cruz Grande abandonamos definitivamente la larga pista forestal seguida desde la Degollada de La Manzanilla y tomamos un tramo del Camino Real e importante vía de comunicación del Camino de La Plata, sendero empedrado que desciende hasta San Bartolomé de Tirajana. Durante el trayecto vamos disfrutando de las panorámicas con las que los Riscos de Tirajana nos obsequian, especialmente con el Risco Blanco, resaltando su pálido cromatismo, roque adosado desde la base del imponente murallón que se alza en la vertiente norte del Valle de Tirajana.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Esta ruta comienza junto a los Riscos de Chimirique, localizados frente a la Montaña del Aserrador, por cuya base circula el sendero al comienzo.

Mientras ganamos altura pasamos sobre el estilizado Roque Betancuria, mientras al fondo, el Barranco de Ayacata se perfila hacía el suroeste insular.

Mientras andamos una sucesión de crestas y barrancos ondula el relieve en dirección sur. Al fondo se distingue el recortado Morro de Hierba Huerto.

El sendero asciende en dirección al Roque Nublo al principio por el Barranco del Nublo, pero poco después de llegar a la altura de la pequeña presa de La Embocada se desvía a la izquierda, superando la ladera lateral mediante una vereda algo difuminada e invalida por el matorral, pero marcada regularmente con mojones de piedra.

El Risco del Laurel se eleva imponente al lado de la presa y es una gigantesca mole rocosa que atenaza la mirada. Y es que en general los petrificados Riscos de Ayacata constituyen un regalo visual y contemplativo.

Desde lo alto de la loma se divisan, además de los Riscos de Ayacata, las cumbres insulares como La Agujerada, el Pico de Las Nieves y El Campanario. La mirada también se entretiene en los barrancos de El Juncal y del Chorrillo, dentro de la Cuenca de Tejeda y separados por la prominente lomada de Timagada y El Toscón.

La Caldera de Tejeda se contempla desde las alturas, abarcando la panorámica buena parte de su perímetro, desde el Pico de Las Nieves hasta Moriscos, desde el Roque Nublo hasta el Barranco de La Aldea y muestra algunos barrancos interiores como el del Juncal, el del Chorrillo y el de Tejeda, separados por agrestes crestas como la del Roque Bentayga. Al fondo la Montaña Altavista y Tamadaba se aproximan al noroeste insular, y más allá del brazo oceánico que nos distancia de Tenerife, en días claros se distinguen las cumbres chicharreras como El Teide, la Montaña Guajara, Montaña Blanca y el Pico Viejo.

En un plano más cercano y mientras transitamos sobre la cabecera de los Barrancos del Juncal y del Chorrillo, divisamos como el Macizo de Inagua, Ojeda y Pajonales se extiende hacia el oeste de la isla, sobre la vertiente sur del Barranco del Juncal, y vamos avistando sus lomas características como el Morro de Pajonales, la Montaña Alsándara y la Montaña de Las Monjas.

Los barrancos interiores de la Caldera de Tejeda convergen en el Valle de La Aldea, constituyendo la única escapatoria al mar de la grandiosa y espectacular depresión.

Después de contemplar y disfrutar de este espectáculo paisajístico seguimos avanzando, ahora en llano hacia el norte y al poco tiempo aparece el Arco del Aserrador o del Bentayga, anclado en uno de los bordes del descomunal precipicio, que siempre al andar por estos lugares, más pronto que tarde acaba por desplomarse sobre el abismo de la Caldera de Tejeda, arco que forma una ventana con temidas vistas al vacío, dirigidas hacia las entrañas de esa descomunal, desgarrada y petrificada depresión geológica.

Además, para aumentar la belleza del paraje ahora vemos como emerge la silueta del Roque Nublo y del Roque de La Fogalera, el cual es un puntal rocoso que forma un saliente cuya base se derrumba abruptamente en el vacío de la Caldera de Tejeda, como si fuera el extremo de un pedestal del cual sobresale el Nublo y su acompañante La Rana.

Si seguimos en dirección norte llegamos al borde de un risco y podemos atravesar con dificultad uno de sus andenes para enlazar este pateo con el conocido camino que asciende a la Plataforma del Nublo por el barranco homónimo desde El Aserrador, senda que al principio abandonamos para visitar el recóndito Arco del Bentayga.

PUNTA DE TENO (TENERIFE)

17 diciembre, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

Empezando a caminar en el caserío de Teno Alto (Los Bailaderos) seguimos una pista asfaltada durante unos cientos de metros hasta el inicio de una pista de tierra que ya comienza a descender por estas tierras de la Meseta de Teno, una especie de altiplano un tanto desértico y de aspecto bucólico y aislado, pero donde se aprecia la existencia de zonas abancaladas abandonadas actualmente, vieja muestra de la importancia agrícola que tuvieron los cultivos de secano como los cereales y legumbres.

Si no conociéramos el Macizo de Teno, resultaría difícil imaginar que este altiplano suavemente ondulado y más bien monótono da lugar más abajo a los imponentes acantilados y farallones que rodean el macizo por todos los sectores que éste mira al océano o a las plataformas costeras adyacentes. Y es que desde este altiplano surgen las cortas pero vertiginosas barranqueras como el Barranco de Los Poleos, el Barranco de Las Güitas o la Degollada Fonchineja, los cuales suponen un salto al vacío del azul marino y al litoral desde alturas de varios cientos de metros, o profundas gargantas por donde enfilar la mirada al abismo; extasiante y cautivador contraste para los sentidos en una de las zonas geológicamente más antiguas de Tenerife.

Pronto comienza el sendero propiamente dicho, dejando atrás casas aisladas y corrales de cabras y de gallinas; el camino desciende paralelo a uno de los bordes del Barranco de Las Cuevas, barranco que aguas abajo se une al más profundo Barranco de Itóbal, muriendo éste no en el mar sino en la plataforma costera de Teno.

Cardones, verodes, tabaibas dulces, tabaibas mejoreras y demás plantas crasas, rupícolas y propias de la zona baja invaden los escarpes que nos van rodeando según descendemos.

Después de atravesar el cauce del tajo seguido y alejarnos de él, llegamos a un mirador natural, próximo al topónimo de Las Pareditas, y contemplamos dicha plataforma desde lo alto, parcialmente invadida por aerogeneradores e invernaderos, también el tramo bajo del Barranco de Itóbal y una porción del recorrido dejado atrás.

El trayecto que nos queda desciende de manera más notable en marcados zig-zags hasta la carretera que se dirige a Punta de Teno, por lo que para llegar al extremo noroeste de Tenerife hay que continuar por asfalto.

La porción de terreno junto al mar de suave pendiente, en el extremo noroccidental de la isla se conoce como Punta Teno. Es de formación más reciente que la Meseta de Teno, a mayor altura, y separada de aquella por vertiginosos barrancos de corto recorrido. Esta plataforma costera fue originada por las erupciones de los volcanes de El Vallado y La Sahorra, cuyas lavas bajaron por el Barranco de Las Cuevas desde La Meseta, ganando terreno al mar y creando esa especie de “isla baja”, al igual que en otros lugares del archipiélago. La plataforma dibuja una costa recortada, acantilada, de un par de decenas de metros de altura, abundando las caletas o entrantes, y los salientes o puntas, junto a grutas, arcos naturales o “bujeros”, charcos, etc.

Algunos restos fósiles de moluscos evidencian la existencia de antiguas playas elevadas sobre el nivel del mar actual, cuando el clima pasado era más cálido que el actual; además aparecen montones de conchas, como lapas, los famosos “concheros” que atestiguan el aprovechamiento humano de este molusco durante épocas pasadas.

El faro más occidental de Tenerife, situado en el saliente de Punta Teno o Punta La Aguja, se asienta sobre un volcán reciente desmantelado por la erosión marina. Al naciente, una serie de arcos, restos de antiguos conos, se suceden a lo largo de un tramo costero.

En esta porción costera, los mares bravos y “picados” o rizados, de barlovento contrastan con la apacible zona de calmas que suele extenderse por todo el suroeste insular, estando Punta Teno en uno de sus límites litorales, y que de manera regular, debido al régimen del alisio, forman una frontera marina más o menos nítida entre esos dos mares de comportamiento frecuentemente antagónico.

El espectáculo al sur de Punta Teno está en la corteza terrestre, ya que se elevan los colosales acantilados sobre el mar llano a sotavento, acantilados que son las desembocaduras de los profundos e impresionantes tajos que en una prolongada sucesión de entrantes y salientes, y sin tregua abarca todo el litoral existente entre Punta Teno y la lejana población de Los Gigantes. Así vamos adivinando las desembocaduras, del más cercano al más lejano, de los barrancos de Los Regatones, de Taburco, de Los Carrizales, de Juan López, de Masca y del Natero.

ACEBIÑO I (ILEX CANARIENSIS)

17 diciembre, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El acebiño (Ilex canariensis) es un endemismo macaronésico perteneciente a la familia de las aquifoliáceas. Es un arbusto o árbol pequeño que puede alcanzar los 10 metros de altura, muy ramificado con abundante foliación y de tonalidad oscura y de copa más o menos piramidal. Su corteza es lisa y de color marrón grisácea.

Las hojas son brillantes, duras, alternas, de forma ovada, de unos 6-8 cm. de largo. Sus bordes son generalmente enteros, aunque a veces con unas cuantas espinas pequeñas (parecidas a las del naranjero salvaje), sobre todo en los brotes nuevos. Ápice obtuso o redondeado.

Las flores son dioicas (hay ejemplares con flores masculinas y otros con flores femeninas), de color blanco, pequeñas, agrupadas en pequeñas inflorescencias y situadas en las partes terminales de las ramas.

Los frutos son rojizos o rojos en la madurez, de forma globosa, de aproximadamente 1 cm. de diámetro.

Es un árbol muy común en los bosques de laurisilva, frecuente también en el fayal brezal o bosques degradados, en barrancos húmedos con orientación favorable a los alisios y en pinar mixto, desde los 600 hasta los 1.800 metros de altura sobre el nivel del mar. Se distribuye por todas las islas excepto Fuerteventura y Lanzarote.

TEJO I (ERICA PLATYCODON)

16 diciembre, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El Tejo (Erica scoparia ssp. platycodon) pertenece a la familia de las ericáces y esta subespecie es un endemismo canario. Es un arbusto alto o árbol pequeño de hasta 6 metros de altura y de hoja perenne.

El tronco es retorcido, de color marrón, con la corteza áspera que se desprende en tiras largas.

Es fácilmente confundible con el brezo, pero tiene un aspecto más compacto y robusto.

Las hojas son muy parecidas a las del brezo, algo mayores, también lineares, de color verde oscuro brillante, dispuestas de forma más regular alrededor de las ramas, formando una estrella de 6 puntas vistas desde las terminaciones de las ramas, perpendiculares y simétricas a las ramitas, y también más duras al tacto que las del brezo. Por otra parte, los tallitos del tejo son lisos y rojizos, mientras que los del brezo son blanquecinos, más delgados y pelosos.

Las flores y la floración son menos vistosas que las del brezo, formando racimos laterales apiñados, de color rojizo-rosado fuerte, en un pequeño tubo campanulado.

El fruto es una cápsula pequeña de color marrón oscuro que se abre en los días secos del verano.

Comparte hábitat con el fayal-brezal, en las crestas expuestas a vientos húmedos, siendo localmente abundante en el límite superior del monteverde de las islas de Tenerife, La Gomera y El Hierro.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El conjunto geológico formado por los Roques de García, el Roque Méndez, el Roque Cinchado, La Catedral y los Roques Blancos se asientan entre la Cañada Blanca y el Llano de Ucanca y constituyen el afloramiento superficial del antiguo edificio volcánico de Las Cañadas, formaciones rocosas sustentada sobre recios diques basálticos que la erosión no ha logrado desmantelar por tratarse de materiales más resistentes. Esta agrupación de roques, de caprichosas formas y esbeltas siluetas, alineados en fila india de norte a sur han resistido dicho fenómeno acontecido en el interior de la caldera de Las Cañadas durante miles de años.

Un circuito senderista rodea este conjunto rocoso localizado en el corazón del parque nacional del Teide. Al descender desde el mirador de Los Roques hacia el Llano de Ucanca, que es la mayor cañada existente en el parque nacional, el apropiado topónimo de La Catedral impone su esbelta figura sobre ese extenso terreno llano y pumítico, siendo este monumento petrificado todo un símbolo natural que atrae a multitud de escaladores existiendo varias vías de escalada a lo largo de sus verticales paredes.

Una vez situados al pie de La Catedral nos dirigimos al norte, uniéndonos con el camino que viene del mirador del Llano de Ucanca; al principio avanzamos por terreno llano, mientras El Teide asoma detrás de estas fotogénicas formaciones rocosas. Más adelante comenzamos a ascender en dirección a los Roques Blancos, también haciendo honor a su nombre, que son los más alejados del inicio de este corto pateo.

A medida que subimos también se aprecia la existencia de lavas cordadas, formando una costra pétrea que esconde multitud de estrechos túneles y recovecos, además de extensos malpaíses que se dispersan por encima del Llano de Ucanca, alcanzando las estribaciones del complejo Teide-Pico Viejo, estratovolcán formado por apilamiento sucesivo de material volcánico de diferente naturaleza a lo largo del tiempo, lo que le ha hecho alcanzar su altura actual de 3.718 m.s.n.m., la montaña más elevada de España, de los archipiélagos macaronésicos y una de las montañas más altas del mundo medido desde el lecho oceánico, que es desde donde surgen las estructuras geológicas insulares, todo un premio a la constancia constructiva de un edificio volcánico.

Cuando pasamos los Roques Blancos y empezamos a regresar al punto de partida, observamos desde lo alto lo que fue en su día una cascada de lavas cordadas, actualmente solidificada y oscura. Las lavas cordadas se forman al enfriarse la parte superficial de la colada en contacto con el aire, mientras por el interior sigue fluyendo lava fluida con relativa rapidez, de ahí que cuando cesa la erupción el interior queda hueco formando túneles y cuevas, si parte del techo se desploma. Los malpaíses se caracterizan por lavas mucho más viscosas y por tanto de lento avance, generalmente sobre terreno llano, haciendo que su superficie se muestre irregular y prácticamente intransitable al cesar la erupción y enfriarse posteriormente.

Desde los Roques Blancos la mirada se despliega a lo largo de los roques que hemos dejado atrás, contemplando además la inmensidad del Llano de Ucanca y la parte occidental del Anfiteatro de Las Cañadas, la comprendida entre El Sombrerito y la Montaña Guajara, pasando por las Cumbres de Ucanca, mientras al otro lado observamos la panorámica más cercana del recorrido al Pico Viejo-Teide.

Finalizando el rodeo a estos vistosos roques pasamos cerca del Roque Cinchado, tal vez el más fotogénico de todos ellos, que parece guardar un equilibrio vertical perfecto sobre la lomada en la que se asienta, propio de un malabarista rocoso a escala geológica, pero estático e imperturbable a escala humana.

TARAJAL (TAMARIX CANARIENSIS).

15 diciembre, 2017

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

 

El tarajal (Tamarix canariensis) pertenece a la familia de las tamaricáceas.

El tronco es densamente ramificado, pudiendo alcanzar los 5 o 6 metros de altura, con la corteza agrietada, de color marrón-rojizo.

Hojas pequeñas, alternas, escuamiformes, imbricadas, con el ápice agudo, de 1 a 3 mm. de largo.

Flores hermafroditas, pequeñas, pediceladas, blancas o rosadas, agrupadas en racimos delgados y alargados de entre 3 y 6 cm. de longitud.

El fruto es una cápsula trivalva que contiene numerosas semillas con pelos largos.

Es una especie que abunda localmente en regiones costeras, dunas y zonas secas rocosas cercanas al mar, hasta los 400 m.s.n.m. en todo el archipiélago canario, no siendo exclusivo de Canarias, ya que también habita en la región mediterránea occidental.

Tiene interés en cuanto al uso ornamental, forraje, linderos, además de su apreciada madera para carpintería.

Texto y fotos de Salvador González Escovar.

El sendero nº 39 del parque nacional del Teide recorre la base de Montaña Blanca, alejándose y acercándose sucesivamente a la carretera que atraviesa el parque nacional y de paso apreciando extensas coladas de lava solidificada que alternan con lugares llanos y suavemente ondulados de jable o piedra pómez.

Para ello, transitamos entre las Minas de San José, una apacible y pálida zona pumítica que destaca entre los rugosos y caóticos malpaíses que surgen desde las laderas del gran estratovolcán que corona el parque nacional, y la Montaña Majúa, otra blanquecina loma, localizada frente a la base del teleférico del Teide.

El sendero señalizado y guiado mediante piedras en sus márgenes avanza sin salvar excesivo desnivel entre ambos puntos, ni a lo largo del recorrido, tan solo el impuesto por los malpaíses existentes, como el Valle de Las Piedras Arrancadas y el Tabonal Negro, ambos elevados sobre las vaguadas o pálidas planicies de piedra pómez, sepultando una parte del fondo de la inmensa caldera volcánica en su viscoso y lento avance durante las erupciones volcánicas.

A lo largo del pateo, y a medida que nos aproximamos a la base del Volcán del Teide vamos contemplando diferentes perspectivas del mismo y de Montaña Blanca, adosada al volcán por la fachada suroriental del estratovolcán, y de la que también brotaron oscuras y siniestras coladas de lava por su ladera sur, aunque esto parezca paradójico debido al matiz pálido dominante de Montaña Blanca, lo cual acrecienta el contraste cromático y los matices volcánicos.

En este vasto espacio, esculpido al son de los irregulares pulsos magmáticos que dejan escapar la fuerza interna del planeta, y en la actualidad, incluso sin erupciones ni movimientos tectónicos a la vista, el grandioso y, de momento, inerte mundo mineral al que dicha vitalidad planetaria dio lugar parece adquirir vida propia y empequeñecer la existencia animal y vegetal a las que sustenta.

Al otro lado del edificio volcánico un inmenso manto volcánico, engañosamente desolado y lunático se extiende hasta la escarpada pared del Anfiteatro de Las Cañadas, a lo largo de cuya base se reparten las famosas Siete Cañadas o planicies de piedra pómez, y roques como el Topo de La Grieta, La Grieta, Pasajirón y Guajara impiden que la mirada vuele más lejos. Ese gran circo limita la caldera de Las Cañadas por el sur, alargándose entre los Roques del Cedro, El Sombrerito y Roque del Almendro por el oeste y la Montaña Cerrillar por oriente, avistando su parte occidental a medida que nos acercamos al destino.

Después de unos 7 km. de recorrido y tras haber atravesado sucesivamente malpaíses y zonas pumíticas, bordeamos la Montaña Majúa por el este mediante una pista de tierra que nos conduce al aparcamiento situado frente a la base del teleférico.